jueves, 13 de junio de 2024

Rafael Sáez: Plenilune

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 5 de junio de 2024.)

Músico electrónico con pinta de coetáneo mío -es decir, joven aún (jejeje)-, desde Madrid han llegado buenas nuevas sobre Rafael Sáez, quien debuta bajo nombre civil a inicios del pasado marzo colgando en su cuenta de SoundCloud las pistas correspondientes a Plenilune. Bonita sorpresa por varias razones -acaso la más importante de ellas: la vieja escuela pre-kraftwerkiana no tiene por qué estar necesariamente reñida con las mocedades synth que izaron antorcha de rebelión a inicios de los 80s, inspirándose en los Robots de Düsseldorf. Ni rechazar ambos subgéneros sonidos más próximos al estipendio del baksheesh.

Efectivamente, Sáez se emociona por igual escuchando a Ultravox y a Jean Michel Jarre, a Depeche Mode y a Vangelis, a Yazoo y a Tangerine Dream. Su estética se alimenta de las sonoridades que emiten un Yamaha DX-7II o una Commodore 64, un GRP A4 Synthesizer o un Oberheim Xpander. Sirviéndose de la interface MIDI para empalmar unas a otras, el output resultante cuaja las más de las veces en un macizo synth pop de sólidas, casi hercúleas secuencias proto-trance. Ésa es una forma de decirlo. Acaso más apropiada para Plenilune, otra sería afirmar que el peninsular cose el sofisticado input glacial de adalides como Gary Numan o John Foxx a la electrónica casi polifónica de rancio cuño, dando lugar así a un continuum que resplandece apolíneo gracias a programaciones refractarias del imaginario de la sci-fi más entusiasta.

El empleo de bpms de alto octanaje envuelve a Plenilune en un halo de futurismo indesmayable, pese a lo cual Sáez se da maña para sortear la uniformidad. Calentar motores y dar la largada con “Stars”, todo es uno. Llena de vitalidad impetuosa, producto del coqueteo con el trance a lo Oakenfold o Tiësto, la pieza corre hacia una segunda parada igual de robusta que la anterior: “Fly To Your Dream”. Sin abandonar el crisol al que ha accedido desde el inicio, la síncopa va amansándose con “Rain”, “You Want Me” y “Fallen Dreams”; estos dos últimos en remezclas acreditadas al gaditano Cyborgdrive. Aquí es manifiesta la reducción de velocidad en los beats, lo que de paso ayuda a que ingresen otros colores -el string artificioso de “You Want Me...”, un rango vocal más agudo que los que desfilaron en números precedentes...

Tras “Fly...”, “Together” es el canal que más se empeña en rozar el trance, aunque la aproximación está bastante lejos de concretarse. De hecho, la imagen proyectada por el tema emite destellos de ese corte, felizmente sin requerir del sonsonete repetitivo consustancial al también llamado “atmospheric house”. O de su agilidad. Despojada de la reverberante fastuosidad de su contraparte remixeada, la toma original de “You Want Me” se acerca al synth pop de pro, lo mismo que “Walk Alone”. Este surco, no obstante, luce lo bastante esquematizado y simplificado como para adherirse al descafeinado pop mainstream del siglo XXI -el único momento del CD que me parece prescindible. Afortunadamente, Plenilune alza vuelo de nuevo con sendos remixes de “Together” y “Stars”, respectivamente a cargo del español McV ADSR (que coproduce el álbum) y de Jonás Larsson. En ambos casos, regresa a primeras planas la jocunda alquimia que brillase nada más iniciarse la jornada, cerrando ésta en plan fin-de-fiesta.

Fruto de un trabajo de seis años, Plenilune no ha satisfecho las ansias editoriales de Rafael Sáez. El madrileño ha anunciado la confección de un artefacto de remixes (titulado provisionalmente Black Sun), del que ya se han dejado escuchar algunos adelantos, y su inmersión en el concebimiento de su segundo opus en estudio. A tal efecto, sugiero que las versiones normales de canciones e instrumentales se posicionen primero en el track list, y se reserven las remezcladas para el final -como se acostumbraba antaño. Confunde un poco escucharles a la inversa.

Hákim de Merv

jueves, 6 de junio de 2024

Jeannie Llamoga: Hey Love! I Love You

 (Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de mayo de 2024.) 

Por mucho tesón que uno/a ponga en alcanzar la objetividad allende las ciencias exactas, a lo más a que se puede aspirar realmente es a una intersubjetividad que viabilice la comunicación y discusión entre los seres humanos. Suele olvidarse con facilidad este, digamos, “axioma”; que cada tanto algún episodio dialéctico refresca. Me sucedió hace poco, en el marco de un debate amical sobre “Vamos A Tocache”, notorio plagio descarado de “Primary” de The Cure -y ello me recordó aquella polémica suscitada por una hoy olvidada reseña mía, sobre cierta grabación peruana de música electrónica experimental a fines de los 00s. 

Se me acusó entonces de manejar una plantilla esquematizada a partir de la que evaluaba los discos, no distinguiendo naturaleza o género. Por supuesto, la acusación carecía del menor asidero, porque se critica el resultado de un álbum específico y no los procesos que le produjesen, sin importar lo innovadores que fueran éstos si el saldo era el mismo de hace años. He rememorado la anécdota a propósito de Hey Love! I Love You, debut en 33 de la trujillana Jeannie Llamoga, porque siento al considerarle que la única canción que salvaría de la quema es “Love Of My Life” (nada que ver con el clásico de Queen). Y aquí cabe preguntarte si de veras es lo único rescatable o si sobrevive debido a un contexto que para mí no significa nada. 

Llamoga publicó Nevermind EP a mediados del ‘21, y ya entonces avisaba que lo suyo eran composiciones de -cortas o extensas- intros siempre afables, tras de lo cual intercalaba calculadamente plastificadas arremetidas electro-pop cosecha establishment siglo XXI y segmentos en los que casi literalmente contiene el aire. Para Hey Love! I Love You, esa dirección se consolida llegando en la práctica a mimetizarse con su inequívoco modelo de referencia, la diva del ¿“género”? en cuestión Lady Gaga. Es decir: dance pop sintetizado, repleto de esteroides, cuyos infundados fastos rozan la vulgaridad a niveles más que ramplones; y que recurre a la utilización de cualquier estilo sonoro, encaje o no, cuando su estética de cartón se queda sin aire y urge de nutrirse antes de fallecer -como lo intentase en Born This Way (‘11).

Si lo de Jeannie Llamoga no desciende a esas simas comerciales, se debe a dos razones. Primera: el fenómeno  Gaga  va  en franco declive desde hace algún tiempo, y sus herederos/as -involuntarios/as o no- se han preocupado por mitigar los defectos en que incurrió la “célebre” cantante. ¿Cuáles? Falta de autenticidad, vacío, letras al borde del panfleto, teatralidad de glamour empalagoso hasta la náusea... Segunda: por suerte, y aunque se afane en imitar los giros vocales de la usamericana, la voz de Llamoga tiene matices distintos. Eso coadyuva a que su música no quede simple y llanamente como derivativa o “genérica”, si es que convenimos en que lo de Stefani Joanne Angelina Germanotta puede calificarse como “género”. La peculiaridad, sin embargo, no alcanza para sacudirse de la estela que emula. 

¿Que si eso es malo o bueno? Pues depende de si en este punto crees o no que manejo una plantilla esquematizada a partir de la cual bla-bla-bla. A diferencia de lo que pasa con los disfuerzos de Lady Gaga, HeyLove! I Love You no me ha empujado en una a detener la reproducción (aunque estuve cerquísima de hacerlo tras el reggaetón muy mal disimulado de “Yo Muero De Amor Por Ti”). Si el larga duración es más llevadero, eso se debe a las razones enumeradas -y no tanto al hecho de servirse la norteña de esquirlas de big beat (“Hey Love!”) o de ambient pop (“Only You”) para desmarcarse y/o pretender no ser aquello que es. Estoy seguro que puede chuntarla entre audiencias de corte millennial. Por desgracia, este pechito es un orgulloso exponente de la Generación X, y por ende bastante más difícil de embaucar. No compro.

Hákim de Merv

jueves, 30 de mayo de 2024

Ela Zul: Spine

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 22 de mayo de 2024.)

Chiclayana hoy afincada en la costa oeste de la Unión Americana, Micaela Martínez a.k.a. Ela Zul lanza oficialmente a fines de enero su segunda entrega de largo aliento, Spine. La primera, World As A Magnet, data de noviembre del ‘22 -y aunque no paseo todavía lo suficiente por entre sus surcos, los rastros apuntan a que orbita alrededor del indie pop. De confirmarlo próximas escuchas, el golpe de timón que ha sido impuesto por la joven norteña en su nuevo disco es más que palpable.

Para empezar, si bien el piano ya estaba presente en World..., en Spine su protagonismo se acrecienta al punto de tornarse identitario de la obra. Amén de dotar al nuevo repertorio de intimistas aires tradicionales, las teclas acercan a Ela Zul a esas viejas vetas de new age que entre fines de los 80s y principios de los 90s refulgían revestidas de sesgos juglares (cf. Enya, Loreena McKennitt o Malinda Kathleen Reese). Esa estela, por lo demás ya asimilada al pop pedestre durante el nuevo siglo, se entroniza al menos en 7 de las 9 canciones compendiadas aquí.

Es, pues, parejo el cromatismo de Spine. Bien matizada por quenas y contrapuntos vocales (“El Niño Espacial”), bien apuntalada por insinuadas/sutiles líneas de teclados (“Noche De Algunas Lágrimas”), la paleta de Martínez colorea de continuo las nuevas viñetas recurriendo a la misma franja espectral. Etéreo en “Estampa”, bucólico en “Soñé”, balsámico -“con v de vals”- en “Mariola”; el emotivo pop de la cantautora discurre sin otros sobresaltos que aquellos que proporcionan las letras. Y es que, a diferencia de la música recién facturada, los textos se mueven en planos algo más mundanos -cuando no carnales, como es el caso de la aludida “Estampa”. Otro ejemplo es la excelente “Nada”, donde Ela se nos descubre presa de anhelos frustrados.

Más cerca de World As A Magnet, “Sueño De Un Genio” y “Virgen De Guadalupe” constituyen los momentos discordantes de la placa. No por entero, desde luego, pero de todas maneras percibo en ellos un uso más extensivo de instrumentación basada en circuitería. Sobre todo en “Virgen De...”: con un tropical/tapatío acompañamiento coludido a la guitarra de palo, queda claro tras los primeros acordes que se trata de un homenaje a la que es tal vez la advocación más célebre de María al sur de Estados Unidos.

Ecos residuales de Julieta Venegas y aún de Maldita Vecindad Y Los Hijos Del Quinto Patio impregnan, así, los instantes finales de un opus embebido de espiritualidad. No de una cualquiera: la de Ela Zul lleva marcado el sino de la soledad, de la duermevela, de la melancolía. Variedad no precisamente abundante en nuestro medio, rubricada por una voz que si bien no es sobresaliente, sí se revela bastante cumplidora.

Hákim de Merv

jueves, 23 de mayo de 2024

Juegos Con Fronteras: ¿Se Está Convirtiendo Sudamérica En El Último Bastión De Una Huérfana Crítica In Spanish Especializada En Música Pop?

(Publicado originalmente a través de tres posteos en Facebook, el 9 de abril de 2024.)

A priori, me imagino que la interrogante con que encabezo esta nota sacará ronchas al por mayor, habida cuenta de la ambición e incluso soberbia que se le podría achacar. ¿Por qué Sudamérica en vez de Latinoamérica? ¿En qué situación está España, como para no considerársele? ¿Tiene la región una escena pop, independiente y/o mainstream, lo bastante representativa y sobre todo visible como para jactarse de una cosa así? Más importante aún, ¿el nivel de la pluma en esta parte del continente soporta la implícita aseveración?

La respuesta a la última pregunta esbozada es afirmativa, si bien debe tomársele de manera menos literal que figurativa. Al menos en este país (Perú), la prensa escrita especializada hace rato que agoniza. Los últimos medios serios resignaron posiciones a fines de los 00s. De allí en más, salvo experiencias aisladas -vg. el esfuerzo loable de la arequipeña Tesoros Mundanos, el fanzine Frecuencias (que de paso resucita el formato)-, los colectivos cedieron lugares a proyectos cuasi unipersonales cada vez más insulares. Ello, sin embargo, no supone la extinción de la crítica especializada; que ha encontrado otras maneras de seguir en la brega. Ahí están, para muestra, los programas radiales online, los videoblogs, los podcasts y los canales de YouTube.

El tema pasa entonces no sólo por la manera de encarar la labor, sino por lo rigurosamente documentados/as que deben mantenerse los/as responsables de éstas y otras tantas plataformas. Últimamente, he estado revisando muchos canales de YouTube enfocados en los diversos géneros del pop contemporáneo. La absoluta mayoría de ellos lo hace bastante bien cuando se trata de grupos y esféricos nuevos. Es en las revisiones del pasado, empero, donde localizo groseras fallas.

Verbigracia, el breve especial de tres partes que dedica Music Radar Clan a la añosa no wave neoyorquina. Me cae el conductor, basta escucharle algunos minutos y contemplar la variedad de estilos que audiciona -traducida en un menú harto variado de videos- para saber que el man la vive. No obstante, en el primer video que dedica al ¿estilo? antedicho patina rochosamente. Sitúa la génesis de la no wave a inicios de los 70s, cuando los estetas de New York iniciaron su cruzada impelidos por la revolución punk a partir del ‘77 -la idea era hacerle quedar como un manojo de riffs de Chuck Berry recalentados (en palabras de la histórica Lydia Lunch). Se alude a los primeros álbums de Sonic Youth y de Swans como las referencias no wavers más tempraneras (1983), cuando a principios de los 80s ese apocalipsis ya había pasado a mejor vida. En esa misma línea, se contradice mencionando el No New York (1978), carta de presentación curada/producida por Brian Eno. Y obvia detallar la discografía, en 33 y en 45, que sí pudo editarse en la época e inmediatamente después.

Antaño, uno/a podía esgrimir la disculpa de la falta de fuentes de información. Hoy, eso ya no es excusa. Pero aún en el hipotético caso de que no contásemos con Internet, en 1996 la revista Factory publicó un dossier sobre la no wave con info mucho más pormenorizada que la que puede extractarse del video señalado. Y la Factory fue una publicación española. Si yo, que estoy al otro lado del charco, he podido acceder a estas páginas a fines del siglo pasado; ¿cómo es posible que el conductor de MRC no?

Otro ejemplo del declive pronunciado que vive la prensa especializada ibérica lo ofrece el mismo canal de YouTube. Recuerdo que en su momento muchos medios latinoamericanos se rindieron ante las bondades de un disco como el Bocanada (1999), segundo en la trayectoria solista de Gustavo Cerati. No es mal trabajo en absoluto. De hecho, al menos en dos ocasiones he declarado que la carrera de Cerati me resulta bastante más atractiva que la de su grupo madre, Soda Stereo. La vaina es que, con los años y la creación de la biblioteca/meloteca/videoteca/pinacoteca global que es la Red, se ha ido descubriendo que -como dije hace poco- Cerati era en realidad un artista del muestreo.

Aprecio la sincera opinión del responsable de Music Radar Clan, quien sentencia que el Bocanada le parece uno de los mejores largos concebidos en lengua castellana. Que lo diga un español cuenta mucho, sin duda. El bemol es que ya existe buena cantidad de videos que se han tomado pacientemente la molestia de desbrozar las DECENAS de sampleos de que se valió el fallecido músico argentino para componer sus dos primeros trabajos -sobre todo el Bocanada. Que se haya servido de ellos, por supuesto, nada tiene de censurable. Lo malo, lo que es recontra cuestionable, es que no los acredita: salvo el sampleo de Focus (“Eruption”) en “Bocanada” y el de Los Jaivas (“Del Aire Al Aire”) en “Raíz”, que eran vox populi, Cerati ningunea a todos los demás. Y son legión: el brasileño Deodato, The Spencer Davis Group, el maestro John Barry, XTC, Porter Ricks... ¡Incluso la Steve Miller Band, The Electric Light Orchestra, Thomas Dolby!

Y, como ya te imaginarás, el choche de MRC ni enterado. En la casilla de acuciosidad, este brother no va a sacar nota aprobatoria. Cierto, es un caso puntual, pero lo suficientemente representativo como para poner en entredicho la meticulosidad de los medios españoles mejor documentados. Concordados ya en que la cosa anda de capa caída en la Madre Patria -después de todo, que Rock De Lux haya rendido la bandera fue un golpe doloroso cuyas consecuencias han trascendido allende la península ibérica-, ¿por qué decir “Sudamérica” y no “Latinoamérica”?

Podría aquí apelar a testimonios personales -como que, en un viaje a Argentina, el músico/no-músico Wilder Gonzales Agreda comprobó que Loop, el viejo grupo de Robert Hampson; era más conocido en Perusalem que a orillas del Río De La Plata. O que, después de reseñar al acto mapocho Descargo Y Maleficio, desde el hermano país al sur de Tacna me escribieron “Haces más investigación sobre las bandas de acá que los propios periodistas musicales chilenos. Aguante”. O que pocos pares en la zona tienen la erudición de Fidel Gutiérrez, el mayor crítico de música pop que ha nacido bajo estos cielos.

Usemos argumentos más objetivos. Semanas atrás, encontré el canal de YouTube llamado Lado B. Lo dirige un mexicano. Al primer golpe de vista, asoma tan enciclopédico como Music Radar Clan. Y el conductor es igual de carismático. Le doy click a un video que lleva por título el curioso subject de “5 Bandas Con Discografías Perfectas”... y empiezan los problemas.

El carnal escoge para la ocasión a The Chameleons, Portishead, Slowdive, The Smiths y Talk Talk. Nada que objetar. Quiero decir, ya sabes de sobra que no me llevo bien con los/as fans del combo de Morrissey y Marr, pero no alegaré para no empezar discusiones a estas alturas estériles. Las discografías de Talk Talk, Slowdive y Portishead me parecen brillantísimas. En cuanto a The Chameleons, no he escuchado el disco del ‘01, Why Call Anything; por lo que no puedo decir si se trata de una trayectoria impoluta. Lo que sí puedo decir, en cambio, es que el cuate se ha salteado LPs de los de Middleton. Debo asumir, pues, que no conoce de su existencia -o los habría considerado, dado el tema del video. Se menciona el Script Of The Bridge (1983), el What Does Anything Mean? Basically (1985) y el Strange Times (1986). Hasta ahí todo conforme. El paso en falso se produce cuando se dispara hasta el Why..., obviando tanto el Dali's Picture (1993) como el Strip (2000).

Que The Chameleons tenga o no una discografía inmaculada, no es lo que se discute. No es una apreciación subjetiva lo que se pone en entredicho, sino un dato fáctico. Si en los casos de Portishead, The Smiths, Talk Talk y Slowdive has revisado y defendido tu opinión enumerando todos sus discos en estudio; ¿por qué no ocurre lo mismo con The Chameleons? La única explicación lógica es que no los conoces. Por lo demás, es un acierto mayúsculo la opinión vertida y reivindicativa en torno a Talk Talk, banda injustamente infravalorada que en los 80s dio pie a un pop redondo e imprescindible. Si por mí fuera, le daría un Nobel póstumo de literatura a Mark Hollis -de los pocos cantautores que amo de manera incondicional.

Una última muestra de la ausencia de perspectiva. Lado B decide elaborar un top 50 con los mejores discos de los 80s. Ok. Hay cosas que no me cierran, pero bueno, es finalmente su criterio. Con lo que estoy en abierto desacuerdo es con el número 1 de su lista: el homónimo debut de The Stone Roses. ¿Por qué? No porque el plástico sea malo. Es todo lo contrario. Con todo, su sonido es mucho más 90s que 80s, como sucede asimismo con otros precursores como Pixies, Jane's Addiction, Sonic Youth, Big Black o Butthole Surfers. ¿Qué tan atinado es escoger para el primer lugar un álbum que no es tan representativo de la década en cuestión como sí heraldo del sonido de la que viene?

El largo de los Roses sale a la venta en 1989. Remarco la fecha para traer a colación algo que aprendí en una clase de Historia Del Arte durante los días universitarios, y que se puede sintetizar más o menos así: “los últimos años de una década ya no son esa década, sino la siguiente”. Después de 1987, acaso 1988, los 80s son una transición hacia los 90s.

No son pocas las personas (de éste y del otro lado del mundo), ni han sido pocas las ocasiones, en que se ha reconocido la calidad de la prensa especializada sudamericana; ésa que integra la perucha. Triste destino el de esta última, que vanamente redobla esfuerzos en pro de una excelente escena independiente marginada casi por entero de los medios masivos -y cuyo radio de acción/difusión se halla por ende imposibilitado de acceder a grandes audiencias. Sin pretenderlo, la escena independiente nacional vive aprisionada en una burbuja que la obturada mass media mantiene herméticamente sellada. Y ya sabemos lo que, tarde o temprano, sucede con las burbujas.

Hákim de Merv

jueves, 9 de mayo de 2024

Kim Gordon: The Collective

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 1ero de mayo de 2024.)

Tras la desintegración de Sonic Youth -vamos, eso del “hiato indefinido” es un subterfugio-, los ex integrantes no han dejado marchitar sus respectivos trajines solistas, salvo Steve Shelley; único de los cuatro que carece de andadura individual propiamente dicha. Por desgracia, aunque han entregado algunos cumplidores discos sin mayores pretensiones, ni Lee Ranaldo ni Thurston Moore logran enhebrar propuestas con la misma capacidad de impacto que la acreditada por la Juventud Sónica en pleno: tanto Screen Time (‘22) del larguirucho Thurston como Electric Tim (‘17) del guitarrorist Lee fueron ignorados en los respectivos recuentos anuales por la prensa especializada.

Quien sigue dando la hora con sus lanzamientos es Kim Gordon, bajista del cuarteto y ex esposa de Moore -fue la disolución del matrimonio lo que precipitó el final del legendario combo usamericano, luego de cuatro décadas de existencia. Amén de la vitoreada autobiografía Girl In A Band: A Memoir (‘15), la crítica internacional celebró su No Home Record (‘19) con las mismas energía y pasión puestas en saludar la aparición de un álbum tan esperado como The Collective, publicado en la significativa fecha pasada del 8 de marzo. Se ha dicho, en efecto, que es “un maelström de pensamientos mundanos”, en cuyo interior “las turbulentas guitarras de Gordon son despedazadas por sintetizadores aserrados y crujientes beats masivos”.

Tal cual. Producido por Justin Raisen y Anthony Paul López, que hicieron lo propio con No Home... y que también coescriben junto a Kim buena parte del nuevo repertorio, The Collective es un profundo foso de oscuridad casi material cuyas paredes han sido levantadas fundándose en un invencible/irritante murallón de sonido. Sea que experimente con medios tiempos o con síncopas algo más aceleradas (“The Believers”, “Dream Dollar”), sea que prescinda de puentes o del más elemental apoyo coral, la neoyorkina ha sumergido sus eléctricas en procesos desarrollados a partir de beats digitales. La transustanciación ha guiado al plástico hacia periferias de géneros normalmente ajenos a la polímata y a su instrumento estelar, como el industrial o el illbient, cuando no el trap (puajjjjjj). En el caso de este último, cuyo espectro sobrevuela amenazante los cuarenta y tantos minutos de TC, menos mal su impronta sólo se hace evidente en “The Candy House”.

No puedo decir que hay protagonismos en The Collective. Con excepción del bajo, y ello sólo en contadas ocasiones (el tirón gravitacional de “Shelf Warmer” equivale a por lo menos 50 veces la fuerza G del gigante de nuestro Sistema Solar, Júpiter), ninguno de los instrumentos que seas capaz de reconocer y aislar escapa a la zumbante turbiedad/a la densa ominosidad que recorre de punta a punta la placa. Mejor aún, el único protagonismo que permite la vigorosa septuagenaria es el del sonido mismo: el volumen de éste te clava en el asiento, literalmente te aplasta a través de siniestros y aciagos latidos sin fin, te tumba antes de conducirte/arrastrarte por pasillos anegados de electricidad de ineluctable carga negativa. En esa dirección, hasta podría afirmarse que la división del CD en canciones es ficticia, apenas nominal, pues su inherente opacidad no permite distinguir claramente cuándo termina una y comienza la otra -ese entrelazamiento termina por desdibujar cualquier intento de identificar con certeza cada tema, descontando el rush final, cuando el tempo se agiliza.

Podría afirmarse ello, pero no lo haré. Hacerlo implica ignorar una parte importante del alma misma de las composiciones, las letras. Gordon las utiliza para verbalizar su cotidianeidad -una en que reflexiona sobre el aislamiento y la soledad imperantes en un mundo paradójicamente interconectado hasta la náusea (“I Won't Join The Collective/But I Want To See You” en “The Candy House”), sobre el eterno dilema de elegir entre el mainstream y los circuitos (cada vez más miniaturizados) de música independiente, sobre el sexo en segmentos poblacionales pertenecientes a la tercera edad (“Stick Your Fingers In The Holes, Mmm/Gotta Have 'em On My Set/My Set/These Are My Trophies/My Bowling Trophies” en “Trophies”), sobre el revisionismo contemporáneo ante la orfandad de una dialéctica que dinamice la cultura pop nacida-desarrollada-y-estancada-hace lustros. Discazo de la Kim, la ex Sonic Youth que más ventajas ha capitalizado de la desaparición de su mítica banda matriz.

Hákim de Merv

viernes, 3 de mayo de 2024

Café De Las Almas: Café De Las Almas

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 24 de abril de 2024.)

Fundada durante la segunda mitad -o en todo caso, hacia finales- de los 80s, si la subescena synth pop forjada en el Perú gozó de momentos estelares, éstos se dieron en el curso de la siguiente década. Ello no obsta para afirmar que, si bien escasos, nuevos e interesantes nombres se han sumado al rubro tras el cambio de siglo. De entre los que nacieron en los 90s y se desarrollaron sobre todo al trasponer la barrera del milenio, destaca Xplora, cuarteto que inició actividades hacia 1997 y que entró en receso permanente en 2011 -luego de entregar tres documentos de largo aliento, cuyas versiones extendidas puedes audicionar en YouTube.

Tras paréntesis bastante prolongado, de las cenizas de Xplora nace Café De Las Almas, proyecto con que Javier Vera (a) Jacko recupera un puñado de composiciones que estuvieron gestándose desde el final mismo de su anterior banda. De ésta también sobrevive Iván Peralta (tecladista entre el ‘06 y el ‘11), completando el terceto Melannie Bartolo en coros y guitarras. Paciente y dilatado período de producción de por medio, el epónimo estreno de CDLA aparece el 21 de este mes, previo lanzamiento de los sencillos virtuales “Perseguirte” y “Ángeles Malos”. Precisamente es con el primero de ellos que se abre esta rodaja.

Y vaya que fue un susto. Aunque en términos generales Café De Las Almas no se aparta gran cosa de la ruta que recorriese Xplora, “Perseguirte” me sonó demasiado a aburrido pop empalagoso, amable en exceso y terriblemente cansino. En algunos pasajes, incluso, me recordó a los siempre aguachentos Mar De Copas y demás prole que le sucedió/imitó -sólo que con extra de sintes. Afortunadamente, el resto del disco diluye la sobreabundancia de sacarosa y reconduce la jornada por senderos de un synth cada vez más contenido, sin alejarse de los armoniosos paradigmas de un género de por sí inclinado a la melodía.

Entre “Día De Sueño” y “Morfeo”, pues, la firma synth de actos como Camouflage, Red Flag, Cause & Effect, Anything Box y Cetu Javu palpita bajo eurítmicas líneas de glacial confección; distanciadas del rarefacto idealismo de unos O(rchestral) M(anoeuvres in the) D(ark). El recurso dosificado de la guitarra en pistas como “Despertar” o “Strawberry” introduce elementos del electropop más interesante compostado al calor del mainstream noventero. De hecho, “Strawberry” es lo más cercano al pop pasteurizado de los 00s, si bien no llega a equiparar el mal paso que supuso la apertura: por el contrario, añade versatilidad a un registro que es necesario evaluar con ciertas atención y severidad, al considerársele la segunda vida de Peralta y Vera.

Ajustados cambios de ritmo (“Ángeles Malos” tienta al trip hop y se queda a media caña), minimales baladas (“Malabares”), álgida vitalidad en secuencias y teclados -el grueso del repertorio sin enumerar hasta ahora: “Apareceré”, “Tu Canción”, “Fe”, la epilogal “Morfeo” (recuperada de la primera placa de Xplora, Intro)... Tratándose de un estilo ya con lustros a cuestas, no habría estado mal que pusieran un poco más de empeño en las letras. El nivel de éstas es fluctuante: a veces lucen ok, a veces por debajo de eso. Es loable, en todo caso, el tesón en persistir en feudos synth pop con esmero y convicción -el mismo que podíamos encontrar en Cuerpos Del Deseo, Noche Futura o La Esencia, por encima de intentos fallidos como los de Avatar o Andrógenes. Ello, sin obviar las consabidas pinceladas de variedad -como la de “Niña Vampiro (R&R Version)”, el canal más rockero de la puesta de largo.

Hákim de Merv

jueves, 25 de abril de 2024

Zorzal: Iris

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 17 de abril de 2024.)

Gracias al compa Elvis López Aroni, natural de Huancayo que formara en Ayacucho el trío Post Galazer y que a principios de mes regresó a la añorada querencia, me entero de la salida en marzo de Iris. Se trata del disco debut de Zorzal, cuarteto juninense del que apenas sé ya cuenta seis años de existencia. Dada la identificación de las escenas independientes centroandinas con determinados géneros como el dark-gothic o la EBM, el heterodoxo output de la banda me habría agarrado desprevenido, si no fuera por las compilaciones Underground Junín que produjese el colectivo Arte Sonoro -y que han revelado más de una veta a cultivarse en los circuitos pop de esa determinada región.

No es Iris un álbum inaprensible. La escucha se hace fluida y afectuosa toda vez que casi el íntegro de su menú se halla tenuemente entrelazado, pero sobre todo debido a que éste irradia a través de su musicalidad unas ciertas energía y espiritualidad, albas ambas. Es en el terreno de las improntas que la cosa se vuelve imprecisa. Porque, pese a lo escrito hace unos momentos, no he encontrado rastro de las connotaciones psicotrópicas que reivindica el grupo -algún fan ha aludido incluso al alcaloide triptamínico de la psilocibina, en sesgado e in extremis críptico comentario. Aunque algunas letras parecen hacerse eco de los issues lisérgicos que eran moneda corriente durante los días de esplendor de la psicodelia, la música de Zorzal fatiga coordenadas muy distintas.

La primera parte del largo, que va de “Somnolencia” a “Octubre Eterno”, está dominada por el lado más ortodoxamente rock de los huancaínos. Tan es así, que transcurrido el primer minuto ya se evidencia el magma que pinta hegemónico en esta jornada -el de la añosa big music ochentera. Temas como “Aún No Dejes De Respirar”, “Octubre...”, el instrumental semiacústico “Alba” o “Mariposas Blancas” lucen genéricos en grados próximos al superlativo, si bien ello no oblitera su enraizada fibra emocional ni impide disfrutarles. Sucede así porque las capacidades expresivas de Zorzal son lo bastante recias como para sobreponerse a los clichés con que a veces esta gente trastabilla -sampleos canoros pseudo new age en “Alba”, por ejemplo-, al punto de relativizar el matiz rockero mismo (convirtiéndole en prácticamente incidental).

Destaca un lunar en este primer segmento, y ése es “Éter”. Llamó mucho mi atención la coda de inicio, cuando repiqueteó lo que pregona ser un cajón afroperuano durante dos cincuentenas de segundos, antes de mutar alternando el pop/rock de rounds precedentes con el diapasón identitario del reggae y muy ocasionales reentrés del antedicho instrumento de percusión. El mismo ejercicio de rítmica se manifiesta, sin plasmarse del todo, en “Octubre Eterno”; lo que ya indica el cambio de dirección en el segundo tramo de Iris. Allí encuentra mucho más espacio el mestizaje que también proclama Zorzal, en melodías de aires tanto menos solemnes. De entrada nomás, los climas festivos del track epónimo dan la bienvenida al charango, que imprime rasgos altoandinos multiplicados hacia el ocaso de sus siete minutos mientras la voz femenina le entra brevemente al spoken word. Una colorida y más reposada prolongación del fervor de “Iris” toma forma en “Cedrón” y más especialmente en “Mantita Multicolor”, rematada con una briosa y alegrona fuga de huaylarsh. El pop/rock se inmiscuye en “Petricor”, prefiriendo llevar la fiesta en paz, eclipsando progresiva y sólo parcialmente las tonalidades vernaculares que prioriza durante estos episodios el combo.

Remata Zorzal su primer esfuerzo con “Tranquila Mente”, que es cuando regresa a la palestra la big music del arranque, sólo que ahora sin huella alguna de baquetas (o de síncopa, más allá de la que proporciona el bajo). Dos guitarras, si no me equivoco, entretejen el arrullo de cuna en que deviene el cierre de Iris. Como dije hace un rato, CD algo complicado de resumir en pocas palabras, ya que su cromática pop es harto indefinida -como lo es asimismo la de una etiqueta de cualidades tan indeterminadas como la de “big music”. La emotividad puesta en juego mitiga en buena cuenta algunos defectos -un trascendentalismo medio trucho, entre ellos-, y probablemente contribuye a hacer más fácil de asimilar el repertorio con que se estrenan Paola, Anderson, Antony y el esotérico Espectro Fractal. Para la próxima, el grado de exigencia será mayor.

Hákim de Merv

jueves, 18 de abril de 2024

C3ntell4: 5avory

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 10 de abril de 2024.)

Constituida durante la segunda mitad del ‘16, Medio Oriente es una discográfica algo autárquica con la que recién tomo contacto. La sede social queda en Santiago de Chile, si bien su radio de acción asoma extendido por todo el país, como lo demuestra la edición en julio pasado de 5avory, debut del viñamarino C3ntell4. Tampoco parece haber fronteras estilísticas (pese a definirse como “sello independiente de música experimental”), ya que la escudería acaba de publicar Plan Obsesivo de Arboretum, en las antípodas de lo que mostrase el individualista afincado en Gran Valparaíso.

La única referencia disponible sobre el background de C3ntell4 alude a un tal Team Yingo, colectivo del que no he podido encontrar la menor seña. Ni falta que hace, ya que 5avory habla por sí solo. Es éste un opus fundado en bpms de velocidades entre maníacas y furibundas, con cuyos efectos “nocivos” Medio Oriente ha deslindado cualquier responsabilidad. La sobreexposición de/a tales zarabandas rítmicas revela casi de inmediato las tradiciones digitales de las que el porteño se alimenta, todas ellas noventeras: el drum’n’bass, su variante caricaturesca conocida como happy hardcore, una relectura demencialmente galopante de lo que se difundió en la región como techno trax centroeuropeo (“909db”), e incluso el gabber tremendista de Angerfist o de Rotterdam Terror Cops.

La abrumadora mayoría del repertorio que dispone aquí C3ntell4 habla de una obsesión enfermiza por la celeridad, no importando si para ello tiene que echar mano de sampleos cotizados a la baja -“Mr. Vain” en “I N33d You”, “Gangnam Style” en “Jorge Wants To Be Hardcore But His Own Mom Won't Let Him​!​!”- o servirse de subgéneros de dudosa reputación como el eurobeat. Eso, por un lado. Por el otro, el unipersonal satura frecuencias y estrangula pistas vocales para redondear el pathos festivo de su música. Bien en concentraciones de frikis y/o gamers, bien en discotecas retro de electrónica mainstream, 5avory cae como pedrada en ojo tuerto -aunque niveles de ruido y distorsión sean demasiado para oídos sin curtir.

En atención al concepto ofrecido por Nicolás Prado, se me ocurre que lo de C3ntell4 no se planta lejos del webcore. Temas como “Jumping Between Cl00uds” o “City Of Nothing” podrían reclamar la etiqueta sin sonrojos. Hay otras composiciones, sin embargo, que no se adhieren al marbete; indicando tránsitos diametralmente opuestos. Una de ellas es “Etherd034”, bastante más pausada que sus pares aunque igual de acerada. La otra es “Night Of Cumbia Dreams”, suerte de cumbia ¿perreada? contundida por astillas de chirriante noise digital. Digresiones que subrayan una saludable ausencia de prejuicios cuando de testear caudales sonoros se trata. Otra cosa, eso sí, es que me cuadre el material escogido -al menos no en el segundo caso mencionado.

El contrapunto perfecto para “Night Of Cumbia Dreams”, propuesto por el propio ex TY: “Sometimes You Just Have To Drink Bolifruta And Keep Going”, que samplea el “drip drip drip drip drip drip” de The Cure en “10.15 Saturday Night” (¿o metasamplea el muestreo super deformed que de éstos hace Massive Attack en “Man Next Door”?).

Hákim de Merv

miércoles, 3 de abril de 2024

Anja Huwe: Codes

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 27 de marzo de 2024.)

Por inusual, es bastante sorprendente que haya decidido Anja Huwe debutar en solitario más de tres décadas después de Devils (‘89), cierre discreto in extremis de la carrera que tan prometedoramente comenzase nueve años atrás X-Mal Deutschland. Una de las bandas dark-gothic más personales de la Historia, el quinteto se completaba con Fiona Sangster (teclados), Wolfgang Ellerbrock (bajo), Manuela Zwingmann (batería) y Manuela Rickers (guitarra); y en sus buenos tiempos firmó álbums memorables, provistos de enérgico soporte rítmico y llenos de potencia y fibra imbricadas en guitarras poco menos que lancinantes.

Finiquitada la existencia de los de Hamburgo, la vocalista ni siquiera se planteó prolongar la aventura de haber participado por cuenta propia en el larga duración colectivo The Idea Compendium 1988, donde colase “The Girl In The Iron Mask”. Al parecer no estaba en sus planes hacerlo a pie juntillas del desbande, o tras tomarse un sabático razonablemente holgado. Se concentró entonces Huwe en su trabajo como editora y productora del canal alemán Viva TV. Más recientemente, en exhibiciones de artes visuales que la llevaron a Londres y a la Gran Manzana, lugar donde probablemente le picó el bichito que resucitó su faceta sónica.

Significativamente lanzado el 8 de marzo a través de la neoyorkina Sacred Bones Records, no estaba por ende Codes en los cálculos de nadie, excepto en los de la ex Deutschland y su círculo más cercano. Porque este nuevo estreno habla a las claras de un retorno que venía gestándose desde hace tiempo atrás, como retomando el hilo interrumpido de una vida y queriendo cobrarse la revancha del descalabro post Viva (‘87) -luego de editado, Sangster, Rickers y Peter Bellendir (reemplazo de Zwingmann en las baquetas) dijeron adiós para siempre; obligando a Anja y a Ellerbrock a convocar alineación de emergencia para el descaminado Devils.

La apertura “Skuggornas” es una suerte de guiño a los mejores días de X-Mal Deutschland -los siniestros, obvio-. Solemne, sorteando difícilmente el despeñadero de la melancolía, de luctuosa tesitura que jamás desciende a las absolutas penumbras de los primeros 80s; el track es un anuncio de las bondades por venir. Porque la idea no es repescar el sonido clásico del mítico acto, que fuera durante los inicios una all-girl band en regla, sino continuar la ruta grupal allí donde ésta quedara trunca. Con el update de rigor, por supuesto.

Uno es el molde bajo el que se forja el vinilo. Tres, sus resultados. La música que compone Anja Huwe corresponde a los cánones del rock anglosajón, surtido de compartimentos diseñados ex profeso para almacenar materia negra de alta concentración. Ésta unas pocas veces se diluye (“Living In The Forest”, “Pariah”), las más asoma reconcentrada (“Zwischenwelt”, el single “Rabenschwarz”), moviéndose siempre protegida por la liviana pero resistente coraza de una electrónica que le tonifica/plastifica sobriamente. Allí están la ominosidad de “Exit”, el pálpito urgente de “Sleep With One Eye Open” o la densidad synth de “O Wand”; corroborando esto último.

Ya que la continuidad estilística de Codes carece de fisuras del primer número al penúltimo -lo que convierte al postrer “Hideaway” (“...Y Millas Que Recorrer/Antes De Dormir...”) en la moderadamente luminosa excepción-, el factor que determina la diferenciación entre los tres resultados a que aludía es el tempo. Cuando Anja contempla, se arropa de melodías senescentes tipo “Skuggornas” o “Hideaway”. Cuando pasea, se acompaña de solventes medios tiempos como “Exit” o “Zwischenwelt”. Cuando se apura, lo hace al compás de “Rabenschwarz” o “Living In The Forest”. El tino de la germana, que se vale por igual del inglés y de su lengua madre, radica en saber cuándo hacer una cosa o la otra -a resguardo de sus compinches Sabine Bredy (a) Mona Mur (alguna vez integrante de Einstürzende Neubauten) y Manuela Rickers (cuya guitarra inconfundible irisa el prieto mate de la placa, como ocurrió en sus días en X-Mal Deutschland). Veterano en lides similares para los Neubauten, el androide Gary Numan y los legendarios Joy Division; la ampara asimismo Jon Caffery en mezcla y masterización.

Bienvenida de vuelta, Anja. No éramos conscientes de lo tanto que te extrañábamos.

Hákim de Merv

jueves, 28 de marzo de 2024

Cometa A La Deriva: Hoy Ya No Espero Más De Ti

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 20 de marzo de 2024.)

No descifro la intención, en la portada de su flamante debut, de seguirse mostrando Cometa A La Deriva como dúo. Es claro que desde un principio el proyecto fue concebido por tres personas, y actualmente se consolida como cuarteto. Alguien podría argüir que quizá Hoy Ya No Espero Más De Ti es producto del esfuerzo de dos de sus integrantes, pero no es el caso: a despecho de la (relativa) novedad del estreno, la existencia de CALD se remonta a épocas prepandémicas (concretamente al ‘18), cuando no se decidían aún entre los curiosos alias de La Pelota De Mi Perro y de Muerte Térmica.

Al amparo de LaFlor Records, Vanesa Angulo, Gustavo Ampuero y Leandro Padilla publican sus primeros singles virtuales. Éstos han sido repescados en Hoy Ya No Espero Más De Ti, cuya edición online fecha en septiembre del ‘23 (vía BandCamp propio), estando su edición física a la venta en cassette a través de Entes Anómicos a partir de febrero pasado. De cualquier forma, a pesar de los seis años andando juntos, es notorio que hablamos de sangre nueva proveniente de las escenas off-mainstream autóctonas -que, como ha sucedido frecuentemente entre sus pares tras el COVID-19, ha debido retrasar los planes grupales.

De apenas media hora de duración, este primer largo concreta una entusiasta circunnavegación sobre las aguas del indie y del pop del nuevo siglo, así como bajo las improntas del rock alternativo noventoso e incluso del new punk (aunque esto último casi ni se nota). Cometa A La Deriva se constriñe a la simpleza en las letras, a la sencillez en el latir del diapasón del bajo (ahora en manos de Mariano Saettone), a la llana espontaneidad en las baquetas. Éstas pueden marcar tanto medios tempos -la agradable prolijidad instrumental de “Luna Violeta”-, como auparse en trotes algo más acelerados -el fugaz acceso punk hacia el epílogo de “Galileo”, el encantador indie pedestre de “9:45” que se las ingenia para disponer de una sección en clave de bossa nova-, e incluso 4/4s perfectos en su imperfección de pie quebrado -“Rosé”, adelantado en la compilación Cualquiera Puede Hacer Esto (‘21), curada por LaFlor.

La asequibilidad y la naturalidad, entonces, se cuentan como características mayores de la música compuesta por el terceto. No menos importantes que éstas son las vocales de Angulo, quien siempre las modula a fin de acoplarse eficazmente al rango elegido para tal o cual número. Su color de voz puede parecer a algunos oídos un poco estrangulado, más que nada cuando lidia con desacostumbrados tonos extremos, aunque ello es susceptible de pulirse con la práctica. En última instancia, esa observación pasa a segundos planos cuando la síncopa se reduce considerablemente, circunstancia que menudea en el tramo final de la cinta.

Sin aplatanarse, CALD asoma más delectable cuando se acoge al formato de la power ballad. En “Hoy Ya No Puedo Esperar Más De Ti”, en “Tiempo Al Tiempo”, en “Tal Vez Así Es Mejor”; el trinomio Padilla-Angulo-Ampuero se ase del desencanto y del desconsuelo intrínsecos al indie, tejiendo introspectivos ambientes de pop lluvioso y gris que se llevan de plácemes con el intimismo acústico (“Tal Vez...”, de teclados en plan string) y que hasta logran mimetizarse con los Sundays más resignados (“Tiempo...”). Elemental, sobrio, en definitiva campechano pistoletazo de salida para la sociedad que hoy completa Saettone.

Hákim de Merv

jueves, 21 de marzo de 2024

Unidad 4: Atemporal

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 13 de marzo de 2024.)

Unidad 4. Wow... Hace lustros que no pensaba en ese específico alias, que en mi mente se asocia a ciertos recuerdos no muy felices relacionados con la primera producción cajamarquina que llegó a Lima -por ende, la referencia más antigua que se conoce conectada al rock cajacho.

Eran los días en que existían tanto Caleta como su hermana menor Sub, y una breve reseña al respecto apareció en las páginas de esta última. Retrospectivamente, el comentario es demasiado indulgente: con un nombre como el suyo, nada sutil pero de todas maneras decidor, El Primer Compilatorio Con Grupos De Cajamarca (1998) me causó mucho curiosidad al primer golpe de vista. La maqueta presentaba en sociedad a cinco bandas oriundas del departamento ubicado en la sierra norte del país: 3º No. Club, Ruido Negro, Kaliko Y Los Kaliches (de accesos ska), Unidad 4 y Ácido Instinto. Afines al hardcore y al punk las cuatro primeras, más “british” la restante, no hay que pensárselo mucho al adivinar cuál de todas fue la que más llamó mi atención.

Pero el hándicap del demo no sólo era técnico, ya que la grabación había resultado espantosamente deficiente, sino que los esfuerzos de las alineaciones cajachas herederas de la flama ‘77 eran lamentables -cuando no patéticos. Abundantes en clichés, las letras se construyeron terriblemente mal, y la música en  líneas  generales  se  iba  derrumbando  sobre sí misma dese dentro; pese a la inspiración -no declarada- en el punk español y a las ganas que cada quien le echaba.

De esos cinco grupos, con el Tiempo me enteré de los debuts por cuenta propia de Ruido Negro y de Kaliko Y Los Kaliches. Ácido Instinto desapareció pronto, y su principal animador, Carlos Terán; siguió adelante, permaneciendo aún activo bajo el seudónimo de Gredel, que ha colado algunos temas en compilaciones pop limeñas. De todos ellos, Ruido Negro es el que más pronto dejó atrás su prehistoria punkoide y evolucionó labrándose una aceptable trayectoria en los predios del post punk inclinado al dark (por poco tiempo).

En cuanto a Unidad 4, ahora lo sé, su carrera se ha desarrollado tras el cambio de milenio pese a un andar entrecortado -dos largos y dos EPs entre el ‘03 y el ‘22. No les recordaba con mucho ahínco, ya que el panorámico antedicho no forma parte de mi meloteca (por obvias razones). Atemporal, sin embargo, me los trae de vuelta años-luz por delante de la pobrísima primera impresión con que me quedé de ellos. Y esto, sin modificar coordenadas.

Escuchando su producción anterior, me queda claro que los de Cajamarca nunca se han apartado del punk ni del hardcore, abordados ambos bajo un enfoque rigurosamente melódico. En canciones como “Regresar”, “Atrapados”, “Equis” y “Momentos”; juegan todas las cartas a la ortodoxia punkera de altas cotas de energía y de líricas, por apolíticas, bastante personales. Otro ejemplo es “Corazón”, ejecución en directo del surco con que cerrasen su largo del ‘07, Fuerza Para Seguir. Debido al golpe inalterable de la teba (responsabilidad de Herman Cubas), difícilmente las composiciones enumeradas pueden mutar hacia la variante hardcore, cosa que sí sucede -y viceversa- en “Ahora” y en la apertura “Calma”. Reticencia que no deja de extrañarme, ya que punk y hardcore son ramas de un mismo tallo, y en consecuencia asaz compatibles.

Por otra parte, en “Temor” -también del Fuerza...- y en “Refugio”, Unidad 4 se acomoda mejor sobre posiciones hardcoreanas de tempo acelerado sin diluir la melodiosidad antes suscrita. Con sencillez y naturalidad, el combo esculpe letras amenas de nivel más que aceptable para los normalmente chatos estándares de ambos géneros, no alcanzando la explosividad de su guitarrero output ni la virulencia del D-beat ni la denodada agresividad del crust punk. Diez temas que se miran en el espejo de BBs Paranoicos y de Ataque Zero, sin remordimientos ni paltas. Completan el line up ¿de toda la vida? Alan Grosso (guitarra), Aníbal Narro (bajo) y Héctor Pérez (voz).

Hákim de Merv

jueves, 14 de marzo de 2024

Bahía Mansa: Patagonia // Laktik: Astra

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 6 de marzo de 2024.)

Retorna a esta palestra uno de los proyectos más cálidos y queridos que surgiese en los circuitos independientes mapochos afines a la experimentación sonora con posterioridad al cambio de siglo. Me refiero a Bahía Mansa, que tras el breve aperitivo de Atavismos (4/23) confeccionó en esa misma línea el mini-álbum Patagonia, estrenado en la recta final de diciembre pasado.

Una de las características que ha ribeteado los esfuerzos del alias de Iván Aguayo, acaso la más identitaria, es su singular conexión casi devocional con el Agua. A tenor del uso prácticamente exclusivo de instrumentación digital, la música de BM se las ha ingeniado para mantener un alto nivel de cohesión en su tersa duermevela, sin renunciar a lienzos que se dilataban tanto como sus propiedades hipnagógicas. Las cotas de ionización exhibidas en Botánica Del Olvido o Boyas + Monolitos manteníanse bajas a despecho de la emotividad que estas obras transmitían, y su capacidad reactiva era contenida por la líquida densidad de su estética ensoñadora.

Este rasgo distintivo se ve matizado en Patagonia. El sureño asevera que el principal combustible del trip es su interrelación con la Naturaleza en los viajes realizados a la Patagonia chilena, leitmotiv análogo al de Costa Documental (‘22). La fascinación por mares, océanos, ensenadas, glaciares; se sostiene en el mini-LP, sólo que en cantidades más mesuradas. “Aves Imaginarias”, por ejemplo, evoluciona en derredor de un minimal efecto de iterativo goteo tintineante. Algo similar ocurre con “Bocatoma”, donde la lluvia es más perceptible, entre texturas dub y ecos de reminiscencia precolombina.

Por contraste, “Efecto Rayleigh”, “Calafate” y “Muelles” son cifradas manifestaciones de un ambient que tiende a concretarse mejor al vagabundear sin la prisión que comporta la gravedad. En ese sentido, a estos surcos y a sus pares se les siente más próximos a un estado gaseoso que a uno líquido -los blips & clips de “Muelles”, el cardíaco latido de “Efecto...”. Producto de esta conjunción de elementos, la síntesis de Patagonia da vida a una pluviosa electrónica “easy-listening”, tanto por impresión acuosa como por falta de nitidez -lo último me faculta a mencionar la otra gran constante sonora devenida aliada de Bahía Mansa: la Baja Fidelidad.

El título cierra con un díptico que condensa los descubrimientos centrales de la interacción entre las diversas instancias que Aguayo cubiletea. Mientras que “Nodal” invisibiliza la síncopa gracias a atmósferas neblinosas atravesadas por arreglos muy bonitos de teclados/sintetizadores, “Nodal II” controla el géiser de ruido binario convirtiéndole en mullido colchón sobre el que contemplar sedantes paisajes de una irreal sublimidad. Aunque me siga gustando más la fase de Bahía Mansa en que se creaba a imagen y semejanza del H₂O, esta nueva etapa no deja de lucir, por distinta, menos prometedora.

Después de algún tiempo, revisito los bytes de Poxi Records, hogar de actos como Hablemos Del Alma, Estriba, Talismán y Laktik. El aluvión de combos independientes latinoamericanos aparecidos en el último lustro no me ha permitido darme espacio para revisar la nómina de esta interesante label santiaguina, y de a pocos son ya varios los calendarios que llevo sin acopiar noticias suyas.

Las cosas van muy bien para los principales animadores del catálogo, algunos de los cuales serán objeto de comentario más adelante. Por ahora, me limito a escribir sobre Laktik, que se tomó un prudencial sabático entre Isopropyl (‘20) y Magnetismos (‘22), siendo este último registro acreditado al seudónimo inexistente de Prácticas Magnéticas y subido efímeramente durante el año de la Pandemia. También es el cassette en el que Laktik comenzó a metamorfosearse: si antes el rollo del unipersonal de Lucas Soffia se alimentaba principalmente del synth pop, dosificándole hasta llegar a drásticos mínimos históricos, a partir de Magnetismos se patentiza un creciente interés por el ambient pop y por el vaporwave. Ambas variables, además, se llevan de maravillas con el perfil más asociado a la factoría Poxi -otra vez, el lo fi.

Liberado en enero, Astra se concibe dentro de la crisálida que construyera en torno suyo Magnetismos. En cortes como el excelente “Fantasía” (single adelantado a fines de octubre último con “Derrumbe” como lado B), “Cuerpo Sintético” o “Restricción Vehicular”, compruebo que el synth y variantes -synthwave, minimal synth- aún integran parte considerable de la retórica Laktik. Ésta, sin embargo, se halla inequívocamente enfilada hacia el ambient de pedestres espirales y cascadas, hacia el cromatismo glo fi consustancial al vaporwave. “Chant Down Babylon”, “Derrumbes”, “Hypnotizado” y “Techumbres” son elaboradas muestras de ese muzakcore nebuloso, de esa radiación infrarroja típica del género que llegó a la mayoría de edad de la mano de Macintosh Plus.

De otro lado, que en piezas como “Fantasía”, “Restricción Vehicular”, “Galáktica” y “Cuerpo Sintético” haya un mayor énfasis synth no las hace inmunes al influjo del omnipresente vaporwave. La bruma brillosa, el crepúsculo perenne, los ecos fantasmales de otros pasajes de la cinta, los empantanados tremores semiacústicos; acaban por darle homogeneidad a esta jornada -si la memoria no me falla, la primera en que Soffia se decide a coger el micro para ofrecernos las primeras canciones en el repertorio de Laktik, e igualmente las primeras veces en que utiliza sonidos vocálicos no sintagmáticos a guisa de fragmentos insertados en números netamente instrumentales.

Muy relevante experiencia del individualista austral. Parece quebrarle y esparcirle en varias dimensiones más o menos equivalentes entre sí, pero reunificarle también al hacerle vibrar a una misma intensidad, a un mismo toque de diana, en un mismo espacio.

Hákim de Merv