(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 30 de septiembre de 2026.)
Prácticamente acabo de enterarme, al ponerme
a tipear estas líneas, de la reedición en formato extendido de Tempus Fugit.
Es éste el segundo largo de los valpeños El Significado De Las Flores,
aparecido originalmente a fines de agosto del ‘25. La nueva versión incluye dos
cortes adicionales insertados a mitad de jornada. Uno de ellos es “Fulgor”,
grabado junto a la cantautora trans Javiera Electra y lanzado como single a
inicios de marzo último. El otro es “No Te Desarmes”, en comandita con María
José Ayarza a.k.a. Chini.png, artista de cuyas colaboraciones con
Adelaida, Columpios Al Suelo o Juan Desordenado ya he dado cuenta en años
anteriores. “No Te Desarmes”, pues, viene a ser el único surco nuevo añadido.
En un principio, El Significado De Las Flores
fue concebido como trío, con el concurso de María Pizarro (voz, batería), Pablo
Rodríguez (guitarra eléctrica) y Patricio Guzmán (voz, guitarra acústica,
sampleos). Para su debut El Efecto Nodriza (‘23), se sumó Sebastián
Vidal en bajo y coros. Si bien se le ha reconocido participación en ese disco y
en el siguiente, donde se hace presente a través del piano, Vidal permanece
adscrito a la calificación de “colaborador habitual”. El grupo deviene en
cuarteto, sin embargo, al integrarse a su formación estable otro Sebastián -Aranda,
también en coros y bajo.
En algunos recuentos chilenos de fin de año, Tempus Fugit le ha reportado a ESDLF sindicaciones principalmente de cultor del
shoegazing, y a pie juntillas del indie. Esa descripción es bastante imprecisa
y asaz miope. Verdad que los de Valpo tienen tanto un lado indie como uno
baggy. No obstante, desde el mismo momento de usar la palabra “lado” ya estoy
errando los tiros. Es mucho más pertinente aludir a una fusión no sólo de estos
géneros, sino de otros más. Son los casos del post punk de este siglo y del
rock alternativo noventero, así como también -aunque en menor medida- del lo
fi. Por último es necesario acotar que, de todos los ingredientes de la mezcla,
el que obtiene la hegemonía es el indie en clave pop.
Esto se evidencia al reproducirse el primer
round, “La Migración De Las Aves”. El horizonte de los porteños lo ocupa un indie
ágil y musculoso, de calado ligero y bien matizado por delgadas capas de Baja
Fidelidad, como para enfatizar cierto contraste con unas letras apolíneas que
sobrevuelan figuras simbólicas concernientes al Tiempo y a su brevedad. El
ruido es accesorio, se filtra más que desbocarse en riadas, aporta inflexiones
a partes iguales fugaces e interesantes al nervio melódico que se enseñorea sobre
todo en el segmento cerrado al son de “Fuego De Cobre”. La distorsión no riñe,
entonces, sino complementa el correcto accionar de un soporte rítmico solvente.
No mucho más resta decir sobre El Significado
De Las Flores. Tempus Fugit se moviliza libre de la estigmatización de
la monotonía. “Morir Sin Conocerte” interroga otros tempos, lo mismo que
“Manzanilla”, cuyo epílogo se consagra al noise de usamericana procedencia college.
En “Recrudece”, la banda consigue encabritarse hasta niveles entre
melodramáticos y épicos, olvidándoles tan pronto como cruza líneas en derechura
a la balada que teje el piano de Vidal, “Tanta Piel”. Y la postrer
“Cortacielos” despide el álbum reencaminándose/le hacia un punto medio entre el
alternativo cosecha 90s y el indie, guiada su mano por el pulso firme que
replica los entusiastas embates de la apertura.
Nueve canciones cuyos arreglos de guitarra
-mediante no sé qué cortocircuitos, esta gente es muy joven para conocerles- me
han hecho recordar más de una vez ese pop independiente ochentero injustamente
relegado por el éxito de los Smiths: The Church, los Simple Minds del
imperecedero New Gold Dream (81-82-83-84), Pale Fountains, The Railway
Children...
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 22 de abril de 2026.)
(De continuo, la crítica en cualquier campo
opera desde una objetividad que es más una intersubjetividad. Y cuando ésta se
halla frente a dos irrefrenables pasiones entrelazadas, tiene más de
subjetividad que de cualquier otra cosa. Sirva esta minúscula declaración para
advertir que el siguiente texto, si bien no dejará de ser consistente con su habitual
línea severa en lo que concierne a la música pop contemporánea, en todo momento
será una confesión de parte al referirse al deporte rey. Tienes la obligación
moral, pues, de desconfiar una vez más de aquello que escribiré a
continuación.)
Desacostumbradamente tarde (un año y meses), Trilce
Discos me hace llegar esta edición de lujo que ha producido en sociedad con Estación
Odriozola para sacar lustre al primer siglo de vida de la que es la más
gloriosa institución del fútbol peruano: Universitario De Deportes. Cierto que
el club arribó a esa efemérides hace casi dos almanaques. No obstante, el CD se
puso a la venta recién a principios del ‘25 por motivos contractuales. En tanto
aún resuenan fuerte los ecos de dicha conmemoración, vale la pena pasar revista
al artefacto en cuestión.
Tuvo la oportunidad el desaparecido escritor
Vargas Llosa, célebre hincha merengue, de describir a la U como
“mucho más que un equipo, es un mito, una leyenda, una tradición”. Justísimas
palabras. Si nos remitimos a los números, la Crema los tiene casi todos de su
lado: la mayor cantidad de campeonatos (contando o sin contar los obtenidos en
la era amateur), la más consistente presencia en Copa Libertadores, el estadio
más grande del Perú, una Libertadores sub-20, cero descensos a segunda
división, varias gestas que ningún otro de sus pares ha conseguido igualar
(como ganarle a domicilio a River Plate y a Racing Club en apenas 48 horas,
durante la Libertadores del ‘67) y récords acordes (dos tricampeonatos, un
periodo histórico de invencibilidad absoluta como local, etc).
Pero la U nunca se ha medido ateniéndose a aquella
frialdad numérica. Todas esas cifras se lograron respaldadas siempre por esa
garra que el club ha convertido en su indesligable marca de juego, que ha
impreso indeleble en la mayoría de sus jugadores, que se constituye en la
columna vertebral de su mística. No en vano, ha sido catalogada por la FIFA
como el mejor club peruano históricamente hablando, el más ganador y el más
representativo del país -títulos que enorgullecen a la que debe ser la más
grande hinchada futbolera bajo estos cielos, tradicionalmente representada en
la frase “la mitad más uno”.
No es un secreto que los dos responsables de
Trilce Discos -Fernando Gonzáles y Antonio Gutiérrez- son irredentos fanáticos de
Universitario De Deportes, lo mismo que este servidor. De ahí su entusiasmo por
sumarse a los festejos del centenario del vigente tricampeón del fútbol
peruano. A ello les ha aupado, también, la natural conexión entre la esencia de
la música rock y el aura flamígera que rodea a la Crema. Ya en los 90s, la
emisora radial Studio 92 empezaba a difundir a través de su señal canciones de
reggae con el epígrafe “Comando Reggae”, mientras que al resto de su
programación habitual le añadió el alias de “Trinchera Rock”, en clara alusión
a la más famosa de las barras de la U, la Trinchera Norte. Esa conexión ha
quedado magistralmente inmortalizada gracias al veterano guitarrista de Voz
Propia, Raúl Montañez: “La U es la mejor banda de rock”.
Ⓤ Rock
Del Centenario 1924 · 2024 replica en casi todos sus componentes la coloración de
gala a que es afecta la institución: negro y dorado en la caja de cartulina, en
el pin, en el booklet con excelentes fotos del Monumental y de los/as artistas
participantes, en el sobre dentro del cual viene la placa. Sólo ésta es decorada
con los clásicos colores crema y granate de la camiseta oficial de juego, y su
contenido homenajea los cien años del Más Campeón incluyendo a 14 grupos y
solistas escogidos/as por Trilce Discos y Estación Odriozola, algunos/as
constituidos/as ex profeso para dar rienda suelta a su pasión por el club de
sus/mis/nuestros amores. Entre estos/as últimos/as figuran Bombo De La Barra,
Caudillo, Klausurada, Voces De Odriozola, Sentir Popular o Actitud Crema. Otros
nombres pertenecen a los circuitos del pop peruano independiente, cuyos
pasadizos vienen fatigando aún desde hace décadas. Aquí se inscriben Piero
Bustos (Del Pueblo Del Barrio), Pedro Solano (Cementerio Club), Charlie Diazepunk
(Diazepunk), Raúl “Montaña” Montañez, Fútbol En La Escuela o Procrastinación 1
Yo 0.
El esférico arranca con el ska a medio tiempo
de Bombo De La Barra (“Me Creo Lolo Fernández”), en plan bien ligero. Bustos,
que es de los contados hinchas cremas que ha vivido lustros en el barrio de
Matute, reinterpreta desde coordenadas rockeras desaceleradas la conocida
“Polka Crema”. Junto a él podemos situar el ágil pop de Solano (“En El
Monumental”), la canción que dedica Atados A Un Sentimiento a la Mujer Crema
(“Ellas”) y el sorprendente pop brioso de Klausurada (“La Chica De Oriente”).
Hay espacio para las variantes menos virulentas pero empeñosas del punk, como
“Agosto Siete” de Sentir Popular, “U Mi Mejor Historia” de Actitud Crema,
“Canciones Cremas” de Charlie Diazepunk y el impetuoso mazazo pop punk de
“Centenario” (Caudillo). Cómo no, el indie también se hace presente gracias a
sus dos exponentes más visibles en el menú: Procrastinación 1 Yo 0 (“Tú”) y
Fútbol En La Escuela (“Es Divertido”).
La calidad de muchos temas puede discutirse o no, es verdad. Yo antepongo el
siguiente facto: en todas estas canciones, la vibra del estadio se convierte en
aliento constante, y éste a su vez en grito de guerra. No faltan los puyazos reconducidos
en arengas, dedicados al rival de toda la vida (especialmente divertidos en los
canales de Fútbol En La Escuela y de Tito Manrique & Cosa Nuestra). Con
todo, por encima se impone el amor entregado a unas sedas que tienen la virtud
de transformar al que se enfunde en ellas cuando pisa una cancha de fútbol,
rodeado de 80 mil almas fundiéndose en una sola e indivisible voluntad.
Remataba su alocución nuestro fallecido Nobel
de Literatura diciendo de Universitario De Deportes que es “una de las más
hermosas historias que ha escrito el deporte peruano”. Poco más queda por añadir,
y ello le corresponde al inmenso pueblo crema, que me precio de integrar. En
las buenas, en las malas y en las que sea, porque cuando menos mereces nuestro
fervor es cuando más lo necesitas...
¡Y Dale U Toda La Vida! ¡Y Dale U Por Siempre
Escucharán!
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de febrero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (IV)
Se manifiesta otro combo de novísima data
singlando la superficie marítima en que se revuelven los océanos del pop/rock
de los 80s y los 90s, y del indie que empezaba a ser pasteurizado durante la
primera década del siglo. Enésimo que sumar a las actuales hornadas del pop
autárquico nacional, no le describo así para subrayar una acepción peyorativa.
De hecho, no tengo nada en contra suyo, sino en contra de la reiteración masiva
de que ese hermanamiento goza hace ya su buena cantidad de años.
Me refiero a El Ruido De Mi Cuarto, trío
formado por Roberto Sulca, Piero Frisancho y Lorena Castañeda. Desempeña Nostálgica
EP papel de debut en corto, enfatizando su nombre las veras en que estos compas
prefieren gastar las suelas. Producido a cuatro manos entre Sulca y un tal José
Gonzalo Alcalde -que no parece ser Gonzaleo Alcalde, célebre guitarrista de
Manganzoides y Los Protones-, las canciones del extended han sido trabajadas a
lo largo del año pasado, decidiendo ERDMC publicarlas antes de que éste finalice
(5 de diciembre).
Apertura el EP “La Memoria De Los Peces”, que
funge de declaración de principios. El terceto pone todas sus fichas en un
pop/rock que suena, según qué surco, como extraído de los 80s (“Día De Duelo”)
o de los 90s (“Mi Tristeza Y Yo”); asociándole de continuo a la esencia indie
que llegó a colarse en el mainstream y fue por éste codificada/etiquetada. Correcto
nivel de ejecución y una bonita modulación de la Castañeda frente al micro
remueven el terreno sobre el que germinan melodías dulces y de cierta sofisticación,
acompañadas por letras preñadas de una largamente rumiada melancolía.
Siendo el leitmotiv de Nostálgica EP
un romanticismo defenestrado al que se le (o)pone buena cara, sorprenden los
sintetizadores llenos de groove y el bajo funkeado que toman por asalto “Un
Recuerdo Tuyo En Berlín”, imprimiendo en el corte acentuadas ventiscas bien setenteras.
Un lunar, sin duda, aunque fuera de su contexto no consigue trascender como sí
lo hace Plastical People (por citar otro nombre patrio). Lo bueno es que la
temática suscrita por El Ruido De Mi Cuarto permanece incólume.
La jornada se reorienta con “San Tadeo”, de
timing a lo Paradero Astral más eléctricas y teclas en plan artisan pop ochentoso.
Con frases como “Gracias Por Venir/Al Menos En Un Sueño”, “San
Tadeo” es la máxima expresión de esa nostalgia a que apunta la terna, al menos
por ahora. También, el mejor paradigma de la seriedad con que las letras son
abordadas, virtud extensible al correlato visual de cada pista -todas cuentan con
video, casero o profesionalmente producido.
La primera ocasión en que oí Sismo En Bucarest me reportó dolor de cabeza. No es moneda común descubrir en el seno de
la movida independiente perucha bandas o artistas que fuercen la cópula entre estilos
provenientes de la electrónica noventera no experimental y no digamos ya
equivalentes mainstream, sino gags de aquello que suena en radios abiertamente
pacharacas. Claro, está el antecedente de Tribilín Sound. Sin embargo, lo suyo
es una expansiva humorada subversiva desde cualquier punto de vista, que se decanta
hacia el mashup en lugar de hacia los topetazos injertados que adora SEB.
Me ha costado varias escuchas adicionales poder
rascar lo suficiente la olla como para escribir algunas reflexiones acerca de Entre
La Espada Y La Pared, séptimo álbum completo de este prolífico autor, de
quien recién he tenido noticias a fines del ‘25. Dicho sea de paso, lo de
prolífico no es nada exagerado: otro alias de su propiedad, algo más espaciado,
responde a la chapa de Atticus Condori y acredita ya tres volúmenes en los que
da rienda suelta a un pop hipnagógico lleno de sampleos y grabaciones de campo.
De un lado, Sismo En Bucarest respira colgado
de los beats sobrecargados, cuando no anabolizados. Más allá de la síncopa que se
elija recrear, programaciones y secuencias son bombardeadas por el dub, estética
que sincroniza espontáneamente con el trip hop, con el drum’n’bass, con el
illbient, con el big beat y con cualquier subgénero electro post rave.
Desgraciadamente para mí, ello le hace asimismo vulnerable al trap, y sobre
todo al nunca lo bastante vilipendiado reggaetón. No son contadas las veces que
el downtempo o el breakbeat acaban doblegando la cerviz, reemplazados por
percusiones de global bass u horras oleadas de vulgar dembow. Dos ejemplos de
ello son “Nairobi” y “Sagitario”.
De otro lado, esas reconducciones se ven
favorecidas por el saqueo plunderfónico que SEB acomete en relación al “repertorio”
pacharaco latinoamericano. No es necesario tener mucho oído para determinar que
la mayoría de voces repescadas proviene de canciones de -puajjjj- trap
(“Paria”) o de -doble puajjjj- reggaetón (“Armas”). El unipersonal no se detiene
allí, ya que el mentado “repertorio” tampoco se agota en estas, ejem,
“coordenadas” -Miami Sound Machine en “Élite”, el infumable de Cristian Castro
en “Reflejo”. Es más, se recurre a cuñas radiales de emisoras limeñas
fétidamente rankeadas (“Soma”).
¿Por qué redimir, entonces, un proyecto de
semejantes particularidades? Porque hay algo más. Sí, sampleos y músicas
recicladas pertenecen casi en su totalidad al otro lado del campo de batalla. No
obstante, también es cierto que de los catorce temas que acoge Entre La Espada Y La Pared a lo sumo un par podría mendigar algo de difusión en las
ondas hertzianas. Tras andanada de nuevos repasos, empiezo a notar otras
herramientas en juego: giros de electrónica mestiza por aquí (“Server”),
nerviosidad braindance por allá (“Citadel”), tallas de indietrónica por acullá
(“Bengala”). Vamos, que las composiciones de Sismo En Bucarest son de una
elaboración tal, que su “poética” de robustos graves difícilmente recibiría la
venia de los pobres estándares a los que se aferra nuestra cobarde FM.
Podría decirse, pues, que el objetivo de este
man es retratar el pandemónium auditivo al que nos enfrentamos a diario los/as
latinoamericanos/as en las ciudades más ruidosas de la región. Una vorágine de
alta contaminación sonora. Sólo que él parte desde la corporalidad del Sonido,
a diferencia de otros francotiradores como Paruro (ver más abajo), que se
mueven desde la abstracción del Ruido. Un plástico que no he podido descartar, pese
a mi natural inclinación a hacerlo. No sé cuánto demoraré en asimilar el resto
de su discografía, tanto bajo el rótulo de SEB como el de Atticus Condori. La
perplejidad que me ha causado Entre La Espada Y La Pared es sobrada
exhortación para ello.
Vistas las coyunturas de cambio de año,
hubiese correspondido que el nuevo documento sónico de Paruro se editara hacia
finales del mes en curso. Enero siempre es un intervalo muerto, y febrero
apenas lo es menos. Empero, Danny Caballero cree firmemente en los ciclos y en
la necesidad de ceñirse a ellos. A tal fin, anuncióse El Ruido Se Puede
Componer para la quincena de diciembre, apareciendo contra viento y marea
copias físicas en la fecha señalada. Ciertamente las primeras de una cuidadosa manufactura
artesanal -que entrega en sencilla caja de cartón el contenido del título en CD
y en un primoroso USB, además de los créditos enrollados cual pergamino y un QR
para material audiovisual online.
¿Cuánto se ha metamorfoseado la música de
Paruro en el lustro trashumado desde GeoMúsica? (‘20)? La interrogante se
valida toda vez que el carácter de la célula norconeña le ha orillado a la constante
innovación moviéndose por los vericuetos del avant garde contemporáneo,
circuitos que han devenido -con el paso del Tiempo y la ausencia de renovación-
en un género per se. A este respecto, conviene recordar que la primera etapa
del a.k.a. fue clausurada por La Ópera Del Ruido (‘05).
Clausurada, mas no olvidada o superada: de ello dan fe Remanentes (‘16),
su esférico al alimón con la argentina Maia Koeing (Viaje A La Tierra,
‘16) y el ya mentado GeoMúsica.
El Ruido Se Puede Componer es susceptible de audicionarse
e interpretarse en más de un sentido. El más evidente se aprecia desde el
primer golpe de tímpano: el maduro amalgamiento de muchas de las líneas
-curvas, horizontales, oblicuas, verticales, paralelas, diagonales- que el
lápiz del músico autodidacta ha dibujado en sus más de dos décadas de andadura,
incluyendo la experiencia previa como Audiogalaxia. En muchos de los surcos,
conviven capas de teclados en plan “strings” o “piano” que aseguran la presencia
de melodías entre emotivas y contemplativas (“Alessa”, “Litoral”), correntadas
de beats absolutamente descoyuntados que devoran sus propios cauces
(“Interferencias En El Penal”), vendavales de frecuencias (in)armónicas
colapsando sin cesar (“Cuadrado De Los Andes”). “Convivir” es una forma de explicar
lo que hacen estos flujos de sonidos. Otra es “colisionar”.
Cuando revisas con detenimiento la placa, te
das cuenta del hecho de hallarse su denominación entre ni-tan-sutiles signos de
interrogación, algo no observable en el empaque de cartón. ¿Significa esto que
Caballero no afirma que el Ruido se pueda componer, sino más bien lo pone en
duda? De esta pregunta surgen otras. ¿El Ruido puede romperse o descomponerse? Si
fuera así, ¿es necesario recomponerlo? En todo caso, ¿no comporta la concepción
actual del Ruido la promesa de devorar definiciones tradicionales de lo que es
Música, para incorporarse a ella en una suerte de meta-síntesis? Frente a estos
cuestionamientos, El Ruido Se Puede Componer adquiere otros visos: los
de una criatura multiforme que se tambalea entre fárragos de polutos fondos
sonoros cacofónicos derrumbándose caracoleando (“OxiSonar”), accesos de Ruido
fermentado en vías de lograr status “orgánico” (“Ópera Del Ruido”), noise
precipitándose -vanamente- hacia alturas etereoquebradizas (“Náufragos Del
Chillón”) o field recordings a mansalva (“Lima”, “Cacería De Humanos”, “Comas”,
presas de ese caos ruidoso tan familiar a los capitalinos...).
Hete ahí dos lecturas ajustables a lo que
representa ERSPC. Las demás están supeditadas al bagaje de cada quien.
Aquí añado la mía.
El canal de YouTube Cinematix tiende a
explorar videojuegos que plantean situaciones extrañamente inquietantes o
escenarios inquietantemente extraños. Metal Garden tiene lugar en un
planeta Tierra que ha pasado a formar parte de sistemas de contrapeso dentro de
una megaestructura que se dilata más allá del Cinturón de Kuiper. Esto es,
allende nuestro vecindario solar. ¿Qué tipo de logística supone mantener
megaestructuras de semejantes dimensiones? ¿Podrían realizarlo seres vivos, que
eventualmente se extinguirán? ¿Podrían las máquinas, que con el tiempo se
degradarán? Entonces se me ocurrió eliminar la partícula “Se” del nombre del
disco. El Ruido puede componer. Me consta que existe un sistema de sofocación
del fuego basado en notas subsónicas. Paruro no las frecuenta, pero teóricamente
el principio es el mismo: el uso del Sonido para solucionar problemas físicos
prácticos. En este caso, del Ruido, como sostén infinito de software y hardware
proporcionalmente interminables en relación a los de una esfera Dyson.
El sexto episodio de Paruro es por mucho el
más largo de todos, con casi 80 minutos de reproducción. Si su output, repetido
indefinidamente, basta para mantener operativa una megaestructura... ¿El Ruido
puede componer?
Admito que no me conozco al dedillo todas las
publicaciones de Almirante Ackbar, cuarteto que ya tiene más de una docena de
años trajinando el pop contemporáneo (cf. su split junto a Mundaka, ‘13). Lo
que sí he hecho es asimilar un buen puñado de sus piezas como para formarme una
idea sobre banda y discurso al que se ha consagrado. Ese discurso se articuló
por cuenta propia hace poco más de ocho años gracias al debut Sonidos
Ultrasónicos Y Audibles Para Callar Al Perro Del Vecino (‘17), y sólo en el
último tramo de la ruta ha logrado consolidarse ante el incremento del número
de testimonios -uno por calendario: El Ruido Hecho Por La Gente (‘23) y Nueva
Ola (‘24).
A priori podría tomarse Zona Dark
(‘25), entonces, como una rodaja de relevante madurez. Conforme han pasado los almanaques,
música y líricas de estos irredentos fans de Star Wars han ido sedimentando
la influencia de dos tótems, ambos provenientes de la Madre Patria: Los
Planetas y La Buena Vida. No es que Almirante Ackbar busque la mímesis, sino
que extracta de uno y otro referente lo que requiere en pos de su propia
identidad. Comprensiblemente, el Tiempo ha mitigado su adrenalina, pero no sus urgencias
expresivas ni su devoción por el indie clásico chapetón.
No parecía ser así al inicio de Zona Dark,
con todo. Tanto “Aves Sin Nido” como el inicio “Como Si Fuese Baltasar” hacían
presagiar un insólito regreso a las ágiles y ligeras mocedades de su estreno,
ignorando todo el proceso de transmutación que se diera en largos precedentes.
Cuando se supone que iba a seguir por ese derrotero, la agrupación baja
revoluciones y eleva pretensiones a través de la dupleta “Ruido Blanco”-“Metal
Y Melancolía”, en la práctica una suite de dos movimientos. El aumento
protagónico del theremin y de los teclados le da al primero cierta sensación de
espacialidad, sensación que se convierte en pronunciado acento sci-fi en el
segundo, primer instrumental de varios que trae el artefacto -a despecho del
sampleo de rigor como guiño a la epónima película documental.
A partir del track homónimo, Zona Dark
profundiza en el sonido que ya se había hecho habitual al interior de Almirante
Ackbar. Medios tiempos sosegados, construidos con minuciosidad, sin malgastar
nada en fuegos artificiales o en ampulosidades gratuitas. Cabe citar aquí a
“Paraíso Ambulante”, a “¿Qué Más Puedo Esperar?” o a los instrumentales “El
Rayo” y “A Sus Órdenes General Yolo” (de mezcla más bien fallida). Igualmente otro
binomio, el de “Piano Tonto”-“Las Fiestas Del Mañana”, por razones distintas
-una delicadeza post clásica al piano que por breves momentos me recordó al
difunto Harold Budd, dirigiéndose hacia el pop en “Las Fiestas...”.
Zona Dark baja el telón con la
tríada “El Sonido De La Confusión II”-“Amén”-“Messi 420”. Aquí Almirante Acbkar
vuelve a ese pop de orla futurista que se dejase escuchar en “Ruido Blanco” y en
“Metal Y Melancolía”. Si bien no abandona el medio tiempo, los flashes los
cosechan otra vez los sintetizadores y los aires de pop cósmico, acaso debido a
un soporte rítmico derivado del motorik. Concluye, así, un LP con el que opino el
conjunto alcanza su techo. En lo sucesivo, y salvo que se decidan por una
vuelta de tuerca, sólo les queda refinar la calología con que plenamente se
identifican.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de diciembre de 2025.)
Surge Evelia, Surge (‘19) de Parahelio es
de los pocos esfuerzos independientes que obvié en su día, dejándole sin
comentar. Malo no era, pero algo en la propuesta me disuadía de sentarme a
escribir sobre sus virtudes y defectos. O de repente era yo quien me hallaba
entonces incapacitado de concretar un acercamiento exitoso al esférico. Ahora
que Christian Ortega y Rodolfo Ontaneda, dos de sus guitarristas, se presentan
en 33 rpm con Sueño Púrpura; será motivo para volver al unigénito volumen que
legase el ¿desaparecido? conjunto.
Sueño Púrpura no es Parahelio. Mucho menos,
una versión corregida y aumentada. Eso no impide que ambas formaciones
compartan algunas características, sobre las que abundaré luego. Fundada a
mediados del ‘22, la nueva entidad de los ex Parahelio cultiva sonoridades que
cabe tipificar de enteógenas. ¿Significa que el proyecto toma plazas en la
psicodelia o en el kraut rock? Mi opinión es que no, más allá de puntuales
ramalazos. A decir verdad, es complicado asignar al quinteto estilos específicos.
Si me avengo a ello, se debe a razones estrictamente cuantitativas,
relacionadas a la (re)incidencia en que encajan las composiciones.
Para Sueño Púrpura, lo más trascendente de su
obra es el aspecto instrumental de la música, rasgo heredado de Parahelio. El
soporte rítmico de Juan Camba (batería asimismo en Búho Ermitaño) y de José
Andrés Lezma (bajo) no cesa de prodigarse durante los más de dos tercios de
hora que se dilata Souvenir. Complementariamente, las eléctricas de la
sociedad Ontaneda-Ortega manejan la distorsión engrosando sus capas o
disipándolas, mediante estallidos atronadores o deflactaciones instantáneas. De
este modo, puede afirmarse que los largos segmentos instrumentales del vinilo
son a un tiempo robustos y altamente volátiles.
A dos colores recurre de continuo el acto que
completa Jandy Torres (vocales). Uno es el post rock de segunda generación,
entronizado en Surge Evelia... El otro es el shoegazing de Pale Saints y
de My Bloody Valentine -los de Leeds cuando el Ruido se mantiene en mínimos
(“Granate”), los de Dublin cuando necesita éste reventar dentro de tus canales
auditivos (“La Niebla”). Estos visos nunca llegan a mezclarse, sino que se
suceden (“Sueño Púrpura”), o a lo sumo se intercalan (el entusiasta viaje
estelar que supone “Mora”). Otra tintura a tener en cuenta es el slowcore (“El
Tiempo Es Una Flor”, “Luz Inerte”), a pesar de que su melancólica figura
aparece únicamente en secciones introductorias, no alcanzando así cantidades
ponderables.
Rodaja de euritmias reverberantes y
orgánicas, enSouvenir la voz podría llegarse a tener por accesoria, en
el sentido en que podría considerársele así también al interior del baggy. A
veces transcurre más un minuto antes de que la oigamos, tal cual los limeños
saltan del post rock al ethereal noise (y viceversa) más de un minuto después de
iniciado un track. Sus catárticas explosiones no sofocan la intensidad de sus
tonalidades, ni extinguen sus cortantes golpes de timón el fulgor de sus
hambrientas brasas. Más que post y shoegazing, la paleta de Sueño Púrpura está insuflada
de rock casi instrumental y de noise rock a secas, lo que convierte a todas sus
etiquetas en potencialmente circunstanciales. No consigo adjudicar a Souvenir
una mejor corona de laurel que ésa, si fuera menester.
He estado rumiando sus buenos meses los EPs
con que se ha dado conocer Ficticio a inicios de año, confiando en llegar a un
juicio distinto del que me reportasen las primeras impresiones. Considerando
que se trata de una banda nueva, de músicos a quienes probablemente doblo la
edad, y que el indie del nuevo siglo en modalidad pop es terreno fértil para
bluffs y estafas al por mayor; me la he jugado por el comodín que supone el
beneficio de la duda cada vez que he repasado tanto la puesta en corto Comenzando
Desde Cero EP (enero) como el subsiguiente Ficticio EP (febrero,
equivocadamente tenido por entrée absoluto).
¿Es Ficticio una agrupación hecha y derecha?
Quién sabe. Se alude a cierta alineación estable en directo, integrada por Paula
Sáenz en guitarra, Matt Palacios en baquetas, Carlos Suárez al bajo y Fabián
Maslucan frente al micrófono. En estudio, parece ser otra la situación. Su
página Facebook no incluye ninguna foto del line up, y sí una representación
abstracta donde no hay sino puro calzoncillo. Tampoco arroja mayores luces su
cuenta en YouTube Music. De lo que sí podemos estar seguros/as es de la identidad
de su ¿líder?/¿único animador?/¿principal responsable?: Maslucan.
Comenzando Desde Cero EP apenas excede la
quincena de minutos. Se suceden los acordes finales de su apertura, “Nada Se
Terminó”, y ya podemos vislumbrar una imagen bastante precisa de lo que audicionaremos
hasta el último segundo del cierre “Nada Es Fácil”. Pop/rock simple y chato en
extremo, demasiado elemental, que sólo en determinados tramos cada tanto
recuerda al bedroom pop. En el mejor de los casos (“Entre Los Dos”), el
extended huele a modern rock noventero traumáticamente desvalijado. Pese a que
las letras recuperan la filia naif de nombres como The Story So Far o Brand
New, el daño está hecho. Para peor, la performance vocal es asaz desabrida -su
punto más bajo: “No Puedo Escapar”.
Las cosas mejoran en Ficticio EP,
aunque no tanto como para sobreseer el chasco inicial. Las canciones del
epónimo extended constituyen mayormente una reconvención, acometida a
conciencia por Fabián, de lo mostrado en el episodio precedente. Es decir, Ficticio
EP es una suerte de Comenzando Desde Cero EP 2.0. Letras más intimistas,
más cercanas al/a la oyente, y por lo tanto más sinceras; a la par de una
austera readecuación vocal. El esmero que no se percibe en Comenzando...
EP se ve aquí reflejado en una drástica reducción de clichés rockistas, que así
y todo no decrecen hasta cero. Ejemplo palmario de esta renovación: “Sin
Tierra”. Pasos más allá: “Horas” y “Serú”.
Por desgracia, Ficticio EP no basta
para arrancar de la medianía al “cuarteto”. A la luz de lo paladeado en los
EPs, Ficticio no es sino un combo más. Nada le distingue, nada le
particulariza. Nada, al menos de momento, me hace abrigar la esperanza de una
evolución sostenida que desemboque no digamos ya en un sonido original, sino en
algo verdaderamente sentido. Se ha hablado de shoegazing y de dream pop. Ni
cagando. El pop/rock de ribetes indies que practica Ficticio es tan cansino,
que deviene en genérico, cuando no en derivativo. Y no veo, por ahora, cómo va
a escapar de ese empantanamiento.
Tres años después de Ya Tengo Nostalgia Por Conversaciones Que Tuve Ayer, regresa a escena Santa Madero, convertido
ahora en dúo. En el interín, abandonó la terna el guitarrista José Luis
Gonzales, recayendo la continuidad del alias en el tecladista Dan Joe Salazar y
en la cantante Karina Castillo. Quizá sea ésa la principal razón por la que su
silencio discográfico ha abarcado poco más de tres calendarios, aunque debe
atenderse igualmente al grado de separación existente entre los réditos del
debut y los de su nueva producción -que no por nada lleva el título de Los
Años Difíciles.
Llamaba mucho la atención la impronta de
Entre Ríos que Santa Madero izaba en el estreno, por cuanto exponentes de
indietrónica no han abundado en Latinoamérica, menos todavía en el Perú. Tras
las primeras escuchas, pareciera que Los Años Difíciles le hubiera hecho
a un lado. En su reemplazo, esa electrónica argéntica y plastificada que
fagocitó al synth en los 90s se posiciona en primeros planos a lo ancho del
nuevo álbum. Sin embargo, conforme el lector pasa revista una y otra vez al CD,
descubres que el género de múm y Ulrich Schnauss late aletargado bajo la
epidermis -salvando las distancias con tamaños referentes, naturalmente.
Desde el vamos, el output de asociaciones
como Republica o Garbage aflora actualizado en “Mi Ciudad Es Genial” y
siguientes. El electropop impermeable de secuencias recargadas, de letras
optimistamente irónicas y de actitud entre desencantada y hedonista, remite sin
cortapisas a la última década del siglo XX. Es con “Oye” que se produce un
cambio de ¿dirección?/¿percepción?, si bien no tan evidente, sí sustancial. De
tiempos perfectamente cuadrados, la de “Oye” es una lírica irónicamente
optimista, que esparce fragancias agridulces mientras afloran los resabios
indietrónicos bien disueltos por el factor oxidante del pop.
En adelante, y hasta que LAD finaliza
con “Me He Escapado De La Casa”, dicha solución/fórmula no se verá mayormente
alterada. Tal vez la única excepción sea “Por Mientras”, de espíritu más
entero. El resto participa de esa animosidad delicadamente pesarosa y amarga
que, no obstante, prefiere mostrarse impoluta de tal mácula: “Mejor Me Muero”
(el nombre lo dice todo), “Ya No Me Sueltes”, la ingenuota/dolorosa “Me He
Escapado...”, la acibarada “Toma Tiempo”, la preciosa y ágil “Bodas De Papel”
(de hermosos contrastes).
Más allá de un esmerado diseño de sonido y de
una ejecución impecable, merece destacarse la performance de Karina Castillo.
La muchacha canta como quien acaba de superar penurias mil. Esa entonación/ese
mood le proporciona lustre extra a este puñado de canciones decididamente más
realistas que las de Ya Tengo Nostalgia..., canciones cuya autoría
comparte con Dan Joe y que evidencian un crecimiento firme de Santa Madero
hacia la madurez. (Otros) veintisiete minutos del pop más enjundioso que puede facturarse
en estas tierras.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de octubre de 2025.)
Luego de 3 a 4 años, el colectivo Matus abandona
brevemente los cuarteles de invierno para añadir nuevo y fugaz título a su
extensa discografía. El Aullido / Planetario fluctúa entre las categorías
de 45 rpm y de EP, aunque el nombre enfatice (ni tan) tácitamente su condición
de single. A día de hoy, Matus se ha visto reducido a trío, con relación al
quinteto nucleado a la par de la salida de Espejismos II (‘21): Véronique
Miró Quesada (a) Veronik (theremin), Manuel Garfias (bajo, guitarras acústica y eléctrica)
y Richard Nossar (bajo y teclados).
La alineación se ha hecho asistir de
colaboradores varios, sin embargo. Figuran avalados en las notas de BandCamp
Miguel Ángel Burga y Camilo Uriarte, amén de Roberto Soto (batería), Úrsula
Inga (voz) y Cristóbal Pérez (saxo). Uriarte además se ha desempeñado en
labores de producción y mezcla, quedando encargada la masterización a Osmar Cubillas. Distribuyendo esfuerzos según tal o cual pista, el lanzamiento no
debería tomarse como corolario en la carrera del combo fundado por Richard,
sino asumirse como aperitivo a delectar mientras se espera el siguiente largo
de la banda. Pero quién sabe.
Arañando los 16 minutos en total, el hipotético
lado A de este 7’’/EP está ocupado por “El Aullido”. Su maridaje de heavy blues
y psicodelia se mueve a paso de procesión, contenido por grapas de metal
megalítico. El grávido mástil de Nossar destila ecos altoandinos a cuentagotas,
mientras la slide de Camilo talla paisajes de esotérico paganismo alucinado. Al
aproximarse a los ciento cincuenta segundos, el canto de Úrsula Inga
proporciona el complemento adecuado merced a una performance llena de calígine
y con tintes de profética. Se termina de edificar así una pieza de imponente
energía reconcentrada, que culminará traspuestos los 8 minutos y 30 segundos.
El hipotético lado B, “Planetario”, muestra
(¿la?) otra cara de Matus. Su percusión es más rockera y pródiga, su tempo más
ágil, si bien ello no impide a las guitarras de Garfias y sobre todo de Burga emborracharse
de wah-wah para repujar escarpados murallones montañosos; en torno a los cuales
invocar el espíritu del viejo space rock. Al promediar los cuatro minutos y
medio, el instrumental coge curvas que le llevan a una dimensión completamente
distinta -una en la que los riffeos atmosféricos se afantasman a la par que se
desvanece el soporte rítmico, mientras se funden en esa vaporosa irrealidad al
saxo espectral de Pérez y a las pulsaciones que en el theremin dispensa
Veronik. Pese a que “stoner dub” sabe a etiqueta arbitraria e imperfecta, al
menos ilustra esa arista.
Insuficiente, cuantitativamente hablando. El
sonido a partes iguales críptico, intenso, plúmbeo y épico de Matus tendrá que
aguardar todavía un poco más para hacerse otra vez del marco que mejor le
favorece -el disco in extenso.
Se demoró lo suyo en debutar Paradero Astral,
terceto de féminas formado hace ocho años que recién en marzo de este 2025
consigue publicar La Mejor Canción Es Una Anécdota, documento a medio andar
entre el EP y el mini-álbum (aún cuando oficialmente ha sido clasificado como
extended). Durante ese ochenio, el grupo dio a conocer unos cuantos sencillos de
manera infrecuente, algunos de los cuales han sido recuperados para la ocasión.
Paradero Astral son Naomi Pérez en guitarra y
segunda voz, Luisa Condori en primera voz, y Nirvana Morales en batería y
coros. La sencillez del esquema instrumental sugiere un rumbo de fácil acceso
en cuanto a su quehacer, sospecha que no se haya en absoluto descaminada.
Apenas empieza a reproducirse La Mejor Canción..., se evidencia que la
terna bebe más del pop que del rock, máxime cuando la mitad de las canciones
incluidas resguarda algo más que un insólito aire a line up de fines de los
olvidados 50s.
En la baladesca apertura “El Tiempo Atrás”,
por ejemplo, no logro distinguir sino entretejidos vibratos naturales y
modulados tonos límpidos. Las vocales de apoyo que proporcionan Morales Y Pérez
no buscan desmarcarse de los consabidos
“uhuhuhuhuhuh/uhuhuhuhuhuh/uhuhuhuhuhuh/ahahahahahah” más que para repetir
alguna de las líneas de la voz principal. Bonito y sorprendente, por suerte el
efecto obtenido no vuelve a ser conjurado apelando a la misma coartada en lo
que queda del EP. “Mis Pupilas” es una power ballad rocanrolera que remite a
inicios de la siguiente década. Idéntico rumbo toma la clausura “Gracias Por
Venir”, ésta sí tan mimética que ha de tolerar el adjetivo de “revivalista”.
¿Y el resto? Sin distanciarse sustancialmente
del pop, prefiere colores menos añejos. La ejecución simple y el intimismo
lírico, cualidades que les hermanan a sus pares del párrafo anterior, no son
óbice para fatigarse bajo otros cielos -el del robusto pop setentero en la
alegrona “Maldita Incertidumbre”, el del indie pop donostiarra en “¿Cuántos Más
Se Irán?”, el del hard rock punkoide en la insospechada “Sociedad”. Pese a
estos relativos exabruptos, lo interesante es que el trinomio logra armonizar colores
y melismas para darle homogeneidad a esta jornada de escasos 17 minutos.
Ingeniosa portada. En ella, las tres
integrantes aparecen por partida doble. En la parte alta, Nirvana, Naomi y
Luisa auscultan lo que parece ser el diorama del dormitorio que comparten,
donde sus equivalentes recortables animadas se avocan a distintas acciones. ¿La
carátula influenciaría al video de “Maldita Incertidumbre” o sería éste el que
proveería de materia prima a ésa?
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 12 de marzo de 2025.)
No había querido escribir sobre Elisa Tokeshi
hasta ahora. Principalmente, porque me era imposible sintonizar con su
desmadejado pop de hábitos coprolálicos, menos aún con esas vocales
equilibristas entre volcánicas y desapasionadas. Quiero decir, la comprendía y
sabía que era talentosa. Pero no conseguía sentirla, establecer una conexión fuerte
y segura con la música que liberaba al éter. Cuando aparece Hipersensible
(hubiera quedado mejor con los signos de admiración consignados en portada),
pensé que acaso podía ser una cuestión generacional, ya que la peruana es
bastante joven. Hoy sé que los tiros no van por ahí, sino por otro lado -el de
las horas más oscuras, sentenciaría Dave Mustaine.
De padre aficionado al piano y a la guitarra,
la cantautora empieza siendo una niña. No tengo claro si su proyecto solista
Julieta Azul data de aquella época y se reactivó tras extinguirse el grupo de
covers que integró en quinto de secundaria, o si Julieta Azul -que acredita un
EP subido a SoundCloud en el ‘16, Artificial- arranca al decidirse a
hacer camino sola. Como fuere, es recién en el ‘23 que aparece la primera
referencia a título personal -el mencionado Hipersensible. Allí se hacen
presentes in extenso las características del pop facturado por la muchacha:
sencillo, honesto hasta decir basta, próximo al folk y al indie,
contraproducentemente severo, muy pocas veces rockero, tan tributario de su
frugal par anglosajón como de su mexicana contraparte mainstream.
Abre Tokeshi este 2025 por medio de Mi Peor Accidente EP. En la práctica, el extended es una prolongación de Hipersensible,
salvo por la ruta escogida -excluyentemente acústica, o a lo sumo
electroacústica. Pop desnudo cuyas raíces pueden rastrearse hasta los glasgüenses
Camera Obscura por un lado, mientras que por el otro ganan la orilla de los
bristolianos The Sundays, pasando a mitad de camino por Julieta Venegas o los
finteros de Belanova. Lo mismo que las del debut, “intensidad” es un vocablo
que define muy apropiadamente las cuatro pistas de la rodaja: “Hay Un Hombre En
Mi Cabeza” (estrenada el año anterior), “Toxic”, “EX” y “Mi Peor Accidente”.
Ninguna siquiera se aproxima al “rhythm’n’blues nigeriano” o al “afropop” cacareados
en algunos comentarios online con pana y concha.
La voz de Tokeshi es aterciopelada. Claramente,
Elisa es bien consciente de sus límites, y debido a ello se mantiene en los
cauces de uso frecuente. Por eso es que no defrauda nunca. Esto último enmarca
esa irresistible empatía con que la autora, de pronunciada tendencia a la
coprolalia, nimba el abanico de emociones -mayormente negativas- que atraviesan
sus canciones. Sólo en el surco epónimo, que arranca con efecto “vinílico” y
ella al piano, las vocales llegan a desbordarse, consecuencia de la furia que les
domina. No es para menos: Mi Peor Accidente EP parece consagrarse por
entero a ajustar cuentas con un ex de la limeña -gruesa o leve, cada palabra
tiene implícito destinatario de señas particulares, en medio de alusiones a
likes y a bloqueos de WhatsApp. Lástima que hubo de mediar el final de la
relación con mi enamorada para internarme en su agridulce aura. A nosotros también nos dejan, y no duele menos.
Novísimo mazazo que sucede al escuezante Manual De Ornitología (‘20), en Micromapas Del Subsuelo da pie José A.
Rodríguez a una perfecta performance imbuida de esa profusa estética del Ruido
a que se consagrase usando nombre propio. De esta forma, consolida el
capitalino su faceta como cultor del noise, una bien distinta de las que
acreditase a otras identidades (Aloysius Acker, los primeros años de Puna). En
comparación con su antecesor, el mini-álbum consigue apenas ser catalogado como
tal, si bien se da maña para transformar los conceptos subyacentes a su
resonante título en significativas y estrepitosas sonoridades -que recorren la
gradación ruidista sorteando hitos de algunos alias célebres como, digamos, los
finlandeses PanSonic o el japonés Merzbow. El mérito es, ergo, doble.
Por espacio de escasos 16 minutos y monedas, Micromapas...
incursiona en hostiles dimensiones en las que el Ruido es cal y canto, no
importa sea éste digital o analógico. Rodríguez se rinde en cuerpo y espíritu ante
la posesión casi sobrenatural de un estado bersek informático, de ésos que
abundaban en los viejos 90s y que ya le habían sobrepasado en Manual De
Ornitología. Como en aquella ocasión, el músico se apertrecha de variables
aleatorias para consolidar la hegemonía de atmósferas fragmentarias -que, por
sus broncos/dramáticos golpes de timón, recuerdan a la distancia las cuarteadas
postales post apocalípticas de la seminal pandilla de Blixa Bargeld en sus mejores tiempos. El tratamiento es, pues, consonante con el del poluto ersatz
erosivo/corrupto que reinase soberano en MDO.
¿Alguna diferencia sustantiva, entonces? Sí.
Ésta se halla en relación directa con la austeridad draconianamente minimal que
encorseta prácticamente la totalidad del mini-LP. “Prácticamente” porque,
siendo verdad que determinados segmentos de MDS coquetean con las obras
de los fineses o del nipón mentados, no es menos cierto que no todo en el disco
es ruido desestructurado de instinto asesino. Es como si la indómita naturaleza
airada y la necesidad de constante fractura hubieran sido subsumidas por el
libreño a un ruidismo azaroso de moderadas frecuencias y copiosos ambientes
vacíos. Ahí están las fugaces “Yacimiento Mineral” y “Osario De Hexágonos”, o “Hidrografía
Subterránea”, para demostrarlo. Refuerza asimismo dicha impresión la impronta
consignada en los bautizos de los tracks, más afines a carreras ligadas a la
ingeniería de minas o a la topografía.
En algunos números, el Ruido cede lugar a
insólitos colchones de palios armónicos, de ondas hertzianas de pulsión sobria.
En “Sub Estación 79”, por ejemplo, la herrumbre descargada sobre lo más
parecido que puede tener este Micromapas... a una secuencia se difumina
al paso de pulsos ordenados que no tienen inconveniente en convivir a la par de
cacofonías mil. Aunque de forma menos evidente, en “Análisis De Sedimento”
sucede algo similar. Sin embargo, Micromapas Del Subsuelo cierra con
“Hélices En Reversa”, cuyo óxido me trajo a la memoria esa obra de
expresionismo cyberpunk que es Tetsuo The Ironman (1989). La ilusión
dura lo justo, pues tras la avalancha de saturación analógica va ni-tan-de-fondo
ese ruidismo empleado por el polímata, hasta colgarse y dispararle el tiro de
gracia a la jornada. Auspiciosa manera de empezar el año. Publica la chilena
Rata Sorda Rec.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 2 de octubre de 2024.)
Muchos años después de publicado su
primerísimo Canciones Para Mis Amigxs EP, resucitan los chilenos de Las Olas (Noispop) casi sin proponérselo. Siendo la empresa original una suerte de
documentación arqueológica de lo que significasen para el período ‘15-‘16 el hoy
sexteto y su hasta hace poco unigénita referencia, el reagrupamiento derivó en
una segunda vida, que testimonia el novísimo Perdidxs En El Ruido
(editado por Fisura).
Sorprendentemente lanzado por la peruana
Gatitx Discos, con el plus de un bonus track no disponible al sur de Tacna
(“Todo El Tiempo Está Ahí”), Canciones Para Mis Amigxs es un registro
que bordea el cuarto de hora. Cuidadosamente balanceados, sus seis asaltos pintan
de cuerpo entero a un combo que idolatra por igual al pop y a la distorsión
codificada al abrigo del noise rock. Los australes, sin embargo, no permitían
que ambos amores les dirigiesen hacia alguna clasificación más específica,
encorsetándoles. Podían guiñar tan pronto a los CDs más ruidosos de Yo La Tengo
como al indie de Baja Fidelidad, al punk más aupado como al bubblegum pop -hoy
extinto- que en décadas anteriores copase las propagandas mediáticas.
A pesar de doblarle en duración, Perdidxs
En El Ruido EP no rebasa el límite de los 30 minutos. Como si lo hiciera por
lejos: el esférico honra casi literalmente el título que la banda le ha puesto,
ofreciendo resultados muy discretos en relación al estreno. La música de LO(N) se
ha decantado visiblemente hacia el indie deudor del lo fi, con timing lo suficientemente
potente para sortear la chillona cubierta de ruido deformante. En realidad,
este tapizado no es todo lo espeso que debería, sino fácilmente desmontable -de
ahí que dijese “chillona” en vez de “chirriante”.
No acontece lo mismo con el pop sencillo y
efectivo que sobresalía en Canciones Para... A decir verdad, ese pop se
ha vuelto trotón, voluble, antojadizo; cualidades que le emparentan con el
denostado tontipop ibérico de entresiglo. Esa ligereza le impide abrirse paso
por en medio de una capa de noise tan maleable como la del opus. Otro tanto
ocurre con la voz: Camila Falcucci cantaba en la anterior jornada revistiéndose
de una naturalidad que hoy está ausente. En Perdidxs..., sus vocales
suenan impostadas, llenas de afectación forzada. Me hace pensar en una
agudizada variación de la de Alison Shaw -y esto no es, ni por asomo, Cranes.
El rejunte, del que también participan Marina
Gris, Luis Venegas, Javier Álvarez, Simón Errázuriz y Franco Perucca; parecía
una buena idea en ese momento. Ahora no.
Con harto retraso se me da escuchar lo más
reciente in extenso de Hablemos Del Alma. Liberado en mayo del ‘22, Hypnótica es un
segundo paso al frente firmemente efectuado. Hacia adelante, si bien no tanto en
la dirección que podía suponerse tras la puesta de largo Programática
(‘20) -mucho menos girando hacia los lindes new age de su epónimo EP (‘16), que
a día de hoy haríamos bien en considerar historia definitivamente pasada.
En su primer álbum propiamente dicho, el
proyecto de Ángelo Santa Cruz se alimentó de cualquier ascesis eufónica de los
80s que pregonara genealogía synth o new wave. Ello, apertrechado de un modus
operandi que ignoraba por completo conceptos como los de nitidez o fidelidad.
Esta contradicción, no obstante, era siempre resuelta otorgando más peso a las
construcciones sonoras que a las texturas de que éstas se envolvían; posibilitando
que HDA se acerque por igual no sólo al minimal synth o al synthwave, sino
también a códigos algo más densos como el darkwave.
Para Hypnótica (Poxi Records), el
chileno deja a su mecánica ocupar el lugar de su metafísica. Quiere esto decir
que ahora el lo fi obtiene un rol avasalladoramente hegemónico en comparación
con la materia prima a maniobrar. Ésta sigue siendo la misma, pero lo que antes
era genuina exploración al interior de las músicas electrónicas ochenteras, se
ha convertido ahora en pastiche a-lo-lado-B del synth pop. ¿Tiene eso algo de
malo? Ni la sombra. Se despunta la homónima obertura del cassette y queda
clarísimo que se ha sepultado todo atisbo de aspiraciones ambient que pudiera
rastrearse en la obra del sureño, como proclama también “Éxtasis”.
En tal sentido, no es errado postular que
Hablemos Del Alma revisita desde las parcelas del nuevo milenio la poética del
viejo synth cosecha 80s, en lugar de hacerlo afincándose en el propio contexto
de éste. Esa intencionalidad vintage ya existe, por cierto, y responde al
nombre de electrocläsh. Santa Cruz no da el salto en ningún momento hacia la
etiqueta, aunque en más de una oportunidad flirtea con ella: “Amor Electro”,
“Distracción, Veneno... Distorsión”, “Selfy Time Travel”, “Full Reflexiones”.
En “Jardín De Noche” y en “Another Intergalactic Cosmic Love Song”, por otro
lado, el tratamiento SD es tan evidente que poco le falta para conectar con
otro revival del siglo XXI -el vaporwave.
El único pasaje en que siento respirar otra
vez al viejo HDA es el del cierre. “Un Sueño En Un Sueño” me hizo pensar en
esos Depeche Mode que iban mutando tras la salida de Clarke y la entronización
de Gore, sólo que en clave más austera. Suerte de “Leave In Silence” de un
universo alternativo, el round no es otra cosa que una alusión medio anacrónica
al background inmediatamente anterior de Santa Cruz. No percibo riesgo de que
éste vuelva, y sí menudean incertidumbres sobre qué hacer ahora: oscilar entre
ambos revivalismos equivale a andar por la cuerda floja, y ésta nunca es lo
bastante larga.