(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 30 de septiembre de 2026.)
Prácticamente acabo de enterarme, al ponerme
a tipear estas líneas, de la reedición en formato extendido de Tempus Fugit.
Es éste el segundo largo de los valpeños El Significado De Las Flores,
aparecido originalmente a fines de agosto del ‘25. La nueva versión incluye dos
cortes adicionales insertados a mitad de jornada. Uno de ellos es “Fulgor”,
grabado junto a la cantautora trans Javiera Electra y lanzado como single a
inicios de marzo último. El otro es “No Te Desarmes”, en comandita con María
José Ayarza a.k.a. Chini.png, artista de cuyas colaboraciones con
Adelaida, Columpios Al Suelo o Juan Desordenado ya he dado cuenta en años
anteriores. “No Te Desarmes”, pues, viene a ser el único surco nuevo añadido.
En un principio, El Significado De Las Flores
fue concebido como trío, con el concurso de María Pizarro (voz, batería), Pablo
Rodríguez (guitarra eléctrica) y Patricio Guzmán (voz, guitarra acústica,
sampleos). Para su debut El Efecto Nodriza (‘23), se sumó Sebastián
Vidal en bajo y coros. Si bien se le ha reconocido participación en ese disco y
en el siguiente, donde se hace presente a través del piano, Vidal permanece
adscrito a la calificación de “colaborador habitual”. El grupo deviene en
cuarteto, sin embargo, al integrarse a su formación estable otro Sebastián -Aranda,
también en coros y bajo.
En algunos recuentos chilenos de fin de año, Tempus Fugit le ha reportado a ESDLF sindicaciones principalmente de cultor del
shoegazing, y a pie juntillas del indie. Esa descripción es bastante imprecisa
y asaz miope. Verdad que los de Valpo tienen tanto un lado indie como uno
baggy. No obstante, desde el mismo momento de usar la palabra “lado” ya estoy
errando los tiros. Es mucho más pertinente aludir a una fusión no sólo de estos
géneros, sino de otros más. Son los casos del post punk de este siglo y del
rock alternativo noventero, así como también -aunque en menor medida- del lo
fi. Por último es necesario acotar que, de todos los ingredientes de la mezcla,
el que obtiene la hegemonía es el indie en clave pop.
Esto se evidencia al reproducirse el primer
round, “La Migración De Las Aves”. El horizonte de los porteños lo ocupa un indie
ágil y musculoso, de calado ligero y bien matizado por delgadas capas de Baja
Fidelidad, como para enfatizar cierto contraste con unas letras apolíneas que
sobrevuelan figuras simbólicas concernientes al Tiempo y a su brevedad. El
ruido es accesorio, se filtra más que desbocarse en riadas, aporta inflexiones
a partes iguales fugaces e interesantes al nervio melódico que se enseñorea sobre
todo en el segmento cerrado al son de “Fuego De Cobre”. La distorsión no riñe,
entonces, sino complementa el correcto accionar de un soporte rítmico solvente.
No mucho más resta decir sobre El Significado
De Las Flores. Tempus Fugit se moviliza libre de la estigmatización de
la monotonía. “Morir Sin Conocerte” interroga otros tempos, lo mismo que
“Manzanilla”, cuyo epílogo se consagra al noise de usamericana procedencia college.
En “Recrudece”, la banda consigue encabritarse hasta niveles entre
melodramáticos y épicos, olvidándoles tan pronto como cruza líneas en derechura
a la balada que teje el piano de Vidal, “Tanta Piel”. Y la postrer
“Cortacielos” despide el álbum reencaminándose/le hacia un punto medio entre el
alternativo cosecha 90s y el indie, guiada su mano por el pulso firme que
replica los entusiastas embates de la apertura.
Nueve canciones cuyos arreglos de guitarra
-mediante no sé qué cortocircuitos, esta gente es muy joven para conocerles- me
han hecho recordar más de una vez ese pop independiente ochentero injustamente
relegado por el éxito de los Smiths: The Church, los Simple Minds del
imperecedero New Gold Dream (81-82-83-84), Pale Fountains, The Railway
Children...
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 16 de septiembre de 2026.)
Hacía mucho rato que no volvía a The Durutti Column. Ha sido uno de mis grupos favoritos de toda la vida, y por ende sus
placas y canciones más señeras permanecen almacenadas en mis neuronas. Esa
suerte de ayuno respecto de la banda integrada por los históricos Bruce
Mitchell y Vini Reilly acabó de golpe cuando pude prestar atención a su nueva
entrega, primera desde Short Stories For Pauline (‘12). Nueva entrega
conceptual, se entiende: no entran en juego, por ende, ni Deux Triangles
Deluxe -‘21, versión extendida del EP del ‘82, que adiciona rodaja en directo
(Bruselas, 13/8/81)- ni el artefacto de rarezas Lost Songs & Sketches
1980-81 -‘25-.
Por pura casualidad, antes de sentarme a degustar
el reentré de TDC le eché un repaso a Cobalt Blue (‘92) del esteta
Michael Brook. La comparación no es descabellada: su ambient cinético de
texturas ingrávidas y de una infinite guitar levitante atesora vasos
comunicantes con ese post punk mayoritariamente instrumental de que se
sirvieran Reilly y Mitchell para proponer una vaporosa reflexión sobre el
sonido mismo. Debo al azar y a Brook, pues, haberme predispuesto a la escucha
de Renascent.
Confieso que la primera vez no pude aguantar
mucho tiempo antes de ponerme a moquear. Despega el álbum con “Echoes In The
Memories”, y no tarda en aparecer esa peculiar digitación que el viejo y
querido Vini ha patentado a través de su delicada y grácil guitarra en muchas
jornadas de su gloriosa, gigantesca discografía -que abarca ya casi media
centuria de vida. El modo en que el veterano músico pinta medias tardes
próximas al crepúsculo conserva aún su técnica de filigrana y sombra,
apercibida desde esta introducción que no llega al minuto y medio.
Pero es con “Your Shadow At Morning” que el
dique se resquebraja y derrumba. Composición digna de ser incluida en obras
memorables como LC (‘81), The Guitar And Other Machines (‘87) o Time
Was Gigantic... When We Were Kids (‘98), exponerse a ella es como recibir
una bala a la altura del miocardio, y asimismo la prueba fehaciente de la atemporalidad
de la magia de The Durutti Column. Lo cual no es moco de pavo, considerando el
retiro a que se vio forzado el eximio mancuniano tras sufrir un derrame
cerebral moderado que afectó el desempeño de su mano izquierda. Poco antes del
suceso se había publicado el doble A Paean To Wilson (‘10), en memoria
del legendario Tony Wilson (fallecido el 7/8/07). A consecuencia del
desafortunado incidente, Reilly se vio en la imposibilidad de cumplir con
obligaciones contractuales, que felizmente pudo honrar con creces gracias a una
campaña por Internet a la que su hinchada se plegó de inmediato.
Renascent es, entonces,
doblemente trascendente. Empuja al dilecto dúo de Manchester fuera de sus
cuarteles de invierno, y lo hace rubricando la vigencia de sus principales virtudes.
“Your Shadow At Morning” se sumerge en un hermoso mar de saudade, alimentado
por seis cuerdas que articulan atmósferas y espacios en acordes parciales que
jamás han necesitado del concurso de media púa. Ese mismo conjunto de cuerdas que
tampoco se ha avenido nunca a trabajar siguiendo secuencias de cuatro u ocho
compases, sino su propia e inherente lógica intuitiva. Faltaba más.
Que recuerde, el tándem inglés nunca ha
editado esféricos enteramente instrumentales. Éste no es la excepción, si bien la
voz de Vini sólo es audible en “Liars” y en “Scammer”, tema este último de
melancolía contemplativa e intimista -el Tiempo pasa factura a sus vocales, de
todos modos. Para Renascent, el ex The Nosebleeds se acompaña de la
cantautora Caoilfhionn Rose en “Sargasso Sea” y en “Agonistes” (chequear lo que consigna la RAE acerca del polisémico vocablo “agonista”), y de Lucas Elliot en
la terminal “All They See Is Fire”. Ergo, son seis los surcos que carecen de
voz. Descontando los dos primeros (sobre los que ya he escrito varias líneas),
cualquiera de los restantes merece ser destacado por testimoniar el exquisito
arte de TDC. “Time Present And Time Past”, por ejemplo, es de un júbilo tan
angélico que me hace preguntarme cuán terapéutico habrá sido para el autor
septuagenario este retorno. La dupla “Vapour In A Matchbox”-“Your Shadow At
Evening” recupera al Durutti más post punk (léase en el sentido original del
término, no en el sentido darkie que se le da actualmente), sorprendiendo “Your
Shadow At Evening” por el impetuoso despliegue de Bruce Mitchell en el drum set
y por su incursión final en percusiones que asoman africanas.
Poco antes de acabar Renascent, se
deja oír “For Friends Everywhere”. Su piano, su trompeta asordinada, sus
marimbas postreras, no esconden un ADN que desciende sin escalas de “For
Belgian Friends”; aparecido inicialmente en Domo Arigato (‘85) y después
añadido como bonus track a LC. No tendrían por qué, tampoco. Es la
manera del viejo guerrero en que guiña a su período más efervescente, en que agradece
a su inmensa legión de fans en todo el mundo, en que declara sin ambages que seguirá
ofreciéndonos su incomparable hechizo etéreo hasta que el cuerpo aguante. Tantas
veces paladeado, el cromatismo de sus escalas menores melódica y armónica luce
como si no hubieran transcurrido catorce años desde Short Stories..., lo
mismo que su insular combinación de rock en fase post punk, flamenco (cf. el
mediometraje documental Una Guitarra Para Durutti, ‘08), jazz y
melodiosos contrapuntos clásicos. Bienvenidos de vuelta, maestros. La lucha continúa.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de febrero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (IV)
Se manifiesta otro combo de novísima data
singlando la superficie marítima en que se revuelven los océanos del pop/rock
de los 80s y los 90s, y del indie que empezaba a ser pasteurizado durante la
primera década del siglo. Enésimo que sumar a las actuales hornadas del pop
autárquico nacional, no le describo así para subrayar una acepción peyorativa.
De hecho, no tengo nada en contra suyo, sino en contra de la reiteración masiva
de que ese hermanamiento goza hace ya su buena cantidad de años.
Me refiero a El Ruido De Mi Cuarto, trío
formado por Roberto Sulca, Piero Frisancho y Lorena Castañeda. Desempeña Nostálgica
EP papel de debut en corto, enfatizando su nombre las veras en que estos compas
prefieren gastar las suelas. Producido a cuatro manos entre Sulca y un tal José
Gonzalo Alcalde -que no parece ser Gonzaleo Alcalde, célebre guitarrista de
Manganzoides y Los Protones-, las canciones del extended han sido trabajadas a
lo largo del año pasado, decidiendo ERDMC publicarlas antes de que éste finalice
(5 de diciembre).
Apertura el EP “La Memoria De Los Peces”, que
funge de declaración de principios. El terceto pone todas sus fichas en un
pop/rock que suena, según qué surco, como extraído de los 80s (“Día De Duelo”)
o de los 90s (“Mi Tristeza Y Yo”); asociándole de continuo a la esencia indie
que llegó a colarse en el mainstream y fue por éste codificada/etiquetada. Correcto
nivel de ejecución y una bonita modulación de la Castañeda frente al micro
remueven el terreno sobre el que germinan melodías dulces y de cierta sofisticación,
acompañadas por letras preñadas de una largamente rumiada melancolía.
Siendo el leitmotiv de Nostálgica EP
un romanticismo defenestrado al que se le (o)pone buena cara, sorprenden los
sintetizadores llenos de groove y el bajo funkeado que toman por asalto “Un
Recuerdo Tuyo En Berlín”, imprimiendo en el corte acentuadas ventiscas bien setenteras.
Un lunar, sin duda, aunque fuera de su contexto no consigue trascender como sí
lo hace Plastical People (por citar otro nombre patrio). Lo bueno es que la
temática suscrita por El Ruido De Mi Cuarto permanece incólume.
La jornada se reorienta con “San Tadeo”, de
timing a lo Paradero Astral más eléctricas y teclas en plan artisan pop ochentoso.
Con frases como “Gracias Por Venir/Al Menos En Un Sueño”, “San
Tadeo” es la máxima expresión de esa nostalgia a que apunta la terna, al menos
por ahora. También, el mejor paradigma de la seriedad con que las letras son
abordadas, virtud extensible al correlato visual de cada pista -todas cuentan con
video, casero o profesionalmente producido.
La primera ocasión en que oí Sismo En Bucarest me reportó dolor de cabeza. No es moneda común descubrir en el seno de
la movida independiente perucha bandas o artistas que fuercen la cópula entre estilos
provenientes de la electrónica noventera no experimental y no digamos ya
equivalentes mainstream, sino gags de aquello que suena en radios abiertamente
pacharacas. Claro, está el antecedente de Tribilín Sound. Sin embargo, lo suyo
es una expansiva humorada subversiva desde cualquier punto de vista, que se decanta
hacia el mashup en lugar de hacia los topetazos injertados que adora SEB.
Me ha costado varias escuchas adicionales poder
rascar lo suficiente la olla como para escribir algunas reflexiones acerca de Entre
La Espada Y La Pared, séptimo álbum completo de este prolífico autor, de
quien recién he tenido noticias a fines del ‘25. Dicho sea de paso, lo de
prolífico no es nada exagerado: otro alias de su propiedad, algo más espaciado,
responde a la chapa de Atticus Condori y acredita ya tres volúmenes en los que
da rienda suelta a un pop hipnagógico lleno de sampleos y grabaciones de campo.
De un lado, Sismo En Bucarest respira colgado
de los beats sobrecargados, cuando no anabolizados. Más allá de la síncopa que se
elija recrear, programaciones y secuencias son bombardeadas por el dub, estética
que sincroniza espontáneamente con el trip hop, con el drum’n’bass, con el
illbient, con el big beat y con cualquier subgénero electro post rave.
Desgraciadamente para mí, ello le hace asimismo vulnerable al trap, y sobre
todo al nunca lo bastante vilipendiado reggaetón. No son contadas las veces que
el downtempo o el breakbeat acaban doblegando la cerviz, reemplazados por
percusiones de global bass u horras oleadas de vulgar dembow. Dos ejemplos de
ello son “Nairobi” y “Sagitario”.
De otro lado, esas reconducciones se ven
favorecidas por el saqueo plunderfónico que SEB acomete en relación al “repertorio”
pacharaco latinoamericano. No es necesario tener mucho oído para determinar que
la mayoría de voces repescadas proviene de canciones de -puajjjj- trap
(“Paria”) o de -doble puajjjj- reggaetón (“Armas”). El unipersonal no se detiene
allí, ya que el mentado “repertorio” tampoco se agota en estas, ejem,
“coordenadas” -Miami Sound Machine en “Élite”, el infumable de Cristian Castro
en “Reflejo”. Es más, se recurre a cuñas radiales de emisoras limeñas
fétidamente rankeadas (“Soma”).
¿Por qué redimir, entonces, un proyecto de
semejantes particularidades? Porque hay algo más. Sí, sampleos y músicas
recicladas pertenecen casi en su totalidad al otro lado del campo de batalla. No
obstante, también es cierto que de los catorce temas que acoge Entre La Espada Y La Pared a lo sumo un par podría mendigar algo de difusión en las
ondas hertzianas. Tras andanada de nuevos repasos, empiezo a notar otras
herramientas en juego: giros de electrónica mestiza por aquí (“Server”),
nerviosidad braindance por allá (“Citadel”), tallas de indietrónica por acullá
(“Bengala”). Vamos, que las composiciones de Sismo En Bucarest son de una
elaboración tal, que su “poética” de robustos graves difícilmente recibiría la
venia de los pobres estándares a los que se aferra nuestra cobarde FM.
Podría decirse, pues, que el objetivo de este
man es retratar el pandemónium auditivo al que nos enfrentamos a diario los/as
latinoamericanos/as en las ciudades más ruidosas de la región. Una vorágine de
alta contaminación sonora. Sólo que él parte desde la corporalidad del Sonido,
a diferencia de otros francotiradores como Paruro (ver más abajo), que se
mueven desde la abstracción del Ruido. Un plástico que no he podido descartar, pese
a mi natural inclinación a hacerlo. No sé cuánto demoraré en asimilar el resto
de su discografía, tanto bajo el rótulo de SEB como el de Atticus Condori. La
perplejidad que me ha causado Entre La Espada Y La Pared es sobrada
exhortación para ello.
Vistas las coyunturas de cambio de año,
hubiese correspondido que el nuevo documento sónico de Paruro se editara hacia
finales del mes en curso. Enero siempre es un intervalo muerto, y febrero
apenas lo es menos. Empero, Danny Caballero cree firmemente en los ciclos y en
la necesidad de ceñirse a ellos. A tal fin, anuncióse El Ruido Se Puede
Componer para la quincena de diciembre, apareciendo contra viento y marea
copias físicas en la fecha señalada. Ciertamente las primeras de una cuidadosa manufactura
artesanal -que entrega en sencilla caja de cartón el contenido del título en CD
y en un primoroso USB, además de los créditos enrollados cual pergamino y un QR
para material audiovisual online.
¿Cuánto se ha metamorfoseado la música de
Paruro en el lustro trashumado desde GeoMúsica? (‘20)? La interrogante se
valida toda vez que el carácter de la célula norconeña le ha orillado a la constante
innovación moviéndose por los vericuetos del avant garde contemporáneo,
circuitos que han devenido -con el paso del Tiempo y la ausencia de renovación-
en un género per se. A este respecto, conviene recordar que la primera etapa
del a.k.a. fue clausurada por La Ópera Del Ruido (‘05).
Clausurada, mas no olvidada o superada: de ello dan fe Remanentes (‘16),
su esférico al alimón con la argentina Maia Koeing (Viaje A La Tierra,
‘16) y el ya mentado GeoMúsica.
El Ruido Se Puede Componer es susceptible de audicionarse
e interpretarse en más de un sentido. El más evidente se aprecia desde el
primer golpe de tímpano: el maduro amalgamiento de muchas de las líneas
-curvas, horizontales, oblicuas, verticales, paralelas, diagonales- que el
lápiz del músico autodidacta ha dibujado en sus más de dos décadas de andadura,
incluyendo la experiencia previa como Audiogalaxia. En muchos de los surcos,
conviven capas de teclados en plan “strings” o “piano” que aseguran la presencia
de melodías entre emotivas y contemplativas (“Alessa”, “Litoral”), correntadas
de beats absolutamente descoyuntados que devoran sus propios cauces
(“Interferencias En El Penal”), vendavales de frecuencias (in)armónicas
colapsando sin cesar (“Cuadrado De Los Andes”). “Convivir” es una forma de explicar
lo que hacen estos flujos de sonidos. Otra es “colisionar”.
Cuando revisas con detenimiento la placa, te
das cuenta del hecho de hallarse su denominación entre ni-tan-sutiles signos de
interrogación, algo no observable en el empaque de cartón. ¿Significa esto que
Caballero no afirma que el Ruido se pueda componer, sino más bien lo pone en
duda? De esta pregunta surgen otras. ¿El Ruido puede romperse o descomponerse? Si
fuera así, ¿es necesario recomponerlo? En todo caso, ¿no comporta la concepción
actual del Ruido la promesa de devorar definiciones tradicionales de lo que es
Música, para incorporarse a ella en una suerte de meta-síntesis? Frente a estos
cuestionamientos, El Ruido Se Puede Componer adquiere otros visos: los
de una criatura multiforme que se tambalea entre fárragos de polutos fondos
sonoros cacofónicos derrumbándose caracoleando (“OxiSonar”), accesos de Ruido
fermentado en vías de lograr status “orgánico” (“Ópera Del Ruido”), noise
precipitándose -vanamente- hacia alturas etereoquebradizas (“Náufragos Del
Chillón”) o field recordings a mansalva (“Lima”, “Cacería De Humanos”, “Comas”,
presas de ese caos ruidoso tan familiar a los capitalinos...).
Hete ahí dos lecturas ajustables a lo que
representa ERSPC. Las demás están supeditadas al bagaje de cada quien.
Aquí añado la mía.
El canal de YouTube Cinematix tiende a
explorar videojuegos que plantean situaciones extrañamente inquietantes o
escenarios inquietantemente extraños. Metal Garden tiene lugar en un
planeta Tierra que ha pasado a formar parte de sistemas de contrapeso dentro de
una megaestructura que se dilata más allá del Cinturón de Kuiper. Esto es,
allende nuestro vecindario solar. ¿Qué tipo de logística supone mantener
megaestructuras de semejantes dimensiones? ¿Podrían realizarlo seres vivos, que
eventualmente se extinguirán? ¿Podrían las máquinas, que con el tiempo se
degradarán? Entonces se me ocurrió eliminar la partícula “Se” del nombre del
disco. El Ruido puede componer. Me consta que existe un sistema de sofocación
del fuego basado en notas subsónicas. Paruro no las frecuenta, pero teóricamente
el principio es el mismo: el uso del Sonido para solucionar problemas físicos
prácticos. En este caso, del Ruido, como sostén infinito de software y hardware
proporcionalmente interminables en relación a los de una esfera Dyson.
El sexto episodio de Paruro es por mucho el
más largo de todos, con casi 80 minutos de reproducción. Si su output, repetido
indefinidamente, basta para mantener operativa una megaestructura... ¿El Ruido
puede componer?
Admito que no me conozco al dedillo todas las
publicaciones de Almirante Ackbar, cuarteto que ya tiene más de una docena de
años trajinando el pop contemporáneo (cf. su split junto a Mundaka, ‘13). Lo
que sí he hecho es asimilar un buen puñado de sus piezas como para formarme una
idea sobre banda y discurso al que se ha consagrado. Ese discurso se articuló
por cuenta propia hace poco más de ocho años gracias al debut Sonidos
Ultrasónicos Y Audibles Para Callar Al Perro Del Vecino (‘17), y sólo en el
último tramo de la ruta ha logrado consolidarse ante el incremento del número
de testimonios -uno por calendario: El Ruido Hecho Por La Gente (‘23) y Nueva
Ola (‘24).
A priori podría tomarse Zona Dark
(‘25), entonces, como una rodaja de relevante madurez. Conforme han pasado los almanaques,
música y líricas de estos irredentos fans de Star Wars han ido sedimentando
la influencia de dos tótems, ambos provenientes de la Madre Patria: Los
Planetas y La Buena Vida. No es que Almirante Ackbar busque la mímesis, sino
que extracta de uno y otro referente lo que requiere en pos de su propia
identidad. Comprensiblemente, el Tiempo ha mitigado su adrenalina, pero no sus urgencias
expresivas ni su devoción por el indie clásico chapetón.
No parecía ser así al inicio de Zona Dark,
con todo. Tanto “Aves Sin Nido” como el inicio “Como Si Fuese Baltasar” hacían
presagiar un insólito regreso a las ágiles y ligeras mocedades de su estreno,
ignorando todo el proceso de transmutación que se diera en largos precedentes.
Cuando se supone que iba a seguir por ese derrotero, la agrupación baja
revoluciones y eleva pretensiones a través de la dupleta “Ruido Blanco”-“Metal
Y Melancolía”, en la práctica una suite de dos movimientos. El aumento
protagónico del theremin y de los teclados le da al primero cierta sensación de
espacialidad, sensación que se convierte en pronunciado acento sci-fi en el
segundo, primer instrumental de varios que trae el artefacto -a despecho del
sampleo de rigor como guiño a la epónima película documental.
A partir del track homónimo, Zona Dark
profundiza en el sonido que ya se había hecho habitual al interior de Almirante
Ackbar. Medios tiempos sosegados, construidos con minuciosidad, sin malgastar
nada en fuegos artificiales o en ampulosidades gratuitas. Cabe citar aquí a
“Paraíso Ambulante”, a “¿Qué Más Puedo Esperar?” o a los instrumentales “El
Rayo” y “A Sus Órdenes General Yolo” (de mezcla más bien fallida). Igualmente otro
binomio, el de “Piano Tonto”-“Las Fiestas Del Mañana”, por razones distintas
-una delicadeza post clásica al piano que por breves momentos me recordó al
difunto Harold Budd, dirigiéndose hacia el pop en “Las Fiestas...”.
Zona Dark baja el telón con la
tríada “El Sonido De La Confusión II”-“Amén”-“Messi 420”. Aquí Almirante Acbkar
vuelve a ese pop de orla futurista que se dejase escuchar en “Ruido Blanco” y en
“Metal Y Melancolía”. Si bien no abandona el medio tiempo, los flashes los
cosechan otra vez los sintetizadores y los aires de pop cósmico, acaso debido a
un soporte rítmico derivado del motorik. Concluye, así, un LP con el que opino el
conjunto alcanza su techo. En lo sucesivo, y salvo que se decidan por una
vuelta de tuerca, sólo les queda refinar la calología con que plenamente se
identifican.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 11 de febrero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (III)
Génesis y primeros pasos de MIDI Time se
hallan directamente vinculados a Miguel Ángel Elescano y a la discográfica
independiente Dorog Records. Bajo el desactivado nom de guerre de DJ Locopro, el limeño liberó el 26 de junio del ‘20 un 45 rpm virtual acogiendo
las piezas “70 Days” y “Melancolía”, a través de su propio BandCamp. Lo
curioso es que cinco días antes y desde el BandCamp de Dorog, Elescano ya
despachaba para descarga gratuita las mismas tomas, con el orden cambiado y empaquetadas
tras el marbete MIDI Time. Poco después (septiembre), “Melancolía” era cedida
al panorámico Premoniciones (misma escudería).
MIDI Time es un dueto. El otro integrante
aparece debidamente acreditado desde ese auroral lanzamiento: Víctor Chang a.k.a.Vrianch. Para “Melancolía” se invitó al vocalista Rob Avatar (del desaparecido
alias electrónico Avatar), quien nunca pasó a formar parte estable del
proyecto. Así, pues, la mancuerna permaneció ajena a la publicación de nuevo
material por espacio de un lustro. Convertido en algo casi anecdótico el synth
pop de irrigación techno que sus dos únicas pistas difundidas permitían
apreciar, la dupla reaparece en el ‘25 con otra referencia de minutaje
recortado, supongo que por el tiempo y esfuerzos que dedican a sus respectivos quehaceres.
En el extended, el binomio no se afana mucho por/no
ha tenido mayor oportunidad para ensanchar dominio y rango mostrados hace media
década atrás. “And The Earth Was Empty” posee secuencia y florituras que me hacen
pensar en el trance de los 90s, sólo que sin el extra del hipnotismo rave ni el
del exótico imaginario hindú. Empero, le alcanza para abrazar el puro hedonismo
discotequero, mientras el zumbido que corre soterrado vibra cual máquina
emisora de partículas atómicas en ebullición.
La conversión de registro que conlleva
“Digital Car” es cuando menos desconcertante. Si bien la imagen de una suerte
de synth experimental que recicla el patrón rítmico del trip hop es aceptable, no
agota las posibilidades timbrales aupadas por el contraste. La melodía puede
acusar cierta saturación, por ejemplo, debido al ruido binario scratcheado con
que el tándem pausadamente le decora. Y “Alone” es otro corte de mangas con que
desplazar coordenadas hacia un vacilante maridaje de house y techno, vacilante
en cuanto a mixtura, no en cuanto a la firmeza de su pulso. Su medio ambiente
es el mismo de “And The Earth...”: dancefloors sobre los que se mueve gracias a
la marcha infatigable de un bajo artificial, al sonido de extrañas sirenas en
diminuendo, sin preocuparse por esa sección de minimal ambient abstracto que
emerge al promediar los dos minutos y medio.
Complicado escoger un tema que represente
tanto a Alone EP como a la fecunda versatilidad de Chang (Dr. Crack) y
Elescano (Lima Centro Project, Lutero, Un Día En Venus, Teiza Raizi, Maria Reiche).
Pese a servir el vocablo “consolidación”,
“evolución” es uno que se acomoda mejor para ilustrar lo que Gestos Remotos
le ha reportado a María Fe Baca en relación a su primerísimo Todo Está En Tus Pies (‘23). Actualmente con 27 febreros a cuestas, la también traductora ya
había concretado estadías en la Unión Americana, Berlín y Buenos Aires antes de
su debut en largo; lugares donde se fogueó al calor del jazz, del canto
elegíaco, del afrobeat (¡¡¡!!!) y de las artes escénicas. Noviembre último fue
el mes escogido para el reentré, que le/nos ha significado tremendo y satisfactorio
paso hacia adelante.
Todo Está... era la
consecución lógica de una mezcla entre formas delicadas que la electrónica
burilaba vía sintes y programaciones, el jazz arrellanado en vecindades soul, y
el lirismo de unas vocales preciosas/resplandecientes. Para Gestos Remotos,
la aleación entra en modo centrífuga y lo que surge es el aplomado magma
uniforme en que se han fundido esos componentes otrora más o menos
discernibles. La apariencia de pop barroco que los medios han subrayado
proviene de allí en parte. En parte, también del uso de efectos de sonido como
los que proveen las gotas o el trueno, y de algunos instrumentos poco
convencionales en estas lides -timbales, piano, acaso güiros.
El output de GR rara vez se revela
solemne, como en “Tabú”. Ídem la saturación, que por momentos padece “Círculo”,
discordando con la limpidez habitual de la rodaja. La norma dicta que la
morfología de este viaje se incline constantemente hacia el pop lleno de esa
luminancia áurea que aporta la voz de Baca. Se trata de una modulación educada,
generosa en fulgores, cultivada, presta y de aliento feérico; cualidades que
permiten a la joven cantautora alcanzar notas elevadas sin sobresaltos. Así se
comprueba en canciones como “Magic” (de letra en inglés), “Maus” (de letra en
alemán) y sobre todo “Nocturna”.
A despecho de la brillosa musicalidad, esta
colección de ocho números rebosa de relatos intimistas. El combustible es
bombeado desde la vida cotidiana de Maria Fe: procesos internos que nacen de su
alma, interacciones con el mundo que le rodea, síntesis dialéctico-emocionales
que elabora su mente tras el encontronazo de exterior e interior. Aunque no
siempre sea así (el fugaz y diáfano instrumental “Bliss”), no por nada otro
punto de apoyo para la esmerada construcción del álbum es su narrativa, que
incurre en figuras paradojales como “Muy Lejos/Te Siento Cerca” o
simbólico-iterativas como la estrofa que abre y cierra “Serpiente”.
Gema de apenas media hora de duración, Gestos
Remotos es una micro-constelación de atmósferas emotivas y de eventos
celestes harto poéticos. Puedes escucharle en multiplicidad de ocasiones sin
cansarte, acunado/a por el pop y la experimentación fluida exenta de aridez. Gestiona
en físico A Tutiplén.
Aunque faltan poco menos de diez meses para
que cumpla tres decenios, desde hace mucho ya puede afirmarse que Los Días Y Las Sombras (diciembre del ‘96) no sólo reimpulsó la carrera de Voz Propia,
sino que además determinó la trayectoria que seguiría en adelante la legendaria
banda liderada hasta la fecha por Miguel Ángel Vidal. Un curso de acción en el
que el background post punk y dark rock del combo fue extrapolado a territorios
pop de los cuales nunca más se apartó, lo que entonces le redituara en grado
suma cum laude una exquisitez para la composición no precisamente abundante
bajo estos cielos.
Casi cuatro décadas después de la puesta de
largo de VP (El Ingreso, ‘87), Vidal decide estrenarse como solista a
través de un disco que sigue la línea dibujada por el acto vozpropiano
precisamente a partir del ‘96. Hasta donde tengo entendido, no cuenta El Incendio con edición física, habiendo sido difundido por Miguel Ángel
esencialmente usando redes sociales y plataformas online. Asimismo, es él quien
se ha encargado de tocar guitarras, bajo y teclados; exceptuando la eléctrica
en “More” y el piano en “Meteorito”, ambos en manos de Ramón Escalante. La
batería, por otro lado, ha sido cosa de Dante Puemape y sobre todo de Mijail
Bejarano.
Una pregunta que seguro has de estarte
haciendo es “¿cuánto consigue zafarse El Incendio de la estela de Voz Propia?”. EI se reconoce en el modelo de Los Días Y Las Sombras y
siguientes. Es una aserción correcta grosso modo, pero es imperioso matizar,
porque tampoco se trata de un copia-y-pega. La osamenta es inequívocamente
ochentera, con múltiples accesos al pop de esas épocas. Sin embargo, varias de
sus vértebras vibran en jubilosos tempos de 3/4, copadas de una vitalidad que no
siempre ha campeado en capítulos como Hamlet (‘03) o The Game Is Over
(‘11). Cierto, a veces Vidal hace una de más, como las trompetas sintetizadas
de “People Right”. Así y todo, esa fuerza logra conducirse por los canales
adecuados: “El Incendio” (roza levemente el modern rock noventero), “Mister
Crack” (de inspiración Modern English), o el díptico “El Meteorito”-“La Jaula”.
Otra cosa en la que el repertorio se
desentiende de la versión Voz Propia ‘96 es en algunas de las líricas. Con el
tiempo, el buen Miguel Ángel ha ido atenuando la labia respecto de la flamígera
primera etapa vozpropiana, que se da entre 1987 y 1993. En El Incendio le
he vuelto a escuchar un par de veces llamando la atención sobre situaciones o
coyunturas críticas -la apertura “Gaza” debe ser la primera canción en que un
artista peruano se manifiesta abiertamente sobre la masacre del pueblo
palestino (con perdón de Fukuyama y su “Palestina”), “People Right” no merece
más explicación con ese título-, si bien la pluma no va al choque frontal. Me
hubiera gustado oírle así en más episodios.
El contrapeso de la vitalidad subrayada hace
algunos bytes es proporcionado por cierta gravidez que se encarna en algunos rounds.
Había mencionado anteriormente un díptico. Aquí cabe mencionar otro, el de
“More”-“Una Plegaria” (en este último no sé si hay genuino interés religioso o sólo
ironía), así como “Blue”, de pulsión percusiva distinta y ultimado por unos
teclados en plan casi Hi-NRG. Pongo énfasis en el hecho de no llegar ninguno de
ellos a la agobiante oscuridad ni a la aporética desesperanza que antaño eran
moneda común en el primigenio sonido vozpropiano, digresión que en última
instancia no desentona dentro del contexto de un estreno de resultados
mesurados -de regular para arriba. Porque seguramente la otra pregunta que ya
estabas haciéndote era “¿qué tan bueno es?”.
Puntos extras por la portada,
sampleada/rediseñada del original de la Editorial Estatal de Leningrado. La
tipografía cirílica siempre sacará ronchas a las parcialidades
fachoderechistas, que hoy se reproducen como lo que son -alimañas rastreras- en
todo el mundo.
Fresco aún perdura el recuerdo más que
agradable dejado por New New Wave (‘24), estreno de Lento Rodríguez. Embelesado
como estaba por su hechizo, no supe que había eyectado en el ‘25 un nuevo
trabajo sino hasta los primeros días de este año. No uno largo esta vez, sino
de corto kilometraje. Lo siento más cerca de ser un mini-álbum, aunque ha sido
la propia agrupación la que le ha presentado como Simón Salguero EP.
Sintomático que haya sido tomado el nombre de una calle a caballo entre los
distritos limeños de Surco y Miraflores, toda vez que New New Wave
recibió los toques finales estando su fundador Gustavo Rizo-Patrón afincado en
Nueva York.
Simón Salguero EP refrenda el
estilo que el quinteto profesa. Pop exquisito de florilegio indie, comedido y
moderado, ponderado y juicioso. Inmune a los excesos de sus pares mainstream. Verdad
que la colorida apertura que supone “Noche De Enero”, al límite del indie
español de comienzos de siglo, parecería contradecir esta afirmación. Por
fortuna, los siguientes cortes corrigen la sensación, que me asaltó fugazmente,
de haberme equivocado de CD. Guitarras de gracilidad encomiable (incluso cuando
condescienden al punteo), un bajo que prácticamente no está allí, teclados que
se me apetecen seda sobre piel exfoliada, baquetas de frugal sobriedad.
No sólo esas características hermanan a
“Dominante Disminuido”, “Después De Colapsar” y “Sal De Mí”. La complexión pop
de Lento Rodríguez es el catalizador idóneo para unas letras que son nostalgia,
lamentación, y a veces nostalgia disfrazada de lamentación. De hecho, este
último es el formato que más se repite (“Dominante...”, “Después De...”). Dueña
del centro del escenario tras la largada, la voz de Susana Fátima interpreta
estas historias con matices que van de la amargura al pesar y viceversa. Su
performance no sólo te aproxima a cada línea que entona, sino que hace que te
la creas. Difícil, así, no sentirse tocado/a.
Completan el extended “Para No Chocarnos” y
“L’Air De Bourgeoise”. El primero debe ser el único asalto editado hasta ahora
por la banda que abandona el pop en favor de un rock contundente y dinámico, lo
que inevitablemente produce una fractura en la ruta de Simón Salguero. Casi
como si el dial se hubiera movido bruscamente, dura poco. Cantada en francés,
“L’Air De Bourgeoise” retoma el registro de medio tiempo en el que se
desenvuelve tan bien Lento Rodríguez. Quizá por esa vuelta a sus cauces naturales,
en este epílogo la nostalgia -si la hubiera- no asoma dirigida a una memoria en
particular. De cualquier modo, “Para No Chocarnos” resiste con entereza la
tentación de la afectación, de la aparatosidad, del efectismo.
La elección del nombre “Simón Salguero” indica,
sin ápice de dudas, una poderosa conexión con remembranzas de un tiempo ya
desvanecido; que probablemente se erige como el principal factor vivencial al
momento de verter y repujar las agitadas sensibilidades talladas en las
introspectivas creaciones de Lento Rodríguez. Alguien ha aludido a una
“geografía del recuerdo”, inmortalizada por el quinteto en esta media docena de surcos. Muy de acuerdo.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 5 de febrero de 2025.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2024 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (II)
Admito que hace mucho no pensaba en
Asteroide, la sociedad de David y Marco Rivarola que rompiese fuegos a fines de
2008. Tanto en ese entonces (Laberinto Y Despedida) como a través de su
sucesor (Venganza, 2016), los hermanos dejaban en claro que lo suyo era
el pop alternativo con inflexiones a metamorfosearse según el momento -noisy o
shoegazing al inicio, luego indie. El mini-LP de remixes El Abismo Contenido
(‘18) persiste como deuda pendiente -con remezclas firmadas por Mario Silvania,
Theremyn_4 y el argentino Zigo Rayopineal.
Cuatro bienios después de Venganza,
encuentro a Asteroide adicionando fuerzas a las de un habitual en estos bytes,
José María Málaga. En su faceta de Fiorella16, el arequipeño atravesó en el
tercio final del ‘24 un rush muy agitado, concerniente a presentaciones y
producciones. Entre las últimas se debe contar el registro co-firmado junto a
los Rivarola, Suni A Través Del Espejo (Cruel Nature Records, julio). Aunque a priori esta
movida luzca un poco desconcertante, ya que ambas ententes discurren por
caminos muy distintos, más allá de la camaradería que les une existe un factor
en común -la Distorsión.
En formato mini-álbum, Suni... consta
de cuatro estaciones. Todas ellas participan de los aportes estilísticos de
Marco, José María y David, pero la conjunción no les inscribe cerca del background
de Fiorella16. O del de Asteroide. Lo primero que me viene a la cabeza
escuchándoles es el dark ambient, en esencia el de la escudería itálica
Unexplained Sounds y derivaciones. Incorpóreas, las melopeas que moldean se ven
suspendidas por ventarrones drónicos, nutridos éstos de las atmósferas glitcheadas
que escupen osciladores muy probablemente intervenidos. Esa batahola iterativa
trashuma cribada por los teclados de David Rivarola y la guitarra ¿de palo? del
mayor de los Málaga.
Muy difícil de rastrear indicios que le
delaten, el bajo de Marco asciende ocasional a la superficie. Más ocasional es
la voz frikeante y quejumbrosa de José María, que coadyuba a redondear las
tonalidades oscuras y concentradas de “Agua”, “Cielo” o “Cerro”. Esta característica
hace surgir espontáneamente el otro vitral que emplea el terceto para expandir
su impacto auditivo, uno que además los involucrados han reconocido en la
sumilla de BandCamp: Sunn O))). Obviamente, Suni A Través Del Espejo no
asimila ni la tensión macabra ni el devocionario pagano del tándem Greg
Anderson-Stephen O’Malley, si bien llega a sobresaturar de malas vibras las
neuronas que no conserven la guardia en alto -en un sentido análogo al de
Bauhaus en, digamos, “Hollow Hills”.
SATDE se clausura con
“Primavera”, donde coinciden todas las variables antedichas, excepto la de la
voz. El resultado se transfigura a cada paso: triste, pánico, ruidoso, etéreo,
grave.
Peregrina decisión la de hacer público un trabajo
sonoro -ídem un libro, una película, etc- el último día del año, sea cual fuere
su condición. Si razones pueden enumerarse muchas, dos son las insoslayables.
Primero, no queda el menor margen de tiempo para oírle suficientes veces a fin
de escribir algunas palabras al respecto antes de medianoche. Segundo, pasa
completamente desapercibido para todo el mundo. Como que eso es lo último que
debería buscarse, ¿no?
Nada disuadió a los muchachos de Mantarraya,
oriundos de Nuevo Chimbote, de tomar ese curso de acción. Volumen II fue
colgado en Internet el 31 de diciembre, y recién muchos días después algunos pudimos
enterarnos. Otros no han tenido esa suerte hasta ahora. Quizá el principal
acicate para semejante apremio han sido los cuatro años de silencio discográfico
tras el epónimo debut, eyectado en 2020, y los correctivos hoy implementados. Mantarraya,
en efecto, traspasaba el dintel de los 67 minutos y se ahogaba/diluía
parcialmente en los desbordes inherentes a la novatada.
En dirección opuesta, Volumen II se
expone mucho más sobrio -también 11 episodios, sólo que en una cincuentena de
minutos. No bien comienza a sonar “Espíritu De Fuego”, queda evidenciado que este
power trio (recientemente cuarteto) no se lanza a inventar la pólvora. Tampoco es ése su objetivo.
Mantarraya remite a los días en que el merseybeat había abandonado ya su
crisálida para convertirse en un robusto blues ácido. Consecuentemente, sus
influencias mayúsculas son el Señor Guitarra Jimi Hendrix y Led Zeppelin -esto,
entre otras varias. En modalidad The Jimi Hendrix Experience, del primero
hereda la base rítmica esmerada, rabiosas eléctricas llenas de psicodelia, compactos
arreglos algo complicados. Del segundo, la dureza, la pesadez, la corpulencia.
¿Una única etiqueta que condense estos tres rasgos? La del hard rock.
Mantarraya, por ende, es rock de vieja
escuela. Puede agradar a metaleros y a feligreses del stoner, a tenor de no
alimentarse ni de un género ni del otro en toda la rodaja. Más pulido, libre de
los excesos y las grandilocuencias que demeritaban su primer esfuerzo (“La
Sombra De La Nube”), con Volumen II se hace mucho más sencillo disfrutar
de su propuesta. Una de perfil esforzado (“Abraza Tu Dolor”), que reposa
controlada mas nunca adormecida (“Diablos Al Amanecer”, “Bajo Los Focos Rojos”,
“Un Café En El Sol”), y cuyo mástil de cuatro cuerdas resquebraja la formación
encabritándose cada dos por tres.
Rubrican la segunda entrega de Paulo Manrique (bajo),
Alex Vivar (guitarra, voz) y Kelvin Sifuentes (batería, percusión, vientos, voz)
los desarrollos instrumentales. Nada mal, pese a que para los altos estándares
que emulan todavía les falta buen trecho. Nuevo grupo a degustar proveniente de
la misma localidad que Desert Gang -otro power trio, éste sí manifiestamente
stoner.
¿Mutatis mutandis en el continuum
espacio-tiempo que atraviesa El Otro Infinito? Tranquilamente sí. Aunque no
atestigüemos un corte de mangas radical, es innegable que la música del
individualista surcano ha experimentado una profunda transformación, que le catapulta
hacia las periferias más exteriores de ese dédalo de alcorces en que ha devenido
la electrónica contemporánea. Y si bien esto le pone a tiro de piedra de comarcas
inexploradas apertrechado con ese alias, es imperioso enfatizar que un
importante porcentaje de su genoma todavía permanece electrónico.
Siempre Hay Mar EP leva anclas gracias
a “Kokteau”, cuyo nombre evoca espontáneamente reminiscencias dream pop. Y
aunque la apertura está lejos de esas cuadras, su pareja naturaleza indie y
electro se refracta en ellas durante más de 210 segundos: mientras glitches y
secuencias son la madera, clavos y pernos de su embarcación, las
electroacústicas son los paños, el viento y su tripulación. Ninguna de las
siguientes paradas le hace justicia a esa alucinada carátula. “Naufragar Y
Flotar”, de otro lado, no calza exactamente en esas coordenadas, sí en ese modus
operandi. O, al menos, en uno muy similar: beats y percusiones sintéticas
postulan ambientaciones abstractas, que la de seis cuerdas colma de colorida
pigmentación. Algo así como un Lunik en clave pop.
La otra hoja de este amplio ventanal costero
es cosa exclusiva de la electrónica usual en el proyecto de Alfonso Noriega
-ésa que parte casi excluyentemente de la IDM noventera. Difícil que sea de
otro modo, cuando el primer mazazo a posicionar allí es “Natasha Meets
Autechre”: un crescendo de programaciones enérgicas y tajantes, desbordadas y
eventualmente nulificadas por ostinatos de teclado que incendian los cielos.
Égida de distinto modelo pero de convergente gradación empuña “Mar Otra Vez”. Sea
o no el título un guiño a los recordados madrileños que en los 80s poseían
idéntico nombre, sus secuenciaciones se construyen sobre los mismos ecos, las
mismas reverberaciones, los mismos puntillazos inherentes al intelligent
techno. “Mar...” me recordaría algunos remixes de Global Communication si no
fuera por la textura analógica del Sintetizador DX10 que erupciona hacia el
colofón -fantástico cierre.
Subido el primer día de la última primavera, Siempre
Hay Mar EP es un enorme paso hacia adelante en el siempre difícil camino de
la reinvención como artista, tenga esa cuestión Noriega en agenda o no. Ahora
le falta superar el otro reto -el de un largo tras muchos años en los que sólo
han menudeado EPs. Mario Silvania -de actuación estelar en “Mar Otra Vez”- produce
este último. Las vocales femeninas en “Natasha Meets...” y en “Naufragar Y
Flotar” son de la artista interdisciplinaria María Laura Vélez.
Más allá de disquisiciones generacionales, toda
persona que haya visto durante largas temporadas los viejos cartoons de Looney
Tunes y/o Merry Melodies debería acordarse automáticamente del personaje del
Lento Rodríguez. Exacto opuesto de su primo Speedy Gonzales, aunque “el ratón
más cansado en todo México” no debe haber aparecido en pantalla sino tres o
cuatro veces, ello no impidió que se hiciera de inmediata recordación. Quién
sabe fuera su nombre o su flemática pinta, lo cierto es que se convirtió en inadvertido
icono de esos vetustos dibujos animados.
¿Por qué una nueva banda peruana adoptaría el
chaplín de Lento Rodríguez? No imagino ningún buen motivo, y a la vez me parece
tamaña jugadaza. Los muchachos tienen un EP editado en el ‘23 (Felicidad En
Dosis Exactas), que no he podido escuchar porque desgraciadamente sólo se
encuentra disponible en Spotify. Algunas voces apuntan a un shoegazing de
humores oníricos. Ese mismo coro habla de una sorprendente reorientación en su
puesta de largo, New New Wave, acaecida en septiembre del ‘24. Mérito
extra si se tiene en cuenta que Gustavo Rizo Patrón, guitarrista, tecladista y autor
principal del combo; se ha afincado en New York, donde ha dado los toques
finales a su nueva criatura asociándose a Howie Weinberg y a Pablo Moreyra.
El grupo, que completan Javier Espinosa
(guitarra), Carlos Freyre (batería), Susana Fátima (voz) y José Luis Contardo
(bajo); se ha abroquelado en derredor del pop. No de uno burdo, sino capital,
que acredita ensoñador linaje indie de las líneas española e inglesa. Rarísimo
es el pasaje en que puedan detectarse atisbos de sobrecarga, vestigios de
distorsión. Más raro todavía el segmento en que la música produzca sobresaltos.
Todo en Lento Rodríguez atesora una factura muy cuidada -adornos de teclado de
bonita orfebrería, batería de buen pie y siempre pronta, eléctrica que encanta
y arropa antes que sedar y arrebujar, bajo que calza y acuña sin hacerse notar...
Que New New Wave sea un ejercicio de
pop estoicamente contenido y ejemplar no sólo se nota en esos detalles. También
en la férrea determinación de prevalecer a salvo tras cánones de ese pop que
nunca ha sido sinónimo de accesibilidad gratuita -es decir, perfecto (o casi).
En “Palermo”, por ejemplo, me hicieron pensar en los olvidados The Magic
Numbers; drenados de la excesiva cantidad de polisacáridos de carbono a que
eran tan proclives esos ingleses. En la semi-balada “The Rite Of Ipanema”, el
quinteto parece sentirse tentado a subir a altitudes similares a las de los
primeros Red House Painters. No ocurre tal, sino que se mantiene en sus trece,
y esa mesura es también parte de su encanto.
Tan decisiva como la disciplina instrumental
es la que exhibe Susana Fátima frente al micrófono. La limeña tiende a cantar
como sus pares lo hacían en los viejos 80s, otorgando así mayores brillos al esférico.
En éste, y pese a lo que sugiera su peculiar bautizo, Lento Rodríguez no se asemeja
a The Housemartins o a Aztec Camera. Otra cosa es que exista una comunión
fundamentada en la pulcritud de un pop mesurado (“Tortoise Sunglasses”),
sofisticado (“Substitute Connections”), que no teme ni medio segundo abrazar
una melancolía sugerida, dosificada, exquisita. Cualidad que agradezco mucho en
estos aciagos días.
No es “confusión” la primera palabra que
acude a mi mente cuando escucho la obra de Piero Limaco. Tampoco “pereza”. Sin
embargo, el ayacuchano se acoge a la definición que ésta sostiene para no sólo
definirse como artista (en entrevista concedida al blog Vanguardia Peruana Y Sonidos Contemporáneos), sino asimismo describir a su debut en estas lides.
Algo de razón debe asistirle, porque Eclipse 2022-2024 destaca en la
propia denominación su carácter recopilatorio dentro de un período de tiempo
delimitado. Infrecuente es en estos días, ciertamente, la oportunidad en que un
músico o grupo se estrene con opus de esta naturaleza, por lo menos de manera
tan evidente.
No creo que Eclipse... haya sido
concebido bajo otras premisas que las de la exploración, del ensayo, de la
experimentación. Su norte nunca fue la magnificencia. Todo lo contrario.
Algunas de sus dieciocho piezas poseen el acabado de composiciones completas,
pero la mayoría abriga una estética sin bruñir, tosca, no procesada -son más
fragmentos de canciones, antes que canciones propiamente dichas. Es probable
que ello responda a la urgencia de Limaco por inmortalizar el momento, y con
ello tal o cual estado de ánimo, por lo que cabría hablar de una suerte de
metodismo polaroid. Capturar en cierto modo el aquí y el ahora, antes de que éstos
se desvanezcan, es por lo demás un curso de acción que discursos como el jazz o
el post rock han priorizado.
Lo del músico surandino va de otros sabores.
Canales como “Te Disocias Contigo Mismo”, “Sarajevo” o “Para Ti Todos Quieren
Morir” están signados por una electrónica que puede llegar a ser recia cuando
se enterca en ello (“Palacios”). Otros, como “Ucrania”, “Suenho”, “Anallemeinefreunde”,
“Nubes” o “Heimweh”; van del pop paisajista al refinado. Algunos más prefieren
adentrarse en una indietrónica que parece hecha al guerrazo, como “Cuántos Días
Han Pasado” y la barbitúrica “Buscando Vidrio En El Mar”. En los hechos, pues,
asoma razonable elegir el rótulo de “bedroom indie” para tratar de abarcar este
capítulo de cabo a rabo -aunque siempre logran escurrirse algunos asaltos de
posología incomprensible.
Ahí están los casos de “El Lado B De Tu
Rostro” o de “Detrás De Ti”. En giro para mí inexplicable, Piero Limaco le da
tribuna al trap, subproducto a-cultural en el que no merecería gastar su
talento ni medio minuto. Asumo es la clásica diferencia insalvable entre una
generación y otra, y para el man hacer trap es tan válido como esculpir pop,
electrónica o indie. Sus razones esgrimirá (y yo las mías).
Me quedo con la imagen, ergo, de
edificaciones sonoras a medio concluir. De masterizaciones cojas. De fallas
involuntarias e igualmente bienvenidas. De mezclas finiquitadas a la prepo.
Como ya han enseñado notables antecesores suyos, dentro y fuera del país, acaso
no haya mejores condiciones para desplegar con tino y tacto visiones personales
sobre amores inacabados, penas insondables, las propias sombras que no se
suelen compartir con nadie, los demonios del pasado que aún resta exorcizar,
las puertas que debes definitivamente cerrar. Eclipse 2022-2024 no será
la clave determinante, pero ayuda su poco.