(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 14 de octubre de 2026.)
Ratazo hacía que no llegaban novedades sobre
el quehacer sonoro de Miguel Ángel Burga. Lo último que lanzase a título
personal, subido a BandCamp en enero del año pasado (Tecnología En La
Religión Futura), fue descolgado antes de ingresar al ‘26. Ahora ha vuelto
a publicarse (8/10), con otra identidad (Onh), reducido de largo a EP de cuatro
piezas (Dub - 03), y cambiados/modificados casi todos los nombres de
éstas. Si bien diecisiete meses no comportan una cifra exorbitante, en el caso concreto
del ex Espira, que en estos últimos tiempos ha mantenido un asombroso cociente
de dos discos y medio por año; se trata de un período de silencio editorial
inusualmente dilatado.
“¿Cómo que diecisiete? Si hasta octubre son
veintiún meses”. Cierto. Estas líneas, sin embargo, no se refieren al aludido
relanzamiento (cuya primera versión mereció en su día un texto al que puedes
acceder haciendo click aquí). Estos renglones han sido motivados por la
aparición en junio de Kosmovisionen, debut absoluto de Umma, el nuevo
proyecto en que se halla involucrado Burga. Su origen es virtual, ya que
ninguno de los integrantes ha coincidido con el resto en espacio o tiempo.
Miguel Ángel reside en el Valle Sagrado (Calca, zona severamente afectada hoy
por incendios forestales), Pepe Abad -La Ira De Dios, El Cuy- en Estados
Unidos, y Scott Heller a.k.a. Dr. Space -Øresund Space Collective- en
Portugal.
Por otro lado, las grabaciones abarcan un
lapso de dos almanaques coordinando vía WhatsApp. Más que moverse a ciegas, los
peruanos avanzaron conscientes de aquello en lo que no querían incurrir -a
saber, la síncopa milimétrica y el riff fulminante. Sólo tras efectuarse la
primera mezcla de ambos aportes intervienen los osciladores y la floritura
electrónica del norteamericano Heller. Aquí cabe aplaudir la chamba del
canadiense Arlen Thompson, baterista de Wolf Parade y 50% del binomio de
psicodélico doom experimental Anunnaki, posicionado en la mesa de controles echándose
sobre los hombros la ardua tarea de moldear como arcilla hasta en dos oportunidades
todo lo previamente registrado.
Existen múltiples significados para “umma”,
ya que la palabra pertenece a varios idiomas a la vez. El terceto no ha
validado ninguna adhesión específica, aunque se hace eco de los
correspondientes al árabe -“madre” y “comunidad”. Por ahí puede explorarse
cierta afinidad con el espíritu materno-comunal del kraut rock, en fase
kosmische. De hecho, Kosmovisionen es casi un tour de force a usanza de
ese venerable género. Sus cuatro pistas podrían reconfigurarse en las caras de
un vinilo, ya que “Aeparatio” se entrelaza con “Ogon” (lado B) y “Monts” con
“Processio” (lado A). Su vibra, para más inri, es abiertamente sidérea. Ya
desde los acordes iniciales de “Monts”, el esférico remite sin dilación a los abismos
interestelares, a la idea de un sonido que rebota a tres bandas entre el kraut,
el space rock y el ambient anegado de drone.
Umma jamás abandona su teleología. Ni al
escoger sonar más contundente, como en los minutos iniciales de “Processio”, ni
al abrazar un formato más rockero, como en la primera sección de “Aeparatio”.
La esencia de su pathos es siempre la misma: celeste, volátil, cósmica,
trascendental. Las guitarras construyen cascadas de estrellas simultáneamente
relucientes y lejanas. La percusión elige ser tosca, primordial, evoluciona
dando saltos enormes e involuciona de manera idéntica. Cuando el viento solar
que anida en las composiciones ruge, la radiación espacial que Heller teje se
torna imperceptible, pero cuando esa explosión se sosiega las lecturas
radioactivas te recuerdan que están allí a cada minuto -insinuadas,
inamovibles, implacables.
Si el azar te deparase dar con algo parecido
a una estructura de canción en los poco más de 35 minutos que dura Kosmovisionen,
ello es una ilusión. Mera coincidencia no planificada. Producto del cruce
fortuito entre eléctricas sólo atisbadas alrededor de guarderías estelares,
arreglos de una electrónica que no tiene prisa en roer/raer el continuum en el
que habitamos, percusiones/secuencias que erran de un extremo a otro sin
importarles encajar de veras allí donde temporalmente aterrizan. Es la mirada
de Heller/Burga/Abad(¿/Thompson?), al menos por ahora: visiones de una insania astral
para cualquier clase de weirdo, de aquí al cuadrante Delta. Difunde Echodelick Records desde Atlanta.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 26 de agosto de 2026.)
El de Nosferatu puede considerarse, a
día de hoy, un mito contemporáneo en evolución. Desde el centenario film
original de Friedrich Wilhelm Murnau (1922) hasta el “rebuild” de Robert Eggers
(2024), pasando por la relectura de Werner Herzog (‘79) o la cumplidora The Last Voyage Of The Demeter (2023), la figura del Conde Orlok ocupa en el
imaginario de varias generaciones un lugar tan o más destacado que el propio
Drácula; de quien Orlok es una versión “no-autorizada” construida sobre las
convenciones del expresionismo alemán de inicios del siglo XX.
Más de cien años, pues, han pasado ya desde
el estreno del largometraje de Murnau; y aún conserva éste mucho tanto de su
epatante terror como de su fascinante apuesta artística. De hecho, no es
difícil imaginar la angustiante noche de pánico que deben haber sufrido
nuestros/as abuelos/as y bisabuelos/as tras salir del cine, si más de una
centuria después la película todavía incordia y asusta. A nosotros/as, que
hemos sido alimentados/as por obras maestras como The Omen, Insidious,
The Exorcist, Sinister, The Howling, Race With The
Devil, Rosemary’s Baby, Hereditary o Suspiria.
En el ‘22, no sólo menudearon homenajes y
estudios académicos a propósito de los veinte lustros de Nosferatu. Pese
a los estragos del COVID-19, también se programaron múltiples proyecciones a lo
largo del planeta, tanto públicas como privadas (la de la familia debe haber
sido la única vez a la fecha que mi sobrino Marcelo se ha sentado a ver
completo un film silente). En Lima, recuerdo una función gratuita en la huaca
Mateo Salado, musicalizada por artistas de la escena independiente. En Santiago
De Chile, una de esas funciones similares -16 de junio- contó con la
participación del colectivo A Full Cosmic Sound, musicalización que recién se
ha visto editada el último 3 de diciembre a través de la disquera Aula Records.
Nosferatu: Una Sinfonía De Horror se divide en dos
canales de dilatado aliento. En el primero se abroquelan tres actos, que
responden a los nombres de “El Viaje”, “El Castillo De Orlok” y “La Peste”. El
segundo es el cuarto acto, “El Sacrificio”. Es pertinente apuntar que estos
actos no se corresponden necesariamente con los cinco de que consta la película
de Murnau, sino que han sido nombrados conforme al episodio de la trama que
sonorizaran en vivo. También es preciso acotar que, durante los casi dos
tercios de hora de la ejecución, las influencias que constituyen el nervio de
la performance son las del kraut rock y del avant garde francés contemporáneo a
éste. Los vastos telares que decora A Full Cosmic Sound son impregnados por la
mística voluptuosa de Popol Vuh y de Amon Düül, lo mismo que por la hosca
psicodelia jazzy y el desnudo proto-prog de Art Zoyd, Univers Zero, Weidorje o
los tardíos Shub Niggurath.
La improvisación con que se descosieran esa
noche Gonzalo Muñoz, Jorge Boher, Ignacio Rodríguez, Nicolás Godas y los
hermanos Álvaro e Iván Daguer abunda en sombrías atmósferas psicotrópicas que
pueblan el éter adoptando formas fabulosas e inverosímiles de acuerdo al mood.
Es éste el que cambia, el que moldea aquí el sonido medular de AFCS -tenso y
amenazante en “El Castillo De Orlok”, bucólico en “El Viaje”, distendido al
inicio de “El Sacrificio” y tumultuoso después de sus siete primeros minutos.
Todo, en medio de copiosos guiños ambient y lo fi, cuya principal virtud es la
de erosionar clasificaciones tentativas bajo las que podría quedar encasillado
el plástico.
Dedicado a la memoria del historiador y
crítico de cine usamericano David J. Skal, la única observación que opongo a Nosferatu: Una Sinfonía De Horror es que le siento mucho más colindante con la patafísica
versión protagonizada por Klaus Kinski (‘79). Es cierto que Herzog recrea la
macabra historia del pérfido monstruo rumano. No menos vero es que el director muniqués
nunca pretendió contar un relato de terror. El hálito de su Nosferatu indica
que otros eran sus horizontes (mismos que sigo sin dilucidar). Por algo se
subtitula ...Phantom Der Nacht, a diferencia del estreno de 1922, que
subtitulaba ...Eine Symphonie Des Grauens.
(Republicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 3 de junio de 2026)
Nunca me he animado a escribir algo más o
menos largo sobre Kraftwerk. Dado el sitial de honor que ostenta en el devenir
histórico de la música pop contemporánea, sin contar el hecho de tenerle yo por
la mejor banda de todos los tiempos, siento un poco raro no haber acometido la
empresa hasta ahora. Y quién sabe cuánto tiempo más pasará antes de apurar ese
paso. Ésta no es, por ende, la ocasión pospuesta...
Sin embargo, alguna vez se me ocurrió
elaborar una serie de posteos sobre el celebérrimo y querido grupo, hace casi
trece años. No ensayé entonces una aproximación cronológica, y por ende lineal.
Relatos pormenorizados sobre el sino que han enfrentado los teutones durante su
más de medio siglo de existencia pueden encontrarse en Internet a pastos. Más
interesante me pareció acercarme a diferentes aspectos de su obra, así como a
los efectos que sus logros concluyentes provocaron en la cultura popular de ésa
y de posteriores épocas, recurriendo a los vocablos “interfase” (para los
primeros) y “addenda” (para los segundos). Similar explicación fue provista
aquella vez.
Acorde con ese espíritu,
recopilo/reescribo/reestructuro en un único artículo dichos posteos, fechados
entre el 15 y el 22 de septiembre de 2013. Será éste, ergo, un texto con muchas
citas; utilizadas tanto en las reflexiones originales como provenientes del
feedback que éstas suscitaron entre la lectoría que me dispensa atención. Busco
de esta manera darle a los párrafos un mínimo nivel de narrativa coral -confío
en que este propósito pueda finalmente verificarse. Si no, quién sabe, al
tiempo.
PRELUDIO
Siempre será inagotable materia de discusión
sentarse a elegir al mejor grupo de música pop de la Historia -no sólo porque
existe un buen número de aspirantes legítimamente reconocidos por el corpus de “votantes”,
sino porque cada uno/a de estos/as últimos/as tiene ya de antemano elegido a su
preferido. ¿Qué tan provechosa o deslucida puede ser semejante disquisición? Dependiendo
de los/as “votantes”, quizá nos ganemos con sabrosos debates que enriquezcan
nuestros puntos de vista y nos amplíen el panorama. O quizá tengamos que
soplarnos aburridos ditirambos y tediosas estrategias dialécticas que no conducirán
a nada en limpio.
Así las cosas, definiendo “música pop” como
toda corriente sonora que germina en el seno popular -léase lejos de estratos
académicos-, y sabiendo de antemano que seleccionar un solo candidato implica
renunciar a muchos otros que con justicia pueden reclamar ese título; dejo en
claro que, después de resistirme a elegir un único nombre por lustros, en 2010
le entregué mi alma, mi corazón y mi entendimiento a los padres del electropop:
Kraftwerk. Esto es, pues, una suerte de pequeño tributo a los siempre vigentes
y dilectos Hombres-Máquina -sin los cuales ningún discurso electrónico hubiera
logrado desarrollarse, ni el planeta electro llegado a ser lo que actualmente
es.
Qué mejor modo de empezar, por ende, que visitando
la prehistoria de Kraftwerk. Ralf Hütter y Florian Schneider se conocieron a
fines de los 60s en la Academia De Artes de Remschield. Una vez egresados,
volvieron a encontrarse en un curso de música improvisacional de su natal
Düsseldorf (existe una leyenda urbana que afirma fueron testigos de una
performance de Karlheinz Stockhausen bajo los efectos de algún psicotrópico
non-sancto). Con la adición de Klaus Dinger, se bautizan como Organisation,
rótulo bajo el que registran el debut y despedida Tone Float (RCA
Victor, 1970). “Música concreta psicodélica” es una descripción no del todo
desacertada de lo expuesto en ese solitario álbum, que les enyunta al kraut
rock -movimiento de excluyente ascendencia germana/la respuesta alemana a la
psicodelia anglosajona: Amon Düül, Faust, Can, Guru Guru, Popol Vuh, Tangerine
Dream, Harmonia, Neu!...
(Justamente el nacimiento de Neu! se produce
al dejar Dinger la banda y asociarse para tal efecto con Michael Rother,
desarmando de paso Organisation. Pero Hütter y Schneider ya tenían claro el
camino a seguir.)
Una muestra de lo expuesto en Tone Float,
música para una “danza tribal” del cuaternario bruscamente extrapolada a la
sala de una casa moderna, parafraseando a la compa Carolina Rosales: “Milk Rock”.
INTERFASE 1
Autobahn (1974) es, desde
muchos puntos de vista, un momento decisivo en la trayectoria de Kraftwerk. El
cuarto esfuerzo de los compatriotas de Feuerbach fue, en efecto, el primero
dotado de un concepto sólido que unifica sonido, composición, imagen y mensaje.
Fue asimismo su primer éxito masivo gracias al tema titular de 22 minutos
-reducidos a tres para su empaque en formato single. Fue también el último
producido por Conny Plank, figura insoslayable del universo kraut rock, y el
último que sólo se grabó en alemán: a partir del siguiente paso, Radioactivity
(EMI, 1975), se adoptaría la política de lanzar un mismo trabajo en su idioma
natal y en otros de la zona europea. De igual modo, fue la última obra de los de
Dusseldorf publicada por Philips.
Autobahn fue, finalmente, el
último disco de Kraftwerk en donde podemos rastrear resabios del kraut y del
consabido ritmo “motorik” que patentase Dinger ("Mitternacht",
"Kometenmelodie 2", "Morgenspaziergang"): las presentaciones
que apuntalan la salida del LP son las oportunidades postreras en que la banda
interpreta piezas de sus tres primeros episodios -entre ellas, la recordada “Ruckzuck”.
Josep María Soler es un activista catalán con
conocimientos mayúsculos sobre música electrónica de ésos y de precedentes/subsecuentes
tiempos, que dirige al menos tres bitácoras documentadas magistralmente. Gracias
a su desinteresado aporte, he podido escuchar algunos bootlegs en vivo
correspondientes a esos días -contribución valiosa, puesto que la única
referencia live oficial de Kraftwerk es Minimum-Maximum (EMI, 2005), y
estos artefactos no-oficiales nos permiten apreciar la performance del grupo
antes convertirse en el ente creador del electropop. En otras palabras, escuchar
a Kraftwerk cuando sus integrantes todavía se hallaban inmersos en los predios
de una electroacústica exploratoria y altamente intuitiva (el feeling de estos
registros es de hecho más orgánico que maquinal).
Pues bien, a través del pirata Live In
Leverkusen ‘74, que recupera un concierto del 22 de abril de ese año,
podemos disfrutar de tomas en directo de “Tanzmusik”, de “Mitternacht”, de “Autobahn”
(en una hiperbólica versión de más de 41 minutos), de postales embrionarias de
la extraordinaria “Showroom Dummies”, y por supuesto de “Ruckzuck” -muy ruteada
por Kraftwerk en aquellos años, y de la que reciclarían la estructura del
crescendo inicial para la magnífica “Trans-Europe Express” (incluida en el
portentoso disco epónimo, 1977, junto a “Showroom...” y otras gemas). Richard
H. Kirk, miembro fundador de los esenciales Cabaret Voltaire (trío puntal de la
primera oleada industrial y amigos íntimos de Joy Division), perpetrador post
IDM escondido tras el alias de Sandoz (chequear su sorprendente Digital Lifeforms, 1993), cultor techno-dance asociado a los semi-anónimos The
Technocrats; remezcló con estos últimos -y sin permiso- “Ruckzuck” en 1991.
Comparto primero la versión original y luego
la de The Technocrats.
PRIMERA ADDENDA
Acaso sea en exceso polémico afirmar que
Kraftwerk ha estado presente en el nacimiento de cada idioma electrónico del
que se tiene noticia, desde que ellos mismos crearon el electropop hasta el día
de hoy. Quizás sí, quizás no...
Pero sí es cierto que no existe ningún grupo
o artista electro, ni uno solo, que no haya escuchado a Kraftwerk, ni que les
reconozca como la madre del cordero -y agregaré que jamás he sabido de alguno
que les odie. Prueba irrebatible de ello es la inmensa cantidad de sampleos que
provienen de sus discos, ya sea en clave trip hop, EBM, synth pop o drum’n’bass.
Para muestra un botón -precisamente, el del
drum’n’bass. Si bien los entendidos no se han puesto de acuerdo sobre su
origen, y se señala por igual a avezados “junglistas de pro” como Fabio y
Grooverider, todos coinciden en afirmar que el primero en codificar el nuevo
lenguaje en formato físico -es decir, en testimoniarlo a través de registros, a
diferencia de los DJs, que sólo le insuflaban vida en sus sesiones- fue el dúo
Shut Up And Dance (que a veces también editaba con el alias de Rum & Black).
El tándem Carlton Hyman-Philip Johnson lanza en 1990 el 12’’ “Fuck The Legal
Stations”, cuyo lado B “I'm Not In Love” se arma sobre un sample del tema “The
Man∙Machine” (extraído del esférico homónimo, 1978).
INTERFASE 2
“¿Y ‘Kristallo’?”, se estarán preguntando los/as
fans. “¿Por qué no ha sido subrayada entre las composiciones a destacar de la
primera etapa de Kraftwerk?”.
Ralf Hütter y Florian Schneider han sido
durante todo este tiempo muy celosos de todo aquello asociado a Kraftwerk, lo
que se ha traducido en un implacable, férreo control sobre su obra como banda.
Entre muchas de las implicaciones que esta (ejem) estrecha “vigilancia”
conlleva, sobre algunas de las cuales volveré más adelante, destaca la de no
haber permitido durante muchísimo tiempo la reedición en CD ni del disco de
Organisation, ni de sus primeros trabajos como Kraftwerk -a saber: Kraftwerk
(1970), Kraftwerk 2 (1972) y Ralf & Florian (1973).
Por suerte, han existido ediciones digitales
piratas que ayudaron a los/as fans a completar la colección (las más antiguas
están fechadas en 1994 -hay quien afirma haber visto ejemplares japoneses con
insospechados bonus tracks, a mí no me consta-). Pero la tácita prohibición ha
sido luengos años respetada por todos los seguidores de Kraftwerk y los
descendientes de su legado. Tan es así, que recién en 1997 se incluyó la
relectura de un surco de esos primeros capítulos, “Ruckzuck”, en Trancewerk Express Vol. II: A Tribute To Kraftwerk (el primer volumen data del ‘95).
Por este motivo, resulta bastante
discutible/sospechoso el lanzamiento en Italia del título A Short Introduction To Kraftwerk (Stampa Alternativa/Nuovi Equilibri, 2000). No
por el libro, en simpática aunque algo enumerativa edición bilingüe (inglés e
italiano), sino por el CD anexo: siete temas supuestamente remezclados por
Kraftwerk, entre los que figura “Kristallo” (extraído del citado Ralf &
Florian). Lo más probable es que la autoría de estas “remezclas inéditas”
le sea acreditada a bandas caletas que prefirieron rendir anónimo tributo a sus
mentores. Tampoco tendría nada de malo, si los resultados no fueran tan misios:
siete tomas alternas muy poco inspiradas, en 35 minutos, son insuficientes para
ilustrar al neófito sobre el devenir de un grupo de la talla inconmensurable de
Kraftwerk -amén de que los cortes no han sido bien escogidos, ni es lo más
sensato empacarlos en formato “remix”.
A continuación, un bonito video-homenaje de “Kristallo”.
Sí. Máquinas Musicales Electrónicas empañándose de emoción ad infinitum.
SEGUNDA ADDENDA
Como bien enfatiza otro capo barcelonés, Half
Nelson, “La importancia de una banda puede medirse en diversos ámbitos que
quedarían reducidos a tres: repercusión popular, prestigio crítico y respeto
por parte de otros artistas. En esas tres escalas, los de Düsseldorf están
encaramados en lo más alto, pero la impronta de Kraftwerk no se limita al
ámbito del reconocimiento estrictamente musical (...). Todo ello convierte a
Kraftwerk en un grupo-concepto que ha dejado su huella en multitud de estratos
culturales a lo largo y ancho del mundo civilizado (...)”.
Al asombro y al estupor siguen naturalmente
el análisis y el procesamiento. Después de un imparable rush discográfico a
fines de los 70s y principios de los 80s, que consolidó la revolución
tecnológica al interior de la pop culture, Kraftwerk comenzó a ser asimilado
por su propia progenie. Con anterioridad he citado el ‘unauthorized remix’ de “Ruckzuck”
que hicieron The Technocrats y también el sampler de Shut Up And Dance. De
hecho, hay ejemplos más cercanos.
Uno de ellos es el alucinante “Planet Rock”
(1982), de Afrika Bambaataa al alimón con Soulsonic Force (“disculpando la
expresión, pero qué mierda más marciana”, exclamaría Lance Taylor a.k.a.
Bam la primera vez que escuchó a los Robots). Construido sobre la base de los
kraftwerkianos “Trans-Europe Express” y “Numbers”, el single editado por Tommy
Boy se cuenta entre las primeras muestras de cómo influyó la pionera banda tudesca
en el surgimiento del hip hop -movimiento nacido en la pobreza que capitalizó
al máximo los recursos a la mano para convertirse con el tiempo en la “CNN de
la Norteamérica negra” (Chuck D. dixit). Y es que nadie puede dudar del papel
que jugó Kraftwerk en la consolidación de esta en principio interesante
subcultura urbana -pero si quieren una confirmación definitiva, basta con
chequear el film Breakin' (1984). Entiendo que es la única película
donde se ha usado música del grupo: al son del 45 rpm “Tour De France” (1983),
uno de los protagonistas ensaya una rutina de breakdance, el baile asociado a
la expresión sonora del hip hop.
Otro ejemplo es la new wave. En entrevista
concedida a Rock De Lux en septiembre del año pasado, Daniel Miller, el
histórico hombre fuerte de Mute Records -patria discográfica de Depeche Mode,
Yazoo, Nitzer Ebb, Cabaret Voltaire y Renegade Soundwave, entre muchos otros
más-, declaró: “La gente de mi generación estuvo muy influenciada por ellos.
Depeche Mode, The Human League, cualquier grupo de esa época mamó su música. Y
las generaciones siguientes entraron en contacto con la electrónica a través de
nosotros. Espero que estas reediciones hagan que la gente entienda que
Kraftwerk fue nuestra máxima inspiración”. Creo que a este respecto no queda
más que decir...
...excepto que el grupo que más rápido
alcanzó a Kraftwerk, New Order, le dedica en su disco de 2005, Waiting For
The Sirens' Call (Warner), el surco “Krafty”. Un grande homenajeando a otro
grande.
INTERFASE 3
El gesto agradecido de un fan como tú o como
yo.
Tim Zawada, de Chicago (USA), ha elaborado –“sin
loops, sin efectos”- un mix que ha bautizado con el nombre de Kraftwerked: A
Mix By Tim Zawada (Kraftwerk Tribute Mega Mix). Fechado en 2011, este homenaje
está dispuesto a la usanza de un DJ-set: una sola pista de audio en la que se
entretejen 36 cortes de Kraftwerk, cubriendo sus discos desde el lejano Autobahn
(1974) hasta el reentré Tour De France Soundtracks (EMI, 2003) -es
decir, respetando el silencio que el grupo ha guardado en relación a sus tres
primeros trabajos.
Algunas observaciones al respecto:
1) El mix se ha creado para su escucha
personal y para compartirlo con otros/as fans de la banda -no hay, pues, interés
comercial en esto.
2) Esta “antología” responde exclusivamente a
los gustos de Zawada. No pretende, por tanto, ser una compilación que ilustre
exhaustivamente la carrera de Kraftwerk.
3) Se puede descargar el archivo mp3 desde el
SoundCloud del usuario. El link hacia allá aparece en la información del video
de YouTube.
4) Contra lo que pregona el título del video,
son treinta y seis canciones (no cuarenta).
5) No estoy seguro sobre si “The Telephone
Call” se ha añadido al mix sin efectos: la toma no es la misma que la incluida
en Electric Cafe (EMI, 1986), aunque podría tratarse de una versión
repescada de alguna de sus ediciones como single.
Dicho esto, no puedo sino recomendar entusiasta
este breviario de la andadura de mi best band ever.
TERCERA ADDENDA
Aunque no hay estadísticas que lo sustenten,
es razonable suponer que la mayoría de grupos pop que han aparecido sobre la
faz de la Tierra alguna vez ha versioneado a The Beatles -bien a título de
ensayo, bien a modo de coda en sus conciertos, bien aventurando en el estudio
de grabación lecturas distintas de los clásicos y no tan clásicos de los Cuatro
de Liverpool. Para muestra dos botones, muy diferentes entre sí, que me vienen
inmediatamente a la cabeza: Damon And Naomi con “While My Guitar Gently Weeps” y
Siouxsie And The Banshees con “Helter Skelter” y “Dear Prudence”. Si existe,
esa estadística imposible la ganan largamente los Fab Four.
Pero en lo tocante a tributos editados, sea
de manera individual o colectiva; aún cuando no estoy seguro al 100%, creo que
ese cuadro de referencias cambia traumáticamente en detrimento de los
británicos. Salvo The Cure, que ha rebasado los 15 homenajes, no sé de otro
grupo que pueda igualar en este aspecto a Kraftwerk, que ya franqueó la barrera
de los 20 tributos. Como en el caso de los liderados por Robert Smith, en este
terreno encontramos placas de toda índole dedicadas a los Replicantes de
Düsseldorf.
Individualmente, los hay en clave
acústica-orquestal, como Possessed (Mute, 1992) de The Balanescu Quartet
(ensamble del violinista rumano Alexander Balanescu) y Die Roboter Rubato
(Mille Plateaux, 1997) de Terre Thaemlitz (pianista transexual de origen
germano). Los hay asimismo de proyectos fantasmas claramente forjados en la
fragua de Kraftwerk, como Boing Boom Tschak (A Tribute To Kraftwerk,
1994) y Basskraft (A Bass Tribute To Kraftwerk, 1998). Finalmente,
existen también grupos que les guiñan con enorme devoción, como los franceses
de Marc Et Claude (A Tribute To Kraftwerk 12'', 1998), y con genial
sentido de la ironía, como Señor Coconut Y Su Conjunto (El Baile Alemán,
2000). Esto, sin contar aquellas versiones o remixes que decenas de grupos
-Ride, Snakefinger, Niños Del Brasil, Big Black, siguen nombres...- han
insertado en determinados capítulos de sus respectivas discografías.
Colectivamente, la cosa es igual de generosa:
están los Trans Slovenia Express, 1 (1994) y 2 (2005), con
actos de Eslovenia, zona geográfica y sonoramente lindante con el músculo
centroeuropeo de la E(lectronic)B(ody)M(usic). Están además los ya mencionados Trancewerk
Express, así como los homenajes ruso (Elektronenklänge Aus Dem
Radioland: A Tribute To Kraftwerk, 2000), japonés (Musique Non Stop: A
Tribute To Kraftwerk, 1998) y brasilero (Kraftworld: Brazilian Tribute
To Kraftwerk, 2007). Para terminar, los hay en todos los tonos del espectro
digital: simplemente electrónico (el doble Krafty Move: An Electronic Tribute To Kraftwerk, 1997), techno (Technicolour: A Techno Tribute To Kraftwerk, 2000), mashup (el magnífico doble Bootwerk: A Bastard Pop
Tribute To Kraftwerk, 2007) e incluso 8-BIT (8-BIT Operators: The Music Of Kraftwerk Performed On Vintage 8-BIT Video Game Systems, 2007). Diversas
formas de encarar la gigantesca influencia de los indiscutibles padres del electropop.
Te dejo un fetiche que me he guardado bajo la
manga: Cybotron, alias de nada menos que mister Juan Atkins (precursor del
sonido Detroit), reensamblando “Numbers” y “Home Computer” en su clásico “Clear”,
del debut cibotrónico Enter (Fantasy, 1983). "Clear", por
cierto, es citado por los Autechre en las notas interiores de la seminal
recopilación Artificial Intelligence (Warp, 1992) como el tema que les
cambió la vida y los impulsó a hacer música.
INTERFASE 4
Alegando ignorancia de antemano, no conozco
otra canción que haya sido versioneada y grabada tantas veces en la historia de
la música pop como “The Model”.
Paradigma del synth pop, quintaescencia de la
perfección más sublime a la que puede aspirar cualquier formato sonoro
melódico, Kraftwerk concibió esta gema de tres minutos y pico en la cima de sus
posibilidades expresivas: son los tiempos del maravilloso The Man∙Machine
(EMI, 1978), y Hutter-Schneider-Bartos-Flur ganan nuevas cumbres en el delicado
y refulgente balance entre exploración electrónica y emotividad/empatía pop.
Evocadoramente pegadiza (así la califica Nelson), sé de al menos veinte
versiones -¡veinte!- de esta inolvidable composición, entre editadas y
celebrados registros “live”, que nada tienen que ver con las dispuestas en los
discos-tributo. Ahora, contando estas últimas versiones, no me atrevo ya a
aventurar una cifra...
...pero sí nombres: Ride, Niños Del Maíz, Big
Black, Sopor Æternus, Clotta+DJ Dero, Snakefinger, Niños Del Brasil, The Divine
Comedy, El Aviador Dro Y Sus Obreros Especializados, The Cardigans, David
Byrne... “The Model” es una obra de arte tan perfecta, que incluso la relectura
mashup de Krazy Ben que la asocia a un mamarracho como “The Way I Are” del
mierdoso Timbaland suena a hossana en las alturas.
Sin más preámbulo, pues, la que es para mí la
mejor canción pop de la historia -sólo que, como diría el querido Ramón
Valdez/Don Ramón, en “versión totonaca”. ¡Si incluso un feroz militante como el
maestro Steve Albini, líder de Big Black, que ha producido a Nirvana y a Pixies,
y que no perdía oportunidad para hablar pestes del sampling y del mashup; se
rindió ante la Magia infinita de los genios de Düsseldorf!
CUARTA ADDENDA
Tras un lustro en completo mutis, en 1991
llega a las tiendas The Mix (Electrola), artefacto de remezclas de Kraftwerk
acometidas por el propio grupo. El plástico marca el definitivo ingreso de los
alemanes a la era digital: como se sabe, piezas del calibre de “Autobahn”, “The
Robots”, “Musique Non Stop” y “Radioactivity”; fueron registradas utilizando
sistemas analógicos. Para la ocasión, se reproducen los sonidos directamente en
código binario, y se samplean aquellos que no pueden ser ya duplicados. Además,
el cuarteto transforma sus cuarteles de Kling Klang en un estudio modular con
el propósito de transponerlo a las giras sin mayores dificultades.
The Mix fue el último
esfuerzo de Kraftwerk con su formación clásica y más duradera: poco antes de su
salida, abandonan el barco Wolfgang Flur y Karl Bartos, miembros desde los días
del Radioactivity. Se anunció un The Mix 2 y hasta un nuevo disco
antes de que muriera el siglo XX, y jamás se llegó a nada concreto. Es recién
con el single Expo 2000 (EMI Electrola, 1999) que Kraftwerk rompe un
silencio de ocho años, pero ésa ya es otra historia.
De entre los contados méritos de The Mix,
consigno aquí la que considero la versión definitiva de "Computer
Love", track originalmente pauteado en Computer World (EMI, 1981), el
capítulo discográfico que cierra su etapa más feliz.
INTERFASE 5
Nadie en su sano juicio -bueno, en realidad
sí existen, pero no tengo ganas de buscar bronca con esos cavernícolas- puede
discutir que el nazismo fue un terrible accidente de ruta en la hasta entonces
más o menos inmaculada historia de Alemania. Después de la abdicación del
Kaiser Guillermo II, el país entró en un fantástico período conocido
históricamente como la República de Weimar (1919-1933). Durante esos años, se
consolidaron movimientos culturales extremadamente creativos e innovadores: no
en vano se estudia aún hoy con entusiasmo el expresionismo alemán, tanto en
pintura como en literatura y en cine (Lang, Murnau, Wiene, Pabst); así como las
corrientes de la nueva objetividad, el realismo con crítica social y el
dadaísmo alemán. Esto, sin contar con el surgimiento de la Bauhaus, escuela de
artesanía, diseño, arte y arquitectura fundada en 1919 por Walter Gropius.
En la medida en que los 30s “no existieron”
en Alemania, Kraftwerk se propuso tomar la posta, regresando al punto exacto en
que esas extraordinarias jornadas cesaron de existir. Pero, por ese camino, el
grupo fue todavía más allá, llegando a proponer una impensada utopía: la de
convertirse a sí mismo en crisol de tradiciones continentales para la
consecución de una cultura pan-europea como nadie había soñado nunca.
No son pocas, en ese sentido, las referencias
de las que Kraftwerk hace uso. “Europe Endless” abre, con la emoción de quien
descubre un mundo nuevo y mejor, su álbum Trans-Europe Express, que por
otra parte toma su nombre del tren homónimo que recorría/¿unificaba? las
principales capitales del Viejo Mundo. Trans- Europe Express, por
cierto, cierra con “Franz Schubert” (aquí no hay más que decir, ¿no?) pegada a “Endless
Endless”.
Otro de sus aciertos definitivos, The Man∙Machine
guiña en “The Robots” al dramaturgo checo Karel Čapek y a su obra Rossum's
Universal Robots (1921), en la que por primera vez se usa el término “robotnik”.
De igual forma, la portada de The Man∙Machine cita al constructivista
ruso El Lissitksy (referente debidamente acreditado en las liner notes del
disco). Y “Metropolis” rinde pleitesía a la obra mayor de Fritz Lang, el film
de ciencia ficción Metropolis -considerado por la UNESCO, junto a Los Olvidados de Luis Buñuel, Patrimonio Artístico de la Humanidad y Memoria
Del Mundo.
QUINTA ADDENDA
Existen grupos con la habilidad de dotar a
sus creaciones sonoras de una rara cualidad “cinéfila” -bandas cuyos discos y
temas encajan naturalmente con las imágenes mostradas a través del celuloide.
No hablo, obviamente, de Angelo Badalamenti o de John Barry, grandes maestros
del difícil arte de componer bandas sonoras; sino de proyectos pop que la
chuntan “sin querer queriendo” -porque incluso a veces no hay en ellos la más
mínima intencionalidad.
Alguna vez me animé a ver Metropolis
de Fritz Lang (1927) escuchando al hilo Trans-Europe Express y The Man∙Machine de Kraftwerk, seguido del “liquid noise” de Incunabula
(WaxTrax, 1993) de Autechre. El resultado fue alucinante, y acaso no del todo
gratuito (pero sobre el particular regresaré otro día). Luego fue el turno de
enyuntar Computer World y Futurama: aquí la cosa no quedó tan
bonita, pero logré reconducirla sustituyendo originales por covers. De ahí que
la siguiente vez puse en la bandeja el 8BIT Operators: The Music Of
Kraftwerk Performed On Vintage 8BIT Video Game Systems. El saldo fue mucho
más positivo.
INTERFASE 6
No cualquiera tiene la habilidad de concebir
de la nada todo un universo que aún hoy permanece en explosiva expansión.
Kraftwerk es el incuestionable demiurgo creador del planeta electro no sólo por
su inmenso talento creativo -cuya influencia puede rastrearse en decenas de
niveles culturales en el mundo de hoy. Lo es también porque prácticamente
inventó las herramientas de las que se valió para semejante hazaña.
En la revista Dancedelux, el crítico
Félix Suárez cita declaraciones de Chuck D., de Public Enemy, consignadas en su
libro Fight The Power. El compositor y rapper, quien se encontró con los
Kraftwerk en el live de Sellafield de 1992, afirma que “el desarrollo y la
patente de software y equipos para la producción musical” reporta al núcleo
histórico Ralf-Florian no pocos beneficios pecuniarios.
Y es que desde el inicio de su carrera,
Kraftwerk sólo podía darle correlato a su meticulosidad proverbial, a su rigor “científico”,
a su sistemático método compositivo; trabajando con tecnología de punta. En
permanente diálogo hi-tech con los fabricantes de instrumentos electrónicos, el
grupo mismo fue testeando prototipos que se amoldaran a sus necesidades
sonoras, sugiriendo nuevas direcciones y abriendo nuevos caminos en el
desarrollo de software y hardware ad hoc -al punto de ser responsable directo
de la introducción de las nuevas tecnologías en la cultura pop.
Desde el Tour De France Soundtracks
(2003), “Aéro Dynamik”.
SEXTA ADDENDA
Uwe Schmidt es alemán de nacimiento, pero
latinazo de corazón. Al mando de Señor Coconut Y Su Conjunto, publicó hace
trece calendarios un disco tributo a Kraftwerk en clave de merengue, cumbia,
proto-tex mex y hasta cha-cha-chá. Con seguridad, El Baile Alemán
(Multicolor, 2000) debe ser el homenaje más bizarro dedicado a los Robots de
Düsseldorf. Lleno de voluptuosidad tropical, este ensamble sabrosón repasa con
imbatible swing los clásicos de Kraftwerk -fácil era el click perfecto para que
mi abuela le entrara a los germanos.
A continuación, la calenturienta relectura de
“Tour De France”.
EPÍLOGO
“Ellos son, y su status ha sido
amenazado varias veces, mi grupo favorito de todos los tiempos. Ellos también
hicieron, y su status ha sido amenazado incluso más veces aún, mi disco
preferido, Computer World. Nunca hay escasez de personas que se
apresuran a hacer cola para decir cuán ‘importantes’ fueron para el desarrollo
de todo lo que conocemos hoy, si ellos fueron pioneros, o si inventaron el
techno. Pero para mí lo que es fascinante es su música, eterna, ingeniosa; esa
música que nadie ha conseguido ni replicar ni mejorar. Son únicos. Kraftwerk es
donde las máquinas se empañan de emoción”. (Glen Johnson, Piano Magic)
Me pasa, cada vez que pongo en la bandeja un
álbum de Kraftwerk, que me estremezco hasta la médula. Me pasa, también, que me
asalta la jubilosa emoción de estar oyendo un mundo nuevo -a pesar de haber
escuchado cada disco suyo cientos de veces. Sospecho que es lo mismo que
sienten los fans militantes de otros grupos o artistas: algo así como ser
testigos una y otra vez del big-bang, y no cansarse jamás.
Los Kraftwerk tampoco parecen muy exhaustos.
Tras 56 años de carrera, Ralf Hütter, único miembro original sobreviviente
-Florian Schneider se retiró en 2010 tras una bronca tan tumultuosa como
lamentable con su partner de toda la vida, y falleció en 2020-; se sigue
presentando en directo utilizando con asiduidad la tecnología 3D. Reconforta saber
que la banda alemana sigue en forma, muy atenta a lo que ocurre alrededor suyo,
en perpetua consonancia con los últimos adelantos tecnológicos. Verlos
ofreciendo un espectáculo tal, aquí en mi tierra, con mis camaradas; sería
acceder al nirvana digital al que aspira todo amante de la música electrónica. El
Perú se ha integrado al circuito de conciertos con actos de auténtico renombre
mundial hace rato, pero sigue sin hacérsenos el milagrito. No interesa ya si ¿el
siguiente disco? es regularón, nomás. ¿Cómo ponerse “exquisitos” con nuestro
grupo fetiche, si “nosotros se lo debemos todo y ellos no nos deben nada”
(Tarwater)?
Comparto aquí el merecido testimonio
documental a los eternos Robots de Düsseldorf, publicado en 2008 con el rotundo
título de Kraftwerk And The Electronic Revolution. Para quien todavía
abrigue siquiera resquicios de duda, sólo tengo cinco palabras...
KRAFTWERK!!!! DUSSËLDORF MUSIK ARBEITER,
SCHEISSE!!!!
PD: La pieza que faltaba en la discografía
del que muchísimos consideramos el mejor grupo de todos los tiempos. Lanzado
simultáneamente en los formatos de CD y DVD, con una edición de lujo que
enyunta ambos soportes y emula en el empaque a una VAIO, el disco-concierto
oficial de Kraftwerk, Minimum-Maximum (EMI, 2005). No hay más que decir.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 4 de marzo de 2026.)
Ha transcurrido ya un tiempo considerable
desde que Asunción difundiese su tercer esfuerzo largo, Materiales Y Símbolos (‘22). En ese lapso de tres almanaques y un poco más, no recibí
mayores noticias del unipersonal de Cristian Sánchez, aunque sí de su
insurgencia como Irreales Del Monte junto a Antonio Aldunate. Y aunque razones
de índole personal ha de haber, pienso que la principal causa de ese silencio algo
prolongado se halla directamente relacionada a una etapa de cambios cuyo
objetivo ha sido renovar el rostro del seudónimo con miras a su cuarta entrega.
Ésta se ha revelado en diciembre pasado.
Desde el estreno en corto El Reino Mineral (Demo EP) (‘17), la obra de Asunción se ha nutrido de drone music, de ambient,
de psicodelia y sobre todo de kraut rock. La incidencia de este último
ingrediente, remarco, nunca se ha traducido en una aplastante presencia
hegemónica. En Levitaciones, que persiste abordando las mismas
variables, no sólo no se da esa eventualidad; sino que además al viejo kraut
teutón se le asignan roles secundarios todavía encomiables. Ello es
responsabilidad de un color recientemente añadido con firmeza a la paleta del santiaguino:
el bliss pop.
En retrospectiva, es curioso que no se le
hayan abierto las puertas antes, ya que por pathos y modus operandi ese
pariente del shoegazing calza a la perfección con el resto de variables. Los
resultados acompañan esta certidumbre. De inicio a fin, Levitaciones
reincide en la estética de sonoridades dilatadas que obedecen a compases
ignotos, en estilísticos leitmotivs mejor apreciados cuando experimentas
estados de placidez o de laxitud, en borrosas viñetas que atravesar
deleitosamente en posición horizontal. Asunción se la vuelve a jugar -y gana-
por la permanente ciclicidad del Sonido como torrente cuya faz es siempre la
misma y siempre otra. Un estuario en perpetuo avance hacia arriba y adelante,
contraviniendo principios elementales de física para elevarse hasta picos de ignífugas
atmósferas etéreas.
El bliss pop toma las riendas nada más
empezar “Anunciación De La Aurora”. Celestial, iterativo, de pocas variaciones
armónicas; marca el camino para “El Signo De Los Cisnes”, que debe ser el
primer track de Asunción en recurrir al uso de una (algo indescifrable)
programación velada. “Congregación Amapola” prefiere seguir los pasos de la
apertura, concentrando buena parte de las virtudes descritas hace unos
momentos. “El Vuelo Y La Vertiente” se acomoda a la inserción de un teclado percutado
que recuerda levemente al kraut, mientras es asaltado por gorjeos de aves
canoras. Y el cierre “Adiós A La Tierra Fría” enfatiza de nuevo los cósmicos
fulgores bliss que actualmente parecen atraer la mirada del capitalino.
Existen otras diferencias, más fáciles de
distinguir para quienes hemos escudriñado con detenimiento las rodajas del ex
El Diablo Es Un Magnífico. Si bien menores, de todas maneras significativas. La
consistencia incesante y ritual del drone ha menguado, circunstancia que se
invierte en el caso del ambient, por ejemplo. No obstante, el acabado final de Levitaciones
no se desentiende de lo mostrado por el músico en anteriores oportunidades. Excursión
pulcra y de posología contemplativa con que devorar nubes, cielos, estrellas, constelaciones.
Faltando menos de cinco días para la última nochebuena,
vio la luz Convergencia, artefacto de versiones con que diversos/as
artistas chilenos/as -magallánicos/as la mayoría de ellos/as- conmemoran los 30
años que en este ‘26 cumple Lluvia Ácida como dúo. Recuérdese a este respecto
que el alias comenzó a operar en 1991 en modalidad individual, en coordenadas
muy distintas a las que adoptaría bajo el formato de binomio, y que son
asimismo diferentes a aquellas en las que éste circula por lo menos desde hace cuatro
quinquenios.
Habida cuenta de la vasta andadura que la
dupla formada por Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf ha concretado a la fecha,
sorprende que los catorce actos participantes de la jornada se enfoquen en sólo
cinco episodios discográficos. En orden cronológico, éstos son Simulación
(‘96), Hotel Kosmos (‘04), Kuluana (‘09), Zonas De Silencio
(‘15) y Puntarenazo (‘23). También sorprende que composiciones como
“Yagán”, “Los Títeres”, “Hotel Kosmos” y “Sol Verde” cuenten cada una con dos relecturas;
cuando el repertorio conjunto de los discos mencionados ofrece más de una
cincuentena de temas. En todo caso, la elección de cada involucrado ha sido
libre, según entiendo.
Conviven en Convergencia diversidad de
estilos. Para corroborar esta afirmación, basta comparar lo dispar que suenan
“Sol Verde” de Retrovoltaje y “Sol Verde” de Nave/Raw: mientras que el último
se sirve de una voz rasposa hasta la deformidad para remitirte a la
densidad/pesadez del primer industrial (fines de los 70s), su predecesor suena
a techno industrial de guitarras (principios de los 90s). O también “Hotel
Kosmos” de La Tensa Calma versus “Hotel Kosmos” de Interestellar: LTC horadando
neuronas con una punzada tridimensional que luego se transforma en trip hop,
Interestellar saltando del downtempo al breakbeat. O “Los Títeres” de Polaroid
Sound System y “Los Títeres” de Avenave: PSS en clave EBM de ligero tonelaje y
Avenave empuñando un robusto ambient synth orlado de dub.
Las posibilidades no se agotan allí. Los
Klasky! postulan una reinterpretación pop en onda lo fi de “Canto Muerto”, a
trasmano del pop apolíneo de Gabi Gómez y “Transpatagonia”. Preñado por electroacústicas
de genealogía andina, el groove del hip hop está representado por “Corta El
Viento” de Adrieta, en manifiesto contraste con la tosca ascendencia neoclásica
de “Universo Plano” de Nicolás Varas (que a partir de la mitad se enfunda en la
piel de un Jarre). Y cómo olvidarse del electrodub a centímetros del illbient
que ejecuta Frank Sinanthrax en “El Cabildo”, del instrumental trippy de
“Yagán” a cargo de DJ’ Hain, del ambient con accesos de soundscaping de Gio Foschino para su versión de “Río Seco”...
Los defectos ya han quedado acotados. Tres décadas
difícilmente pueden condensarse en un díptico, con mucha menos razón en un solo
volumen. Bajo el mismo criterio, se me hace equívoco repetir surcos, habiendo
tanto de dónde escoger. Todo esto pasa a segundo plano si se aquilatan los
motivos de fondo de este Convergencia, homenaje a una dilatada trayectoria y testimonio de la influencia que ejerce ésta no sólo sobre
creadores más próximos, sino también sobre el resto de sus connacionales. Que
sean muchos años más.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 13 de diciembre de 2023.)
Con el reloj a galope tendido rumbo a 2024, van
quedando en limpio algunas certezas relativas a determinados grupos y álbums de
los circuitos peruanos independientes. Una de ellas va asida al presente de Les Replicants, que ha decidido abandonar quién-sabe-si-definitivamente el
psicodelismo eterdrónico de su primera fase, en favor del trayecto iniciado a
tropezones por el excesivamente plano s l e e p / p a r a l y s i s / d ae m
o n 金縛り鬼(‘21).
Conforme dictamina la info disponible en
BandCamp, Buy, Get Sick & Buy, Then Die es un LP grabado el año
pasado. Su osamenta se nutre de un corpus de grabaciones de campo que el
individualista Walter Arellano realizara desde el ‘21, durante los largos viajes
que implican atravesar de un extremo al otro la megalópolis monstruosa que hoy es
Lima. Perpetuados en cinta, estos registros se han deformado/sublimado para
convertirles en arcilla a modelar/mezclar con un input expelido desde Korgs,
sintes ARP y guitarras tratadas. Respecto de estas últimas fuentes, todas
cosidas al esteticismo drone y al onirismo que favorecen el post rock y el
bliss pop.
Salvo por el empleo de la materia prima que
comportan los cassettes, hasta aquí no existen mayores diferencias entre este Buy,
Get Sick... y su antecesor. Es decir, si bien ha habido una conmutación de procedimientos,
ésta no se traduce en sonoridades total o parcialmente distintas. De hecho, si
no tienes un oído lo bastante fino/entrenado, no consigues distinguir del resto
los sonidos proporcionados por las “field recordings”. En cristiano, si estás
desinformado/a, ni te enteras de los alegados “cambios en los procesos” -y es
éste el talón de Aquiles que más difícil se les hace fortalecer a proyectos y
artistas empecinados en enarbolar la bandera de la “vanguardia del Sonido” (tanto
más complicado si pertenecen éstos al Tercer Mundo).
Éste, no obstante, es un esférico más logrado
que s l e e p / p a r a l y s i s / d ae m o n 金縛り鬼.
Esencialmente, Buy, Get Sick & Buy, Then Die es un único tema
dividido en cuatro secciones no equitativas. Cuando la apertura “I - Buy” comienza
a rasgar el aire que te circunda, el ambiente es inundado por una correntada de
ruido magmático, esparcido alrededor de un rango determinado de notas con
variaciones infinitesimales. Consecuentemente, mientras que en “III - & Buy”
el caudal se torna asaz tumultuoso, en “II - Get Sick” la riada es bañada por
matices más vívidos e incluso celestiales, aunque también ocasionalmente melancólicos;
y sólo rompe los armónicos cuando intenta hacer vibrar la propia atmósfera.
Súmese a ello lo redondo del canal de cierre,
“IV - Then Die”, cuya decena de minutos obra como síntesis intensificada de lo
expuesto en los tres anteriores: bliss, post, harsh... Sobre todo éter, mucho
éter. Esto último se evidencia en lo llevadera que se hace la jornada, de sólo
cuatro pistas y perduración equivalente a la del precedente capítulo -lo que comporta
una extensión promedio mucho más alta por track, y a despecho de ello una narrativa
sonora más atinada y ágil. De este modo, el aislacionismo asistólico de Buy,
Get Sick... concede nuevo crédito a Les Replicants en su actual discurrir.
Por ahora.
Desde los idus de octubre, se halla
disponible para su escucha en Internet el segundo volumen de las Geografías
Geométricas que el incansable Miguel Ángel Burga viene cocinando asociado a la germánica
Midira Records. Segunda parada de una trinidad a culminar pronto, la placa sucede
al gaseoso/fluido post rock formulado en Landing, revelando de paso una templada
alternancia entre dos de las facetas cultivadas por el ex Ácidos Acme -adviértase
que antes de Geografías Geométricas Vol. 1 aparecía Lass Dich Leiten, 7’’ que homenajeaba en plan
space drone a la desaparecida cantautora alemana Nico.
Geografías Geométricas Vol. 2 trepa la misma
cuesta que su mayor, esto es, la de drónicos omniacordes cuya pertinaz repetición
genera resultados opuestos a los que cabe esperar en circunstancias idénticas.
No en vano, la drone music es la heredera más representativa del histórico kraut
rock, afirmación con carácter de tautología hace lustros. Premunido de la misma
tenacidad que le amparaba en ...Vol. 1, Burga esculpe incorpóreas panorámicas
de una vastedad más allá de cualquier cualificación posible: lo bastante
uniformes para permanecer dentro de los linderos trazados por el credo drone, y
con los suficientes accidentes orográficos para rehuir la planitud o chatura en
que resbalan similares empresas mal dirigidas.
Si antes la inspiración provino del apu Arín
(2916 m.s.n.m.), ahora la provee el apu Charán (2950 m.s.n.m.). Si en el
principio fueron cuatro piezas, ahora son tres -aunque su naturaleza unitaria nunca
queda en entredicho, diferenciándose éstas sólo por la numeración otorgada. Sin
embarcarse en progresiones específicas, las vibraciones y resonancias de “Templos
Y Portales I” plasman sobre el dronismo sobresaturado brochazos de musicalidad,
que no es lo mismo que melodiosidad. Con todo, se muestran intactas la
fascinación cósmica y la línea orbital dura de la experiencia preliminar. Quizá
debido a su “corta” extensión (siete minutos y monedas), “Templos Y Portales II”
siembra sospechas sobre si efectivamente no está Miguel Ángel apostándolo todo
a una musicalidad iterativa. Esas dudas quedan planteadas a pesar de los retumbantes
trece minutos y pico de “Templos Y Portales III”, que no sólo subrayan los rasgos
supremos de “...I”, sino que asimismo les magnifican al punto de ofrecer una furibunda y escarpada tempestad de noise drone -suspendida muy arriba de nuestras cabezas,
felizmente.
Marzo del ‘24 es el mes previsto para la
salida de Geografías Geométricas Vol. 3, a la par de un 8’’ en plan
tributo a la artista estadounidense Maryanne Amacher. Hasta entonces, quienes
no se sacien con los sísmicos zumbidos de ...Vol. 2 pueden hincarle el
diente al aperitivo que supone Down In The Valley EP, breve artefacto con
el que el también ex Espira da rienda suelta a su melómana pasión por interrogar
otros horizontes estilísticos -concretamente, los que florecen a la sombra del
dub.
El mencionado extended consta de dos surcos. El
primero es una ácida versión -‘(CC Remix)’- del clásico de Ike & Tina “Proud Mary”, enterrada bajo innumerables telarañas de reverb ecodélico y dotada de
una vaporizada eléctrica de ascendencia neopsicotrópica (me imagino que los ex
esposos habrán sonreído cómplices al escucharla, donde quiera que estén). El segundo
se asume ‘Alternative Dub’ de “N Dub”, originalmente empacado para Landing
en toma mucho menos acelerada y tridimensional. Gracias a ambos, Down In The
Valley EP se posiciona en un curso mucho más próximo al de Lass Dich
Leiten 7’’, pese a que no se asimila completamente a éste.
Hacía buen rato que no audicionaba trabajos recientes
de Wilder Gonzales Agreda. El último que degusté, Contracultura (No Al Arte Falso) (11/21), alcanzó a coronar una trilogía que también integraron Rojo
(8/21) y Patrocinado Por El Gobierno (4/21). Dicha tríada desvirtuó mi
hipótesis inicial -expuesta en la reseña de Patrocinado...- sobre una tetralogía
editada durante el primer año y medio de la Pandemia. A la par, la mencionada
terna consolidó su formato como la media que viene sosteniendo el experimentado
músico/no-músico de Los Olivos por espacio de al menos 36 meses.
El problema no reside en la dificultad para
seguir tan vigoroso paso editorial, sin embargo, sino en las ganas para hacerlo.
¿Por qué? Porque desde Terrorista! (‘19) y Real Music For Real People
(‘20), comenzaba a ser notorio que Gonzales Agreda necesitaba mesurarse en
cuanto a sus lanzamientos de hálito extendido. Descontando la excepción de Patrocinado
Por El Gobierno, los últimos títulos del norconeño incluyen dos/tres
composiciones logradas y mucho material que 1) necesita más tiempo para
fermentar, o 2) se merece hacer efectiva la opción “vaciar la papelera de
reciclaje”. Nueve discos en un trienio califica como desaforado despliegue de
creatividad, algo que nada tendría de malo si al menos tres cuartas partes de
cada uno de ellos fuesen aventajadas exploraciones sónicas más allá de las
fronteras habituales -la conditio sine qua non a observar siempre por la música
que se asume de avanzada.
Durante el ‘22, Wilder subió a Internet un
trío de nuevas entregas: No Me Importa Lo Que Diga La Gente (abril), Volador
(mayo) y Perdido (agosto). Ya que Contracultura... me había
dejado completamente exánime (en el mal sentido del término), no las escuché, y
por eso les concedo el beneficio de la duda. Entonces, a inicios de este ‘23 que
ya se muere, oí en calidad de adelanto exclusivo lo nuevo del olivense. “Sirenas”
me sonó insólitamente kraftwerkiano, como deslizándose entre el Computer
World (1981) y el Electric Cafe (1986), sólo que abstrayendo las
secuencias hasta hacerlas resonar en el Vacío. Un soplo de frescura que así y
todo no me bastó para adentrarme en los vericuetos del CD estrenado hace ocho
meses. Hasta ahora.
Anti Argolla Peruana podría catalogarse
como un intento serio de reinvención. El puzzle de “Post Huayno”, que se
adhiere al sonido vernacular de la zona central altoandina, acaba sugiriendo por-no-sé-qué-cortocircuitos-mentales
conexiones con aquello susceptible de describirse como mutante “post free jazz
digital”. Ciertamente una creación insular, si bien el resto del repertorio contiende
por sortear todos los lugares comunes en que ha incurrido el otrora Fractal en
años posteriores a Paraísos, Revoluciones Y Tú (‘17). Ahí figura “Rave
En Mi Alma” y su paulatino engrosamiento IDM, tras un despegue estilizado y
mistérico. También “Tenjira”, en la línea del intelligent techno clásico de
inicios de los 90s, sesudo sin cruzar el puente hacia intrincamientos gratuitos
y contenido a fin de evitar dar el salto a las músicas de aspiraciones pélvicas.
Otro tanto podría asegurarse de “Quiero Ser Una Haba”, sólido ambient noise
aislacionista que estimula los desarrollos sinápticos consagrados al ocio -los
más delectables.
Como es claro, Gonzales Agreda no abandona la
liza. Se mantiene en las mismas coordenadas estilísticas que fatiga desde hace
decenios. Lo interesante es que se ha afanado en mover su flama a través de éstas,
utilizando vectores que dibujan todo un proceso de convección. Hubiera logrado
completarlo, dando paso así a una nueva reinvención, sino fuera porque el
epílogo de Anti Argolla Peruana le lastra. Y sí, es verdad que “1994” y “En
Este País Todo Es Mafia” no empañan la buena performance antes descrita, mas sí
le impiden quedar redonda. Y una reinvención, como la de Lima Norte Metamúsica
por ejemplo (‘14), no puede ser menos que perfecta.
Se suele confiar en que a cada gran luchador
siempre le queda una última pelea dentro. AAP, probablemente el mejor
disco del buen Wilder desde el ‘19, me cura del susto y hace que renazcan mis
expectativas en que el man todavía tenga música/no-música valiosa que ofrecer
como artista avant garde. Que ello suceda después de muchos años de vacas
flacas, acaso en el balance sea puramente anecdótico. Pero de todas formas, alguien
se lo tenía que decir.