(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 12 de agosto de 2026.)
No sé si correspondiendo a una segunda
resurrección -la primera se dio al publicarse el estreno en largo El Pacto
(‘20), tras haberse lanzado póstumamente en Internet el epónimo extended de debut
y despedida (‘19)-, la gente de Kurandera anuncia la salida de su segundo
trabajo in extenso liberando nuevo EP a inicios de junio último. Colgado por
partida doble -en el nuevo BandCamp de la banda y en el del sello Forbidden Place Records (Minneapolis)-, Todas Las Brujas Del Mañana es anunciado
como adelanto del “nuevo sonido psicodélico” que los limeños desplegarán en su
próxima entrega de largo aliento.
Más propiamente un álbum completo de 36
minutos y monedas, Todas Las Brujas Del Mañana EP abre sus (oscuras)
alas con un “Intro” de 37 segundos que recupera parte del diálogo que
escuchamos en la versión doblada al castellano de la mítica Alucarda
(‘77), transcurrida ya una media hora. Sin ruido ni música, sólo las voces de
Justine y Alucarda recitando el fulminante credo de Luzbel, para espanto de la
monjita Germana. Con semejante declaración de intenciones, lo más probable es
que tanto el extended como el nuevo álbum se adentren en las tenebrosas
espesuras ontológicas del Lado Salvaje -provistos ambos de un concepto que
denota fascinación, cuando no devoción, por las dimensiones dionisíacas de
aquello que Occidente conceptúa como “el Mal”.
La música y el verdadero viaje arrancan,
pues, con “Burning A Light”. También mis reparos. Anteriormente, critiqué las
magras producción y mezcla que padeció El Pacto, tan pobres que por
contraste Kurandera EP y su innegable aroma a maqueta resultaban mejor librados.
Es de ponderar que no se repita aquí dicha situación. No obstante, el resultado
aún se haya lejos de ser óptimo. Empiezan a golpearte los primeros acordes de
“Burning...” dibujándose en tus tímpanos la imponente potencia de un soporte
rítmico sustentado por César Gálvez (acreditado como bajista en vivo) y por
Julio César Araujo (batería). Una impresión que no llega al minuto, pues cuando
ingresa la voz filtrada hasta la saciedad/suciedad de Fernando Soto lo hace por
igual una sensación de amateurismo que flaco favor le reporta a la agrupación.
Casi sesenta segundos después, la eléctrica sigue ese mismo sino.
En términos de género, lo que se percibe hasta
el final es una exhibición de psicodélico blues garagero que por regla general
se sube a la síncopa del medio tiempo, sin permitirse ser encorsetado del todo
por ésta -a veces le supera, como en la acometida final de “Atrapado En La
Psicodelia”, o lo ralentiza aún más, como al trasponer “Speed Killer On The
Road” su ecuador. Los licenciosos y clásicos devaneos de las guitarras blueseras
están presentes sobre todo en los surcos de minutaje extendido (cf. los dos últimos
mencionados), mientras aquí y allá surgen ocasionalmente secciones
instrumentales en los que las seis cuerdas se alejan de los punteos
flamígeros/se acercan al desert rock, sonando entonces más sobriamente protagónicas
que nunca.
Si cabe hablar de “problema”, éste continua
siendo esencialmente técnico. Podría argüirse que sonar así es una decisión
voluntaria, consciente. En la sumilla de BandCamp se habla de masterización,
además de mezcla, a cargo esta última de un capo como Osmar Cubillas
(Decadencia Records). También podría apelarse al ejemplo de Brujo Mayor, cuyos mástiles
y vocales se hallan prácticamente enterrados en el costroso barro del cenagoso
4-track lo fi de fines de los 60s y principios de los 70s. Brujo Mayor, sin
embargo, no es Kurandera; aunque compartan integrantes. Ascendiente (in)directo
del stoner, el heavy blues aputamadrado de BM guarda distancias respecto de la
psicodelia garagera de Kurandera, a la que siento guiada por/más en sintonía
con el fantasma de Roky Erickson (The 13th Floor Elevators).
Todavía no me inclino a darle el aprobado a
Kurandera. Reconozco, sí, que ha habido una gran mejora en relación a su más
inmediato precedente. Desde mi punto de vista, empero, aún falta trecho para
una performance redonda. En cualquier caso, un poco menos de bulla ambiental
y/o de efectos premeditadamente borrosos ayudaría a ubicar su propuesta en una
posición desde la cual sorprender para bien a tirios y a troyanos.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 5 de agosto de 2026.)
A inicios de este ‘26 me saltó en la pestaña
de notificaciones de Facebook un posteo del guitarrista Elvis López Aroni (Post Galazer), que daba cuenta del lanzamiento virtual de una compilación con grupos
y proyectos adscritos en su mayoría al underground de Huancayo (Junín). O al
menos así lo proclamaba el posteo. Éste, sin embargo, databa del 31 de
diciembre del año pasado. Contrastando fuentes al respecto, éstas confirman la
fecha de aparición del artefacto, disponible desde ese día en YouTube y para
descarga gratuita vía MediaFire (opción ya caduca).
Si bien digresivamente, en textos anteriores
he aventurado conjeturas en torno a los caldos de cultivo en que fermentan
los/as artistas independientes del nuevo siglo, llamados/as a tomar el relevo
de sus predecesores. No es improbable que aún se invoque al punk, el movimiento
“do it yourself” por excelencia, para saltar al ruedo/tomar las armas; pero sí bastante
infrecuente ya. Ídem con otros discursos, como el dark-gothic, el metal o el
industrial. Estadísticamente, ahora las nuevas hornadas suelen partir del noise
rock, del indie pop o del segundo post rock, o en su defecto de tendencias más
extremas y por ende también más minoritarias.
Con un título y un arte de portada como los
que maneja, era bastante predecible que Váyanse A La Mierda (1er Empilado)
se constituyera en excepción a esa hipótesis aún no del todo corroborada. Sus
30 minutos y sencillo inclinan la balanza hacia dicha dirección: cuando no es
el metal o el punk, es el rock alternativo noventero proclive al grunge. Poco,
muy poco espacio para el pop. Tan es así, que hay más parcela para sendas
performances poéticas, situadas al inicio de las dos partes en que se compartimenta
la placa: “Tristeza” al empezar la primera y “Lima Me Mata” al arrancar la
segunda, respectivamente de los huancavelicanos Emerson Sinche y Roger
Rodríguez.
El hándicap con que lidia la compilación es
el de tener todas las trazas de haber estado encerrada en una cápsula del
tiempo. No sólo es que los/as participantes recrean sonidos a día de hoy harto
añejados, sino que el grueso de ellos/as lo hace sin atreverse a arriesgar lo
suficiente a fin de ganar cuando menos un ápice de identidad propia. Por
defecto implícito, hasta se podría decir que las posibilidades técnicas de
registro y grabación son idénticas a las de esas épocas (el punto más bajo en
ese sentido es “Buscando Alternativas Para Destruir Este Lugar” de Qhapac Ñam),
suposición verosímil si no mediase la información que los responsables han proporcionado
añadida a la publicación.
La ausencia de riesgo y de sangre que
subleve/salpique determina que la norma sea el rock asaz genérico, entonces. Aunque
se enhebren -temporalmente- punche, simplicidad e inmediatismo, el punk asoma
como perennizado en ámbar (Blake Limbuzz Griss e “Instinto”, Autopsia Rock y “No
Me Importa Tu Opinión”), el metal se mueve anegado (salvo en “Glorificación Al Odio”
de Korruptor, con trasvases grind), y el grunge/alternativo 90s es retratado en
bodegones que miles de bandas de todo el orbe podrían haber firmado (“Día Infeliz”
de Jonnav Svinoide, a “Muerto” de WDR no le alcanzan ni su actitud achorada ni
su pródigo bajo). Es cierto, podría ser mala suerte al momento de seleccionar
las canciones, pero tratándose del primero de una serie de muestrarios tienes
que pensártelo cientos de veces antes de elegir a quienes te van a representar.
Rescato el sobrio pop intimista y la voz
contenida de “Amuleto”, de Llakta Le Chien, y en menor medida -con las justas,
a decir verdad- “A.M.O.R.I.R.T.E.” de Elvis López (a) Elvisnoide. Al resto le
daría el beneficio de la duda de cara a una segunda chance -medio siglo de vida
puede estarme pasando factura, aunque honestamente no lo creo-, sobre todo a Blake
Limbuzz Griss, cuyo debut El Exorcismo (‘20) no deja de ser llamativo.
Una tercera oportunidad, ni a balas.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 29 de julio de 2026.)
Arduo trabajo apostillar el nuevo largo de
Rafael Cheuquelaf sin citar casi por entero la glosa que el propio puntarenense
consigna en el BandCamp de Eolo Producciones. Desde la denominación, que apunta
sin escalas a la crisis generalizada de sistemas bioambientales, hasta los
numerosos sampleos de ponencias o declaraciones públicas que verbalizan esa
preocupación; Ecocidios es mucho más que un documento sonoro. Testimonia
la enorme diversidad biológica y medioambiental de la Patagonia, a la par de la
zozobra y del desasosiego que derivan de la impronta de la mano del Hombre en
la Naturaleza de la región más austral del continente americano.
Efectivamente, más de la mitad del repertorio
subraya la intervención de intereses económicos nacionales y extranjeros que
atentan -con intención, menos frecuentemente sin ella- contra lagos, estepas,
abras, bahías o archipiélagos que deberían permanecer sin hollar por el hombre civilizado.
Y lo hace sin guardarse nada. Esto pone al álbum por encima de esfuerzos
precedentes que el músico magallánico viene realizando desde el ‘19 (Choike
EP). Las composiciones suenan de hecho más enfáticas, intensas, dramáticas y
agoreras que nunca antes en el background de Cheuquelaf (Mantiza, Lluvia Ácida,
Nébula).
No tienes sino que pulsar play para darte
cuenta de ello. “Zonas De Sacrificio” es un reluctante llamado de atención
sobre la poca consciencia de las corporaciones de diversa índole, pero sobre
todo de la ciudadanía promedio, cuando se trata de oponer la inviolabilidad de
santuarios naturales a la explotación de sus (finitos) recursos. El track se ha
armado introduciendo en el viejo synth setentero decenas de cuñas sci fi nativas
del nuevo siglo -algo así como enyuntar a Isao Tomita y a Cliff Martinez, a
Clint Mansell y a Jarre. “Ballenera” resuena aún más oscuramente ambiental,
palpitando con urgencia y vitalidad a despecho del tranquilo cloqueo con que el
agua te recibe al inicio.
Otro rasgo a remarcar en Ecocidios es el
golpe de timón estilístico. No ha abandonado Rafael la senda del ambient synth de
arte y ensayo, sino que la ha enriquecido amparándose en las relevantes
cantidades de downtempo, de EBM y de IDM aditadas. Si en el caso del primero puedo citar el trote
calmo de “El Valle De Los Castores” y el extraño cripticismo invertebrado de
“Dydimo”, surcos en los que también casa ambient y auroral noise digital, en el
caso del segundo apelo al angustiante pulso filo-industrial de “Flota Pesquera
China”. En cuanto al IDM, su imponente huella es rastreable en los agitados
latidos de “Metula” y de “Hidrógeno Estepárico”, en la díscola tonalidad
cíclica de “Escape De Salmones”, en las artificiales ambrosías de nerviosa
pulsión que cobija el cierre “El Fuego Avanza”.
Justamente es “El Fuego Avanza” el tema que
expone con mayores bríos los actos realizados en detrimento del ecosistema
patagónico a uno y a otro lado de la frontera chileno-argentina -quema de áreas
en parques nacionales protegidos, con el único propósito de adjudicarlas a
empresas (de cariz sionista). La imputación más sangrante, en medio de
denuncias sobre malas prácticas de la industria ballenera, sobre continuas
incursiones ilegales de flotillas de pesca industrial en el mar magallánico, sobre
la angurria corporativa por el “hidrógeno verde”. Y de relatos sobre accidentes
a consecuencia de fallo humano, como la fuga de salmones de criaderos
especializados o la catástrofe ecológica que supuso el encallamiento parcial
del petrolero neerlandés Metula el 9 de agosto de 1974.
Vívido testimonio (disponible además en Pueblo Nuevo), sí, pero también severísimo
jalón de orejas de cara al futuro inmediato de nuestro planeta y al rol que
jugará la Humanidad en ese devenir para bien o para mal. Muy en consonancia con
aquella frase que se coló en la predecible versión ‘08 de The Day The Earth
Stood Still: “Si la Tierra muere, tú mueres. Si tú mueres, la Tierra
sobrevive”. Considerémonos amonestados/as.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de julio de 2026.)
En relación a trayectorias discográficas
consolidadas entre cuyos estrenos median lustros e incluso décadas, suele
ocurrir que simultáneamente uno/a se entusiasma y frikea al anunciarse nueva
entrega. Ha pasado antes, cuando algunos de nuestros héroes deciden salir del
(semi)retiro: Slowdive, Dead Can Dance, My Bloody Valentine, The Cure,
Stereolab... Iba a adicionar también a Seefeel y a Swans, pero desde sus
respectivos regresos se han mantenido razonablemente activos. Como asimismo aquella
sensación, esta tendencia seguirá verificándose en el futuro -sin ir muy lejos,
The Durutti Column ha proclamado su inesperado retorno para fines de este mes.
Esa exacta emoción llamémosle “bipolar” es la
que hemos sentido muchos/as al darse a conocer la noticia del reentré de Boards Of Canada. Transcurrió un ochenio entre The Campfire Headphase (‘05) y Tomorrow’s Harvest (‘13), y ¡¡¡trece años!!! entre este último y el novísimo Inferno.
No se desconocía que el insular dúo escocés seguía respirando, pero eso no se
traducía en expectativas de nuevas rodajas, tal cual sucede con otro peso
completo de la escena IDM/post rave, Richard D. James a.k.a. Aphex Twin.
Mucho menos se esperaban grandes novedades en cuanto a la evolución de su
sonido, metamorfosis que la banda resolvió en dos pasos para luego recrear -con
bastante éxito- su peculiar estética idilitrónica.
Desde los albores de su carrera con Twoism
(‘95) y el Hi Scores EP (‘96), la música de BOC ha estado marcada por
una nostalgia inducida que sabe a néctar de los dioses, en danza constante de
causa y efecto con el correlato visual de sus videos, forjado al amparo del
documentalismo experimental que identifica la institución del país del norte
que su nombre homenajea (National Film Board Of Canada). Ello, gracias a una
habilidad poco menos que épica para cincelar palimpsestos electrónicos sostenidos
por beats descendientes del hip hop y bordados por sampleos que predisponen a
la contemplación y al ensueño. De ahí que placas como Geoggadi (‘02), Music Has The Right To Children (‘98) o el hermoso In A Beautiful Place Out In
The Country EP (‘00) les hayan consagrado como auténticos alquimistas de la
duermevela.
Por eso es que Inferno ha sorprendido
tanto. Si bien se corresponde con su background la pasteleada visual que supone
el video promocional auspiciado por Warp Records, que enyunta “Introit” y “Prophecy
At 1420 MHz”, Boards Of Canada esta vez ha ido por otros senderos. Si en el
pasado la dupla bosquejaba lienzos de colores inciertos y formas imprecisas,
que irradiaban calidez y una melancolía por aquello que ya fue pero que nunca
vivimos, ahora esas cualidades están orientadas hacia el futuro. ¿Eso quiere
decir que el tándem se aproxima al retrofuturismo de los Stereolab ‘95-‘99? No.
Acaso lo suyo pueda tolerar el calificativo de retrofuturista. Con lo que no
puede compatibilizar es con la acepción en-el-mejor-de-los-sentidos entre naif
y cool de la mancha de Lætitia Sadier y Tim Gane.
Porque sí, BOC ha decidido proyectar sus
filias hacia un posible futuro no tan distante para nuestra especie. Y ése es
el bemol. Al ubicarse cercano en el Tiempo, ese mañana se asemeja más a una
distopía que a los apolíneos augurios stereolábicos. Inferno es un
testimonio lleno de oscuro pesimismo, atiborrado de ambient estilizado que
constantemente muta en una suerte de IDM grisáceo, acorchado. Abundan corifeos
de digitales strings que presagian tecnocracias orwellianas (“Hydrogen Helium
Lithium Leviathan”), capas de guitarra tratadas al punto de moldear fantasmales
exordios más o menos breves (“Somewhere Right Now In The Future”), beats
apagados que trotan entre amarillos cancerígenos y blancos que van del celeste
al verde (“Blood In The Labyrinth”). Al escuchar el plástico, no pocas veces me
he encontrado recorriendo mentalmente los parajes del mito contemporáneo de Blade
Runner -de la original, por supuesto, pero muchísimo más de la secuela
dirigida por el canadiense Denis Villeneuve (mira tú qué coincidencia de
nacionalidades). Esos ¿crepúsculos? de rojo sangrante (“Deep Time”), propios de
un mundo que va camino a ahogarse en su extinción sin darse cuenta, esos
sampleos vocales más que ominosos (“All Reason Departs”), montados en
programaciones urgidas de subtramas rítmicas con que aminorar la tensión, esa
incertidumbre de no saber si el monitor de una UCI anticipa los últimos
instantes de una vida o los primeros de otra (“Memory Death”); jirones de
output que me sitúan en la decadente civilización humana de un 2049 del que ya
no nos hayamos tan lejos.
No me queda claro si Boards Of Canada apuesta
por introducir en Inferno un contexto religioso subyacente. “I’m A
Sinner”, se escucha decir a alguien en “Age Of Capricorn”. Sólo después de
ocasionales fogonazos de luz, las voces orientalizantes de “Naraka” dejan de
ser vocoderizaciones inertes de un nuevo orden que ya ha caducado, y que sin
embargo nosotros/as aún no atravesamos. Los sacros modales livianos de “You
Retreat In Time And Space” son otros indicadores de que tal vez la mancuerna oriunda
de Edimburgo ofrece una tabla de salvación frente al despelote que se nos viene
encima. Un despelote que muy fácilmente puede estar comenzando ahora mismo con el
develamiento impúdico de las élites de poder fáctico/monetario y el auge de las
ultraderechas satelitales en todo el mundo, aupadas desde una delirante Casa
Blanca trumpista que insiste en negar el calentamiento global y en inmiscuirse
donde no le llaman.
Obviamente, existen circunstancias de sobra
con que identificar el perfil clásico de Michael Sandison y Marcus Eoin: la
apremiante pulsión tecno-ornamental de “Acts Of Magic”, el sedante tribalismo
coral de “Father And Son”, el evocador ambient tecnificado en “Arena
Americanada” y documentalista en “Into The Magic Land”. Son excepciones, con
todo, en medio de un álbum que se hace eco del desaliento que reina en el mundo
contemporáneo; que se mira en el pathos de un dark ambient a lo ProtoU, y nunca
en su cavernoso sonido. Una jornada que por principio de cuentas ha sido
bautizada con la decidora denominación de “inferno”, en la que Boards Of Canada
atisba la posibilidad de un lúgubre porvenir aún irreal -pero cuya semilla ya
está plantada.
A pesar de todo lo antes escrito, he
disfrutado de Inferno y sus visiones derrotistas, del mismo modo en que
en otros tiempos he disfrutado del Sonic Youth más maligno, de Lovecraft, de Shinya
Tsukamoto o del polaco Beksiński. El Arte no tiene ninguna obligación de ser
luminoso, etéreo, “bonito” o moral (ético sí, moral no). La única conditio sine
qua non excluyente del Arte es la de exorcizar aquello que la mente y el
corazón del ser humano pueden concebir, y este discazo de 70 minutos lo
consigue con creces. Una sola objeción: Inferno termina abruptamente con
la esperanzadora “I Saw Through Platonia”. Un final más acorde hubiera sido “Vol.4
- P. Primers - 177 Giraud's Mirror”, composición que sólo se halla disponible
en la versión doble vinílica, pues ni siquiera en las agiotistas ediciones
japonesas del CD viene añadida. Lo que es dejar al/la castigado/a fan salivando
sin pausa. Puedes escuchar el tema haciendo click aquí.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 1ero de julio de 2026.)
Se ha extinguido casi un trienio desde Isolde
EP, y Miyagi Pitcher aún no cumple con la promesa del nuevo álbum, cuyo nombre
ya entonces había sido anticipado debido a la supuesta inminencia de su
aparición (Petricor). En lugar suyo, Alexander Fabián ha subido nuevo
extended play, que ahora sí parece ser la antesala definitiva del sucesor de Ikigai
(生きがい) (‘22). Lo más
prudente tal vez sea no asegurarlo del todo, vista la paciencia con que se toma
las cosas el proyecto unipersonal otrora consagrado al vaporwave.
A propósito del género fundado por Macintosh
Plus y Laserdisc Visions, conviene recordar que los dos últimos EPs de MP -Gala
e Isolde- manifestaban una orientación voluble, coincidente con el
vaporwave sólo de manera momentánea. De hecho, Isolde EP proponía como
nuevo norte el dreampunk. Tal dirección ha sido parcialmente obviada en Geosmina
EP, donde convive con otras tantas, todas relacionadas por angas o por mangas
con las vanguardias de entresiglo. El extended empieza con “Pleroma”, surco de
electrónica sin codificar, saturada de ambient y perlada de dosis minúsculas de
IDM e indietrónica. Si sobreviven restos de vaporwave, lo hacen a niveles
subatómicos, imperceptibles.
Por lo demás, ello responde a la voluntad
expresa de Fabián, quien desde hace tiempo decidiera que el alias abandonase
esos predios. Empieza “Geosmina”, que alude al natural compuesto químico
producido por bacterias streptomyces, más o menos en las mismas coordenadas.
Pronto evidencia el canal formas embrionarias de síncopa digital. A despecho de
esa levísima espina dorsal rítmica, el tempo se dilata a placer, vagando sin
ruta estilística alguna. Se sostienen así hilos de continuidad respecto del
track anterior, plasmados en una mezcla de guiños y referencias agradable y
sosegada, pero ya visitada por otros nombres y aún por el propio marbete Pitcher.
Aunque algunos segmentos lucen un tanto más opacos que otros, el tema titular
es lo suficientemente diáfano como para no sobrecargarse nunca.
El proceso de ralentización finaliza con
“Modeh Aná”. Se prescinde de todo atisbo de beat, amplificándose de modo
inversamente proporcional los abiertos climas líquidos y aéreos de “Geosmina”.
Texturas ilimitadas que de tan vítreas se acercan muchísimo al catálogo de ambientaciones
de la new age más etérea. Así termina este EP, ofreciendo un otro soundtrack
con que escarbar en las zonas de la memoria en que imágenes y sonidos son
filtrados por pantallas de cristal esmerilado, difuminando rasgos y contornos
hasta semejar las lindes cambiantes de nuestros sueños más neblinosos.
Sí, todo lo paja que quieras. No obstante,
sigo pensando que esto mismo podría haberlo concretado cualquier otra de las
identidades que maneja el cofundador de Chip Musik, salvo Alcaloidë. Salvo
también, por supuesto, Miyagi Pitcher. Que aquí en el Perú exponentes de mall
soft o de future funk (o de dreampunk) no precisamente sobran, sino todo lo contrario.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 24 de junio de 2026.)
No es que Mauricio Miranda nunca se haya
aventurado en las estepas agrestes de la música de avanzada. De hecho, al también
bloguero le debemos tanto las exquisitas compilaciones para descarga gratuita Grito Al Vacío: Shoegaze En El Perú 1991-2013 y Gritos Y Secuencias: Shoegaze En El Perú Parte II como el unigénito largo de Paisaje 3 Sesión Invernal
junto al prolífico Raúl Begazo (Fobya, Orquídea, Alunaki), con que se inicia
sobre suelo patrio la tradición del tripgaze. Sin embargo, no es menos cierto
que en su currículum referencias convencionales como Albatröss (alternativo,
grunge) o Los Perros Del Sotánico (surf garage punk) cosechan algo más de atención.
Sobre el resbaladizo terreno de la
experimentación sonora, empero, jamás antes llegó tan lejos como lo hace ahora de
la mano de Kamanchakka. Esta nueva apuesta personal le saca varios cuerpos de
ventaja a Paisaje 3, utilizando variables y metodologías de composición más
próximas al Ruido de lo que alguna vez llegara a estar la sociedad con el
arequipeño Begazo. Aunque sólo conste de tres pistas, el epónimo pistoletazo de
salida rebasa por escasos segundos el hito de la media hora, indicio de un
dispendio generoso y muy característico del avant garde al menos en relación a dos
de ellas.
Lo primero que conviene subrayar es la existencia
de un murallón de ruido que ocupa todo el horizonte sin atosigar la audición.
Es decir, una barrera omnipresente dispuesta a modo de palio o telón de fondo,
de manera que encima suyo se hagan viables otras evoluciones estéticas. El
matiz sonoro que adopta esa pared depende del estado de ánimo, así como del
cariz improvisacional de cada uno de los registros -acuático y ribereño en “La
Teoría De Por Qué La Nada Es Todo Y El Todo Es Nada”, ventolero y sibilante en
“El Encuentro Entre Dos Personas Que Se Conocieron En Una Vida Pasada”.
Una guitarra, loops drónicos, sampleos y
muchos sound effects emergen y se eclipsan intuitivamente; alternando con
apenas audibles guiños melódicos, con estallidos casi geológicos de noise, con
un dark ambient frontalmente post humano. Este último resuena sobre todo en “Al
Atardecer En Un Inhóspito Planeta De Una Galaxia Muy Lejana”, el track más
conciso si se lo compara con los once minutos y 41 segundos de “El Encuentro
Entre...” o los trece minutos y medio de “La Teoría De Por Qué...”. En
cualquiera de los tres casos, las ambientaciones de Kamanchakka remiten a
una penumbra permeable, que aún en sus momentos de mayor hesitación encierra la
promesa de una oscuridad ineluctable, definitiva.
¿Y no hay lugar para nada más? En realidad,
sí. Cuando Miranda desarrolla sus improvisaciones más extensas -todas han sido
grabadas con un celular y posteriormente procesadas/mezcladas/masterizadas por
el propio mollendino-, encuentra espacios para apartar el velo durante breves
instantes, de forma aleatoria. En “La Teoría De Por Qué...”, lo logra
valiéndose de un ruido cuyo color describiré como chillón en contraste con la
opacidad imperante. Ese ruido acomete navajazos que dejan pasar algunas hebras
de luz, al inicio y al final del round. En “El Encuentro Entre...” ocurre otro
tanto, solo que los navajazos son reemplazados por trallazos de armas láser (sospecho
que rescatados) de viejas películas de ciencia ficción de los 50s y lustros anteriores.
Los únicos momentos en que podemos ver el cielo azul, aunque sea desde una
mezcla de desesperanza y melancolía que no se marchita.
“Kamanchakka” es una palabra de origen
aymara, usada en el sur del país y en el norte de Chile para describir la
gélida neblina baja que torna opiáceas y brumosas esas localidades
costeras/portuarias donde germina, se agazapa y se ceba. Con seguridad, Mollendo
es una de ellas. No hay mucha ciencia, pues, en deducir que es el Puerto Bravo la
principal fuente de inspiración a la que Mauricio recurre al momento de dotar
de color y forma al contenido de la placa y a su difusa y vaporosa carátula.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de junio de 2026.)
Me ha tocado reorientar las antenas por un
momento -nunca mejor dichas esas tres últimas palabras- hacia la IV Región de
Chile, gracias al dateo del experimentado músico Michel Leroy (Thanatoloop,
Fiesta De Holobiontes). En Coquimbo, el hombre fuerte de Templo Sagital ha
cofundado junto a Richi (Midriasis Paralítica, Desangrar) y a Sata (Gorgonizer,
Monkief) el comando Oramorph. Inscrito en la ya venerable tradición ruidosa y
apocalíptica del grindcore y derivados, el trío debuta tras dos años de trajín a
fines de agosto del ‘25, mediante un registro epónimo que se distingue por
entroncar insólitamente con otro género en principio poco o nada afín al
extremismo grind -el sludge.
El extraño cruce atenúa justamente uno de los
puntos fuertes de la batahola propiciada por gente como Discharge o Carcass: la
(¿no?-)percusión. A medio camino entre el EP y el mini-álbum, este esfuerzo no
siempre recurre al blast beat patentado por Napalm Death o Repulsion. Como
ejemplo, la apertura “Sobreviviendo”, cuyos aullidos agudos y entonación
gutural se adhieren sin remilgos al radicalismo vociferante del grind, pero cuyas
baquetas obedecen el dictamen de los lentos riffs iterativos del sludge, una variante
algo más ligera del doom metal. La impresión que reditúa equivale a visionar
una versión gore en slow motion de las salvajadas inmisericordes del Punisher que interpreta Jon Bernthal.
Esa suerte de dicotomía florece en los poco
más de veinte minutos que demora Oramorph, haciéndole oscilar a veces de
una pista a otra, con mucha mayor frecuencia alentando y revirtiendo
metamorfosis en un mismo surco. Sucede en “Genocidio Global”, en “Hospital De
La Salvación”, en “Alfombra De Parásitos” -nótese en éstos y otros de sus pares
la fidelidad a la costumbre arraigada en huestes grindcore de construir
sintagmas utilizando vocablos asociados al habla médica-. A accesos de
velocidad maníaca (Sata), siguen ritmos empantanados en tóxica suciedad y
tensión opresiva, y viceversa. A agresivos embistes de unas guitarras saturadas
de distorsión (Richi), suceden otros abrasivos que se arrastran intentando
penetrar la densidad reinante, y en reversa.
El único desempeño más o menos uniforme es el
que concierne a las voces. Michel, y en menor medida sus conmilitones, parece
vomitar fárragos vocales más que cantar, sea en urraqueña clave grind, en desafiante
clave hardcore punk (“Nada Cambiará”), en vesánica clave sludge (“Terminal De
La Putrefacción”, “Respirando Sombras”). Airadamente emocionales,
vejatoriamente purulentas, las voces de Leroy y compañía nunca cambian lo
bastante como para subdividir su performance. Si bien podría añadir aquí como
otra constante ese sonido crispado que parece consecuencia de frotar vidrio
contra vidrio en algunos de los tracks, como prólogo o epílogo, éste es más una
variable.
No apto para oídos sin curtir ni para espíritus
laxos. Ni éste, ni ningún otro armagedón sónico. Se anuncia edición física en
formato digipack, no a través de Templo Sagital, sino de la usamericana Throne Of Lies.
Merced a los buenos oficios en labor difusora
del compa Rafael Cheuquelaf (Lluvia Ácida, Eolo Producciones), supe de Avenave
en noviembre pasado, cuando estuve de viaje por la hermosa ciudad de Punta
Arenas. Acababa de ser editado vía Halim Music -la otra gran escudería
independiente de la urbe magallánica- el homónimo estreno en largo de este dúo (Río
Seco EP se lanza cuatro años antes, en marzo del ‘22), y un ejemplar ya
estaba predestinado a llegar a mis manos, asegurándose por ende su ingreso a la Meloteca de Babel. Fue este último un trámite más difícil de resolver.
Muchas escuchas después, Avenave sigue
siendo un enigma que no obsesiona, sino que seduce e invita al puro deleite
mental/sensorial. “Japonave”, verbigracia, rompe fuegos empleando una secuencia
pedal de notas electrónicas digna de la Berlin school, que tras medio minuto de
solitario andar casará la irrupción de un brioso soporte rítmico. Sumándose una
eléctrica que dibuja patrones cíclicos para luego emprender vuelo libre, ese matrimonio
crea una atmósfera a caballo entre el post rock y el post pop: del primero toma
prestada su vocación trasgresora, sin renunciar a un diseño sonoro que el/la
oyente sienta cercano, rasgo que recicla del segundo.
Evidente guiño al mítico guitarrista de Pink
Floyd, la dupla que conforman “Gilmour I”-“Gilmour II” se mueve apisonando
bases distintas. De hecho, el binomio es más un monomio partido en dos. Con una
larga introducción en que sólo audicionamos cantos de aves, sordos ecos de distantes
tormentas y una guitarra minimal (“Gilmour I”), esta última despega
trasladándonos en un trip que juguetea con el canon del rock desértico sin incidir
en sus lugares comunes -son éstos reemplazados por dulces tonalidades cannábicas.
Y la subsiguiente “Disco Funji” vira bruscamente hacia parajes en los que el
tándem se regocija recreando la plasticidad de Stereolab circa Dots And Loops (‘97), no su laboriosidad, mucho menos su sonido (más en consonancia
con el que relajadamente jazzea Tortoise).
Baste lo expuesto hasta aquí para concluir
que la mancuerna Avenave prefiere caminar en libertad, sorteando etiquetas bajo
las que encajar y clichés con los que cumplir. Al margen de lo atinado/desatinado
de las precisiones y/o apreciaciones estilísticas, Javiera Alarcón (ex Lilits) y
René Gómez (Heropass, Diógenes) escogen manar antes que fluir, esculpiendo
texturas de química voluble con que engalanar esos soundscapes de ensueño que
atravesamos de su mano. Avenave abraza despreocupadamente la
espacialidad. No le molesta pisar un poco el acelerador para zafarse del perfil
ambiental del post rock en “Nighthawk”, evocando de paso la ductibilidad de los
Gus Gus del inmenso Polydistortion (‘97). Se distiende en “Baño De
Bosque” recreando desde coordenadas ácidas el feeling etno-prog de unos Jade
Warrior o unos Embryo. Y se aúpa a un curioso híbrido de psicodelia old school
y de dub para encarar la clausura de la jornada con la generosa “Almar”, que me
sigue sonando todavía a los Dif Juz de una dimensión paralela.
Adictivo primer álbum de Avenave. Cierto, el
volumen apenas excede los 31 minutos, pero su periplo lo repites incesante sin que
la familiaridad te reporte cansancio alguno. Provenientes de diversas latitudes
y épocas, discos de menor minutaje pueden eventualmente impregnarte de tedio,
de modo que méritos -meritazos- no le faltan a la sociedad formada por Alarcón
(bongó, maracas, pandero, palo de agua, principalmente batería) y Gómez (Moog,
mellotrón, sintetizadores, principalmente guitarras). Un esforzadísimo drum set
polirrítmico que siempre se porta a la altura, y una guitarra volátil que apela
a la mesura como la más señera de sus virtudes.