(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 9 de septiembre de 2026.)
Le saca lustre Theremyn_4 a sus ya más de 25
años de andadura con CODEX 4N-11, registro de enigmático nombre y del
cual en muchas plataformas independientes se ha enfatizado y hasta ponderado su filo “experimental” -que viene ya de tiempo atrás, señalan esas mismas fuentes.
No le mezquino talento, creatividad, perspicacia e incluso chispazos de
genialidad al proyecto alternativamente solista y grupal de José Gallo. No
obstante, de ahí a utilizar el grueso calificativo de “experimental”, creo que
hay un trecho enorme. Dejémoslo en ingeniosa proteicidad.
Me llama -muchísimo- la atención que esos medios
hablen igualmente de una obra de sesgo conceptual. La verdad, lo es: sus ocho
temas se inspiran en las figuras de un grupo de individuos bautizados como
“Tetranautas”, misteriosos viajantes provenientes de una suerte de realidad
paralela fabulada por Gallo. El detalle es que el músico capitalino siempre se
había mostrado reacio a incursionar en el territorio de los “discos
conceptuales”. Al menos en dos ocasiones, correspondientes a sendas
entrevistas, fue categórico al respecto. Quizá a este cambio de parecer se deba
el adjetivo de “experimental” que veleidosamente se le ha dispendiado. De
cualquier modo, celebro esa apertura y la aguda inventiva que conlleva -lo de
“Tetranauta” me suena bastante a “navegante de una cuarta dimensión”.
En cuanto al contenido de CODEX 4N-11,
se me hace necesario remarcar que sobrevive muy poco de lo que alcanzara a
paladear su predecesor, Art, Noise + Speed (‘23). Las influencias del
output rocktrónico de Theremyn_4 son aquí las que de continuo le han signado a
lo largo de su existencia: el big beat en primerísimo lugar, algo de jazz,
dosis de drum’n’bass, fugaces guiños al synth pop... Ésos son los principales
elementos constitutivos del esférico. Hay un acercamiento digresivo a la
sonoridad aparatosa del industrial, suficientemente accesorio como para
calificarle de leve, y otro más frontal a la rítmica del trip hop que sí llega
a ser sustantivo -“El Vagabundo”, “El Coleccionista”. Es decir, no más art
rock, post punk o prog rock.
Rompe fuegos “El Escapista”, que con su
seguidilla de ecos jungle y su lustrosa apariencia hi fi cimenta el permafrost
sobre el que escuchamos derrapar al T_4 de siempre, de toda la vida. El ex
Huelga De Hambre subraya las cadencias dominándolas antes que padeciéndolas. En
esa misma sintonía están “El Dragón”, cierre de jornada, esta vez con programación
que remite a un artcore desmontado en fase two step; y ese festival de graves
que responde al nombre de “El Alquimista”. Existe otro ejemplo de rocktrónica,
si bien más matizado -“El Archivista” flirtea con el Tangerine Dream de los
80s, lo que me permite tildarle de ejercicio abstracto de big beat. Aristas
varias desde las que podemos abordar la clásica musicalidad del hoy unipersonal,
por espacio de exiguos 33 minutos.
Descontando sus modestas atipicidades y
excepciones, CODEX 4N-11 tiende entonces a la uniformidad, a la correlación
con el background histórico de Theremyn_4. Entre los 100 y los 140 bpms, su
imperturbable pulso late envuelto por las resonancias del bombo, mientras que
su enérgica iteración luce mullida por bajos potentes con extra de funk. Es un plástico
en el que, a fuerza de fatigarle, puedes darte de narices con pequeñas curiosidades
-salvo en dos casos concretos, uno al lado del otro, en que éstas abundan al
punto de convertirse en norma. Adelantado como single en abril, “El Artista” se
arriesga abandonando varios de sus segmentos a una batalla en la que las
secuencias percusivas casi quiebran la hegemonía del género magnificado por The
Chemical Brothers, en tanto las efímeras notas de piano al inicio y el saxo que
ulula desde el fondo ad portas del minuto 2 revalidan la vertiente jazzy que de
tanto en tanto explora el limeño.
Por su lado, “El Chamán” se mueve pesadamente
en comparación, circunstancia consecuencia tanto del tempo como de una
secuenciación de estructura algo más intrincada. El track abriga un mitigado
cariz IDM, perceptible sobre todo al aproximarse su tercer minuto, cuando la
rítmica cambia por completo, acunada por la llovizna. Es como entrar en el alma
de otro surco, incluso en la de otro disco, durante poco más de medio minuto
-luego, “El Chamán” regresa a su cuerpo, y nosotros con él a los bytes de CODEX
4N-11 (portada y repertorio me hacen pensar más en una baraja arcana, como
la del tarot). La edición vinílica ya está en proceso de fabricación. No se ha
anunciado, al menos de momento, edición en CD.
(Republicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 3 de junio de 2026)
Nunca me he animado a escribir algo más o
menos largo sobre Kraftwerk. Dado el sitial de honor que ostenta en el devenir
histórico de la música pop contemporánea, sin contar el hecho de tenerle yo por
la mejor banda de todos los tiempos, siento un poco raro no haber acometido la
empresa hasta ahora. Y quién sabe cuánto tiempo más pasará antes de apurar ese
paso. Ésta no es, por ende, la ocasión pospuesta...
Sin embargo, alguna vez se me ocurrió
elaborar una serie de posteos sobre el celebérrimo y querido grupo, hace casi
trece años. No ensayé entonces una aproximación cronológica, y por ende lineal.
Relatos pormenorizados sobre el sino que han enfrentado los teutones durante su
más de medio siglo de existencia pueden encontrarse en Internet a pastos. Más
interesante me pareció acercarme a diferentes aspectos de su obra, así como a
los efectos que sus logros concluyentes provocaron en la cultura popular de ésa
y de posteriores épocas, recurriendo a los vocablos “interfase” (para los
primeros) y “addenda” (para los segundos). Similar explicación fue provista
aquella vez.
Acorde con ese espíritu,
recopilo/reescribo/reestructuro en un único artículo dichos posteos, fechados
entre el 15 y el 22 de septiembre de 2013. Será éste, ergo, un texto con muchas
citas; utilizadas tanto en las reflexiones originales como provenientes del
feedback que éstas suscitaron entre la lectoría que me dispensa atención. Busco
de esta manera darle a los párrafos un mínimo nivel de narrativa coral -confío
en que este propósito pueda finalmente verificarse. Si no, quién sabe, al
tiempo.
PRELUDIO
Siempre será inagotable materia de discusión
sentarse a elegir al mejor grupo de música pop de la Historia -no sólo porque
existe un buen número de aspirantes legítimamente reconocidos por el corpus de “votantes”,
sino porque cada uno/a de estos/as últimos/as tiene ya de antemano elegido a su
preferido. ¿Qué tan provechosa o deslucida puede ser semejante disquisición? Dependiendo
de los/as “votantes”, quizá nos ganemos con sabrosos debates que enriquezcan
nuestros puntos de vista y nos amplíen el panorama. O quizá tengamos que
soplarnos aburridos ditirambos y tediosas estrategias dialécticas que no conducirán
a nada en limpio.
Así las cosas, definiendo “música pop” como
toda corriente sonora que germina en el seno popular -léase lejos de estratos
académicos-, y sabiendo de antemano que seleccionar un solo candidato implica
renunciar a muchos otros que con justicia pueden reclamar ese título; dejo en
claro que, después de resistirme a elegir un único nombre por lustros, en 2010
le entregué mi alma, mi corazón y mi entendimiento a los padres del electropop:
Kraftwerk. Esto es, pues, una suerte de pequeño tributo a los siempre vigentes
y dilectos Hombres-Máquina -sin los cuales ningún discurso electrónico hubiera
logrado desarrollarse, ni el planeta electro llegado a ser lo que actualmente
es.
Qué mejor modo de empezar, por ende, que visitando
la prehistoria de Kraftwerk. Ralf Hütter y Florian Schneider se conocieron a
fines de los 60s en la Academia De Artes de Remschield. Una vez egresados,
volvieron a encontrarse en un curso de música improvisacional de su natal
Düsseldorf (existe una leyenda urbana que afirma fueron testigos de una
performance de Karlheinz Stockhausen bajo los efectos de algún psicotrópico
non-sancto). Con la adición de Klaus Dinger, se bautizan como Organisation,
rótulo bajo el que registran el debut y despedida Tone Float (RCA
Victor, 1970). “Música concreta psicodélica” es una descripción no del todo
desacertada de lo expuesto en ese solitario álbum, que les enyunta al kraut
rock -movimiento de excluyente ascendencia germana/la respuesta alemana a la
psicodelia anglosajona: Amon Düül, Faust, Can, Guru Guru, Popol Vuh, Tangerine
Dream, Harmonia, Neu!...
(Justamente el nacimiento de Neu! se produce
al dejar Dinger la banda y asociarse para tal efecto con Michael Rother,
desarmando de paso Organisation. Pero Hütter y Schneider ya tenían claro el
camino a seguir.)
Una muestra de lo expuesto en Tone Float,
música para una “danza tribal” del cuaternario bruscamente extrapolada a la
sala de una casa moderna, parafraseando a la compa Carolina Rosales: “Milk Rock”.
INTERFASE 1
Autobahn (1974) es, desde
muchos puntos de vista, un momento decisivo en la trayectoria de Kraftwerk. El
cuarto esfuerzo de los compatriotas de Feuerbach fue, en efecto, el primero
dotado de un concepto sólido que unifica sonido, composición, imagen y mensaje.
Fue asimismo su primer éxito masivo gracias al tema titular de 22 minutos
-reducidos a tres para su empaque en formato single. Fue también el último
producido por Conny Plank, figura insoslayable del universo kraut rock, y el
último que sólo se grabó en alemán: a partir del siguiente paso, Radioactivity
(EMI, 1975), se adoptaría la política de lanzar un mismo trabajo en su idioma
natal y en otros de la zona europea. De igual modo, fue la última obra de los de
Dusseldorf publicada por Philips.
Autobahn fue, finalmente, el
último disco de Kraftwerk en donde podemos rastrear resabios del kraut y del
consabido ritmo “motorik” que patentase Dinger ("Mitternacht",
"Kometenmelodie 2", "Morgenspaziergang"): las presentaciones
que apuntalan la salida del LP son las oportunidades postreras en que la banda
interpreta piezas de sus tres primeros episodios -entre ellas, la recordada “Ruckzuck”.
Josep María Soler es un activista catalán con
conocimientos mayúsculos sobre música electrónica de ésos y de precedentes/subsecuentes
tiempos, que dirige al menos tres bitácoras documentadas magistralmente. Gracias
a su desinteresado aporte, he podido escuchar algunos bootlegs en vivo
correspondientes a esos días -contribución valiosa, puesto que la única
referencia live oficial de Kraftwerk es Minimum-Maximum (EMI, 2005), y
estos artefactos no-oficiales nos permiten apreciar la performance del grupo
antes convertirse en el ente creador del electropop. En otras palabras, escuchar
a Kraftwerk cuando sus integrantes todavía se hallaban inmersos en los predios
de una electroacústica exploratoria y altamente intuitiva (el feeling de estos
registros es de hecho más orgánico que maquinal).
Pues bien, a través del pirata Live In
Leverkusen ‘74, que recupera un concierto del 22 de abril de ese año,
podemos disfrutar de tomas en directo de “Tanzmusik”, de “Mitternacht”, de “Autobahn”
(en una hiperbólica versión de más de 41 minutos), de postales embrionarias de
la extraordinaria “Showroom Dummies”, y por supuesto de “Ruckzuck” -muy ruteada
por Kraftwerk en aquellos años, y de la que reciclarían la estructura del
crescendo inicial para la magnífica “Trans-Europe Express” (incluida en el
portentoso disco epónimo, 1977, junto a “Showroom...” y otras gemas). Richard
H. Kirk, miembro fundador de los esenciales Cabaret Voltaire (trío puntal de la
primera oleada industrial y amigos íntimos de Joy Division), perpetrador post
IDM escondido tras el alias de Sandoz (chequear su sorprendente Digital Lifeforms, 1993), cultor techno-dance asociado a los semi-anónimos The
Technocrats; remezcló con estos últimos -y sin permiso- “Ruckzuck” en 1991.
Comparto primero la versión original y luego
la de The Technocrats.
PRIMERA ADDENDA
Acaso sea en exceso polémico afirmar que
Kraftwerk ha estado presente en el nacimiento de cada idioma electrónico del
que se tiene noticia, desde que ellos mismos crearon el electropop hasta el día
de hoy. Quizás sí, quizás no...
Pero sí es cierto que no existe ningún grupo
o artista electro, ni uno solo, que no haya escuchado a Kraftwerk, ni que les
reconozca como la madre del cordero -y agregaré que jamás he sabido de alguno
que les odie. Prueba irrebatible de ello es la inmensa cantidad de sampleos que
provienen de sus discos, ya sea en clave trip hop, EBM, synth pop o drum’n’bass.
Para muestra un botón -precisamente, el del
drum’n’bass. Si bien los entendidos no se han puesto de acuerdo sobre su
origen, y se señala por igual a avezados “junglistas de pro” como Fabio y
Grooverider, todos coinciden en afirmar que el primero en codificar el nuevo
lenguaje en formato físico -es decir, en testimoniarlo a través de registros, a
diferencia de los DJs, que sólo le insuflaban vida en sus sesiones- fue el dúo
Shut Up And Dance (que a veces también editaba con el alias de Rum & Black).
El tándem Carlton Hyman-Philip Johnson lanza en 1990 el 12’’ “Fuck The Legal
Stations”, cuyo lado B “I'm Not In Love” se arma sobre un sample del tema “The
Man∙Machine” (extraído del esférico homónimo, 1978).
INTERFASE 2
“¿Y ‘Kristallo’?”, se estarán preguntando los/as
fans. “¿Por qué no ha sido subrayada entre las composiciones a destacar de la
primera etapa de Kraftwerk?”.
Ralf Hütter y Florian Schneider han sido
durante todo este tiempo muy celosos de todo aquello asociado a Kraftwerk, lo
que se ha traducido en un implacable, férreo control sobre su obra como banda.
Entre muchas de las implicaciones que esta (ejem) estrecha “vigilancia”
conlleva, sobre algunas de las cuales volveré más adelante, destaca la de no
haber permitido durante muchísimo tiempo la reedición en CD ni del disco de
Organisation, ni de sus primeros trabajos como Kraftwerk -a saber: Kraftwerk
(1970), Kraftwerk 2 (1972) y Ralf & Florian (1973).
Por suerte, han existido ediciones digitales
piratas que ayudaron a los/as fans a completar la colección (las más antiguas
están fechadas en 1994 -hay quien afirma haber visto ejemplares japoneses con
insospechados bonus tracks, a mí no me consta-). Pero la tácita prohibición ha
sido luengos años respetada por todos los seguidores de Kraftwerk y los
descendientes de su legado. Tan es así, que recién en 1997 se incluyó la
relectura de un surco de esos primeros capítulos, “Ruckzuck”, en Trancewerk Express Vol. II: A Tribute To Kraftwerk (el primer volumen data del ‘95).
Por este motivo, resulta bastante
discutible/sospechoso el lanzamiento en Italia del título A Short Introduction To Kraftwerk (Stampa Alternativa/Nuovi Equilibri, 2000). No
por el libro, en simpática aunque algo enumerativa edición bilingüe (inglés e
italiano), sino por el CD anexo: siete temas supuestamente remezclados por
Kraftwerk, entre los que figura “Kristallo” (extraído del citado Ralf &
Florian). Lo más probable es que la autoría de estas “remezclas inéditas”
le sea acreditada a bandas caletas que prefirieron rendir anónimo tributo a sus
mentores. Tampoco tendría nada de malo, si los resultados no fueran tan misios:
siete tomas alternas muy poco inspiradas, en 35 minutos, son insuficientes para
ilustrar al neófito sobre el devenir de un grupo de la talla inconmensurable de
Kraftwerk -amén de que los cortes no han sido bien escogidos, ni es lo más
sensato empacarlos en formato “remix”.
A continuación, un bonito video-homenaje de “Kristallo”.
Sí. Máquinas Musicales Electrónicas empañándose de emoción ad infinitum.
SEGUNDA ADDENDA
Como bien enfatiza otro capo barcelonés, Half
Nelson, “La importancia de una banda puede medirse en diversos ámbitos que
quedarían reducidos a tres: repercusión popular, prestigio crítico y respeto
por parte de otros artistas. En esas tres escalas, los de Düsseldorf están
encaramados en lo más alto, pero la impronta de Kraftwerk no se limita al
ámbito del reconocimiento estrictamente musical (...). Todo ello convierte a
Kraftwerk en un grupo-concepto que ha dejado su huella en multitud de estratos
culturales a lo largo y ancho del mundo civilizado (...)”.
Al asombro y al estupor siguen naturalmente
el análisis y el procesamiento. Después de un imparable rush discográfico a
fines de los 70s y principios de los 80s, que consolidó la revolución
tecnológica al interior de la pop culture, Kraftwerk comenzó a ser asimilado
por su propia progenie. Con anterioridad he citado el ‘unauthorized remix’ de “Ruckzuck”
que hicieron The Technocrats y también el sampler de Shut Up And Dance. De
hecho, hay ejemplos más cercanos.
Uno de ellos es el alucinante “Planet Rock”
(1982), de Afrika Bambaataa al alimón con Soulsonic Force (“disculpando la
expresión, pero qué mierda más marciana”, exclamaría Lance Taylor a.k.a.
Bam la primera vez que escuchó a los Robots). Construido sobre la base de los
kraftwerkianos “Trans-Europe Express” y “Numbers”, el single editado por Tommy
Boy se cuenta entre las primeras muestras de cómo influyó la pionera banda tudesca
en el surgimiento del hip hop -movimiento nacido en la pobreza que capitalizó
al máximo los recursos a la mano para convertirse con el tiempo en la “CNN de
la Norteamérica negra” (Chuck D. dixit). Y es que nadie puede dudar del papel
que jugó Kraftwerk en la consolidación de esta en principio interesante
subcultura urbana -pero si quieren una confirmación definitiva, basta con
chequear el film Breakin' (1984). Entiendo que es la única película
donde se ha usado música del grupo: al son del 45 rpm “Tour De France” (1983),
uno de los protagonistas ensaya una rutina de breakdance, el baile asociado a
la expresión sonora del hip hop.
Otro ejemplo es la new wave. En entrevista
concedida a Rock De Lux en septiembre del año pasado, Daniel Miller, el
histórico hombre fuerte de Mute Records -patria discográfica de Depeche Mode,
Yazoo, Nitzer Ebb, Cabaret Voltaire y Renegade Soundwave, entre muchos otros
más-, declaró: “La gente de mi generación estuvo muy influenciada por ellos.
Depeche Mode, The Human League, cualquier grupo de esa época mamó su música. Y
las generaciones siguientes entraron en contacto con la electrónica a través de
nosotros. Espero que estas reediciones hagan que la gente entienda que
Kraftwerk fue nuestra máxima inspiración”. Creo que a este respecto no queda
más que decir...
...excepto que el grupo que más rápido
alcanzó a Kraftwerk, New Order, le dedica en su disco de 2005, Waiting For
The Sirens' Call (Warner), el surco “Krafty”. Un grande homenajeando a otro
grande.
INTERFASE 3
El gesto agradecido de un fan como tú o como
yo.
Tim Zawada, de Chicago (USA), ha elaborado –“sin
loops, sin efectos”- un mix que ha bautizado con el nombre de Kraftwerked: A
Mix By Tim Zawada (Kraftwerk Tribute Mega Mix). Fechado en 2011, este homenaje
está dispuesto a la usanza de un DJ-set: una sola pista de audio en la que se
entretejen 36 cortes de Kraftwerk, cubriendo sus discos desde el lejano Autobahn
(1974) hasta el reentré Tour De France Soundtracks (EMI, 2003) -es
decir, respetando el silencio que el grupo ha guardado en relación a sus tres
primeros trabajos.
Algunas observaciones al respecto:
1) El mix se ha creado para su escucha
personal y para compartirlo con otros/as fans de la banda -no hay, pues, interés
comercial en esto.
2) Esta “antología” responde exclusivamente a
los gustos de Zawada. No pretende, por tanto, ser una compilación que ilustre
exhaustivamente la carrera de Kraftwerk.
3) Se puede descargar el archivo mp3 desde el
SoundCloud del usuario. El link hacia allá aparece en la información del video
de YouTube.
4) Contra lo que pregona el título del video,
son treinta y seis canciones (no cuarenta).
5) No estoy seguro sobre si “The Telephone
Call” se ha añadido al mix sin efectos: la toma no es la misma que la incluida
en Electric Cafe (EMI, 1986), aunque podría tratarse de una versión
repescada de alguna de sus ediciones como single.
Dicho esto, no puedo sino recomendar entusiasta
este breviario de la andadura de mi best band ever.
TERCERA ADDENDA
Aunque no hay estadísticas que lo sustenten,
es razonable suponer que la mayoría de grupos pop que han aparecido sobre la
faz de la Tierra alguna vez ha versioneado a The Beatles -bien a título de
ensayo, bien a modo de coda en sus conciertos, bien aventurando en el estudio
de grabación lecturas distintas de los clásicos y no tan clásicos de los Cuatro
de Liverpool. Para muestra dos botones, muy diferentes entre sí, que me vienen
inmediatamente a la cabeza: Damon And Naomi con “While My Guitar Gently Weeps” y
Siouxsie And The Banshees con “Helter Skelter” y “Dear Prudence”. Si existe,
esa estadística imposible la ganan largamente los Fab Four.
Pero en lo tocante a tributos editados, sea
de manera individual o colectiva; aún cuando no estoy seguro al 100%, creo que
ese cuadro de referencias cambia traumáticamente en detrimento de los
británicos. Salvo The Cure, que ha rebasado los 15 homenajes, no sé de otro
grupo que pueda igualar en este aspecto a Kraftwerk, que ya franqueó la barrera
de los 20 tributos. Como en el caso de los liderados por Robert Smith, en este
terreno encontramos placas de toda índole dedicadas a los Replicantes de
Düsseldorf.
Individualmente, los hay en clave
acústica-orquestal, como Possessed (Mute, 1992) de The Balanescu Quartet
(ensamble del violinista rumano Alexander Balanescu) y Die Roboter Rubato
(Mille Plateaux, 1997) de Terre Thaemlitz (pianista transexual de origen
germano). Los hay asimismo de proyectos fantasmas claramente forjados en la
fragua de Kraftwerk, como Boing Boom Tschak (A Tribute To Kraftwerk,
1994) y Basskraft (A Bass Tribute To Kraftwerk, 1998). Finalmente,
existen también grupos que les guiñan con enorme devoción, como los franceses
de Marc Et Claude (A Tribute To Kraftwerk 12'', 1998), y con genial
sentido de la ironía, como Señor Coconut Y Su Conjunto (El Baile Alemán,
2000). Esto, sin contar aquellas versiones o remixes que decenas de grupos
-Ride, Snakefinger, Niños Del Brasil, Big Black, siguen nombres...- han
insertado en determinados capítulos de sus respectivas discografías.
Colectivamente, la cosa es igual de generosa:
están los Trans Slovenia Express, 1 (1994) y 2 (2005), con
actos de Eslovenia, zona geográfica y sonoramente lindante con el músculo
centroeuropeo de la E(lectronic)B(ody)M(usic). Están además los ya mencionados Trancewerk
Express, así como los homenajes ruso (Elektronenklänge Aus Dem
Radioland: A Tribute To Kraftwerk, 2000), japonés (Musique Non Stop: A
Tribute To Kraftwerk, 1998) y brasilero (Kraftworld: Brazilian Tribute
To Kraftwerk, 2007). Para terminar, los hay en todos los tonos del espectro
digital: simplemente electrónico (el doble Krafty Move: An Electronic Tribute To Kraftwerk, 1997), techno (Technicolour: A Techno Tribute To Kraftwerk, 2000), mashup (el magnífico doble Bootwerk: A Bastard Pop
Tribute To Kraftwerk, 2007) e incluso 8-BIT (8-BIT Operators: The Music Of Kraftwerk Performed On Vintage 8-BIT Video Game Systems, 2007). Diversas
formas de encarar la gigantesca influencia de los indiscutibles padres del electropop.
Te dejo un fetiche que me he guardado bajo la
manga: Cybotron, alias de nada menos que mister Juan Atkins (precursor del
sonido Detroit), reensamblando “Numbers” y “Home Computer” en su clásico “Clear”,
del debut cibotrónico Enter (Fantasy, 1983). "Clear", por
cierto, es citado por los Autechre en las notas interiores de la seminal
recopilación Artificial Intelligence (Warp, 1992) como el tema que les
cambió la vida y los impulsó a hacer música.
INTERFASE 4
Alegando ignorancia de antemano, no conozco
otra canción que haya sido versioneada y grabada tantas veces en la historia de
la música pop como “The Model”.
Paradigma del synth pop, quintaescencia de la
perfección más sublime a la que puede aspirar cualquier formato sonoro
melódico, Kraftwerk concibió esta gema de tres minutos y pico en la cima de sus
posibilidades expresivas: son los tiempos del maravilloso The Man∙Machine
(EMI, 1978), y Hutter-Schneider-Bartos-Flur ganan nuevas cumbres en el delicado
y refulgente balance entre exploración electrónica y emotividad/empatía pop.
Evocadoramente pegadiza (así la califica Nelson), sé de al menos veinte
versiones -¡veinte!- de esta inolvidable composición, entre editadas y
celebrados registros “live”, que nada tienen que ver con las dispuestas en los
discos-tributo. Ahora, contando estas últimas versiones, no me atrevo ya a
aventurar una cifra...
...pero sí nombres: Ride, Niños Del Maíz, Big
Black, Sopor Æternus, Clotta+DJ Dero, Snakefinger, Niños Del Brasil, The Divine
Comedy, El Aviador Dro Y Sus Obreros Especializados, The Cardigans, David
Byrne... “The Model” es una obra de arte tan perfecta, que incluso la relectura
mashup de Krazy Ben que la asocia a un mamarracho como “The Way I Are” del
mierdoso Timbaland suena a hossana en las alturas.
Sin más preámbulo, pues, la que es para mí la
mejor canción pop de la historia -sólo que, como diría el querido Ramón
Valdez/Don Ramón, en “versión totonaca”. ¡Si incluso un feroz militante como el
maestro Steve Albini, líder de Big Black, que ha producido a Nirvana y a Pixies,
y que no perdía oportunidad para hablar pestes del sampling y del mashup; se
rindió ante la Magia infinita de los genios de Düsseldorf!
CUARTA ADDENDA
Tras un lustro en completo mutis, en 1991
llega a las tiendas The Mix (Electrola), artefacto de remezclas de Kraftwerk
acometidas por el propio grupo. El plástico marca el definitivo ingreso de los
alemanes a la era digital: como se sabe, piezas del calibre de “Autobahn”, “The
Robots”, “Musique Non Stop” y “Radioactivity”; fueron registradas utilizando
sistemas analógicos. Para la ocasión, se reproducen los sonidos directamente en
código binario, y se samplean aquellos que no pueden ser ya duplicados. Además,
el cuarteto transforma sus cuarteles de Kling Klang en un estudio modular con
el propósito de transponerlo a las giras sin mayores dificultades.
The Mix fue el último
esfuerzo de Kraftwerk con su formación clásica y más duradera: poco antes de su
salida, abandonan el barco Wolfgang Flur y Karl Bartos, miembros desde los días
del Radioactivity. Se anunció un The Mix 2 y hasta un nuevo disco
antes de que muriera el siglo XX, y jamás se llegó a nada concreto. Es recién
con el single Expo 2000 (EMI Electrola, 1999) que Kraftwerk rompe un
silencio de ocho años, pero ésa ya es otra historia.
De entre los contados méritos de The Mix,
consigno aquí la que considero la versión definitiva de "Computer
Love", track originalmente pauteado en Computer World (EMI, 1981), el
capítulo discográfico que cierra su etapa más feliz.
INTERFASE 5
Nadie en su sano juicio -bueno, en realidad
sí existen, pero no tengo ganas de buscar bronca con esos cavernícolas- puede
discutir que el nazismo fue un terrible accidente de ruta en la hasta entonces
más o menos inmaculada historia de Alemania. Después de la abdicación del
Kaiser Guillermo II, el país entró en un fantástico período conocido
históricamente como la República de Weimar (1919-1933). Durante esos años, se
consolidaron movimientos culturales extremadamente creativos e innovadores: no
en vano se estudia aún hoy con entusiasmo el expresionismo alemán, tanto en
pintura como en literatura y en cine (Lang, Murnau, Wiene, Pabst); así como las
corrientes de la nueva objetividad, el realismo con crítica social y el
dadaísmo alemán. Esto, sin contar con el surgimiento de la Bauhaus, escuela de
artesanía, diseño, arte y arquitectura fundada en 1919 por Walter Gropius.
En la medida en que los 30s “no existieron”
en Alemania, Kraftwerk se propuso tomar la posta, regresando al punto exacto en
que esas extraordinarias jornadas cesaron de existir. Pero, por ese camino, el
grupo fue todavía más allá, llegando a proponer una impensada utopía: la de
convertirse a sí mismo en crisol de tradiciones continentales para la
consecución de una cultura pan-europea como nadie había soñado nunca.
No son pocas, en ese sentido, las referencias
de las que Kraftwerk hace uso. “Europe Endless” abre, con la emoción de quien
descubre un mundo nuevo y mejor, su álbum Trans-Europe Express, que por
otra parte toma su nombre del tren homónimo que recorría/¿unificaba? las
principales capitales del Viejo Mundo. Trans- Europe Express, por
cierto, cierra con “Franz Schubert” (aquí no hay más que decir, ¿no?) pegada a “Endless
Endless”.
Otro de sus aciertos definitivos, The Man∙Machine
guiña en “The Robots” al dramaturgo checo Karel Čapek y a su obra Rossum's
Universal Robots (1921), en la que por primera vez se usa el término “robotnik”.
De igual forma, la portada de The Man∙Machine cita al constructivista
ruso El Lissitksy (referente debidamente acreditado en las liner notes del
disco). Y “Metropolis” rinde pleitesía a la obra mayor de Fritz Lang, el film
de ciencia ficción Metropolis -considerado por la UNESCO, junto a Los Olvidados de Luis Buñuel, Patrimonio Artístico de la Humanidad y Memoria
Del Mundo.
QUINTA ADDENDA
Existen grupos con la habilidad de dotar a
sus creaciones sonoras de una rara cualidad “cinéfila” -bandas cuyos discos y
temas encajan naturalmente con las imágenes mostradas a través del celuloide.
No hablo, obviamente, de Angelo Badalamenti o de John Barry, grandes maestros
del difícil arte de componer bandas sonoras; sino de proyectos pop que la
chuntan “sin querer queriendo” -porque incluso a veces no hay en ellos la más
mínima intencionalidad.
Alguna vez me animé a ver Metropolis
de Fritz Lang (1927) escuchando al hilo Trans-Europe Express y The Man∙Machine de Kraftwerk, seguido del “liquid noise” de Incunabula
(WaxTrax, 1993) de Autechre. El resultado fue alucinante, y acaso no del todo
gratuito (pero sobre el particular regresaré otro día). Luego fue el turno de
enyuntar Computer World y Futurama: aquí la cosa no quedó tan
bonita, pero logré reconducirla sustituyendo originales por covers. De ahí que
la siguiente vez puse en la bandeja el 8BIT Operators: The Music Of
Kraftwerk Performed On Vintage 8BIT Video Game Systems. El saldo fue mucho
más positivo.
INTERFASE 6
No cualquiera tiene la habilidad de concebir
de la nada todo un universo que aún hoy permanece en explosiva expansión.
Kraftwerk es el incuestionable demiurgo creador del planeta electro no sólo por
su inmenso talento creativo -cuya influencia puede rastrearse en decenas de
niveles culturales en el mundo de hoy. Lo es también porque prácticamente
inventó las herramientas de las que se valió para semejante hazaña.
En la revista Dancedelux, el crítico
Félix Suárez cita declaraciones de Chuck D., de Public Enemy, consignadas en su
libro Fight The Power. El compositor y rapper, quien se encontró con los
Kraftwerk en el live de Sellafield de 1992, afirma que “el desarrollo y la
patente de software y equipos para la producción musical” reporta al núcleo
histórico Ralf-Florian no pocos beneficios pecuniarios.
Y es que desde el inicio de su carrera,
Kraftwerk sólo podía darle correlato a su meticulosidad proverbial, a su rigor “científico”,
a su sistemático método compositivo; trabajando con tecnología de punta. En
permanente diálogo hi-tech con los fabricantes de instrumentos electrónicos, el
grupo mismo fue testeando prototipos que se amoldaran a sus necesidades
sonoras, sugiriendo nuevas direcciones y abriendo nuevos caminos en el
desarrollo de software y hardware ad hoc -al punto de ser responsable directo
de la introducción de las nuevas tecnologías en la cultura pop.
Desde el Tour De France Soundtracks
(2003), “Aéro Dynamik”.
SEXTA ADDENDA
Uwe Schmidt es alemán de nacimiento, pero
latinazo de corazón. Al mando de Señor Coconut Y Su Conjunto, publicó hace
trece calendarios un disco tributo a Kraftwerk en clave de merengue, cumbia,
proto-tex mex y hasta cha-cha-chá. Con seguridad, El Baile Alemán
(Multicolor, 2000) debe ser el homenaje más bizarro dedicado a los Robots de
Düsseldorf. Lleno de voluptuosidad tropical, este ensamble sabrosón repasa con
imbatible swing los clásicos de Kraftwerk -fácil era el click perfecto para que
mi abuela le entrara a los germanos.
A continuación, la calenturienta relectura de
“Tour De France”.
EPÍLOGO
“Ellos son, y su status ha sido
amenazado varias veces, mi grupo favorito de todos los tiempos. Ellos también
hicieron, y su status ha sido amenazado incluso más veces aún, mi disco
preferido, Computer World. Nunca hay escasez de personas que se
apresuran a hacer cola para decir cuán ‘importantes’ fueron para el desarrollo
de todo lo que conocemos hoy, si ellos fueron pioneros, o si inventaron el
techno. Pero para mí lo que es fascinante es su música, eterna, ingeniosa; esa
música que nadie ha conseguido ni replicar ni mejorar. Son únicos. Kraftwerk es
donde las máquinas se empañan de emoción”. (Glen Johnson, Piano Magic)
Me pasa, cada vez que pongo en la bandeja un
álbum de Kraftwerk, que me estremezco hasta la médula. Me pasa, también, que me
asalta la jubilosa emoción de estar oyendo un mundo nuevo -a pesar de haber
escuchado cada disco suyo cientos de veces. Sospecho que es lo mismo que
sienten los fans militantes de otros grupos o artistas: algo así como ser
testigos una y otra vez del big-bang, y no cansarse jamás.
Los Kraftwerk tampoco parecen muy exhaustos.
Tras 56 años de carrera, Ralf Hütter, único miembro original sobreviviente
-Florian Schneider se retiró en 2010 tras una bronca tan tumultuosa como
lamentable con su partner de toda la vida, y falleció en 2020-; se sigue
presentando en directo utilizando con asiduidad la tecnología 3D. Reconforta saber
que la banda alemana sigue en forma, muy atenta a lo que ocurre alrededor suyo,
en perpetua consonancia con los últimos adelantos tecnológicos. Verlos
ofreciendo un espectáculo tal, aquí en mi tierra, con mis camaradas; sería
acceder al nirvana digital al que aspira todo amante de la música electrónica. El
Perú se ha integrado al circuito de conciertos con actos de auténtico renombre
mundial hace rato, pero sigue sin hacérsenos el milagrito. No interesa ya si ¿el
siguiente disco? es regularón, nomás. ¿Cómo ponerse “exquisitos” con nuestro
grupo fetiche, si “nosotros se lo debemos todo y ellos no nos deben nada”
(Tarwater)?
Comparto aquí el merecido testimonio
documental a los eternos Robots de Düsseldorf, publicado en 2008 con el rotundo
título de Kraftwerk And The Electronic Revolution. Para quien todavía
abrigue siquiera resquicios de duda, sólo tengo cinco palabras...
KRAFTWERK!!!! DUSSËLDORF MUSIK ARBEITER,
SCHEISSE!!!!
PD: La pieza que faltaba en la discografía
del que muchísimos consideramos el mejor grupo de todos los tiempos. Lanzado
simultáneamente en los formatos de CD y DVD, con una edición de lujo que
enyunta ambos soportes y emula en el empaque a una VAIO, el disco-concierto
oficial de Kraftwerk, Minimum-Maximum (EMI, 2005). No hay más que decir.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 27 de mayo de 2026.)
Vuelvo a hablar en particular de Ives Ancieta Rojas después de muchísimo tiempo -ocho años, nada menos. (¿)Clausurada(?) su
etapa como Invisible Ambiente, el buen Ives reorientó baterías hacia la
electrónica post rave con incidencia en el ambient sinuosamente “étnico” de
Sandoz y sobre todo de The Future Sound Of London, en EP acreditado como Ivo aún
disponible para libre descarga desde los bytes de la azteca Bifronte Records (Formas
Hipnóticas). De allí en más, sólo ha tenido apariciones esporádicas; como en
los dos volúmenes (‘20 y ‘22) de Underground Junín, curados por el
colectivo Arte Sonoro, en los que ya se presentaba usando el a.k.a. de
Ivo Macross.
Ahora bajo el marbete de Macross Remix debuta
por tercera vez con otro EP, El Big Bang Del Universo. Más cerca del
mini-álbum, este título refrenda las coordenadas que trashuma Ancieta Rojas
tras su alejamiento de Chip Musik (hoy culminado), además de traer algunas
novedades respecto de la anterior entrega; aunque bien vistas no lo son tanto.
Me explico: ese futurismo orgánico que impulsaba el vuelo de Formas
Hipnóticas EP era menos una aproximación al rollo techno tribal de los
hermanos Cobain que una reelaboración del output sci-fi del que hace gala el bleep
techno de los 90s, y en menor medida la IDM. Sobre esa senda avanza Macross
Remix, postulando una cosmicidad abarrotada de alerones místicos no
siempre convincentes.
Desde la apertura epónima, el individualista
oroíno factura composiciones bleep de heterodoxo pelaje IDM/post IDM, próximas tanto
a la dialéctica del beat de un Speedy J como a la marcial abstracción
algorítmica de unos B12. En “En Tu Presencia” y en “Evay”, las secuenciaciones
han sido diluidas hasta descomponerse o casi, cediendo el testigo a espacios
abiertos surcados por sintetizadas tonalidades breves y chillonas, a líneas de bajo
tetradimensionales, a un pathos binario más permisivo en lo tocante a la
quietud contemplativa. Recién traspuestos los cuatro minutos de “Evay”, resurge
tímidamente una programación de tiempos moderados, que calza con esas voces
gregorianas que se dejan oír nada más iniciado el corte, aparentemente (re)sampleadas
del primer disco de Enigma (¿”Mea Culpa”?).
Aprovecho la alusión al olvidado proyecto
rumano-alemán para introducir la espinosa cuestión en torno al pensamiento religioso
que desprende el EP. En “El Big Bang Del Universo” escucho un fragmento
sampleado que dice “El hecho de que no comprenda todo de Dios, no hace que Dios
no exista”. La lógica más elemental me permite derribar sin esfuerzo esta
falacia, que presupone adrede el hecho mismo de la existencia de una inteligencia
divina. Ocurre otro tanto con “En Tu Presencia”, que repesca la performance de
quien parece ser un cantante “carismático”. Cuando menos desde hace tres siglos,
en el Arte la racionalidad teísta no suele llevarse bien con la científica o la
filosófica, salvo que la obra se asuma exactamente como lo que es (Dune),
en lugar de pretender transformarse en panfleto. El extended se ajusta más a
las características del segundo caso que a las del primero -de ahí mi
incomodidad.
“Genesis Remix” y “Viaje Interestelar”
completan el menú del extended. Padeciendo ambos el mismo laxo sideralismo
antes descrito, la recurrente pista vocal femenina del primero -versión
remozada del track cedido a Underground Junín Vol. 2- tiene un efecto
desencorsetador similar al que produce su par en “Halcyon + On + On” (Orbital),
rayos láser incluidos. El segundo flirtea fugazmente antes del minuto con el
drum’n’bass, sin que trascienda a mayores, inclinándose por una exhibición de
ese post IDM del que Ives ha echado mano continuamente. Iteración hipnótica y
minimalismo futurista con que redondear un tercer estreno artísticamente
llamativo, pero de convicciones espirituales que me han sabido insolventes.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 4 de marzo de 2026.)
Ha transcurrido ya un tiempo considerable
desde que Asunción difundiese su tercer esfuerzo largo, Materiales Y Símbolos (‘22). En ese lapso de tres almanaques y un poco más, no recibí
mayores noticias del unipersonal de Cristian Sánchez, aunque sí de su
insurgencia como Irreales Del Monte junto a Antonio Aldunate. Y aunque razones
de índole personal ha de haber, pienso que la principal causa de ese silencio algo
prolongado se halla directamente relacionada a una etapa de cambios cuyo
objetivo ha sido renovar el rostro del seudónimo con miras a su cuarta entrega.
Ésta se ha revelado en diciembre pasado.
Desde el estreno en corto El Reino Mineral (Demo EP) (‘17), la obra de Asunción se ha nutrido de drone music, de ambient,
de psicodelia y sobre todo de kraut rock. La incidencia de este último
ingrediente, remarco, nunca se ha traducido en una aplastante presencia
hegemónica. En Levitaciones, que persiste abordando las mismas
variables, no sólo no se da esa eventualidad; sino que además al viejo kraut
teutón se le asignan roles secundarios todavía encomiables. Ello es
responsabilidad de un color recientemente añadido con firmeza a la paleta del santiaguino:
el bliss pop.
En retrospectiva, es curioso que no se le
hayan abierto las puertas antes, ya que por pathos y modus operandi ese
pariente del shoegazing calza a la perfección con el resto de variables. Los
resultados acompañan esta certidumbre. De inicio a fin, Levitaciones
reincide en la estética de sonoridades dilatadas que obedecen a compases
ignotos, en estilísticos leitmotivs mejor apreciados cuando experimentas
estados de placidez o de laxitud, en borrosas viñetas que atravesar
deleitosamente en posición horizontal. Asunción se la vuelve a jugar -y gana-
por la permanente ciclicidad del Sonido como torrente cuya faz es siempre la
misma y siempre otra. Un estuario en perpetuo avance hacia arriba y adelante,
contraviniendo principios elementales de física para elevarse hasta picos de ignífugas
atmósferas etéreas.
El bliss pop toma las riendas nada más
empezar “Anunciación De La Aurora”. Celestial, iterativo, de pocas variaciones
armónicas; marca el camino para “El Signo De Los Cisnes”, que debe ser el
primer track de Asunción en recurrir al uso de una (algo indescifrable)
programación velada. “Congregación Amapola” prefiere seguir los pasos de la
apertura, concentrando buena parte de las virtudes descritas hace unos
momentos. “El Vuelo Y La Vertiente” se acomoda a la inserción de un teclado percutado
que recuerda levemente al kraut, mientras es asaltado por gorjeos de aves
canoras. Y el cierre “Adiós A La Tierra Fría” enfatiza de nuevo los cósmicos
fulgores bliss que actualmente parecen atraer la mirada del capitalino.
Existen otras diferencias, más fáciles de
distinguir para quienes hemos escudriñado con detenimiento las rodajas del ex
El Diablo Es Un Magnífico. Si bien menores, de todas maneras significativas. La
consistencia incesante y ritual del drone ha menguado, circunstancia que se
invierte en el caso del ambient, por ejemplo. No obstante, el acabado final de Levitaciones
no se desentiende de lo mostrado por el músico en anteriores oportunidades. Excursión
pulcra y de posología contemplativa con que devorar nubes, cielos, estrellas, constelaciones.
Faltando menos de cinco días para la última nochebuena,
vio la luz Convergencia, artefacto de versiones con que diversos/as
artistas chilenos/as -magallánicos/as la mayoría de ellos/as- conmemoran los 30
años que en este ‘26 cumple Lluvia Ácida como dúo. Recuérdese a este respecto
que el alias comenzó a operar en 1991 en modalidad individual, en coordenadas
muy distintas a las que adoptaría bajo el formato de binomio, y que son
asimismo diferentes a aquellas en las que éste circula por lo menos desde hace cuatro
quinquenios.
Habida cuenta de la vasta andadura que la
dupla formada por Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf ha concretado a la fecha,
sorprende que los catorce actos participantes de la jornada se enfoquen en sólo
cinco episodios discográficos. En orden cronológico, éstos son Simulación
(‘96), Hotel Kosmos (‘04), Kuluana (‘09), Zonas De Silencio
(‘15) y Puntarenazo (‘23). También sorprende que composiciones como
“Yagán”, “Los Títeres”, “Hotel Kosmos” y “Sol Verde” cuenten cada una con dos relecturas;
cuando el repertorio conjunto de los discos mencionados ofrece más de una
cincuentena de temas. En todo caso, la elección de cada involucrado ha sido
libre, según entiendo.
Conviven en Convergencia diversidad de
estilos. Para corroborar esta afirmación, basta comparar lo dispar que suenan
“Sol Verde” de Retrovoltaje y “Sol Verde” de Nave/Raw: mientras que el último
se sirve de una voz rasposa hasta la deformidad para remitirte a la
densidad/pesadez del primer industrial (fines de los 70s), su predecesor suena
a techno industrial de guitarras (principios de los 90s). O también “Hotel
Kosmos” de La Tensa Calma versus “Hotel Kosmos” de Interestellar: LTC horadando
neuronas con una punzada tridimensional que luego se transforma en trip hop,
Interestellar saltando del downtempo al breakbeat. O “Los Títeres” de Polaroid
Sound System y “Los Títeres” de Avenave: PSS en clave EBM de ligero tonelaje y
Avenave empuñando un robusto ambient synth orlado de dub.
Las posibilidades no se agotan allí. Los
Klasky! postulan una reinterpretación pop en onda lo fi de “Canto Muerto”, a
trasmano del pop apolíneo de Gabi Gómez y “Transpatagonia”. Preñado por electroacústicas
de genealogía andina, el groove del hip hop está representado por “Corta El
Viento” de Adrieta, en manifiesto contraste con la tosca ascendencia neoclásica
de “Universo Plano” de Nicolás Varas (que a partir de la mitad se enfunda en la
piel de un Jarre). Y cómo olvidarse del electrodub a centímetros del illbient
que ejecuta Frank Sinanthrax en “El Cabildo”, del instrumental trippy de
“Yagán” a cargo de DJ’ Hain, del ambient con accesos de soundscaping de Gio Foschino para su versión de “Río Seco”...
Los defectos ya han quedado acotados. Tres décadas
difícilmente pueden condensarse en un díptico, con mucha menos razón en un solo
volumen. Bajo el mismo criterio, se me hace equívoco repetir surcos, habiendo
tanto de dónde escoger. Todo esto pasa a segundo plano si se aquilatan los
motivos de fondo de este Convergencia, homenaje a una dilatada trayectoria y testimonio de la influencia que ejerce ésta no sólo sobre
creadores más próximos, sino también sobre el resto de sus connacionales. Que
sean muchos años más.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de febrero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (IV)
Se manifiesta otro combo de novísima data
singlando la superficie marítima en que se revuelven los océanos del pop/rock
de los 80s y los 90s, y del indie que empezaba a ser pasteurizado durante la
primera década del siglo. Enésimo que sumar a las actuales hornadas del pop
autárquico nacional, no le describo así para subrayar una acepción peyorativa.
De hecho, no tengo nada en contra suyo, sino en contra de la reiteración masiva
de que ese hermanamiento goza hace ya su buena cantidad de años.
Me refiero a El Ruido De Mi Cuarto, trío
formado por Roberto Sulca, Piero Frisancho y Lorena Castañeda. Desempeña Nostálgica
EP papel de debut en corto, enfatizando su nombre las veras en que estos compas
prefieren gastar las suelas. Producido a cuatro manos entre Sulca y un tal José
Gonzalo Alcalde -que no parece ser Gonzaleo Alcalde, célebre guitarrista de
Manganzoides y Los Protones-, las canciones del extended han sido trabajadas a
lo largo del año pasado, decidiendo ERDMC publicarlas antes de que éste finalice
(5 de diciembre).
Apertura el EP “La Memoria De Los Peces”, que
funge de declaración de principios. El terceto pone todas sus fichas en un
pop/rock que suena, según qué surco, como extraído de los 80s (“Día De Duelo”)
o de los 90s (“Mi Tristeza Y Yo”); asociándole de continuo a la esencia indie
que llegó a colarse en el mainstream y fue por éste codificada/etiquetada. Correcto
nivel de ejecución y una bonita modulación de la Castañeda frente al micro
remueven el terreno sobre el que germinan melodías dulces y de cierta sofisticación,
acompañadas por letras preñadas de una largamente rumiada melancolía.
Siendo el leitmotiv de Nostálgica EP
un romanticismo defenestrado al que se le (o)pone buena cara, sorprenden los
sintetizadores llenos de groove y el bajo funkeado que toman por asalto “Un
Recuerdo Tuyo En Berlín”, imprimiendo en el corte acentuadas ventiscas bien setenteras.
Un lunar, sin duda, aunque fuera de su contexto no consigue trascender como sí
lo hace Plastical People (por citar otro nombre patrio). Lo bueno es que la
temática suscrita por El Ruido De Mi Cuarto permanece incólume.
La jornada se reorienta con “San Tadeo”, de
timing a lo Paradero Astral más eléctricas y teclas en plan artisan pop ochentoso.
Con frases como “Gracias Por Venir/Al Menos En Un Sueño”, “San
Tadeo” es la máxima expresión de esa nostalgia a que apunta la terna, al menos
por ahora. También, el mejor paradigma de la seriedad con que las letras son
abordadas, virtud extensible al correlato visual de cada pista -todas cuentan con
video, casero o profesionalmente producido.
La primera ocasión en que oí Sismo En Bucarest me reportó dolor de cabeza. No es moneda común descubrir en el seno de
la movida independiente perucha bandas o artistas que fuercen la cópula entre estilos
provenientes de la electrónica noventera no experimental y no digamos ya
equivalentes mainstream, sino gags de aquello que suena en radios abiertamente
pacharacas. Claro, está el antecedente de Tribilín Sound. Sin embargo, lo suyo
es una expansiva humorada subversiva desde cualquier punto de vista, que se decanta
hacia el mashup en lugar de hacia los topetazos injertados que adora SEB.
Me ha costado varias escuchas adicionales poder
rascar lo suficiente la olla como para escribir algunas reflexiones acerca de Entre
La Espada Y La Pared, séptimo álbum completo de este prolífico autor, de
quien recién he tenido noticias a fines del ‘25. Dicho sea de paso, lo de
prolífico no es nada exagerado: otro alias de su propiedad, algo más espaciado,
responde a la chapa de Atticus Condori y acredita ya tres volúmenes en los que
da rienda suelta a un pop hipnagógico lleno de sampleos y grabaciones de campo.
De un lado, Sismo En Bucarest respira colgado
de los beats sobrecargados, cuando no anabolizados. Más allá de la síncopa que se
elija recrear, programaciones y secuencias son bombardeadas por el dub, estética
que sincroniza espontáneamente con el trip hop, con el drum’n’bass, con el
illbient, con el big beat y con cualquier subgénero electro post rave.
Desgraciadamente para mí, ello le hace asimismo vulnerable al trap, y sobre
todo al nunca lo bastante vilipendiado reggaetón. No son contadas las veces que
el downtempo o el breakbeat acaban doblegando la cerviz, reemplazados por
percusiones de global bass u horras oleadas de vulgar dembow. Dos ejemplos de
ello son “Nairobi” y “Sagitario”.
De otro lado, esas reconducciones se ven
favorecidas por el saqueo plunderfónico que SEB acomete en relación al “repertorio”
pacharaco latinoamericano. No es necesario tener mucho oído para determinar que
la mayoría de voces repescadas proviene de canciones de -puajjjj- trap
(“Paria”) o de -doble puajjjj- reggaetón (“Armas”). El unipersonal no se detiene
allí, ya que el mentado “repertorio” tampoco se agota en estas, ejem,
“coordenadas” -Miami Sound Machine en “Élite”, el infumable de Cristian Castro
en “Reflejo”. Es más, se recurre a cuñas radiales de emisoras limeñas
fétidamente rankeadas (“Soma”).
¿Por qué redimir, entonces, un proyecto de
semejantes particularidades? Porque hay algo más. Sí, sampleos y músicas
recicladas pertenecen casi en su totalidad al otro lado del campo de batalla. No
obstante, también es cierto que de los catorce temas que acoge Entre La Espada Y La Pared a lo sumo un par podría mendigar algo de difusión en las
ondas hertzianas. Tras andanada de nuevos repasos, empiezo a notar otras
herramientas en juego: giros de electrónica mestiza por aquí (“Server”),
nerviosidad braindance por allá (“Citadel”), tallas de indietrónica por acullá
(“Bengala”). Vamos, que las composiciones de Sismo En Bucarest son de una
elaboración tal, que su “poética” de robustos graves difícilmente recibiría la
venia de los pobres estándares a los que se aferra nuestra cobarde FM.
Podría decirse, pues, que el objetivo de este
man es retratar el pandemónium auditivo al que nos enfrentamos a diario los/as
latinoamericanos/as en las ciudades más ruidosas de la región. Una vorágine de
alta contaminación sonora. Sólo que él parte desde la corporalidad del Sonido,
a diferencia de otros francotiradores como Paruro (ver más abajo), que se
mueven desde la abstracción del Ruido. Un plástico que no he podido descartar, pese
a mi natural inclinación a hacerlo. No sé cuánto demoraré en asimilar el resto
de su discografía, tanto bajo el rótulo de SEB como el de Atticus Condori. La
perplejidad que me ha causado Entre La Espada Y La Pared es sobrada
exhortación para ello.
Vistas las coyunturas de cambio de año,
hubiese correspondido que el nuevo documento sónico de Paruro se editara hacia
finales del mes en curso. Enero siempre es un intervalo muerto, y febrero
apenas lo es menos. Empero, Danny Caballero cree firmemente en los ciclos y en
la necesidad de ceñirse a ellos. A tal fin, anuncióse El Ruido Se Puede
Componer para la quincena de diciembre, apareciendo contra viento y marea
copias físicas en la fecha señalada. Ciertamente las primeras de una cuidadosa manufactura
artesanal -que entrega en sencilla caja de cartón el contenido del título en CD
y en un primoroso USB, además de los créditos enrollados cual pergamino y un QR
para material audiovisual online.
¿Cuánto se ha metamorfoseado la música de
Paruro en el lustro trashumado desde GeoMúsica? (‘20)? La interrogante se
valida toda vez que el carácter de la célula norconeña le ha orillado a la constante
innovación moviéndose por los vericuetos del avant garde contemporáneo,
circuitos que han devenido -con el paso del Tiempo y la ausencia de renovación-
en un género per se. A este respecto, conviene recordar que la primera etapa
del a.k.a. fue clausurada por La Ópera Del Ruido (‘05).
Clausurada, mas no olvidada o superada: de ello dan fe Remanentes (‘16),
su esférico al alimón con la argentina Maia Koeing (Viaje A La Tierra,
‘16) y el ya mentado GeoMúsica.
El Ruido Se Puede Componer es susceptible de audicionarse
e interpretarse en más de un sentido. El más evidente se aprecia desde el
primer golpe de tímpano: el maduro amalgamiento de muchas de las líneas
-curvas, horizontales, oblicuas, verticales, paralelas, diagonales- que el
lápiz del músico autodidacta ha dibujado en sus más de dos décadas de andadura,
incluyendo la experiencia previa como Audiogalaxia. En muchos de los surcos,
conviven capas de teclados en plan “strings” o “piano” que aseguran la presencia
de melodías entre emotivas y contemplativas (“Alessa”, “Litoral”), correntadas
de beats absolutamente descoyuntados que devoran sus propios cauces
(“Interferencias En El Penal”), vendavales de frecuencias (in)armónicas
colapsando sin cesar (“Cuadrado De Los Andes”). “Convivir” es una forma de explicar
lo que hacen estos flujos de sonidos. Otra es “colisionar”.
Cuando revisas con detenimiento la placa, te
das cuenta del hecho de hallarse su denominación entre ni-tan-sutiles signos de
interrogación, algo no observable en el empaque de cartón. ¿Significa esto que
Caballero no afirma que el Ruido se pueda componer, sino más bien lo pone en
duda? De esta pregunta surgen otras. ¿El Ruido puede romperse o descomponerse? Si
fuera así, ¿es necesario recomponerlo? En todo caso, ¿no comporta la concepción
actual del Ruido la promesa de devorar definiciones tradicionales de lo que es
Música, para incorporarse a ella en una suerte de meta-síntesis? Frente a estos
cuestionamientos, El Ruido Se Puede Componer adquiere otros visos: los
de una criatura multiforme que se tambalea entre fárragos de polutos fondos
sonoros cacofónicos derrumbándose caracoleando (“OxiSonar”), accesos de Ruido
fermentado en vías de lograr status “orgánico” (“Ópera Del Ruido”), noise
precipitándose -vanamente- hacia alturas etereoquebradizas (“Náufragos Del
Chillón”) o field recordings a mansalva (“Lima”, “Cacería De Humanos”, “Comas”,
presas de ese caos ruidoso tan familiar a los capitalinos...).
Hete ahí dos lecturas ajustables a lo que
representa ERSPC. Las demás están supeditadas al bagaje de cada quien.
Aquí añado la mía.
El canal de YouTube Cinematix tiende a
explorar videojuegos que plantean situaciones extrañamente inquietantes o
escenarios inquietantemente extraños. Metal Garden tiene lugar en un
planeta Tierra que ha pasado a formar parte de sistemas de contrapeso dentro de
una megaestructura que se dilata más allá del Cinturón de Kuiper. Esto es,
allende nuestro vecindario solar. ¿Qué tipo de logística supone mantener
megaestructuras de semejantes dimensiones? ¿Podrían realizarlo seres vivos, que
eventualmente se extinguirán? ¿Podrían las máquinas, que con el tiempo se
degradarán? Entonces se me ocurrió eliminar la partícula “Se” del nombre del
disco. El Ruido puede componer. Me consta que existe un sistema de sofocación
del fuego basado en notas subsónicas. Paruro no las frecuenta, pero teóricamente
el principio es el mismo: el uso del Sonido para solucionar problemas físicos
prácticos. En este caso, del Ruido, como sostén infinito de software y hardware
proporcionalmente interminables en relación a los de una esfera Dyson.
El sexto episodio de Paruro es por mucho el
más largo de todos, con casi 80 minutos de reproducción. Si su output, repetido
indefinidamente, basta para mantener operativa una megaestructura... ¿El Ruido
puede componer?
Admito que no me conozco al dedillo todas las
publicaciones de Almirante Ackbar, cuarteto que ya tiene más de una docena de
años trajinando el pop contemporáneo (cf. su split junto a Mundaka, ‘13). Lo
que sí he hecho es asimilar un buen puñado de sus piezas como para formarme una
idea sobre banda y discurso al que se ha consagrado. Ese discurso se articuló
por cuenta propia hace poco más de ocho años gracias al debut Sonidos
Ultrasónicos Y Audibles Para Callar Al Perro Del Vecino (‘17), y sólo en el
último tramo de la ruta ha logrado consolidarse ante el incremento del número
de testimonios -uno por calendario: El Ruido Hecho Por La Gente (‘23) y Nueva
Ola (‘24).
A priori podría tomarse Zona Dark
(‘25), entonces, como una rodaja de relevante madurez. Conforme han pasado los almanaques,
música y líricas de estos irredentos fans de Star Wars han ido sedimentando
la influencia de dos tótems, ambos provenientes de la Madre Patria: Los
Planetas y La Buena Vida. No es que Almirante Ackbar busque la mímesis, sino
que extracta de uno y otro referente lo que requiere en pos de su propia
identidad. Comprensiblemente, el Tiempo ha mitigado su adrenalina, pero no sus urgencias
expresivas ni su devoción por el indie clásico chapetón.
No parecía ser así al inicio de Zona Dark,
con todo. Tanto “Aves Sin Nido” como el inicio “Como Si Fuese Baltasar” hacían
presagiar un insólito regreso a las ágiles y ligeras mocedades de su estreno,
ignorando todo el proceso de transmutación que se diera en largos precedentes.
Cuando se supone que iba a seguir por ese derrotero, la agrupación baja
revoluciones y eleva pretensiones a través de la dupleta “Ruido Blanco”-“Metal
Y Melancolía”, en la práctica una suite de dos movimientos. El aumento
protagónico del theremin y de los teclados le da al primero cierta sensación de
espacialidad, sensación que se convierte en pronunciado acento sci-fi en el
segundo, primer instrumental de varios que trae el artefacto -a despecho del
sampleo de rigor como guiño a la epónima película documental.
A partir del track homónimo, Zona Dark
profundiza en el sonido que ya se había hecho habitual al interior de Almirante
Ackbar. Medios tiempos sosegados, construidos con minuciosidad, sin malgastar
nada en fuegos artificiales o en ampulosidades gratuitas. Cabe citar aquí a
“Paraíso Ambulante”, a “¿Qué Más Puedo Esperar?” o a los instrumentales “El
Rayo” y “A Sus Órdenes General Yolo” (de mezcla más bien fallida). Igualmente otro
binomio, el de “Piano Tonto”-“Las Fiestas Del Mañana”, por razones distintas
-una delicadeza post clásica al piano que por breves momentos me recordó al
difunto Harold Budd, dirigiéndose hacia el pop en “Las Fiestas...”.
Zona Dark baja el telón con la
tríada “El Sonido De La Confusión II”-“Amén”-“Messi 420”. Aquí Almirante Acbkar
vuelve a ese pop de orla futurista que se dejase escuchar en “Ruido Blanco” y en
“Metal Y Melancolía”. Si bien no abandona el medio tiempo, los flashes los
cosechan otra vez los sintetizadores y los aires de pop cósmico, acaso debido a
un soporte rítmico derivado del motorik. Concluye, así, un LP con el que opino el
conjunto alcanza su techo. En lo sucesivo, y salvo que se decidan por una
vuelta de tuerca, sólo les queda refinar la calología con que plenamente se
identifican.