viernes, 21 de diciembre de 2018

Adelaida

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 12 de diciembre del 2018.)

Mucho más que en otras épocas, elegir hoy la senda a recorrer cuando das vida a una banda puede llegar a convertirse en serio problema existencial. El caudal infinito de posibilidades ya concretadas que tienes actualmente a un click de distancia, bien encausado, ayudaría a ampliarte el panorama y decidir más rápidamente qué es lo que quieres hacer. Por otro lado, exponerte a su impacto sin haber hecho previo examen de conciencia te conduciría a la anomia total, nada más dejarte aplastar por el peso de la frase “ya todo está hecho” -tautología tramposa, pues al interior de la música pop independiente la Realidad viene demostrando que no siempre es una verdad absoluta.

No son pocos los debutantes que hogaño prefieren elegir una estética antes que un género específico. Ello les habilita para asociar dos o más de estos últimos, siempre que sean distintos pero no opuestos, ya que más difícil se hace integrarles cuanto mayor es el número de cosas que les disocian. Pero, así y todo, este complicado escenario descrito cuenta con algunos ejemplos a considerar en positivo. Uno de ellos es el que proporciona Adelaida, acto de Valparaíso.

Hace más de diez años, en el 2006, nacía Lisérgico en la misma ciudad portuaria. Era un trío cuyo código genético preservaba las lecciones impartidas por el rock alternativo de los 90s, sus ochenteros antecesores (Sonic Youth, Big Black, Pixies), el grunge de Seattle y su fuente primaria de combustión (el hard rock de los 70s). Lisérgico estaba compuesto por Claudio Manríquez (a) Jurel Sónico en voz y guitarra, Michael Sepúlveda en la batuca y Víctor Aguilera en el bajo. Entiendo que el proyecto se encuentra disuelto de facto: además de firmar tres EPs, la experiencia le sirvió a Claudio para refinar estrategias con miras a una nueva identidad que ya venía elucubrando desde el 2010; y que eventualmente se hermanaría con el Ruido en todas sus formas rockeras.

La primera alineación de Adelaida, cuyo nombre se deriva de un alter ego del guitarrista, la conformaron el baterista Gabriel Holzapfel, la bajista Gabriela Vásquez (a) Golondrina y el propio Manríquez. Fueron ellos quienes registraron tanto el Narval EP (2012) como el debut en largo Monolito (2014). En estos primeros episodios ya se percibe una inclinación, si bien en vías aún de cuajar, a explorar las posibilidades expresivas que suministra cada género identificado con la Distorsión. Uno de éstos es el shoegazing. Otro es el indie rock más aventajado. Un tercero, previsiblemente, es el grunge. El revoltijo se hará más notorio sobre todo en el siguiente paso.


Entre el 2014 y el 2016, el line up sufre unos cuantos cambios. El más saltante se refiere a la transformación, por un tiempo, de Adelaida en cuarteto; con el ingreso de Nicolás Gajardo, guitarrista miembro de Platillo Volador y de Fatiga De Material. Otro cambio igual de importante es el reemplazo de Golondrina por Natalia Adelina Díaz -aquí empieza a quedar claro que el bajo es el Grial perseguido por la banda precisamente hasta el 2016. Antes de que Gajardo entre en la dinámica grupal, Manríquez-Holsapfel-Díaz lanza su segundo largo, Madre Culebra. Es ésta una obra manifiestamente más ruidosa y contradictoria que la anterior. Grabada y mezclada por el mítico Jack Endino, comprometido además con las células chilenas The Slow Voyage y The Ganjas, para la placa Adelaida hizo un auténtico esfuerzo por ponerse en los zapatos de todos a quienes declarase como principales influencias. A la vez. Ello le podría ocasionar a más de un conocedor de los avatares de la música pop un cortocircuito mental. ¿Cómo conciliar géneros a los que lo único que les confedera es una impetuosa fascinación por el Ruido?

La pregunta tiene sustento, en principio. Mientras que el pathos del grunge grita “estoy jodido y me-llega-pero-también-me-bajonea estarlo”, el del shoegazing dice “adoro estar jodido”. Separándose de ambos, el del indie se pregunta y se responde “¿estoy jodido? whatever”. ¿Por medio de qué sortilegio, entonces, podrían combinarse estos tres ingredientes en uno solo metatextual? Madre Culebra, sin embargo, lo consigue. Los riffs son duros, su presión interna es tan alta que pareciera que se van a cuartear al menor descuido. La pedalera acompaña estas acometidas, pero sin enyuntarse a ellas, y tiende a evocar los remezones de noise con que nos aporreaba el baggy (la apertura “Colgar Del Suelo” es un guiño no muy disimulado a “Only Shallow”, el track que abre el gigantesco Loveless de My Bloody Valentine). La desgarbada actitud, factor muchas veces subvalorado, inunda de improntas indie tanto la composición como el diseño interno y externo del esférico. Recién después de escucharle varias veces, todas las preguntas sobre lo incongruente que puede lucir Madre Culebra se disipan, y ya sólo te queda el límpido placer de su disfrute.


En el 2016 vuelve a quedar vacante el puesto de bajista. No por mucho, ya que la plaza la cubre Naty Lane. Además de jugar por la camiseta de Hammuravi, dúo claramente dream pop donde el otro 50% es justamente Jurel Sónico (la primera referencia es el extended Espesura, 2015), Lane viste las sedas de Platillo Volador y graba el magnífico estreno En El Cielo A Las 20:00 (2016). Lamentablemente, cruces de horarios mil con otros proyectos -también suma en Fatiga De Material- la constriñen a dejar PV nada más recibir el disco la luz verde. Más que en su chamba al lado de Jurel Sónico, es con En El Cielo... que el tremendo talento de la valpeña queda en evidencia: no creo estar muy equivocado cuando afirmo que Naty Lane es una de las mejores bajistas de esta parte del continente. Su potente tempo surca profundamente el marco armónico del que dota a los temas del CD. Con trastes o sin ellos, la chica tiene dedos de lagartija a la hora de zangolotear en toda la extensión del mástil. Su técnica acaso no sea virtuosa, pero las líneas que dibuja con las cuatro cuerdas las traza con una precisión que oscila entre la ferocidad y el desenfado -la única manera en que puedo ponerlo por escrito.

Que yo sepa, Naty no coincidió en Adelaida con Nicolás Gajardo. El guitarrista llegó a colaborar en la grabación del nuevo volumen, si bien únicamente como músico invitado (“Despedida En La Nieve”, outtake de Monolito). Aparecido en enero del 2017, y precedido del single virtual “1999”, Paraíso es hasta ahora el plástico más largo de la terna. Su nivel decibélico es menor que el ostentado por Madre Culebra, sí, pero ello no resiente la excéntrica mezcolanza de la que vengo hablando hace rato. Ésta logra alcanzar un punto encomiable de madurez: hay más espacio para las voces desnudas, y aquí es pertinente mencionar otra vez a Lane -siguiendo el sino de sus predecesoras, ella también se encarga de los coros y la segunda voz, donde igualmente deja su marca indeleble. La densidad que por momentos podía opacar ciertos temas ha disminuido lo suficiente para contrapesar con varios pasajes de inédita agilidad el hecho de que éste sea su trabajo más extenso. Pero esa densidad no desaparece, y el trinomio la capitaliza en emotivos cambios de ritmo, algunos de los cuales ornan los fragmentos más frenéticos que hasta hoy han salido de la pluma de Jurel.

Gracias a Paraíso, que ha sabido sacar ventaja de los réditos artísticos y mediáticos de Madre Culebra, Adelaida se ha granjeado una presencia importante en los circuitos independientes internacionales; abriendo para nombres como Suárez y Los Planetas, entre otros. El feliz corolario ha sido la obtención del Premio Pulsar de este año en la categoría “Mejor Artista Rock”.

Se anunciaba para la segunda mitad de este 2018 la realización del cuarto disco del terceto. A pocos días de concluir el calendario, encuentro difícil que esto suceda, pero después de todo no ha sido un mal año para Adelaida. En febrero pasado se colgó el nuevo sencillo virtual, “Fantasma”, crisol intachable de todas las variables que los ‘triates’ de la acogedora ciudad portuaria han acumulado en sus menos de diez años de biografía (grabado y mezclado -y ahora también producido- otra vez por Endino). Asimismo, unos meses atrás el combo estuvo de gira nada menos que en el Extremo Oriente, y ha regresado hace muy poco de cumplir presentaciones en Canadá. Es cuestión de tiempo para que el nuevo álbum se edite: Adelaida se ha caracterizado por ser un grupo muy prolífico, para el que grabar es un ejercicio continuo. En ello, en sus letras enajenadas, en su lustrosa percusión y en sus ambientaciones surreales radican las esperanzas de un futuro todavía más prometedor.


Hákim de Merv

No hay comentarios.:

Publicar un comentario