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jueves, 12 de febrero de 2026

La Vie: The Intelligence Of Love // Allanamiento Emocional: Zaza // Los Texao: El Sonido Niebla De Los Texao // 380: Ya Estás Grande

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 4 de febrero de 2026.)

LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (II)

No sé de ningún medio de comunicación, mainstream o no, que haya dado noticias del nuevo plástico de La Vie. Más allá de las opiniones que pueda éste merecer, comporta el regreso de un acto insular en el contexto sonoro underground arequipeño y nacional, status alcanzado desde que My Days In The Capital inaugurase su trajinar allá por el ‘12. El reingreso, para más inri, se produce tras prácticamente cinco años de un silencio que empezara con la pandemia del COVID-19. De allí que no se entienda el mutismo dispensado aún desde las trincheras de la crítica especializada.

Grabado en Cuzco, Sacred Valley (‘20) era la segunda y más atronadora clarinada de alerta sobre el proceso de transformación en que el unipersonal de Diego Romero se había embarcado, incursionando ya de lleno en una electrónica experimental premunida de grabaciones de campo y de digitales clústeres tonales. Por eso, el retorno que implica The Intelligence Of Love es doblemente importante. Respecto de su ascendiente, no sólo no sigue el derrotero trazado, sino que propone revisitar el folk de mampostería new age y el ambient drone -acrisolándoles. Este reexamen se hace sustituyendo la guitarra por el piano, lo que añade a la paleta de La Vie humores neoclásicos, y ciñéndose al principio minimalista con el ardor con que un espartano enarbolaba su escudo.

En cierto modo, la portada adelanta esos nuevos/viejos aires en los que ahora viaja el individualista. Si la de SV era la imagen de una foresta altoandina, la de TIOL se sirve de un bosque ¿ártico? captado a través de la ventana de una construcción noble, en cuyo interior habita un extraterrestre con varios teclados y suecher de Boards Of Canada. No percibo influencia del binomio Eoin-Sandison, al menos no evidente, pero sí alguna coincidencia estética. La más palpable: modelar la música como si fuera expresión de la plástica. Cuatro décimas partes de The Intelligence... remiten a la idea de audioesculturas, entretejiendo variaciones espectrales en torno a un flujo de vibraciones trabadas en un único omniacorde de inquebrantable serenidad: “Meditation I”, “Meditation II”, “Alien” y “Meditation III”, distribuidas durante los 26 minutos de la jornada.

Las otras seis décimas partes de The Intelligence Of Love postulan el concepto de audiorretratos, moldeados por la narrativa lineal de que provee el piano. La ejecución suele ser pródiga (“Diálogos De Platón”), un tanto nerviosa (“Intelecto”), un tanto apacible (“Love Is Kind”). La urgencia impele al movimiento interno: Diego gusta mucho de estructuras cíclicas y de meta-notas pedales, lo que le alienta a maniobrar con claves y escalas. Y si bien la primera mitad asoma signada por el neoclasicismo de Yann Tiersen y compañía, la segunda finaliza en curso de colisión hacia las resonancias de “Alien” y de las ‘Meditaciones’ (“Simplicity Is The Ultimate Sophistication”, “For Meredi”).

Existe la posibilidad de leer a The Intelligence... como una “excepción a la regla” en el camino de La Vie. Su inusitado golpe de timón respecto de Sacred Valley podría interpretarse de esa guisa. Sin embargo, no creo que deba ser tomado como un episodio digresivo. Pienso que Romero no optaría por retornar a la palestra con un largo que es en sí mismo excluyente, a menos que sea también el hito que señala el inicio de una nueva reconfiguración. La hipótesis de esta eventual segunda metamorfosis, pues, luce más próxima a verificarse.

Tengo recuerdos muy difusos de la única ocasión en que he visto en directo a Allanamiento Emocional. Era el primero de septiembre del ‘23, había tocada en El Templo (el local under de la Ciudad Blanca por antonomasia), y estaban programados muchos line-ups. Si bien me acuerdo claramente de las performances de NRA Ruido y de Alunaki, para cuando se planta frente a la audiencia el grupo de marras, yo ya andaba con el ojo pegado al reloj: pasaban de las 11 de la noche, no estaba cerca del alojamiento, y tenía que dormir al menos un par de horas antes de salir a las 3 de la mañana rumbo al Cañón del Colca. Felizmente, pude meterme en el sobre a medianoche, gracias a la ayuda inestimable de mi chochera Juan José Leyva.

Conservo jirones de una presentación muy caótica, mientras el público era ametrallado por numerosas esquirlas de punk y hardcore que ya habían sido materia de quién sabe cuánto reciclaje. Si la memoria me falla, las disculpas de rigor. Si no, el crecimiento del cuarteto ha sido gigantesco, a la luz de lo expuesto en su debut magramente bautizado Zaza. Aparece éste en septiembre del ‘25. A pesar de tener un feeling que va muy en la línea de los cochambrosos estilos antes mencionados, circunstancia de la que acaso se cuelguen quienes le denigren, su output ha evolucionado -o, en todo caso, crecido- lo bastante como para dispararse sin barreras hasta los predios del post hardcore. Incluso se roza muy levemente el math rock.

Fundado por el guitarrista/vocalista Eric Huarca (a) Chinosor, y actualmente delineado por Shande Cotrina (batería), Enoc Canto (literalmente gritos) y Jesús Mantilla (bajo); Allanamiento Emocional ha aprendido muy bien las lecciones que Fernando García Escaró a.k.a. Garzo ha impartido a través de Metamorphosis, Radiación Selenita y Plug Plug. Por ese lado se impone el determinante influjo del post hardcore, que te propina un robusto tacle desde la apertura epónima. No obstante, el combo tiene otros matices relevantes. Guiños al rock alternativo y en mucha menor medida al grunge logran colarse por entre las constantes deflagraciones a lo Touché Amoré, Circle Takes The Square o Title Fight (“Muéranse Todos Ya Por Favor De Una Vez”). También ese modo de incubar indie que patentó El Otro Yo (“Tengo Mucho Odio Para Esto”). Y ni qué decir del emo rock (“Sir Sueñito”), que campea a sus anchas en las letras -parecen todas escritas por Clare Cooper, de The Amazing World Of Gumball.

Para bien o para mal, son éstas y otras cosas más las que desmarcan a Allanamiento Emocional del resto de exponentes peruchos post hardcore, como Cataratas En Siberia o Fiesta Bizarra. Se avienen a bajar un cambio en la caja de velocidades cuando se necesita (“Zaza”), les encanta enrojecer las gargantas cada dos por tres (“Dime Ya Si Me Quieres”, “Estoy Muy Enfermo”), y no se hacen paltas al abordar distintos códigos sonoros en un mismo tema (“La Depresión”). Amplio abanico de exabruptos con los que desafiar el canon post hardcore, sólo para volverlo a entronizar a pie juntillas.

Dos cosas más a subrayar. Zaza acoge una toma de “La Masacre” añadiéndole una ‘B’. Asumo que se trata de una diferente versión a la que se lanzó en formato single. La del debut suena muy limpia, dejando que a Huarca se le entienda casi todo. Por otro lado, las más de las veces que Allanamiento Emocional se aproxima a El Otro Yo se producen cuando escuchamos vocales femeninas, lo que me recuerda ipso facto a María Fernanda Aldana. Una coincidencia, obviamente, ya que esas vocales no siempre son de la misma persona: ‘Luchia’ (“Estoy Muy Enfermo”) y ‘Rataela’ (“Sir Sueñito”).

Grata sorpresa, y cómo no, la que ha generado la edición de El Sonido Niebla De Los Texao vía la española Munster Records. Por fin podemos contar con un vinilo que recopila en apariencia todas las grabaciones realizadas por Los Texao. Muestras de su talento estaban disponibles en los dos volúmenes de Back To Peru..., así como en la recopilación Rock En Arequipa 1969-1974, pero hasta el año pasado no se acreditaban a título personal más que 3 singles hoy descatalogados y/o inubicables. Situación ignominiosa para un combo surgido en la ciudad de Arequipa en 1968, merecedor de un sitial entre sus pares peruanos que tomaron el relevo de aquella primera generación instro-garage-surf-beat sesentera que tantos comentarios provocó a comienzos de siglo.

Crónicas de época señalan que, en su tiempo, Los Texao fueron la banda más popular en todo el sur nacional. Víctor Dibán (voz, bajo), Juan Nuñez (guitarra, coros), Julio Torres (teclados, guitarra), Fernando Humbser (guitarra), Edgar Manrique (batería) y Adolfo Ballón (percusión) se ganaron esa fama hibridando la rebelde crudeza riffera del garage picapedrero, la incendiaria reverberación phaseada de la psicodelia de ADN latino y aquello que en el Perú de entonces se conoció como “la nueva ola”. El empleo extensivo de efectos fuzz y reverb en la eléctrica dotó a Los Texao de sus contornos definidos y de su timbre particular, al que la prensa catalogó como “niebla” por la marca de fábrica asociada a dichos efectos (Haze).

El Sonido Niebla De Los Texao repesca los tres sencillos que prensase Líder, además de material no publicado con anterioridad. En esos simples venían “Pobre Gato” y “Nada De Nada”, “Algún Día” y “Stone”, “Nunca Cambias” y “La Pelea Del Gobernador”. Las últimas cuatro canciones son originales de los mistianos, mientras que “Nada De Nada” es del conjunto chileno Los Beta 4 y “Pobre Gato” del inglés Shel Shapiro. Todas se ubican en el lado A del acetato y al inicio del lado B (“Algún Día”), testimoniando la cadenciosa magia alucinógena y lo fi que estos arequipeños practicaron ya entonces. De entrada nomás con “Stone”, quedan dibujados en la mente el fuzz que se expande cual gas propano y un background rítmico macerado en el rock de garage. La psicodelia se torna fibrosa (chequear el impresionante solo de flauta traversa en “La Pelea Del Gobernador”), en tanto los tempos se mitigan y los registros se trastocan, como girando en torno a una elíptica que en realidad les hace volver al punto de partida (“Nunca Cambias” y su coda sabrosamente latina).

En tal sentido, el punto más elevado de enteogénesis es “Algún Día”. Pero, como ya se dijo, Los Texao también le entraban a la nueva ola. Así queda demostrado en “Nada De Nada” (shalalalas coludidos) y en “Sookie Sookie”. Con todo, la prueba definitiva de esa debilidad por la fiebre nuevaolera es la relectura de ese “Gimme Little Sign” de Alfred Smith (a) Brenton Wood que popularizó en Latinoamérica la versión del mexicano Roberto Jordán (“Hazme Una Señal”), y que el sexteto cose a “Coge Mi Mano”. Por alguna conexión subconsciente que no me es dado descifrar, “Swarlb” me remite constantemente a “Sentimientos” de Los Belkings. Y el postrer “No Time” se erige como una suerte de mini-repaso por las distintas sonoridades que cultivaron Los Texao. A la altura de Traffic Sound o Telegraph Avenue, en mi modesta opinión. Otro fragmento de nuestro patrimonio sónico pop arrancado de las garras del Olvido.

Debido a una u otra razón, no he tenido la oportunidad de escuchar concienzudamente a 380 sino hasta hace poco. Intenté hacerlo un par de veces antes, pero no quise comenzar por singles o tracks sueltos, y desconocía que la agrupación contaba con una obra anterior a la que impulsa estas líneas. Hubiera sido bueno empezar por el principio (El Colegio Me Volvió Un Mono, ‘23), como para abundar también acerca de desarrollos temporales si éstos tuviesen lugar. Ya que no ocurre así, toca dirigir todas las miradas hacia el segundo esfuerzo de los rojinegros, considerados “grupo revelación” desde hace al menos un bienio.

Uno de los retos más complicados de resolver para quienes nos dedicamos al inútil arte de escribir sobre música pop es el paso del Tiempo. Teóricamente, el carburante te dura un máximo de dos décadas, condicionado a ese imperativo biológico que acostumbra impedirte absorber nuevas músicas al aterrizar en la treintena. Por supuesto, hay excepciones saludables, para las cuales ese imperativo o bien se retrasa quién-sabe-cuánto o bien no existe. Me gusta pensar que soy una de esas excepciones, al haber llegado al medio siglo de vida y tras tres decenios invertidos en este ingrato “oficio” sin dejarme obnubilar ni por la oxidada veteranía de algunas tendencias ni por la insolente frescura de otras.

380 es quizá el nombre que más ha trascendido desde la escena independiente forjada al pie del Misti, ocupando palestras de medios algo más masivos que los de costumbre y tocando en festivales de la capital. Si tengo que opinar basándome exclusivamente en el repertorio de Ya Estás Grande, no consigo entender por qué. El referido álbum tiene conchudez y energía, cualidades sin las que el punk no puede germinar y prosperar. Porque, sí, 380 es punk rock; pero ello no tiene por qué tomarse a priori como demérito. Células de ese corte que consiguen ir aunque sea un poco más allá del canon ‘77, ha habido, hay y habrá. Así hablemos de egg punk (Antibióticos).

El problema es que no encuentro nada más para rescatar en YEG, una vez elogiados el desparpajo y la pujanza aludidos. Por default, he tenido que reproducir cinco veces la placa, y la impresión acaba siendo siempre la misma. No sé en qué creen las juventudes del hoy que se confiesan punks, pero si su rollo es más o menos equivalente al de 380, habrá que ir prendiendo velas para que esto no sea sino un error en la Matrix -o el vetusto alarido punkie acabará irremisiblemente arruinado. Una primera parte del CD oscila entre el punk clásico y el pop con accesos de... pachanga. Cuando al cuarteto de Lucía Ramírez (voz/guitarra), Milagros Caja Morales (guitarra), Diego Cornejo (bajo/coros) y César Llerena (batería) le da por “bromear”; y ello sucede bastante seguido, queda como chistoso en el peor sentido de la palabra. No causan ni pincho de gracia esos “diálogos” forzados, esas frases de zafio autobombo, esos “sound effects” que aspiran a la risotada fácil. El colmo de esa intencionalidad es “Final 100% Real No Fake”, publicherry payasamente atorrante que invita a seguir torturándose con más canales.

“Enfermitos Enamorados”, sexto surco de Ya Estás Grande, es recién el primero que no me provoca presionar skip sin más. Y no es ni de lejos susceptible de ser antologado. Eso te da una pista de lo que vas a encontrar no sólo antes, sino igualmente después. En la mitad de sus veintenas, esta gente no tiene mejores ideas para sus canciones que “quejarse” de los amantes LGTBIQ de sus parejas (“SadBitch”), seguirla pegando de comediantes involuntariamente desastrosos (“Punks De Mierda!”), o hacer alharacas de género (¿recurrirían en “Estoy Cansada!” a esa coartada tramposa si quienes les critican fuesen mujeres y quien canta fuese un hombre?). De todas maneras escucharé el primer disco, pero no creo que en el futuro le preste más atención a proyecto tan aguachento, cuyo logro más destacable aquí sea quizá ese arranque de sinceridad que puede haber materializado “Mi Música No Es Buena”.

Poco más que un meme.

Hákim de Merv

jueves, 9 de noviembre de 2023

Brown Sur: Histeria Del Mundo // Asia Menor: Enola Gay

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 1ero de noviembre de 2023.)

Tras 24 horas de haber sido disparado en YouTube, tuve conocimiento del dúo Brown Sur y de su pistoletazo de salida Histeria Del Mundo gracias a uno de los implicados, Francisco Lillo Ortega. Al cantautor lo tengo referenciado desde hace mucho por su protagónico desempeño en Nubosidad Parcial, La Oficina Del Sueño y Tripulante De Soma; notables formaciones de la escena independiente mapocha todas ellas. La apuesta, entonces, podía razonablemente jugarse hacia la “bisoña” mancuerna -que de tal no tiene sino el tiempo de creada.

Brown Sur, que completa Claudio Lavin, guitarrista de ilustración ambient en Antonio Kulumi y en Lasavia; se ha definido a prima facie como una banda de pretensiones cósmicas, e incluso ha subrayado sutilmente cierta orientación psicodélica. Desde fuera, puedo dar fe de una indefinida orla lisérgica ni bien permean el éter las primeras notas de “Andares”. La enteogénesis propuesta, pese a ello, tiene menos que ver con un sonido histórico determinado que con una envolvente estética de texturas sedantes y relucientes -una que puede acoplarse a distintos géneros.

Sin ir muy lejos, “Andares” es pop de guante blanco y de tiento firme, que remite a la big music de los 80s. Si bien con registro más áspero y mixto, en esos mismos dominio y rango se ubica “Indistinguibles”, el dilatado cierre de esta entrega. También “No Es Nada Personal”, canal más decididamente rockero desde la violenta irrupción de la teba y su inusual giro de tuerca a mitad de recorrido -grandilocuente punteo de eléctrica incluido. “No Es...”, sin embargo, ya lleva adheridos elementos identificables con el indie.

HDM echa mano de más colores, así y todo. Al escuchar los latidos iniciales de “Lejos De Lo Mundanal”, uno/a se siente tentado/a a hablar de mestizaje. Felizmente, la subsiguiente “Histeria Del Mundo” muestra que eso sería un error garrafal, y que es más correcto hablar de una fusión ceñida a la rítmica de algunas de las canciones. En efecto, el surco epónimo mueve la proa hacia regiones de un estilizado dub que no empaña el cariz semi-tribal que penetra ambos números.

Y asimismo está presente una mesurada vocación experimental, en temas como “Es El Resto” y “En La Neblina”, a la sazón los más breves de la placa. Parece haber además cierta fijación de parte de Brown Sur hacia collages de diálogos fragmentados, no excluyentemente en nuestro idioma, enmarcados por tenues pálpitos del bombo/improvisaciones de guitarra/ruido acumulativo. Ni aquí se desvanece esa atmósfera de ensoñación entre onírica y psicotrópica, ni mucho menos en el surco psicodélico/cósmico por antonomasia de Histeria Del Mundo -“Angelita Huenuman”, suerte de cuento geórgico arrullado por el murmullo del mar y por una guitarra en perfecta ascesis cannábica.

Aceptable puntapié inicial, que la sociedad Lavin/Lillo ha encarado como banco de pruebas para testear múltiples escenarios. El siguiente paso ha de ser dado con mayor firmeza.

De pigmentación abrumadoramente indie y tinturas equivalentes, Fisura ha engrosado su catálogo en agosto con el debut de Asia Menor, cuarteto temucano donde militan Diego Seguel (eléctrica, sintetizador, voz), Cristóbal Mora (baquetas), Jorge Scheuermann (eléctrica, voz principal) y Aníbal Vergara (bajo). El sello santiaguino ya había soltado dos singles virtuales a modo de adelanto, “Doce” y “Patio”, que fomentaron cierta expectativa en torno a lo que pudiese ofrecer un desarrollo más extenso de la propuesta enarbolada por los sureños.

Después de escucharle varias veces, encuentro lícito afirmar que Enola Gay es un primer esfuerzo animoso, sacudido entre el math rock y el post hardcore, unas veces arrojada y otras delicadamente. Las primeras son norma desde la apertura “Patio” hasta “La Naturaleza”, mientras las segundas proliferan entre “Flores Del Naranjo” y “Buenas Noches”. En medio de ambas porciones, el breve “Instrumental” supone la justa línea ecuatorial para hacer una pausa, recargar pilas y encarar con renovados bríos el resto del viaje -como si hubieran vuelto los días de esplendor del cassette, y aprovechases el cambio de lado para aprovisionamientos/recalibraciones de último minuto.

Bien sea una faceta o la otra, a los muchachos de Asia Menor les encanta la distorsión en exceso. Pese a ser por lejos su canción más pausada a la fecha, “Buenas Noches” no deja pasar dos minutos sin empezar a flirtear con el ruido en estado indómito -la medianera de noise amplificado sólo desaparece una treintena de segundos antes del final. Lo mismo sucede con “Lento”, medio tiempo cuasibaladesco que se vale de puentes de guitarra para conectarse con su antecesor y con su sucesor, y que atiza crescendos y diminuendos para hacer entrar y salir de sí mismo una agobiante deformación decibélica. Otros ejemplos, mitigados merced a drásticos cambios de pulso sincopado, son “Flores Del Naranjo” y “Estrés”.

Las composiciones de Scheuermann y compañía suelen estar empantanadas de texto, pero ello no necesariamente indica una fascinación verborréica. Generalmente, la letra está dosificada, de tal manera que no ataranta ni asusta al/a la escucha. El exceso, empero, ocurre más veces en la primera mitad que en la segunda (“Buenas Noches”). Tal vez sea porque los colores de este 50% son más festivos, o se precipitan vehementemente -no por nada, se enseñorea aquí un exultante espíritu de alcurnia punk. A ratos con menos revoluciones (“Defensa/Cortar”), a ratos apelando al quiebre y rearme de la percusión (“Tesela”, “La Naturaleza”), a ratos con más revoluciones (las demoledoras tomas de “Patio” y “Doce”); la incombustible huella del Año Cero ’77 acicatea las notas con que los chilenos entretejen el tramo inicial de este grato repertorio de 11 tracks.

Mundaka, la cara menos agresiva de Fiesta Bizarra, Almirante Ackbar y sobre todo Plug-Plug son equivalencias patrias que pueden servirte para que te hagas una idea más precisa del rollo a que se adscribe Asia Menor. Por cierto, esta denominación y la del estreno me han hecho pensar en Waltz With Bashir (2008), por asociación de ideas. La portada del disco muestra interiores de una edificación en ruinas, dolorosa imagen que en estos aciagos días se ha vuelto común justamente en Asia Menor, y la enorme película-testimonio del gran Ari Folman utiliza en una escena el clásico de O.M.D. “Enola Gay”, nombre que de por sí acoge funestas connotaciones bélico-atómicas. ¿A que sí?

Hákim de Merv

jueves, 25 de noviembre de 2021

Les Replicants: s l e e p / p a r a l y s i s / d ae m o n 金縛り鬼 // Cualquiera Puede Hacer Esto // Leñadores666: Leñadores666 // Bondage: 2010-2019

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 17 de noviembre del 2021.)

Varias han sido las oportunidades en que me he referido a Les Replicants como una de las propuestas más interesantes aparecidas en la escena peruana independiente de fines de los 10s. La última de estas ocasiones se dio a raíz de Ser/Ver, mini-álbum del 2020 que le dejaba en posición expectante. A éste, no ha tardado gran cosa en sucederle s l e e p / p a r a l y s i s / d ae m o n 金縛り鬼 -un largo que, lejos de corregir los poquísimos defectos de su predecesor y/o aumentar sus muchas virtudes, transmuta dramáticamente el registro de la dupla.

A todo esto, es válido preguntarse si sigue siendo Les Replicants un dúo. Porque en s l e e p / p a r a l y s i s / d ae m o n 金縛り鬼 vuelve a brillar por su ausencia Luz Cáceres a.k.a. Luxsie, y a ocuparse Walter Arellano del íntegro de la chamba. Con dos de dos, encima consecutivas, la pregunta por la ex Taneli Lucis al inicio de este párrafo se justifica plenamente. Cual fuere, la respuesta no implica en sí misma demérito alguno, como tampoco lo comporta el radical giro maniobrado respecto de Ser/Ver.

Tras surcar el elaborado maridaje entre notas etéreas, drone music, ambient de baja fidelidad y lecciones de renovación lisérgica dictadas por Loop, Spacemen 3 y los primigenios Primal Scream; el replicante Arellano reorienta la proa de su nave hacia esa zona liberada que habitan por igual el bliss pop y el post rock. Füxa, A Silver Mt. Zion, Flying Saucer Attack, Windy & Carl... Aún cuando podría argüirse que el grupo/solista pierde al dejar atrás el ácido coctel alquímico de su primera etapa a favor de una aleación menos multiforme, ello no es necesariamente verdad.

Por desgracia, en este esfuerzo de Les Replicants sí que lo es. Cuando s l e e p / p a r a l y s i s... despega de la mano de “3 3 3 3 3 3 3 3 3”, queda en evidencia el casi traumático golpe de timón en el historial de la banda/entidad. Arellano apuesta por una travesía de taciturnos encajes, de elegíacas urdimbres. Las sonoridades que pueblan el tema privilegian por igual la delicadeza y la armonía, la quietud y la duermevela, el retrofuturismo del post rock y las laxas vibraciones elongadas del bliss pop. Hasta ahí, todo bien. 

Las dudas comienzan a surgir cuando agoniza “d i m m e d v i s i o n”. A pesar de su angélica aura de embelesamiento, sientes cierta somnolencia debido a la falta de mayores vueltas que diferencien con claridad cada episodio de la jornada. Cuando ganas la orilla de “l i q u i d i n d u c e d c o m æ”, ya tienes buen rato devanándote los sesos pensando cuánto más va a estirarse un plástico que pudo haberse adecuado al formato del anterior, y que no consigue eludir el tedio y la monotonía que le acaban devorando. Decepcionante este s l e e p / p a r a l y s i s / d ae m o n 金縛り鬼, pero no por ende malo -regularón, nomás. Primer tropezón en la marcha de Les Replicants, todavía se pueden realizar las enmiendas necesarias para remachar el barco.

El más modesto repaso a su nómina, inaugurada en diciembre del 2011 con un four-way CD en el que metían mano Procrastinación 1 Yo 0, Angkor Wat, Juan Sáyago y Sparx; basta para corroborar que LaFlor Records se ha constituido en otra admirable trinchera de resistencia sónica contra la pasteurización de la música pop que el mainstream espolea. Amparada en una monolítica ética de trabajo y de activismo DIY, esta label celebra sus diez años de creación con Cualquiera Puede Hacer Esto, deliciosa recopilación que recorre el espectro global de su oferta.

Ésta germina y se desarrolla principalmente en torno a cuatro vetas: el post hardcore, el indie, el fastcore y el post rock. Por supuesto, existen permutaciones entre estos estilos, una de las cuales es la que más réditos artísticos ha reportado al sello -el indie/post hardcore. Procrastinación 1 Yo 0 (“Dos”), los desbandados Un Viejo Arcoíris (“Lo Hice Sin Pensarlo”) y Fiesta Bizarra (“Oh Summer Summer”), que rompen los fuegos del muestrario; se cuentan entre sus cultores, como asimismo Way 98 (“Dreaming”) y los ma-ra-vi-llo-sos Angkor Wat (“Cómo Construir Un Universo Que No Se Haga Pedazos Dos Días Después”, casi al finalizar la reproducción).

Otra de esas permutaciones es consecuencia del acoplamiento entre el post rock y el indie, permutación de la que menudean ejemplos antologados aquí: Incendios Forestales Del Viejo Continente (“Haru Ora Ora”), Avida (“Modo Dios”), Juan Sáyago (“Las Nubes No Son Del Cielo”), LÖRI (“Luna Roja / La Dicha De Lo Banal”), el cuarteto afincado en Massachusetts Dios Trio (“Japan”, interesante despliegue de urgencia y virtuosismo). Por otro lado, el fastcore se mimetiza con una poca de grindcore y otra de thrashcore en un segmento nítidamente perfilado de Cualquiera Puede..., donde la velocidad maníaca/sobrehumana linda con un tipo de ruido tan pestífero como insanamente sentido. Exponentes de esa puntual barbarie son Poncho Negro (“Algún Día Seremos Imperturbables”), el combo argentino Ostende (“Palabras, Palabritas (A Los Conservadores)”) y Kuroneko (“Cuántas Veces”).

Por todo lo expuesto, es lógico inferir que tal vez sea el indie el mayor protagonista no sólo de esta placa panorámica, sino de las producciones de LaFlor -habida cuenta de ser ésta, junto a la del stoner, la estética que más fácilmente se ha integrado al vocabulario pop contemporáneo. A las fusiones ya revisadas, hay que sumar los vasos comunicantes que tiende el indie hacia el pop, como en “Pigmalion” de POLVOS y en “Es De Lamentar Que La Tradición Sea Utilizada Como Guía Irrefutable Hacia La Belleza Y La Perfección” de Moholo Nagy. También, aditar las expresiones de ascendencia bedroom pop, como “Hueles A Que Me Vas A Romper El Corazón En Un Millón De Pedazos” de Rü (la célebre identidad de Bruno Cuzcano) y “El Amor Real” de Muñeca Globo (donde asimismo Cuzcano participa); y hasta las menos contaminadas, del tipo Cometa A La Deriva (“Rosé”) y Muchacha Punk (“Demi”).

La explosiva “Pando” de Parahelio, en versión actualizada del corte cedido para el three-way CD 7000 Metros Sobre El Nivel Del Mar (2017, con los chilenos Droste y los ecuatorianos Escape From The Machinery), es la única representante del post rock presente en el volumen. Esta situación la hace prácticamente una excepción, como acontece además con “Madrugada” de FM (insólito dark pop) y el surco homónimo de No Somos Lo Que Fuimos. Quien argumente que este último tiene tanto de indie como de hardcore e incluso de punk, debe igualmente admitir que, a diferencia de los primeros nombres mencionados; NSLQF parte del hardcore punk para trasladarse al indie.

Sustancioso artefacto que invita a descubrir y a deleitarse con los testimonios que saca adelante la excelente escudería limeña. Pese a la dificultad de los años pandémicos (los que ya hemos sorteado y los que aún tenemos por delante), espero que esta gente no tire la toalla.

“El único valor de Oasis es que termina siendo una urgente advertencia sobre los peligros del rock ‘puro’. Ser un autor puro es lo más difícil, ya que su música tiende a ser la más accesible y comercial”. Estas palabras, enunciadas por mi gran amigo Sebastián Pimentel, corresponden a un artículo desmitificador sobre los mancunianos más sobrevalorados de la Historia; redactado en 1998 para una publicación de cuyo nombre no me da la gana de acordarme.

Hoy, los purismos están en franco proceso de acelerada extinción. El dictamen de Pimentel ha terminado siendo profético, si bien por razones distintas a las que su autor consigna. Quién podría imaginar entonces que, veintitrés años después, viviríamos en un mundo totalmente interconectado, sin las vanguardias que impulsaron la evolución de los movimientos culturales y artísticos del siglo XX... abocados los/as creadores/as artísticos/as a experimentar las cruzas en apariencia más improbables.

En todo esto me ha hecho pensar el debut homónimo de Leñadores666, sexteto del que forma parte un animador histórico de la movida nacional, Óscar Reátegui (T.S.M., Dios Hastío). Como ya sospechas, lo de L666 limita con el purismo, punk en este caso. Y he ahí el primer problema que se aparece: donde actualmente las haya, a las nuevas hornadas punk rock no se les ocurre ni por hueveo alentar cierto parecido con sus pa(d)res del estallido ’77. De hecho, plantearse la cuestión está fuera de discusión. Ello es lo que hace, sin embargo, Leñadores666: re-crear lo que ya en 1979 la aguerrida Lydia Lunch definía como “un recalentado acelerado de tópicos riffs de Chuck Berry”.

¿Ser ortodoxamente punk es, ergo, un atavismo en pleno siglo XXI? Pues si un discurso tan manoseado como el gothic viene reverdeciendo laureles gracias a un proceso de desafectación que le ha otorgado nueva vida convertido en minimal goth, no queda responder a esa interrogante sino afirmativamente. Desde que la “Intro” de Leñadores666 apresura las notas de “Frustración”, no suena otra cosa que punk rock (ejem) “clásico”. Esto es, derivativo, añoso in extremis, por espacio de casi una hora. Y ése es el segundo problema que afrontar: los doce primeros números tienen una duración promedio razonable para ser punk, quedándose el decimotercero a segundos de arribar a los ¡¡¡21 minutos!!! ¿Es éste, por ventura, un número que proponga alguna novedad? No: es una colección frankensteiniana, con sonido paupérrimo, de tomas fragmentarias en vivo y ensayos de algunos canales previos -incluye una de las canciones reproducida al revés.

Una postal adjunta al ejemplar que recibí del CD afirma que éste recoge “toda la tradición oral de los trovadores pastrulos de San Martín De Porres”. Supongo que algo de cierto tendrá ese aviso, porque las letras de varias de sus tonadas -“Adicción”, “Sharon Love”, “Frustración”- podrían llegar a ser hasta bizarras si no fueran extremadamente ridículas: “...Frustración, Frustración/Que Me Aplaste Un Camión...”, “...Mientras Cae La Brisa/Ama A Tu Nodriza...”, “...¡Homenaje A La Mujer Maravilla!...” (la peor de todas). Lo que podría resaltarse/rescatarse de la ejecución del conjunto queda empañado por estos abundantes deslices.

Un estreno que deja muchísimo que desear -tal vez puedan salvarse “Todo Llega A Su Fin” y “Sábana Azul”, esencialmente por méritos que atañen a sus respectivas líricas, las únicas que no merecen el vilipendio del resto.

Días después del artículo que escribí el año pasado sobre Rip Off Records, la independiente trujillana enfocada en grind/drum’n’punk/fastcore/electrónica de bulla extrema puso a la venta un cassette recopilatorio de Bondage. Las circunstancias -un cuadro agudo de stress- me impidieron tener noticia de éste y otros trabajos patrocinados por la plataforma de Javier Panter y Mila Celis, y luego la hoja de ruta que seguí me eyectó hacia coordenadas bien distantes de las que frecuenta ROR. Se justifica, así, dedicarle algunas líneas a una producción que lleva más de doce meses circulando -bueno, es un decir: los 30 ejemplares del tape, que venían acompañados de un pin y un fanzine con letras y fotos, hace rato se agotaron.

¿Y qué es Bondage? Aparte de la primera y más evidente acepción del sustantivo, ligada a las prácticas BDSM, éste designa al proyecto unipersonal del liberteño Juan Carlos Paredes Jara. Bondage se granjeó cierta repercusión merced a un epónimo mini-LP facturado en físico a través de Discos Invisibles, hace siete años. Con código de catálogo “diso022”, el esférico reeditaba su ópera prima -también epónima, 2012, vía la desaparecida Prison Thatt Records-, y le complementaba estrenando tres composiciones más una versión live interpretando “Ghost Rider” de Suicide. Se habló por aquellos días de un sonido deudor del synth punk, etiqueta que también cultivaran los finiquitados Varsovia en Recursos Inhumanos (2014). Posteriormente liberó Bondage una nueva referencia discográfica (2019), otra vez desde el regazo de Discos Invisibles, que no he podido degustar.

2010-2019 arrambla completo el mini-álbum del 2014 en la primera cara de la cinta, rescatando en la segunda dos cortes no repescados del epónimo del 2012 (“Zombie Hardy Cum”, “My Boy Operated”), otros dos de un “pre-álbum” sin denominación oficial colgado el 29 de mayo del 2013 (“Tu Vida Y Mis Susurros”, “Hustler Blanco”), y dos lados B inéditos hasta el 2020 (“Castigos” y “Atardecer”). En el desván, se quedan por ahora los remanentes: “Contigo”, “Cerebro”, “Soñando Contigo”, “Oraciones Porno” y su single virtual del 2015 “Vendidoh”.

Es verdad que lo de synth punk le cae a Bondage como pedrada en ojo tuerto. Las sistólicas crepitaciones del teclado, las llanas percusiones seriadas, el cavernoso reverb de niveles potencialmente malignos, la terriblemente atroz ausencia de limpidez en sus grabaciones; todo ello remite por igual a los días fundacionales en que los teclados empezaron a adecuarse a la minimal estética DIY diseminada gracias al escupitajo punk. Por asociación de ideas, estas características también remiten a Suicide, el legendario dúo neoyorquino precursor en el uso altamente expresivo -hiriente, dramático, desespera(nza)do- de las nuevas tecnologías que estarían a disposición de músicos y no-músicos conforme avancen los años. No es equivocado alegar que el crujiente pitido de “Tu Vida Y Mis Susurros”, por ejemplo, le convierte en el “Ghost Rider” del individualista norteño.

El output del acto, sin embargo, no queda encorsetado por estas influencias. Paredes Jara experimenta con el noise de garage (“Hustler Blanco”), transforma el synth en proto-industrial del más escarapelante (“Zombie Hardy Cum”), fuerza a este último hasta convertirle en antífona que preludia al Apocalipsis (“Castigos”). Sus viñetas insinúan visiones a cual más pesadillesca del horror que se oculta en la fresona cotidianeidad auspiciada por la mass media y el desfile de imágenes technicolor con que se/nos acuna. Es la de Bondage una música intensa y caótica (“Adentro”), de ofídica performance vocal, sintetizada/recuperada a partir de huaycos anti-rockistas de ruido analógico en permanente colisión (“Algo”), que no defrauda ni cuando acomete formas más o menos convencionales -el rock’n’roll lyncheano de “My Boy Operated”. Puede que sea ésa su mayor fortaleza: un pavor por los lugares comunes, reconvenido en la búsqueda disciplinada de aquello que todavía no identifica pero sí intuye -vg. el harsh grind de “Instrumental” o el psicótico pigfuck de “El Fin De Nuestros Afanes”. Sumamente laudable.

Eso sí, me sigue pareciendo desordenado el cover de Suicide en directo.

Hákim de Merv

miércoles, 18 de agosto de 2021

The Problem Of Leisure: A Celebration Of Andy Gill & Gang Of Four

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 11 de agosto del 2021.)

Terminando de audicionar I'm Your Fan • The Songs Of Leonard Cohen By... (1991), hasta donde sé el primer disco-tributo de la historia, me quedó clarísimo que esto de los álbums en modalidad homenaje iba a ser materia de interminables polémicas. Los 90s, década especialmente prolija en jugadas de este jaez, confirmarían lo peliagudo que resulta conducirse hasta el punto exacto de equilibrio entre pleitesía e iconoclasia -sean los involucrados personajes de polendas (The Cure transfigurándose en Depeche Mode, Terre Thaemlitz en Kraftwerk, Mercury Rev en David Bowie), unos completos desconocidos (Children Within transmutando a The Cure, Trance To The Sun a Joy Division, Gee a Talking Heads), o caseritos especializados en admirativas metamorfosis (The Shroud covereando a The Sisters Of Mercy y a Bauhaus, The Electric Hellfire Club a Pink Floyd y a Slayer, The Last Dance a Siouxsie And The Banshees y a Dead Can Dance).

Al cabo de un tiempo, el adagio que garantiza la inexistencia del disco-tributo perfecto fue ungido como verdad universal. The Problem Of Leisure: A Celebration Of Andy Gill & Gang Of Four (2021) lo refrenda, pero no se queda allí, pues el díptico ratifica además el tabú casi reverencial de los orquestadores de tributos cuando de acercarse a la obra de cualquier combo post punk cosecha 1977-1984 se trata. En efecto, salvo los casos de Joy Division (a partir de cuyo legado un importante porcentaje del sonido post punk se decanta convirtiéndose en dark rock), de Wire (Whore - Various Artists Play Wire, 1996), de Pere Ubu (Ubu Dance Party: A Tribute To Pere Ubu, 1997) y de Killing Joke (Absolute Respect - A Tribute To Killing Joke, 2010); los protagonistas de aquellos flamígeros años permanecen aún intocables. De hecho, resulta harto sorprendente que se hayan atrevido tempranamente con Wire, uno de los arquetipos del post punk original, como asimismo lo son P(ublic)I(mage)L(td) o Gang Of Four. Y es que meterse a releer los logros concluyentes de una de las últimas insurrecciones inequívocamente deconstructivas en los anales de la música pop no es moco de pavo.

Mediando las inevitables separaciones producidas en el curso de cuatro décadas, Gang Of Four lleva apenas diez largos editados. Su última producción, el Anti Hero / This Heaven Gives Me Migraine EP (2020) sale a la venta meses después de fallecer el guitarrista Andy Gill. Por una mera formalidad, el extended debería ser el punto final en la carrera del cuarteto -ya que, ateniéndonos a sus mayores réditos artísticos, la banda no debió haber vuelto tras su primera disolución (1984). En demoledor contraste, los primeros trabajos de la Pandilla de los Cuatro aseguran su inclusión en cualquier antología temática sobre la gloriosa asonada post punk: una explosiva abrasión minimalista, vertebrada por enajenantes eléctricas punzo-cortantes y síncopas funk de tarolas al parecer forradas en provocador spandex negro, es la que da forma y sustancia a la música demencialmente angular que firmasen Jon King (vocales), Hugo Burnham (batería), Dave Allen (bajo, segunda guitarra) y Gill en Entertainment! (1979), Solid Gold (1981) y el inflamado EP Another Day, Another Dollar (1982).

Bautizado a partir de la primera línea con que abre la letra de “Natural’s Not In It”, The Problem Of Leisure... ha sido ampliamente publicitado desde la página Facebook oficial del otrora célebre conjunto británico (el único abiertamente comunista del fragmentado colectivo posterior al punk). No se acredita en su gestación y/o confección, empero, a ninguno de los GOF sobrevivientes. Lo primero que asoma evidente es su inmoderada extensión: sumadas ambas rodajas lumínicas, no se alcanzan los 80 minutos. ¿Por qué entonces una presentación doble, si no hay el menor sesgo conceptual que la justifique (caras A versus caras B, pesos-pesado versus pesos-pluma, etc)? Dos o tres interpretaciones, además, pudieron quedar fuera del producto final, para tampoco extenuar al oyente.

Otro defecto es la exasperante incidencia sobre determinadas canciones del repertorio de los cuatro de Leeds. Cierto que se rearman números de discos que rankean lejos de sus momentos más memorables -el Anti Hero... EP, What Happens Next (2015)-, e incluso una rareza en apariencia inédita como “Last Mile”, pero el grueso del repaso va del Entertainment! al Songs Of The Three (1982). Aunque he reconocido líneas atrás que ésa es su época más valiosa, los 20 comparecientes del homenaje tenían material de sobra para escoger cada uno una pista distinta. Tal cosa no sucede: hay dos versiones de “Damaged Goods” (una curiosamente meliflua gracias al dúo británico La Roux, otra en manos de los ahora populares Idles), dos de “Natural’s Not In It” (la primera por cuenta de Tom Morello -Rage Against The Machine- y Serj Tankian -System Of A Down-, la segunda acreditada a Everything Everything), dos de “I Love A Man In Uniform” (inofensivo indie la de The Sounds, synth funk+alt pop de coros estrangulados la de Herbert Grönemeyer con Alex Silva) y... ¡¡¡tres!!! de “Not Great Men” (la songwriter LoneLady, Flea & John Frusciante con el Silverlake Conservatory Youth Chorale, el ensamble gamelán Sekar Melati). Sólo con las versiones hasta ahora listadas, se completa casi un disco de dos. ¿Y “Cheeseburger”? ¿Y “FM USA”, del fallido Mall (1991)? ¿Y “Call Me Up”? ¿Y “Tattoo”, del olvidado Shrinkwrapped (1995)? ¿Y clásicos indiscutibles de la talla de “At Home He’s A Tourist” o “I Found That Essence Rare”? Ni la sombra.

Tercer strike: ¿qué propósito tiene que el track list de ambos volúmenes comience exactamente de la misma manera, encajando primero “Damaged Goods” y luego “Natural’s Not In It”? Si se esperaba gatillar algo en la materia gris con ese bis, debo ser analfabeto en ello, porque no experimenté nada.

Por suerte, The Problem Of Leisure... no sólo tiene vicios. En la relación de sus virtudes se hace imperioso contabilizar a “Paralysed” de los cumplidores Warpaint, a “In The Ditch” de Helmet y su metálico post hardcore, y a “Forever Starts Now (Killing Joke Dub)” de Jaz Coleman y compañía al alimón con GOF -cuyo último LP, Happy Now, data del 2019-. También a “Where The Nightingale Sings (Redux)”, relectura casi trip hop donde los Gang se suman a 3D Del Naja (Massive Attack), a la maravillosa toma post synth de “Love Like Anthrax”, a cuatro manos entre el DJ de Birmingham Ade Fenton y el incombustible Gary Numan, y a “Last Mile” de Hardcore Raver In Tears. Pudieron haber obtenido lugar en este catálogo el cover de “To Hell With Poverty!” del japonés Tomoyasu Hotei y el de “We Live As We Dream, Alone” de Gail Ann Dorsey (sesionista en las grabaciones del Mall), pero al primero -que se cuelga del brutal rework incrustado en la recopilación Return The Gift, 2005)- se le escurre el balón fuera de la cancha hacia el final, y la segunda plantea una versión casi de karaoke que no entiendo cómo funciona siquiera a medias.

Para el olvido: “Return The Gift” del ex Legião Urbana Dado Villa-Lobos y “What We All Want” de los intragables Dandy Warhols.

Parafraseando al gran Fidel Gutiérrez, tal vez la mayor virtud de este doble sea causarte unas desesperadas ganas pavlovianas de volver a escuchar los primeros asaltos de esos cuatro muchachos oriundos del norte del Reino Unido -cuya revolución, inconclusa hace más de cuarenta años, permanece vigente y absolutamente atemporal planchada en vinilos que la historia del pop contemporáneo tiene siempre presentes; a la espera de su ¿improbable? culminación. Si Mission Of Burma volvió del Otro Lado y pudo, ¿por qué no Gang Of Four?

Hákim de Merv

jueves, 14 de marzo de 2019

Santo Suicida: Realismo Trágico

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 6 de marzo del 2019.)

Nuevas desde Coquimbo, tierra de Luminar y Seatemples, de la mano de Santo Suicida. Se trata del bisoño avatar de un grupo que funcionó hasta el año pasado escudado tras el alias de Camilo Correa. Información sobre esa primera encarnación, no hay mucha disponible en Internet: probablemente nucleado en esta década, al cuarteto de Mario Castro (batería), Camilo Correa (voz y guitarra), Alan Cortéz (bajo y coros) y Felipe Aburto (guitarra) le alcanzó el aliento del nombre anterior para publicar dos registros de corta extensión que desde su página en Facebook se pueden descargar gratuitamente -Sin Sentido EP (2013) y Tramando EP (2015). El de Camilo Correa (la banda) era un sonido pop/rock de contornos indies, si bien había numerosos momentos en que se ponía encima la piel del folk.

Algunos de los temas consignados en el 'insensato' debut sacro se estrenaron en el 2018 como parte del repertorio de CC. El dato da para especular sobre las razones del cambio de denominación. Una de ellas es, definitivamente, la nueva dirección que trashuma la agrupación. Otra de ellas, no tan concluyente pero de todos modos a tomar en cuenta, es el reemplazo de Cortéz por Carlos Bello Rivera. De cualquier forma, a estas alturas Santo Suicida ya se ha puesto de largo, facturando un tiraje modesto del que quedan muy pocos ejemplares -el combo se trae entre ceja y ceja una segunda edición.

Realismo Trágico ha servido de transición entre el viejo sonido de los coquimbanos y el actualmente abrazado. Aunque el credo que ahora pregonan los cuatro con entusiasmo y delirio es el post hardcore, éste se materializa esencialmente en el primer tercio del álbum. En efecto, Santo Suicida te recibe con adrenalínicas descargas de tempos veloces y enfático despliegue de riffs propensos a la iteración, como en “Miradas De Luto”, “Invierno” y la feroz “Te Dejo Pa’ Que Me Dejes” (sus intempestivas mutaciones de ritmo siguen resonando en mis yunques).

No obstante, “Estamos” marca un punto de inflexión en el track list: a partir de allí, el post hardcore se desvanece, dejando paso a canciones que no se deciden entre números pop/rock de medios tiempos y semi-baladas -si bien la propensión a este último formato es bastante menor. Tales son los casos de “Perdido”, “Volando En El Living”, “Visitando El Miedo” o “Pasa El Tiempo”. En todos aquellos surcos, palpita aún el hálito de Camilo Correa (la banda), sólo que despojado de cualquier aditamento folk y encausado con tesón hacia un indie que siempre recibe alborozado a la Distorsión. Debido a ello, los dos tercios finales de RT me han hecho recordar un poco a formaciones como Rival Schools o los fabulosos Jawbox, sobre todo cuando la eléctrica des-engrosa el Ruido y se descose en solos (“Puerto Utopía”).

La voz se sacia por igual en el desencanto, la adversidad y la furia. Esto podría indicar que en el futuro los chilenos sumarán todos sus esfuerzos por completar la transformación grupal volcada hacia el post hardcore, lo que es una opción válida y respetable. Como lo es también dirigirse hacia esa meta desde las comarcas del indie rock. La próxima jugada será indiciaria a este respecto. No está mal, aunque pudo salir algo mejor.


Hákim de Merv

viernes, 24 de noviembre de 2017

Incendios Forestales Del Viejo Continente: Principios Y Fundamentos De La Fauna Moderna // Aloysius Acker: Aloysius Acker

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 17 de noviembre del 2017.)

Provenga de cualquier álbum/grupo-o-artista/canción, en ciertas ocasiones, un nombre bien escogido es la mejor invitación a adentrarte en territorio virgen. Y si bien pocas son las veces que tal cosa sucede, valgan verdades su ascendencia deviene en perdurable. Tal vez por eso, recuerdo todas las que me han sucedido, como la que motiva este encabezado. Cuando Rock Achorao’ recomendó el extended debut de Incendios Forestales Del Viejo Continente, admito que más me jaló el alias que cualquier referencia subrayada por la reconocida página face. El dichoso IFDVC EP, lanzado en diciembre del 2015, era en realidad un single de dos temas -“Archipiélagos De Revillavigencio”, “Haru Ora Ora”- que no alcanzaba a deslumbrar (aunque sí alentaba a seguir la carrera de la novel banda).

Año y medio después, por el mismo conducto me enteré de la aparición de Principios Y Fundamentos De La Fauna Moderna, colgado en Internet para su escucha desde el BandCamp del combo limeño y distribuido en físico por LaFlor Records. El estreno corroboró que, afortunadamente, los instintos de este escriba todavía se mantienen afilados.

El debut en largo es una gratísima, sorprendente confirmación de lo que anunciaban tanto el “extended” como dos singles posteriores. Verdad que las cuatro pistas previas se han sumado a Principios Y Fundamentos..., pero también es verdad que en versiones masterizadas y mejor calibradas. Y si en el pasado IFDVC se presentaba como cultor del math rock, el presente disco tiene además una fuerte dosis de post-hardcore: por separado (“Himalajazz”) y en colusión con la vertiente math (“Oso Tripolar”, “Monty”).

Quizá son las mixturas de esta guisa las que ejemplifiquen las mejores cualidades que el cuarteto ha puesto en juego para este trabajo. Pese a que los ritmos pueden ser vertiginosos, sobre todo cuando el post-hardcore toma el timón, las melodías tienden a la depresión y a la melancolía. Así, los contrastes resultantes producen combinaciones instrumentales bastante complejas, ricas en matices. Podrían ser hasta elegantes sino fuera porque la batería constantemente echa a correr de manera casi desbocada, mientras la voz arremete con gritos destemplados, desencajando frescos punteos y toscos arpegios. ¿Coincidencia que el baterista también colabore con las vocales? No lo creo.

Incendios Forestales Del Viejo Continente está integrado por Ángelo Grijalva (batería, voces; hijo de Pedro Grijalva, bajista del grupo subte ochentero Sociedad De Mierda), Bruno Languasco (bajo), Andrés Izquierdo (guitarra, voces) y José Sandoval (guitarra). El hecho de sostenerse en una instrumentación  distanciada de cualquier  matiz  electrónico  les  da una sonoridad cálida y urgente -plus que añadir al ruido austero y al fragor angular de ocho temas desbordados por la vitalidad, entre Millones De Colores y Kinder, entre Radiación Selenita y Pilotocopiloto, entre Buh y Tony Danza.


Cambio de coordenadas. Mismo bando.

Hay palabras que nunca usas al escribir, bien porque te desagradan aún cuando no sepas exactamente dar razón de ello, bien porque ya no se corresponden con su significado original, bien porque éste ha sido puerilizado por el habla. Idénticamente, hay palabras que usas rara vez, porque, aunque te gusten; temes que se interpreten en sentido erróneo, dado su mal uso generalizado.

Por Facebook, conocí a José Rodríguez antes de que fundase Puna junto a Jorge Rivas (Philkophillips, Ionaxs). Cuando por fin nos reunimos, a propósito de un breve reportaje para El Hexágono Carmesí al entonces trío (que completaba Rolando Apolo), tal encuentro me confirmó lo que me comunicaban sus posteos: José pertenece a esa estirpe de artistas autodidactas de avanzada a los que el circuito sonoro independiente nacional les debe sus episodios más insulares -como ejemplos señeros, Ronald Sánchez de Altiplano y el ubicuo Christian Galarreta de Evamuss/Tica/Sajjra. No recuerdo que José y yo nos hayamos vuelto a ver, pero en redes me sigue pareciendo una persona con las ideas muy claras (estemos o no de acuerdo al 100%).

Hace ya sus buenos meses, Rodríguez comenzó carrera solista como Aloysius Acker. Para mis amigos y conocidos que me siguen fuera del Perú, el nombre pertenece a un poema de nuestro Martín Adán cuyo borrador destruyese el propio autor en 1933, en medio de una crisis depresiva mientras vivía una temporada en Arequipa. Los amigos del autor conservaron versiones no-sé-hasta-qué-punto-válidas-o-apócrifas del poema: en el texto sobreviviente, muchas personas creen ver una sutil ¿declaración?/¿confesión? cuando menos homoerótica del vate.

Descargué inmediatamente el homónimo mini-álbum de Aloysius Acker, pero no lo escuché sino hasta hace poco. Dilación innecesaria. No tenía conciencia de lo que me estaba perdiendo.

No suelo usar muy seguido el calificativo “hermoso/a”. Recurro a él cuando es inevitable, porque en la pobreza de mi lenguaje no tengo más a la mano otro adjetivo del mismo grado que permanezca incontaminado. El sinónimo válido más cercano, que tiene una mucha mayor intensidad, no lo uso sino en grado superlativo y en oportunidades especiales. Ésta es una de ellas. Así, pues; como he dicho antes que el En Cielo De Océano (1992) de Silvania es un disco bellísimo, y otro tanto he dicho del capítulo que el crítico catalán Half Nelson le dedica a Kraftwerk en Loops: Una Historia De La Música Electrónica 1900-2002 (2002), lo mismo puedo decir de este Aloysius Acker.

Cinco composiciones a un tiempo enceguecedoras y nubladas por la cuita, que me hablan de una recreación/evocación honesta de los tótems constituyentes de las vanguardias sónicas en los 90s. Shoegazing, ethereal music, post-rock, bliss: el cofundador de Puna ha decidido posicionarse a inicios de aquella década, pero la mirada va sutilmente hacia adelante y también hacia el pasado inmediato anterior (últimos años de la 4AD clásica, sobre todo). Su delicado preciosismo pop me hace pensar en discos de los primerísimos Silvania concebidos por un Mark Hollis -no en vano, el cerebro de Talk Talk es siempre reverenciado por la crítica especializada, y su legado estético fue la plataforma desde la que Bark Psychosis despegase en el glorificado Hex (1994). Con harto esmero en los detalles -¡¡¡qué tal muñeca, José!!!-, el también pintor y fotógrafo consigue cristalizar la noche límpida del alma en veinticuatro minutos má-gi-cos.

Descarga gratuita desde la netlabel mexicana Bifronte Records.


Hákim de Merv