(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 19 de agosto de 2026.)
Hace unos cuantos días, Eighth Tower Records dio
luz verde a la reedición de uno de los episodios discográficos decisivos en sus
primeros años de existencia, que no sólo fue entonces de los más comentados,
sino que además contribuyó drásticamente a burilar los rasgos del perfil sónico
con que se identifica hoy a la escudería itálica. Me refiero a Witchcraft
& Black Magic In The United Kingdom, acojonante compilación adornada en
su carátula con gran parte del cuadro “Tres Mujeres Y Tres Lobos” del polímata
suizo-francés Eugène Grasset, y que ahora ve acrecentado su radio de acción merced
al añadido “(Expanded Version)”.
De la última línea del párrafo anterior, se
desprende que el repertorio del panorámico se ha visto cuando menos
incrementado para la ocasión. En efecto, el track list original permanece
inalterable, tanto en participantes como en orden de bateo; agregándosele tres
nuevos actos. Estos últimos se mueven en idénticas coordenadas a las de sus
correligionarios, reforzando todavía más esa ciega aura de horra malignidad y
de réproba abyección que parece secretar el título. A este respecto, es
menester recordar que durante la primera época de Eighth Tower llegó a
publicarse una decena de recomendables muestrarios, la mayoría de los cuales
coadyuvó a sostener esa trayectoria in crescendo gracias a la que el sello
napolitano se posicionó como referente para la estética de ambientaciones
lóbregas y hierbas similares.
Además de coronar ese rush, Witchcraft
& Black Magic... dobla la apuesta otorgándole nuevo impulso. En sus
bytes, el dark ambient se convirtió en una densa masa protoplasmática, capaz de
mutar sin problemas en lo concerniente a textura, velocidad, ósmosis y
tímbrica. Ejemplos hay de sobra: apacibles paisajes propios de un film de
horror folk se sumergen sin aviso en oquedades por las que te arrastras presa
de un sordo pavor (“Hag Of Hair” de Satori), la oscuridad impenetrable es
susceptible de aligerarse sin caer en empellones ni privarse de su tonelaje
inicial (“Elegy For Vinegar Tom” de Grey Frequency), el output pasa de
fagocitar dub (“Coronach” de Michael Bonaventure) a liberar cacofonías torrencialmente
malevolentes (“You Can Do Almost Anything You Want With Them” de Daniel
Williams), y la opacidad monolítica de sus viñetas se eclipsa ante incursiones
en el noise digital (“Do You Believe In Witches”, también de Williams).
Acaso lo más alucinante de Witchcraft
& Black Magic In The United Kingdom no sea lo hasta aquí enumerado,
sino lo que aún falta por decir. Ruidos rematados por una risa semi histérica y
la voz de una bruja que recita (“The Discoverer” de Sky High Diamonds),
campanazos reconducidos por un saxo minimal que consigue crear atmósfera a
partir de únicamente dos notas (“The Village” de Rapoon), sonoridades tan
sibilantes como malignas (“Crypt Of Saint John” de Howlround), órganos
eclesiales corrompidos... Resulta impresionante la ductibilidad con que el dark
ambient de la disquera mediterránea consigue asimilar géneros y recursos
estilísticos por igual, logrando acomodar esas incorporaciones en el reino de
las tinieblas que habita, sin merma de sus hipnóticas posibilidades expresivas.
Una cualidad prácticamente inédita hace siete años, y de la que aún hoy pocas
nóminas pueden jactarse.
En la versión expandida del disco -que
Raffaele Pezzella, director de Eighth Tower, dedicada al tempranamente
fallecido Daniel Williams- se incluyen “When I Was A Little Girl” de 400 Lonely
Things, “Wicca” de Mario Lino Stancati y “Gaelstre” de Dead Voices On Air:
Dadu. Destaco sobre todo los dos últimos: Stancati se zambulle en frecuencias
profundísimas, aguzando el torvo malditismo del volumen, mientras que en “Gaelstre”
se insertan coros estrangulados en plan 2001: A Space Odyssey -y un
inquietante taladro irrumpe después de cuatro minutos para malformar aún más el
semblante nefando del corte. Incontestable logro concluyente de un género que
por esas fechas comenzaba a zamarrear los circuitos underground de las escenas
internacionales independientes.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de febrero del 2023.)
LOS DISCOS PERUANOS DEL 2022 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (III)
Que la crisis de forma y contenido que en nuestros
países soporta el (caduco) modelo neoliberal, ha radicalizado las opiniones en
torno suyo a favor y en contra, es una descripción que difícilmente puede
ponerse en entredicho. Con mayor razón en el Perú, donde el encono ha crecido a
pasos agigantados desde principios de la década pasada, permeando todos los
aspectos de la vida cotidiana. Qué mejor prueba de ello que la largada en falso
del álbum póstumo de Varsovia, a fines del ‘20.
En efecto, por esas fechas se hizo pública
una versión de Diseñar Y Destruir que no contaba con el visto bueno de
Fernando Pinzás y Dante Gonzáles, los dos tercios del grupo que mantenían poder
de decisión en todo lo relacionado a éste. Había factores de carácter artístico
que ya no avalaban, por supuesto, pero la razón de fondo se relacionaba al
hecho de que las tomas entonces difundidas habían sido grabadas con el concurso
de Carla Vallenas, segunda frontwoman de Varsovia y fuente constante de
fricciones debido a irreconciliables posturas políticas. A Gonzáles y a Pinzás,
que no son excluyentemente de izquierda, les molestaba sobremanera legar el
testamento de la banda con las vocales de alguien abiertamente fachoderechista
-que, verbigracia, se negaba a seguir cantando “Cardenal En El Infierno” en las
tocadas.
Mediando el retorno de la gritante original
Sheri Corleone (quien vivió una estadía en Países Bajos), casi dos años después
de aparecida la versión apócrifa culmina Varsovia el “rework” de las canciones reunidas
en DYD, escritas entre el ‘15 y el ‘17 -esto es, a renglón seguido del estreno
Recursos Inhumanos (‘14). Ello ha comportado la resurrección temporal del
trío para compromisos promocionales del disco, finalmente colgado en octubre
del ‘22 en el BandCamp de Buh Records -que también se ha encargado de la edición
vinílica. Descontando el affaire de la voz, las modificaciones practicadas son si
bien pequeñas, importantes.
El track list esgrime ahora un orden muy
distinto. Al opus, además, se le han adjudicado ornamentos de sesgo EBM,
industrial y hasta proto-trance; lo que redunda en una galvanización más
intensa, en una musculatura más recia, en un imaginario más oscuro. Considerando
que lo de Varsovia fue siempre synth punk, estas adiciones nimban a Diseñar Y Destruir de una aureola de tirantez levemente angustiosa, catapultando su
retórica a niveles hiperbólicos. Ni siquiera en “Obedecer Sin Cuestionar”, en “Diseñar
Y Destruir” (guitarra de Óscar Reátegui, de Dios Hastío) o en “Hablemos Claramente”
(que samplea un discurso de Juan Velasco Alvarado); donde el synth punk que
guiñaba a Suicide en Recursos... luce más nítido, éste permanece
inmaculado. La filiación electronic body music va en ascenso desde el minuto
cero, con las violentas secuencias martilleantes de Gonzáles y los tumultuosos
sintes incendiarios de Pinzás, terminando por llevar al terceto a las puertas
mismas del género en la despedida con “Torres De Tensión” (que tiene idénticamente
aristas a lo Ibiza). Impávidamente machacón y dantesco, el sonido industrial hinca
el diente en la apocalíptica “Cuerpos Anestesiados”, en la sepulcral “Palabra
Del Demonio”, en la densa y sórdida “Gallinazos”. Corleone ofrece una performance
tortuosa, siniestra y enajenada en estas piezas, correspondiendo así al
esfuerzo de sus cofrades.
Mención aparte merece “Entre Velas Encendidas”.
Cierto, puede reseñarse influenciada por los primeros actos EBM. La lastimera/quejumbrosa
entonación que Sheri reserva para sus líneas le ubican, empero, más próxima a una
tentativa electro-dark -probablemente, lo más cerca que ha estado nunca Varsovia
del dark-gothic.
Esta sordidez, esta opacidad, no son gratuitas.
Cuando escudriñas sus letras y los tópicos que aborda, notas que Diseñar Y
Destruir no sólo es el postrer suspiro de Varsovia. Es asimismo el
exorcismo de toneladas de mala vibra sedimentadas en las generaciones a las que
les tocó vivir, bien en cancha bien en tribuna, la década dura del terrorismo
en el país -los 80s. Una década donde la nación fue constantemente disputada, y
más a menudo desgajada, por las fuerzas armadas y las organizaciones
subversivas; en el marco de la guerra interna de baja intensidad que
(mal)acostumbró a la población civil -tanto urbana como rural- a habitar el
submundo de apagones, atentados y crónica zozobra existencial. Ése que millennials
y centennials ignoran con el mayor de los desparpajos. Lástima que sea éste el
adiós definitivo para Varsovia. La suerte, sin embargo, ya estaba echada en el ’17,
cuando la terna se disolvió de facto. Con Vallenas fuera de órbita, Dante y
Fernando se dedicaron a sus respectivos proyectos de vida, sin perder la
complicidad indispensable para por fin hacer realidad este acetato.
Un EP como el jugado por Hunters Of The Alps para
saltar el año anterior a la arena de las escenas independientes de sabor patrio,
es menos infrecuente de lo que pudiera pensarse. Más extrañas son las coyunturas
que han rodeado a este ni-tan-nuevo alias y determinado el sino que ha discurrido
en su ruteo.
El rostro tras HOTA es el de Mario Giancarlo
Garibaldi, compatriota emigrado a Miami. He leído que el a.k.a. nace
como tándem en el ‘12, acompañado por entonces Garibaldi del también peruano
Jorge Velásquez. Se dice que la dupla tuvo cierto rodaje en tierras septentrionales,
lo que se me hace difícil de creer, toda vez que el extended ha sido presentado
con bombos y platillos como el debut absoluto del hoy unipersonal. La
presentación en sociedad, pues, ha sido diferida durante dos lustros.
Today Mañana EP, deslicé al iniciar
este comentario, es menos insular de lo que sus circunstancias podrían denotar.
Su pathos es idéntico al del genial Parallel Time EP de Blind Dancers,
por citar un caso siempre a la mano. Siendo el músico un migrante, es bastante
predecible que su ópera prima rezume esa nostalgia propia de quien ha vivido
largos años lejos de la querencia/del terruño que le vio nacer. Lo que no
siempre sucede es que esa añorante tribulación sea versificada en viñetas de
pop exquisito, elegante y dinámico.
De “Miedo” a “Moment For Forgiveness”, me muevo en senderos dominados por un
pop nostálgico de estupenda manufactura. Esa morriña se revela utilizando varias
caras. La de los medios tiempos como “Moment...” (que conecta con la esencia de
Peter Green y sus Fleetwood Mac) o “Tormenta” (de imponentes cortinas de
teclados), es una de ellas. Otra es la de melodías de una vitalidad a la usanza
del pop que sobrevivió sin inclinarse hacia el rock alternativo/grunge ni hacia
el shoegazing, hasta que al promediar los 90s Garbage le dio el tiro de gracia,
como “Cul De Sac” (guiñazos a The Ocean Blue) o “Tatuada” (buen trabajo de
secuencias). Y otra más podría ser esa mezcla de estilizada electro-bossa nova y
lounge pop que Garibaldi se saca de la manga para apechugar la relectura de “Costumbres”,
original de Juan Gabriel y popularizada tiempo ha por Rocío Dúrcal.
A pesar de la diversidad de semblantes acreditada
por Hunters Of The Alps, nada en la puesta de corto tiene pierde. Esto se debe
a que el gran elemento unificador del extended es el excelente color de voz de
Mario -la manera en que las vocales logran adaptarse a cada track de Today
Mañana EP me inspira la imagen de un PedroPiedra de raíces peruanas.
Al voltear la quincena de abril del ‘22, se dispuso
online un nuevo esfuerzo discográfico de Ayahuaira, agrupación que practica un
black metal de letras abrumadas de referencias a la cultura y mitología
quechuas provenientes de Huancayo. Esta particularidad le imprime un fortísimo
aire tribal al incontenible aluvión de graves imperceptibles y de eléctricas que
se precipitan raudas hacia riffs iterativos y trémolos apuñalados de reverb y
distorsión, así como al titánico dique de los consabidos blast beats a los que es
tan afecto el subgénero de nórdica procedencia. En consonancia con éste, los
integrantes del juninense comando metalero se esconden tras crípticos seudónimos:
Ochoja (primera guitarra), Sajgra (voz), Chopjas Atipac (bajo) y Mapache
(batería y segunda guitarra).
Qarqaria, no obstante, viene
a ser el cuarto acápite en la carrera de una sociedad que se cristalizó en 1999.
Dicha carrera empezó un año después con el demotape El Poder De La Divinidad,
siguió en el ‘02 con la maqueta El Dominio De La Verdadera Fuerza Suprema,
y esperó por Wanka Bélica hasta fines del ‘11. Se trata, en consecuencia,
de un itinerario de prolongados silencios -que en 23 años de desplazamiento
sólo ha conocido cuatro paraderos.
Como si la falta de periodicidad le pasase
factura al cuarteto, la primera mitad de su nuevo larga duración está reservada
para el respectivo “reacondicionamiento físico”. La breve intro acústica de
ribetes folk de “Lucanamarca Masacre” se desvanece rápidamente ante la
irrupción de la electricidad conducida vía una pesada guitarra que no llega a estar
demasiado tupida. Los efectos tipo metralleta al anochecer del canal se hacen
eco de la barbarie de los hechos ocurridos en la localidad ayacuchana del mismo
nombre (abril del ‘83). Con “Guerrero De Barro”, el black metal pisa más firme,
aunque todavía sin la contundencia exigida. La que sí adquiere mayor
protagonismo es la voz de Sajgra -una voz que ha superado cientos de veces los
límites de enrojecimiento y sangrado, que luce hoy raspante y chillona, de
igual modo que apenas descifrable. En “Qanpeq Taki Onkoy”, los cuatro disminuyen
un poco las revoluciones, mientras que en “Mensajero De La Muerte” la tropa
alternativamente se emputa y se atempera, dosificando tempos y encajando cuñas.
A partir de “Aynis”, el combo wanka asume
control completo de sus capacidades, a la par que incrementa las alusiones al
imaginario quechua-pagano-diabólico en las líricas que dispara. No hay que
olvidar la feroz militancia anticristiana del black metal, que subsecuentemente
abunda en reivindicaciones paganas, cuando no satánicas. Los blast beats a velocidades
lindantes con el hardcore son la norma, pero Ayahuaira gusta de contrastarles empleando
nodos de inflexión para la indesmayable marcha, como sucede en “Ayachaquinan”.
El cenit de Qarqaria llega con la canción homónima, dedicada a la
maligna criatura mitológica que adorna la carátula del CD -y que no es otra que
aquella conocida en el sur altoandino como jarjacha, el demonio del incesto.
Ayahuaira homenajea a uno de sus principales
referentes folklóricos, Los Kjarkas, ensayando una metálica variante de “Vientos
Del Sur”. Razonablemente respetuosa del original, la versión concluye la
travesía propuesta en Qarqaria. Ojalá no tengamos que esperar una década
o más para su sucesor. La edición física en compacto corre por cuenta de la
independiente capitalina Austral Holocaust Productions.
Alejandro Sarmiento estudia composición musical
en la PUCP. Estuvo antes en Marbette y actualmente integra Superyó, alineaciones
ninguna de las cuales había escuchado hasta ahora ni tan siquiera de oídas.
Tampoco el nom de guerre de Gacelasheladas -pero la aparición de su primer
EP, Lo Difícil De No Pensar, le puso de todas maneras bajo el radar.
Como sucede en el caso de los Chinese Park,
Gacelasheladas lleva algún tiempo grabando y subiendo a Internet algunas de sus
composiciones. La primera de ellas se cuelga el 30/03/20, cuando la pandemia
del COVID-19 ya estaba declarada, y se había decretado en el Perú la emergencia
sanitaria (“Ay Sí, Ay Sí, Todo Me Pasa A Mí (Lo Fi Remaster)”). De los cuatro
cortes adelantados, sólo vale la pena mencionar éste y “No Sé Nadar, Pienso
Violeta”. Los restantes, publicados durante el ‘21, suponen coqueteos con el
trap francamente inmamables. En todo caso, ninguno ha sido repescado en el esférico.
Lo Difícil De No Pensar EP, ergo, se compone
de cuatro rounds no editados previamente. Cuatro pistas en las cuales Gacelasheladas
retoma el camino de los dos primeros singles virtuales. Pop con mayúsculas, que
rebota entre varias salientes y camaleónicamente adopta el aspecto de éstas. “Gripe”,
para empezar, es una demostración de lúdico lo fi, hiriente y doloroso. El
contraste con “Surfeando Sin Olas En Italia” o “Copo” es más que palpable, si
bien ambos números han sido cortados según diferentes moldes: pese a su
vitalidad, el primero no es demasiado colorido, sobre todo tras la metamorfosis
hacia el college rock usamericano noventero (concretada antes del minuto y medio).
El segundo, en cambio, es la balada de cierre; y por lejos el asalto más dilatado
del plástico.
El indie pop de “Otoño, Amsterdam Está Sola +
Boxtel”, en tanto, se esfuma conforme la canción se “aflamenca”; antes de
transformarse en lo que podría describirse como bedroom pop aderezado por Fernando
García Escaró (a) Garzo (Metamorphosis, Radiación Selenita, Plug-Plug). A pesar
de las disparidades, el artefacto completo funciona como banda sonora para las clásicas
fogatas de campamento a altas horas de la noche. Aceptable, y suficiente por
ahora. Edita Anti Rudo Records.
Bien distintas unas de otras, de las tres facetas
bajo las que José Rodríguez publica documentos sonoros, sin duda Aloysius Acker
es la que más satisfacciones le ha reportado. Entre EPs, mini-LPs y placas de
largo aliento; esta identidad suya lleva ya ocho títulos a cuestas, algunos más
redondos que otros, algunos más conmovedores que otros. El último de éstos, un
mini-álbum eyectado en primera instancia a través de SuperSpace Records, posee un
nombre lo bastante hermoso como para inscribirle en la maravillosa tradición
del primigenio post rock británico.
Algo de eso tiene, pero Last Seconds Of A Cloud no sólo se alimenta de este detritus. Desarrolla AA aquí prolongaciones
hacia el bliss pop y, en menor medida, el shoegazing. El magma que de esa
conjunción brota es procesado por el autor manejando copiosamente motivos
lánguidos/laxos. De este modo, la impresión general es la de estar ante el
registro más apacible editado a la fecha por la factoría Acker.
En los cuatro tracks de Last Seconds...,
pues, se revuelven y maridan el baggy y su pariente/descendiente más cercano
-el bliss. En “Moonlight Monologue” y en “The Sky Is Still Sleeping”, la
natural aleación se transforma en inmaculado ambient etéreo de estructuras
líquidas. En “A Bird Freezing To Death” y en “Last Seconds Of A Cloud”, se acrisola
además la vertiente inglesa del post rock de los 90s -léase Insides, la
evolución de Main posterior al Motion Pool (1994). Previsiblemente,
estos dos últimos números son los que asimilan grabaciones de campo proporcionadas
por Anamorph Experimental Music, artista vienesa que ya antes había colaborado
con otro unipersonal perucho -el arequipeño La Vie.
Cualquiera de los temas recogidos en LSOAC
atestigua la mirada serena, la actitud contemplativa, el impulso minimal que
presidiese el espíritu del artista durante la creación y grabación de los mismos
-que éstos formasen parte de un único volumen, como afirma Rodríguez en la
sumilla de BandCamp, es meramente incidental. O tal vez mandato del Destino, en
su infinita sabiduría.
Profundamente comprometida con el shoegazing
y el post IDM, es desconcertante encontrar en la plantilla de una independiente
identificada con las “vanguardias sónicas” a un proyecto como Domingo. José
Miranda Espinoza es quien se parapeta tras ese nombre -que es también suyo-, y
lo hace dando pie en bola a un extended de indie pop erigido con pocos recursos
y mucha fibra emocional. Desconcertante, pero también emocionante, porque habla
de una saludable ausencia de prejuicios en quienes dirigen la escudería -y
quizá augure una apertura de Chip Musik hacia este rango de sonidos.
Miranda Espinoza es una persona ya algo mayor,
que compone desde el ‘92 y ambienta desde el ‘01. Esto último está en directa
relación con su perfil laboral: “comunicador audiovisual, diseñador sonoro y
acústico de profesión”, reza la escueta biografía de su cuenta SoundCloud. Es
también padre de dos hijas, que participan respectivamente en voz (Loreto) y
viola (Danitza) en algunas canciones del extended de estreno, y a quienes éste va
dedicado. Una sola mirada a la portada basta para darse cuenta del denominador
común afectivo que enmarca estas cinco composiciones. “Vuelve A Ser Lunes”, “Después
De Que Alguien Ya Cruzó”, “One More Time”, “Con Globos De Color” y la pieza epónima:
cinco lienzos de líricas reflexivas y melancólicas, como espejos donde auscultar
y sobre todo desterrar desengaños, sobrecogimientos, íntimas cobardías. Un puñado
de cantatas que ha necesitado siete años para cobrar definitiva forma,
entre Valpo y Lima.
A través de algunas de sus variantes, el
indie rock que restalló en los 90s y llegó indemne a principios de los 00s es
el factor sónico constante en Tarde Para Regresar EP. Hay algo de lo fi
elemental (“One More Time”), algo del Pavement más huevero y naif (“Tarde Para
Regresar”), algo del pop agridulce de los escoceses Camera Obscura (“Vuelve A
Ser Lunes”), e incluso declaraciones de amor a la superlativa tradición indie
surgida en España durante la última década del siglo XX (“Con Globos De Color”).
Sólo por un momento, esa atmósfera relajada y
slacker cede ante la irrupción de una tonalidad divergente. Ya el scratch con
que empieza y termina “Después De Que Alguien Ya Cruzó” indica un retroceso
mayor, hacia esos 80s en que The Cure abandonó el dark y finiquitó su traspaso
al pop dulce de The Head On The Door. “Después De Que Alguien...”, de
hecho, se parece ligeramente a “The Exploding Boy”, enérgico B-side de la época
THOTD -para ello complotan el acabado rústico del track y su uso extensivo
de una drum machine.
Se nota que la producción del EP ha sido cuidadosa
y esmerada, detalle que no entra en conflicto por fuerza con el aire desprolijo
del registro. Al contrario, lo sostiene y reafirma. Así es la música de
Domingo, que ha anunciado su primer álbum e incluso ha lanzado ya single de
adelanto (“Ha Salido El Sol”).
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 1ero de junio del 2022.)
Pese a que durante los 00s las visiones que impelían
su poiesis se revistieron de parafernalia que le movió hacia niveles alegóricos
antes impensables, hasta Cosmopolis (2012) podía afirmarse que la obra
de David Cronenberg seguía en constante evolución. Largometrajes como A Dangerous Method (2011), A History Of Violence (2005) o Eastern Promises (2007) lo mostraban en plena forma -tomándose su tiempo, eso sí,
para concretar cada nueva película; a diferencia de los asombrosos promedios editoriales
que acreditase en los 80s y en los 90s. Entonces se estrenó Maps To The Stars (2014), drama que apelaba a la sátira sin alcanzar el aprobado que se
tenía por inherente al apellido de semejante director. El canadiense debe haber
sentido la pegada: de ahí que ocho calendarios medien entre Maps... y su
regreso al ecran retomando un viejo proyecto ya tratado en 1970 -Crimes Of
The Future anuncia, además, el retorno de Cronenberg en modo Profeta de la
Nueva Carne.
De todas formas, el veterano realizador
cuenta con una extensa producción que ha sido motivo de diversidad de análisis y
acercamientos, así como centro de profunda devoción irradiada más allá del
público cinéfilo y/o meramente aficionado -no por las puras, Cronenberg es cuestión
aparte en el estudio del séptimo arte. Para más inri, el 4 de marzo Eighth Tower Records lanzó un álbum que guiña precisamente a las superlativas cotas de
mutaciones pesadillescas, furiosas crisis existenciales y realidades
identitarias relativizadas que hemos enfrentado en Videodrome (1983), eXistenZ
(1999), The Brood (1979), Scanners (1981), Naked Lunch (1991)
o The Dead Zone (1983). A tal fin, la subsidiaria de la plataforma
napolitana Unexplained Sounds hace comparecer en The Body Of Horror - Music Inspired By The Cinema Of David Cronenberg a algunos de los músicos que
integran su amplio catálogo -italianos cinco de ellos, mientras que los otros
cinco proceden de Estados Unidos (Schloss Tegal), Irán (Dodenskald), España (Kloob)
y Suecia (Desiderii Marginis y Jarl).
Contrariamente a lo acaecido con The Beyond - Music Inspired By The Lucio Fulci Death Trilogy (‘21), los
aprensivos climas de discordante ominosidad post industrial conjurados por sus
participantes dan lugar en The Body Of Horror... a un dark ambient acerado
y filoso, que congenia tonificado con la palpitante épica visceral de los films
dirigidos por el Barón de la Sangre. Las siniestras atmósferas preñadas de
overtones dronizados adquieren una sustancia que se percibe más como horrenda
que como terrorífica, cooptando así la esencia del discurso audiovisual del autor.
La tríada compuesta por “Morphogenetical Grafts” (Dodenskald), “ConSec”
(UNCODIFIED) y “Metaflesh” (Schloss Tegal) es reveladora a este respecto, con
esa pulsante y estruendosa desolación que de vez en cuando (r)estalla gracias a
nocivas frecuencias disruptoras. Un par de peldaños más abajo se ubican el
asistólico latido de “Dr. Benway’s Narcotics Operation” (Sonologyst), el
muestreo que de Naked Lunch hace “The Interzone” (Desiderii Marginis), la
apertura “A Cognitive Island Of Fake Tumor Implants” (Sigillum S) y la
semi-industriosa “House Of Skin” (Mario Lino Stancati).
Los puntos más altos en una jornada de oleadas
de ruido esculpido que se comporta como rarefacto: la excelente “Dead Zone
Visions” de Jarl y sobre todo la genialidad cronenbergiana de “Cortical Systematics”,
responsabilidad del trío binacional Mortar Devotions. Conformado por el dúo
itálico Nona Et Decima y por el finés Aleksei Tsernjavski, este trinomio firma una
secuenciada pieza horror synth de desapacible compulsión kinésica. Como si el
propio filmmaker norteamericano la hubiese pensado y ejecutado -una delicia.
Afirmaba el recientemente fallecido Rafael Llopis, el más importante glosador del que la hiperbólicamente aterradora cosmogonía de Cthulhu ha gozado en lengua castellana, que todo mito atraviesa cinco etapas
antes de su ineluctable deceso: horror numinoso, leyenda folklórica, arte
fantástico o terrorífico, humorismo y bufonada. Lo que no previó el célebre estudioso español al acuñar esa aseveración fue que el panteón entrevisto en
sueños por H.P. Lovecraft -esta “...religión sabida falsa desde un principio...”-
iba a regresar de la muerte con vigores renovados y completamente regenerado. Lo
corroboran multitud de manifestaciones artísticas en todo el mundo: sonoras,
cinematográficas, literarias, plásticas.
A la par del nuevo material concebido como
Sonologyst, Raffaele Pezzella -el capo de Unexplained Sounds y Eighth Tower- se
saca de la manga este nuevo alias que inequívocamente responde a una inflamada pasión por el venerable visionario usamericano. The Great Old Ones es, en efecto, un
tributo declarado a la creación central de Lovecraft: los Grandes Antiguos,
¿dioses infernales?/¿demonios protectores? que fungen de principales animadores
en su mitología. El debut ya marca una pauta fundamental concerniente al
devenir del acto -cada nuevo trabajo llevará el nombre de uno de los monstruos
lovecraftianos, por lo que no sorprenderá escuchar más adelante placas
bautizadas con apelativos como Ithaqua, Ubbo-Sathla, Hastur, Azathoth, Cthugga,
Ghatanothoa o Shub-Niggurath.
Yog-Sothoth decanta, depura, reconcentra
los hallazgos más significativos de los que se han provisto ambas escuderías en
el curso de años. Sorteando la tentación de apelar al audioextremismo, The Great
Old Ones hace honor a su denominación con doseles acortinados de zumbidos cuyas
incesantes ondulaciones se modulan a base de crescendos truncos y súbitos diminuendos.
Las ambientaciones que repujan “The Lurker At The Threshold” (colaboración
póstuma entre H.P. y August Derleth, el sanpablo de los mitos de Cthulhu), “Your
Servants Call Upon You” o “Born From The Nameless Mist” (Magnum Innominandum
del cual nace la mayoría de entidades cósmicas lovecraftianas) son
estructuradas por precipitaciones de texturas sónicas absortas en una malignidad
epatante. Dark ambient minimalista, que prefiere envolverte antes que pecharte,
a medio camino entre la composición contemporánea y una drone music de tóxico
ritualismo reptante.
Podría ponderar los atonales retazos ¿vocales?
de “The Lurker...” (muy pocas veces un título de estos sellos ofrece la
posibilidad de identificar la voz humana, la norma no escrita es que se
prescinda de ella), los theremines de serie B acuciados por el tenebrismo
expansivo de “Your Servants...”, el ruido vaporizado y re-condensado en
titilantes estalagmitas cristalinas de “Born From...”. Al filo de la hora, me
decido por ungir el mórbidamente subsónico “Beyond Mortal Comprehension”
-veinte minutazos en perfecta sintonía con ese horror cósmico, pero sobre todo ciego
y sordo, que nos produce todavía aquello que se halla más allá de la
comprensión humana, tantas veces aludido/insinuado por el atormentado escritor
de Providence. Que Nyarlatothep lo guarde siempre en su ectoplasma.
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 24 de junio del 2020.)
Tras algunos meses
arropados por consecutivos singles de adelanto, en marzo recibe luz verde lo
nuevo de Nax, banda con sede bonaerense en un inicio acto unipersonal de
Nicolás Castello. Por la trinchera gaucha han desfilado muchos músicos, lo que
dificulta tener clara la alineación de estos días: Gabriel Hernández, Juan
Marcos Hernández (desconozco si existe parentesco), Pablo Bugueiro Bertier, Jonathan
Sansone, Nicolás Garimano, Christian Bocon... Si debo hacerle caso a la info
consignada en BandCamp, los tres últimos y Castello son quienes actualmente dan
forman al line up.
El hoy cuarteto siempre
se ha tomado su tiempo para publicar. Parece que Nax cobra vida antes del 2009,
siendo 2013 el año en que se da a conocer con Amalgama EP. A partir de allí se suceden espaciadamente
lanzamientos cortos, 45s la mayoría de ellos, hasta arribar a Congelado. Debe considerarse a este
título su puesta de largo oleada y sacramentada, pues Lunas Azules (2016) es en la práctica un extended que apenas rebasa
la barrera de los 16 minutos.
Congelado, además, rescata surcos que llegan a
fecharse tres años atrás -lo cual le ayuda a dar pie en bola. “Celebrar
Aniversarios” y “Noche” rompen fuegos en accesible y correlona clave shoegazing,
empapada de cierta retórica indie (“Ya No
Andas En Patineta/Y No Querés Salir A
Visitar A Tus Amigos/Ya No Festejas
Tus Cumpleaños/Sólo Querés Quedarte
Componiendo Tus Canciones”). La mezcla de estudio premia a las quebradizas
guitarras, cuyos arpegios combustionan encerrados en un iglú. Mas fuera de su
vitalidad, y del hecho de adscribir al romanticismo melódico en forma y
contenido, no queda mucho por decir.
El verdadero inicio
de Congelado es “Haceme Olvidar”, número
más reflexivo y agridulce que sube los rangos noisicos y trastoca en sofocante
la indómita caricia del vendaval. Es éste, de otro lado, el punto de apoyo
sobre el que Nax se aviene a crecer. Verbigracia “Hechos De Agua”, que retoma
la fórmula inicial, sólo que volcándola de lleno hacia la senescente murria de
los días otoñales. Algo similar ocurre con la sucinta “Luna”, mientras que
“Ángeles De Hielo” opta por tempos más serenos.
En el último
segmento del disco, Castello y compañía equilibran todas las variables, desplegándolas
en su justa posición. La sección rítmica por fin emerge a la superficie,
imprimiendo convincente su huella en la psique del/de la escucha. Los giros
melancólicos de las vocales pasan de modo greca a modo viñeta, tal cual lo
consiguiesen en “Hechos De Agua”. Las eléctricas resplandecen en ejecuciones
que recuerdan a The Stargazer Lilies o Dream Suicides. Así, el rush que arranca
con la preciosa “Girasoles” y termina con el canal homónimo de esta entrega
alcanza su culmen en “Kria”, toma corregida y aumentada del lado B que
acompañase la primera versión single de “Celebrar Aniversarios” (2017).
Por su
caleidoscópico talante, los arreglos ambientales remiten veladamente a gente
como Glaare (darkgaze), Nicholas Nicholas (indie) o Catch The Breeze
(postpunkgaze). Lustre para un plástico al que, es justo explicitarlo, debes
darle un par de oportunidades. Por ahora, Nax consigue aprobar con una jornada
ácida... amarga... triste...
Acicateado tal vez
por el redescubrimiento y nuevo boom del minimal synth, el pop underground empieza
a rastrear con desesperación entre subgéneros aparecidos tras la erupción punk,
esperando encontrar vetas que insuflar de nueva vida; con el consiguiente
aumento estadísticamente improbable de aquello que en paleontología se denomina
“lazarus taxon” -en cristiano, especies (estilos) que se desvanecen durante x
intervalos geológicos (eras mediáticas), y bruscamente reaparecen después.
No es curioso que la
del gothic en su cepa noventas sea de las primeras reanimaciones tentadas.
Después de todo, existe un túnel de comunicación entre el territorio synth y el
primigenio dark (matriz de la que surgió el rock gótico): la coldwave. Sí es curioso,
en cambio, que el resucitado haya obtenido gran acogida en aquestos rumbos del
orbe; sobre todo en Colombia (Ferdinand Cärclash, Antiflvx, Cimientos Fecundos)
y en México (Stockhaussen, E N T R E M E N T I R A S, Macedonia, El Ojo Y La Navaja...),
como atestigua la nómina de InfraVox Records (Perú). Del país de las enchiladas es también Das Leiden, individual de Daniel Rossier que debutase en marzo del 2019
con el sencillo “Suffering”.
Wounds (marzo del año en curso) se balancea entre
el EP y el mini-álbum. Dada la naturaleza esencialmente sintética de la
artillería que desdobla el músico, el registro desprende desde su efímera
apertura “Purcell” un sabor similar al del electrodark de The Shroud o The
Electric Hellfire Club. Similar, no idéntico: conforme se suceden composiciones
como “Blood”, “Absinthe Drunk” o “Once Again I Sacrifice”; Das Leiden incorpora
la herencia de ese gothic cosecha 90s que, teniendo como principal referente a
The Sisters Of Mercy, se dejaba seducir por el metal y el industrial.
No obstante, es
recién con “Fühlen (Sentir)” y el single ya publicado -rebautizado “The
Suffering (Das Leiden)”- que se consolida el proceso de desafectación que
Rossier pusiese sobre el tapete tras los primeros acordes. El azteca desmonta el
modelo noventero extirpándole esa ampulosidad que terminó devorándolo,
desechando la recargada aparatosidad que lucía, simplificando y dinamizando su
sonido. Para cuando el láser recorre “The Suffering...” y “Fühlen...”, de la
teatralidad inherente al género no quedan ni las virutas.
Estimo que Wounds debe ser de las primeras placas minimal
goth que nos reservan los calendarios venideros. Pese a las incógnitas
penumbras que rasgan las gélidas coreografías maquinales propuestas por Das
Leiden, el camino todavía es largo, de cualquier modo -aún le falta evitar
resbalones como “In The Distance”, cliché a más no poder.
Sólo ha
transcurrido un bienio y Sexores vuelve con nuevo episodio discográfico, quinto
de su caminar si se contabilizan los mini-LPs Amok & Burnout (2011) y Red Rooms (2016). Todavía resuena en estos tímpanos East / West (2018), díptico en formato vinilo que explorase
respectivamente las facetas experimental y pop de la querida agrupación
ecuatoriana afincada en México. Este contraste de perspectivas no desaparece en
Salamanca, pero sí es sublimado
debido a varios factores. El más evidente de éstos es su extensión, pues la
nueva criatura no es doble.
El más trascendental,
inequívocamente, es el bifronte concepto que el dúo ha asumido a consciencia y trabajado
durante muchos meses. En efecto, Emilia Bahamonde (a) 2046 y David Yépez (a) 606
realizan una meticulosa investigación sonora acerca de macabras mitologías paganas,
tanto tradicionales -entiéndase folklóricas- como pop -entiéndase las provistas
por el cine-. Y lo hacen centrándose en el protagonismo que, en torno a estas
historias, recae sobre las brujas.
Otro factor
determinante ha sido el de la tecnología. Sabido es que la dupla siempre se ha
apoyado en ella. En Salamanca, la
aborda empleando software libre, lo que imprime en el largo una técnica más cerca
del ingenio y la creatividad que de la disponibilidad tecnológica de avanzada.
Más punk -una arista que suma al momento de encarar el contenido polisémico de Salamanca, esférico que también acusa
trazas de bipolar.
Sí, porque la
disparidad de temas se sucede sin tregua, pese a estar el viaje dominado por
innegables matices oscuros. La faceta experimental del binomio se materializa
desde el fugaz intro de “Aqueronte” (el más conocido de los ríos que atraviesan
el inframundo helénico), y se robustece en piezas como la pesadillesca “Death
By Burning” (calando la turba que ocasionaba cualquier ajusticiamiento
medieval), “Posism + Tiraclaurism” (retorcida programación sintética que inserta
a modo de coda un fragmento de “El Beso Que Te Di”, del dueto uruguayo Los
Olimareños), la densa “Crapaud” (oscura y monocorde, agregaría) o la canción
titular (un genuino aquelarre babélico).
La faceta digamos
pop -léase la más accesible- de Salamanca
no llega a ser ni tan cacofónica ni tan lúgubre como su contraparte
experimental, si bien sus logros no son menores. La maravillosa “Volantia”
avisa que el dream pop/shoegazing y la electrónica preservan su lugar central
en la dialéctica del tándem. En adelante, éstos y otros códigos serán moldeados
por el timing percusivo: así lo corroboran el medio tiempo de “Hannya”
(participa nuestra compatriota Noelia Cabrera, de Kusama, Blue Velvet e
Isolation Project; guiño de carambola a Onibaba),
el dream pop vigorizado de la veloz “The Depressing Sounds Of The Witch”, la
estupenda semi-balada “Mistress Of The Marble Hill”, el electrogaze de “Nos Lo
Dijo La Serpiente” o la sofisticada “Madre” (delicada melodía al piano con la
distorsión racionada).
La travesía ofrece dos
ocasiones en que ambas facetas se cruzan, produciendo ambientes de tensión
épica. Tanto en “Decretism” como en “Lámpades” (consagrada a las deidades que
acompañaban el séquito de la triforme Hécate), el shoegazing, el dark, la
electrónica y la atonalidad chocan frontalmente. La colisión provoca prodigios:
la luz, lo experimental, el pop, la lobreguez; conviven e interactúan por escasos
minutos. Poesía enajenante ahogada en saudade, que sólo en uno y otro caso
resiste ser filtrada y refractada.
Espero que Salamanca traiga a Sexores otra
vez por estas tierras, y nos permita disfrutar de su consabida presentación en
directo, cuando todo este chongo pandémico sea un mal recuerdo. Siempre es un
placer verles.
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 27 de mayo del 2020.)
Que son días poco favorables
para la Creación Heroica, es una afirmación que va convirtiéndose en axioma con
cada nuevo almanaque desde el cenit de los 00s. Igualmente vero es que estas
fechas se prestan más para deconstruir/revolver/desafiar las etiquetas que el pop
contemporáneo forjase en periodos más felices de su generoso devenir. En lo que
no hay acuerdo ni concierto es en si esa competencia para disolverlas y jugar
con ellas tiene mérito intrínseco o no. Naturalmente, estoy convencido de que
sí -o hace rato habría colgado la pluma. Encuentro esperanzador que a la
taxonomía sonora le cueste horrores acuñar los sintagmas lingüísticos necesarios
para describir aquellas inopinadas aleaciones hoy abundantes en las escenas independientes,
y recurra a la yuxtaposición/mutilación de preexistentes categorías para salvar
la situación.
Buena parte de los
diecisiete, acaso dieciocho calendarios que lleva recorridos, Liquidarlo Celuloide los ha dedicado a refinar una zumbante sonoridad que cabe aquilatar
vagamente como noise rock frankensteiniano. Ambient degradado, no wave, ruido
blanco patas arriba, automatismos surrealistas varios, insania pig fuck,
non-sense experimental, feedback atonal... Éstas y otras etiquetas pariguales
han sido depositadas incontables veces en crisoles embadurnados de petróleo
crudo, dando lugar a un output bramante que recuperase terreno gracias a Superfricción, rodaja del 2017. Ahora
que los capitalinos se hallan próximos a las dos décadas de existencia, optan
por estrenar su decimoprimera referencia en largo con nada menos que Jaz
Coleman en las perillas.
La presencia del frontman
de Killing Joke en labores de producción no es a priori influencial. Para Superfricción, LC mostró por primera vez
elementos que lo conectaban directamente con el post punk original, matriz de
géneros en que se forjase la Broma Asesina. Sin embargo, los créditos que le
arroga Anamnesis (2020) al británico sí
son indiciarios. Habiendo decidido la banda reorientar el maelström de disonante
entropía espiral y pantanosas frecuencias arácnidas que galopa de continuo,
hacia esas comarcas de convulsa/oscura angularidad eléctrico-epiléptica surgidas
tras el estallido punk de 1977, quiso el Destino que el concierto de KJ en Lima
(2018) lo abriesen los dirigidos por Juan Diego Capurro. “El flechazo fue
instantáneo”, como dice una canción de Mecano -acaso porque, de la
impresionante galería de Héroes que ofrendó el post punk a la mitología
pop/rock, Coleman es el que mejor descifra el apocalíptico descerraje voltaico
de los limeños.
Son apenas seis
temas. No se necesitan más. La agrupación, mismo line up del capítulo previo -Giancarlo
Rebagliatti (bajo), Capurro (voz y teclados), Efrén Castillo (guitarra), Alfonso
Vargas (batería)-, a la que siempre me resistí a tildar de “psicodélica”; incorpora
finalmente ADN lisérgico en modo “psych”. En efecto, el avatar celuloide que
abraza y se funde con el post punk ha sido abducido por esa perturbadora
demencia furibunda que arropó al grupo desde las fechas en que era el proyecto
solista de Capurro, y que en Superfricción
amenazaba con reconquistar lo que al principio fue suyo. Esa desequilibrante
chifladura que gusta de sodomizar cualquier embrión de pensamiento lógico, que
es más agresión que vuelazo, le salta a la carótida al viejo Coleman -y éste le
recibe con los brazos abiertos, sabiendo lo que va a provocar ese encontrón.
El resultado es estremecedor.
A los aceitados engranajes de Liquidarlo Celuloide les aditan ampollas
concentradas de violencia neurótica, les disparan numerosas salvas de esquirlas
de un industrial más mecánico que metálico, les invaden microorganismos
fungiformes de torva densidad fangosa. Aquello que se levanta de esa fosa de
tormento y agobio infinitos es una entidad emponzoñada, venenosa. El cuarteto
es ahora una cofradía de cenobitas prófugos del Hades, devota del Lado Oscuro.
Una célula subversiva de mantras infernales (debe ser el primer disco de la
saga en que todas las pistas encajan voz), capaz de hacerse delgada como papel para
atravesar defensas y bruscamente adquirir atroz consistencia/volumen (“Saliva”).
En Anamnesis -término que alude al estado
mental susceptible de recuperar recuerdos inconscientes-, el combo puede soliviantar
ominosas borrascas en torno a un riff GIGANTESCO que asume el rol de nota pedal
(“Asfixia”). Puede epatar bilis y vileza en proporciones exactas (el single de
adelanto “Lluvia Negra”). Puede arrastrar al productor a una colaboración
estelar (“Perversión”, con vocales y sintetizadores de Coleman), por en medio
de una trocha infestada de fétido/félido limo verde. Aquí se impone remarcar la
laboriosa jornada acometida por el baterista. Mazazo tras mazazo, Alfonso
Vargas gana todos los rounds de esta disputa. El punche con que va al choque y
su precisión, digna de un pulsar, dan contigo invariablemente en el suelo y
sangrando -incluso en “Bajo El Río De Neón”, track insuflado de dub, amansado
por el expansivo groove que impone Vargas desde las baquetas. Los diez
minutazos de “Bajo El Río...” dan reposo y sosiego al/a la escucha luego de
haber sido vejado/a casi media hora, y cumplen además con el canon que observa
buena parte de la tropa post punk clásica -el viaje de John Lydon a Jamaica no
sólo fue determinante para Public Image Ltd.
La prueba palmaria
de lo propicia que ha sido para Liquidarlo Celuloide la posición de las
estrellas en Anamnesis es la brutal
“Erupción”. La milimétrica interacción entre guitarra, bajo y batería, aupados sus
ejecutantes a un frenético ritmo de hambrienta malignidad, de enajenante protervia;
alcanza ese paroxismo pánico que estigmatiza el espíritu con arañazos de
claustrofobia -algo así como el acojonante miedo ciego que te nubla cuando ves The Blair Witch Project (1999). Una alusión/ilusión
inducida por la espantosa melopea “Alguien
Dijo Que Ese Niño Nunca Estuvo Entre Los Cinco/Luego De Ellos Fueron Otros Los Que Desaparecieron”. Me he provocado
una frikeada brava escuchando una y otra vez “Erupción” en plena madrugada, y
me la seguiré procurando una temporada más, pues uso exponerme a aquello que me
espeluzna hasta que ya no lo haga. Lo más cercano a un ave satani pop que se
haya hecho aquí.
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 11 de julio del 2018.)
Cumpliéndose en
este 2018 nada menos que 128 calendarios de su natalicio, y hallándonos ya en
camino de conmemorar el centenario de su partida -restan diecinueve almanaques
y contando-, aún la Humanidad vive fascinada con las cosmogonías de delirio que
escribió/¿transcribió? Howard Phillips Lovecraft, el padre del cuento
materialista del terror. Detalle no menor: sin importar cuánto han avanzado desde
su desaparición las artes plásticas, la técnica narrativa literaria o “el
versátil celuloide” (Jorge Luis Borges dixit); el horror transgaláctico del que
se hiciese eco el genio de Providence, aquello que las palabras (de su tiempo) se
resistían a/no podían describir, sigue eludiendo cualquier representación
cabal, y alimentando de paso el atávico miedo que yace en el subconsciente de
la especie.
La Música, el arte
que elegí honrar todos los días de mi vida, no ha sido en absoluto ajena a esa
fascinación; si bien podría decirse que ha corrido con similar suerte que el
resto de las manifestaciones que han intentado digamos “corporizar” el ciego
terror preternatural del onirófago autor usamericano. Casi en todos los
rincones del mundo civilizado, el maestro siempre ha tenido devotos entre los
músicos pop: desde los inclasificables alemanes Necronomicon y su magistral Tips Zum Selbstmord (1972, existe otra banda germana con el mismo nombre, avocada al thrash) hasta los en-su-tiempo
desconocidos norteamericanos H.P. Lovecraft (sendos proto-psicodélicos volúmenes homónimos en 1967 y 1968), desde los franceses Shub-Niggurath y su
avant prog rock hasta el virginiano proyecto unipersonal Out Of Orion, desde
las compilaciones underground ibéricas Necronomicon
(1984-1987) hasta los ucranianos Yog Sothoth, pasando por guiños admirativos
menos notorios pero igual de relevantes -“The Call Of Ktulu” de Metallica,
“Lovecraft In Brooklyn” de The Mountain Goats.
Previsiblemente, también
Latinoamérica se ha rendido al hechizo lovecraftiano. Desde el hermano país de
Chile, tenemos noticias de tributos tales como “Hypnos” y “Marginalia” de
Lluvia Ácida (temas incluidos en el debut Simulación,
1996), el doble EP Erich Zann (2003)
de Fiat600, el grupo Lovecraft de Concepción (el indie chileno en los 90s era
la raja), el proyecto experimental santiaguino Ihä... Con alias casi idéntico a
este último, el año pasado la banda argentina de stoner y psicodelia IAH debutó auspiciosamente, y no olvidemos a sus brasileños colegas de pelotón Necronomicon.
Asimismo, no son pocos los músicos peruanos influenciados por H.P.: Insumisión,
Fractal, Dios Hastío, La Ira De Dios, Maximum Terrorem...
Hace mes y medio, apareció
en la Red In Tenebris Scriptus - A Dark Aural Tribute To H.P. Lovecraft. No es el primer disco colectivo que
homenajea a quien tal vez sea el literato misántropo más famoso de la Historia,
ya que está el antecedente del latinoamericano El Ceremonial (2016), pero a la fecha sí es el más logrado. Curado
por Raffaele Pezzella, único miembro de Sonologyst y responsable de la plataforma
Unexplained Sounds, In Tenebris Scriptus...
viene respaldado por la reputación que se han construido tanto la escudería
como su sello subsidiario Eighth Tower Records. A saber: un cuidadoso catálogo
de grupos, artistas y elefantiásicas recopilaciones temáticas signadas por un
dark ambient experimental y rigurosamente ritualista, por una impredecible
drone music subterránea y profundamente deudora del post industrial cercano a
la experimentación sónica noventera, por una voracidad insaciable para mapear
corrientes telúricas similares de todas las latitudes posibles. Como muestra, cuatro
títulos: Visions Of Darkness In Iranian Contemporary Composition (2017), The Cave Of Metaphysical Darkness & Lights (2018) de Moloch
Conspiracy,New Modernism (2018), y Ancient Death Cults And Beliefs (2015) de Sonologyst.
Un factor que
parece siempre ser tomado muy en cuenta por la label italiana, para todos los
lanzamientos que nutren su nómina, es la potencia del volumen. La mayoría se
inclinaría por afirmar que ésta casi no existe, porque siendo la música el 100%
de las veces la encarnación de tenebrosas visiones pesadillescas, es regla que el
volumen no adquiera demasiado protagonismo principal. Las reglas, sin embargo,
se hacen justamente para romperse: a mi parecer, existe una modulación del
volumen, y ello se hace evidente en los momentos en que la música alcanza picos
de monstruosa distorsión de la realidad sonora -ahí reparas en que el volumen
no sube, sino que se engrosa, se robustece, envolviéndote en una experiencia
que puede llegar a ser aterradora.
En este aspecto, In Tenebris Scriptus... no es la
excepción: cavernoso drone maximalista, pánico ante cualquier atisbo de rítmica
o de percusión, rechazo implícito a la menor concesión melódica -no te dejes
engatusar por la apertura “Dwelling In Mayhem”, de Monocube, que incluye una
guitarra acústica ensayando arabescos varios. En cierto modo, el del disco es
un aliento que califica como “ruido”, no en la dirección patentada por las
vanguardias digitales de hace dos décadas, sino más a lo masas cataclísmicas de
sonidos monocordes que reptan deformes indefinidamente.
Se hace menester
subrayar que, en este tributo, el dark ambient/drone marca de la casa es lo
suficientemente dúctil para soportar tratamientos industriales, efectos
subacuáticos (“The Haunter Of The Dark” de Noctilucant, “Corona Nyarlathotepis”
de The Serpent) e incluso cierta salvaje complejidad en medio del caos
(nuclear) de abigarradas suites binarias (“Cryptic Realms” de Sonologyst, “The
Shadow Over Innsmouth” de Moloch Conspiracy). Esto le confiere a In Tenebris Scriptus - A Dark Aural Tribute
To H.P. Lovecraft un aura de escalofriante majestuosidad. Muy
probablemente, la música que mejor interpreta todo lo que Lovecraft dijo con
palabras: es, por decir lo menos, inquietante los muchos tonos de negro que el
tímpano puede identificar aquí y en todas las publicaciones de la disquera.
Laudos para los
participantes y sobre todo para Unexplained Sounds, que se la jugó arriesgando
harto y ganó en buena ley.