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miércoles, 15 de julio de 2026

Boards Of Canada: Inferno

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 8 de julio de 2026.)

En relación a trayectorias discográficas consolidadas entre cuyos estrenos median lustros e incluso décadas, suele ocurrir que simultáneamente uno/a se entusiasma y frikea al anunciarse nueva entrega. Ha pasado antes, cuando algunos de nuestros héroes deciden salir del (semi)retiro: Slowdive, Dead Can Dance, My Bloody Valentine, The Cure, Stereolab... Iba a adicionar también a Seefeel y a Swans, pero desde sus respectivos regresos se han mantenido razonablemente activos. Como asimismo aquella sensación, esta tendencia seguirá verificándose en el futuro -sin ir muy lejos, The Durutti Column ha proclamado su inesperado retorno para fines de este mes.

Esa exacta emoción llamémosle “bipolar” es la que hemos sentido muchos/as al darse a conocer la noticia del reentré de Boards Of Canada. Transcurrió un ochenio entre The Campfire Headphase (‘05) y Tomorrow’s Harvest (‘13), y ¡¡¡trece años!!! entre este último y el novísimo Inferno. No se desconocía que el insular dúo escocés seguía respirando, pero eso no se traducía en expectativas de nuevas rodajas, tal cual sucede con otro peso completo de la escena IDM/post rave, Richard D. James a.k.a. Aphex Twin. Mucho menos se esperaban grandes novedades en cuanto a la evolución de su sonido, metamorfosis que la banda resolvió en dos pasos para luego recrear -con bastante éxito- su peculiar estética idilitrónica.

Desde los albores de su carrera con Twoism (‘95) y el Hi Scores EP (‘96), la música de BOC ha estado marcada por una nostalgia inducida que sabe a néctar de los dioses, en danza constante de causa y efecto con el correlato visual de sus videos, forjado al amparo del documentalismo experimental que identifica la institución del país del norte que su nombre homenajea (National Film Board Of Canada). Ello, gracias a una habilidad poco menos que épica para cincelar palimpsestos electrónicos sostenidos por beats descendientes del hip hop y bordados por sampleos que predisponen a la contemplación y al ensueño. De ahí que placas como Geoggadi (‘02), Music Has The Right To Children (‘98) o el hermoso In A Beautiful Place Out In The Country EP (‘00) les hayan consagrado como auténticos alquimistas de la duermevela.

Por eso es que Inferno ha sorprendido tanto. Si bien se corresponde con su background la pasteleada visual que supone el video promocional auspiciado por Warp Records, que enyunta “Introit” y “Prophecy At 1420 MHz”, Boards Of Canada esta vez ha ido por otros senderos. Si en el pasado la dupla bosquejaba lienzos de colores inciertos y formas imprecisas, que irradiaban calidez y una melancolía por aquello que ya fue pero que nunca vivimos, ahora esas cualidades están orientadas hacia el futuro. ¿Eso quiere decir que el tándem se aproxima al retrofuturismo de los Stereolab ‘95-‘99? No. Acaso lo suyo pueda tolerar el calificativo de retrofuturista. Con lo que no puede compatibilizar es con la acepción en-el-mejor-de-los-sentidos entre naif y cool de la mancha de Lætitia Sadier y Tim Gane.

Porque sí, BOC ha decidido proyectar sus filias hacia un posible futuro no tan distante para nuestra especie. Y ése es el bemol. Al ubicarse cercano en el Tiempo, ese mañana se asemeja más a una distopía que a los apolíneos augurios stereolábicos. Inferno es un testimonio lleno de oscuro pesimismo, atiborrado de ambient estilizado que constantemente muta en una suerte de IDM grisáceo, acorchado. Abundan corifeos de digitales strings que presagian tecnocracias orwellianas (“Hydrogen Helium Lithium Leviathan”), capas de guitarra tratadas al punto de moldear fantasmales exordios más o menos breves (“Somewhere Right Now In The Future”), beats apagados que trotan entre amarillos cancerígenos y blancos que van del celeste al verde (“Blood In The Labyrinth”). Al escuchar el plástico, no pocas veces me he encontrado recorriendo mentalmente los parajes del mito contemporáneo de Blade Runner -de la original, por supuesto, pero muchísimo más de la secuela dirigida por el canadiense Denis Villeneuve (mira tú qué coincidencia de nacionalidades). Esos ¿crepúsculos? de rojo sangrante (“Deep Time”), propios de un mundo que va camino a ahogarse en su extinción sin darse cuenta, esos sampleos vocales más que ominosos (“All Reason Departs”), montados en programaciones urgidas de subtramas rítmicas con que aminorar la tensión, esa incertidumbre de no saber si el monitor de una UCI anticipa los últimos instantes de una vida o los primeros de otra (“Memory Death”); jirones de output que me sitúan en la decadente civilización humana de un 2049 del que ya no nos hayamos tan lejos.

No me queda claro si Boards Of Canada apuesta por introducir en Inferno un contexto religioso subyacente. “I’m A Sinner”, se escucha decir a alguien en “Age Of Capricorn”. Sólo después de ocasionales fogonazos de luz, las voces orientalizantes de “Naraka” dejan de ser vocoderizaciones inertes de un nuevo orden que ya ha caducado, y que sin embargo nosotros/as aún no atravesamos. Los sacros modales livianos de “You Retreat In Time And Space” son otros indicadores de que tal vez la mancuerna oriunda de Edimburgo ofrece una tabla de salvación frente al despelote que se nos viene encima. Un despelote que muy fácilmente puede estar comenzando ahora mismo con el develamiento impúdico de las élites de poder fáctico/monetario y el auge de las ultraderechas satelitales en todo el mundo, aupadas desde una delirante Casa Blanca trumpista que insiste en negar el calentamiento global y en inmiscuirse donde no le llaman.

Obviamente, existen circunstancias de sobra con que identificar el perfil clásico de Michael Sandison y Marcus Eoin: la apremiante pulsión tecno-ornamental de “Acts Of Magic”, el sedante tribalismo coral de “Father And Son”, el evocador ambient tecnificado en “Arena Americanada” y documentalista en “Into The Magic Land”. Son excepciones, con todo, en medio de un álbum que se hace eco del desaliento que reina en el mundo contemporáneo; que se mira en el pathos de un dark ambient a lo ProtoU, y nunca en su cavernoso sonido. Una jornada que por principio de cuentas ha sido bautizada con la decidora denominación de “inferno”, en la que Boards Of Canada atisba la posibilidad de un lúgubre porvenir aún irreal -pero cuya semilla ya está plantada.

A pesar de todo lo antes escrito, he disfrutado de Inferno y sus visiones derrotistas, del mismo modo en que en otros tiempos he disfrutado del Sonic Youth más maligno, de Lovecraft, de Shinya Tsukamoto o del polaco Beksiński. El Arte no tiene ninguna obligación de ser luminoso, etéreo, “bonito” o moral (ético sí, moral no). La única conditio sine qua non excluyente del Arte es la de exorcizar aquello que la mente y el corazón del ser humano pueden concebir, y este discazo de 70 minutos lo consigue con creces. Una sola objeción: Inferno termina abruptamente con la esperanzadora “I Saw Through Platonia”. Un final más acorde hubiera sido “Vol.4 - P. Primers - 177 Giraud's Mirror”, composición que sólo se halla disponible en la versión doble vinílica, pues ni siquiera en las agiotistas ediciones japonesas del CD viene añadida. Lo que es dejar al/la castigado/a fan salivando sin pausa. Puedes escuchar el tema haciendo click aquí.

Hákim de Merv

jueves, 27 de noviembre de 2025

Lego 16: Panalytical // Cataratas En Siberia: Todas Las Tardes Que Nos Robó El Fuego EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 19 de noviembre de 2025.)

Buen rato hacía -más de tres años- que Chip Musik no sometía a consideración de los públicos independientes un capítulo más de su saga por antonomasia. Los últimos episodios ‘Lego’ habían tenido por objetivo conmemorar el primer quindenio de actividad discográfica. Ahora que su vigésimo aniversario comienza a destacarse en el horizonte, la label oroíno-limeña repite plato  liberando para descarga  gratuita  las  entregas  decimosexta y decimoséptima, dotadas ambas de una colección polícroma -siempre puertas adentro de la observancia estilística que oferta Chip.

Precedido de un ingenioso reel que confiere movimiento a la portada (podría haber sido tranquilamente parte de la alucinante propaganda conceptual del viejo canal Locomotion), Lego 16: Panalytical es colgado en BandCamp hace poco más de un mes. Su menú es principalmente electrónico, enfatizándose los subgéneros derivados de las últimas avanzadas que viera el pop contemporáneo. También hay lugar para etiquetas como el post rock o -en mucha menor medida- el bliss pop. Débese ello a un concepto de fondo que lidia con la praxis liminal del ambient.

Rural, Pande-Dios y Trampaluz junto a Óxido postulan esos enfoques digresivos. Despliega el primero en “Pulso Lento” una suite laxa y sidérea, de modulaciones que se estiran indefinidamente sin renunciar a barnices en combustión perenne, hesitando entre el post y el bliss. Por su parte, “Fragilidad” del unipersonal Pande-Dios se desmarca de sus coordenadas habituales de folk semiacústico y de baja fidelidad para adentrarse en los feudos minimalistas de una electrónica atmosférica -aún así, la huella C14 de Mauro Rojas es la misma. Finalmente, la alianza entre Óxido y Trampaluz apela en “Primera Captura” al sortilegio de las reverberaciones, mientras se produce el devenir constante de su camaleónica evolución.

Los demás involucrados se hallan de lleno inmersos en una ascesis dominada por digitalismos diversos. Todos son nombres familiares, salvo el de C1nt1y4net, cuyo “""" "¨´""” abre la compilación. Curioso que su lúdico ejercicio de webcore fracturado haya resultado escogido para tal fin.

A C1nt1y4net le sigue la mistiana Yume Station. A partir de aquí, y salvo los alias enumerados hace dos párrafos, cada ejecutante le busca la vuelta a su identidad. La suerte es diversa en este punto. La propia YS, por ejemplo, trastoca la línea glitch de su background virando hacia aguas de melódica indietrónica emotiva/sensitiva; conservando aires de arrullo y de music box (“The Blue Moon”). Tras una intro ruidista de 3/4 de minuto, “Eu & Ino” de Alcaloidë acomete programaciones cercanas a un braindance neurodivergente, esforzándose por convertirse/no convertirse en una travesía breakbeat. Los diáfanos tonos de “Zyael” de Galactic Seed colorean la desencorsetada aritmética IDM de sus secuencias a lo Boards Of Canada. La tenue secuenciación que iza “Underground 3750” de Xtredan le ayuda a soltarle la mano a un ambient riguroso, para divagar sin mayores sujeciones. Y en “Petricor”, Miyagi Pitcher reduce accesos vaporwave a poco más que 0, trasvasándose a través de voces femeninas y sonidos relucientes hacia un bliss out capaz de eclipsar conciencias.

En cuanto a Rapapay y a Ionaxs, entiendo que el primero regresa tras un increíblemente largo hiato en su travesía. Aunque “Winikunka” lo trae de vuelta en forma, como ya lo habíamos visto en su performance teloneando a Silver Apples (‘15), no encuentro mayor diferencia con lo que se le escuchó bajo estos cielos hace más de cuatro lustros. A diferencia de Juan Barreto, Ionaxs sí sorprende imprimiendo sobre “Float” una carga de noise anárquico lo suficientemente fuerte como para que pongas cara de asombro. El hechizo, por desgracia, apenas dura algo más de 60 segundos; reconfigurando Jorge Rivas las señas post IDM que le caracterizan. Ni Ionaxs ni Rapapay merecen pulgares abajo, pero suman discretamente a esa perspectiva holística/global con que trascender más allá de los propios límites, que subraya el neologismo adjetival “panalítico”.

Lego 17: Diapasones, para más adelante.

Cuando a inicios de los 90s arribé a mi primera juventud, era moneda común que las bisoñas huestes contraculturales rompieran fuegos haciendo punk y hardcore, o en su defecto dark-gothic. Rarísimos -pero los había- eran los casos de quienes en vez de fuegos rompían moldes. A estos/as últimos/as debemos que, pasado un tiempo, dejaras de ver a los primeros con interés para señalarles con el índice acusador. Es una cuestión cíclico-generacional: los consumidores de contracultura que dejaron atrás la adolescencia a inicios de los 80s ya estarían hartos, al promediar esa década, de la psicodelia, el glam y el prog; abrazando las causas punk, hardcore, dark o new wave. Idénticamente, en años venideros serías testigo del auge y caída del indie rock y del ruidismo experimental, reemplazados por el indie en clave pop y por la electrónica de mil rostros.

El floro viene a cuento porque me imagino que una rotación similar sucede desde hace sus cuantos años con ese híbrido de indie, post y math nacido del árbol plantado por Mogwai y afines. Ahora los/as jóvenes parecen empezar asiéndose de ese punto, olvidando aquello que antaño encandilase a sus mayores. Nada que reclamar, por cierto: el punk está próximo a cumplir sus bodas de oro, así que mejor es dejarle sacudirse en su cripta, sin incomodarse ya por una que otra efímera resurrección en regla.

Cataratas En Siberia tuvieron la luminosa idea de editar estreno en corto desvanecida la quincena de enero, mes tan jodidamente muerto como febrero, y no han protagonizado muchos directos desde entonces. Considerando que, además, ya no estoy tan atento a tales eventos; ese relego me hizo tardar en ubicarles. Supe de ellos recién a fines de agosto, y pude acceder online a su carta de presentación. Una que, como ya adivinarás, anida en las entrañas de esa cruza entre el indie achorado de los 90s, el math de Shellac o Because Of Ghosts, el post de segunda generación.

Todas Las Tardes Que Nos Robó El Fuego EP se me antoja cortísimo. Es una comedida exhibición de destreza, punche y vehemencia; en las cantidades apropiadas. El raid despega con “Memento Mori” y una acústica harto pedestre, que se encrespa en pocos segundos para poner al instrumental a la par del resto del EP. Esa jugada, empero, no te prepara para el grito de guerra con que te recibe “Soñé Que Era Inmortal”: su fortaleza y agresividad sólo templan cuando la eléctrica empieza a prodigarse escalando y descendiendo con la prestancia de unos Tubelord o Minus The Bear. Mientras las baquetas hacen otro tanto martilleando sin cesar, dictando síncopas impares a mazazos, piensas que esta gente debe haber crecido paporreteándose asimismo los discos de Plug-Plug.

Explosión igual de contundente se produce cuando arranca “Salto Del Fraile”, a la vez que la irregularidad de sus compases ensancha el caudal percusivo, y que la complejidad de sus disonancias conjura dédalos imaginarios. “Salto...” va pegado a “Soñé Que Era Mortal”, distinguiéndose apenas el final del uno y el inicio del otro gracias a una leve moderación en el tempo. La furia de los gritantes no decrece, si bien es menos notoria, en tanto las cuerdas se hacen eco de la mañosa pericia de los rojinegros Tony Danza (aunque seguro CES no les han escuchado nunca). Hace caer las cortinas el surco epónimo, que trastoca drásticamente los tiempos en que se suele mover el terceto. En la práctica, “Todas Las Tardes Que Nos Robó El Fuego” es una power ballad que pone de relieve cierta versatilidad grupal, la capacidad de embarcarse en aquello susceptible de describirse como “ejercicios de respiración rítmica”, y unas vocales femeninas que se adueñan de la palestra por primera vez en los 16 minutos y pico que demora el extended play en concluir.

En efecto, estas vocales han acompañado tanto a los bramidos de Diego Santos (también baterista) como a los de Álvaro Muro (también bajista). Lo han hecho desde un segundo plano, que así y todo se hace notar siempre, más aún en el epílogo. Estas vocales pertenecen a Rafaela Riboty y a Valeria Wendorff, quienes junto al cellista Abner Robles completan la terna de apoyo en que se ha sostenido el trío titular (completado por el guitarrista Leonardo Torres). Debiera considerarse integrarles a la alineación fija de la banda.

En teoría, Cataratas En Siberia ha debutado con un EP conceptual, moldeado alrededor de la leyenda del Salto del Fraile. Así lo muestran la portada y algunas líneas concretas de tal o cual canción, pero en general esa intención se esfuma desapercibida. Las voces lucen llenas de efectos ambientales que aportan textura y grosor, haciéndose ininteligibles casi siempre. No es un demérito, pero la edición física de TLTQNREF -que no existe- tendría que incluir las letras para enterarnos.

Hákim de Merv

jueves, 24 de abril de 2025

Philodina // Un Día En Venus: Darkwave EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 16 de mayo de 2025.)

Aparecieron entre fines de febrero y principios de marzo las dos caras de Philodina, nuevo lanzamiento bifronte de Chip Musik destinado a prolongar la saga inaugurada durante el ‘23 por Seven 7’’. Esta vez no se ha adosado la nomenclatura “single” a la denominación, si bien una de las faces (A) encaja perfectamente dentro de ese concepto. De todas formas, tampoco es que los dos lados de Seven 7’’ se ciñesen a la estricta definición de lo que es un 45 rpm. En lo sí que coinciden ambos títulos es en la figura del 6-way split, al menos formalmente.

En el side A de Philodina (24/2) corre el telón Trampaluz, remixeado en esta oportunidad por Óxido, unipersonales santiaguinos ambos. En “Pulsar - PSR B1919+21”, se hibridan pelágico post rock y picoteante electrónica, aunque para discernir qué tramos corresponden a qué manos es menester pelarle oreja al apenas estrenado Pulsar (18/3) de Fernando Arce. En caso contrario, sin más puedes disfrutar de sus correntadas subterráneas de fluidos binarios, tamizadas por laxas ambientaciones propias del primer post. Le sigue “Patas De Perro”, del también chileno Pande-Dios. Lo de Mauro Rojas va a la vera de un folk de compleja taxonomía, muchas veces emparentado con la veta usamericana más arisca del post original. La concisión no resiente su feeling neopagano de dimensión paralela, ni su coletilla de embrionario ruido blanco.

Baja la persiana de la cara A “Montuno”, composición de Norvasc. Llaman la atención la tromba de noise polucionante y la aleatoriedad de su estética glitchera, ya que Gerardo Flores normalmente boceta viñetas mucho más calmadas y melodiosas. Tras 3 minutos y medio de enturbiada ¿deconstrucción? ¿destrucción?, se elevan desde simas crackeadas el bliss pop y el baggy a que el individualista siempre ha sido afecto. La corrosión, sin embargo, no se desvanece.

Philodina reserva a Ionaxs la apertura de su side B (10/3). Con el sugerente marbete de “Geopolímero”, Jorge Rivas postula una performance de post IDM sobregirado de software y hardware incluso a niveles microscópicos, pese a que las primeras acometidas me hacían pensar en Puna antes que en Ionaxs. A renglón seguido, Alcaloidë presenta “Tesla”, conformada por dos capas de sonido muy distintas entre sí que colisionan para producir azarosas formas de noise camelado divergentes del shoegazing. Una de estas capas se prodiga en la vorágine de un ruidismo digital áspero en exceso, mientras que la otra -prácticamente sepultada por la primera- erupciona a cuentagotas para dar paso al éter mayúsculo del bliss out. Cinco minutos y monedas de insólita convivencia después, matizados por cacofonías binarias que emulan la voz humana, emerge un amago de programación.

Finaliza el lado B “Teletransportador”, de Óxido y Trampaluz. Se propone aquí, siempre y cuando accedas a audicionarle con los ojos cerrados, una experiencia hasta cierto punto inmersiva que despega de manera un tanto confusa. El cúmulo de impresiones metasónicas que reviste los primeros minutos del corte afloja luego  de  buen  rato  ante  divisiones  abrumadas  de  volátil  cosmicidad,  lo  que deja una impresión final de permanente transición -del caos al orden, del desconcierto a la avenencia, del primer chispazo de impulsiva creación al último de veterana precisión.

Me quedo aún con ambos lados de Seven 7’’, que lograban una mejor representación de la nómina Chip, tanto en cantidad (seis participantes claramente diferenciados, en vez de los cinco de Philodina) como en diversidad (¿y el shoegazing dónde recaló?).

A poco de iniciado el año, pudo sondearse en redes un pulso de gran actividad por parte de Miguel Ángel Elescano. Bien con seudónimos nuevos, bien con otros ya conocidos, el músico no ha permanecido quieto; al punto de acreditar a día de hoy suficiente material nuevo para al menos un par de reseñas. Aquí va la primera de ellas.

Elescano debuta bajo el alias de Un Día En Venus el 17 de enero, inaugurando de refilón su propia label discográfica, Nuclear Pop Records. De entrada, el individualista explicita intenciones de volcar la recién bruñida chapa hacia sonidos no antes hollados por su mano, declaración rubricada gracias al título que confiere a la primera producción de UDEV: Darkwave EP. En efecto, en el extended hay un tufo a lo que actualmente se entiende por darkwave -pero también a géneros cercanos, como el dark-gothic, el minimal synth, la coldwave e incluso la electronic body music. Si ello responde a una jugada vintage, retro o de cualquier otra laya, que cada quien lo decida.

Cuatro temas en menos de un cuarto de hora. Comienza el EP con “Elefantes En Mi Habitación”, darkwave al alza de medio tiempo, que a lo primero que me recuerda es a esa bandaza que fue Décima Víctima. Oscuridad que puede sobrellevarse merced a su tesitura pop, a su sencilla estructura lírica, a su dinamismo en el límite de lo tolerable para un estilo tan cargado como lo fuera en su edad dorada el dark rock. A este cumplidor inicio le sigue “La Cocaína Mata A Mis Amigos”, bastante más próximo al electro-gothic de fines de los 80s, ése que naciese del contubernio entre el gothic y la EBM. Aunque reconozco que sobre “La Cocaína...” flota un aura mucho más amenazante, también debo decir que es un surco muy cliché.

“Las Estrellas” se inserta de lleno en la dialéctica de la coldwave francesa, a modo de punto medio entre los extremos que supondrían las dos piezas que le anteceden. Coadyuva en la tarea no sólo su vecindad con grupos como Police Des Moeurs o Martial Canterel, sino el protagonismo concedido a unas glaciales vocales femeninas que no se consignan acreditadas por ningún lado. Salvo por ese detalle, “Por La Cordillera De Los Andes” fatiga idéntico carril. Mohína y evocativa, la voz de Elescano acompaña una melodía de cansinos ardores, de fervorosa gelidez maquinal, de apagados resplandores boreales; mientras erra como alma en pena buscando en andinas serranías a su incógnita musa.

Novísima faceta, la que abarca aquí el limeño. Nada mal para empezar, en el futuro inmediato se ha de exigir un poco más, a fin de renovar el interés por la mixturada propuesta que le atribuye a Un Día En Venus.

Hákim de Merv

martes, 31 de diciembre de 2024

LoProfundo: LoProfundo // La Garúa: Motor De Sombras // Ionaxs: Oopart

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 25 de diciembre de 2024.)

Cosa hará de unos tres años, volví a tener noticias sobre Kiko Monzón, ex integrante de Nudo De Espejos. Reportándose desde Bilbao (España), el sanmiguelino acababa de lanzar Huitlacoche, debut de Visoki Napon junto a Jon Fernández -acompañados en la jornada por el baterista mexica Esau Nava. Un estreno de inquieta versatilidad, cuya reseña puedes leer aquí. El último 15 de octubre, Monzón publicó material inédito bajo el bisoño rótulo de LoProfundo (sic). Lo curioso es que también aquí milita su partner de Visoki Napon.

¿Cambios? Sí, muchos, todos en directa relación con la(s) música(s) abordada(s) utilizando la nueva identidad. En cuanto a ésta, LoProfundo ¿fue?/¿es? una suerte de alineación temporal, que debe su ¿fugaz? existencia a las circunstancias. En octubre del ‘22, abrió puertas la asociación cultural Obrador, en la capital de Vizcaya. Semanas antes de la apertura, ambos músicos fueron comisionados para la presentación de aquella tarde/noche. Después del respectivo brainstorming, Fernández y Monzón optaron por la confección de una única pista epónima de 32 minutos, que mutase sin sosiego.

La sobriedad antes que la solemnidad. El acto de repentizar antes que el de “florear”. LoProfundo inicia su ¿unigénito? viaje echando mano de un audio de trazos ambientales, donde ruidos pedestres como el de la lluvia, el de las campanas o el del zumbido del servicio eléctrico son menos notorios que sus correspondientes ecos. Al ingreso de la primera guitarra, emerge una música de incómoda opacidad, como la del post punk de corte clásico. Al de la voz, cierto dramatismo de ribetes post rock, masajeado por percusiones minimales. Éstas se irán apagando al aproximarnos a los 8 minutos.

Una ominosa, adictiva fusión de dark rock y reverberación dub asienta sus reales hasta que, sin aviso, el uppercut de una insólita marejada neopsicodélica le manda a la lona. Lejos de desbocarse, el agitado oleaje va deconstruyéndose con mesura hasta transformarse “LoProfundo” en un cocktail de trip hop sublimado, orlado otra vez de dub. Traspuesta la barrera de los 25 minutos, el registro salta hacia la electrónica de fisionomía rave -levemente frenética, sí, aunque a cientos de kilómetros del hedonismo trance o goa. Pocos minutos después, sampleos de ladridos reconducen el track hacia la calma, esta vez en clave pseudo litúrgica; para finalmente acabar mordiéndose la cola.

Escaso, pues, es el detritus sonoro que tienen en común LoProfundo y Visoki Napon. Esta última entidad prefería/prefiere el space rock y los tintes psicodélicos de vieja escuela, además de una inocultable tendencia hacia el noise rock. Acaso sea el post de Labradford o de Windsor For The Derby lo único de lo que ambos integrantes apertrechan una y otra faceta. Por otro lado, y más allá del acentuado rush final, no encuentro mayor parecido entre lo etiquetado como LoProfundo -tremenda proteicidad susceptible de encomio- y lo que se entiende por “evento rave” (quizá en algunos puntos determinados, nunca duraderamente). Produce el vizcaíno Unai Mimenza, quien ya había hecho lo propio con Huitlacoche.

Tantos calendarios se han quemado desde Panza De Burro Thunder Blues (‘13), de La Garúa, que ya se había dejado de esperar sucesor. El entusiasmo por la continuidad de grupo y obra se fue diluyendo con el discurrir del tiempo, no así el recuerdo de su elogiado e inmenso debut. Pero está visto que, en la escena independiente peruana, todavía las cosas se dan cuando lo dictan los condicionantes antes que cuando éstas son planificadas. Para ejemplo, el reciente Motor De Sombras (Mönte Paganö/Tóxico Records): grabados/mezclados/masterizados sus ocho surcos en el ‘18, tuvo que esperar 72 meses para verse por fin editado en físico, añadiéndose para la ocasión dos piezas más -que por ello son descritas como “bonus tracks”.

Si hay que resumir las razones por las que Panza De Burro... es aplaudido hasta ahora, éstas se abroquelan alrededor de dos frentes, el técnico y el sónico. Con respecto al primero, sobran mayores comentarios ante el background de los músicos: Marcos Coifman (Reino Ermitaño, El Cuy, Necromongo), Miguel Ángel Burga (3AM, Espira, Ácidos Acme, Culto Al Qondor, tropecientas mil referencias más) y Alonso Guerrero Camuzzo (Argul). Todos ellos duchos en lo concerniente a géneros pesados entre los que se pueden contar la psicodelia, el heavy psych, el doom metal o el stoner.

Con respecto al segundo frente, PDBTB enhebraba discursos de la misma manera que lo hace Motor De Sombras, casi todos enumerados en el párrafo anterior: secciones enteras de lisergia sesentera/setentera se trenzan con un blues que es simultáneamente pericia y aconchasumadramiento. Tercia un stoner de alta densidad y de construcción monolítica, e incluso ramalazos de un subversivo psych punk garagero. Constreñidos a un mismo espacio bajo presiones dignas del núcleo interno sólido de la Tierra, en Motor... estos ingredientes dan forma a un magma sónico que no sólo reedita los picos de su predecesor, sino que además supera la valla impuesta por éste.

Aún no consigo mapear la geografía completa de la placa. Durante sus primeros 24 minutos y sencillo, describe ésta una cierta estructura cíclica: del callejero y achuchado blues psicodélico no-hendrixiano, la terna salta a terrenos que casan heavy en fase psicótica y punk rock contundente, para luego entregarse a acrisoladas y báquicas sesiones donde son aún más favorecidas las improntas desértica y de carretera inherentes a tal amancebamiento de estilos. Siendo “Conductor Oscuro” y “El Gusano” exponentes del primer tramo de esa estructura, lo son del segundo “Llévame” y “Ciudad Motor”, y del tercero “El Mar” Y “Comebrea”. El ciclo se rompe con “Acelerador”: exceptuándole, es el blues enteógeno en mayor o menor variante el que se posesiona de la restante “El Viaje”, así como de los “bonus tracks” (“Quiero Más” y “Veredas”).

Considerando tanto Panza De Burro Thunder Blues como este Motor De Sombras, creo que ya me puedo arriesgar a afirmar que la íntima razón por la que me engancha La Garúa es su magnífica reinvención de la totalidad del legado de La Ira De Dios. Otro de los proyectos de Burga, LIDD pasó por diferentes etapas entre Hacia El Sol Rojo (‘03) y Perú No Existe (‘12), como testimonian los EPs editados extemporáneamente en el ‘20. Decir que LG las condensa todas es una opinión subjetiva y absolutamente discutible. Como fuere, lo que queda claro es que quienes disfrutaron del primer álbum quedarán ahítos/as con el segundo. Y que, donde esté, al viejo Kowalski le arrancará más de una sonrisa escuchar a estos granujas.

Me ha dejado pensando el último largo en estudio de Ionaxs. Precedido por NUBSTAR: Selecciones Vol. 1, esférico que inaugura nueva línea de lanzamientos Chip Musik consistente en panorámicos de nombres que acreditan amplio prontuario editorial, Jorge Rivas O’Connor parece haber sobrellevado una drástica metamorfosis; más que cualquier otra sufrida durante sus 21 años de labor artística -pero acaso no del todo inesperada.

Acrónimo imperfecto de “out of place artifact” (¡ajá!), Oopart (22/11) abandona casi por completo esas zonas francas que el individualista visitase continuamente desde que saltara al ruedo con 0.05 MG (‘03), y que han sido exploradas sin cesar por la escudería Chip a lo largo de sus 17 años de vida: a saber, las electrónicas post IDM y post rave. Que el álbum inicie con “Hipernova”, gaseoso ambient de 60 segundos de extensión, es revelador a este respecto. Durante los siguientes nueve surcos menudearán los intros aquietados de similar ascendencia, rasgo que asoma largamente meditado.

Por supuesto, ello no quiere decir que Ionaxs haya dado luz verde a un disco rebosante de ambient. Lo que sí ocurre es que esa estética se convierte en el compacto estrato sobre el cual cada número es levantado. Tras la obertura, “Anticitera” se ve recargado de programaciones y decorados que guiñan al primer Seefeel (el más volátil), dirección que no llega hasta el final del canal -vira éste hacia un post rock más corpóreo, en sintonía con Sigur Rós o Explosions In The Sky. Los motivos melodiosos e intimistas que libera “Ecopoiesis” en su tramo postrer ven extendida esa estela en la robusta “Numen”, pero ni aquí ni en su precedente son éstos los que dominan las subacuáticas atmósferas, pues ambas composiciones se hallan montadas sobre endoesqueletos de pulcras secuencias downtempo.

Podría afirmar también que la segunda variedad más cultivada en Oopart es la del post rock, y que tanto ésta como la del ambient suben sus bonos cuando más se echan de menos las programaciones. Si bien lo segundo es corroborable, no necesariamente lo primero. Aunque “Inmarcesible” incide de nuevo en las tersuras hídricas y se prodiga en ornamentación, y “Flor Lunar” posee una naturaleza oceánica/abisal/azul, “Panspermia” luce atributos jazzy de refrescante asincronía. De modo que no es una regla estricta. La epilogal y deliciosa “Desde El Cielo Más Pálido”, por su parte, debe ser lo más ambient synth/lo más 80s-en-clave-sci-fi/lo más dreampunk que alguna vez haya firmado Rivas O’Connor.

Sólo en la dupla de temas “Aetherium” y “Paralaje Estelar”, siento todavía vivito y coleando al viejo Ionaxs -el de armazones brillosos, el de ángulos y rebotes imposibles, el de pulsiones digitales copiosas en color. Si fue un guiño de despedida o no, sólo Jorge puede esclarecerlo. De cualquier modo, el binomio -que debiera tal vez haber quedado en un único tema equivalente a la extensión de ambos- sólo matiza/contrasta este extraño LP de Ionaxs (¡qué manera de exprimir el diccionario a la hora de los bautizos!). Ignoro si es una excepción, y tampoco sé si será a partir de ahora la regla en el universo creativo del limeño. No es mal CD, pero acusa ausencia de una mayor firmeza, o bien de una mayor fermentación. Muchas de las dudas que Oopart planta, se despejarán con la siguiente entrega.

Hákim de Merv

jueves, 26 de diciembre de 2024

Juan Nolag: Past/Future // Solenoide: Solenoide // Calefactor: Desrealizaciones

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 18 de diciembre de 2024.)

Past/Future debe ser el primer título en la producción de Nolag que noto reflexiona sobre la cotidianeidad humana partiendo de aquello que ésta crea/concibe como cultura, antes que de su vida interior. La introspección había sido la perspectiva por la que se decidiese el chaplín de Juan Esquivel en el primigenio Echoes EP (‘18), y se había mantenido así hasta Fragmentos, mini-LP resultado de su experiencia vital durante los días duros de la pandemia del COVID-19. Editado casi exactamente dos años después (se adelantó dos días), esto ha cambiado con el nuevo material.

Primer largo en sentido estricto, Past/Future parece refrendar la alteración volcándose absolutamente hacia el imaginario retrofuturista del que se nutre su estética. Me explico: Juan Nolag ha empleado desde siempre la textura que proveen sintetizadores y teclados de los 80s, herramientas que conllevan inherente un plus sci-fi. El modo en que opera la Ficción Especulativa consiste en normalizar elementos futuristas para contar historias o describir situaciones adscritas a esas realidades eventuales posibles, siendo poquísimas las oportunidades en que estos medios se convierten en fines y continúan teniéndose en pie. Algo similar ha ocurrido en el caso que nos ocupa.

¿Y entonces... funciona? Curiosamente, sí. No siendo más que un simple aficionado al género, me he sentido a gusto entre sus añejas postales de la Guerra Fría, sus inteligencias artificiales autoconscientes, sus postreras noches desperdiciadas junto a quien no volverás a ver, sus ilusorias velocidades. Porque, más allá de los relatos que inmortalizan los grandes hitos de la Ciencia-Ficción, sus escenarios y modos permanecen (o no), se retroalimentan (o no), evolucionan (o no); fascinando siempre a quienes habitamos en su pasado (o el pasado de alguna de sus dimensiones paralelas).

Por eso me ha imantado Past/Future. Me encanta su primera sección, en la que el synth pop, la new wave y el minimal synth se zambullen hasta el tuétano en la nostalgia más dulce; fundiéndose en un retrofuturismo ochentero que purga el cyberpunk de sus predicciones sci-fi a la vez que antepone las sonoridades analógicas envasadas en medios tempos: “What Do You Regret About?”, “Those No Fear Moments”, “Goodbye Summer Girl”... Y me fascina su segunda parte, que mantiene el timing pero como si no, porque el arsenal tecnológico del tecladista de Catervas se afana prodigándose maravillosamente en vertiginosos arreglos y en aceleradas ambientaciones que trascienden el aliento narrativo para incidir en las formas: “A Dream About The Future”, “Speed Is An Illusion”, “Bittersweet Destiny”.

Ideal para fans de Castlebeat, Trans Active Nightzone y sobre todo Droid Bishop; Nolag ha conseguido en Past/Future invertir sutilmente procedimientos y renovar interesantemente las facciones de su sonido. Bonito lío en el que se ha metido, empero. Como sucede con la mecánica transformada en metafísica, el medio transmutado en fin tiene un incierto periodo de existencia funcional. Lo que suceda en adelante, aún dependiendo exclusivamente de su talento, es un misterio.

La promesa del extended debut hecha realidad. Música que enternece, que sacude, que abrasa, que escarcha. Música que es fragor transformado en melodía, que es sublimidad devenida en ruido. Música que se contradice desde su naturaleza aporética misma, y que se reafirma desde cada una de sus paradojas. Música luminosa y profusamente conmovedora, a despecho de sus recurrentes figuras algentes e imponentemente nocturnas. Música dolorosamente vital, de frecuencia y energía idénticas a las que ofrendasen sus veteranos mayores, hace poco más de tres décadas...

Solenoide se estrena en 33 rpm con muy poco que objetar y muchísimas virtudes que ponderar. Entre ellas, las relativas a los principales logros concluyentes del shoegazing, que ya se venían poniendo en práctica desde su primerísimo Casa De Islandia EP (‘23) y que aquí ascienden a altitudes extremas. Cierto, el extended ha sido incorporado al 100% en el track list del largo, que ha reemplazado la edición de un segundo EP del que probablemente también se haya repescado todo el contenido (testeado en directo al menos unas cuatro o cinco ocasiones). Sin embargo, no es menos cierto que esa incorporación ha sido hecha con tino cuando menos plausible.

La primera mitad de Casa... EP da la bienvenida en Solenoide, y no queda sino envidiar a aquellos/as que no han escuchado previamente ni “Cartarescu” ni “Casa De Islandia”. El emotivo sosiego que emana de ambas canciones te habla de una fortaleza decibélica que no se apresura en mostrarse, de una otoñal estoicidad pop con que pacientemente capturar en instantáneas/urdir preciosas viñetas de atardeceres infinitos, envueltas en distorsión y melancolía. Algo más de empuje y locura es añadido en las subsiguientes “Diamante Azul” y “Nunca”, moviéndose el centro de gravedad del filón dopamínico del ethereal noise -Slowdive en sitial de honor, Bowery Electric, Swallow, Half String- a la esquina más quemada y avezada -Lush, Pale Saints, visiblemente My Bloody Valentine en “Nunca” y sus dos guitarras que parecen cuatro-. Sin dejar de susurrar a nuestros corazones, claro.

“Espejo” y “Maquillaje”, este último de temática LGTBIQ, son cortes en que el quinteto limeño se despercude por completo. No sólo las eléctricas de los Óscares Chávez y Contreras economizan recursos y rebanan como navajas de rasurar, sino que los bajos de Laura Rosales y de Héctor Espinoza y las baquetas de Renzo López acceden a la palestra para protagonizar momentos verdaderamente estelares, sobre todo López. Entre ambos números, media “Centinela”, perteneciente a la primera etapa de la banda y adecuadamente recuperada como el delicado e interminable adiós de un onírico episodio noctívago. Quizá su impacto se hubiera potenciado más aún situándole incluso luego de “Sonqo”, pista insular en el todavía corto repertorio de Solenoide. “Corazón” en quechua, “Sonqo” se sale raudamente del molde baggy acogiéndose a la tradición 80s de pop exquisito y sofisticado, lo que algunas voces han tomado como licencia para hablar de un álbum de tesituras post punk (no coincido): The Church, The Chameleons, los Talk Talk del perfecto The Colour Of Spring...

La placa dispone hacia su final la segunda mitad de Casa De Islandia EP: “Tiananman” y “Macabea”. Surcos ambos que reconducen al grupo al redil del shoegazing, del primero siempre es menester elogiar su fantástico “cambio de paso”, cortesía de la admirable técnica de Renzo. Sin negarse a la percusión de golpe inquieto, “Macabea” despide a este Solenoide en olor a almíbar y a tormenta marina. Y a literatura. Culmina así una jornada brillante, con Espinoza y Rosales compartiendo/intercalando minutos frente al micrófono, producida nuevamente por el enorme Mario Silvania, grabada en Estudio Tamboril de Christian Vargas y en Studios Audioqubo de Juan Esquivel, mezclada por este último y masterizada por el batero de Slowdive Simon Scott. En portada, repite el plato Paul Lazarte. Candidatazo a disco del año.

Alentadora irrupción la de Calefactor en la escena independiente de experimentación electrónica. Tras del seudónimo se esconde un joven y entusiasta Luis Vásquez, que cuenta ya con determinada experiencia investigando/interrogando sonidos de síntesis y procesos digitales, background al cual el explorador suma sus almanaques de aprendizaje como nativo digital. El primer canal que publicara, “Pieza Para Corto”, se subió a Internet en el ‘18, en fecha significativa para el antifujimorismo (5 de abril).

Desrealizaciones es la puesta de largo de Vásquez (27). Colgado en la veintena de agosto, el artefacto compila una mano de composiciones que el capitalino ha ido desarrollando desde hace bastante tiempo, según expone en la sumilla de BandCamp -lo cual debe ser verdad, considerando una aventura anterior etiquetada bajo el mote de Industria Del Terror, de raíces más audiovisuales y emocionales que del abolengo industrial que su nombre involuntariamente sugiere.

De principio a fin, Desrealizaciones es un vendaval de chirridos informáticos. La brevísima apertura de “Inundación”, 42 segundos, tiene la complexión de un ambient concebido en el seno del ruido digital que implosionó durante los 90s. Los dos siguientes capítulos, “Compu2000” y “Compu2001”, integran una larguísima suite de aproximadamente 23 minutos de extensión. La reventazón de contaminantes texturas electrónicas al por mayor no se manifiesta desde el arranque, ni es constante, aunque se siente en estado latente del primer minuto al último. Cuando el crescendo le entrega el estrado, este cúmulo de atmósferas convulsas responde alternativamente al influjo de un IDM flamígero de hechura Autechre circa ‘95 y al rugido de un drum’n’bass en clave de demencial breakcore. Que tal cosa sea posible se debe tanto a una cierta afinidad natural entre ambos estilos como a la flexibilidad que ha alcanzado el input del unipersonal.

Más que prolongaciones de temas precedentes, “Después De Morir” y “Rotafono” responden a la tónica general del acetato. El huracán de imperfección binaria que envuelve estos rounds finales ahora se acomoda más al intelligent techno de los 90s y, en parte, a la electrónica post rave que dominó el último decenio del siglo XX. En el caso de “Después De Morir”, ese IDM de hiperkinéticas evoluciones geométricas queda uncido al Aphex Twin de estocadas como “Start As You Mean To Go On” o “Wax The Nip”. Mucho más reposado, “Rotafono” opta por un IDM eufónico, en la línea de unos Global Communication y en comunión con el último Aphex que valió realmente la pena (el del doble Drukqs).

Más que llamativa la propuesta de Calefactor. Desrealizaciones le posiciona -en el buen sentido del término- como infrecuente diletante, al modo de otro individualista de polendas en esa franja liberada que es la electrónica nacional del nuevo siglo: Prado. Lo sugerente en Vásquez es que, pese a los grados mayúsculos de abstracción que alcanza, su alias no prescinde de la fibra emocional inherente a los referentes noventeros de pro. Ésa es la ventaja que por ahora le posiciona en lugar expectante.

Hákim de Merv

jueves, 19 de septiembre de 2024

Silvania: Aeolian / Nazca (A Maria Reiche)

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 11 de septiembre de 2024.)

Próximo a acabarse octubre del ‘23, Mario Villayzan puso nuevamente en práctica aquello que condensa la sentencia “la rutina de lo imprevisible”. En promedio, había trascurrido un año desde el lanzamiento de Banda Sonora Para Cometas Y Halos Lunares, pese a lo cual el único integrante  fijo  de  la  saga  Silvania  sometía a consideración  todo un nuevo disco -con seguridad, el más extenso en la voluminosa discografía del célebre alias. También, el que más sutilmente contravenía los pronósticos sobre el derrotero a seguir en un futuro inmediato.

En efecto, Banda Sonora... se enfocó en las vertientes electrónicas alentadas por el otrora dúo, lo que inducía a especular en torno a un cambio de dirección respecto de Todos Los Astronautas Dicen Que Pasaron Por La Luna (‘21). ¿Bajo qué parámetros? Se pensaba que los mismos de Juniperfin (‘97), del Suprematiz EP (‘97), del Naves Sin Puertos (‘98). Aeolian reposiciona a Silvania como notorio habitante del planeta electro, sólo que afincado en el continente de donde es oriundo el ambient pop. Basta con empezar la reproducción del plástico para comprobarlo -el empuje vitalista de “Ella Es Un Arcoiris”, plasmado en maretazos de almíbar digital.

De allí en más, son muy pocas las ocasiones en que Mario prescinde del fuego que entregase The Blue Nile en los 80s, y que aquí cuenta ya con una tradición de cierta antigüedad (de Jardín Solar a Aural Noise, pasando por Dispositivo Sueños, Polvos Azules, Blind Dancers e incluso Ciëlo según qué jornadas). Podría hablarse de la espartana austeridad de “A Derek Jarman” (en memoria del recordado cineasta británico que filmase Jubilee y rodara videos para artistas como los Pistols, Pet Shop Boys o los Smiths). Podría sumársele asimismo la lírica ensoñación glacial que emana de “Felt (Saoirse)”. No mucho más, por no decir nada más, salvo quizá “Julia Song” y su liviano tono avant garde.

Utilizando elementos estéticos de otros territorios (sendos guiños al hit de Salvatore Adamo “Es Mi Vida” y al shoegazing en “Nuestra Historia”, al lado más diáfano de M83 en “Constelaciones”), apelando a tinturas flemáticas con que pintar la melancolía y la nostalgia invernales (“Canción Para Nadia”, “Elizabeth”), suprimiendo criteriosamente el empleo de secuencias para abrillantar las vírgulas infinitas del Cygnus Space o del Arp Solina (“Canción De Las Esferas”, “Aeolian (Aire Song)”)... Así logra el músico limeño diversificar el cariz de Aeolian, cuya duración rebasa los 79 minutos sin que el oído muestre signo alguno de fatiga.

Todo lo contrario. Es de agradecer el ambient pop facturado en esta entrega por Silvania, de plácidas ambrosías etéreo-electrónicas (“Sinestesia-Oyendo Los Colores”), de prístinas reverberaciones que arramblan el oscuro vacuus interestelar (“Celeste Dice”), de melodiosos soundvenirs (“Felt...”) y sidéreas resonancias celestiales (“Solina - Melancolía”). Resulta fútil arriesgar ahora pronósticos, por dos razones. La primera es que Aeolian ya tiene sucesor, de más bien corto minutaje. y la segunda, es que permite éste vislumbrar en Mario un pathos que prefiere moverse priorizando el momento y la intuición por encima de la planificación y la razón.

Para la quincena de mayo, Silvania da a conocer a través de su cuenta en BandCamp un artefacto a medio camino entre mini-álbum y largo. Igualmente por intercesión de Celeste Discos, la nueva rodaja presume su naturaleza admirativa desde el título. Nazca (A Maria Reiche) es -como también ocurre con la homónima identidad paralela de Miguel Ángel Elescano (DJ Locopro)- el homenaje personal de Villayzan a la fallecida científica alemana, que consagró su vida al estudio de las famosas líneas prehispánicas sitas en Ica.

En este conciso volumen (poco más de media hora), Mario siembra y favorece una variedad de ambient pop a la que se le siente bastante cercana a la IDM noventera. Algo así como un híbrido entre el mejor Dreams On Board (el de Wishes, ‘15) y el intelligent techno de calado intermedio (LFO, B-12, Locust). Bajo determinadas condiciones, la antedicha cruza puede sentirse más cómoda acercándose a la accesibilidad melódica (“Reiche”) o aproximándose a las geométricas complejidades de la electrónica post rave (“Otra Luna . Desde El Cielo”). Una oscilación nunca lo suficientemente extrema como para privarse de anclas que le retengan en campo contrario (“El Astronauta” incluso se permite coquetear con la lúdica circular del drum’n’bass).

Abriendo la segunda mitad de Nazca..., “Colibrí” saca chapa de outtake repescado de las sesiones de grabación de Aeolian. Aquí, sin embargo, lo que suena es un theremin vagabundeando sin cesar por estratos superiores del pentagrama -casi cósmicos. En idénticas coordenadas se plantea “Nazca Song”, que reemplaza al instrumento de origen ruso por los Arp Odissey y los Ocean Swift, los Dx 7 y los Cs 80 Yamaha, habituales todos ellos en el opus previo. De otro lado, ubícase “Maria Dice” bajo el mismo signo que “El Astronauta”, volviendo al redil del ambient pop transfigurante. Diferente, pero en cierto modo parecido: aunque el track no dispone de un soporte de estructura secuenciada, el lugar de éste es ocupado por tintineantes teclados que hacen levitar la melodía entera, suspendiéndola entre esos mundos que ahora surca Silvania.

Con Nazca (A Maria Reiche), cuyas composiciones registradas el año pasado samplean a la erudita germana a destajo, conmemorando así los 120 años de su nacimiento; queda manifiesto aquello del modus operandi intuitivo, que obra a partir del temperamento y de la disposición anímica del aquí y del ahora. Ésa es mi impresión final, concerniente cuando menos a estos trabajos: como sucediera en su momento con los estetas Vinny Reilly (The Durutti Column) y Michael Rother (ex Neu!), Mario parece haber encontrado su propio espacio más allá del nombre de Silvania y el prestigio/peso que comporta. En adelante, tal vez no hayan tantas novedades como antaño, cualitativamente hablando, si bien eso no tiene por qué opacar el fulgor de cada nuevo parto por acaecer.

Hákim de Merv

jueves, 28 de diciembre de 2023

Mongo No Stars: Lowlitio // Alunaki: Alunaki // Ionaxs: Antotipia EP / Portrait In The Postcard

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 20 de diciembre de 2023.)

Tras la impresionante entrada que le significó Neofhyte Miscellanea, coronándose en mi opinión como mejor largo nacional de 2021, le ha tomado un par de años a Mongo No Stars reintegrarse a la carrera en que participan las agrupaciones independientes de nuestro siempre vilipendiado Perú. No a esa carrera por competir entre sí para ver quién llega primero a diciembre, ciertamente, sino a una de mucho más largo aliento y complejidad -aquella en pos de la constancia y de la sostenibilidad estéticas. No se trata ahora, pues, de cortar nuevamente rabo y orejas.

Así las cosas, ¿qué ha pretendido hacer el anónimo músico parapetado tras las siglas MNS con Lowlitio? Lo primero que podría argüir es que ha pugnado por implementar una deconstrucción del propio debut. ¿Con qué propósito? Ni idea. Tal cual sucediese en ...Miscellanea, el prologal “Endless Fray” falla como antesala de aquello de lo que se ocupa este segundo capítulo: techno beat, ambient, avant garde en clave de new glitch, piano de inspiración clásica... No todos esos sonidos lograrán continuación en el resto del trip, y los que sí, verán constantemente trastocadas sus proporciones.

En consecuencia, Mongo No Stars vuelve a entonarse con una segunda pista. El acid house de “The Brain Of Our Species”, próximo a convertirse en IDM cristalino gracias a hardware de barroquismo Hi-NRG, recupera el output primigenio del proyecto (al cual todos/as éramos afectos/as). Este ímpetu, empero, se da de narices con el de “Untitled A”; construido sobre bases synth próximas a mutar en proto new beat o EBM, e inoculadas de house y de techno. No son extrañas al alias estas sonoridades, pero aquí lucen excesivamente esquematizadas, sin el protagonismo de las variables presentes durante Neofhyte... -y que hacían de éste un exquisito cóctel báquico.

A partir de “Shark”, Lowlitio encuentra un poco más de orden. Bifronte, qué remedio. En una esquina, canales que se apegan más a la EBM que a la IDM, sin adaptarse del todo a la consabida tímbrica distópica de la primera: el notorio acento tribal de “Shark”, el reverso que le supone el cerebral “La Mente Es Un Cubo”, el ulterior “Sad Ocean Song”, el ominoso maquinalismo de “Untitled 23”. En otra esquina, creaciones que se sienten más cómodas a la vera de la IDM que a la de la EBM, sin renunciar a la permisividad respecto de la segunda: la dionisíaca “Pill Time For Locos II Remix” (que emula los “riffs sintéticos” del soundtrack de The Terminator), la heterodoxia Warp de “Let Rat Eat Each Other” (con extra de sutil ¿techno trax?), la ya mencionada “The Brain...”.

Los dos vértices restantes del cuadrilátero se reservan para sendos surcos que no se ajustan a ninguno de los perfiles antes explicitados. El más atípico resulta siendo el de programaciones y tesitura claramente rocktrónicas, big beat en regla que ya podría haber firmado Theremyn_4: “Tigh Rope”. No menos sorprendente es el otro, el único de toda la travesía que obtiene plausible equilibrio oponiendo su herencia new beat a su contraparte intelligent techno: “Essen”, el híbrido soñado.

Artefacto extraño este Lowlitio. Aunque se robustece de los mismos nutrientes que NM, se le siente... No, ES más disperso y desordenado que su antecesor, del que se echa de menos la primorosa cohesión exhibida y el sentido del timing. Si le alcanza, débese principalmente a dos peculiaridades: la colección de sampleos que acredita Mongo No Stars (Reservoir Dogs en “Untitled 23” y Scarface en “Pill Time...” los más reconocibles, ambos curiosamente gansteriles referencias cinéfilas) y el hecho de tener todos los tracks un desenlace apresuradamente brumoso.

Era un reto tomado de manera muy personal por Raúl Begazo publicar, antes de que acabe el ‘23, un tercer episodio de su unipersonal Alunaki. Contra viento y marea, éste aparece disponible online el 11 de noviembre, exponiendo algunos puntos flacos en cuanto a forma y a contenido. De lo último puede dar fe la performance del arequipeño como cantante: siendo “Flores De Cáctus” (sic) el prototipo más acabado de la modulación vocal a que debe aspirar, en el resto de sus pares no-instrumentales la voz trasgrede el canon que a ella reserva el shoegazing.

Y en lo que atañe a la forma, la fotografía del álbum luce un tanto opaca. No es éste, impecable, el que presenta problemas, sino su aspecto: por mucho que los números hayan sido esmeradamente construidos, e insuflados de un brillo augusto, no puedo evitar sentir un tamiz entre ellos y yo -como si se hubiese añadido interpuesta una capa de jaspe, que impide a la epónima rodaja refulgir como debiera.

Finalicé el penúltimo párrafo aludiendo al género de Slowdive y de Medicine. Formulados ya mis reparos para con Alunaki, debo añadir que éste se zurra en todas las predicciones habidas y por haber. A inicios del año, en comentario algo tardío dedicado a Sueño Ameba, descartaba cualquier posible vuelta en U para esta faceta de Raúl. Nueve meses después, el mistiano me cierra la boca regresando a las cuencas que recorriese en su primerísimo Telescopio. O mejor dicho, a la principal de ellas. Queda de lado, entonces, el tripgaze que momentáneamente rozó SA.

Plus: es en el dream pop donde al pundonoroso guitarrista se le siente como pez en el agua. Abre la carrera “Misantropía”, con una eléctrica incandescente y ululante que inequívocamente remite al baggy clásico -y en muchísima menor medida al post punk. Aunque otros rounds del CD van en la misma senda, en ninguno de ellos reeditan las seis cuerdas la brutal intensidad del arranque, si bien consiguen éstos emulsionar apropiadamente la fórmula ruido + melodía. Uno de ellos es “WiGa”, de tesitura bastante más reposada debido a la implementación de dosis precisas de templanza y de melancolía: sus facciones cogitabundas me hacen pensar en Half String y el arte que éstos cultivaron gracias a la cualidad espectral que emanaba de sus puentes. Otro arquetipo de aplicado apego al ruido angélico de arte y ensayo es “Tu Luz”, viñeta de resplandecientes crepúsculos ensangrentados. Y una tercera muestra es “Flores De Cáctus”, apacible euritmia de calculados vendavales distorsivos.

Bajo estos patrones “modélicos”, se encuadran los demás temas de Alunaki. A veces, forzando los límites hacia capas atmosféricas dominadas por el bliss (el seráfico “1978”), a veces priorizando las artificiales secuencias sintetizadas (“Puertas Cerradas”), a veces burilando faenas perfectas en ejecución y método (“Recuerdos Olvidados”). Pese a poder equipararse el recorrido en-constante-cambio de este trabajo al de los quiebres de ángulo que ofrece una montaña rusa, lo concreto es que no abandona ni un minuto el formato ethereal noise -apelando en tal sentido a las vertientes de sus diferentes avatares: Seely, Pale Saints, Kitchens Of Distinction, Mellonta Tauta, Chimera, Guitar...

Como no podía ser de otro modo, el colofón lo rubrica un corte plácido, nostálgico, de percusiones mínimas. En “Calma”, la eléctrica se desliza elegante, sobria, taciturna. Ello no impide que su epílogo suba decibeles hasta convertirle en iterativo arrebato noise de intempestivo KO. Instrumental, para más señas.

A título de adelanto a lo que sería su nuevo plástico, sexto en una andadura que ya ha cumplido las dos décadas, el 28 de septiembre pasado Ionaxs edita el Antotipia EP. Empacados para descarga gratuita, sus cuatro asaltos pueden tomarse ahora como zona ecuatorial entre la obra solista anterior de Jorge Rivas O’Connor y la más reciente placa. ¿Acercándose o alejándose de ésta? Muy buena pregunta, ya que existen argumentos tanto para afirmar una cosa como la otra.

El propio extended describe una suerte de loop, ya que el telón arriba que supone “Estamos Jugando En El Jardín” y la postrera luz de “Antotipia” despliegan sendas manifestaciones de una ars electronica suspendida entre el ambient encrespado de ruido y el drone digital desgajado a partes iguales por la abstracción y la eufonía. Uno y otro por igual me dejan pensando cuánto pesa todavía sobre las huestes de avanzada la influencia del que fuera considerado el mejor disco electrónico de los 90s gestado en España: Naves Sin Puertos (‘98), de nuestros amados Silvania.

No hay loop, por supuesto, sin movimiento orbicular; y éste corre por cuenta de “Con Los Restos De La Lumbrera” y “Mientras Florece En El Invierno”. Sin evitar participar de la génesis descrita en líneas anteriores, toman cierta distancia para acercarse al multicolor electrogaze de estos tiempos: mucho ludismo, reflejado en el aliento entrecortado de sus patrones texturales, abriendo las puertas de la distorsión sin renunciar a los bpms. El agraciado efecto conjura rizadas/onduladas imágenes teñidas de tonos burdeos, como desenfocadas a través de algún filtro líquido.

¿Sería otra mi perspectiva si hubiera escuchado antes el EP y semanas después el novísimo Portrait In The Postcard? Imposible adivinarlo ya. De ahí la necesidad de recurrir a la figura de un “territorio neutral” para esbozar la anatomía de este Antotipia. Funciona, eso sí, como apropiado entremés de cara al siguiente paso en la carrera de Ionaxs; con el literario guiño extra del breve cuarteto poético que proponen los nombres del menú si se les lee juntos: “Estamos Jugando En El Jardín”, “Con Los Restos De La Lumbrera”, “Mientras Florece En El Invierno", “Antotipia” -o la técnica fotográfica fundamentada en la capacidad fotosensible de algunos pigmentos vegetales, responsables de la coloración de las plantas.

Y hete aquí que un día volvió Rivas a tamaño 33 rpm. La última movida similar había sido Amuki (‘20), inasible y compleja dado su leitmoiv fúnebre y conmemorativo. Tras pausa de tres años y muchas colaboraciones estelares, Ionaxs da un paso adelante en su devenir como acto individualista, lo que no necesariamente le posiciona en nivel inédito. Al menos no en un 100%.

Me explico. Con el antecedente inmediato de Antotipia aún fresco, estaba listo para que Portrait In The Postcard sacara lote en cualquiera de tres escenarios posibles: el similar al del extended, el que ahondase en lo que éste prometía, el que virase en redondo de vuelta al clásico Ionaxs. Pero mentiría si dijera que no estaba predispuesto a esperar que aconteciera lo segundo -una consolidación/profundización en la ruta sindicada por el EP. Eso fue lo que finalmente encontré (¿o quise encontrar?).

Con denominación tan indiciaria como la suya, desde el primer minuto “Arrebol” me hizo recordar la acuosa serenidad de Sukha, el mejor disco del colectivo Puna -que Rivas integra- y uno de los hitos independientes de 2019. En el mismo sino que el segundo esfuerzo conceptual de la mancha “puneña”, su enyunte de sintetizadores, efectos y software anuncia mezclas más volátiles y copiosas de paradigmas como los representados por Main y My Bloody Valentine. Subraya asimismo “Arrebol” las obvias diferencias con Sukha: la falta del pulso percusivo inconfundible que confiere un baterista real (Leko López) y su pigmentación de otro orden. Ambas características se ven confirmadas por “Nublar”, de espaciosas/oceánicas atmósferas que optan por tintes granates y cuya distendida programación soslaya medianamente esa ausencia. También “Aquí Quedan Tus Postales” confirma dicha apuesta, con su calmosa aura 50/50 electrogaze y ethereal glitch, y su invocación de matices enraizados en el rojo.

Sin obviar el talante general del volumen, entre “Bromo” y “Líquido Digital” se ensimisma Jorge en viajes más arduos, desprovistos de la deliciosa miel bermeja/bermellón que colmaba la primera parte. Aquí ganan el pulseo la electrónica contemplativa, el ambient aguzado, los beats menguantes (o la falta de ellos). Una terna en que las calologías se dispersan/disocian, dando paso a resonantes pasajes senescentes que así y todo cuentan historias de arroyos y de escarlatas, de puquios y de carmesíes. Posteriormente, llegamos a “Donde Nace Brillo”, que podría catalogarse como el lunar pero también como el “área de descanso” del acetato; por cuanto implica un regreso del Ionaxs netamente digital, IDM, post rave, rep(l)icante -con todo, conectado a la nueva aventura.

Para “Cueva De Ánimas”, retornan renovados a escena esos beats del primer segmento que se esforzaban en reemplazar a las baquetas “orgánicas”, por lo que se trata de la parada más jazzy de Portrait In The Postcard. Finaliza éste regresando a sus primeros estadios, donde el shoegazing “binario” y el glitcheo de celestial bienaventuranza convivían en líquida y sosegada comunión. Primero, con la perenne declinación del fugaz “Perfecto Error”. Luego, con la imponente “Infusa”, de épicos ribetes: secuencias invencibles de rossos tiznes, salpicadas de guitarras etereoespaciales, invadidas de ruido hecho glitch y de distorsión domeñada a propósitos afiligranados. El corolario idóneo para un opus que reinterpreta los descubrimientos del Puna más interesante a través de cárdenas lumbres, el último candidato a mejor larga duración del ‘23.

Hákim de Merv