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jueves, 7 de octubre de 2021

Lluvia Ácida: El Camino De La Memoria / Antiviral / La Isla De Los Pájaros Sombra / Archipiélago Coloane

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de septiembre del 2021.)

#AguanteChile.

Tal cual ha sucedido con todos/as (miente quien diga que no), la vida en tiempos de pandemia impuso severas alteraciones a la hoja de ruta de Lluvia Ácida. Meses antes del arribo del COVID-19 a Sudamérica, el tándem que integran Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf había colgado para libre descarga la banda sonora del mediometraje El Camino De La Memoria, y se hallaba presto a soltar su nuevo disco conceptual -adjetivo este último que desde hace ocho años no es nada gratuito al hablar de ellos. La emergencia sanitaria mundial se trajo abajo ese estreno, postergándole dos años, a la vez que generó colaboraciones online invirtiendo el cronograma de lanzamientos que LlA tenía esbozado. A (casi) todas ellas intento pasar revista en el presente texto.

Comienzo con El Camino De La Memoria (septiembre del 2019). En modalidad mini-LP, se trata de la música con que la dupla participase en el homónimo documental (2014) realizado por Rafael Cheuquelaf, que presumo debe ser su debut formal tras la cámara. La película acompaña el peregrinaje efectuado por los deudos que dejó la dictadura militar en la región de Magallanes, agrupados en la asociación Hijos Y Nietos Por La Memoria (constituida durante la primera mitad de ese mismo calendario). En calvinista blanco y negro, la cinta expone los lugares que utilizase la administración pinochetista y la milicia para detener/torturar/interrogar   a   quienes   consideraban   sospechosos/as de confabularse   contra   el  tiránico régimen -locaciones algunas de las cuales ya no existen como tales. La cámara no registra miedo, rencor, hesitación, dolor; sino memoria, ésa que a los/as peruanos/as nos falta para evitar repetir errores del pasado, ésa que debería mantenernos vigilantes ante la menor fractura del orden democrático, ésa que también exalta jornadas heroicas -la del Puntarenazo, por ejemplo.

Consonante con la mirada del mediometraje, Lluvia Ácida crea cuatro piezas insufladas de atmósferas exclusivamente tonales. Incluso “El Camino De La Memoria 3”, cuyo gordo redoble de bajo sintetizado parece adquirir ribetes de leitmotiv, pero que sólo contrasta/potencia a los demás sonidos alrededor suyo -el único momento del soundtrack comparable a lo hecho por Boards Of Canada en el maravilloso Geogaddi (2002). La sencillez a que se apela en modo alguno desmerece la elaboración de estos paisajes sonoros decorativos, que tan pronto recrean una fría tarde ventosa del riguroso invierno puntarenense (“El Camino De La Memoria 1”) como una mañanera resolana primaveral en Puerto Williams (“El Camino De La Memoria 2”), y aún una veraniega noche estrellada en compañía amical a orillas del océano (“El Camino De La Memoria 4”). Euritmias que predisponen a la tranquilidad, al sosiego acaso alcanzado por aquellas personas que abrazan la historia de las comunidades a que pertenecen, sin dejarse afectar por sus páginas más negras -hete ahí el efecto sanador, desestresante, conciliador que tantas veces se ha señalado posee la Música.

Muy distintos son el temple y la sustancia de Antiviral (abril del 2020). Con la crisis del COVID-19 ya instalada en nuestra cotidianeidad tercermundista y el nuevo álbum en suspenso indefinido, vocablos como “cuarentena”, “contagio” y “mascarilla” se hicieron de uso común en cuestión de semanas. Paralelamente, los gestores magallánicos concibieron este título llevando a cabo el consabido brainstorming intercambiando avances a través de Internet y puliendo nociones e imaginarios mediante el hilo telefónico. Probablemente el primer material sonoro de la Historia en editarse declarada la pandemia, Antiviral hace las veces de crónica distópica tanto como de tedeum a las víctimas mortales arrebatadas por la enfermedad, y asimismo de agradecida memorabilia al personal médico que se bate en la primera línea de defensa que tenemos los pueblos de la Tierra contra el terrible virus. Es en sí mismo, además, un testimonio de adaptación y supervivencia.

Con estética mutante que tiene de downtempo, de lóbrego synth pop y hasta de dark ambient; la placa guarda ciertas similitudes -¿conscientes? ¿involuntarias?- con el trabajo de Cliff Martínez. Es este músico estadounidense un soundtracker competentísimo, de amplia trayectoria, que ha forjado estrecha relación con su compatriota el cineasta Steven Soderbergh. En OSTs como los de Traffic (2000) y The Underneath (1995), pero sobre todo los de Solaris (2002) y la premonitoria Contagion (2011), Martínez ha ofrecido exquisitas muestras de su talento para la música electrónica de propagación instantánea y tintes intoxicantes -cf. “Is That What Everybody Wants”, “They're Calling My Flight” o “First Sleep”, tremebundos híbridos de intelligent techno y sci-fi a una voz dramáticos y tensionales. Esos exactos rasgos son los que aparecen in crescendo en la apertura “COVID-19”, mientras escuchamos la explicación y recomendaciones que una especialista argentina expone acerca del SARS-CoV-2.

Partiendo de una experiencia real y concreta, Antiviral es todavía más dramático. Los capítulos del primer segmento son dominados por estructuras rítmicas muy marcadas, si bien éstas no necesariamente les acompañan de cabo a rabo. “Contagio”, verbigracia: comienza emponzoñado, y casi de inmediato es invadido por un golpe sobrio de trip hop, que luego declina frente a una dinámica secuencia de lo que parece ser el bajo pre-seteado de algún sinte. En similar situación se hallan la nerviosidad IDM de “Cuarentena”, el insistente downtempo de “Pandemia” y el ambient en combustión de “Confinamiento” (cuyo embrión de síncopa es obliterado por las pesarosas líneas de teclado).

En el segundo tramo, la mayor presencia de números abordados por un dark ambient anubarrado, zumbante, de escasa/nula visibilidad; es notoria. Que no es lo mismo que decir excluyente. “Animales Que Regresan” (toda una advertencia para la Humanidad hecha sonido), la minimal no-percusión de “Necropolítica”, la tensa opacidad de “Respirador Artificial” (g-e-n-i-a-l el detalle de samplear los borborigmos de la computadora de Alien, 1979); subrayan el lado denso, de turbio vaho, que exuda Antiviral. El contrapunto a la severa gravedad de esas suites es aportado en esta segunda mitad por el vigoroso ejercicio proto-industrial de “Primera Línea Sanitaria” y la cadencia maníaca de “Postpandemia”, cierre del opus que sin embargo la deja picando: esta plaga, con la que aún conviviremos años, debe tomarse como apercibimiento y exhortación. Apercibimiento de lo que puede llegarnos en el futuro si no enmendamos el rumbo como forma de vida dominante del planeta. Exhortación a modificar nuestro modus vivendi hasta alcanzar el equilibrio con el medio ambiente que toda especie animal busca de manera innata.

En 1578, el corsario inglés Francis Drake descubrió una ínsula entre el Cabo De Hornos y la Antártida, a la que bautizó “Elizabeth” homenajeando a la reina de Inglaterra. Perdióse su bitácora con la descripción de la isla, a la cual nunca más se volvió a encontrar, lo que ha llevado a suponer que ésta desapareció tragada por las profundidades oceánicas debido a la actividad sísmica. La extraña historia inspiró al escritor magallánico Óscar Barrientos Bradasic el cuento que la directora Tiziana Panizza adaptó en el corto ficcional La Isla De Los Pájaros Sombra, estrenado en el 2017 con música de Lluvia Ácida. Como sucediese con El Camino De La Memoria (5), la banda sonora correspondiente al film de Panizza se subió al BandCamp del grupo para free download años después (3).

De 16 minutos de extensión, la película fue hecha con la técnica de las fantasmagóricas sombras chinescas (shadowplay), derivada de la milenaria tradición oriental del Teatro de Sombras. Su utilización sobre el ecran es tan añosa como Die Abenteuer Des Prinzen Achmed (1926), el largo animado más antiguo que se conserva (dirigido por la alemana Lotte Reiniger). La Isla... está acreditada como creación colectiva de Panizza, Paula Sáenz, Niles Atallah y Francina Carbonell; habiéndose encargado Cristóbal León del proceso de animación.

De nuevo en formato mini-LP, la dupla Aguilar-Cheuquelaf compone ex profeso para el cortometraje seis de los siete surcos dispuestos en el esférico. El séptimo es repescado de Insula In Albis, su plástico del 2013: “Biomarina”. Huelga decir que con buen tino, pues las rugosidades que imitan/deforman el alucinado gorjeo de las aves empatan perfectamente con el hálito de inquietante fábula que trashuma el film -y que se extiende a toda la música incluida. Esas mismas texturas enrarecidas y surrealistas de “Biomarina”, por ejemplo, son reeditadas en “El Lugar Sin Nombre” y en “La Tempestad” -aunque en esta última se perciben más cercanas al rollo dark ambient.

No faltan, por supuesto, los canales en que el dueto se exhibe menos luctuoso. Estando la historia de La Isla... inserta en el marco de la expedición de Drake, no podía prescindirse de cierto guiño a la intrepidez, como el que proporciona el lance epónimo. Igualmente, Lluvia Ácida se aleja -no mucho- de las sombras a través de otras viñetas comparativamente más convencionales, como el synth cosecha 80s a lo Ciencia Sur (2017) de “Golden Hind” (nombre con que el corsario bautizó a su buque insignia), los tintineantes fuegos de San Elmo en “Carta Náutica” o esa distendida coda epigónica que es “Trazado De Rumbo”. No obstante algo distanciadas de los colores predominantes en el relato, es justo remarcar que la (falta de) iluminación de estas postales sónicas participa de la atmósfera entre onírica y surreal de tan singular narración.

Por cierto, La Isla De Los Pájaros Sombra es el tercer soundtrack firmado por LlA, tras Arte Y Shamanismo Paleoindio (2011) y el ya comentado El Camino De La Memoria.

Luego de dos años de espera, el 5 de agosto de este 2021 vio la luz por fin el opus que Rafael y Héctor habían planificado para el 2019. Previsiblemente, son muchas las circunstancias que hacen de Archipiélago Coloane el primer trabajo que rompe los moldes usados por la dupla en los últimos tiempos para encausar sus publicaciones. La más evidente: el eje temático ha dejado de ser Magallanes y las vastas proximidades antárticas. En efecto, el mentado archipiélago no es un espacio geográfico, sino uno metafórico -vertebrado por algunas de las obras del escritor chilote Francisco Coloane Cárdenas (1910-2002), ganador del Premio de la Sociedad de Escritores (1957) y del Premio Nacional de Literatura (1964). Libros como El Guanaco Blanco, Cabo De Hornos o El Camino De La Ballena, y cuentos como “El Témpano de Kanasaka” o “Perros, Caballos, Hombres”; bautizan las esculturas sonoras que Lluvia Ácida ha cincelado para la nueva rodaja.

Derivado del anterior, el segundo cambio que salta a la vista es la ausencia de correlato visual. Insula In Albis, Zonas De Silencio (2015) y Ciencia Sur fueron discos y también películas -en todos los casos, cada pareja abordaba el mismo tópico. Al estar enfocado Archipiélago Coloane en la producción literaria del fallecido escritor, prescinde de su respectiva contraparte visual, si bien Cheuquelaf afirma que sólo temporalmente. Un ensayo del mexicano Jaime Valdivieso -La Épica Del Mar En La Obra De Francisco Coloane, 2002- señala la fuerte relación que existió entre el autor y el océano, algo que se evidencia en el telón arriba “Cabo De Hornos”, donde se lo escuchamos decir al propio literato (en entrevista concedida al programa Off The Record, el mismo año de su deceso).

El tercer rasgo que distingue a Archipiélago... de sus predecesores inmediatos es la fórmula de producción física. Se trata del primer largo de LlA que aparece planchado en poliacetato de vinilo. No sólo calza que ni soñado en AC, de ocho pistas y cerca de dos tercios de hora, con una media de 4 minutos y medio (a la usanza de la mayoría de LPs de antaño). También es el soporte que mejor se acomoda a su eufónica narrativa -llena de referencias tan cercanas a la experiencia vital del binomio puntarenense como las propias vivencias de Coloane, oriundo del archipiélago de Chiloé, circundado por brazos de mar y donde aún hoy sus habitantes residen en palafitos.

Archipiélago Coloane está imbuido de esa electrónica de sesgo naturalista que tan bien ha sabido modelar Lluvia Ácida durante su andadura discográfica en el presente siglo. El arrullo de las olas y el vocerío de las gaviotas hacia el término de “Cabo De Hornos” sintoniza con ese downtempo reducido a su mínima expresión que los sureños han ido refinando desde Hotel Kosmos (2004). De hecho, casi todos los tracks se adhieren a ese código rítmico, algunas veces tanto más acelerado -“Perros, Caballos, Hombres”, sublimes strings de tesitura celestial- que otras -“El Guanaco Blanco”, donde el mismo efecto string abrillanta esa cualidad épica aludida anteriormente, o “Cinco Marineros Y Un Ataúd Verde”-.

Desaparece así cualquier atisbo de conflicto entre la médula percusiva y el ornato cuasi biológico con que los australes arropan este puñado de melodías. Los tumbos de agua que te dan la bienvenida en “Golfo De Penas” no entran en conflicto con el pulsante synth que domina el número, del mismo modo en que los vientos magallánicos no hacen sino destacar la majestuosidad de “Los Conquistadores De La Antártica”, trip hop instrumental en el más amplio sentido de la etiqueta. O la tranquilidad del mar abierto que no se ve tocada por la digitación ominosa del hardware análogo en “El Témpano De Kanasaka”, la pieza más corta de la entrega. Cabe aquí acreditar tanto en “Los Conquistadores...” como en “El Templo...”  a Paula Barouh, la airada performer de Descargo Y Maleficio, que se porta con sendas vocalizaciones preverbales.

Repiques galácticos, palpitantes oscilaciones, timing en sintonía con el que observa siempre Madre Natura... Sería necio negar esto último. El énfasis en la literatura de Coloane recae sobre la presencia del Hombre en un ecosistema tan duro, incluso hostil, para la existencia humana. Énfasis que secundan Héctor y Rafael, pues mientras más al sur de Chile uno/a se adentra, más evidente se hace la degradación progresiva que el ecosistema viene soportando desde hace décadas. En tal sentido, el potencial artístico-didáctico de un registro como el de Archipiélago Coloane es innegable.

Con ilustraciones, diseño gráfico y prólogo a cargo respectivamente de Iñaki Muñoz, Mika Martini y Óscar Barrientos (sí, el de La Isla De Los Pájaros Sombra); Archipiélago Coloane se encuentra por ahora sólo disponible en vinilo. Para los próximos meses se ha planeado la venta de CDs y el upload en las plataformas oficiales del grupo.

PD: Queda en el tintero el single virtual “Kenčenák” (“latido del corazón” en el idioma de la etnia kawésqar), fondo sonoro del corto documental de Vanessa Álvarez estrenado en julio. Pese a la política que sostengo en torno a los 45s online, pude haberme dado un tiempo para reseñarlo en el marco de esta revisión. Para otra vez será.

Hákim de Merv

miércoles, 5 de mayo de 2021

Japan: La Experiencia De Ser Un Portero De Noche

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 28 de abril del 2021.)

Enchufar el artefacto, prenderlo, seleccionar la entrada USB con el puerto vacío y esperar a que la pantalla se ilumine con el mensaje “no device”. Luego, dejar pasar un rato -siempre superior al cuarto de hora- antes de por fin insertar el USB. A veces, creo que la opción “random” del microcomponente que heredé de mi viejo está medio conflictuada. Sólo tras el proceso descrito, funciona el algoritmo y el equipo randomiza con normalidad. De no llevarse a cabo, el aparato me repite la misma secuencia “aleatoria” del día anterior. Como que lo entendería si fuese Miray, pero es Sony.

Considerando un universo de 900 tracks, que renuevo parcialmente cada cierto tiempo, lo simpático es que por lo menos dos o tres veces a la semana el microcomponente reproduce alguna canción de Japan. Y el número de ellas incluido en esa selección personal no rebasa la media docena. Insólito, si adviertes que las posibles combinaciones entre nueve centenas de elementos son astronómicas.

¿Justicia poética? Es probable. Siempre me ha sabido a menesterosa la suerte que el combo de Mick Karn y David Sylvian ha obtenido en memorabilias y crónicas. Habiendo logrado no poca difusión “en vida”, esa celebridad no bastó para que el legado de Japan quedase grabado en el repertorio popular de todos los tiempos, como sí sucedió con Duran Duran (quienes les plagiaron look y sonido del Quiet Life, 1979), Ultravox o Talking Heads. Desde luego, ese repertorio también incluye gente de ingenio modesto como los llamados “one-hit wonders”, pero, ¿a que no sería fantástico escuchar de repente en el dial “The Art Of Parties” o “European Son”, para variar?

Por otra parte, la crítica especializada tiene en el mejor de los conceptos tanto la discografía del desaparecido grupo como el unigénito álbum de Dalis Car (The Waking Hour, 1984), proyecto en comandita del destroyer bajista Karn y Peter Murphy (Bauhaus); y la extensa carrera solista de Sylvian (quien se ha asociado con Ryuichi Sakamoto, Robert Fripp, Holger Czukay y Christian Fennesz, entre otros). Esa misma crítica especializada no suele enumerar a Japan, sin embargo, entre las bandas señeras del incombustible periodo post punk -quizá porque se forma en 1974, tres años antes del estallido punk, y sus dos primeros volúmenes se agitan bajo la impronta glam de David Bowie y Roxy Music. Afortunadamente, Simon Reynolds dedica a los británicos varias líneas en su categórico Post Punk: Romper Todo Y Empezar De Nuevo (2005), donde además sugiere tácitamente la potencial simbiosis cinematográfica de su música.

En concreto, el genial crítico inglés menciona que la bellísima “Nightporter” está directamente inspirada en una película del mismo nombre (1974). Hace unas semanas, por fin pude dar con ella en la Red (aunque ya bannearon el video subtitulado, conseguí descargarlo antes). Sexto de un total de diecisiete que rodase la ya retirada directora italiana Liliana Cavani (incluyendo cuatro telefilmes), el largometraje relata la historia de un oficial nazi de menor rango que ha escapado a los Juicios de Nuremberg. Refugiado en Viena, Maximilian Theo Aldorfer -ahora sólo “Max”- es todavía en 1957 el conserje nocturno de un lujoso hotel. Sus días transcurren tranquilos hasta que es reconocido por una mujer que llega a alojarse allí: Lucia Atherton, superviviente del holocausto judío -durante el cual, Max estableció una fuerte relación sadomasoquista con ella, transformándola paulatinamente en su sumisa. En tanto sus apetitos fueran satisfechos, el alemán mantenía protegida a la semita (él la manipulaba y Lucia se dejaba manipular con delectación).

Después de la hesitación inicial, el encuentro revive las pasiones e impulsos que ambos compartiesen en esos días del pasado. Por desgracia, Max pertenece a una partida de nazis refugiados, quienes tienen por norma desaparecer cualquier evidencia o testigo que pudiese descubrirles. Enganchado otra vez y sin remedio a la relación de poder y dependencia, el antiguo oficial decide romper filas, acto que arrastrará a la pareja a un trágico final. Lucia y Max son interpretados respectivamente por actores muy competentes, además de famosos en esa época: Charlotte Rampling (La Caduta Degli Dei de Luchino Visconti, Farewell, My Lovely, The Verdict, Swimming Pool) y Dirk Bogarde (Victim, Darling, Accident, la adaptación del clásico de Thomas Mann Morte A Venezia).

(https://ok.ru/video/1206139685616)

Considerando el referente de la película, la letra de “Nightporter” de Japan es más que explícita. “¿Podría Alguna Vez Explicar/Este Sentimiento De Amor?/Simplemente Persiste/El Miedo En Mi Corazón Que Sigue Diciéndome/Qué Camino Tomar”, reza la primera estrofa, y ahora es imposible descifrar si lo que sobrevive es esa peculiar forma de amor o el miedo que yace en el fondo del ser. Dispara el doliente en el coro: “Aquí Estoy Solo Otra Vez/Una Ciudad Tranquila Donde La Vida Capitula/Aquí Estoy, Preguntándome/(A Dónde) Se Van Los Porteros De Noche/(A Donde) Se Escapan Los Porteros De Noche”. Gestor de casi todo el disco (Gentlemen Take Polaroids, 1980), David Sylvian se luce con esta joya de vals deconstruido, cuya maravillosa melancolía cansina -casi crepuscular- es un auténtico tributo a su numen fílmico.

Sorprendentemente, The Night Porter no agota la puntual-y-breve-pero-intensa relación que existe entre la música de Japan y el cine. Mejor aún, si bien Sylvian y compañía recibieron influencia del versátil celuloide, también influenciaron a este último. Prueba de ello es Static (1985), largo que podría entrar en la categoría de “olvidados” de esa década.

Static es el debut de Mark Romanek, quien a día de hoy sólo ha dirigido dos films más, One Hour Photo (2002, de los contados títulos rescatables protagonizados por el finado Robin Williams) y la distópica Never Let Me Go (2010, con la Rampling y los “chiquillos” Keira Knightley, Carey Mulligan y Andrew Garfield). Al momento de su estreno, Romanek contaba 26 abriles, y no tenía la menor idea de que su trayectoria estaría más ligada a los videos de grupos y solistas -de Teenage Fanclub a R.E.M., de David Bowie a Weezer, de Sonic Youth a The The, de Johnny Cash a Jay-Z, de Thirty Seconds To Mars a Beck- que a la gran pantalla.

Static cuenta los avatares de Ernie Blick (cumplidor Keith Gordon, lo recordarás de pelas como Christine del maestro Carpenter y Dressed To Kill del maestro De Palma), weirdo que descubre la manera de ver y comunicarse con las almas que han tenido la ¿dicha? de morar en el Paraíso. El único inconveniente es que su invento sólo funciona para él, ya que el resto sólo percibe estática. Ni la decepción de su primo Frank (el chinche de Bob Gunton) ni las súplicas de su amor platónico Julia Purcell (una joven Amanda Plummer, que se consagraría nueve años después en Pulp Fiction -la “Honey-Bunny” que asalta la cafetería junto a Tim Roth-) alcanzan para hacerle entender a Blick que en realidad su obsesión lo ha desequilibrado un poco, lo que eventualmente le lleva a fingir el secuestro de un bus de transporte interestatal (con resultados devastadores).

(https://ok.ru/video/1384713030345)

Visionado el film, me queda clarísimo que el tono macondesco/onírico de la historia y la fotografía arena/miel de muchos de sus momentos/encuadres fueron concebidos a partir de la reiterada escucha del tema de Japan que suena más de una vez durante el metraje: “The Experience Of Swimming”. Rubrica esa certeza el hecho de ser éste un instrumental editado por primera vez como B-side en el single doble “Gentlemen Take Polaroids”, un mes antes de la salida del LP homónimo. En la segunda mitad del siglo pasado, había que disponer incluso de los 45s originales a fin de acceder a estas rarezas, o cruzar los dedos para que éstas fuesen incluidas en algún recopilatorio de amplia difusión. Gracias al cielo, hoy basta con seleccionar la reedición digital adecuada, que suele aditar los consabidos demos, outtakes y lados B. De manera que la elección de Romanek no sólo indica conocimiento de causa, sino una sensibilidad muy particular para conectar con una de las gemas escondidas del temario Japan.

(Dicho sea de paso, a fines de la década antepasada me sorprendía encontrar cortes no precisamente rankeados de diversidad de bandas que, no obstante esa condición, habían sido subidos a YouTube por iluminados en el otro hemisferio del orbe. Lo que antaño pusiese en duda la condición de “secreto bien guardado” de estas piezas hoy sólo reafirma el hecho de que, estadísticamente, somos pocos los que a veces reparamos en estas melodías obviadas por audiencias masivas -sin duda nos contamos por cientos, y acaso miles, mas a escala planetaria seguimos siendo pocos.)

“The Experience...” hace las veces de leit-motiv en Static -sus notas reverberan en dos pasajes clave. El primero: cuando la cámara incursiona en el mini-apartamento que alquila Ernie, con una pared decorada por los crucifijos malformados que descarta/chorea de la fabrica de cruces en serie donde chambea. El segundo, en el que el instrumental es reproducido completamente: cuando Blick le revela a Julia, en medio de una carretera cercada por el desierto y factorías que parecen abandonadas, que el trabajo por fin ha terminado y su creación “opera a la perfección”.

Lo último que recibió “The Experience Of Swimming”, estoy seguro de ello, fue su nombre. Atiborrado de una poderosamente perturbad(or)a carga de irrealidad, el track es de un cerúleo casi celeste, por lo que difícilmente remite al acto de nadar en el mar/en un lago/en un río. Una piscina luce más pertinente. Muy en la onda del Eno padre del ambient, Richard Barbieri compone una pieza no por minimal menos emotiva, premunido de sus habituales Polymoog, Roland Jupiter 4 y Oberheim OB-X. El complemento perfecto del otro lado B del señalado single doble, “The Width Of A Room”, única composición que firmó Rob Dean para Japan.

A ver si los nuevos autores cinematográficos se atreven a insuflar de nueva vida la sublime, modélica obra de una de las formaciones más personales de la Rubia Albión.

Hákim de Merv

jueves, 17 de octubre de 2019

Alejandro Zahler: Kassa // José Tomás Molina

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 9 de octubre del 2019.)

Justo hace seis meses, el chileno Alejandro Zahler dio a conocer por fin su segundo esfuerzo a título personal, sucesor de la epónima puesta de largo que sorprendiese gratamente en el 2015. Cierto que a medio andar había liberado el sencillo virtual Pararrayos (2017) para descarga gratuita, pero éste se hizo insuficiente de cara a saldar las expectativas generadas.

Nacido en Santiago De Chile hace 43 abriles, Zahler cuenta entre sus antecedentes previos al debut haber producido el volumen Intoxicado, epílogo (2008) del cuarteto Ramires!; así como la musicalización de una serie de audiolibros en el 2013. Humanista que ha hecho carrera como ingeniero civil, y vinculado a diversas plataformas tecnológicas digitales, el capitalino ha sido alumno del compositor clásico irlandés Donnacha Dennehy y ha tocado con el músico y director de la longeva Radio Beethoven Adolfo Flores -con quien grabase, utilizando un sampler y el alias de Binarios la placa Rapsodia SCL (2017, una extraña lectura de la música de cámara desde las posibilidades que ofrece la electrónica del siglo XXI).

Sin descartar algunas de las variables proporcionadas por el neotonalismo, que es la corriente que más lo conecta al clásico contemporáneo, con Kassa se interna Zahler en las espesuras de aquella música electrónica que no requiere de voz. Incluso tomándosele como “incidental”, el cariz instrumental de disco y artista contribuye a refrendar un saludable desapego por cualquier subgénero: mal haría en hablar exclusivamente de “new age”, “ambient”, “proto house” o cualquier etiqueta; porque el individualista pica de aquí y allá sin traslucir prejuicios -de hecho, en tracks como “Seña” o “Prešov” advierto ecos distantes del Jarre más iluminado.

A propósito de Kassa, su creador ha declarado que éste recibe inspiración esencialmente de la historia de sus antepasados, quienes habitaron lo que hoy se conoce como Eslovaquia en tiempos del Imperio Austro-Húngaro. Ellos emigraron a Chile por causa de la Segunda Guerra Mundial, entre fines de los 30s y principios de los 40s. Zahler pudo visitar aquellas regiones lejanas en el 2018, experiencia que vivifica y da tonicidad a la evocación que estos 28 minutos trashuman -en lo que será una constante indesligable de su output: afirma el santiaguino que no se siente inclinado a elaborar esféricos más extensos de lo que está dispuesto a escuchar.

La tesitura de este episodio -que parece guiñar en su nombre a la segunda ciudad más populosa de la actual Eslovaquia- es delicada, sosegada. Su energía se desdobla elegante, serenamente. No pocos de sus arreglos son de una exquisitez geórgica, y la temperatura emocional promedio en ningún caso baja de los 36 grados. Perfectos representantes de los climas introspectivos que emanan de este contemplativo Kassa, escuchar en la FM temas como “Telefon 454” y “J7 For All Sections” sería un auténtico milagro, que honestamente no esperamos ver realizado nunca: no es ése el medio más idóneo para difundir un arte de público y nicho claramente delimitados.

Braceando siempre en las aguas de la electrónica, Zahler remata la jornada aproximándose al clásico en “Podhorany” y “Cintorín”. Algo que ya se había anticipado en “J7...”, el tramo postrer del CD se arrellana en la tradición culta mucho más de lo que jamás el músico se había permitido antes. Este giro no resiente el balance final, pues todas las cualidades que más allá de las formas posee Kassa se ven adecuadamente trasladadas a las nuevas coordenadas. Acompañamiento inmejorable para rematar un largo feriado de meditación sin tener que marcharse de la ciudad.


Todavía más ha discurrido -un año- desde que reseñé en este mismo espacio O, magnífico estreno de los igualmente santiaguinos Sistemas Inestables, quienes llegaran a presentarse en Lima en marzo pasado para la décima edición de la Feria De Discos Y Sellos Independientes. Deploro no haber podido asistir, porque el trío es tremendo exponente de la escena de bandas mapochas contemporáneas que se nutren del math rock y del segundo post rock. Más aún por desatender la oportunidad de conocer en persona a José Tomás Molina, guitarrista excepcional y toda una figura en los predios independientes de la movida chilena.

Si bien se ocupa de la guitarra en SI, las habilidades de José Tomás no se limitan a un solo instrumento o a un único género (por híbrido que éste sea), del mismo modo en que su nombre se ha vuelto frecuente en los proyectos más incógnitos que pululan al sur de Tacna. Empuñando por igual el bajo, los sintetizadores, las baquetas, los teclados o el piano; se prestigia asimismo con una faceta como productor, que desconozco cuándo empieza y que sólo he admirado a partir de sus aventuras solistas. Todo ello eleva a Molina, sin temor a exagerar, a la categoría de un Jim O’Rourke del Pacífico más austral.

Colaboraciones para la serie sobre deportes extremos Malos Pasos, para el videojuego de rol Long Gone Days, para la excelente serie de cortos documentales Manufactura (que reivindica el diseño artesanal artístico-funcional y de oficios manuales en Chile)... Bandas sonoras creadas para obras de teatro (La Muerte Del Príncipe, En Lugar De Nada, El Crimen De Layo) o de danza contemporánea (Vortex, Amasijo), para documentales (Pastene, El Último Cinema), o guiones de films por realizar (La Increíble Metamorfosis De Juan Pérez, 2016)... Éstas son sólo algunas de las participaciones firmadas por el músico, referencias que no agotan ni su fertilidad creativa ni los caminos por donde ella se conduce -en el plano estrictamente sonoro, falta enumerar sus trabajos junto a Presente Inexacto, Santropía, Nueva Noventa, Inverness (con quienes grabó sendos soundtracks para las películas La Vida De Los Peces y La Memoria Del Agua), Macrosónica...

Tamaña feracidad impele a dirigir la mirada, por ahora, únicamente hacia las incursiones en solitario del multi-instrumentista. La Orquesta Errante, debut en estas lides que aparece en el 2014, es el inicio de una carrera ascendente estelarizada por sonidos neoclásicos a granel. Los mantos que hila el chileno con esta pima sonora de ascendente inspiración académica ocasionalmente son rasgados por coqueteos jazzy y la aún más eventual irrupción de bases secuenciadas -adiciones que, lejos de alterarla, abrillantan cualidad primordial y fuente principal de su música: el neoclasicismo. Esto, susceptible de tomar cuerpo en dañino hándicap en otros casos, se convierte a través de registros como Bilanciare (2018), Manufactura Soundtrack (2015) o el mini-LP Hijos De... (2018) en el mármol con que labrar impecables esculturas de bucólico ambient -o en los carboncillo y paleta pictórica con que respectivamente dibujar y teñir las misteriosas atmósferas de experimentación y dramatismo abundantes en el repertorio del compositor.

Mérito tan suyo, por lo demás, como de los músicos de sesión que han llegado a serle habituales en la andadura solista y en varias de las colaboraciones audiovisuales y para performances: Carmen Rodríguez en clarinete, Andrés Moreno en violín, Claudio Corvalán en cello, Sebastián Lizana en corno francés... Resultante de esta sumatoria de pericias y técnicas, cohesionada por el enorme talento del autor, la música de Molina puede lucir un sonido enjundioso o seco, plácido o doloroso. Mayormente acústica, sus certeras dosis de electricidad le proveen de lánguidos armónicos transversales. El carácter fragmentario de la mayoría de piezas es consecuencia de un desenvolvimiento intuitivo/no-narrativo de las mismas, virtud que le hace acreedor al calificativo de sound-maker tremendamente orgánico.

Lo último que JTM ha publicado por cuenta propia es el mini-álbum El Hombre De La Multitud (2019), hace ya algunos meses. Aunque no el primero en ese formato, sí es el primero cuya desaparición se ha forzado por decisión del capitalino. En su lugar, ya figuran cual singles tres de los cuatro surcos que originalmente fueron empacados bajo ese título, acaso con la intención de replantear su extensión y a la vez dotarle de un concepto -como sucedió en La Orquesta Errante (la historia del inquietante romance entre un profesor en sus cincuentas y su estudiante adolescente) o en Bilanciare (el estudio de las emociones crudas y primitivas que nos gobiernan, dividido en los lados ‘Fecondo’ y ‘Deserto’ de un eventual vinilo). Sea que reciba luz verde vía corto o largo aliento, los adelantos de este nuevo opus ya lo sitúan a la altura de lo hecho por Molina, otro de los secretos (por ahora) mejor guardados de la escena sureña.


Hákim de Merv