(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 29 de abril de 2026.)
Con harta antelación tuve acceso a este nuevo
muestrario planificado por Unexplained Sounds, que pasa a formar implícita
parte de esa serie de otros tantos documentos dedicados a difundir exponentes
avant garde de drone music, composición electroacústica y música concreta de
factura contemporánea -procedentes de diversas regiones y países del globo.
Enfocado en artistas portugueses/as, el lanzamiento oficial del recién
estrenado título ha tenido lugar en la quincena de abril, e incluye trece
contribuciones a pista por cabeza encapsuladas en poco más de 63 minutos.
En mayor o menor medida, Anthology Of Electroacoustic Music From Portugal participa de algunas características
comunes a pares suyos como Anthology Of Experimental Music From Australia
(‘25) o Anthology Of Exploratory Music From India (‘21): implacable
economía de medios expresivos, tramados de posología espectral que invocan
imaginarios entrópicos, intensa capacitación en el dominio de la espacialidad
electrónica, exploraciones conceptuales fundadas en formas de notación que
deben ser cualquier cosa menos convencionales... La diferencia respecto de esas
compilaciones viene prefigurada en el presente caso por la palabra
“electroacústica”.
Mucho más que en el de la composición académica
experimental contemporánea o en el de las “vanguardias” pop de improvisación
abierta, es en los feudos de la electroacústica donde los sonidos son
intervenidos desde su creación misma, recurriéndose tanto a instrumentación
heterodoxa como a grabaciones de campo y a sonoridades sintéticas, pasando por
modulaciones o alteraciones digitales de tono, textura, velocidad y tiempo. Si
agregas una draconiana ausencia de percusión o programación (la ascendente
progresión étnica de “Reanima Electrica” de HHY & The Macumbas es la única
excepción a la regla), ...From Portugal da en el clavo ilustrando ese
paradigma de la música electroacústica para el que cualquier ruido es material
sonoro.
Puede decirse aún más. Las cíclicas
vibraciones atonales in crescendo de “Circunscrita”, a cargo de David Maranha,
dejan en claro que para la electroacústica la melodía es una necesidad
suntuaria (y, por ende, prescindible). Valgan verdades, esa aserción es
apuntalada por el grueso del repertorio del disco: los latidos nictálopes en
diminuendo de “Acto IV” de BVHZ, la geórgica flauta de otras épocas que parece
arribar a espacios físicos y tiempos futuros desvencijados en “Vesper” de
NIN-FAE, el andar lo fi rugoso e invariable de Vitor Joaquim y su zumbante
“Forgotten Voices”, las envolventes atmósferas fantasmales que Haarvöl acompaña
de misteriosos tañidos de campana en “Intersticial Topographies Of Quietude”,
el borroso onirismo minimalista de Margarida Garcia y “Cinza, Agulha E Lápis”...
Estos y otros ejemplos proporcionados por Anthology
Of Electroacoustic Music From Portugal -el abejorreo glitcheado de “30xN-LRJ1”
por @c, el aura sobrenaturalmente oscura de João Alegria y “Vertigem”, las
subsónicas vocalizaciones tribales de Reixelo en “Arte Nativa Portugueza - Parte
IV”-, confirman además una obsesión por el Sonido con especial énfasis en las
categorías de densidad, de color, de modelación. Inmersiva invitación la que
extiende este registro, simultáneamente austero y excitante, a degustar los
frutos apreciables en los márgenes del avant pop lusitano hoy.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 22 de abril de 2026.)
(De continuo, la crítica en cualquier campo
opera desde una objetividad que es más una intersubjetividad. Y cuando ésta se
halla frente a dos irrefrenables pasiones entrelazadas, tiene más de
subjetividad que de cualquier otra cosa. Sirva esta minúscula declaración para
advertir que el siguiente texto, si bien no dejará de ser consistente con su habitual
línea severa en lo que concierne a la música pop contemporánea, en todo momento
será una confesión de parte al referirse al deporte rey. Tienes la obligación
moral, pues, de desconfiar una vez más de aquello que escribiré a
continuación.)
Desacostumbradamente tarde (un año y meses), Trilce
Discos me hace llegar esta edición de lujo que ha producido en sociedad con Estación
Odriozola para sacar lustre al primer siglo de vida de la que es la más
gloriosa institución del fútbol peruano: Universitario De Deportes. Cierto que
el club arribó a esa efemérides hace casi dos almanaques. No obstante, el CD se
puso a la venta recién a principios del ‘25 por motivos contractuales. En tanto
aún resuenan fuerte los ecos de dicha conmemoración, vale la pena pasar revista
al artefacto en cuestión.
Tuvo la oportunidad el desaparecido escritor
Vargas Llosa, célebre hincha merengue, de describir a la U como
“mucho más que un equipo, es un mito, una leyenda, una tradición”. Justísimas
palabras. Si nos remitimos a los números, la Crema los tiene casi todos de su
lado: la mayor cantidad de campeonatos (contando o sin contar los obtenidos en
la era amateur), la más consistente presencia en Copa Libertadores, el estadio
más grande del Perú, una Libertadores sub-20, cero descensos a segunda
división, varias gestas que ningún otro de sus pares ha conseguido igualar
(como ganarle a domicilio a River Plate y a Racing Club en apenas 48 horas,
durante la Libertadores del ‘67) y récords acordes (dos tricampeonatos, un
periodo histórico de invencibilidad absoluta como local, etc).
Pero la U nunca se ha medido ateniéndose a aquella
frialdad numérica. Todas esas cifras se lograron respaldadas siempre por esa
garra que el club ha convertido en su indesligable marca de juego, que ha
impreso indeleble en la mayoría de sus jugadores, que se constituye en la
columna vertebral de su mística. No en vano, ha sido catalogada por la FIFA
como el mejor club peruano históricamente hablando, el más ganador y el más
representativo del país -títulos que enorgullecen a la que debe ser la más
grande hinchada futbolera bajo estos cielos, tradicionalmente representada en
la frase “la mitad más uno”.
No es un secreto que los dos responsables de
Trilce Discos -Fernando Gonzáles y Antonio Gutiérrez- son irredentos fanáticos de
Universitario De Deportes, lo mismo que este servidor. De ahí su entusiasmo por
sumarse a los festejos del centenario del vigente tricampeón del fútbol
peruano. A ello les ha aupado, también, la natural conexión entre la esencia de
la música rock y el aura flamígera que rodea a la Crema. Ya en los 90s, la
emisora radial Studio 92 empezaba a difundir a través de su señal canciones de
reggae con el epígrafe “Comando Reggae”, mientras que al resto de su
programación habitual le añadió el alias de “Trinchera Rock”, en clara alusión
a la más famosa de las barras de la U, la Trinchera Norte. Esa conexión ha
quedado magistralmente inmortalizada gracias al veterano guitarrista de Voz
Propia, Raúl Montañez: “La U es la mejor banda de rock”.
Ⓤ Rock
Del Centenario 1924 · 2024 replica en casi todos sus componentes la coloración de
gala a que es afecta la institución: negro y dorado en la caja de cartulina, en
el pin, en el booklet con excelentes fotos del Monumental y de los/as artistas
participantes, en el sobre dentro del cual viene la placa. Sólo ésta es decorada
con los clásicos colores crema y granate de la camiseta oficial de juego, y su
contenido homenajea los cien años del Más Campeón incluyendo a 14 grupos y
solistas escogidos/as por Trilce Discos y Estación Odriozola, algunos/as
constituidos/as ex profeso para dar rienda suelta a su pasión por el club de
sus/mis/nuestros amores. Entre estos/as últimos/as figuran Bombo De La Barra,
Caudillo, Klausurada, Voces De Odriozola, Sentir Popular o Actitud Crema. Otros
nombres pertenecen a los circuitos del pop peruano independiente, cuyos
pasadizos vienen fatigando aún desde hace décadas. Aquí se inscriben Piero
Bustos (Del Pueblo Del Barrio), Pedro Solano (Cementerio Club), Charlie Diazepunk
(Diazepunk), Raúl “Montaña” Montañez, Fútbol En La Escuela o Procrastinación 1
Yo 0.
El esférico arranca con el ska a medio tiempo
de Bombo De La Barra (“Me Creo Lolo Fernández”), en plan bien ligero. Bustos,
que es de los contados hinchas cremas que ha vivido lustros en el barrio de
Matute, reinterpreta desde coordenadas rockeras desaceleradas la conocida
“Polka Crema”. Junto a él podemos situar el ágil pop de Solano (“En El
Monumental”), la canción que dedica Atados A Un Sentimiento a la Mujer Crema
(“Ellas”) y el sorprendente pop brioso de Klausurada (“La Chica De Oriente”).
Hay espacio para las variantes menos virulentas pero empeñosas del punk, como
“Agosto Siete” de Sentir Popular, “U Mi Mejor Historia” de Actitud Crema,
“Canciones Cremas” de Charlie Diazepunk y el impetuoso mazazo pop punk de
“Centenario” (Caudillo). Cómo no, el indie también se hace presente gracias a
sus dos exponentes más visibles en el menú: Procrastinación 1 Yo 0 (“Tú”) y
Fútbol En La Escuela (“Es Divertido”).
La calidad de muchos temas puede discutirse o no, es verdad. Yo antepongo el
siguiente facto: en todas estas canciones, la vibra del estadio se convierte en
aliento constante, y éste a su vez en grito de guerra. No faltan los puyazos reconducidos
en arengas, dedicados al rival de toda la vida (especialmente divertidos en los
canales de Fútbol En La Escuela y de Tito Manrique & Cosa Nuestra). Con
todo, por encima se impone el amor entregado a unas sedas que tienen la virtud
de transformar al que se enfunde en ellas cuando pisa una cancha de fútbol,
rodeado de 80 mil almas fundiéndose en una sola e indivisible voluntad.
Remataba su alocución nuestro fallecido Nobel
de Literatura diciendo de Universitario De Deportes que es “una de las más
hermosas historias que ha escrito el deporte peruano”. Poco más queda por añadir,
y ello le corresponde al inmenso pueblo crema, que me precio de integrar. En
las buenas, en las malas y en las que sea, porque cuando menos mereces nuestro
fervor es cuando más lo necesitas...
¡Y Dale U Toda La Vida! ¡Y Dale U Por Siempre
Escucharán!
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 15 de abril de 2026.)
Tras una semana de haber finalizado enero, Polvos Azules edita nuevo EP, en sociedad con Víctor Chang a.k.a.Vrianch y la
cantante Liliana Acosta. La relación entre Chang y Giancarlo Samamé es de larga
data, mientras que en lo tocante a Acosta es reciente. Parece de hecho ser el estreno
absoluto de la vocalista, lo que no es óbice para que se plante frente al
micrófono, además de firmar todas las líricas. Vrianch se adjudica la
composición de dos de los tres temas y los arreglos del restante, en tanto las
cifras se hacen inversamente proporcionales en lo que corresponde a PA.
Cuando El Viento Se Convierte En Marea EP despega de la
mano de “Cada Vez Que Te Caes”. Acreditado a Chang, lo que me encandila de este
canal no es su filiación ambient pop, sino su límpida emotividad naif: el medio
tiempo enfermo de reverberaciones digitales, los teclados minimales y a la vez
luminosos, como innumerables fuegos de San Elmo contra el palio crepuscular...
Es una sensación muy agradable la que reportan estos poco más de 4 minutos, similar
a la que proporcionaban los EPs de los hoy olvidados Aural Noise, y lo sería
más de no mediar un inesperado elemento disruptor.
Por contraste, “Bruma De Mar” tiene una
tesitura más afín al downtempo, género apenas hollado con anterioridad por
Polvos Azules (que reclama la autoría de “Bruma...”). La línea de bajo es
indiciaria en ese sentido: compases que se arrastran en cámara lenta,
acompañados de un invariable hi-hat ralentizado, para dar forma al mood
reinante en cualquier bar con excedentes de público A.O.R. Pese a las rimas de
lo más previsibles, el ambiente calentón que impera no desciende ni cuando en
las postrimerías del minuto 2 irrumpen extraños sonidos aleatorios más propios
de jornadas ruidistas, aunque sí le afecta la mediación de un ya no tan
inesperado elemento disruptor.
...Se Convierte En Marea EP finaliza
gracias a “Promesas”. El delicioso tono agridulce que reina desde el primer
segundo hace que te tomes este track con rigurosa seriedad. A despecho de la
algo indescifrable programación, “Promesas” destaca por su uso de teclados en
plan moderadamente Hi-NRG. Es de agradecer esa mesura, ya que la atmósfera
nocturnal se habría resentido de haber mayor intensidad lumínica. Como ya me ha
pasado anteriormente con Polvos Azules, percibo la ascendencia de un Jarre en
clave pop, percepción que habría alcanzado mayores brillos si no se hubiera
repetido por tercera vez la aparición de un elemento disruptor.
Esa circunstancia adversa es la performance
de Liliana Acosta. No su voz. Ésta es grave, y se acomoda a un rango spoken
word del que su recitación hace gala aquí. El problema es que esta tríada de
canciones, así como el grueso de la obra del unipersonal de Samamé, no logra
llevarse bien con ese registro. Como poner a cantar a Nick Cave asociándole a
The Blue Nile.
Como ocurre con los muchachos de China María Soundsystem, otro debut en corto aparejado al presente año es el de Rodrigo
Cano Y Los Canes. En formato de power trio, la banda lleva rodando por los
circuitos independientes un bienio, presentándose en directo aquí y allá. El 13
de febrero es el día escogido para el lanzamiento de Ya No Quiero Ser Así,
EP de cuatro surcos, uno de los cuales ya había visto la luz en modalidad
single -y es repescado aquí tal cual. Su ejecución en directo se realizó el 25
del mismo mes en La Noche de Barranco, junto al solista Franco De Lorenzi y a
los hard rockers de Volcano.
Rodrigo Cano Y Los Canes son Álvaro Salinas, Renzo
Ramírez y el Rodrigo especificado en la denominación. Desconozco sus edades,
así que les doy el beneficio de la duda. El extended play de estreno es
bastante uniforme, por no decir plano o discreto. Arranca el número epónimo, al
que se añade el epígrafe “(Edición 2025)”, y lo que escucho es un pop/rock
matizado suavemente de jazz, si bien en principio cada cual va por su lado.
Sólo en “Respuestas”, dos paraderos más adelante, ambos estilos se fusionan, luego
de haber condescendido la eléctrica a añadir algo de blues en “Fuego”.
El sonido del trío, sin embargo, tiende a ser
inane. Demasiado correcto para mi gusto. A esos aires blueseros, por ejemplo,
les falta esquina. La estructura de los episodios luce convencional hasta
volverlos grises, medio aplatanados. Se echa de menos la energía inherente a la
síncopa, el arrebato insurgente y desbocado del pop, la locura congénita del rock
(incluso clásico). Al menos yo esperaba tanto más, si las letras perfectibles
en cuanto a la forma cumplen con el objetivo de hacerles sentar posición
respecto de una realidad en la que no se hallan a sí mismos, emocionalmente
tediosa e incómodamente desesperante.
Recién en el ocaso, Ya No Quiero Ser Así
EP se pone interesante. La terna pregonaba cultivar un discurso cercano al rock
alternativo de los 90s, declaración que sólo “Mundo Raro Y Cruel” atestigua.
Harto dinamismo y ganas de despercudirse en esta pieza insular, alevemente
funkeada desde la guitarra y el bajo. Tan es así, que es la primera vez en todo
el extended en que a la voz se la siente fuera de su elemento. Ojalá sigan ese
derrotero en producciones futuras, sumando ingente protagonismo de la batería
-el único instrumento que se desempeña con mención honorífica durante los
cuatro rounds.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de abril de 2026.)
Eolo Producciones inaugura su catálogo 2026 editando
Paisajes Imaginarios, título que considero a medio andar entre el
mini-álbum y el extended play, por tener del primero la duración -poco más de
20 minutos- y del segundo la cantidad de temas -uno solo-. Así se materializa la
primera acometida de Pinwü, alias del integrante de Lluvia Ácida Héctor
Aguilar, de quien he escuchado con anterioridad ejercicios bajo alias electrónicos
solistas de ascendencia hip hop (Patagonia Bambaata y Polar). Pinwü, de hecho, nace
de la invitación del ítalo-chileno Cinturón Negro a participar en un mix a
propalarse a través de la radio francesa Flowka.
El novísimo seudónimo poco o nada tiene que
ver con el hip hop electro, sin embargo, al menos en este Paisajes
Imaginarios. Aguilar muestrea sonidos capturados durante sesiones
correspondientes a grabaciones de campo, creando collages sónicos tributarios
de un ambient en fase industrial, que devienen en soundscapes dignos de ser adscritos
a films independientes de estética onírico-terrorífica. Al promediar los seis
minutos y medio, por ejemplo, lo que pudiera haber sido inicialmente un diálogo
de muchas voces femeninas es reacomodado e intervenido de tal manera que parece
un siniestro coro de calacas.
No todo el magma utilizado es excluyentemente
provisto por las field recordings. El músico magallánico acredita igualmente
sampleos audiovisuales, así como procesos de síntesis para metamorfosear o
reposicionar estos fragmentos. Aquí sí se hace más complicado, por no decir
impracticable, rastrear el origen de tales sintagmas sonoros. El único que he
podido identificar está dispuesto al inicio de la pieza, y me ha sido revelado
gracias a su pertenencia a uno de los hitos indiscutibles en la discografía del
pop sudamericano de todos los tiempos: Rocío (‘96), del genio argentino
Daniel Melero. ¿El (breve) track escogido? “Electrobossa”. También percibo
hacia el final un conteo regresivo en ruso, que quién sabe de qué película
habrá sido recuperado.
Escuchar Paisajes Imaginarios tratando
de esclarecer la genética de sus préstamos es, con todo, la manera más aburrida
de abordarle. Mucho mejor es exponerse a sus contadísimos instantes de ambient
sin polucionar (cerca de los once minutos), a sus “theremines” entrecortados
que se zambullen dentro de inquietantes estados de conciencia, a sus turbias
resonancias y a sus tintineantes reverbs. A su imponente zumbido
¿analógico-psicodélico?, en fin, cuyas atmósferas guardan cierta semejanza con
el Floyd barrettesco de transición (cf. el segundo tercio de “A Saucerful Of
Secrets”, del LP del mismo nombre).
Tras muchas vueltas y una rápida revisión de
los últimos rankings anuales, queda meridianamente claro que el mejor y más
ambicioso álbum chileno del ‘25 ha sido La Brea, el brutal uppercut que
a modo de estrenazo publicase el sexteto Hesse Kassel apenas arrancó marzo del antedicho
calendario. Tales fueron la admiración que provocó y el interés que concitó,
que de inmediato recibió cobertura exhaustiva no sólo en la prensa
especializada de su país, sino también en la de medios extranjeros. En efecto,
muy rara es la ocasión en que un volumen consigue equilibrar excelencia y tesón;
máxime si se trata de una puesta tan de largo -78 minutos y medio.
¿Por qué tanto revuelo? En primer lugar,
porque se hace muy difícil asignarle una sola etiqueta a una jornada que no se
desvía ni media micra del camino que horada, obteniendo de esta guisa una
sonoridad monolítica, sin fisuras. En esta aparente contradicción yace su
encanto: La Brea es un crisol de post rock usamericano, de indie
noventero y de ese cambalache que los/as entendidos/as han convenido en llamar
“americana”. Por el lado del post estadounidense, Hesse Kassel se ampara en sus
raíces más profundas: Bastro, Shrimp Boat y los imprescindibles Slint de Spiderland
(‘91). Por el lado del indie rock 90s, sucede otro tanto con sus frutos más
insulares: el noise de Sebadoh, el math de Shellac, el post hardcore de Fugazi.
Y en lo concerniente a “americana”, una frugal simbiosis de blue grass y folk,
empapada en el aroma de los infinitos desiertos de la Unión.
En segundo lugar, porque los santiaguinos se
han gastado muchísimas horas de ensayo fogueándose en el difícil arte de
enhebrar líricas y música a niveles superlativos. En cuanto a las letras, bien
pueden hallarse provistas de ese encanto non-sense abonado por ejercicios de
poesía surrealista automático-repetitiva (“En Tiempo Muerto” y sus “...Solos
De Aviones...”), bien de la épica sencillez de lo llanamente cotidiano. En
lo tocante a la música, HK luce una musculatura tan rozagante como broncínea. No
se hace ningún rollo si, de la armoniosa/colorida colusión de bajo y piano con
vocales en registro crooner (“Anova”), tiene que saltar hacia la explosión
constante de una eléctrica que se encabrita hasta chirriar (“Americana”,
justamente). O si, de un humor squicker entre intenso e imperturbable, más
propio del jazz (“Moussa”), debe reorientarse hacia un crimsoniano registro
cacofónico/alucinógeno (“Postparto”).
El perfil compositivo de la banda está muy
lejos, pues, de ajustarse a las maneras convencionales.Crescendos hoscos, urgencia sombría, melodías
cultivadas desde la conjunción vital de un piano de cola y de una acústica,
saxos bartokianos, solos masivos de batería (“A. Latur”, “Vida En
Terranova”)... Es bastante sorprendente el aire con que acaba La Brea:
como sucede pocas veces en el mundo de la música pop contemporánea, el disco
franquea la barrera de los 78 minutos sin resentir fuerza ni velocidad. Todo lo
contrario: Hesse Kassel homenajea a uno de sus principales referentes, Yo La Tengo, bautizando así al número de cierre -nunca el trío de Hoboken fue repensado
tan oscuro, lanzando con tremendo vozarrón alaridos liberadores de angustia y
locura. Como si los legendarios Mostro, cuya estela se insinúa durante todo el rato,
se hubieran metido esteroides.
Hesse Kassel se formó en 2022. Sus
integrantes son Luca Cosignani (guitarra y voz), Matthew Hopper (bajo), Joaquín
González (teclados y coros), Renatto Olivares (voz principal, saxofón y
guitarra), Mauricio Rosas (guitarra) y Eduardo Padilla (batería). Promete mucho
más que Candelabro, cuyo segundo esfuerzo ha resultado asaz decepcionante.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 25 de marzo de 2026.)
Desde la lejana Liège -Bélgica- me llega la
maqueta debut de un bisoño grupo metal. Por donde se le aborde, lo de bisoño no
es exagerado: dos de los cuatro miembros de Malefyr todavía cursan la
secundaria, y su output aún batalla por trascender el manual de género, algo por
otra parte comprensible habida cuenta de la edad promedio de los implicados. Se
identifican éstos a usanza de la vieja escuela: Daniel G. (21) en voz y lead
guitar, Hugo A. en la teba (19), Anthony M. (21) en el bajo y Esteban F. (16) en
la otra lead guitar. Este último es de ascendencia perucha, por cierto.
Cryptic (Demo) es, en la práctica,
un EP. Cinco temas, poco más de dieciséis minutos. Grabado y mezclado en
diciembre último, tiene el encanto de la noviciada por encima de su meningítico
audio: las ardorosas ganas intactas que te impelen cuando inicias el camino,
los errores involuntarios de ejecución, la altisonancia con que intentas
compensar la falta de experiencia... Por supuesto, el cassette también se
erige en torno a riffs de genética hardcore punk, una rasposa garganta irritada
hasta el tercer grado, los tiempos acelerados de que provee una batería de
doble bombo. En resumen: thrash -y en mucha menor medida speed- de intensidad a
mil y de técnica al 50%.
¿Cuánto avanza Malefyr a partir de esa base?
Por ahora, el cuarteto se trepa a la llamada “nueva ola del thrash”, que
encendió la pradera sobre todo a inicios de la década pasada. Bebe más de la
rama teutona que de la del crossover, y por ahí durante contados segundos
percibo añejas influencias de Sodom o de Kreator, aunque quién sabe si estos
mozalbetes les habrán oído. El combo declara haber tomado nota de las lecciones
impartidas por dos bandas brasileras clásicas un tanto disímiles: Kaos y
Sarcofago (esta última entre el black y el death). Sorprende, eso sí, que el
demo abra con una cortísima sección instrumental de campanazos y ventarrones
que hacen pensar inmediatamente en el dungeon synth antes que en el metal,
intro de la apenas menos breve “Enter The Crypt”.
En cuanto a la técnica, bueno, queda claro
que falta mucho por recorrer. Funcionan esas eléctricas que me hace alucinar
con masivos muros ancestrales de sillería tan monumental como tosca,
principalmente en “Darkened Wrath” y en “Malediction”, pero hoy no alcanza con recrear
el paradigma thrash. Tampoco basta con la performance actual de Daniel G.
frente al micro (a esas vocales les falta ganar un poco más de peso). Y si bien
el esfuerzo del soporte rítmico puede ponderarse en Cryptic..., a
cosechar ese mismo lauro no llegará la próxima vez. El único punto fuerte
concierne a los bestiales punteos que Malefyr descerraja en sus canciones:
veloces y medio complicados, no siempre tirados para el melodicismo. No niego
que las demás instancias puedan tener oportunidades de crecer, pero en el caso
de la eléctrica a cargo de los solos, las veo clarísimas.
Mis favoritas: “Heretic War” y “Mind Flayer”.
Portada, logo y anonimato, en la mejor tradición old school del aludido
subgénero metalero.
Las psicofonías constituyen uno de los campos
de investigación más fascinantes de los que pululan entre las ciencias exactas
y las paraciencias. En derredor suyo brotan ayes lastimeros, quejidos no
humanos, ruidos inquietantes; todos ellos sin explicación material mesurable
conforme al paradigma vigente de la ciencia humana. Observan sus detractores
que estos extraños fenómenos encuentran sustento en la pareidolia, tendencia
del cerebro humano a identificar patrones en medio del ruido al azar. Sin
embargo, el perfil de los receptores de estos sonidos es lo bastante amplio
como para no adecuarse la pareidolia a todos los casos conocidos, dejando por
ende margen a la duda.
Valiéndose de este concepto, Eighth Tower Records ha convocado a algunos de sus artistas para dar pie en bola a Electric
Dead Speak: Music Inspired By The Electronic Voice Phenomenon (febrero). El
nombre en inglés es más apropiado, puesto que estos ruidos que no provienen de
ninguna parte ni de emisor visible suelen quedar registrados a través de medios
electrónicos de codificación, no siendo siempre percibidos durante el suceso
pero sí a posteriori en toda la casuística documentada. Qué mejor para acometer
la confección de un álbum que refleje estos estudios sobre la frontera entre el
Sonido y la percepción humana, que la subsidiaria de Unexplained Sounds,
poseedora de la nómina tal vez más idónea del planeta a tal fin.
El esteticismo inherente a la discográfica
italiana se manifiesta desde el primer minuto, y a éste se adhieren en mayor o
menor medida una docena de actos especializados en la fabricación de
ambientaciones por decir lo menos oscuras. En la primera mitad, por ejemplo,
encontramos ecos radiofónicos de inquietante fantasmagoría que simulan el
farragoso despertar de entidades malignas (“Instrumental Transcommunication” de
Mario Lino Stancati), borrosa estática plagada de vacíos cubiertos por una
dolorosa melodía (“The Space Between Noise” de Sílení), sonoridades
entrecortadas que causan la impresión de un gigantesco barreno trabajando en el
subsuelo profundo para liberar los bramidos de enormes monstruosidades (los
“gemidos sónicos” de “AEA”, a cargo de Kokum), latidos pétreos (“Doni-Seis” de
Pnévmma), oquedades siniestras exploradas como por el theremin (“Afterlife
Recordings” de RhaD). La pieza clave aquí es “Voices Without Bodies” de Yousef
Kawar, cuyas densas texturas ilustran ese antiguo terror tan humano hacia
aquello que no puede entenderse.
En la segunda mitad, Electric Dead Speak...
adquiere ribetes más lúgubres. Dark ambient en estado puro (“Metaphonic” de
Richard Bégin), enrielado hacia zumbidos pesadísimos (“Voces Mortuorum” de
Nerthus), abandonado a una torrentera brutal de crispantes frecuencias en
constante crackeo (“Spectral Patterns In Random Noise” de The Resa), sumergido
en una fuente burbujeante de horrores inefables (“The Empty Tower” de Oubys). Un
ensayo de texturología compleja cuyo principal nutriente es un ambient
iterativo, drónico, completamente desmarcado de cualquier forma de síncopa; y
por ende propenso a la inmersión tensa, opresiva, torva, terrorífica. Pieza
clave: “PhAntAsmA”, de Nikos Sotirelis.
Sólo hacia el final, el muestrario afloja en
algo la marcha incluyendo “The Child’s Laugh” de Insectarium. Digamos que en
otra jornada su soundscaping noise podría adecuarse sin alegar nada en contra.
En el presente contexto, y pese a su rugido postrer, la grandilocuencia le
resta puntos en vez de sumárselos. Claro, puede interpretarse como la válvula
de escape para conducir nuestras mentes a la superficie de nuevo, tras más de
una hora en caída libre hacia abismos psicológicos y físicos sólo entrevistos
por el subconsciente. Pavorosa compilación proto/filo-industrial de
aislacionismo y de ambient casi ritual.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de marzo de 2026.)
Interesante combinación la que supone China María Soundsystem. Es un trío de nuevas sangres, formado por Rodrigo Ruiz,
Jorge Giraldo y Pablo Portocarrero. Si la portada de su epónimo extended debut es
indiciaria, el grupo proviene del limeño distrito de Jesús María, teniendo por
cuartel la legendaria Residencial San Felipe (una ciudad dentro de la ciudad,
para quienes no la conocen). Y si lo de “Soundsystem” apunta a una declaración
de principios, que lo hace, no queda sino saludar el advenimiento de una nueva
célula peruana enamorada de las músicas forjadas en las comarcas que vieron
nacer a Bob Marley, a Lee “Scratch” Perry y a King Tubby -Jamaica.
Definir el estilo de ChMS es menos sencillo
de lo que parece. La cepa es reggae en su vertiente roots, lo suficientemente
plástica como para desenvolverse a paso firme hasta que en el horizonte
destaque la silueta del dancehall, ese subgénero del cual el insoportable
reggaetón es descendiente abortado. Es decir, el terceto nunca pisa el
acelerador a fondo. Sus canciones, por otro lado, cobran espectral tridimensionalidad
al ser en la práctica reconstruidas durante la etapa de mezcla; reconstrucción
que en sí misma comporta un tercer elemento identitario: el dub. Los bajos
ganan en profundidad y en reiteración, y las baquetas digitales potencian el
groove rasta al punto de transformarlo en stepper cadenciosamente demoledor.
Suma el empleo a mansalva del reverb y del
delay para encender o sofocar la guitarra, así como la constante recurrencia al
toasting, y ya cuentas con un boceto general de lo que expone aquí China María Soundsystem. Roots reggae que puede ¿multiplicar?/¿subdividir? los jabs
percusivos sin saltar más allá de los 4/4, creando una temporal ilusión
dancehall perceptible con claridad sólo en “Jermandub”. Para el resto de
pistas, bastan las subsónicas ondas vibratorias que afectan piel y materia gris,
los latidos metronómicos del drum set virtual a que se sincronizan los del
miocardio, el fader que invisibiliza o subraya durante secciones enteras tal o
cual instrumento: “Mañanero”, “Pura Vida”, la combativa “Contaminación Visual”.
Me hubiera gustado que el mástil de cuatro
cuerdas que empuña/setea Giraldo retumbara por mucho más tiempo, lo mismo que
los reverberantes beats que a veces Ruiz somete a filtros de agudos. Ésa es mi
única queja: el extended resulta brevísimo para el feeling apolíneo y
dionisíaco a partes iguales, delicioso y tremendamente expansivo, que el
trinomio maneja con fluidez y que invita al movimiento instantáneo. Habrá que
esperar con paciencia la puesta de largo. Publica este conciso manifiesto Cosmic Llamas, la pujante discográfica cumbiambera, dubidélica y de electrónica
mestiza que Álvaro Ernesto (a) Tribilín Sound ha montado en su exilio californiano.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 11 de marzo de 2026.)
Salvo referencias demasiado caletas que estén
burlando el radar, 2026 se estrena en lo tocante a álbums peruanos gracias a Orden
De Acero, segundo capítulo de Maquinaria Mecánica y clausura de un hiato
que hace algunas semanas superó la barrera de los tres años. Para más inri, el
largo ya se ha fogueado en vivo nada más aparecer, dada la proximidad de su
lanzamiento con el festival International EBM Day Perú (a propósito de la
celebración del Día Internacional de la EBM, 24/2).
¿Qué ha cambiado respecto de Somos Máquina
(‘22/‘23)? Pocas cosas, a decir verdad. El dúo sigue siendo el mismo -Hitam
Laga (Schmerz, Monöchrome) en secuencias de distópico futurismo y en voz
aniquiladora, Henry Robles madreando tempos de los bpms y arreglos, además de
literalmente meter letra. A priori, esta continuidad garantiza coherencia con
la línea temática que se apreciaba en el debut. Compruebo satisfactoriamente que
incluso se ha profundizado más en tal sentido.
En muchos tramos del disco, el tándem se hace
eco de las sistemáticas políticas de abuso que los grupos de poder ejercen
sobre las sociedades humanas, valiéndose de las pantallas que han sido y hoy siguen siendo sus equivalentes institucionalizados -iglesia, estado, milicia.
Se apunta, pues, hacia el verdadero enemigo (“Esclavitud Mecanizada”, “Clase
Obrera”). Curiosamente, ello no obtiene consistencia a través de una lírica más
compleja, sino de una más convulsa y airada. De hecho, y obviamente salvando
las distancias, a ratos me parecía estar escuchando a unos Aviador Dro bastante
más cabreados y en fase bermellón (cf. petardos tipo “La Arenga De Los Sindicatos Futuristas” o “Camarada Bakunin”).
¿Y en lo tocante a la música? Allí sí tengo unos
cuantos reparos. No con el estilo, desde luego. El new beat es un género tan
respetable como casi todos los que conozco al interior de la música pop
contemporánea. Es incluso saludable que haya vuelto a reverdecer después de
muchos años de sequía. Encuentro fascinante -y no estoy solo en ello- echar una
mirada a ese mañana postapocalíptico repleto de hollín, herrumbre y cráneos por
doquier que augura/¿promete? la electronic body music. Idéntico entusiasmo me suscitó
la tríada de arranque en Orden De Acero: el inmisericorde hálito
denunciatorio de “Automatik”, la frenética marcialidad de “Camaradas”, la
rabiosa desnudez de las basslines que campea en “Clase Obrera”.
El problema radica en que, entre “Esclavitud
Mecanizada” y “Máquina Y Control”, la jornada ingresa a un limbo: los tiempos
se pasteurizan, las secuenciaciones se asemejan, el espíritu pasa de ser
zarandeado a acostumbrarse a una rítmica que decrece en contundencia. No hablo
de tedio. No podría, ya que el verbo y la actitud confrontacional de Maquinaria
Mecánica combustionan constantemente (“Lima Arde, Lima Tiembla/Disparar
Fue La Respuesta/Lima Arde, Lima Tiembla/El Estado Mata Y Niega”,
sentencia Hitam en “Lima Arde”, recordando la sangrienta represión de Boluarte).
Hablo de cierto apego a un patrón, apego que no sería dañino si se agarrase de
un par de temas. Es el caso que, al sacar cuentas, se adueña de cinco al hilo.
Puede tratarse, cómo no, de un yerro en el trackeo: observo que Robles y Laga
eligieron un orden alfabético, antes que otro más meditado.
De cualquier modo, una canción como
“Intifada” se merecía un marco sonoro algo más enérgico y categórico, acorde a
la indignación transformada en furia que causa el genocidio perpetrado contra
el pueblo palestino -y que continua cosechando apoyo de parte de casi todos los
pueblos de la Tierra. El mismo marco sonoro del que gozan las postreras “Orden
De Acero” y “Residuos Industriales (Manifiesto De La Carne Y El Acero)”. EBM de
vieja escuela con opción múltiple al sampleo, renovada y vigorosa, que pulveriza
cuatro décadas al evocar sus días de esplendor de la mano del Die Krupps no
“guitarrero”, de The Cassandra Complex, de Borghesia o de The Neon Judgement.
Permite que tu cuerpo (re)aprenda.