(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 15 de abril de 2026.)
Tras una semana de haber finalizado enero, Polvos Azules edita nuevo EP, en sociedad con Víctor Chang a.k.a.Vrianch y la
cantante Liliana Acosta. La relación entre Chang y Giancarlo Samamé es de larga
data, mientras que en lo tocante a Acosta es reciente. Parece de hecho ser el estreno
absoluto de la vocalista, lo que no es óbice para que se plante frente al
micrófono, además de firmar todas las líricas. Vrianch se adjudica la
composición de dos de los tres temas y los arreglos del restante, en tanto las
cifras se hacen inversamente proporcionales en lo que corresponde a PA.
Cuando El Viento Se Convierte En Marea EP despega de la
mano de “Cada Vez Que Te Caes”. Acreditado a Chang, lo que me encandila de este
canal no es su filiación ambient pop, sino su límpida emotividad naif: el medio
tiempo enfermo de reverberaciones digitales, los teclados minimales y a la vez
luminosos, como innumerables fuegos de San Elmo contra el palio crepuscular...
Es una sensación muy agradable la que reportan estos poco más de 4 minutos, similar
a la que proporcionaban los EPs de los hoy olvidados Aural Noise, y lo sería
más de no mediar un inesperado elemento disruptor.
Por contraste, “Bruma De Mar” tiene una
tesitura más afín al downtempo, género apenas hollado con anterioridad por
Polvos Azules (que reclama la autoría de “Bruma...”). La línea de bajo es
indiciaria en ese sentido: compases que se arrastran en cámara lenta,
acompañados de un invariable hi-hat ralentizado, para dar forma al mood
reinante en cualquier bar con excedentes de público A.O.R. Pese a las rimas de
lo más previsibles, el ambiente calentón que impera no desciende ni cuando en
las postrimerías del minuto 2 irrumpen extraños sonidos aleatorios más propios
de jornadas ruidistas, aunque sí le afecta la mediación de un ya no tan
inesperado elemento disruptor.
...Se Convierte En Marea EP finaliza
gracias a “Promesas”. El delicioso tono agridulce que reina desde el primer
segundo hace que te tomes este track con rigurosa seriedad. A despecho de la
algo indescifrable programación, “Promesas” destaca por su uso de teclados en
plan moderadamente Hi-NRG. Es de agradecer esa mesura, ya que la atmósfera
nocturnal se habría resentido de haber mayor intensidad lumínica. Como ya me ha
pasado anteriormente con Polvos Azules, percibo la ascendencia de un Jarre en
clave pop, percepción que habría alcanzado mayores brillos si no se hubiera
repetido por tercera vez la aparición de un elemento disruptor.
Esa circunstancia adversa es la performance
de Liliana Acosta. No su voz. Ésta es grave, y se acomoda a un rango spoken
word del que su recitación hace gala aquí. El problema es que esta tríada de
canciones, así como el grueso de la obra del unipersonal de Samamé, no logra
llevarse bien con ese registro. Como poner a cantar a Nick Cave asociándole a
The Blue Nile.
Como ocurre con los muchachos de China María Soundsystem, otro debut en corto aparejado al presente año es el de Rodrigo
Cano Y Los Canes. En formato de power trio, la banda lleva rodando por los
circuitos independientes un bienio, presentándose en directo aquí y allá. El 13
de febrero es el día escogido para el lanzamiento de Ya No Quiero Ser Así,
EP de cuatro surcos, uno de los cuales ya había visto la luz en modalidad
single -y es repescado aquí tal cual. Su ejecución en directo se realizó el 25
del mismo mes en La Noche de Barranco, junto al solista Franco De Lorenzi y a
los hard rockers de Volcano.
Rodrigo Cano Y Los Canes son Álvaro Salinas, Renzo
Ramírez y el Rodrigo especificado en la denominación. Desconozco sus edades,
así que les doy el beneficio de la duda. El extended play de estreno es
bastante uniforme, por no decir plano o discreto. Arranca el número epónimo, al
que se añade el epígrafe “(Edición 2025)”, y lo que escucho es un pop/rock
matizado suavemente de jazz, si bien en principio cada cual va por su lado.
Sólo en “Respuestas”, dos paraderos más adelante, ambos estilos se fusionan, luego
de haber condescendido la eléctrica a añadir algo de blues en “Fuego”.
El sonido del trío, sin embargo, tiende a ser
inane. Demasiado correcto para mi gusto. A esos aires blueseros, por ejemplo,
les falta esquina. La estructura de los episodios luce convencional hasta
volverlos grises, medio aplatanados. Se echa de menos la energía inherente a la
síncopa, el arrebato insurgente y desbocado del pop, la locura congénita del rock
(incluso clásico). Al menos yo esperaba tanto más, si las letras perfectibles
en cuanto a la forma cumplen con el objetivo de hacerles sentar posición
respecto de una realidad en la que no se hallan a sí mismos, emocionalmente
tediosa e incómodamente desesperante.
Recién en el ocaso, Ya No Quiero Ser Así
EP se pone interesante. La terna pregonaba cultivar un discurso cercano al rock
alternativo de los 90s, declaración que sólo “Mundo Raro Y Cruel” atestigua.
Harto dinamismo y ganas de despercudirse en esta pieza insular, alevemente
funkeada desde la guitarra y el bajo. Tan es así, que es la primera vez en todo
el extended en que a la voz se la siente fuera de su elemento. Ojalá sigan ese
derrotero en producciones futuras, sumando ingente protagonismo de la batería
-el único instrumento que se desempeña con mención honorífica durante los
cuatro rounds.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 4 de febrero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (II)
No sé de ningún medio de comunicación,
mainstream o no, que haya dado noticias del nuevo plástico de La Vie. Más allá
de las opiniones que pueda éste merecer, comporta el regreso de un acto insular
en el contexto sonoro underground arequipeño y nacional, status alcanzado desde
que My Days In The Capital inaugurase su trajinar allá por el ‘12. El reingreso,
para más inri, se produce tras prácticamente cinco años de un silencio que
empezara con la pandemia del COVID-19. De allí que no se entienda el mutismo dispensado
aún desde las trincheras de la crítica especializada.
Grabado en Cuzco, Sacred Valley (‘20)
era la segunda y más atronadora clarinada de alerta sobre el proceso de
transformación en que el unipersonal de Diego Romero se había embarcado,
incursionando ya de lleno en una electrónica experimental premunida de
grabaciones de campo y de digitales clústeres tonales. Por eso, el retorno que
implica The Intelligence Of Love es doblemente importante. Respecto de
su ascendiente, no sólo no sigue el derrotero trazado, sino que propone
revisitar el folk de mampostería new age y el ambient drone -acrisolándoles. Este
reexamen se hace sustituyendo la guitarra por el piano, lo que añade a la
paleta de La Vie humores neoclásicos, y ciñéndose al principio minimalista con el
ardor con que un espartano enarbolaba su escudo.
En cierto modo, la portada adelanta esos
nuevos/viejos aires en los que ahora viaja el individualista. Si la de SV
era la imagen de una foresta altoandina, la de TIOL se sirve de un
bosque ¿ártico? captado a través de la ventana de una construcción noble, en
cuyo interior habita un extraterrestre con varios teclados y suecher de Boards
Of Canada. No percibo influencia del binomio Eoin-Sandison, al menos no
evidente, pero sí alguna coincidencia estética. La más palpable: modelar la
música como si fuera expresión de la plástica. Cuatro décimas partes de The
Intelligence... remiten a la idea de audioesculturas, entretejiendo
variaciones espectrales en torno a un flujo de vibraciones trabadas en un único
omniacorde de inquebrantable serenidad: “Meditation I”, “Meditation II”,
“Alien” y “Meditation III”, distribuidas durante los 26 minutos de la jornada.
Las otras seis décimas partes de The Intelligence Of Love postulan el concepto de audiorretratos, moldeados por
la narrativa lineal de que provee el piano. La ejecución suele ser pródiga
(“Diálogos De Platón”), un tanto nerviosa (“Intelecto”), un tanto apacible
(“Love Is Kind”). La urgencia impele al movimiento interno: Diego gusta mucho
de estructuras cíclicas y de meta-notas pedales, lo que le alienta a maniobrar
con claves y escalas. Y si bien la primera mitad asoma signada por el neoclasicismo
de Yann Tiersen y compañía, la segunda finaliza en curso de colisión hacia las
resonancias de “Alien” y de las ‘Meditaciones’ (“Simplicity Is The Ultimate
Sophistication”, “For Meredi”).
Existe la posibilidad de leer a The
Intelligence... como una “excepción a la regla” en el camino de La Vie. Su inusitado
golpe de timón respecto de Sacred Valley podría interpretarse de esa
guisa. Sin embargo, no creo que deba ser tomado como un episodio digresivo. Pienso
que Romero no optaría por retornar a la palestra con un largo que es en sí
mismo excluyente, a menos que sea también el hito que señala el inicio de una
nueva reconfiguración. La hipótesis de esta eventual segunda metamorfosis,
pues, luce más próxima a verificarse.
Tengo recuerdos muy difusos de la única ocasión
en que he visto en directo a Allanamiento Emocional. Era el primero de
septiembre del ‘23, había tocada en El Templo (el local under de la Ciudad Blanca por antonomasia), y estaban programados muchos line-ups. Si bien me acuerdo
claramente de las performances de NRA Ruido y de Alunaki, para cuando se planta
frente a la audiencia el grupo de marras, yo ya andaba con el ojo pegado al
reloj: pasaban de las 11 de la noche, no estaba cerca del alojamiento, y tenía que
dormir al menos un par de horas antes de salir a las 3 de la mañana rumbo al
Cañón del Colca. Felizmente, pude meterme en el sobre a medianoche, gracias a
la ayuda inestimable de mi chochera Juan José Leyva.
Conservo jirones de una presentación muy
caótica, mientras el público era ametrallado por numerosas esquirlas de punk y
hardcore que ya habían sido materia de quién sabe cuánto reciclaje. Si la
memoria me falla, las disculpas de rigor. Si no, el crecimiento del cuarteto ha
sido gigantesco, a la luz de lo expuesto en su debut magramente bautizado Zaza.
Aparece éste en septiembre del ‘25. A pesar de tener un feeling que va muy en
la línea de los cochambrosos estilos antes mencionados, circunstancia de la que
acaso se cuelguen quienes le denigren, su output ha evolucionado -o, en todo
caso, crecido- lo bastante como para dispararse sin barreras hasta los predios
del post hardcore. Incluso se roza muy levemente el math rock.
Fundado por el guitarrista/vocalista Eric
Huarca (a) Chinosor, y actualmente delineado por Shande Cotrina (batería), Enoc
Canto (literalmente gritos) y Jesús Mantilla (bajo); Allanamiento Emocional ha
aprendido muy bien las lecciones que Fernando García Escaró a.k.a. Garzo
ha impartido a través de Metamorphosis, Radiación Selenita y Plug Plug. Por ese
lado se impone el determinante influjo del post hardcore, que te propina un robusto
tacle desde la apertura epónima. No obstante, el combo tiene otros matices relevantes.
Guiños al rock alternativo y en mucha menor medida al grunge logran colarse por
entre las constantes deflagraciones a lo Touché Amoré, Circle Takes The
Square o Title
Fight (“Muéranse Todos Ya Por Favor De Una Vez”). También ese modo de incubar
indie que patentó El Otro Yo (“Tengo Mucho Odio Para Esto”). Y ni qué decir del
emo rock (“Sir Sueñito”), que campea a sus anchas en las letras -parecen todas
escritas por Clare Cooper, de The Amazing World Of Gumball.
Para bien o para mal, son éstas y otras cosas
más las que desmarcan a Allanamiento Emocional del resto de exponentes peruchos
post hardcore, como Cataratas En Siberia o Fiesta Bizarra. Se avienen a bajar
un cambio en la caja de velocidades cuando se necesita (“Zaza”), les encanta enrojecer
las gargantas cada dos por tres (“Dime Ya Si Me Quieres”, “Estoy Muy Enfermo”),
y no se hacen paltas al abordar distintos códigos sonoros en un mismo tema (“La
Depresión”). Amplio abanico de exabruptos con los que desafiar el canon post
hardcore, sólo para volverlo a entronizar a pie juntillas.
Dos cosas más a subrayar. Zaza acoge
una toma de “La Masacre” añadiéndole una ‘B’. Asumo que se trata de una
diferente versión a la que se lanzó en formato single. La del debut suena muy
limpia, dejando que a Huarca se le entienda casi todo. Por otro lado, las más
de las veces que Allanamiento Emocional se aproxima a El Otro Yo se producen cuando
escuchamos vocales femeninas, lo que me recuerda ipso facto a María Fernanda
Aldana. Una coincidencia, obviamente, ya que esas vocales no siempre son de la
misma persona: ‘Luchia’ (“Estoy Muy Enfermo”) y ‘Rataela’ (“Sir Sueñito”).
Grata sorpresa, y cómo no, la que ha generado
la edición de El Sonido Niebla De Los Texao vía la española Munster Records. Por fin podemos contar con un vinilo que recopila en apariencia todas las
grabaciones realizadas por Los Texao. Muestras de su talento estaban
disponibles en los dos volúmenes de Back To Peru..., así como en la
recopilación Rock En Arequipa 1969-1974, pero hasta el año pasado no se
acreditaban a título personal más que 3 singles hoy descatalogados y/o
inubicables. Situación ignominiosa para un combo surgido en la ciudad de
Arequipa en 1968, merecedor de un sitial entre sus pares peruanos que tomaron
el relevo de aquella primera generación instro-garage-surf-beat sesentera que
tantos comentarios provocó a comienzos de siglo.
Crónicas de época señalan que, en su tiempo, Los
Texao fueron la banda más popular en todo el sur nacional. Víctor Dibán (voz,
bajo), Juan Nuñez (guitarra, coros), Julio Torres (teclados, guitarra),
Fernando Humbser (guitarra), Edgar Manrique (batería) y Adolfo Ballón
(percusión) se ganaron esa fama hibridando la rebelde crudeza riffera del garage
picapedrero, la incendiaria reverberación phaseada de la psicodelia de ADN
latino y aquello que en el Perú de entonces se conoció como “la nueva ola”. El empleo
extensivo de efectos fuzz y reverb en la eléctrica dotó a Los Texao de sus
contornos definidos y de su timbre particular, al que la prensa catalogó como
“niebla” por la marca de fábrica asociada a dichos efectos (Haze).
El Sonido Niebla De Los Texao repesca los tres
sencillos que prensase Líder, además de material no publicado con anterioridad.
En esos simples venían “Pobre Gato” y “Nada De Nada”, “Algún Día” y “Stone”,
“Nunca Cambias” y “La Pelea Del Gobernador”. Las últimas cuatro canciones son
originales de los mistianos, mientras que “Nada De Nada” es del conjunto
chileno Los Beta 4 y “Pobre Gato” del inglés Shel Shapiro. Todas se ubican en
el lado A del acetato y al inicio del lado B (“Algún Día”), testimoniando la cadenciosa
magia alucinógena y lo fi que estos arequipeños practicaron ya entonces. De
entrada nomás con “Stone”, quedan dibujados en la mente el fuzz que se expande cual
gas propano y un background rítmico macerado en el rock de garage. La
psicodelia se torna fibrosa (chequear el impresionante solo de flauta traversa
en “La Pelea Del Gobernador”), en tanto los tempos se mitigan y los registros
se trastocan, como girando en torno a una elíptica que en realidad les hace
volver al punto de partida (“Nunca Cambias” y su coda sabrosamente latina).
En tal sentido, el punto más elevado de
enteogénesis es “Algún Día”. Pero, como ya se dijo, Los Texao también le
entraban a la nueva ola. Así queda demostrado en “Nada De Nada” (shalalalas coludidos)
y en “Sookie Sookie”. Con todo, la prueba definitiva de esa debilidad por la fiebre
nuevaolera es la relectura de ese “Gimme Little Sign” de Alfred Smith (a)
Brenton Wood que popularizó en Latinoamérica la versión del mexicano Roberto
Jordán (“Hazme Una Señal”), y que el sexteto cose a “Coge Mi Mano”. Por alguna
conexión subconsciente que no me es dado descifrar, “Swarlb” me remite
constantemente a “Sentimientos” de Los Belkings. Y el postrer “No Time” se
erige como una suerte de mini-repaso por las distintas sonoridades que
cultivaron Los Texao. A la altura de Traffic Sound o Telegraph Avenue, en mi
modesta opinión. Otro fragmento de nuestro patrimonio sónico pop arrancado de
las garras del Olvido.
Debido a una u otra razón, no he tenido la
oportunidad de escuchar concienzudamente a 380 sino hasta hace poco. Intenté
hacerlo un par de veces antes, pero no quise comenzar por singles o tracks
sueltos, y desconocía que la agrupación contaba con una obra anterior a la que
impulsa estas líneas. Hubiera sido bueno empezar por el principio (El Colegio Me Volvió Un Mono, ‘23), como para abundar también acerca de
desarrollos temporales si éstos tuviesen lugar. Ya que no ocurre así, toca
dirigir todas las miradas hacia el segundo esfuerzo de los rojinegros,
considerados “grupo revelación” desde hace al menos un bienio.
Uno de los retos más complicados de resolver para
quienes nos dedicamos al inútil arte de escribir sobre música pop es el paso
del Tiempo. Teóricamente, el carburante te dura un máximo de dos décadas,
condicionado a ese imperativo biológico que acostumbra impedirte absorber
nuevas músicas al aterrizar en la treintena. Por supuesto, hay excepciones
saludables, para las cuales ese imperativo o bien se retrasa quién-sabe-cuánto
o bien no existe. Me gusta pensar que soy una de esas excepciones, al haber
llegado al medio siglo de vida y tras tres decenios invertidos en este ingrato
“oficio” sin dejarme obnubilar ni por la oxidada veteranía de algunas tendencias
ni por la insolente frescura de otras.
380 es quizá el nombre que más ha trascendido
desde la escena independiente forjada al pie del Misti, ocupando palestras de
medios algo más masivos que los de costumbre y tocando en festivales de la
capital. Si tengo que opinar basándome exclusivamente en el repertorio de Ya Estás Grande, no consigo entender por qué. El referido álbum tiene
conchudez y energía, cualidades sin las que el punk no puede germinar y
prosperar. Porque, sí, 380 es punk rock; pero ello no tiene por qué tomarse a
priori como demérito. Células de ese corte que consiguen ir aunque sea un poco
más allá del canon ‘77, ha habido, hay y habrá. Así hablemos de egg punk
(Antibióticos).
El problema es que no encuentro nada más para
rescatar en YEG, una vez elogiados el desparpajo y la pujanza aludidos.
Por default, he tenido que reproducir cinco veces la placa, y la impresión
acaba siendo siempre la misma. No sé en qué creen las juventudes del hoy que se
confiesan punks, pero si su rollo es más o menos equivalente al de 380, habrá
que ir prendiendo velas para que esto no sea sino un error en la Matrix -o el vetusto
alarido punkie acabará irremisiblemente arruinado. Una primera parte del CD
oscila entre el punk clásico y el pop con accesos de... pachanga. Cuando al
cuarteto de Lucía Ramírez (voz/guitarra), Milagros Caja Morales (guitarra),
Diego Cornejo (bajo/coros) y César Llerena (batería) le da por “bromear”; y ello
sucede bastante seguido, queda como chistoso en el peor sentido de la palabra.
No causan ni pincho de gracia esos “diálogos” forzados, esas frases de zafio
autobombo, esos “sound effects” que aspiran a la risotada fácil. El colmo de
esa intencionalidad es “Final 100% Real No Fake”, publicherry payasamente
atorrante que invita a seguir torturándose con más canales.
“Enfermitos Enamorados”, sexto surco de Ya
Estás Grande, es recién el primero que no me provoca presionar skip sin
más. Y no es ni de lejos susceptible de ser antologado. Eso te da una pista de
lo que vas a encontrar no sólo antes, sino igualmente después. En la mitad de
sus veintenas, esta gente no tiene mejores ideas para sus canciones que
“quejarse” de los amantes LGTBIQ de sus parejas (“SadBitch”), seguirla pegando
de comediantes involuntariamente desastrosos (“Punks De Mierda!”), o hacer alharacas
de género (¿recurrirían en “Estoy Cansada!” a esa coartada tramposa si quienes
les critican fuesen mujeres y quien canta fuese un hombre?). De todas maneras
escucharé el primer disco, pero no creo que en el futuro le preste más atención
a proyecto tan aguachento, cuyo logro más destacable aquí sea quizá ese
arranque de sinceridad que puede haber materializado “Mi Música No Es Buena”.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 28 de enero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (I)
Incluyendo esta bitácora, poquísimo es lo que
se ha escrito en medios peruchos sobre las andanzas de Christian Van Lacke.
Verdad que el músico es argentino y no vive/viene aquí sino ocasionalmente. A pesar de ello, sus conexiones con el país son muy fuertes -empezando por su
padre, Guillermo, bajista en el mítico estreno homónimo de Tarkus (‘72); y
terminando por el propio Christian, fundador de dos excelentes power trios en
el Perú, los tremebundos Tlön (‘08-‘12) y el efímero alias Tortuga. Créditos de
sobra para que la prensa especializada nacional le tenga de continuo en el
radar.
Mas éstos ocupan apenas un sector en el universo creativo del guitarrista. Junto a La Fauna, Van Lacke ha editado media
docena de títulos. En paralelo, se ha asociado con Carlos Vidal (La Ira De
Dios) y el histórico Walo Carrillo (Los Holy’s, Telegraph Avenue, Tarkus), con
Daniel Lugones (El Tinkazo, La Murga Guacha), con Kubero Díaz (La Cofradía De
La Flor Solar). Ha integrado además otros dos power trios con que revisita rutas
de pioneros de la talla de Color Humano e Invisible (Comeflor y Rompenubes). Todo
esto, mientras sostiene una trayectoria en solitario de ya cuatro episodios a
cuestas. Mogul, último lanzamiento por esa vía, es el que motiva estas palabras.
Al tener en cuenta los backgrounds de algunas
de sus experiencias anteriores, te formas naturalmente una imagen audiomental
de lo que cabe esperar cuando se trata de Van Lacke: folk en ácidos, blues
pesado, accesos esporádicos de prog y de kraut... Y sí, Mogul obtiene
sustento de esas especias, sólo que sin abusar. No vas a encontrar dentro suyo
quintillones de notas encapsuladas en medio minuto, ni despliegues obscenos de
virtuosismo estéril. La eléctrica de Christian se ve favorecida por una
digitación austera, lo bastante sobria como para que marche en diversidad de
registros sin metamorfosearse a niveles dramáticos.
En la spinettiana “Inútil Cementerio”, por
ejemplo, las cuerdas se engrosan como en ningún otro surco del esférico; sin desdibujarse
su aura de blues minimal. La ingrávida lisergia de pistas como “Crosby”, “Un
Color” o “Canción De Mene” luce aquietada merced a acordes folkies en el primer
caso -eclipsados ante el arribo de una inesperada percusión santanera- o a visos
de outlaw country en el tercero. Cuando más cerca anda de salirse del molde, la
guitarra prefiere asentarse y crecer con paciencia antes que desbocarse y
cubrir el horizonte. Así sucede en “LP” y en “Cosmovisión”: primos hermanos,
cada número toma distinto camino, siendo “LP” un desértico psych blues de intro
ragga que se le insinúa al stoner, y “Cosmovisión” un heavy folk que no se resuelve
a flirtear con el prog rock.
Dueño del sitial reclamado por el epílogo,
“Centro” es el único rato de Mogul en que Van Lacke te deja en offside. Cuestión
de contención no es: el track conjura blues, psicodelia y folk apertrechado de
la calma habitual en la rodaja. Pasa que, cerca de los tres minutos, el soporte
rítmico de “Centro” se catapulta insólitamente hacia dominios de un drum’n’bass
a media máquina. Como mínimo exótica, la mixtura es indicio de una laudable
apertura del bonaerense a géneros que ninguna relación tienen con su liga de
origen. Una razón más para empezar a devorar, sin prisas y consecutivamente, la
totalidad de su copiosa obra.
No he tenido conocimiento de la discográfica
catalana Zona Watusa hasta que recibí noticias de la eyección de un cassette atribuido
a la sociedad Uza.Zetangas, a través de dicha plataforma barcelonesa. La luz
verde fue concedida hacia la veintena de octubre último, y el aviso llegó a mi
inbox recién en la quincena de diciembre, por lo que se me hizo imposible
pautear algún comentario para lo que entonces restaba del ‘25. No hay plazo que
no se cumpla, ¿felizmente?, y ahora que estamos metidos/as de lleno en el ‘26
es tiempo de destinar a la referida cinta unos cuantos renglones.
Como habrás intuido, esta identidad nace de
la unión, o más bien reunión, entre los guitarristas Miguel Uza y Carlos García
a.k.a.Zetangas. Es lícito hablar de reunión toda vez que los músicos se
conocen hace más de un cuarto de siglo, y han tocado juntos en los recordados
Rayobac. Amén de tótems e influencias, los dos comparten una misma inquietud
por el Sonido. Esa coincidencia -especulo- probablemente diera lugar a ensayos
y quizá a algunas grabaciones conjuntas, que quién sabe si habrán sido objeto
de recuperación para el k-set, ya que las notas en BandCamp mencionan “...un
diálogo iniciado a inicios de los 2000 en Lima-Perú” (sic).
Ese diálogo es, por ende, el punto de partida
para lo expuesto en el tape epónimo de Uza.Zetangas. Un diálogo que tiene como
telón de fondo el after punk que brotase entre fines de los 70s y principios de
los 80s a ambos lados del Atlántico. Por el lado británico, tal vez me
equivoque al evocar a This Heat, Matt Johnson, algo de Television Personalities,
Swell Maps. Por el lado estadounidense, visiblemente se apunta hacia la
tradición guitarrorista que inaugurase la no wave en manos de gente como Glenn
Branca y afines, que heredasen los primeros Swans y sobre todo Sonic Youth.
Sin embargo, Uza.Zetangas no malgasta el tiempo
en recreaciones exactas, ni desperdicia la oportunidad en revivalismos facsimilares.
El dúo interpela este período de la música pop contemporánea valiéndose de una
estética ambiental que recurre mesuradamente a la iteración, cuando no al
drone. El resultado es un puñado de composiciones en el que las eléctricas se
desenvuelven interpretando el rol de elemento conductor sin codificación fija,
a la usanza del método que ha ejercitado Miguel en su evolución solista.
Secundan en modesto segundo plano los osciladores, la especialidad de Carlos, proporcionando
consistencia y brillo -lo que le lleva, a veces, a adelantarse a primeras filas
(“Crossroads Parte I”, “Finis Terrae”).
Al trasponer el punto medio y apresurarse
hacia su colofón, Uza.Zetangas abandona algunos pasajes al hechizo de
referentes surgidos en la orilla americana del charco. En concreto a partir de
“Intro #3”, empiezan a hacerse más frecuentes/audibles los trallazos
guitarrísticos, los ribetes cacofónicos, los accesos leves de ruido poluto (“La
Procesión De Las Velas”). Ecos de la vieja escuela neoyorkina que no habían
menudeado en la apolínea primera mitad del artefacto (“Preludios”, “Intro #1”,
“Kernel_Mode_Exception_Not_Handled”), pero que de todas maneras podías entrever
(la densa “Promesas Recursivas”, la ya mencionada “Finis Terrae”). Licencias de
una jornada ponderable, hecha a cuatro manos y entre dos urbes cosmopolitas -la
Ciudad Condal (Uza) y Estocolmo (García).
Me acostumbré tanto a la crudeza de Ruri
(Demo) EP, que tras el estreno formal de la agrupación en mayo del ‘25 no
me queda claro si debo considerar al extended en demodé o no. Razones evidentes
para una respuesta afirmativa no faltan: todo el contenido de Ruri (Demo)
EP ha sido recuperado para su puesta de largo, reinterpretado/regrabado y
adicionado a otras cuatro canciones de manufactura más reciente. La jugada se
caía de madura: no habiendo sido registrado el extended en condiciones técnicas
idóneas, la oportunidad pintaba para hacerle sujeto de un segundo debut.
Abren Chinchey dos cortes correspondientes
al nuevo repertorio, “Lastoner” y “No De Rutina Amor”, partícipes de ese airado
modern rock noventero del cual el cuarteto ya había dado pruebas rotundas.
También de la proteicidad con que Ruri puede hacer el quite y abalanzarse sobre
otras corrientes sonoras. De hecho “Lastoner” habrá recibido ese nombre gracias
a la proximidad con el género que ayudasen a forjar Queens Of The Stone Age o
Monster Magnet, sin olvidar la consabida dosis de ruido, ahora en una clave más
“ordenada”.
Tal es el problema con el que deberán lidiar
los/as antiguos/as fans de Ruri. El ruido insumiso que encarnase el noise rock
de los 80s, ése que hacía de Ruri (Demo) EP un breviario delicioso de
consumir, aflora en Chinchey reconducido e incluso domesticado.
Decantado. Musicalmente, no hay nada que reprochar: el álbum tiene punche,
actitud, potencia y frescura. Ganas de armar revuelta y de patear traseros,
también. Suena mucho mejor que su antecesor, y con todo algo se le ha quedado
en el camino. Ello plantea un escenario que no puedo verificar ya, pero que
el/la nuevo/a fan de la banda sí: ¿cambiaría la percepción de aquello que se ha
perdido, si se escucha antes esta placa?
Centrémonos en los tracks nuevos acerca de
los cuales no me he extendido. “No De Rutina Amor” le prende velas al rock
alternativo de los 90s y al grunge, regurgitando su angustia y su hastío a
punta de riffs límbicos y unas letras de sutil cariz cáustico. “No Hay Control”
accede a esa senda de cuando en cuando, reservando espacio asimismo para una
batería más en plan post punk. Y el telón abajo de “Seguir Eligiendo” rompe del
todo con el modern rock, sumergiéndose en una zona franca donde coinciden las
riot grrrls y las precursoras del after punk -heroínas unas y otras del
supermercado en llamas.
No hay mucho más que alegar a propósito de
las nuevas versiones de “Héroes Muertos”, “Fucking Teenagers”, “And I Try” y
“La Bomba”. Imponentemente remozadas, ahora corren acicateadas por esa
vitalidad que suministra una segunda primera vez, pero también por un progreso
sustancial de Yamile Olivas de cara al micrófono. No en pocos lances, su rango
vocal se sincroniza con el de Marianne Joan Elliott-Said (a) Poly Styrene, lo
que inevitablemente trae a la memoria a X-Ray Spex y a esa cualidad del viejo punk
rock que le permitía sobrecargar pilas. A los cuatro canales antedichos y a
todos los demás. Estupendo plástico de debut en regla, que me habría gustado
mucho más de no haber paladeado antes su puesta en corto.
Reaparece Café De Las Almas con un segundo
esfuerzo liberado para descarga gratuita desde SoundCloud el 28 de diciembre,
fecha en que la región celebra el Día de los Inocentes. Extraño curso de acción.
Por qué no esperar unos pocos días más para soltarlo en 2026, o en todo caso anticiparle
para no coincidir con esa “celebración”, es interrogante que le corresponde al
trío absolver. Muy pocas circunstancias, empero, se me antojan lo
suficientemente válidas como para justificar tamaña elección.
En relación al primerísimo Café De Las
Almas, Antihéroes opta por desentenderse casi totalmente de las
posiciones que tenía tomadas la terna en el pop mainstream local de los 90s y
de principios de la nueva centuria. Determinación plausible: si hay una veta
pop de la que todavía se pueden extractar valiosas lecciones, no es ésa. Es
más, el capítulo habría quedado mejor aún si el terceto se hubiera olvidado por
completo de minar en aquel intervalo temporal, encarpetándole definitivamente.
No ocurre ello, por lo que todavía hay que tolerar segmentos remilgosos como
los de “Antiparaíso”, “Vuelvo A Estar” o en mucha menor medida “Planetas
(B-612)”. Contados, menos mal.
Es notoria la intención de CDLA de jugársela
entera por el synth pop que dos de sus integrantes pusieran en práctica en los
días del proyecto anterior, Xplora. Los medios tiempos prístinos, las
ambientaciones de romanticismo sci-fi, las tonadillas pegajosas, los armazones
de ascendencia pop... Es como repasar tu colección de discos y recrear un viejo
manual de estilo: gotas de Yazoo, brochazos de Anything Box, cucharadas de
Heaven 17, préstamos de The Blue Nile. Una impronta no-tan-evidente asoma sublimada
por encima de las demás: la del New Order de Power, Corruption & Lies
(“Eterno Resplandor”) y de Low-Life (“Transparente”, “Tu Nombre Escrito
En El Agua”).
Entonces, si el pop mainstream de entresiglo
no ha sido extirpado del todo, ¿en qué maneras el menú de Antihéroes
supera al del predecesor? Muchas de sus piezas funcionan gracias a las
efectivas pulsaciones del secuenciador, a la discreta ejecución de una guitarra,
a los laboriosos arreglos de teclados. Ya presentes en Café De Las Almas,
estas características vienen ahora nimbadas de kilometraje. Acontece con “Aún”,
con “Maldad” (aunque el spoken word que le chantan es innecesario), con “Bala
Certera”, con “Catedral”. Podrían no haber destacado, como le sucede a “So”,
lastrada por el excesivo colorismo que le impone ese pop al que ya le dirigí
puyas hace dos párrafos. Felizmente, sólo se ve afectada esta última, además de
las ya aludidas “Vuelvo A Estar” y “Antiparaíso” (muy influenciadas por
“Somebody” de Depeche Mode, de los pocos canales del repertorio clásico de los
ingleses que no me agradan).
Había quedado en debe Café De Las Almas
en lo concerniente a las letras de sus canciones. Aquí se exhibe un nivel
similar. En algunas, sus formas son aceptables. En algunas otras, no resisten
el menor intento por desbrozarlas. Como asumo que Jacko-Iván-Melannie se hallan
en un proceso de depuración cuyo norte es el paradigma synth, proceso que se ve
reflejado en un mayor dominio de su input/output, las líricas deben saldar esa
deuda a la tercera -que sí o sí será la vencida.
UPDATE: Me indica Jacko que la fecha real de
lanzamiento de Antihéroes es el 27 de diciembre del ‘25. Consigno el
dato sin efectuar la corrección en el texto, porque hubiera implicado rehacer
el primer párrafo, cuyas arquitectura y fundamentación quedarían arruinada.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 9 de abril de 2025.)
Pasó un tiempo más o menos considerable desde
que Animita (‘20) hiciese brillar el nombre de Adelaida, tras la
insólita gira que el entonces terceto realizó en países de Extremo Oriente.
Tiempo que, es verdad, coincide con la fase más severa de la pandemia -cuatro
años, nada menos. No fueron sólo las sanitarias, empero, las únicas
circunstancias que intervinieron en este prolongado paréntesis. A la luz de lo
exhibido en el subsiguiente Retrovisor (‘24), el grupo de Valpo tuvo que
afrontar durante ese par de bienios drásticas transformaciones en su configuración,
que repercutirían a la postre -si bien no de manera demasiado traumática- en su
discurrir sónico.
En efecto, en algún punto entre el ‘21 y el
‘23, Adelaida dejó de ser un trío y reinventóse como cuarteto. El verbo no es
exagerado, ya que no sólo se trató de adicionar un nuevo miembro. De Animita
a Retrovisor, el alias prescindió tanto de las baquetas de Gabriel
Holzapfel como del bajo y de las vocales de Naty Lane. En reemplazo del
primero, cogió el relevo Tomás Pérez, mientras que Anke Steinhöfel sustituyó a
la segunda en ambas funciones. El ingreso de Joaquín Roa en el puesto de
guitarrista divide con Claudio Manríquez (a) Jurel Sónico, que sobrevive como
único miembro original del acto, responsabilidades relativas a los desarrollos
estelarizados por la eléctrica.
Desde un principio, Adelaida se decantó por
las formas de crear/ejecutar música pop fundadas sobre la Distorsión. Con la
solitaria excepción del shoegazing, la mayoría de ellas surgidas sobre suelo
americano: el noise rock de Dinosaur Jr. y Sonic Youth, el “hype” del
alternative rock, el indie rock de Sebadoh y Shellac, el grunge de Mudhoney y
Alice In Chains... El balanceo de todos esos ingredientes le dio al combo su identidad
constitutiva, de la que despachase sobrados ejemplos en discos del nivel de Paraíso
(‘17) o Madre Culebra (‘15). Esos rumbos se ven magnificados en Retrovisor,
al punto de poder catalogársele como la placa que refunda a la banda del ex
Lisérgico.
Con los primeros acordes del corte homónimo
retumbando en los headphones y disparando las guitarras salva tras salva de
duras acometidas rockeras, queda en evidencia el anabolizado ascendiente de
ruido y distorsión que presidirá de ahora en más el sino de Adelaida. Uno que,
sin renunciar del todo a su herencia baggy (“La Montaña”, “12 Días”, “Mi
Ventana”), transitará esencialmente por este lado del Atlántico. “Pólvora” es
una excelente muestra de ello. Otras igualmente recomendables son “Espirales”,
“Girasoles”, la psicodélica relectura de “Brilla” (original de los argentinos
Suárez que venía como hidden track en Hora De No Ver), “Resplandor” y el
farrellesco colofón de “Desdén”.
Un par de apuntes más acerca de Retrovisor.
Por supuesto, tiene su lunar. A “Frutos De Otoño” se le siente muy inicios de
los 90s, cosecha neopsicodélica, rasgo que se acentúa cuando al promediar la
canción los valpeños rebajan el tempo y gana ésta un groove típico de esos
ácidos días. Claro, la toma primigenia ya venía impregnada de esos aromas. Y es
que Retrovisor se concede la libertad de reinterpretar algunos números
antiguos de Adelaida, todos ellos provenientes de su ópera prima Monolito
(‘14), subrayando ese hálito de “segundo debut” del que hablaba hace un momento.
Pasa con “Frutos...”, con “Océano Mundial”, con “12 Días”.
Muy pocas jornadas antes de la última
Navidad, se subió a la cuenta BandCamp de la escudería independiente Eolo Producciones el último trabajo solista del músico magallánico Rafael
Cheuquelaf. Integrante de Lluvia Ácida, dúo que justamente fundase Eolo en el ‘01
y que ha asumido la tarea de relanzarle hace algunos meses, éste es ya el
tercer esfuerzo de largo aliento que el buen Rafael saca adelante -y el cuarto lanzamiento
alejado de sus trajines junto a Héctor Aguilar. Sin embargo, para la ocasión no
ha marcado el autor mucha distancia respecto del curso que navega actualmente
la reconocida mancuerna puntarenense.
En Camino Interior (‘22), Cheuquelaf
tomaba el sendero del trip hop enyuntándole a una narrativa conceptual proyectada
como siempre sobre el fundamento de su experiencia vital, externa e interna.
También se encumbra Tiempo Profundo desde un concepto de fondo, pero las
sonoridades que le vertebran se hallan más cerca del urgente dark ambient
empuñado por el binomio en Puntarenazo (‘24). Y cuando no ocurre de esta
guisa, el esférico remite a los días oscuros y nerviosos de Antiviral
(‘20), que LlA compusiera durante el periodo hardcore del COVID-19. Esta
última conexión no es gratuita, ya que asimismo se cuela aquí una temática
científica de por medio.
Ésta corresponde a un residenciado artístico
y de investigación que el chileno cursó vía la Universidad de Magallanes.
Consistió éste en exploraciones de la zona más austral del país, con el objeto
de estudiar/especular-acerca-de una época de la región magallánica anterior a
la llegada del Hombre. De ahí la chapa de “Tiempo Profundo”, frase acuñada bajo
esos mismos parámetro por James Hutton, geólogo escocés del siglo XVIII. De
ahí, también, muchas de las denominaciones utilizadas para bautizar los surcos que
agrupa el plástico: “estromatolitos”, “ictiosauria”, “amonite”, “bloques
erráticos”, etc (cada una explicada por Rafael en la sumilla de BandCamp).
Sonidos de enjambres binarios (“Amonite”),
perfecta síncopa de precisión clínica (“El Ciclo De Las Rocas”, circa el Tecno
de Daniel Melero), inexpugnable densidad vítrea (“Manto De Hielo Patagónico”),
gélidos strings digitales (“Estromatolitos”), bronco dark ambient inoculado de
chillones órganos eclesiásticos de pelaje sintético (“Bloques Erráticos”). Los
climas sonoros en Tiempo Profundo recorren con ritmo sostenido comarcas
ambientales pletóricas en incertidumbre y suspenso, apertrechándose de un synth
completamente deconstruido -algo así como el lado Z de Chris & Cosey. Si
hay momentos de reposo, éstos son devorados con celeridad por evoluciones
ominosas, casi carpenterianas.
Inicio y epílogo del álbum sortean este modus
operandi con desigual destino. Mientras que la pieza titular es una zarabanda
de ruidos binarios generados aparentemente al azar, que acaba desbarrancándose hacia
preternaturales abismos lovecraftianos (en sintonía con el sutil guiño de la
portada), “Primer Fuego En Karukinka” es un tema solemne, que oscila entre
crepuscular y angélico. La flama encendida por los primeros seres humanos
habitantes del extremo sur en lo que tras cientos de años sería suelo Selk'nam,
ciertamente, marca el final de una era y el inicio de otra. Por eso “Primer
Fuego...” muta el cariz al aproximarse a sus cuatro minutos para derivar en un
panegírico lleno de emotividad y vitalidad. Laudable.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de julio de 2024.)
Por esos cortocircuitos sumamente insólitos
que rara vez se producen entre interacciones varias online, supe de una banda
de cuencanos que decidió debutar el año pasado con artefacto doble: Bosón De Higgs. Ni bien te empapas de info al respecto, las peculiaridades comienzan a
saltar -el grupo proviene de Ecuador (país del que no me suelen llegar noticias
relacionadas a la música pop contemporánea), su imaginario está profundamente
marcado por la ciencia y esa ficción especulativa que ponderaba Harlan Ellison,
el estreno tiene todas las trazas de ser un díptico conceptual a la usanza de
los 60s y 70s...
Es un poco difícil acceder a Los Cuentos
Espaciales. Aparece en Spotify, plataforma que no uso ni usaré nunca, y en
YouTube sólo figura bajo la modalidad “playlist”, no “full album”. También se
hace complicada su escucha para quienes no tienen los tímpanos encallecidos, ya
que los norteños se encomiendan a un manojo de géneros de los cuales el más
“joven” es el alternative rock de los 90s. Hard rock, space rock, progre y
psicodelia son las otras constantes de que se sirve el output de Bosón De
Higgs. Por suerte es el rock alternativo el llamado a revestir todas esas
influencias con una pátina de relativa modernidad, como para que el viaje no
rezume olor a naftalina, aunque de todos modos es ineludible hablar aquí de
revivalismo.
El primer volumen de Los Cuentos
Espaciales abre guiñando al clásico de Stanley Kubrick 2001: A Space Odyssey (1968). No puede entenderse de otra manera “Overtura (Así Habló
Zaratustra)”, que ni bien finiquita da paso a aplicadas embestidas rock,
consecuencia de muchas horas de ensayo; lo que les hace lucir además
correctamente cuadradas. Sucede con “Rocket Scientist” (prog que se esfuerza
por no parecer prog), con “Las Jaulas De La Ciudad” (denso hard rock bien concluido),
con “Bosón De Higgs” (de agilidad elogiable), con “Vía Láctea” y “Agujero
Negro” (ambos de ciertos matices oscuros que me hacen dirigir la mirada hacia
los 80s). Flexibilidad, soltura y presteza, que no vetan episodios más lentos
y/o de medio tiempo -“Supercúmulo De Virgo” y “Aurora Parte 1”, instrumentales
los dos.
Para el segundo volumen, el panorama sufre
algunas modificaciones. La más notoria es el amago de tour de force que Bosón De Higgs practica a través de sus siete pistas: si bien entretejidas, el
entrelazamiento no es tan evidente como pudiera esperarse. Asimismo, los
venerables/vetustos géneros a los que se ha aludido antes asoman más
perfilados, sin el sesgo “modernista” ya de que el alternativo les nimbaba. El
instrumental “Danza De Polvo Estelar”, por ejemplo, se presenta impúdicamente
en todo su progresivo vigor. Otro tanto sucede con el heavy blues de “Vistazo A
Tierra”. Pero si hay un estilo que destaca por la cantidad de veces que es
invocado, ése es el hard rock, sobre todo el del primer Deep Purple -el que no le hacía ascos al space ni a la psicodelia. Su estela asoma bastante obvia en
“Cometa Rex” o en “Macrobélico”. También aquí hay lugar para digresiones
balsámicas, como “Sálvame” y la insular “Pálido Punto Azul” -no entiendo muy
bien qué quisieron hacer los ecuatorianos en esta última, más allá de reciclar
el homónimo discurso del recordado divulgador científico Carl Sagan.
La doble jornada de Los Cuentos Espaciales
cierra persianas con el hard prog de “Aurora Parte 2 (Final)”, en registro
raudo y contundente. Bautizo ambicioso. Muy lejos de naufragar, tampoco es del
todo logrado. Tratándose de una puesta de largo, tiene un nivel aceptable. Y,
cómo no, cosas por enmendar. En contadas ocasiones, el hándicap de la
laaaaaaarga duración de un CD puede contrarrestarse/revertirse a favor del
combo. Éste podría ser el caso, ya que si decidimos meter todos los tracks en
una sola rodaja, espacio no va a faltar. Su separación en dos partes, por contraste, parece confirmar la teoría de díptico conceptual -el vasto universo
que nos circunda, sus visiones ensoñadoras, sus escenarios dantescos. Ningún esférico
recibe nombre específico, sin embargo, como se estilaba antaño. En fin, estreno
a tomar en cuenta para futuras referencias, lleno de elementos armónicos y
melódicos; el del quinteto integrado por los hermanos Danny (bajo, voces) y
Paul Galán (guitarra, voces), Fernando Marín (batería, percusiones varias),
Esteban Cañizares (guitarra, voz principal) y Jorge Pezantes (su intensa performance
en teclados lo hace el más interesante a seguir).
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 20 de marzo de 2024.)
No descifro la intención, en la portada de su
flamante debut, de seguirse mostrando Cometa A La Deriva como dúo. Es claro que
desde un principio el proyecto fue concebido por tres personas, y actualmente se
consolida como cuarteto. Alguien podría argüir que quizá Hoy Ya No Espero
Más De Ti es producto del esfuerzo de dos de sus integrantes, pero no es el
caso: a despecho de la (relativa) novedad del estreno, la existencia de CALD se
remonta a épocas prepandémicas (concretamente al ‘18), cuando no se decidían
aún entre los curiosos alias de La Pelota De Mi Perro y de Muerte Térmica.
Al amparo de LaFlor Records, Vanesa Angulo,
Gustavo Ampuero y Leandro Padilla publican sus primeros singles virtuales.
Éstos han sido repescados en Hoy Ya No Espero Más De Ti, cuya edición online
fecha en septiembre del ‘23 (vía BandCamp propio), estando su edición física a
la venta en cassette a través de Entes Anómicos a partir de febrero pasado. De
cualquier forma, a pesar de los seis años andando juntos, es notorio que
hablamos de sangre nueva proveniente de las escenas off-mainstream autóctonas
-que, como ha sucedido frecuentemente entre sus pares tras el COVID-19, ha
debido retrasar los planes grupales.
De apenas media hora de duración, este primer largo concreta una entusiasta circunnavegación sobre las aguas del indie y del
pop del nuevo siglo, así como bajo las improntas del rock alternativo noventoso
e incluso del new punk (aunque esto último casi ni se nota). Cometa A La Deriva
se constriñe a la simpleza en las letras, a la sencillez en el latir del diapasón
del bajo (ahora en manos de Mariano Saettone), a la llana espontaneidad en las
baquetas. Éstas pueden marcar tanto medios tempos -la agradable prolijidad
instrumental de “Luna Violeta”-, como auparse en trotes algo más acelerados -el
fugaz acceso punk hacia el epílogo de “Galileo”, el encantador indie pedestre
de “9:45” que se las ingenia para disponer de una sección en clave de bossa
nova-, e incluso 4/4s perfectos en su imperfección de pie quebrado -“Rosé”,
adelantado en la compilación Cualquiera Puede Hacer Esto (‘21), curada
por LaFlor.
La asequibilidad y la naturalidad, entonces,
se cuentan como características mayores de la música compuesta por el terceto.
No menos importantes que éstas son las vocales de Angulo, quien siempre las
modula a fin de acoplarse eficazmente al rango elegido para tal o cual número.
Su color de voz puede parecer a algunos oídos un poco estrangulado, más que
nada cuando lidia con desacostumbrados tonos extremos, aunque ello es
susceptible de pulirse con la práctica. En última instancia, esa observación
pasa a segundos planos cuando la síncopa se reduce considerablemente,
circunstancia que menudea en el tramo final de la cinta.
Sin aplatanarse, CALD asoma más delectable
cuando se acoge al formato de la power ballad. En “Hoy Ya No Puedo Esperar Más
De Ti”, en “Tiempo Al Tiempo”, en “Tal Vez Así Es Mejor”; el trinomio Padilla-Angulo-Ampuero
se ase del desencanto y del desconsuelo intrínsecos al indie, tejiendo
introspectivos ambientes de pop lluvioso y gris que se llevan de plácemes con el
intimismo acústico (“Tal Vez...”, de teclados en plan string) y que hasta
logran mimetizarse con los Sundays más resignados (“Tiempo...”). Elemental,
sobrio, en definitiva campechano pistoletazo de salida para la sociedad que hoy
completa Saettone.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 14 de febrero de 2024.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2023 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (III)
Un tanto elusivos -cuando no tímidos- los
chicos de Ruri. Formada en el ‘22 la banda, que se define a sí misma como “post
pandémica”, ésta sólo condesciende a una cuenta en Instagram que provee de muy limitada
información. Hay un poco más de chicha en la cuenta BandCamp, básicamente
referida a los géneros que le sustentan, por lo que habrá que seguir acreditando
a los integrantes usando sus nombres de pila: Rodrigo (primera guitarra),
Yamile (Olivas, voz y segunda guitarra), José (baquetas) y David (Acuña, bajo).
Da la impresión de que Ruri -“desde adentro”
o “del interior”, en quechua- últimamente se ha venido fogueando mucho en
directo, habida cuenta de los recientes comentarios entusiastas que ha captado
el radar. No he tenido todavía ese placer, aunque sí les he escuchado su
primera publicación (29/12), que responde al escueto nombre de Ruri Demo
(EP). Son en total cuatro cortes, compuestos y grabados por el grupo, que respiran
entre el noise rock de los segundos 80s y el cajón de sastre alternativo de los
primeros 90s. Obvio, se permiten un par de veces traspasar los propios límites.
La prueba palmaria de esa inquietud por
probar otros sabores es “Héroes Muertos”, apertura del registro. En ésta su
principal carta de presentación, el cuarteto le hinca el diente al primigenio
dark rock con una performance espléndida. Yamile imposta su voz como emulando a
la de Siouxsie Sioux para entonar bonitas figuras literarias del tipo “Santos
Que Emergen En El Aire” y “Templos De Naipes Que Crecen Destrozados”,
mientras el resto del line up luce contundente. Igual de formidable es “La
Bomba”, si bien aquí el lúgubre input se disuelve adicionando guitarras más noventeras
-la curiosa conjunción me hizo pensar durante breves instantes en el Porno For
Pyros del debut (o en el unigénito mini-álbum de Psi Com).
De otro lado, “And I Try” y “Fucking
Teenagers” son demostraciones de lo bien que le sienta a Ruri adherirse al output
del modern rock. De hecho, se le percibe más en su medio ambiente natural que
cuando recula al decenio anterior. No experimentan ni con la singladura ni con
la discografía de la época para practicar ingeniosas vueltas de tuerca, algo
perfectamente válido por dos razones: 1) lo suyo no es la experimentación, y 2)
la “maqueta” vibra con esa energía característica de quien compensa falta de experiencia
con toneladas de lúcidas furia y juventud. Interesante arranque, al que sólo opongo
un reparo -el bajo necesita chambear ingentes horas extra.
Bastante peculiar la puesta de largo de
Troek, identidad que asocia a Alfonso Noriega (El Otro Infinito, Puna) y a Jorge
Rivas (Ionaxs, Philkophillips, Puna), de la que ya habíamos paladeado una muestra
de su accionar en el lado B de Seven 7’’. Allí anida “Primer Mensaje
Desde La Niebla”, masa noisica en combustión espontánea que se angosta crispada
por fantasmales progresiones electrónicas. Existen en el LP muchos indicios de (in)armonías
isomorfas, si bien los hay también muy distintos en el curso de sus 30 minutos.
Y es que parece agitarse en Intitulado
una urgencia por recalcar los contrastes, por atizar los contrapuntos. En una
esquina, son acogidos surcos susceptibles de asimilarse a los rasgos de “Primer
Mensaje...” (también incluido aquí), como el número titular, el cegador
audioextremismo de “Reminiscencias” y sus programaciones en fase larval, el
luminoso éter binario de “Miles De Cuerdas” y sus picapedreras pulsaciones percutantes...
En la otra esquina, tracks mucho más despojados de la obsesión por el Volumen,
como las lluviosas líneas de feedback de “Un Hoyo De Sombra En El Techo” y su
ausencia de secuencias, o la brumosa cajita de música que encarna “Cassette Del
Ático”. Cierto, no hay motivos para afirmar proporción equitativa alguna, o al
menos un timing reconocible, que fomente esos contrapesos. Éstos igual acaecen,
empero.
Encuentro que lo más valioso de disco y
proyecto es el acopio de géneros de que se sirven para bordar una obra repleta
de ambientaciones contingentes y resonantes landscapes surrealistas, llena de lóbrega
arquitectura sónica y de enigmáticos onirismos. Mejor aún, el logro definitivo
de Troek radica en la redefinición de estos mismos géneros para terminar siendo
fagocitados por dos grandes bolsones de estéticas hegemónicas en la placa: la
de un ambient en continua polución/degradación, y la de una suerte de bliss out
que se debate entre la hidrólisis y la condensación. La electrónica
experimental, el minimalismo, el dark ambient, la drone music: tarde o
temprano, estos códigos son forzados a acelerar su cariocinesis para
evolucionar y caer bien en un campo, bien en el otro. A veces, en los dos.
No queda mucho más por decir de este Intitulado.
Sus voces, sus teclados, sus disonancias; tienen un efecto evanescente. Pese a
ello, esta característica se pierde rápido en el horizonte cuando el canal se
agita con la distorsión de sus componentes. El CD se conmociona, entonces, bajo
el trauma de estos cataclismos continentales que se salen de escala. Con cuadros
así de contradictorios, deconstruyendo sin cesar el perfil del binomio, ¿hay
algo que quede indemne, de lo cual partir? Sí: la impresión subjetiva del/de la
escucha. Para free download, como siempre desde los bytes de Chip Musik.
Gracias a Machines EP, me topé con la arrebatadoramente
insolente música del joven maese Nicolás Prado. Algo tarde, eso sí: en el extended,
primera referencia para una escudería de renombre (Buh Records), el avezado
retoño de Andrés Prado y Paloma La Hoz se revelaba como paradigmático nativo binario
que había absorbido -con prestancia y entusiasta voracidad- las soberbias
lecciones impartidas desde las vanguardias electrónicas de fin-de-siècle.
En comparación con
el antedicho título (sale en noviembre del ‘22 y lo reseño ocho meses después),
ahora pesco más pronto Overload EP (diciembre), de nuevo respaldado por
Buh. Con enorme satisfacción, compruebo que lo de Prado se mantiene firme en cruzada
mega-distópica y ominosamente cyberpunk hacia la consolidación de lo que él mismo
ha catalogado como “webcore” -término bajo el cual el individualista tritura
noise digital, ambient emponzoñado, IDM de espectro sórdido y artcore delirantemente
maníaco.
Verifico, asimismo, que el énfasis del EP
extiende la hegemonía del breakcore que Prado mostrase en el episodio anterior.
“Lost Data” es una pista que abreva en el imaginario apocalíptico del
intelligent techno más oscuro, y sin embargo no hace falta escarbar gran cosa para
encontrar un ritmo roto abriéndose paso por entre su médula. En “Malfunction”,
en cambio, no hay rastro de junglismos. Desde “Particle Collision” y hasta que
finalice el extended, el drum’n’bass en modalidad bersek no se ausentará ni medio
minuto.
El breakbeat disparado a mil por hora de la
fugaz “Hysteria” y sobre todo de “Particle Collision” remite ciertamente a los
gloriosos días del techstep, cuando su mecánica era descrita como “mitosis del
sonido” -y de hecho, los bpms en Overload EP sugieren la velocidad
devoradora de una asesina metástasis agresiva. En el epónimo asalto de cierre,
por otra parte, volvemos a hacer frente a una mixtura similar a la de “Lost
Data”; de proporciones equivalentes, siendo la IDM la más pintada, pero donde
el jungle se niega a desaparecer. Epílogo cumplidor para un artefacto bastante
más corto que el anterior -apenas 11 minutos y sencillo, mi único reclamo.
Muchas cosas pueden escribirse sobre Sofia Kourtesis, ahora que la peruana residente en Alemania de padre griego ha cosechado
mayor reconocimiento a propósito de Madres (‘23). Podría alegarse que no
es éste realmente su estreno en 33 rpm, ya que ni Sarita Colonia (‘19) ni
Fresia Magdalena (‘21) ni su epónimo registro (‘19) son de corta
duración, ni mucho menos llevan incorporada -implícita o explícitamente- la
clasificación “EP”.
Podría deliberarse igualmente si lo suyo es el
mero diletantismo house, o si abraza el hechizo marca Chicago y derivaciones premunida
de auténtica convicción. O si en el revuelo que ha causado tras su aparición (This
Is It EP, ‘14), jugó papel no menor su linaje, “exótico” a ojos de la prensa
sonora del Primer Mundo. Cualesquiera sean las polémicas desarrolladas a partir
de tales preguntas, hay una circunstancia imposible de poner en entredicho: a
saber, que Madres se ha editado -lo mismo que el extended homónimo- gracias
a los buenos oficios de Ninja Tune, la legendaria plataforma independiente fundada
por los Coldcut entregada en cuerpo y alma al evangelio del trip hop y del
scratching. Que ello ocurra con una artista como Kourtesis habla a las claras
de lo flexible que ha devenido la filosofía de los Atunes Ninja con el correr
de los años.
A decir verdad, Madres, y por
extensión toda la producción de la DJ disponible en Internet salvo Spotify; me remite
al celebrado Café Inkaterra (‘04) de Miki Gonzáles. “¡¡¡¿¿¿CÓMO???!!!”.
Sí: no porque la música de Sofia se asemeje a la que vertiese Gonzáles en el
volumen con que se ¿“reinventó”? como músico electrónico, sino porque Madres
es un plástico resultón. Tiene accesibilidad y pegada, es efectivo en traducir
los descubrimientos del house y variantes a formatos netamente pop, sus
melodías gestionan con estoicismo los densos estados de ánimo que la autora atravesó
durante el período de composición -dominados por el delicado estado de salud de
su progenitora, diagnosticada con cáncer cerebral.
Madres es, pues, un disco
de puntos medios. Estructura ósea, tendones y cartílagos llevan indeleble el
sello del house; mientras que el ADN de su carne, de su sistema linfático y de sus
órganos es compatible con el four-on-the-floor que saltó a conquistar el mundo
desde la Ciudad de los Vientos. Si “Moving Houses”, por ejemplo, es un lento
infestado de scratch y privado del más elemental armazón de beats; “How Music Makes
You Feel Better”, “Habla Con Ella” y “Funkhaus” tienen enredadas las
genealogías del tech house y del big beat. Si “Madres” y “Si Te Portas Bonito”
coquetean con las cepas chill y acid sin renunciar a la mirada pop, en “El Carmen”
la peruano-griega se deja seducir por la musicalidad afroperuana, asistida por
Miguel Ballumbrosio y “patrocinada” por el sampleo de “Beto Kele (Nosotros Somos)”
de Novalima. Si en “Estación Esperanza” el gravoso bombo se revela más funk que
nunca (incluyendo a Manu Chao, que aquí está SAMPLEADO, no participando de), en
“Cecilia” los golpes uptempo y los claps se sienten más cerca de un cóctel disco-soul.
Rodaja resultona, entonces. Funciona tanto para
perderse dentro suyo como para utilizarla de soundtrack realizando cualquier labor
física. Rescato asimismo las sinceridad y transparencia de Sofia, quien se abre
y expone en cada uno de los diez rounds de Madres. Simpático esférico, con
no pocos pasajes in extremis radiantes.