martes, 11 de julio de 2017

Jlin: Black Origami

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 28 de junio del 2017.)

Vaya con Jlin -apuntando desde mayo a encaramarse en la cima de los recuentos anuales de este 2017...

Al promediar los 90s, la música electrónica literalmente hervía de trabajos espectaculares, a cual más marciano que su predecesor. Con apenas veintitantos años, para entonces el británico Mike Paradinas ya se contaba entre los artistas más aventajados de la escena internacional. Como era costumbre en la época (cf. Aphex Twin o Luke Vibert), el inglés utilizaba simultáneamente muchos seudónimos -Tusken Raiders (XD), Gary Moscheles, Kid Spatula, Jake Slazenger... Ninguno obtuvo la trascendencia de su alias más celebrado: µ-Ziq. Andando el tiempo, el músico se dedicó más a chambear como productor/director de Planet Mu, su discográfica fundada en 1995, pero sin colgar los chimpunes del todo.


Y es en el regazo de Planet Mu, precisamente, donde han encontrado cobijo muchos de los proyectos electrónicos más avezados de los últimos tiempos. Venetian Snares, Mr. Mitch, Kuedo, Traxman, Slag Boom Van Loon, Tim Exile... Aunque no un rasgo identitario ni constante, en mayor o menor medida estos nombres se han visto influenciados por el legado del ex Blue Innocence: acupuntura para la masa encefálica, la electrónica de µ-Ziq poseía esa mirada ecléctica cuyo diletantismo era capaz de desaforar cualquier frontera entre la “música para escuchar” y la “música para bailar”. Melodías burbujeantes, saltarinas, crispantes, contradictorias; extrañamente ajenas a cualquier formato conocido durante su momento histórico, pero a tono con el sincretismo digital de esos días.

Como sus compañeros de generación, de menesteres y de sello, Jerrilynn Patton ha tomado los principales descubrimientos de ese estudio del Sonido que abordase Paradinas en los 90s, y los ha hecho pasar por la refinería. El resultado es estremecedor, pero no del todo inesperado: ya en el tímido single de debut -“Erotic Heat” (2011)-, esta chica de Indiana dejaba entrever cierta vocación trasgresora. Nada, sin embargo, nos prepararía para el cachetadón que propinó a medio planeta con su primer larga duración, Dark Energy (2015). Aunque acaso sí: el desaparecido DJ Rashad, para muchos responsable del mejor disco del 2013, Double Cup (editado por otro sello harrrrrto recomendable, Hyperdub); alentó a Jlin desde que hiciera sus pininos.

Black Origami es una versión bastante más lograda del sonido que la Patton lograse codificar en la jornada anterior. No se agota ni a la quinta, ni a la décima, ni a la vigésima escucha: con cada nueva vez que lo reproduces, surgen pasajes que no habías captado anteriormente, el subconsciente te susurra apreciaciones inéditas; martillo, yunque y estribo se inclinan ante las emergentes propuestas especulativo-sonoras. Tranquilamente se acabará este año, y semejante caudal de ideas aún no será procesado del todo.

Las estructuras recreadas para el esférico son tan poliédricas, que se te revelan como cualquier cosa menos estructuras -“geometría no euclidiana”, aduciría el maestro H.P. Lovecraft, si lo suyo hubiese sido la Música. BO crece efectivamente sobre una arquitectura futurista, tributaria del cubismo que practicase µ-Ziq en sus horas más felices (Lunatic Harness, Tango N' Vectif, Royal Astronomy). No obstante, las imágenes que sugiere están llenas de tensión y oscuridad. Tan bien funciona esta docena de composiciones en escenarios de dantesca ciencia-ficción distópica/dura, como lo hace en historias de tribalismo post-apocalíptico.


Loops de una complejidad tal que suponen un reto para nuestras mentes descifrar sus patrones, beats percusivos que invitan a inacabables danzas epilépticas, una intensa pero sobre todo masiva penetración sensorial... Todo eso y más puede decirse de Black Origami -un paradójico tratado de polirritmia cuya artillería de enmarañados sampleos fuerza a que lo físico devenga en virtual y viceversa. Dis-ca-zo.


Hákim de Merv

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