(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 2 de julio de 2025.)
Luego de un tiempo relativamente alejado de
su faceta como músico, estrenó Fernando Pinzás durante el último trimestre del ‘24
Ballet Mecánico, proyecto donde él tiene la última palabra y en el que las colaboraciones
son más que bienvenidas. Se establece así una diferencia clave respecto de
grupos anteriores en los que participó, como Specto Caligo y los recordados
Varsovia. A posteriori de los singles de adelanto “No Cederé” (10/24) y
“Testamento” (1/25), BM libera su debut en marzo del presente a través de la
discográfica Buh Records.
Mencioné hace un momento las colaboraciones.
En esencia, éstas han tenido lugar a la fecha en el rubro de la voz, dándose el
caso de tantas vocalistas invitadas -sí, todas ellas mujeres- como de episodios
provee el largo, exceptuando la epilogal remezcla de “No Cederé”. La suerte es,
en consecuencia, variopinta.
Pinzás ha erigido un opus de synth pop
ochentero clásico con debilidad por la decoración Hi-NGR e italo-disco. No
siempre es así, por cierto. En canciones como “Fábricas Del Miedo” y “La
Memoria Es Un Acto Político”, Ballet Mecánico se enfunda en la piel de la ochentosa
electronic body music. Monocordes, cortantes, airadas; las voces escogidas para
ambos números -Anabhell y Kat Kathia, respectivamente- calzan de plácemes con
la contundencia cuasi industrial y el agresivo synth punk para caderas que ellos
encarnan. No es tan simple abordar el resto de Primera Secuencia, sin
embargo.
Cuando las programaciones se adelantan un
poco a la fecha de origen de su matriz (menos próximas a los 80s que a los 90s),
las melodías se hacen más recordables, el delay se aposenta en los lugares
correctos, las atmósferas se empañan de melancolía y los teclados se vitrifican
hasta traslucirse. Ésa es la mejor performance para las vocales de Luz Cáceres (a) Luxsie (“Mascarilla”), Luminiscencia (“Testamento”) o Noelia Cabrera (“Como
La Última Vez”). Emergen efluvios de O.M.D., de Yazoo, de Soft Cell e incluso del
primer New Order. Cuando no ocurre tal cosa, sino que se prioriza el
esteticismo/efectismo Hi-NRG/italo-disco, aunque los arrestos suenen bien
elaborados, carecen de la chispa emotiva de sus pares -y en ese contexto, hacen
lo mejor que pueden gentes como Susana Fátima (“No Cederé”) o Laura Rosales (“Rosa
Era Inocente”). Por fortuna, esas oportunidades son las menos -para más inri,
ubicadas al inicio de la jornada.
El grueso del álbum está, pues, a la altura
de las circunstancias. Synth pop contenido de ingente carga emocional tratando simultáneamente
de sonar lo más minimal que se pueda, bebiendo a veces del output de El Aviador
Dro Y Sus Obreros Especializados (pero no de su divertida retórica). Cuando no,
new beat de ecos a lo Front 242 o Neon Judgement, y hasta de unos Nitzer Ebb
con las secuencias desmontadas.
El único rato en que se funden todas las
variables puestas en juego a lo largo de poco más de 36 minutos es “La Ciudad
De Los Incendios”. Su conjunción de Hi-NRG, marcialidad proto-EBM, teclados
veleidosos como ellos solos y una voz que se afantasma sin disolverse (Angélica
Carlos a.k.a.Elva Cío, camarada de Pinzás en Specto Caligo); le hace
merecedor de un espacio insular. No digo que sea la mejor canción del vinilo,
sino que es la de sonido como no tiene otra en éste.
Correcto primer paso. Muy artístico y entrañable,
también. Para sortear hándicaps y superarse a sí mismo, Fernando debería: 1) equilibrar
la balanza en cuanto a estilos de los que se nutre, y 2) pensar en una cantante
estable, de registro amplio. Sólo así sacará todo el partido posible de sus
potencialidades y conseguirá puntaje perfecto. El de Primera Secuencia va
bien para un bergantín que recién zarpa.
Aún no tengo el gusto de conocer a Valentín
Causillas. A riesgo de equivocarme, lo alucino alguien todavía con el pellejo
verde, coetáneo de Nicolás Prado, de la tropa Haiti Bon Aire o de la mancha de
Antibióticos. De todos ellos algo tiene su escueta primera entrega Dendritas
Oscilantes, de apenas 26 minutos más sencillo, embebida en desparpajada
conchudez con la cual rondar tendencias aglutinadas alrededor de dos cepas
entrelazadas: el ruido fecundado por la actitud punk y la fascinación por la
distorsión ominosa.
Comienza a sonar “XXX Rated Speed Grindcore”
y piensas automáticamente en Leonardo Bacteria, fallecido frontman de
Insumisión. No porque Ayarwhaska -alias de Causillas- sea un facsímil del u-ni-per-so-nal
de Leo, sino porque la inspiración es clarísima. Mezcla de grindcore y gabber a
velocidad supersónica, “XXX...” navega los mismos mares encrespados que el
digital hardcore de Insumisión a partir de La Frustración Lo Cubre Todo
(2000). Como éste hay varios surcos en la decena que integra el repertorio del
cassette, si bien dotados de intros diversas: “Torturados Serán Los Alzados”
(cuyo pistoletazo de salida parodia los viejos programas de variedades
setenteros), “El Harsh Es Lo Único Que Me Excita” (que de harsh no tiene nada,
con sus bpms fuera de control), “Desasosiego” (su engañoso preludio de rock
grave y solemne experimenta un quiebre para aplastarte despachando avalanchas
de drum’n’bass deforme), “Matas El Pueblo Por El Que Luchas” (sampleos de La
Boca Del Lobo y del cleptócrata oriental Fujimori, colándose por en medio
de frecuencias que colapsan ante la voluminosa carga que soportan).
Por contraste, hay otros tantos cortes que asoman
bastante más convencionales, pese a que Ayarwhaska se las arregla para
preñarles de elementos bizarros con que tender vasos comunicantes hacia sus similares
del párrafo anterior. El primer ejemplo de ello es “En Colono”, que suena a
punk noise de sucio ruido ascendente. Por la misma trocha se desplazan “Memorias
Gwiyomi Nyan Cat”, egg punk de desprolijidad absoluta que muta hacia el final
en webcore (y cuyo bajo modélico es lo único que sostiene su caótica naturaleza),
el inusualmente dilatado “Tres Gallos” (noise rock desestructurado de guitarra
aporreada), el cierre “Psykodemia!! (Asko)” (que más parece una unión a la mala
de distintos retazos).
Punk + noise + distorsión + gabber, entonces.
Tal es la consigna hecha lema por el joven Valentín. Lema que, como suele
suceder, no tiende a la uniformidad -y que tiene en Dendritas Oscilantes
una excepción para confirmar la regla. Ésta es “Puti Jazz”, pista diminuta que
así y todo se da maña para hacer sonar saxos ¿andinos? ¿afroperuanos?, por
entre masas asesinas de abyecto noise. La exceptuación -a duras penas- de una
experiencia frikeante que pone a prueba, una vez más, tu capacidad de aguante en
relación a formas no convencionales de crear música/no-música. Como sucede con
Ballet Mecánico, se porta asimismo Buh con la manufactura de la cinta.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 25 de junio de 2025.)
Revisando a mansalva posteos en grupos
varios, me encontré hace meses con referencias de un proyecto etiquetado bajo
las siglas ARQ.M.M.O., de nacionalidad chilena. Lo que alcancé a leer daba
cuenta de una naturaleza electrónica, así como de la profesión de su animador,
arquitectura. La confluencia de ambas variables fue lo que me decidió a audicionar
el material colgado, de cara a una oportunidad a mediano plazo para reseñarle
-oportunidad que acaba de llegar.
Para empezar, ARQ.M.M.O. es el unipersonal de
Marco Muñoz Ortiz. No me es posible asegurar que dicho alias siga funcionando
en la práctica: en un video de su canal en YouTube, el arquitecto habla de su
faceta de músico electrónico como algo que pertenece a un pasado no tan
cercano. Por ende, no tengo certeza de que su producción discográfica sea
fresca -quizá es parte de un copioso archivo, que el autor está develando
paulatinamente. De cualquier modo, en lo que sí se puede confiar es en que
estos trabajos están viendo la luz por vez primera.
Muñoz Ortiz cumple 48 años en septiembre
próximo. Ingresó a los 90s, pues, siendo adolescente; en un país bastante más
adelantado que el mío por aquel entonces. No es nada improbable que haya estado
expuesto a las vanguardias digitales menos crípticas de la época, aunque parece
que su cepa de origen es de vieja escuela (fecha inicio de operaciones en el
‘91). Al menos así lo entiendo tras degustar Paisajes Sonoros, subido a
YouTube en septiembre del ‘24, con extensión que rebasa los 80 minutos de un
CD. Diez de sus doce rounds son instrumentales, para más señas identificados
como tales por el propio santiaguino, y en ellos se mueve un espíritu embriagado
por el aroma del vetusto synth ochentero. Éste, empero, no se concreta sino
acrisolado a subgéneros como sus variantes minimal y dungeon (esto último presumiblemente
en viñetas como “Plegaria” o “Requiem”), y a géneros como el intelligent techno
(“Bailemos”) o el drum’n’bass (“Vuelo”, “Vacío”).
Muy poco después (noviembre) aparece Solticio
EP (sic), ya en vectores IDM de fisionomía asequible y complexión sencilla,
acaso resuelto a aproximarse lo más posible al oyente valiéndose para ello asimismo
del abstract techno y del ambient. En esa misma ruta encontramos Ocaso,
EP subido en marzo del ‘25.
Como en el extended precedente, a Ocaso
EP lo demarcan cuatro temas. También se repite la misma tasa de cortes
instrumentales (tres) y el mismo exceso de minutaje respecto del formato
escogido -mientras que Solticio... (sic) sobrepuja los dos tercios de
hora, Ocaso... traspasa sin problemas los treinta minutos de extensión.
Las diferencias tampoco son tan abismales. Abre el extended “Horizontes”, de
notorio parecido con lo mostrado por su predecesor. Pulsante y desprolija
fusión de IDM y minimal techno enfocada en el Ritmo, de largos desarrollos en
torno a una progresión pedal, el track de apertura cede la posta a “Tempestad”
-con el que comparte la misma naturaleza. En “Renacer”, por el contrario, la
base la pone un elemental synth pop sobre el que Marco ensaya algunos rasgueos
de guitarra a la par que canta. Como ya se dijo, es de los pocos números no
instrumentales “desclasificados” hasta ahora dentro del repertorio de
ARQ.M.M.O.
Cierra Ocaso EP una pista que se sale
por completo de lo previsto. “Relajo Fin De Jornada” es una larguísima
improvisación al piano que no guarda mucho en común con lo mostrado por el
individualista. De inspiración neoclásica (pensemos en Satie, en Tiersen, en
Einaudi), por desgracia las únicas características que le asocian al resto
están marcadas por sus defectos. No tanto en lo concerniente a la composición o
a la ejecución, sino a la grabación. Casi la totalidad de lo editado en estos
tres títulos del acto sureño corresponde a registros toscos, que rápido viran
de la fidelidad pobre al brillo chillón, de fades-in y sobre todo fades-out un
tanto arbitrarios, con baches notorios consecuencia de la sobresaturación de
frecuencias no correctamente micradas; todo lo cual le baja varios puntos en
presentación. Estas imperfecciones eran habituales décadas atrás, lo que
refuerza la hipótesis concerniente a su antigüedad.
Hasta hace unos días, Ocaso EP era lo
último que había recibido luz verde en el canal de Muñoz Ortiz. Acaba de salir Invierno
EP, con mayor cantidad de temas y la duración igualmente dilatada. Pero ésa es
ya otra historia, que tal vez algún día se cuente.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 16 de mayo de 2025.)
Aparecieron entre fines de febrero y
principios de marzo las dos caras de Philodina, nuevo lanzamiento
bifronte de Chip Musik destinado a prolongar la saga inaugurada durante el ‘23
por Seven 7’’. Esta vez no se ha adosado la nomenclatura “single” a la
denominación, si bien una de las faces (A) encaja perfectamente dentro de ese concepto.
De todas formas, tampoco es que los dos lados de Seven 7’’ se ciñesen a
la estricta definición de lo que es un 45 rpm. En lo sí que coinciden ambos
títulos es en la figura del 6-way split, al menos formalmente.
En el side A de Philodina (24/2) corre
el telón Trampaluz, remixeado en esta oportunidad por Óxido, unipersonales santiaguinos
ambos. En “Pulsar - PSR B1919+21”, se hibridan pelágico post rock y picoteante electrónica,
aunque para discernir qué tramos corresponden a qué manos es menester pelarle oreja
al apenas estrenado Pulsar (18/3) de Fernando Arce. En caso contrario,
sin más puedes disfrutar de sus correntadas subterráneas de fluidos binarios,
tamizadas por laxas ambientaciones propias del primer post. Le sigue “Patas De
Perro”, del también chileno Pande-Dios. Lo de Mauro Rojas va a la vera de un
folk de compleja taxonomía, muchas veces emparentado con la veta usamericana
más arisca del post original. La concisión no resiente su feeling neopagano de
dimensión paralela, ni su coletilla de embrionario ruido blanco.
Baja la persiana de la cara A “Montuno”,
composición de Norvasc. Llaman la atención la tromba de noise polucionante y la
aleatoriedad de su estética glitchera, ya que Gerardo Flores normalmente boceta
viñetas mucho más calmadas y melodiosas. Tras 3 minutos y medio de enturbiada
¿deconstrucción? ¿destrucción?, se elevan desde simas crackeadas el bliss pop y
el baggy a que el individualista siempre ha sido afecto. La corrosión, sin
embargo, no se desvanece.
Philodina reserva a Ionaxs la apertura de su side B (10/3). Con el sugerente marbete de “Geopolímero”, Jorge
Rivas postula una performance de post IDM sobregirado de software y hardware
incluso a niveles microscópicos, pese a que las primeras acometidas me hacían
pensar en Puna antes que en Ionaxs. A renglón seguido, Alcaloidë presenta
“Tesla”, conformada por dos capas de sonido muy distintas entre sí que
colisionan para producir azarosas formas de noise camelado divergentes del
shoegazing. Una de estas capas se prodiga en la vorágine de un ruidismo digital
áspero en exceso, mientras que la otra -prácticamente sepultada por la primera-
erupciona a cuentagotas para dar paso al éter mayúsculo del bliss out. Cinco
minutos y monedas de insólita convivencia después, matizados por cacofonías
binarias que emulan la voz humana, emerge un amago de programación.
Finaliza el lado B “Teletransportador”, de Óxido
y Trampaluz. Se propone aquí, siempre y cuando accedas a audicionarle con los
ojos cerrados, una experiencia hasta cierto punto inmersiva que despega de
manera un tanto confusa. El cúmulo de impresiones metasónicas que reviste los
primeros minutos del corte afloja luego de buen rato ante divisiones abrumadas de volátil cosmicidad, lo que deja una impresión final de permanente transición
-del caos al orden, del desconcierto a la avenencia, del primer chispazo de impulsiva
creación al último de veterana precisión.
Me quedo aún con ambos lados de Seven
7’’, que lograban una mejor representación de la nómina Chip, tanto en cantidad
(seis participantes claramente diferenciados, en vez de los cinco de Philodina)
como en diversidad (¿y el shoegazing dónde recaló?).
A poco de iniciado el año, pudo sondearse en
redes un pulso de gran actividad por parte de Miguel Ángel Elescano. Bien con
seudónimos nuevos, bien con otros ya conocidos, el músico no ha permanecido
quieto; al punto de acreditar a día de hoy suficiente material nuevo para al
menos un par de reseñas. Aquí va la primera de ellas.
Elescano debuta bajo el alias de Un Día En
Venus el 17 de enero, inaugurando de refilón su propia label discográfica,
Nuclear Pop Records. De entrada, el individualista explicita intenciones de
volcar la recién bruñida chapa hacia sonidos no antes hollados por su mano,
declaración rubricada gracias al título que confiere a la primera producción de
UDEV: Darkwave EP. En efecto, en el extended hay un tufo a lo que
actualmente se entiende por darkwave -pero también a géneros cercanos, como el
dark-gothic, el minimal synth, la coldwave e incluso la electronic body music.
Si ello responde a una jugada vintage, retro o de cualquier otra laya, que cada
quien lo decida.
Cuatro temas en menos de un cuarto de hora.
Comienza el EP con “Elefantes En Mi Habitación”, darkwave al alza de medio
tiempo, que a lo primero que me recuerda es a esa bandaza que fue Décima
Víctima. Oscuridad que puede sobrellevarse merced a su tesitura pop, a su sencilla
estructura lírica, a su dinamismo en el límite de lo tolerable para un estilo
tan cargado como lo fuera en su edad dorada el dark rock. A este cumplidor
inicio le sigue “La Cocaína Mata A Mis Amigos”, bastante más próximo al
electro-gothic de fines de los 80s, ése que naciese del contubernio entre el
gothic y la EBM. Aunque reconozco que sobre “La Cocaína...” flota un aura mucho
más amenazante, también debo decir que es un surco muy cliché.
“Las Estrellas” se inserta de lleno en la
dialéctica de la coldwave francesa, a modo de punto medio entre los extremos
que supondrían las dos piezas que le anteceden. Coadyuva en la tarea no sólo su
vecindad con grupos como Police Des Moeurs o Martial Canterel, sino el
protagonismo concedido a unas glaciales vocales femeninas que no se consignan
acreditadas por ningún lado. Salvo por ese detalle, “Por La Cordillera De Los
Andes” fatiga idéntico carril. Mohína y evocativa, la voz de Elescano acompaña
una melodía de cansinos ardores, de fervorosa gelidez maquinal, de apagados
resplandores boreales; mientras erra como alma en pena buscando en andinas serranías
a su incógnita musa.
Novísima faceta, la que abarca aquí el limeño.
Nada mal para empezar, en el futuro inmediato se ha de exigir un poco más, a
fin de renovar el interés por la mixturada propuesta que le atribuye a Un Día
En Venus.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de diciembre de 2024.)
Past/Future debe ser el primer
título en la producción de Nolag que noto reflexiona sobre la cotidianeidad
humana partiendo de aquello que ésta crea/concibe como cultura, antes que de su
vida interior. La introspección había sido la perspectiva por la que se
decidiese el chaplín de Juan Esquivel en el primigenio Echoes EP (‘18),
y se había mantenido así hasta Fragmentos, mini-LP resultado de su experiencia
vital durante los días duros de la pandemia del COVID-19. Editado casi
exactamente dos años después (se adelantó dos días), esto ha cambiado con el
nuevo material.
Primer largo en sentido estricto, Past/Future
parece refrendar la alteración volcándose absolutamente hacia el imaginario
retrofuturista del que se nutre su estética. Me explico: Juan Nolag ha empleado
desde siempre la textura que proveen sintetizadores y teclados de los 80s,
herramientas que conllevan inherente un plus sci-fi. El modo en que opera la Ficción
Especulativa consiste en normalizar elementos futuristas para contar historias
o describir situaciones adscritas a esas realidades eventuales posibles, siendo
poquísimas las oportunidades en que estos medios se convierten en fines y continúan
teniéndose en pie. Algo similar ha ocurrido en el caso que nos ocupa.
¿Y entonces... funciona? Curiosamente, sí. No
siendo más que un simple aficionado al género, me he sentido a gusto entre sus
añejas postales de la Guerra Fría, sus inteligencias artificiales
autoconscientes, sus postreras noches desperdiciadas junto a quien no volverás
a ver, sus ilusorias velocidades. Porque, más allá de los relatos que inmortalizan
los grandes hitos de la Ciencia-Ficción, sus escenarios y modos permanecen (o
no), se retroalimentan (o no), evolucionan (o no); fascinando siempre a quienes
habitamos en su pasado (o el pasado de alguna de sus dimensiones paralelas).
Por eso me ha imantado Past/Future. Me
encanta su primera sección, en la que el synth pop, la new wave y el minimal
synth se zambullen hasta el tuétano en la nostalgia más dulce; fundiéndose en
un retrofuturismo ochentero que purga el cyberpunk de sus predicciones sci-fi a
la vez que antepone las sonoridades analógicas envasadas en medios tempos:
“What Do You Regret About?”, “Those No Fear Moments”, “Goodbye Summer Girl”...
Y me fascina su segunda parte, que mantiene el timing pero como si no, porque
el arsenal tecnológico del tecladista de Catervas se afana prodigándose maravillosamente
en vertiginosos arreglos y en aceleradas ambientaciones que trascienden el
aliento narrativo para incidir en las formas: “A Dream About The Future”,
“Speed Is An Illusion”, “Bittersweet Destiny”.
Ideal para fans de Castlebeat, Trans Active Nightzone y sobre todo Droid Bishop; Nolag ha conseguido en Past/Future
invertir sutilmente procedimientos y renovar interesantemente las facciones de
su sonido. Bonito lío en el que se ha metido, empero. Como sucede con la
mecánica transformada en metafísica, el medio transmutado en fin tiene un
incierto periodo de existencia funcional. Lo que suceda en adelante, aún dependiendo
exclusivamente de su talento, es un misterio.
La promesa del extended debut hecha realidad.
Música que enternece, que sacude, que abrasa, que escarcha. Música que es
fragor transformado en melodía, que es sublimidad devenida en ruido. Música que
se contradice desde su naturaleza aporética misma, y que se reafirma desde cada
una de sus paradojas. Música luminosa y profusamente conmovedora, a despecho de
sus recurrentes figuras algentes e imponentemente nocturnas. Música
dolorosamente vital, de frecuencia y energía idénticas a las que ofrendasen sus
veteranos mayores, hace poco más de tres décadas...
Solenoide se estrena en 33 rpm con muy poco
que objetar y muchísimas virtudes que ponderar. Entre ellas, las relativas a
los principales logros concluyentes del shoegazing, que ya se venían poniendo
en práctica desde su primerísimo Casa De Islandia EP (‘23) y que aquí
ascienden a altitudes extremas. Cierto, el extended ha sido incorporado al 100%
en el track list del largo, que ha reemplazado la edición de un segundo EP del
que probablemente también se haya repescado todo el contenido (testeado en
directo al menos unas cuatro o cinco ocasiones). Sin embargo, no es menos
cierto que esa incorporación ha sido hecha con tino cuando menos plausible.
La primera mitad de Casa... EP da la
bienvenida en Solenoide, y no queda sino envidiar a aquellos/as que no
han escuchado previamente ni “Cartarescu” ni “Casa De Islandia”. El emotivo
sosiego que emana de ambas canciones te habla de una fortaleza decibélica que
no se apresura en mostrarse, de una otoñal estoicidad pop con que pacientemente
capturar en instantáneas/urdir preciosas viñetas de atardeceres infinitos, envueltas
en distorsión y melancolía. Algo más de empuje y locura es añadido en las
subsiguientes “Diamante Azul” y “Nunca”, moviéndose el centro de gravedad del
filón dopamínico del ethereal noise -Slowdive en sitial de honor, Bowery
Electric, Swallow, Half String- a la esquina más quemada y avezada -Lush, Pale
Saints, visiblemente My Bloody Valentine en “Nunca” y sus dos guitarras que
parecen cuatro-. Sin dejar de susurrar a nuestros corazones, claro.
“Espejo” y “Maquillaje”, este último de
temática LGTBIQ, son cortes en que el quinteto limeño se despercude por
completo. No sólo las eléctricas de los Óscares Chávez y Contreras economizan
recursos y rebanan como navajas de rasurar, sino que los bajos de Laura Rosales
y de Héctor Espinoza y las baquetas de Renzo López acceden a la palestra para
protagonizar momentos verdaderamente estelares, sobre todo López. Entre ambos números,
media “Centinela”, perteneciente a la primera etapa de la banda y adecuadamente
recuperada como el delicado e interminable adiós de un onírico episodio
noctívago. Quizá su impacto se hubiera potenciado más aún situándole incluso
luego de “Sonqo”, pista insular en el todavía corto repertorio de Solenoide.
“Corazón” en quechua, “Sonqo” se sale raudamente del molde baggy acogiéndose a
la tradición 80s de pop exquisito y sofisticado, lo que algunas voces han
tomado como licencia para hablar de un álbum de tesituras post punk (no
coincido): The Church, The Chameleons, los Talk Talk del perfecto The Colour Of Spring...
La placa dispone hacia su final la segunda
mitad de Casa De Islandia EP: “Tiananman” y “Macabea”. Surcos ambos que
reconducen al grupo al redil del shoegazing, del primero siempre es menester
elogiar su fantástico “cambio de paso”, cortesía de la admirable técnica de
Renzo. Sin negarse a la percusión de golpe inquieto, “Macabea” despide a este Solenoide
en olor a almíbar y a tormenta marina. Y a literatura. Culmina así una jornada
brillante, con Espinoza y Rosales compartiendo/intercalando minutos frente al micrófono,
producida nuevamente por el enorme Mario Silvania, grabada en Estudio Tamboril
de Christian Vargas y en Studios Audioqubo de Juan Esquivel, mezclada por este
último y masterizada por el batero de Slowdive Simon Scott. En portada, repite
el plato Paul Lazarte. Candidatazo a disco del año.
Alentadora irrupción la de Calefactor en la
escena independiente de experimentación electrónica. Tras del seudónimo se
esconde un joven y entusiasta Luis Vásquez, que cuenta ya con determinada
experiencia investigando/interrogando sonidos de síntesis y procesos digitales,
background al cual el explorador suma sus almanaques de aprendizaje como nativo
digital. El primer canal que publicara, “Pieza Para Corto”, se subió a Internet
en el ‘18, en fecha significativa para el antifujimorismo (5 de abril).
Desrealizaciones es la puesta de
largo de Vásquez (27). Colgado en la veintena de agosto, el artefacto compila
una mano de composiciones que el capitalino ha ido desarrollando desde hace bastante
tiempo, según expone en la sumilla de BandCamp -lo cual debe ser verdad,
considerando una aventura anterior etiquetada bajo el mote de Industria Del Terror, de raíces más audiovisuales y emocionales que del abolengo industrial
que su nombre involuntariamente sugiere.
De principio a fin, Desrealizaciones
es un vendaval de chirridos informáticos. La brevísima apertura de
“Inundación”, 42 segundos, tiene la complexión de un ambient concebido en el
seno del ruido digital que implosionó durante los 90s. Los dos siguientes
capítulos, “Compu2000” y “Compu2001”, integran una larguísima suite de
aproximadamente 23 minutos de extensión. La reventazón de contaminantes
texturas electrónicas al por mayor no se manifiesta desde el arranque, ni es
constante, aunque se siente en estado latente del primer minuto al último.
Cuando el crescendo le entrega el estrado, este cúmulo de atmósferas convulsas
responde alternativamente al influjo de un IDM flamígero de hechura Autechre
circa ‘95 y al rugido de un drum’n’bass en clave de demencial breakcore. Que
tal cosa sea posible se debe tanto a una cierta afinidad natural entre ambos estilos
como a la flexibilidad que ha alcanzado el input del unipersonal.
Más que prolongaciones de temas precedentes,
“Después De Morir” y “Rotafono” responden a la tónica general del acetato. El
huracán de imperfección binaria que envuelve estos rounds finales ahora se
acomoda más al intelligent techno de los 90s y, en parte, a la electrónica post
rave que dominó el último decenio del siglo XX. En el caso de “Después De
Morir”, ese IDM de hiperkinéticas evoluciones geométricas queda uncido al Aphex
Twin de estocadas como “Start As You Mean To Go On” o “Wax The Nip”. Mucho más
reposado, “Rotafono” opta por un IDM eufónico, en la línea de unos Global
Communication y en comunión con el último Aphex que valió realmente la pena (el
del doble Drukqs).
Más que llamativa la propuesta de Calefactor.
Desrealizaciones le posiciona -en el buen sentido del término- como infrecuente
diletante, al modo de otro individualista de polendas en esa franja liberada
que es la electrónica nacional del nuevo siglo: Prado. Lo sugerente en Vásquez
es que, pese a los grados mayúsculos de abstracción que alcanza, su alias no
prescinde de la fibra emocional inherente a los referentes noventeros de pro.
Ésa es la ventaja que por ahora le posiciona en lugar expectante.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 20 de noviembre de 2024.)
Al aproximarse la quincena de octubre último
y procediendo de manera completamente independiente, los músicos César Aguirre
(El Balcón Rojo) y Dante Gonzáles han orquestado y manufacturado la compilación
Entre Rejas Y Concreto. Editada en formato cassette, abroquela ésta ocho
asaltos de proyectos cuya forja es más o menos reciente, aparte de los
pertenecientes a los responsables de la misma -por partida doble, en el caso del ex Varsovia.
Considerando el ascendiente de vieja escuela
que acreditan ambos asociados, el muestrario se halla previsiblemente
consagrado a la música electrónica de añejo cuño. Matizada de continuo, la
principal cepa de la que parten casi todos los involucrados es el vetusto synth
ochentero. Sólo existen dos excepciones, que brotan directo y sin escalas de la
composta del primer industrial: Humano De Hiel (“Infección Y Meditación”) y
Camisa Negra (“La Fuerza Del Trabajo”). Distingue a HDH una feroz ausencia de
programaciones, vacío ocupado por primitivas resonancias maquinales y por
¿efectos? de teclado que emulan rayos positrónicos. Nimban a CN, asimismo, la
purga de todo vestigio de secuencia y unas ominosas asperezas creepies -de las
que abundan numerosos ejemplos en la tradición local de noise industrial (Pychulator,
el primer Maximum Terrorem, Error Genético, et al).
Sindicado el synth como el nutriente más profuso
de Entre Rejas Y Concreto, los antedichos matices se encargan de atenuar
o recargar esta plétora, dependiendo del sino que ha elegido cada grupo o
individualista. Así, El Balcón Rojo se aleja de ese código gracias a la
concepción tosca y picapedrera de su austero registro (“Baila Mi Esclavo”), y a
sus machacantes percusiones industriosas y deformadas voces (“Orden De
Exterminio”). De otro lado, Avenida Militar testea en “Eje Central” estructuras
proto EBM, más inclinadas al synth que concibiese en los 80s Chris & Cosey
-en lo que podría tipificarse como una versión daltónica del synth clásico, por
enfatizarse la iteración de un leitmotiv sónico en detrimento de las
variaciones practicadas encima suyo, invirtiendo la figura del ostinato.
Ya que hablamos de los ex Throbbing Gristle,
se hace igualmente eco de ellos Dante Gonzáles en su faceta de Inversor
Demente. Con dos jabs encajados en Estudios Embriológicos De Deformaciones: Compilación De Ambient/Industrial/Noise Peruano (1997) y un EP de aparición
extemporánea (Ununtrium), ID echa mano del voluminoso archivo encarpetado
que custodia desde sus días aurorales. Algo evidente toda vez que tanto
“Población Contaminada” como “Pasaje Tingua” se desmarcan de cualquier mácula
de industrial/techno industrial/post industrial desplegada en sus obras
publicadas. La marcial secuenciación en “Población Contaminada” da lugar a un
minimal synth de visos extraterrestres, orlado de harta polución sonora
ambiental. En tono más moderado, con mucho color, singulariza a “Pasaje Tingua”
la recontextualización de grabaciones de campo a modo de sampleos (genial
detalle el del afilador de cuchillos).
Extraído del debut solista del mismo nombre
(2001), aún no recuperado en digital, Gonzáles baja el telón de Entre Rejas Y
Concreto con “Diseñar Y Construir I”. Aquí se hace notorio el camino que el
linceño ha transitado en solitario -el de un synth impecable y apolíneo,
movedizo e infatigable, 100% fundado sobre la tecnología y la sci fi. Cierre perfecto
de un panorámico que pudo haber sido bastante más copioso -apenas 29 minutos, sólo
seis participantes. Para comprar la cinta, contactar directamente con Dante o
con César.
Año fructífero en remixes para Vrianch. No
sólo ha remezclado referencias masivas y/o de dominio común como Julieta
Venegas (“Eres Para Mí”), Magneto (“Vuela Vuela”, en realidad no es suyo) o...
¡Lucía Méndez! (su olvidado hit ochentoso “Margarita”). También colgó en la
veintena de abril un Remix Album que de álbum exhibe bien poco, con
apenas tres surcos. Lo bueno es que para dos de ellos pone en práctica la
técnica del mashup: el kraftwerkiano “Autobahn” es filtrado por la voz de Janis
Joplin, mientras que Shocking Blue -aunque más parece haber sido reciclado el cover de Bananarama- se acompaña en “Venus” de los Clan Of Xymox. El corte
restante es de Trueno, mocoso argentino que las pega de hip hoper sin mucha
fortuna (“Real Gangsta Love”).
¿Y material fresco? Desde luego. Rutas Electrónicas Para Sintetizadores Móviles sale el 1ero de mayo. El mini-LP
fue construido sampleando guiones de films, grabando sintetizadores en un
editor de audio multipistas, amañando las voces con software de libre acceso, y
recurriendo parcialmente al uso de la Inteligencia Artificial. Esto último es
interesante, en el contexto de una andadura que tiempo atrás ya tendía
naturalmente a mezclar géneros sin preocuparse mucho por su compatibilidad, al
aperturar márgenes para interrogar el papel que un individualista de la talla
de Víctor Chang confiere a la herramienta que mañana llegue acaso a ser el
summum por antonomasia de la randomización.
¿Premunido de qué estilo(s), pues, encara
Vrianch este REPSM? Habiéndose servido Chang de casi cualquier
tendencia sónica dentro del universo electro, curiosamente Rutas
Electrónicas... me da la impresión de ser un volumen bastante mesurado, a
años-luz de la rozagante polivalencia que otrora destilaban trabajos previos. No
cae el mini-álbum en la monotonía, sin embargo, debido a su milimétrico balance
entre el ambient y el pop. Si bien un tanto reduccionista, ese curso de acción
atestigua la persistencia del bifrontismo que nada más nacer abrazó Víctor como
signatura identificatoria: mirar tanto al underground como al mainstream para
aprovechar lo mejor de ambos mundos.
¿Significa esto que ahora a Chang le ha dado
por el ambient pop? Nones. Sólo uno de los dos barnices adquiere relevancia
estelar en cada canal, manteniéndose el otro en honrosos segundos planos. “Policlínico
Peruano Japonés”, “Vuelta A Casa (Room)”, “Estancia”, “Los Sueños De La Sangre”:
bullen la rítmica deconstruida, la iluminación ambiental, la cuantiosa tímbrica
pop. A grandes rasgos, podría arriesgar que “Estancia” y “Policlínico...” son
dominio de un synth lustroso y pródigo, en tanto que a “Los Sueños...” y
“Vuelta...” les impele un ambient de inequívoco talante contemplativo. Queda escrito,
empero, que esos predominios no vedan la presencia de los contrarios. Escrupuloso
y detallista esfuerzo del limeño residente en Piura.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 6 de marzo de 2024.)
Retorna a esta palestra uno de los proyectos
más cálidos y queridos que surgiese en los circuitos independientes mapochos afines
a la experimentación sonora con posterioridad al cambio de siglo. Me refiero a
Bahía Mansa, que tras el breve aperitivo de Atavismos (4/23) confeccionó
en esa misma línea el mini-álbum Patagonia, estrenado en la recta final
de diciembre pasado.
Una de las características que ha ribeteado
los esfuerzos del alias de Iván Aguayo, acaso la más identitaria, es su
singular conexión casi devocional con el Agua. A tenor del uso prácticamente
exclusivo de instrumentación digital, la música de BM se las ha ingeniado para
mantener un alto nivel de cohesión en su tersa duermevela, sin renunciar a
lienzos que se dilataban tanto como sus propiedades hipnagógicas. Las cotas de
ionización exhibidas en Botánica Del Olvido o Boyas + Monolitos manteníanse
bajas a despecho de la emotividad que estas obras transmitían, y su capacidad
reactiva era contenida por la líquida densidad de su estética ensoñadora.
Este rasgo distintivo se ve matizado en Patagonia.
El sureño asevera que el principal combustible del trip es su interrelación con
la Naturaleza en los viajes realizados a la Patagonia chilena, leitmotiv análogo
al de Costa Documental (‘22). La fascinación por mares, océanos,
ensenadas, glaciares; se sostiene en el mini-LP, sólo que en cantidades más
mesuradas. “Aves Imaginarias”, por ejemplo, evoluciona en derredor de un
minimal efecto de iterativo goteo tintineante. Algo similar ocurre con
“Bocatoma”, donde la lluvia es más perceptible, entre texturas dub y ecos de reminiscencia
precolombina.
Por contraste, “Efecto Rayleigh”, “Calafate”
y “Muelles” son cifradas manifestaciones de un ambient que tiende a concretarse
mejor al vagabundear sin la prisión que comporta la gravedad. En ese sentido, a
estos surcos y a sus pares se les siente más próximos a un estado gaseoso que a
uno líquido -los blips & clips de “Muelles”, el cardíaco latido de
“Efecto...”. Producto de esta conjunción de elementos, la síntesis de Patagonia
da vida a una pluviosa electrónica “easy-listening”, tanto por impresión acuosa
como por falta de nitidez -lo último me faculta a mencionar la otra gran constante
sonora devenida aliada de Bahía Mansa: la Baja Fidelidad.
El título cierra con un díptico que condensa los
descubrimientos centrales de la interacción entre las diversas instancias que
Aguayo cubiletea. Mientras que “Nodal” invisibiliza la síncopa gracias a
atmósferas neblinosas atravesadas por arreglos muy bonitos de
teclados/sintetizadores, “Nodal II” controla el géiser de ruido binario
convirtiéndole en mullido colchón sobre el que contemplar sedantes paisajes de
una irreal sublimidad. Aunque me siga gustando más la fase de Bahía Mansa en
que se creaba a imagen y semejanza del H₂O, esta nueva etapa no deja de lucir,
por distinta, menos prometedora.
Después de algún tiempo, revisito los bytes
de Poxi Records, hogar de actos como Hablemos Del Alma, Estriba, Talismán y
Laktik. El aluvión de combos independientes latinoamericanos aparecidos en el
último lustro no me ha permitido darme espacio para revisar la nómina de esta
interesante label santiaguina, y de a pocos son ya varios los calendarios que
llevo sin acopiar noticias suyas.
Las cosas van muy bien para los principales
animadores del catálogo, algunos de los cuales serán objeto de comentario más
adelante. Por ahora, me limito a escribir sobre Laktik, que se tomó un
prudencial sabático entre Isopropyl (‘20) y Magnetismos (‘22),
siendo este último registro acreditado al seudónimo inexistente de Prácticas
Magnéticas y subido efímeramente durante el año de la Pandemia. También es el
cassette en el que Laktik comenzó a metamorfosearse: si antes el rollo del
unipersonal de Lucas Soffia se alimentaba principalmente del synth pop,
dosificándole hasta llegar a drásticos mínimos históricos, a partir de Magnetismos
se patentiza un creciente interés por el ambient pop y por el vaporwave. Ambas
variables, además, se llevan de maravillas con el perfil más asociado a la
factoría Poxi -otra vez, el lo fi.
Liberado en enero, Astra se concibe
dentro de la crisálida que construyera en torno suyo Magnetismos. En cortes
como el excelente “Fantasía” (single adelantado a fines de octubre último con
“Derrumbe” como lado B), “Cuerpo Sintético” o “Restricción Vehicular”,
compruebo que el synth y variantes -synthwave, minimal synth- aún integran
parte considerable de la retórica Laktik. Ésta, sin embargo, se halla inequívocamente
enfilada hacia el ambient de pedestres espirales y cascadas, hacia el
cromatismo glo fi consustancial al vaporwave. “Chant Down Babylon”, “Derrumbes”,
“Hypnotizado” y “Techumbres” son elaboradas muestras de ese muzakcore nebuloso,
de esa radiación infrarroja típica del género que llegó a la mayoría de edad de
la mano de Macintosh Plus.
De otro lado, que en piezas como “Fantasía”, “Restricción
Vehicular”, “Galáktica” y “Cuerpo Sintético” haya un mayor énfasis synth no las
hace inmunes al influjo del omnipresente vaporwave. La bruma brillosa, el
crepúsculo perenne, los ecos fantasmales de otros pasajes de la cinta, los
empantanados tremores semiacústicos; acaban por darle homogeneidad a esta
jornada -si la memoria no me falla, la primera en que Soffia se decide a coger
el micro para ofrecernos las primeras canciones en el repertorio de Laktik, e
igualmente las primeras veces en que utiliza sonidos vocálicos no sintagmáticos
a guisa de fragmentos insertados en números netamente instrumentales.
Muy relevante experiencia del individualista
austral. Parece quebrarle y esparcirle en varias dimensiones más o menos equivalentes
entre sí, pero reunificarle también al hacerle vibrar a una misma intensidad, a
un mismo toque de diana, en un mismo espacio.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 7 de septiembre del 2022.)
(Creo recordar que esto ya lo relaté en un
texto previo -pero, como no estoy 100% seguro, lo vuelvo a hacer aquí. De
cualquier modo, siempre es bueno tener muy presente lo dura, penosa y larga que
fue esa conquista...)
Recién tras promediar los 00s, la música
electrónica elaborada en predios peruanos comenzó a ser
vista/escuchada/apreciada con ojos/oídos/mentes libres del prejuicio rockista
para el cual las máximas ‘androginias’ soportables eran el “Mofo” de U2
o el Depeche Mode de Songs Of Faith And Devotion. Pergeñar música total
o parcialmente sustentada en el empleo de teclados, sintetizadores y “gadgets” similares;
te hacía merecedor/a en los 80s y 90s a una recatafila de insultos y
vilipendios que cuestionaban tus dotes artísticas, cuando no las ninguneaban.
Si a ello le sumas la precariedad que hacía estragos entre bandas y solistas de
la escena subterránea/independiente al momento de plasmar, grabar y trasladar
al directo sus delirios sonoros; las posibilidades de reivindicar antecesores y
precursores de la movida electro local realizando una minuciosa exhumación se
reducen a un dígito.
(Para que te hagas una idea, pongo el ejemplo
de dos proyectos ochenteros de los que se tienen noticias por testimonios de
quienes les vieron en esas ya lejanas épocas, y de los cuales no han sobrevivido
sino los nombres: Ordalías -de cuya existencia da fe el fotógrafo Alfredo
Vanini- y Urbanoide -unipersonal de El Agustino del que supe por un zutano que
alguna vez fue mi amigo, y que hoy no llega ni a mal recuerdo-.)
Pintado así el panorama, era difícil que una rehabilitación
como la que plantea Síntomas De Techno: Ondas Electrónicas Subterráneas
Desde Perú (1985-1991) se arrogase puntuación
perfecta. Sea radial o de vanguardia, la música pop contemporánea hecha bajo
estos cielos no dispone hasta ahora de un archivo de acceso público o privado que
acoja el legado de las generaciones pasadas adscritas al movimiento
contracultural nacional (revistas, fanzines, manifiestos, libros, discos,
maquetas, videos, etc). Mucho menos, la herencia de un género que estuvo mal visto
hasta bien entrada la primera década del siglo XXI. De ahí que Buh Records haya
echado mano de lo poco que a la fecha se ha restaurado y/o digitalizado.
Las escuelas electrónicas ilustradas por la compilación
van del synth pop al industrial -e incluso al post industrial como lo entendían
hace ocho lustros unos airados Einstürzende Neubauten. No es, con todo, un tour
completo; ya que los del techno y del EBM son los otros dos únicos estilos representados,
aunque ello se ve supeditado tanto a la carencia de cultores de otras
tendencias como -de haber éstos existido- a la ausencia de documentación a la
que acudir. Por el lado más hardcore de Síntomas De Techno..., a tema
por cabeza, además de Ensamble y Círculo Interior están Disidentes y T De Cobre.
En cuanto al primero, nace como cuarteto en 1989 y ha tenido diversidad de alineaciones,
manteniéndose el vocalista Jorge González siempre al frente. Único de los actos
aquí antologados en seguir con vida, “Industria De Odio” recupera los días en
que Ensamble esgrimía un EBM brioso, antes de entregarse en cuerpo y alma a la
dialéctica synth.
En cuanto a Disidentes, combo de Martín Ponce
y Juver Reyes a.k.a. Hoover (Eutanasia, la saga Salón Dadá/Col Corazón),
éste observaba un método de trabajo semejante al de los liderados por Blixa
Bargeld: placas metálicas, fierros, cilindros, un megáfono... “Martillo” atestigua
esa apocalíptica aura post industrial de entropía y ersatz que escupía furiosa
la banda. Desintegrada ésta, Ponce volvió a las andadas con T De Cobre, line up
donde había bastante más espacio para drum machines, casiotones y
sintetizadores. “No, Nunca” es techno industrial de fines de los 80s, el update
necesario respecto de Disidentes. Esta nueva incursión de Ponce sirvió de acicate
para la formación de Círculo Interior, experiencia que operaba en coordenadas
similares. Entonces nada hacía prever que los mismos que firmasen una composición
como “Primera Secuencia” se convertirían, ya bajo el alias de Unidad Central,
en los adalides del trance y la rave culture aquí.
Por el lado más asequible del muestrario, también
a surco por testa, se encuentran Reacción (“Y De Aquí No Me Voy”) y Cuerpos Del Deseo (“En La Tiniebla”), firmantes de un synth pop elemental/bastante pedestre/de
poco calado una vez aquilatada su valía arqueológica. Más recomendables son los
números de unipersonales/agrupaciones que desdibujan los cotos estilísticos, como
Meine Katze Und Ich (“La Gran Masa”), Paisaje Electrónico (“X2) y El Sueño De
Alí (“A Dónde”). Era esta última una curiosa terna que mixturaba synth y new
wave, con varias ideas puestas a prueba en su unigénita maqueta En El Valle
Del Placer (1991), semilla de la que potencialmente pudieron emerger decenas
de entidades de disímil perfil -por desgracia, lo único que brotó fue un conjunto
de pop trucho como La Liga Del Sueño. De otro lado, Paisaje Electrónico fue una
identidad paralela de Fernando “Cachorro” Vial (Feudales, Espirales, Pompeya), orientada
al minimal synth a despecho de la prodigalidad con que su soporte rítmico estaba
seteado. Y MKUI es un insospechado híbrido de electro-dark y no wave de muchos
vasos comunicantes con esas canciones de Narcosis en las que el legendario trío
iba más allá del catecismo punk (cf. “Asfixia”, “Destino”, “Slacks Asesina” o “La Danza De Los Cristales”). Sintomáticamente, estas tres identidades fueron impelidas
por ex integrantes de Narcosis: “Cachorro” en Paisaje Electrónico, Jorge
Madueño En El Sueño De Alí, Wicho García en Meine Katze Und Ich.
Aún considerando todos los escollos que ha
debido salvar, pudo Síntomas De Techno... haber obtenido un score más
alto del que finalmente recibe. En primer lugar, nada costaba abrir un poco más
el arco de tiempo precisado en el título, para así posibilitar el rescate de
otros seudónimos: Sombras Del Teatro, Arián 1, Casus Belli, Pozí... En segundo
lugar, se hubiera así ofrecido un repertorio asaz suculento, en vez de los menos
de 40 minutos que el esférico encaja. Si la idea no es atosigar, tampoco debe
serlo dejar con ganas de más.
Y en tercer lugar, no es éste un artefacto
que acredite mucho esfuerzo detrás, más allá de las liner notes y la
masterización. Entiendo la dificultad, por no decir imposibilidad, de conseguir
registros de época, pero ya estaban disponibles a través de otros títulos las
seis primeras pistas del vinilo -dos tercios del álbum. Disidentes tiene dos
trabajos editados con las grabaciones que pudieron salvarse del Olvido (Ensayos Y Concierto 1988 del ”sello” La Venganza De Los Nerds, 1987-1988 de
Discos Invisibles). Los demos de Cuerpos Del Deseo (Por Una Razón, 1991)
y de El Sueño De Alí están colgados en YouTube. “X2” de Paisaje Electrónico y “No,
Nunca” de T De Cobre fueron repescados en La Historia Del Rock Subterráneo 1985-1992
(11y6 Discos, 2010), compilación curada por Leonardo Bacteria. Y “La Gran Masa”
de Meine Katze Und Ich aparecía en la segunda rodaja de Caleta Finale (2002),
díptico con que la inolvidable revista Caleta se despidió de sus lectores.
Verdad que con una versión ligeramente distinta, pero no es ése el punto. Si SDT...
está funcionando de maravillas en el exterior, no ocurre lo mismo de puertas
adentro, sobre todo entre quienes llevamos ya mucho tiempo en cancha y
conocemos los intrilingüis y vericuetos del devenir de la música pop perucha.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 2 de febrero del 2022.)
LOS DISCOS PERUANOS DEL 2021 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (II)
Alguna vez me aventuré a afirmar que,
mientras personas de leyes para quienes la Música es una segunda pasión hay
muchas, pares suyos que a la vez sean músicos no abundan en idéntica proporción
ni remotamente. Abogados/as coleccionistas, melómanos/as e incluso ejecutantes
de finde, conozco a varios/as. Bogas que con la misma seriedad se dediquen también
a la composición sonora, de otro lado, brillan por su casi total ausencia.
(Debe existir un correlato que soporte esa
estadística. Entendido como la garantía del ejercicio de las posibilidades, el Derecho
se mueve en un ámbito claramente demarcado -el de las normas que fundamentan el
concierto sociopolítico de la civilización contemporánea. La razón de ser del
Arte, más aún del que ha fermentado al calor del regazo de la cultura pop, es
el constante exorcismo de los conflictos existenciales que genera ese orden imperante.)
Me gustaría mencionar a Attaraxis junto a Rü
(Bruno Cuzcano) y a Resplandor (Antonio Zelada) como solventes paradigmas de compatibilidad
entre el Derecho y el Arte. Todavía es pronto. Alejandro Pizarro estrena alias
en marzo del 2021 subiendo en varias plataformas un trabajo cuya denominación adelanta
mucho del espíritu del proyecto. Bedroom Background Music consta de siete
números gestados a través de la expresividad de un synth pop correctamente manufacturado,
pero desigual en resultados.
Delinean la primera etapa del trayecto viñetas
enfocadas en melopeas pedestres, de ésas que puedes silbar si las escuchas
hasta que la asiduidad las torna familiares. Acorde con el enfoque, las secuencias
son bastante elementales -y las texturas, cuando las hay, son peligrosamente vacuas.
Llegado a su centro, BBM me recuerda a los demos que ofrecen ya prefigurados
sintetizadores y/o teclados. Nada transforma en especialmente recordables tracks
como “Cloudy Rain” o el inicial “Believe”.
Afortunadamente, Alejandro se decide a tomar el
toro por las astas en el segundo tramo. Los sugerentes detalles ornamentales que
con anterioridad lucían algo huérfanos -el scratch, el palanqueado click de las
viejas cassetteras-, vibran ahora significativos. Ello, porque el synth que tras
la mitad emana Attaraxis aprehende mejor las lecciones impartidas por capos del
ayer y del hoy. Visage y Droid Bishop, Pete Shelley y Castlebeat, John Foxx y
Emeralds, O.M.D. y TeeeL: el joven estudiante de abogacía insufla software y
hardware de emotividades que randomiza con tino.
Programaciones veloces y efectivas (“Sunshine”),
lirismo de prístino romanticismo (“Synths Ballad”, tranquilamente puede inscribirse
en el repertorio de Blind Dancers), síntesis etéreamente taciturna (“Left U Out”)...
Ésas son las características que sacan a flote el primer esfuerzo de Pizarro,
las que más afanosamente debe cultivar con miras a su siguiente paso. Mucho por
asimilar y corregir, pero me quedo tranquilo sabiendo que el talento está ahí. Depende
exclusivamente del muchacho hacerle germinar para alcanzar las alturas que
merece.
Del género pop independiente perucho cercano
a los estándares que maneja el mainstream, muy poco cabe esperar. La aplastante
mayoría de quienes abrazan su filo más rockero viene cortada por la misma trasnochada
tijera. Y quienes se mantienen en sus trece, corren el albur de acabar
contaminados/as por la osmótica baquelita que secreta la “industria de la
música” (¿?). Lo mismo vale para los/as solistas -son contadísimas las
excepciones que escapan a este sino.
No me queda claro si Evah sortea ese
ineluctable hado o sucumbe a él. Más frecuentemente, me parece lo segundo. Entiendo
que Meditaciones es lo primero que saca en largo la comadre, o como
mínimo lo primero que saca distanciada de la argolla de “estrellitas” que se
mueren por obtener el indulgente desdén del establishment radiotelevisivo local.
Cual fuere el caso, Meditaciones se ha visto ¿favorecido? con una
producción de primer nivel -o al menos eso dice el material de prensa que medio
mundo ha rebotado. El texto en cuestión cita a David Chang, Santiago Aliaga y
Alonso Bermejo como productores; nombres que a mí no me dicen nada, salvo el de
Aliaga. Mis alarmas terminan de enloquecer cuando la parrafada habla de “...industrial
musical latinoamericana...” y sumar “...sonidos más urbanos a su esencia
R&B...”.
¿Es para tanto? Sí y no. Admito que el álbum ha
sido más que cumplidoramente producido. La imagen que proyecta es la de una obra
cuya totalidad/tonalidad de notas queda justificada con una masterización 10/10,
calzando perfecta para estos tiempos en que ídolos de barro han hecho del rhythm
& blues cualquier huevada. Presionas play, y le puedes dar dos e incluso
tres bises como música de fondo mientras limpias tu habitación y zonas aledañas.
Te sacude un giro de 180 grados, empero, si
te sientas a escuchar con todos los sentidos este Meditaciones. Aunque
los indicadores de sacarosa se mantengan dentro de las dosis tolerables, no
puedes evitar sentir esa incomodidad que suscita un r’n’b plastificado y
lustroso, revestido de una pátina de aséptica sofisticación que causaría vergüenza
ajena en los rostros de gente como Howlin’ Wolf, Muddy Waters o Aretha Franklin.
Inhábil para trascender la imagen vistosa y la superficialidad rochosa, al
cantar intenta Evah abrir su registro y evitar quedar encasillada. No sólo no
lo logra, sino que además evidencia sus coqueteos con mierda auditiva tipo trap
(“Marea”) y reggaetón (“Despertar” bastaría para coger Meditaciones y
estrellarle contra la pared, o echarle al bote de basura más a la mano).
Hay un puñado de cortes que redimen a esférico
y cantante, sin embargo. Cortes todos emparentados al funk y al soul de vieja
escuela. “Pausa”, por ejemplo, apuesta a practicar un update minimalista de ambos
códigos sonoros. Similar ruta trashuman “Latitud” y “El Corazón Se Acelera” -un
George Clinton atiborrado de sustancias barbitúricas podría haberle firmado-. “Let
It Go”, por su parte, es la única recreación r’n’b atildada del CD. Para su
desgracia, este puñado no consigue borrar el mal sabor de boca que impone el
resto del menú. De regular para espantoso.
A juzgar por lo editado desde “Camino De Los Sacrificios” (noviembre del ‘19), no deja de ser curioso cómo las
personalidades escindidas de Carlos French pueden desdibujar los contornos que
las definen para absorber elementos identitarios propios de cuanto otro yo
habita ese mismo cuerpo, para después reconstruir con severidad los exactos límites
que les separaban. Ídem cuando se trata de expulsar lo que no se condice con
los perfiles de los que dichas personalidades blasonan.
Ya hace mucho rato que el bajista de El
Jefazo parece haber tirado la toalla con el primero de sus proyectos, Coca Negra, cuyo último 7” apareció en noviembre del ‘20 con el indiciario nombre de
Totalmente Abatido. Que se trate de un estancamiento temporal es tan
probable como que parte del ADN de CN haya sido reconfigurado en los
lanzamientos que French publicase usando nombre civil. Con éste, en cambio, su
actividad se ha mantenido indesmayable -con un 45 subido en diciembre último y tres
placas completas concebidas durante el ‘21. De éstas, escojo la que mejor
condensa la estética que Carlos ha desarrollado tras “Camino De Los Sacrificios”
-Battledoge (mayo) es un tanto más reposada, y Arkham huele a
nuevo giro, guiño a Lovecraft incluido (no el primero de su prontuario).
Tecnoética (agosto) es una
magnífica faena de cyberpunk. No en un sentido Tetsuo The Iron Man (1988)
o Blade Runner (1982), referentes ambos muy válidos, sino en un sentido Black
Mirror (2011), Altered Carbon (2018) o la excelente Sleep Dealer
(2008). Es decir, una mirada a la cotidianeidad de ese futuro cristalino que
las élites no se cansan de pregonar, una vez que gadgets y adelantos
tecnológicos pierdan la novedad y pasen a engrosar el catálogo de herramientas de
lo más corrientes. Así, Tecnoética funciona como invisible lado B de los
“brochures” que seguirán gritando las bondades de los avances
científicos en ese hipotético mañana, cuando éstos ya empiecen a generar hastío
y tedio.
Si en Battledoge se insinuaban conexiones
con el IDM e incluso con el drum’n’bass, en Tecnoética el ambient que pergeña
French no teme protagonizar a cielo abierto esas insólitas aleaciones. El
intelligent techno de “Replicante”, verbigracia, homenajea a los ¿antagonistas?
de Blade Runner con un nerviosismo que remite a la circularidad del
jungle. “Producto Programado” se pega al IDM para capturar el zeitgeist de esos
días por llegar en que las tecnocracias no revistan mayor novedad. Y aunque “Esterilización”
prefiere revisitar las jornadas aurorales de la EBM, su mecánica interna es
empujada por el género que llegase a su mayoría de edad con Brian Eno.
Reconozco que la primera parte del mini-LP
tiende a ser algo más conservadora. Yo la aquilato como el prefacio de visiones
peligrosas que depara el porvenir a las nuevas generaciones: neuromantes
drogándose con el olor a cromo quemado (“Tecnoética”), abrazos de silicona
mientras esperas en la densa oscuridad la aparición de ángeles con ojos de
televisión (“Pulso”), rosas holográficas sólo perceptibles en las proximidades
de murientes estrellas rojas (“Ojos De Dicroico”). Una inquietante ventana al futuro,
la que ausculta French.
Sostenido y perseverante, el camino que ha recorrido
Maribel Tafur hasta su feliz hora actual. Supe de ella un par de meses antes de
anunciarse la fecha de Slowdive en Lima (2017), en la que figuró como telonera
sin llegar a presentarse -para mejor: el arranque de la tocada demoró un poco,
y el público peruano no destaca precisamente por la paciencia con quien(es)
precede(n) al headliner.
Cuenta cuatro debuts la talentosa limeña. El
primero data del 2002, capitaneando el mástil del bajo en Valium. El segundo,
cuando echa a andar Intune (2011), empresa peruana que escribe/licencia música mayormente
ambiental para spots y locaciones de negocios comerciales. Y el cuarto, como
parte de Budapest, combo que completan el multi-instrumentista Neto Pérez (guitarra
y charango) y la vocalista Giuliana Origgi, y donde Maribel se encarga de beats
y sintetizadores. La mixtura de canto coral, indie folk y tradición sonora peruana
que proponía el extended con que Budapest se estrenó, Conífera (2017), concitó
mucha atención de parte de un sector de la prensa especializada.
En plan solista, el tercer debut se vio
diferido a diciembre del 2013. Colgado ad portas de la Nochebuena de ese año, el
mini-álbum Mysteries Of Love interioriza esa cálida y confortable
estética de electrónica chill out que a partir de entonces se ha visto
potenciada/estilizada con cada nuevo fogonazo de la autora -salvo “Luna”, surco
cedido a Surrounding: South-American Women In Electronic Music (2017), muestrario
de la independiente Surrounding donde Tafur revela una faceta más propia de los
tiempos inmediatamente anteriores al estallido IDM de los 90s.
2106 ha sido anunciado como el cuarto extended
de la artista. Disiento. De los cuatro uploads que suceden a Mysteries...,
el único compatible con esa definición es el que motiva estas líneas. Tal vez forzando
el significado, el otro que calificaría es “Grevillea” (2019): sus más de once
minutos le ubican a medio andar entre el EP y el single. Porque “Coral”, improvisación
elaborada durante la transmisión online del documental La Terre Vue Du Coeur
(2018), califica como 45 pese a su carácter conceptual.
Concurramos o no en esos usos, 2106 EP
es un registro pletórico en nostalgia, esencialmente de la clase que los
lusohablantes han llamado saudade. Desde la portada, una fotografía tomada por
la madre de Maribel y que el paso del Tiempo ha desgastado, hasta el genial
recurso de utilizar la sonoridad analógica de cintas VHS, digitalizadas muchos
años atrás por el padre de Tafur; el artefacto deviene en bitácora de memorias (y
emociones asociadas) que la compositora atesora sobre su infancia -y, por ende,
remite constantemente al pasado. Un ambient digital de tosca fidelidad que vuelve
la mirada hasta perderse en los recuerdos más lejanos: los presets como vidrios
golpeados por la lluvia donde se refleja la ocasión en que supo el por qué de
su nombre (“Soñó Maribel”), el piano que se adhiere a las voces de sus
compañeros/as en el nido (“Portal”), el borroso audio verité de su cuarto
cumpleaños (“Mi Papá Me Regaló Esta Flor”), la titilante textura del MIDI que rememora
el hogar familiar en el distrito de Jesús María (“La Casa”)... Difícil de creer
que semejante rush del hipocampo pueda acontecer en apenas 18 minutos.
Me quedo con la pista epónima de 2106
EP -otra vez el piano, ahora envuelto por la brisa marina, arropado por las
olas que terminan de extinguirse a la orilla de la playa, escondiendo en su seno
y casi del todo los graznidos de las gaviotas. Un shot de serotonina a la vena
-con un cuarto de miligramo de oxitocina- para rubricar la sorpresa del año.
Congratulaciones.