
Lo que no podían
prever ni el Océano, ni el Larousse Ilustrado, ni el Espasa Calpe; era que tal significado
de “polisemia” empezase a aplicarse a más de una palabra. Hace apenas unos
años, le recomendaba a un amigo, músico vanguardista local, darle una
oportunidad a Maximum Terrorem. Éste es/¿era? un avatar de Erick Bullón, que firmaba
discos cuyos rasgos podían ser simplistamente descritos como dark ambient. Mi
amigo retrucó que ya había escuchado el subgénero en cuestión, oponiendo a mi
sugerencia los nombres de Black Tape For A Blue Girl, Ordo Equitum Solis, Lycia
y casi toda la tropilla del sello estadounidense Projekt. MT no se parece en
nada a la citada nómina, pero entendía los motivos que había tenido mi amigo
para confundirse.
Y es que, sin duda,
“dark ambient” se ajusta mucho más a los lineamientos de Projekt; puesto que
sus grupos partían del dark rock y del gothic para acercarse a la música etérea
a través de atmósferas oscuras pero no dantescas. Por otra parte, “ambient
dark” sería la precisa manera de sindicar a determinadas bandas de cepa
industrial, postindustrial, noise y/o metal; que conscientemente se internan en
el minimalismo del ambient para generar climas lúgubres y alevemente dantescos.
El vencedor en la lucha por la sobrevivencia fue este último, y el habla
cotidiana, que a la hora de la hora es más fuerte que el sistema y la norma en
cualquier idioma; le premió sin embargo con la chapa del vencido -haciéndose
conocido como “dark ambient” aquello que en un principio era más apropiado tildar
de “ambient dark”.
A lo nuestro, antes
de que la polisemia nos lleve al lenguaje universal o al babélico caos del
Armagedón, lo primero que llegue.

Doctas, sí, porque
otra cosa no puede pensarse de largos como Ancient
Death Cults And Beliefs (2015), A
Dream Inside A Dream (2015) o Beyond
The Logic Of Science (2013, cada uno de sus tracks nace de samples de/está
inspirado por Stockhausen, Morton Subotnick, Pierre Henry, Bernard Parmegiani y
Henri Pousseur; entre otros insignes precursores de la misma brillante época).
Sonologyst depura la brusquedad del industrial barrenando su aparatosidad, lo
deja en los huesos para facilitar a partir de ese estado su acercamiento entre
chamánico y hebefrénico al ambient, a la drone music ritualista y de mayúscula
abrasión iterativa. En sus genes yace el legado de los grandes compositores
electroacústicos de mediados del siglo XX, pero también el de los
francotiradores insulares antologados por el Ambient 4: Isolationism (1994) y -tangencialmente- por la cuádruple
serie Excursions In Ambience.

Rodajas como Silencers - The Conspiracy Theory Dossiers
(2015, reeditado este año) o Electrons - A Scientific Essay (2016) se hallan masivamente plagadas de sonidos que ni
absorben, ni reflejan, ni mucho menos emiten luz alguna -salvo, acaso, la del
punzante dub electrónico, que tampoco es que abunde. Me figuro que personas
extremadamente sensibles no podrían comprenderlas, e incluso serían incapaces
de percibir sus contornos generales, como si fuesen cúmulos de gases fríos
compuestos por partículas aún desconocidas para el entendimiento humano. A
estas alturas del texto, caería en un oxímoron aduciendo que así es el dark
ambient por ascendencia. El ruido de catacumbas pletóricas de vida infrahumana,
el sonido que emiten las meninges irritadas, alegorías fabuladas de ruido
blanco: cualquiera de estas imágenes alude a su esencia tortuosa/atosigante, sin
agotarla.
Una jornada
promedio de Sonologyst es, en la práctica, un laberinto sencillísimo de
resolver desde fuera. El problema radica en que, una vez dentro, aquello que
parecía manifiesto se torna ilusorio; y la arquitectura del dédalo se
distorsiona hasta niveles no-euclidianos. Trazados lineales, columnatas y
ángulos se multiplican pesadillescamente sin posibilidad de disrupción; y ya
sólo el fade out (¿cuán?) arbitrario permite un respiro momentáneo ante el
enmarañado súmmum de vericuetos ramificados. Mientras desde fuera el enigma se
soluciona con un par de miradas, la experiencia de zambullirse en su interior
-escalofriantes climas de enajenación, nihilismo inextricable de magnitudes
siderales, malignas trombas de alienación sonora, refinados crescendos
minimalistas/maximalistas- no será placentera para quien no esté previamente
preparado.

El año pasado,
Pezzella estrenó Apocalypse, que debe
ser su disco más singular a la fecha. Por primera vez en seis años, Sonologyst
no suena coercitivo ni sofocante. La intención del bautizo es notoria, pero en
lugar de un esférico de motivos irrespirables y constrictores, la mirada del europeo
es crepuscular, resignada, estoica... Sin dejar de ser idóneo para films de
ciencia ficción, el sonido del plástico es vesperal; otro tanto sucede con su
narrativa, que enumera las estaciones que la Humanidad atravesaría/atestiguaría
ante un evento de idénticas características, desde su advenimiento hasta el
inerte final (de hecho, la placa recuerda mucho los minutos finales de Knowing). Por momentos líquido, por
momentos anacarado, siempre desoladamente fúnebre; en mi opinión Apocalypse se convirtió en un título a considerar
en los recuentos del ejercicio 2017. Su atipicidad no lo hace la más apropiada
opción para quienes se muestren interesados en acercarse por primera vez a
Sonologyst. No obstante, ya que hemos llegado hasta aquí, y remarcando siempre
su accesibilidad... ¿te animas a darle una oportunidad?
Hákim de Merv
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