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jueves, 6 de septiembre de 2018

Tobías Alcayota

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de agosto del 2018.)

Sé que las generalizaciones suelen ser, casi siempre y en cualquier ámbito del saber/quehacer humano, espada de dos filos. Me arriesgo así y todo con una, que he meditado bastante: en la historia de la música pop independiente chilena, debería haber unos cuantos párrafos dedicados al “G-6” de los 90s. Supersordo, Yajaira, Pánico, Tobías Alcayota, Congelador, Shogún: buena parte del desarrollo que el pop mapocho más interesante experimentase en lustros posteriores, hunde las raíces en el legado de una -o más- de estas bandas. Cada cual en lo suyo, editaron discos fabulosos durante la década previa al cambio de milenio, que fertilizarían el detritus sónico del que ha emergido la próspera escena sureña de nuestros días entre Arica y Magallanes. De prácticamente todos esos alias, ya se ha escrito antes en este espacio.

Lo que apenas han esbozado esas mismas palabras, sin embargo, es el talante de un grupo como Tobías Alcayota. En hipotética justa por el título del “G-6” más inclasificable, el trío santiaguino formado en 1992 al interior de las aulas del colegio San Gabriel gana la carrera de punta a punta. Un minuto de música extraído de cualquiera de sus trabajos aparecidos entre 1999 y 2004 puede ilustrarlo sin mayores complicaciones: adicto a las frecuencias agudas/chirriantes, inclinado a despedazar la más insignificante línea melódica que se le ponga al frente, presto a burlar nuestras expectativas amparándose en la dicotomía contemplación atonal/descarga vipérea; TA ha sido luengo tiempo un estado de imaginación inventiva en incesante ebullición. En sus momentos más apacibles, los chilenos suenan a post rock angustiado, frenético, torturado. En sus momentos más enajenados, a crispante electrofolk experimental propiciatorio de malos viajes.

La historia online coincide en que si bien 1992 señala la largada para los capitalinos, 1996 es la fecha del debut oficial, producido de modo independiente: Alzamiento Del Día Vivo Por Una Luna Nueva Y El Que Tiene Un Ave Dentro-Fuera Yace. Este título no se encuentra disponible en Internet, salvo un par de tracks en la cuenta SoundCloud del terceto (“El Pequeño De Ser”, “Pedro Habla (Fragmento)”), y es lo suficientemente esquivo en los programas de intercambio de archivos como para tirar la toalla en una. Quienes lo han escuchado, aseguran que es un sugestivo primer intento, notoriamente delimitado por el esquema bajo-batería-guitarra. No tengo ninguna certeza sobre esa afirmación, pero lo cierto es que Alzamiento... llenó los ojos y oídos de Pánico, el bandón de Eddie Pistolas, Carolina 3 Estrellas, Tatán Cavernícola y Juanito Zapatillas; cuyo sino iba entonces en ascenso -la consagración definitiva llegaría con Rayo Al Ojo (1998). El entusiasmo del cuarteto franco-chileno se tradujo en un contrato con Combo Discos, plataforma del tándem Pistolas/3 Estrellas creada exclusivamente para editar y distribuir las propias placas, lo que convierte a Tobías Alcayota en el primer fichaje del sello ajeno a Pánico y amplifica su modesto alcance en el circuito off-mainstream. Para 1999 sale a la venta Omi, segundo round de la terna y grabado por Francisco Strauss, y el resto es crónica de dominio común -en el 2008, es ungido por la Rolling Stone como el quincuagésimo mejor disco chileno de todos los tiempos.


Hace algunos momentos, definía a TA como “un estado de imaginación inventiva en incesante ebullición”. Más allá de la licencia literaria, alguna vez sus miembros, que han sido los mismos durante 26 años; decidieron explicarse utilizando palabras equivalentes. En la contratapa de Algo De Noche En La Isla, su álbum del 2002, puede leerse:

“Tobías Alcayota es generado a través de_
Marcelo Peña_teclados, guitarra eléctrica, voces y coros, tabla hindú, viola, ruidos electrónicos, tarka, tubocobrecaña.
Jorge Cabargas_programaciones analógicas y digitales, batería acústica, darbuka, pandero, tarka, voz lejana.
Jorge Cabieses_bajo eléctrico, teclados, zampoña, tarka, puña, cuncuna, flauta dulce, tumbadora, flauta doble, voz hablada”.

Ya entonces los músicos se describían como partícipes de una sola entidad metafísica, talentosamente chiflada y maniática, acaso por hallarse permanentemente urgida de esa expresividad emocional que doy fe la ha embargado desde Omi (descárgalo aquí); y para la que (aún) no hay género conocido adaptable. La cantidad de instrumentación que la cita consigna habla por sí sola de lo obsoletas/minimizadas que habían quedado las herramientas utilizadas en el disco del ’99, sólo tres años antes -flautas y teclados, sí, como también ocarinas y los órganos Antonelli y Bontempi de que disponían en el colegio para las clases regulares de música. Omi mantiene el formato digamos “a lo power trio” de Alzamiento Del Día Vivo..., pero su actitud es de clara apertura al empleo de sintetizadores y demás adminículos consustanciales a la música electrónica.


Porque la permanente impaciencia de Tobías Alcayota le exime de adecuarse o pertenecer genuina y respectivamente a una escena o a una generación. Si bien este personaje de singular nombre, que ha ido asentando su corporeidad con subsecuentes entregas para trascender leitmotivs meramente eufónicos, puede haber empezado a respirar tomando como base el proceso compositivo del indie; no suena como tal sino de modo harto accesorio. Los días ‘contrapsicodélicos’ del Omi hicieron que se le comparase con imperdonable ligereza a The Red Krayola, cuando sólo se trataba de una fase en la evolución colectiva: la idea de esta “psicodelia-a-la-contra”, más cerca del proto post rock de Bastro y/o del lo fi de Sebadoh, era autoprocurarse un shock de éxtasis sensorial que empujase al abandono de todo residuo de conciencia racional. Con Algo De Noche En La Isla (descárgalo aquí) se inaugura un período dominado por metodologías kafkianas y automatismos dadaístas, que se extendería hasta Desfachatez, Lo Juro, El Último Suspiro (2004); y en el que quedaría de lado cualquier vestigio de ese sonido ácido que les inspirase desde los tiempos en que se hacían llamar Los Zapallines (dedicados a relecturas lisérgicas de Led Zeppelin).


Pese a que Desfachatez... precede la separación de Cabargas/Peña/Cabieses, que sólo se revelaría temporal cuando se publica Maleza Bar en diciembre del 2015, desde un inicio Tobías Alcayota ha tenido buena estrella. Cuando cabros chicos, se zambullían en las tocatas organizadas en el Taller Sol. Allí conocieron a gente como Entreklles y Supersordo. Su primer directo lo dieron en el centro cultural PanAm al lado de Niño Símbolo, proyecto paralelo de Rodrigo Rozas (a) Katafu, guitarrista de Supersordo. Ya agrupados, en 1995 participan del concurso de bandas del programa televisivo Extra Jóvenes, conducido por Marcelo Comparini y Verónica Calabi; que hacen suyo a fin de año -la escena, que puede verse en el mediometraje documental Tobías Alcayota (2015), muestra igualmente a un público escolar confusamente entregado a quienes los reflectores apuntan (no precisamente ídolos pop). Fue durante la competencia que conocen a Arturo Lovazzamo, de Culebra (subsidiaria de BMG), y a través de él a Claudio Fernández, vocalista de Supersordo. En marzo del 2001, los triates actúan junto a nada menos que Los Jaivas, para el sitio web ChileRock de la Radio Universidad de Chile. Un encuentro del que guardan el mejor de los recuerdos, gracias a las declaraciones del pianista/tecladista Claudio Parra: “Tobías Alcayota te lleva por esos paisajes misteriosos en los que uno no se atreve a meterse”.


Ese primer contacto con una agrupación de la talla de Los Jaivas y esa buena estrella les resultaron favorables tanto en Algo De Noche... y en Desfachatez... como en Antimateria (también 2004, descárgalo aquí), Sorte (2003, seis anónimos instrumentales desérticos en los que de cuando en cuando se cuela la voz contante de un hombre que agoniza) y Cráter Imaginario (2003, recoge la sesión de radio ofrecida en el programa Interfase de Radio Beethoven, con material compuesto ex profeso para la ocasión). A partir de Algo En La Noche..., el componente rockero disminuye en beneficio del electrónico, y también de dosificadas persianas sonoras que remiten a la fusión latinoamericana y a la tradición vernácula chilena -mismas que adquirirán mayor protagonismo a posteriori: “Feria Amallac”, “Queltehue”, “Cabalgata Morada”, “Merkén”, “Llamita”...




Pero por encima de todo, el elemento clave en la constitución del carácter de TA es el método. De éste, ya destaqué su rasgo central, prominente esencialmente tras el Omi. Es 100% intuición. Un instrumento x es descontextualizado, más aún si su origen es autóctono, para subsumirlo a un modus operandi surrealista: los sonidos se aprecian ejecutados por el subconsciente, libres de pensamientos encorsetados, huyendo de la lógica generativa. Principio básico en la composición conjunta es la manipulación no convencional -si delirante, mucho mejor- de todos los materiales a disposición. Negando además la jerarquización, abrazando la horizontalidad y la consonancia en el trabajo al interior del trío, sin olvidarse del ludismo inherente al ritual de esta vívida comunión.

Con un epígrafe como ése, Desfachatez, Lo Juro, El Último Suspiro -descárgalo aquí- es un manifiesto anuncio de la disolución del combo. A pesar de ser ambos del 2004, Desfachatez... es un disco más sombrío y simple que Antimateria, estando este último levantado en torno al clarinete, a secuenciadores, a cajas de ritmo y a flautas altoandinas. Escuchar repetidas veces el séptimo lance del trinomio deja la impresión de habérsele concebido concienzudamente como la arremetida final, al menos durante un buen tiempo. Por eso, muchos nos sentimos reconfortados con el regreso a través de Maleza Bar. Y aunque ahora los santiaguinos se lo toman más calmadamente, reuniéndose cada vez que las circunstancias lo permiten, sin que haya presiones externas o internas para lanzar nuevo disco o presentarse en vivo; lo concreto es que Tobías Alcayota ha salido de sus cuarteles de invierno tras 11 años de hibernación.

Maleza Bar -descárgalo aquí- es el típico disco de retorno, luego de un hiato que asomaba inacabable, sin la nerviosidad ni la demencia de las jornadas que le antecedieron. Disiento sobre la opinión referida a que el grupo suena más maligno que antes -para mí, la forma más pura de maldad es la asociada a la locura, pocas veces audible en este regreso (“Nada Más Importa”, “Maleza Bar”). En todo caso, un símil admisible es el del Joker dando sus primeros pasos tras un dilatado intervalo de catatonia, como en el cómic/la película animada Dark Knight Returns (“Microondas Sumergidos”). O el de “un Christian Death bailable” (“Carne, Harina Y Suelo”, “Halógena”), que el propio grupo ha propuesto. Lo que sí se infiere fehacientemente de los nuevos temas, es que la conexión telepática está intacta, así como la organización nivelada, la hermandad y el psicótico sentido del humor que comparten Marcelo y los dos Jorges (ese guiño malsano y deforme al vomitivo “Corazón Mágico” del inane de Django en “Jabalina” es impagable). No podía esperar que fuese de otro modo, si la música es su principal estimulante.


Con un directo confirmado para octubre en Santiago De Chile, aún quedan muchos enigmas por descifrar sobre Tobías Alcayota. El origen de su nombre, por ejemplo, fluctúa entre la semi-castellanización de la frase “To Be As El Coyote” y el dragón Tobías del fenecido programa infantil chileno Pipiripao (parecido al peruanísimo Los Spuercartonicómicos de Ricky Tosso en los 80s). Otros los absuelve el jugoso documental de Francisco Schultz. Y otros más, tal vez, sean absueltos tras la degustación continua de sus discos. En última instancia, no podría aseverarlo del todo.


Hákim de Merv

jueves, 19 de julio de 2018

In Tenebris Scriptus - A Dark Aural Tribute To H.P. Lovecraft

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 11 de julio del 2018.)

Cumpliéndose en este 2018 nada menos que 128 calendarios de su natalicio, y hallándonos ya en camino de conmemorar el centenario de su partida -restan diecinueve almanaques y contando-, aún la Humanidad vive fascinada con las cosmogonías de delirio que escribió/¿transcribió? Howard Phillips Lovecraft, el padre del cuento materialista del terror. Detalle no menor: sin importar cuánto han avanzado desde su desaparición las artes plásticas, la técnica narrativa literaria o “el versátil celuloide” (Jorge Luis Borges dixit); el horror transgaláctico del que se hiciese eco el genio de Providence, aquello que las palabras (de su tiempo) se resistían a/no podían describir, sigue eludiendo cualquier representación cabal, y alimentando de paso el atávico miedo que yace en el subconsciente de la especie.

La Música, el arte que elegí honrar todos los días de mi vida, no ha sido en absoluto ajena a esa fascinación; si bien podría decirse que ha corrido con similar suerte que el resto de las manifestaciones que han intentado digamos “corporizar” el ciego terror preternatural del onirófago autor usamericano. Casi en todos los rincones del mundo civilizado, el maestro siempre ha tenido devotos entre los músicos pop: desde los inclasificables alemanes Necronomicon y su magistral Tips Zum Selbstmord (1972, existe otra banda germana con el mismo nombre, avocada al thrash) hasta los en-su-tiempo desconocidos norteamericanos H.P. Lovecraft (sendos proto-psicodélicos volúmenes homónimos en 1967 y 1968), desde los franceses Shub-Niggurath y su avant prog rock hasta el virginiano proyecto unipersonal Out Of Orion, desde las compilaciones underground ibéricas Necronomicon (1984-1987) hasta los ucranianos Yog Sothoth, pasando por guiños admirativos menos notorios pero igual de relevantes -“The Call Of Ktulu” de Metallica, “Lovecraft In Brooklyn” de The Mountain Goats.

Previsiblemente, también Latinoamérica se ha rendido al hechizo lovecraftiano. Desde el hermano país de Chile, tenemos noticias de tributos tales como “Hypnos” y “Marginalia” de Lluvia Ácida (temas incluidos en el debut Simulación, 1996), el doble EP Erich Zann (2003) de Fiat600, el grupo Lovecraft de Concepción (el indie chileno en los 90s era la raja), el proyecto experimental santiaguino Ihä... Con alias casi idéntico a este último, el año pasado la banda argentina de stoner y psicodelia IAH debutó auspiciosamente, y no olvidemos a sus brasileños colegas de pelotón Necronomicon. Asimismo, no son pocos los músicos peruanos influenciados por H.P.: Insumisión, Fractal, Dios Hastío, La Ira De Dios, Maximum Terrorem...

Hace mes y medio, apareció en la Red In Tenebris Scriptus - A Dark Aural Tribute To H.P. Lovecraft. No es el primer disco colectivo que homenajea a quien tal vez sea el literato misántropo más famoso de la Historia, ya que está el antecedente del latinoamericano El Ceremonial (2016), pero a la fecha sí es el más logrado. Curado por Raffaele Pezzella, único miembro de Sonologyst y responsable de la plataforma Unexplained Sounds, In Tenebris Scriptus... viene respaldado por la reputación que se han construido tanto la escudería como su sello subsidiario Eighth Tower Records. A saber: un cuidadoso catálogo de grupos, artistas y elefantiásicas recopilaciones temáticas signadas por un dark ambient experimental y rigurosamente ritualista, por una impredecible drone music subterránea y profundamente deudora del post industrial cercano a la experimentación sónica noventera, por una voracidad insaciable para mapear corrientes telúricas similares de todas las latitudes posibles. Como muestra, cuatro títulos: Visions Of Darkness In Iranian Contemporary Composition (2017), The Cave Of Metaphysical Darkness & Lights (2018) de Moloch Conspiracy,  New Modernism (2018), y Ancient Death Cults And Beliefs (2015) de Sonologyst.

Un factor que parece siempre ser tomado muy en cuenta por la label italiana, para todos los lanzamientos que nutren su nómina, es la potencia del volumen. La mayoría se inclinaría por afirmar que ésta casi no existe, porque siendo la música el 100% de las veces la encarnación de tenebrosas visiones pesadillescas, es regla que el volumen no adquiera demasiado protagonismo principal. Las reglas, sin embargo, se hacen justamente para romperse: a mi parecer, existe una modulación del volumen, y ello se hace evidente en los momentos en que la música alcanza picos de monstruosa distorsión de la realidad sonora -ahí reparas en que el volumen no sube, sino que se engrosa, se robustece, envolviéndote en una experiencia que puede llegar a ser aterradora.

En este aspecto, In Tenebris Scriptus... no es la excepción: cavernoso drone maximalista, pánico ante cualquier atisbo de rítmica o de percusión, rechazo implícito a la menor concesión melódica -no te dejes engatusar por la apertura “Dwelling In Mayhem”, de Monocube, que incluye una guitarra acústica ensayando arabescos varios. En cierto modo, el del disco es un aliento que califica como “ruido”, no en la dirección patentada por las vanguardias digitales de hace dos décadas, sino más a lo masas cataclísmicas de sonidos monocordes que reptan deformes indefinidamente.

Se hace menester subrayar que, en este tributo, el dark ambient/drone marca de la casa es lo suficientemente dúctil para soportar tratamientos industriales, efectos subacuáticos (“The Haunter Of The Dark” de Noctilucant, “Corona Nyarlathotepis” de The Serpent) e incluso cierta salvaje complejidad en medio del caos (nuclear) de abigarradas suites binarias (“Cryptic Realms” de Sonologyst, “The Shadow Over Innsmouth” de Moloch Conspiracy). Esto le confiere a In Tenebris Scriptus - A Dark Aural Tribute To H.P. Lovecraft un aura de escalofriante majestuosidad. Muy probablemente, la música que mejor interpreta todo lo que Lovecraft dijo con palabras: es, por decir lo menos, inquietante los muchos tonos de negro que el tímpano puede identificar aquí y en todas las publicaciones de la disquera.

Laudos para los participantes y sobre todo para Unexplained Sounds, que se la jugó arriesgando harto y ganó en buena ley.


Hákim de Merv

jueves, 15 de junio de 2017

"...A Trasmano De Las Demás Tierras, Tanto De Las Reales Como Del País De Los Sueños": Relatos Oníricos (IV)

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 16 de marzo del 2017.)

MI SUBCONSCIENTE SE JURA DJ SHADOW (MOMENTO #279)

Literalmente, esto ocurrió hace décadas, en un sueño que desde entonces ha ido perdiendo sus contornos definidos. Antes de que se desvanezca del todo, lo comparto.

Integraba una comitiva. Como le suele pasar a medio mundo, en el sueño interpretaba el papel principal, dentro de un séquito no muy numeroso (cinco, tal vez seis personas en total). Si bien los paisajes nunca fueron del todo claros, intuía que podría haberles dibujado un Roger Dean. De improviso llegamos a una torre, titánica en su altura -pero aún así, pequeña en comparación con la materialidad infinita que el subconsciente me ha permitido ver en pavorosos sueños posteriores.

En los alrededores del ciclópeo edificio, cuyo cariz arquitectónico mezclaba estéticas futurista y fantástica, dimos con un personaje de vestimenta estrafalaria pero ya vieja y camino a convertirse en andrajosa. El personaje en cuestión no era menos viejo: tenía las facciones de Ian Anderson y la voz de Ian Anderson, pero vaya uno a saber si de veras era Ian Anderson. Lo único que conservaba intacto era un sombrero de copa, que por alguna razón tácita iba con el resto de su indumentaria.

El anciano nos hizo pasar al interior de la torre. No conseguía ver el cielo abovedado de la misma, pero sí noté que se trataba de una única habitación, delimitada por los muros externos. En el centro se erigía un pétreo pedestal, y sobre el pedestal algo que no reconocí ni durante el sueño ni al despertar. Tiempo después aprendería   que   era   o  parecía   ser  una  Torre   de   Hanoi -incompleta, pues sólo tenía una varilla, con los muchos gruesos discos de metal dispuestos de más a menos y de abajo hacia arriba: sobresalía apenas, en efecto, la punta de la varilla.

No recuerdo la cháchara del viejo. Es más, ni siquiera recuerdo que dijera palabra alguna. Sólo sonreía con indulgencia. Quité el primer disco de metal, para observar mejor la punta de la varilla, y ésta se hundió del todo. Repetía la operación, sin dar señales de alterarme ante la monotonía del juego. Por dentro, sin embargo, sentía que algo no estaba bien, que con cada disco removido el mundo exterior avanzaba vertiginoso hasta casi correr.

Cuando extraje el último disco de metal, la varilla terminó por desaparecer en las profundidades del pedestal, dejando apenas sobre la superficie ahora plana el orificio que indicaba su camino. Salimos todos sin apresurarnos, y observamos patitiesos que el paisaje había cambiado. Conforme dejábamos atrás la torre, nos cruzábamos con otras personas a las que preguntábamos qué había sucedido, pero cuyas respuestas nos era difícil interpretar. Aunque en esencia el mismo lenguaje, los vocablos se habían deformado o habían sido sustituidos por otros nuevos e indescifrables. Comprendimos, al cabo de un rato y mucho esfuerzo, que con cada disco de metal extirpado en el interior de la torre, un año había transcurrido fuera de ella, hasta sumar cien.

En ese momento, el senescente personaje estrafalario sacó una flauta, comenzó a soplar con furioso jolgorio una melodía que yo conocía al dedillo, y se fue dando vueltas sobre sí mismo -como si se tratase de un derviche enloquecido. Ésta era la melodía.


PD: Ecos de cuentos como “Oshta Y El Duende” (de nuestra Carlota Carvallo De Núñez) o “Taro El Pescador”, sí; pero también una estructura brutalmente surreal, típicamente borgiana. Mi dealer no hace entregas fuera del país, por siaca.


Hákim de Merv

"...A Trasmano De Las Demás Tierras, Tanto De Las Reales Como Del País De Los Sueños": Relatos Oníricos (III)

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 9 de abril del 2017.)

MI SUBCONSCIENTE SE JURA DJ SHADOW (MOMENTO #474)

Poco después de las 6 am, tuve una racha de sueño brevísima, pero de una intensidad deslumbrante.

De pronto estaba en casa. Íbamos a salir en mancha a visitar a alguien por su cumpleaños, alguien que se llamaba Mirella o Mariela, y que aparentemente era amiga de la familia.

Como suele ocurrir en el mundo ¿real?, la familia se demoraba un siglo en terminar de alistarse. En mi interior se agita algo diciéndome que debo salir ya, o será demasiado tarde. Bajo al primer piso a la carrera y salgo por la puerta que da a la calle.

Era de noche y había estacionado un auto delante de casa. Lo diviso lleno al principio, pero al llegar al asiento del conductor sólo éste se halla ocupado. Al volante se encuentra una mujer que conozco: ella no se llama Mirella o Mariela. Su nombre está muy lejos de parecerse a aquellos. Es la primera vez que la ¿veo? con lentes.

Nuestras miradas se cruzan. Advierto que la emoción que me embarga dibuja líneas temblorosas en mi rostro. A ella le sucede otro tanto. Es el reencuentro, tras un tiempo indefinido, de dos personas que se han amado, que tal vez todavía se aman...

Pero no, aunque mi subconsciente proyecte lo que mantengo oculto de mi yo vigilante, en última instancia son mis deseos y anhelos inconfesables, quizá hasta incognoscibles. Así que la quimera se desvanece empezando por ella, que quién sabe si alguna vez piensa en mí.

Supongo que sí. No pensé encontrarte de nuevo entre mis sueños. Sábete que a veces me acuerdo de ti, y mi corazón se encoge un poquito/bastante. Espero que estés bien.

:'(


Hákim de Merv

"...A Trasmano De Las Demás Tierras, Tanto De Las Reales Como Del País De Los Sueños": Relatos Oníricos (II)

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 9 de febrero del 2015.)

MI SUBCONSCIENTE SE JURA DJ SHADOW (MOMENTO #439)

En mi sueño, la casa era la misma. Vivían aún mi abuelo y mi abuela maternos. No aparecieron ni Tina ni Pixie. Pero teníamos una gata, la gata Amaltea. Quién le había puesto ese nombre, es algo que ni siquiera me pregunté -porque el guiño del bautizo era evidente incluso durante el sueño. Amaltea, como mis coetáneos y mayores saben, es la cabra que alimentó a Zeus cuando su madre Rea lo envió a la Tierra para evitar que su padre, Cronos, lo devorase.

Es decir, nuestra mascota era la gata-cabra. Quizá mi subconsciente hizo este empalme en principio porque, para cuando tuve el sueño, en unos días acababa el Año del Caballo y comenzaba el Año de la Cabra. El caso es que, durante el sueño, la alusión a la gata-cabra acabó teniendo ramificaciones malignas. ¿Acaso la cabra no es un animal asociado al Demonio? ¿Acaso no se consideraba a los gatos animales sospechosos mientras la Humanidad atravesaba la nefasta Edad Media? Bueno, pues, resultó que la gata era un ángel oscuro del Averno. Mientras soñaba, su gesto iba cambiando hasta hacerse inequívocamente demoníaco (como la breve toma del maléfico cacharro del búho en Book Of Shadows: The Blair Witch Project 2).


No acostumbro soñar mucho con música. Claro que tampoco llega a ser algo demasiado infrecuente. Pero durante el sueño que describo, no paraba de sonar una y otra vez “Death Disco”, de Public Image Ltd. Saca las conclusiones que desees...

(Contacto con el dealer por inbox, plís. XD)


Hákim de Merv

"...A Trasmano De Las Demás Tierras, Tanto De Las Reales Como Del País De Los Sueños": Relatos Oníricos (I)

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 24 de febrero del 2014.)

Es la primera vez que hablo de mis sueños en un blog -así que trataré de no hacer el ridículo (sólo trataré, por siaca).

A lo largo de mi vida, he tenido conversaciones al respecto, claro, y es justamente ello lo que me lleva a afirmar que deben haber poquísimas personas en el mundo que tienen sueños parecidos a los míos. Digo, no soy muy creativo durante la vigilia: tengo muy poca empatía con la poesía, apenas el don literario que me ha sido dado alcanza para el ensayo, y si paso piola es por mi educación y por mi buenísima memoria.

Pero debo tener un subconsciente que sería la envidia de DJ Shadow​. Allí, he estado en manifestaciones en el interior del país al lado de Bob Esponja (...). Me he hundido en arenas movedizas e insólitamente lo he disfrutado (¿¿¿???). He sentido, más que visto, una presencia amenazante en casa, mientras las bombillas parpadeaban (¡¡¡!!!). He mirado, desde la antigua azotea de mi casa, hacia las islas San Jorge y San Lorenzo, y en lugar de aquellas ínsulas he visto una pétrea meseta inconmensurablemente descomunal (y me ha tocado el temor a lo crasamente infinito). Mis sueños son tan pero tan quemados, que escasas son las veces que no he sido consciente de que estoy soñando... Huelga decir que Akira Kurosawa's Dreams (1990) la manyé a la primera.

Cada cierto tiempo, sin embargo, tengo sueños razonablemente coherentes. El último que he tenido me vino hace cinco calendarios, más o menos -y es probable que haya sido el más estructurado de los que alguna vez he tenido o vaya a tener. Curiosamente lo recuerdo como si hubiese sido ayer, hasta  en  sus  más mínimos detalles. En  este  sueño,  yo  era  joven  otra vez -bueno, apenas post adolescente: 18 años o algo así-. Estaba en la universidad, que tenía todas las trazas de ser la Caótica, pero que yo sabía en el sueño que en realidad no lo era -porque siempre que sueño que vuelvo a la PUCP, ese sueño es invariablemente una pesadilla (ja). En fin, que estaba en un edificio que era a un tiempo una biblioteca, una hemeroteca, una sala audiovisual y un comedor. Recuerdo algunas conversaciones con gente de la que no guardo recuerdo consciente: hablábamos de literatura, del Aviador Dro​, del cine de Buñuel... Lo alucinante era que el sueño tenía la textura de un film de John Hughes, tal vez situado en unos 80s atemporales. Quizá me dirán que es bien difícil que una experiencia onírica tenga ese grado de meticulosidad ambiental, pero hubo una circunstancia -o más bien un punto de inflexión- que confirma este barniz ilusorio.

Revisando anaqueles en el edificio, mientras sonaba Modern English a través de unos parlantes invisibles, me topé con una chica que sí he visto antes: Ally Sheedy. Era la weirda que aparece en The Breakfast Club (1985)​, sólo que su look era el de St. Elmo's Fire (mismo año, dirigida por el harto irregular Joel Schumacher). Fue mirarla y caer flechado: quiero decir, realmente flechado, como hace lustros no me había sentido enamorado, ni en la vigilia ni en el sueño. El romance fue elusivo al principio: miradas cómplices, susurros... Mezclándose con esta etapa de flirteo, he recorrido el campus y he visto a gente que conozco: Julio Marchena​, Sebastián Pimentel​... Incluso mi amigo Jorge Buckingham​, que ha estudiado en la Richie, pero que no sé qué hacía allí. Todos nos hemos saludado afectuosamente, como los buenos amigos que somos.




Llego al desenlace inevitable. Por fin Ally -que, circunstancia inquietante, a veces se transfiguraba en otra actriz, Jennifer Jason Leigh- y yo nos declaramos nuestro amor. Decidimos irnos juntos de este lugar, pero antes debo despedirme de mi viejo, que estaba celebrando su cumpleaños en la zona del edificio que parecía una cafetería -ya lo ven, ni en el más coherente de mis alucines puedo evitar estos violentos exabruptos surrealistas. Termino de hacerlo y de repente suena una alarma de simulacro de quién diablos sabe qué. Todo el mundo se levanta, todo el mundo comienza a abandonar el recinto. Salgo lo más rápido que puedo, pero no encuentro a Ally. De pronto, el edificio del que he salido toma la forma real de la Facultad de Estudios Generales Letras de la PUFF, sólo que ahora sita en el espolón de La Punta. Comienzo a desesperarme buscando infructuosamente a Ally. Y entonces despierto.

Quizá la necesidad de ir al baño simplemente coincidió con el final del sueño. El hecho es que cuando he estado allí, he experimentado vivos deseos de echarme a llorar. La razón es sencilla, y ya la he enunciado antes: muy al margen de haber tenido un sueño de puta madre, con conversaciones cargadas de significancia, con amigos que quiero y con música que amo; en él he vuelto a estar enamorado como la primera vez. Sentir eso en un sueño, y luego despertar a la dura realidad, es una situación difícil de sobrellevar.

No hube de meditar mucho sobre este sueño para entender su significado. Estoy seguro de que, las más de las veces, mis sueños son DJ sets que se despacha mi subconsciente sin preocuparse mucho por ser consecuente. Pero en esta ocasión, el mensaje sonó fuerte y claro: “desahuévate ya, cojudo”. Y yo sé por qué me lo dijo...


Hákim de Merv