(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de diciembre de 2025.)
Surge Evelia, Surge (‘19) de Parahelio es
de los pocos esfuerzos independientes que obvié en su día, dejándole sin
comentar. Malo no era, pero algo en la propuesta me disuadía de sentarme a
escribir sobre sus virtudes y defectos. O de repente era yo quien me hallaba
entonces incapacitado de concretar un acercamiento exitoso al esférico. Ahora
que Christian Ortega y Rodolfo Ontaneda, dos de sus guitarristas, se presentan
en 33 rpm con Sueño Púrpura; será motivo para volver al unigénito volumen que
legase el ¿desaparecido? conjunto.
Sueño Púrpura no es Parahelio. Mucho menos,
una versión corregida y aumentada. Eso no impide que ambas formaciones
compartan algunas características, sobre las que abundaré luego. Fundada a
mediados del ‘22, la nueva entidad de los ex Parahelio cultiva sonoridades que
cabe tipificar de enteógenas. ¿Significa que el proyecto toma plazas en la
psicodelia o en el kraut rock? Mi opinión es que no, más allá de puntuales
ramalazos. A decir verdad, es complicado asignar al quinteto estilos específicos.
Si me avengo a ello, se debe a razones estrictamente cuantitativas,
relacionadas a la (re)incidencia en que encajan las composiciones.
Para Sueño Púrpura, lo más trascendente de su
obra es el aspecto instrumental de la música, rasgo heredado de Parahelio. El
soporte rítmico de Juan Camba (batería asimismo en Búho Ermitaño) y de José
Andrés Lezma (bajo) no cesa de prodigarse durante los más de dos tercios de
hora que se dilata Souvenir. Complementariamente, las eléctricas de la
sociedad Ontaneda-Ortega manejan la distorsión engrosando sus capas o
disipándolas, mediante estallidos atronadores o deflactaciones instantáneas. De
este modo, puede afirmarse que los largos segmentos instrumentales del vinilo
son a un tiempo robustos y altamente volátiles.
A dos colores recurre de continuo el acto que
completa Jandy Torres (vocales). Uno es el post rock de segunda generación,
entronizado en Surge Evelia... El otro es el shoegazing de Pale Saints y
de My Bloody Valentine -los de Leeds cuando el Ruido se mantiene en mínimos
(“Granate”), los de Dublin cuando necesita éste reventar dentro de tus canales
auditivos (“La Niebla”). Estos visos nunca llegan a mezclarse, sino que se
suceden (“Sueño Púrpura”), o a lo sumo se intercalan (el entusiasta viaje
estelar que supone “Mora”). Otra tintura a tener en cuenta es el slowcore (“El
Tiempo Es Una Flor”, “Luz Inerte”), a pesar de que su melancólica figura
aparece únicamente en secciones introductorias, no alcanzando así cantidades
ponderables.
Rodaja de euritmias reverberantes y
orgánicas, enSouvenir la voz podría llegarse a tener por accesoria, en
el sentido en que podría considerársele así también al interior del baggy. A
veces transcurre más un minuto antes de que la oigamos, tal cual los limeños
saltan del post rock al ethereal noise (y viceversa) más de un minuto después de
iniciado un track. Sus catárticas explosiones no sofocan la intensidad de sus
tonalidades, ni extinguen sus cortantes golpes de timón el fulgor de sus
hambrientas brasas. Más que post y shoegazing, la paleta de Sueño Púrpura está insuflada
de rock casi instrumental y de noise rock a secas, lo que convierte a todas sus
etiquetas en potencialmente circunstanciales. No consigo adjudicar a Souvenir
una mejor corona de laurel que ésa, si fuera menester.
He estado rumiando sus buenos meses los EPs
con que se ha dado conocer Ficticio a inicios de año, confiando en llegar a un
juicio distinto del que me reportasen las primeras impresiones. Considerando
que se trata de una banda nueva, de músicos a quienes probablemente doblo la
edad, y que el indie del nuevo siglo en modalidad pop es terreno fértil para
bluffs y estafas al por mayor; me la he jugado por el comodín que supone el
beneficio de la duda cada vez que he repasado tanto la puesta en corto Comenzando
Desde Cero EP (enero) como el subsiguiente Ficticio EP (febrero,
equivocadamente tenido por entrée absoluto).
¿Es Ficticio una agrupación hecha y derecha?
Quién sabe. Se alude a cierta alineación estable en directo, integrada por Paula
Sáenz en guitarra, Matt Palacios en baquetas, Carlos Suárez al bajo y Fabián
Maslucan frente al micrófono. En estudio, parece ser otra la situación. Su
página Facebook no incluye ninguna foto del line up, y sí una representación
abstracta donde no hay sino puro calzoncillo. Tampoco arroja mayores luces su
cuenta en YouTube Music. De lo que sí podemos estar seguros/as es de la identidad
de su ¿líder?/¿único animador?/¿principal responsable?: Maslucan.
Comenzando Desde Cero EP apenas excede la
quincena de minutos. Se suceden los acordes finales de su apertura, “Nada Se
Terminó”, y ya podemos vislumbrar una imagen bastante precisa de lo que audicionaremos
hasta el último segundo del cierre “Nada Es Fácil”. Pop/rock simple y chato en
extremo, demasiado elemental, que sólo en determinados tramos cada tanto
recuerda al bedroom pop. En el mejor de los casos (“Entre Los Dos”), el
extended huele a modern rock noventero traumáticamente desvalijado. Pese a que
las letras recuperan la filia naif de nombres como The Story So Far o Brand
New, el daño está hecho. Para peor, la performance vocal es asaz desabrida -su
punto más bajo: “No Puedo Escapar”.
Las cosas mejoran en Ficticio EP,
aunque no tanto como para sobreseer el chasco inicial. Las canciones del
epónimo extended constituyen mayormente una reconvención, acometida a
conciencia por Fabián, de lo mostrado en el episodio precedente. Es decir, Ficticio
EP es una suerte de Comenzando Desde Cero EP 2.0. Letras más intimistas,
más cercanas al/a la oyente, y por lo tanto más sinceras; a la par de una
austera readecuación vocal. El esmero que no se percibe en Comenzando...
EP se ve aquí reflejado en una drástica reducción de clichés rockistas, que así
y todo no decrecen hasta cero. Ejemplo palmario de esta renovación: “Sin
Tierra”. Pasos más allá: “Horas” y “Serú”.
Por desgracia, Ficticio EP no basta
para arrancar de la medianía al “cuarteto”. A la luz de lo paladeado en los
EPs, Ficticio no es sino un combo más. Nada le distingue, nada le
particulariza. Nada, al menos de momento, me hace abrigar la esperanza de una
evolución sostenida que desemboque no digamos ya en un sonido original, sino en
algo verdaderamente sentido. Se ha hablado de shoegazing y de dream pop. Ni
cagando. El pop/rock de ribetes indies que practica Ficticio es tan cansino,
que deviene en genérico, cuando no en derivativo. Y no veo, por ahora, cómo va
a escapar de ese empantanamiento.
Tres años después de Ya Tengo Nostalgia Por Conversaciones Que Tuve Ayer, regresa a escena Santa Madero, convertido
ahora en dúo. En el interín, abandonó la terna el guitarrista José Luis
Gonzales, recayendo la continuidad del alias en el tecladista Dan Joe Salazar y
en la cantante Karina Castillo. Quizá sea ésa la principal razón por la que su
silencio discográfico ha abarcado poco más de tres calendarios, aunque debe
atenderse igualmente al grado de separación existente entre los réditos del
debut y los de su nueva producción -que no por nada lleva el título de Los
Años Difíciles.
Llamaba mucho la atención la impronta de
Entre Ríos que Santa Madero izaba en el estreno, por cuanto exponentes de
indietrónica no han abundado en Latinoamérica, menos todavía en el Perú. Tras
las primeras escuchas, pareciera que Los Años Difíciles le hubiera hecho
a un lado. En su reemplazo, esa electrónica argéntica y plastificada que
fagocitó al synth en los 90s se posiciona en primeros planos a lo ancho del
nuevo álbum. Sin embargo, conforme el lector pasa revista una y otra vez al CD,
descubres que el género de múm y Ulrich Schnauss late aletargado bajo la
epidermis -salvando las distancias con tamaños referentes, naturalmente.
Desde el vamos, el output de asociaciones
como Republica o Garbage aflora actualizado en “Mi Ciudad Es Genial” y
siguientes. El electropop impermeable de secuencias recargadas, de letras
optimistamente irónicas y de actitud entre desencantada y hedonista, remite sin
cortapisas a la última década del siglo XX. Es con “Oye” que se produce un
cambio de ¿dirección?/¿percepción?, si bien no tan evidente, sí sustancial. De
tiempos perfectamente cuadrados, la de “Oye” es una lírica irónicamente
optimista, que esparce fragancias agridulces mientras afloran los resabios
indietrónicos bien disueltos por el factor oxidante del pop.
En adelante, y hasta que LAD finaliza
con “Me He Escapado De La Casa”, dicha solución/fórmula no se verá mayormente
alterada. Tal vez la única excepción sea “Por Mientras”, de espíritu más
entero. El resto participa de esa animosidad delicadamente pesarosa y amarga
que, no obstante, prefiere mostrarse impoluta de tal mácula: “Mejor Me Muero”
(el nombre lo dice todo), “Ya No Me Sueltes”, la ingenuota/dolorosa “Me He
Escapado...”, la acibarada “Toma Tiempo”, la preciosa y ágil “Bodas De Papel”
(de hermosos contrastes).
Más allá de un esmerado diseño de sonido y de
una ejecución impecable, merece destacarse la performance de Karina Castillo.
La muchacha canta como quien acaba de superar penurias mil. Esa entonación/ese
mood le proporciona lustre extra a este puñado de canciones decididamente más
realistas que las de Ya Tengo Nostalgia..., canciones cuya autoría
comparte con Dan Joe y que evidencian un crecimiento firme de Santa Madero
hacia la madurez. (Otros) veintisiete minutos del pop más enjundioso que puede facturarse
en estas tierras.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 12 de noviembre de 2025.)
Venía revoleando ya hacía rato el novel alias
de Los Membrillos, cuando en la veintena de agosto apareció por fin su puesta
de largo, Distimia. Sintomática la elección para el título, que alude a trastornos
de insomnio, cansancio y cambios de humor; todo en uno. La salida de la placa
rubrica así la notoriedad que desde el año pasado cosechaba en medios
independientes la joven agrupación -formada por Daniel Farfán (bajo/voz),
Lilith Villafuerte (voz), Mauricio Rodríguez (guitarra, hijo del frontman de
The Spiracles y ex Resplandor Luis Alberto Rodríguez), Alex Oyola (guitarra/voz),
Marino Obregón (batería) y Alexis Yamunaque (guitarra).
Sí, una formación llena de sangre nueva,
cuyas edades oscilan entre los 16 y los 18 abriles. Es decir, individuos nativos
del siglo XXI, en un mundo en el que las vanguardias han desaparecido o se han gentrificado
en géneros/subgéneros per se. Un mundo, por consiguiente, en el que el pop
contemporáneo se inclina las más de las veces a trivializarse, antes que a
reinventarse. En este contexto, Los Membrillos se entregan en cuerpo y alma al
shoegazing. No son los primeros en hacerlo, total o parcialmente, ni tampoco
los más veteranos: Solenoide, Puna, The Miguel Aragaki Project, Alunaki,
Paisaje 3, Aloysius Acker...
No obstante, hay algo en el disco que no
termina de cerrar. Algo que no guarda relación alguna con la mocedad de los
integrantes de la banda (circunstancia que nunca me ha parecido relevante para
descalificar a nadie). Distimia empieza con “Ultramarr” (sic) y la
influencia más clara queda en evidencia: Slowdive circa Just For A Day
(‘91). Esta precisión resulta indispensable, porque durante sus cuarenta y
tantos minutos jamás llega el estreno a reventarte las orejas, como sí lo
logran los cinco de Reading en Souvlaki (‘93). Si bien un opus de
shoegazing no tiene la obligación de pulverizar yunque-martillo-y-caracol, que Distimia
sostenga ciertas semejanzas con Just For... sugiere que su output alimenta
trasvases hacia otros códigos sónicos. Tal cual su ¿involuntario? modelo.
Asoma Distimia harto borroso para
cánones baggy. No sé si ese acabado es incidental o voluntario. Cual sea la
respuesta, parece un álbum de ethereal noise grabado bajo los estándares
técnicos de fines de los 80s. Algunos de sus guiños apuntan además al
majestuoso revival darkie de Disintegration, mientras que sus momentos de
inequívoco pop remiten al indie más intimista del nuevo milenio (en parabólica curva
que los propios shoegazers de mediados de los 90s recorriesen). En ese sentido,
las canciones de Los Membrillos me recuerdan a lo hecho por Glaare -un maridaje
precioso de dark y shoegazing, cuyo principal hándicap es la falta de mayor
nitidez/limpidez en lo tocante a los nacionales.
No menoscaban dramáticamente estas
consideraciones a Distimia. Hay temas erigidos sobre el desconsuelo,
como “El Gran Cielo” o el fugaz y cuasi acústico “Ciudad Puente”. A otros les
asiste una paleta de emociones agridulces -“Trementina”, “Espirales”, el
melancólico matiz litio de “Ultramarr”. En el balance, el artefacto está lleno
de guitarras aplicadas, impecabilidad extensible al resto de instrumentos. El
ingrediente pop se entalla según amerite, y menudean las ocasiones en que la
voz de Villafuerte acapara reflectores, moviéndose hacia un discreto segundo
plano cuando dupletea junto a la de Oyola o Farfán.
En resumen, correcto play de arranque, algo desdibujado
por esa niebla de baja fidelidad que le envuelve. Sucede casi siempre que el combo
o artista debutante se da maña para homenajear a todos los referentes que
buenamente puede. Distimia no es la excepción. Ahora bien, oscilar entre
el dark y el shoegazing debiera proporcionar un mayor margen de maniobrabilidad
que el que la experiencia ha demostrado posible. A Glaare, sin ir muy lejos, no
le ha alcanzado más que para dos rounds. El segundo paso, entonces, es el que
plantea la disyuntiva. Una que podría capitalizar las pocas oportunidades en
que Los Membrillos imprimen mayores ímpetus a su proceso compositivo: “Millones
De Colores”, “Los Pajaritos”, “Ella Me Dice”.
Aquí tenemos otro ejemplo de solipsismo casi
beligerante. Apenas si aparecen a lo sumo dos entradas consignando el nombre de
Salome V.V -y/o variantes- en la infinita vastedad de la Red. Di con esta referencia
no por casualidad, sino por recomendación de José María Málaga (Fiorella16).
Ignoraba por ende desde cuándo estaba operativa, si había tomado parte en
experiencias sonoras anteriores, si militaba actualmente en alguna, o qué perspectivas
contemplaba a mediano/largo plazo en su quehacer... Hasta que se reveló el nombre
civil de la ruidista de marras: Ángeles Valverde (NRA Ruido).
Lanzado el 6 de marzo vía BandCamp, el EP
debut es definido como “...una introspección de los sonidos que rodean la
transición de alguien que está descubriendo lo que se puede hacer mientras se
vive”. En tanto declaración de principios, funciona. Se trata, en efecto, de los
pininos típicos de quien está empezando de motu propio una andadura
posicionándose en las coordenadas adecuadas y arrancando en el momento justo.
Secundada, para más inri, por Málaga en la edición.
Conformado por tres piezas de desigual
duración, Salo In Meee EP araña el tercio de hora provisto de una
inconmovible barrera de ruido iterativo prácticamente infranqueable. Otro símil
equivalente es el de una indestructible y gruesa capa de hielo antártico, de
miles de años de antigüedad. En ambos casos, felizmente, la valla es lo
bastante permeable como para permitir atisbar aquello que se asienta o se agita
al otro lado. Y digo felizmente porque la experimentación ruidista suele ser
terreno fértil para esteticismos inanes, cuando no para estafas escandalosas.
Rompe fuegos “En El Desierto”, track de 11
minutazos y 40 segundos que califica como test de prueba de las turbinas de un
Boeing. Escarbando a través de esa sólida muralla de distorsión tangible,
percibo irrupciones mínimas, la mayoría de ellas fundada sobre
retroalimentación y subidones de voltaje. Si se puede hablar de gradación de
notas en relación al Ruido, el brevísimo “Introduciendo” -poco más de minuto y
medio- sube un peldaño respecto de su predecesor, y se postula algo más
uniforme. Finiquita el vuelo “Un Submarino”, siete minutos en la misma escala
noisica de “Introduciendo”, radical en su minimalismo de modulaciones
crujientes pero de una densidad menor a la mostrada en el resto del menú.
Salome V.V se estrena, así, con nota
aprobatoria. Le ha ayudado ciertamente la concisión, así como la absorción
osmótica de lecciones impartidas por sus mayores en el arte del ruidismo, en jornadas
como Sheer Hellish Miasma (‘02), Stoke (‘02) o Seven Tons For Free (‘96). Lecciones que simultáneamente se constituyen en advertencias acerca
de lo fácil que es desviarse del camino para acabar como tristes émulos/as de hipsterillos
al mango. El siguiente movimiento de la Valverde solista requerirá de no poca
inteligencia, y sobre todo de muchas intuición y energía.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 6 de agosto de 2025.)
(Sí, me declaro culpable de antemano. Es un
texto algo extraño. En mi defensa, alegaré que responde a una coyuntura acorde.
Para comprobarlo, basta con leerle.)
Pocas semanas atrás, Raúl Begazo anunció en
redes la aparición de una nueva placa de su proyecto personal Alunaki, que el
propio músico arequipeño cataloga como la tercera de su producción artística.
“¿Tercera?”, te preguntarás, fiel lector/a de esta bitácora. “¡Pero si la
tercera salió en noviembre del ‘23!”. Efectivamente, en esas fechas, el ex
Orquídea colgó en BandCamp un LP epónimo, sucesor de Telescopio (‘20) y Sueño Ameba (‘22).
Misantropía no es otra cosa que un
update de la rodaja liberada en aquellos días, entiendo hoy banneada de
Internet. Para este update, dicho corpus ha vuelto a pasar por los procesos de
producción y de masterización, lo que indica que el autor no había quedado 100%
conforme con el (apresurado) primer resultado. Son asimismo evidentes otros
cambios, de diversa envergadura: un nuevo orden en el track list, “Recuerdos
Olvidados” y “WiGa” han pasado a ser respectivamente “Recuerdos” y “Wiga”, la
norconeña Dafne Castañeda protagoniza un dueto con Begazo en “Tu Luz”, la
portada ha sido cambiada, el docente Kris Revcam acredita teclados en “Wiga”...
De manera inevitable, la sustitución recuerda el caso de Diseñar Y Destruir,
póstumo testimonio de Varsovia cuya primera versión se filtró por error,
publicándose la definitiva algunas semanas después.
La diferencia es que entre Alunaki y Misantropía
ha pasado año y medio. Alunaki, además, no fue consecuencia de un error
involuntario. Esencialmente, se trata del mismo repertorio, sólo que con
modificaciones cualitativas imprescindibles de acuerdo al criterio de Raúl. La
más saltante es el sonido, que ha mejorado buen trecho respecto de la toma “10/23”.
En tal sentido, el incremento ofrece una fotografía mucho más limpia, a la par
que pone ahora de relieve referentes estéticos antes opacados por otros -en Misantropía,
Alunaki me suena más cerca de Ride y de The Boo Radleys, por ejemplo.
Por lo demás, la nueva imagen del repertorio
no impugna lo que ya había dejado sentado mi reseña de Alunaki, por
supuesto. Ni colores, ni calorías, ni aciertos, ni deficiencias -de hecho, este
acabado más rockero enfatiza algunas limitaciones de Begazo como vocalista.
Pero ésa es una historia que ya conté. Sólo tienes que hacer click aquí para
acceder a ella.
Hace cinco años, finiquitaba mi comentario
sobre el homónimo EP debut del cuarteto mistiano Fantaxma subrayando que
necesitaba un soberano ajustón de tuercas, de cara a su continuidad vital.
Esto, considerando el propósito de avanzar constantemente, que fuera expresado
a través de su página en Facebook; así como la llamativa aleación indie dark con
que blindase ese primer esfuerzo (de antecedentes rastreables en la chamba de
los ¿desaparecidos? Aura).
Hoy es menester aplicarle cuatro o cinco
escuchas a la renovación propugnada por Willington/Málaga/Blas/Herrera -imposible
de soslayar, y que a la vez no alcanza a ser todo lo sustantiva que debiera.
Por vía de la rojinegra Uku Records, Fantaxma ha editado Eternidad,
mini-álbum en realidad calificable como maxi-single al estar compuesto por sólo
dos surcos inéditos, amén de cuatro relecturas de éstos. Si encima se considera
que el track que da nombre a este esférico tiene todas las señas de asumirse
como “A-side” de un 45’’ virtual, dejando al otro en la a ratos incómoda
situación de ocupar el consabido “lado B”, la cosa se pone más peliaguda.
Abre la jornada “Eternidad”, y desde el vamos
es notoria la transformación en el output del grupo. Si sobreviven algunos
indicios de ese pasado que coludía al indie rock de este siglo y al darkwave,
precisamente son eso: restos, huellas, asomos. A sus hundidas espaldas se aúpa
una eléctrica embebida de distorsión todavía ruda, como dejando en claro que la
apuesta viene guarnecida de pedaleras. La voz del también guitarrista Lenin
Herrera, sin embargo, no tiene intenciones de susurrar. Por eso, prefiero hablar
de noise rock antes que de shoegazing. Si acaso, en sus momentos de mayor
despliegue punchero consiguen adscribirse a ese marbete, conectándose al primer
Resplandor (Sol De Hiel EP, 1998).
¿Y entonces? Pasa que, ya encausada de lleno
en el rubro, “Oración” es una pieza muy poco extensa. Cuando parece que va a
comenzar a reventar, cae presa del fade out. En conjunto, ocho minutos y
sencillo, duración exigua para presentar la metamorfosis sin apuntalarla.
Porque las consabidas versiones añadidas -tres de “Oración”, sólo una de
“Eternidad- no lidian con el reto. Tampoco les compete hacerlo. Bien sea que
“Oración” termine inundada de una sobrecarga tal que la afantasme (Fiorella16),
bien que se alargue gracias a la de palo y a una pandereta, bien que le cambies
el fusible en las seis cuerdas (Miguel Málaga) por uno más rockero (Raúl
Montañez); el saldo no se trastoca.
Y sí, la interpretación ‘Etéreo Drone’ de
“Eternidad” suma atmósferas dub, fortaleza y algo de espectral (neo)psicodelia.
Estas peculiaridades, no obstante, no me hacen olvidar que es a fin de cuentas una
relectura. Que cumple con su cometido, sólo para poner de relieve que Eternidad
trae muy poca carne -y no precisamente harto hueso, pero sí unas cuantas capas
de grasa, lo que termina generando la misma impresión.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 4 de junio de 2025.)
Arriba a su cuarto episodio vinílico de largo
aliento Cigarettes After Sex, banda texana que sin despeinarse se encuentra ya
a tiro de piedra de cumplir dos décadas de existencia (lo hará en el ‘28). Con debut
de enfervorizada ascendencia shoegazing y de vivaz espíritu indie en modalidad
“promocional” -Cigarettes After Sex (Romans 13:9)-, laqueado de Baja
Fidelidad in extremis, en los subsiguientes Cigarettes After Sex (‘17) y
Cry (‘19) condujeron su propuesta hacia uno de los dialectos más agrestes
e imponentes del rock independiente usamericano -el slowcore. Reorientación
apuntalada por magníficos EPs como I. (‘12) y Affection (‘15),
que les ha granjeado la reputación de line up renovador de ese viejo género
noventero, al parecer hoy pintando canas de una segunda madurez (que lo diga
Duster, si no).
Aparecido hacia la quincena de julio del ‘24,
en X’s el grupo ha optado por seguir depurando su laxo sonido
característico, navegando para ello hacia aguas comparativamente algo menos
turbulentas. No sería correcto afirmar que CAS se ha reblandecido o que ha liado
bártulos y dejado atrás la meditativa calma minimal del slowcore, pero sí que
éste luce parcialmente menos adusto/lánguido/añorante a través suyo. La mitad
del menú que postula el CD cobija esa animosidad de mayor calidez y menor
abatimiento, entremezclada a una otra mitad que prioriza las ambientaciones
introspectivas y el folk estadounidense de instintivas emociones francas e
incontenidas, como para dejar en claro que los músicos de El Paso ya han hecho
su elección de por vida y morirán abrazados a ella.
Se ha escrito mucho en estos meses sobre el escaso
riesgo que ha asumido en X’s el trío formado por Greg Gonzalez (voz y
guitarra), Jacob Tomsky (batería) y Randall Miller (bajo). Es cierto. Ni por
asomo, el combo abandona la ruta trazada desde los días de su epónimo episodio,
hace ya un ochenio. A cambio, ha entregado un álbum de belleza tan elemental
como desarmante, que no se marchita ninguna de las veces que es reproducido (y
van...). Desde la tenue delicadeza de la trilogía de apertura “X’s”-“Tejano Blue”-“Silver
Sable”, generosa en una melancolía tan dulce como cansina, hasta la de cierre
“Hot”-“Dreams From Bunker Hill”-“Ambien Slide”, profusa en visos imperturbables
y tonalidades apagadas que penetran y abrasan al estilo del mejor slowcore; X’s
es la placa que saca lustre a todo lo ofrecido por la alineación durante sus
primeros quince años de flemática actividad.
En el interín, es notorio, canciones que basculan
entre el anónimo confort que dispensa la impasibilidad gregaria y el implacable
desaliento emocional. Cerca de lo primero, la síncopa briosa de “Baby Blue
Movie” y el pop aquiescente de “Holding You, Holding Me”. Próximo a lo segundo,
la lacerante sobriedad de “Dark Vacay” y el susurrante minimalismo de
“Hideaway”, hundiéndose ambas dolorosamente cual verduguillos en el corazón
-mientras la voz de Gonzalez tiende a angostarse hasta rozar el silencio,
provista de letras en la más pura tradición de Bluetile Lounge o los históricos
Low. Para muestra, un par de ellas: “Right Now It’s Only The Light From The
Closet/And The Radio’s Just Playing Soft Hits/Need That
Atmosphere/I Need That Sweet Life With Its Decadent Ways” (“Silver
Sable”), “Do You Wanna Make It Forever?/Do You Wanna Be My Only One?/Because
Now I Really Miss The Way It Was/When Everything Was Beautiful With Us”
(“Dreams From Bunker Hill”).
“...When Everything Was Beautiful With Us”...
Maldito Gonzales. Extrañamente, he llegado a estimar más X’s en lo que
va del ‘25 que cuando alcanzó mis tímpanos. Suele pasar que determinado tipo de
música es más adecuadamente apreciado cuando el espíritu está en el mood exacto
que permite la sincronía absoluta, como me sucedió con Elisa Tokeshi (tuve que
irme un poco/bastante a la mierda para conectar con Mi Peor Accidente, su
EP de este año). Celebro que Cigarettes After Sex haya editado sus
extraordinarias rodajas antes de ser casi una persona normal, y que sólo a
punto de finalizar este período haya entregado otro de sus enternecedoramente
abrumadores breviarios.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 5 de febrero de 2025.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2024 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (II)
Admito que hace mucho no pensaba en
Asteroide, la sociedad de David y Marco Rivarola que rompiese fuegos a fines de
2008. Tanto en ese entonces (Laberinto Y Despedida) como a través de su
sucesor (Venganza, 2016), los hermanos dejaban en claro que lo suyo era
el pop alternativo con inflexiones a metamorfosearse según el momento -noisy o
shoegazing al inicio, luego indie. El mini-LP de remixes El Abismo Contenido
(‘18) persiste como deuda pendiente -con remezclas firmadas por Mario Silvania,
Theremyn_4 y el argentino Zigo Rayopineal.
Cuatro bienios después de Venganza,
encuentro a Asteroide adicionando fuerzas a las de un habitual en estos bytes,
José María Málaga. En su faceta de Fiorella16, el arequipeño atravesó en el
tercio final del ‘24 un rush muy agitado, concerniente a presentaciones y
producciones. Entre las últimas se debe contar el registro co-firmado junto a
los Rivarola, Suni A Través Del Espejo (Cruel Nature Records, julio). Aunque a priori esta
movida luzca un poco desconcertante, ya que ambas ententes discurren por
caminos muy distintos, más allá de la camaradería que les une existe un factor
en común -la Distorsión.
En formato mini-álbum, Suni... consta
de cuatro estaciones. Todas ellas participan de los aportes estilísticos de
Marco, José María y David, pero la conjunción no les inscribe cerca del background
de Fiorella16. O del de Asteroide. Lo primero que me viene a la cabeza
escuchándoles es el dark ambient, en esencia el de la escudería itálica
Unexplained Sounds y derivaciones. Incorpóreas, las melopeas que moldean se ven
suspendidas por ventarrones drónicos, nutridos éstos de las atmósferas glitcheadas
que escupen osciladores muy probablemente intervenidos. Esa batahola iterativa
trashuma cribada por los teclados de David Rivarola y la guitarra ¿de palo? del
mayor de los Málaga.
Muy difícil de rastrear indicios que le
delaten, el bajo de Marco asciende ocasional a la superficie. Más ocasional es
la voz frikeante y quejumbrosa de José María, que coadyuba a redondear las
tonalidades oscuras y concentradas de “Agua”, “Cielo” o “Cerro”. Esta característica
hace surgir espontáneamente el otro vitral que emplea el terceto para expandir
su impacto auditivo, uno que además los involucrados han reconocido en la
sumilla de BandCamp: Sunn O))). Obviamente, Suni A Través Del Espejo no
asimila ni la tensión macabra ni el devocionario pagano del tándem Greg
Anderson-Stephen O’Malley, si bien llega a sobresaturar de malas vibras las
neuronas que no conserven la guardia en alto -en un sentido análogo al de
Bauhaus en, digamos, “Hollow Hills”.
SATDE se clausura con
“Primavera”, donde coinciden todas las variables antedichas, excepto la de la
voz. El resultado se transfigura a cada paso: triste, pánico, ruidoso, etéreo,
grave.
Peregrina decisión la de hacer público un trabajo
sonoro -ídem un libro, una película, etc- el último día del año, sea cual fuere
su condición. Si razones pueden enumerarse muchas, dos son las insoslayables.
Primero, no queda el menor margen de tiempo para oírle suficientes veces a fin
de escribir algunas palabras al respecto antes de medianoche. Segundo, pasa
completamente desapercibido para todo el mundo. Como que eso es lo último que
debería buscarse, ¿no?
Nada disuadió a los muchachos de Mantarraya,
oriundos de Nuevo Chimbote, de tomar ese curso de acción. Volumen II fue
colgado en Internet el 31 de diciembre, y recién muchos días después algunos pudimos
enterarnos. Otros no han tenido esa suerte hasta ahora. Quizá el principal
acicate para semejante apremio han sido los cuatro años de silencio discográfico
tras el epónimo debut, eyectado en 2020, y los correctivos hoy implementados. Mantarraya,
en efecto, traspasaba el dintel de los 67 minutos y se ahogaba/diluía
parcialmente en los desbordes inherentes a la novatada.
En dirección opuesta, Volumen II se
expone mucho más sobrio -también 11 episodios, sólo que en una cincuentena de
minutos. No bien comienza a sonar “Espíritu De Fuego”, queda evidenciado que este
power trio (recientemente cuarteto) no se lanza a inventar la pólvora. Tampoco es ése su objetivo.
Mantarraya remite a los días en que el merseybeat había abandonado ya su
crisálida para convertirse en un robusto blues ácido. Consecuentemente, sus
influencias mayúsculas son el Señor Guitarra Jimi Hendrix y Led Zeppelin -esto,
entre otras varias. En modalidad The Jimi Hendrix Experience, del primero
hereda la base rítmica esmerada, rabiosas eléctricas llenas de psicodelia, compactos
arreglos algo complicados. Del segundo, la dureza, la pesadez, la corpulencia.
¿Una única etiqueta que condense estos tres rasgos? La del hard rock.
Mantarraya, por ende, es rock de vieja
escuela. Puede agradar a metaleros y a feligreses del stoner, a tenor de no
alimentarse ni de un género ni del otro en toda la rodaja. Más pulido, libre de
los excesos y las grandilocuencias que demeritaban su primer esfuerzo (“La
Sombra De La Nube”), con Volumen II se hace mucho más sencillo disfrutar
de su propuesta. Una de perfil esforzado (“Abraza Tu Dolor”), que reposa
controlada mas nunca adormecida (“Diablos Al Amanecer”, “Bajo Los Focos Rojos”,
“Un Café En El Sol”), y cuyo mástil de cuatro cuerdas resquebraja la formación
encabritándose cada dos por tres.
Rubrican la segunda entrega de Paulo Manrique (bajo),
Alex Vivar (guitarra, voz) y Kelvin Sifuentes (batería, percusión, vientos, voz)
los desarrollos instrumentales. Nada mal, pese a que para los altos estándares
que emulan todavía les falta buen trecho. Nuevo grupo a degustar proveniente de
la misma localidad que Desert Gang -otro power trio, éste sí manifiestamente
stoner.
¿Mutatis mutandis en el continuum
espacio-tiempo que atraviesa El Otro Infinito? Tranquilamente sí. Aunque no
atestigüemos un corte de mangas radical, es innegable que la música del
individualista surcano ha experimentado una profunda transformación, que le catapulta
hacia las periferias más exteriores de ese dédalo de alcorces en que ha devenido
la electrónica contemporánea. Y si bien esto le pone a tiro de piedra de comarcas
inexploradas apertrechado con ese alias, es imperioso enfatizar que un
importante porcentaje de su genoma todavía permanece electrónico.
Siempre Hay Mar EP leva anclas gracias
a “Kokteau”, cuyo nombre evoca espontáneamente reminiscencias dream pop. Y
aunque la apertura está lejos de esas cuadras, su pareja naturaleza indie y
electro se refracta en ellas durante más de 210 segundos: mientras glitches y
secuencias son la madera, clavos y pernos de su embarcación, las
electroacústicas son los paños, el viento y su tripulación. Ninguna de las
siguientes paradas le hace justicia a esa alucinada carátula. “Naufragar Y
Flotar”, de otro lado, no calza exactamente en esas coordenadas, sí en ese modus
operandi. O, al menos, en uno muy similar: beats y percusiones sintéticas
postulan ambientaciones abstractas, que la de seis cuerdas colma de colorida
pigmentación. Algo así como un Lunik en clave pop.
La otra hoja de este amplio ventanal costero
es cosa exclusiva de la electrónica usual en el proyecto de Alfonso Noriega
-ésa que parte casi excluyentemente de la IDM noventera. Difícil que sea de
otro modo, cuando el primer mazazo a posicionar allí es “Natasha Meets
Autechre”: un crescendo de programaciones enérgicas y tajantes, desbordadas y
eventualmente nulificadas por ostinatos de teclado que incendian los cielos.
Égida de distinto modelo pero de convergente gradación empuña “Mar Otra Vez”. Sea
o no el título un guiño a los recordados madrileños que en los 80s poseían
idéntico nombre, sus secuenciaciones se construyen sobre los mismos ecos, las
mismas reverberaciones, los mismos puntillazos inherentes al intelligent
techno. “Mar...” me recordaría algunos remixes de Global Communication si no
fuera por la textura analógica del Sintetizador DX10 que erupciona hacia el
colofón -fantástico cierre.
Subido el primer día de la última primavera, Siempre
Hay Mar EP es un enorme paso hacia adelante en el siempre difícil camino de
la reinvención como artista, tenga esa cuestión Noriega en agenda o no. Ahora
le falta superar el otro reto -el de un largo tras muchos años en los que sólo
han menudeado EPs. Mario Silvania -de actuación estelar en “Mar Otra Vez”- produce
este último. Las vocales femeninas en “Natasha Meets...” y en “Naufragar Y
Flotar” son de la artista interdisciplinaria María Laura Vélez.
Más allá de disquisiciones generacionales, toda
persona que haya visto durante largas temporadas los viejos cartoons de Looney
Tunes y/o Merry Melodies debería acordarse automáticamente del personaje del
Lento Rodríguez. Exacto opuesto de su primo Speedy Gonzales, aunque “el ratón
más cansado en todo México” no debe haber aparecido en pantalla sino tres o
cuatro veces, ello no impidió que se hiciera de inmediata recordación. Quién
sabe fuera su nombre o su flemática pinta, lo cierto es que se convirtió en inadvertido
icono de esos vetustos dibujos animados.
¿Por qué una nueva banda peruana adoptaría el
chaplín de Lento Rodríguez? No imagino ningún buen motivo, y a la vez me parece
tamaña jugadaza. Los muchachos tienen un EP editado en el ‘23 (Felicidad En
Dosis Exactas), que no he podido escuchar porque desgraciadamente sólo se
encuentra disponible en Spotify. Algunas voces apuntan a un shoegazing de
humores oníricos. Ese mismo coro habla de una sorprendente reorientación en su
puesta de largo, New New Wave, acaecida en septiembre del ‘24. Mérito
extra si se tiene en cuenta que Gustavo Rizo Patrón, guitarrista, tecladista y autor
principal del combo; se ha afincado en New York, donde ha dado los toques
finales a su nueva criatura asociándose a Howie Weinberg y a Pablo Moreyra.
El grupo, que completan Javier Espinosa
(guitarra), Carlos Freyre (batería), Susana Fátima (voz) y José Luis Contardo
(bajo); se ha abroquelado en derredor del pop. No de uno burdo, sino capital,
que acredita ensoñador linaje indie de las líneas española e inglesa. Rarísimo
es el pasaje en que puedan detectarse atisbos de sobrecarga, vestigios de
distorsión. Más raro todavía el segmento en que la música produzca sobresaltos.
Todo en Lento Rodríguez atesora una factura muy cuidada -adornos de teclado de
bonita orfebrería, batería de buen pie y siempre pronta, eléctrica que encanta
y arropa antes que sedar y arrebujar, bajo que calza y acuña sin hacerse notar...
Que New New Wave sea un ejercicio de
pop estoicamente contenido y ejemplar no sólo se nota en esos detalles. También
en la férrea determinación de prevalecer a salvo tras cánones de ese pop que
nunca ha sido sinónimo de accesibilidad gratuita -es decir, perfecto (o casi).
En “Palermo”, por ejemplo, me hicieron pensar en los olvidados The Magic
Numbers; drenados de la excesiva cantidad de polisacáridos de carbono a que
eran tan proclives esos ingleses. En la semi-balada “The Rite Of Ipanema”, el
quinteto parece sentirse tentado a subir a altitudes similares a las de los
primeros Red House Painters. No ocurre tal, sino que se mantiene en sus trece,
y esa mesura es también parte de su encanto.
Tan decisiva como la disciplina instrumental
es la que exhibe Susana Fátima frente al micrófono. La limeña tiende a cantar
como sus pares lo hacían en los viejos 80s, otorgando así mayores brillos al esférico.
En éste, y pese a lo que sugiera su peculiar bautizo, Lento Rodríguez no se asemeja
a The Housemartins o a Aztec Camera. Otra cosa es que exista una comunión
fundamentada en la pulcritud de un pop mesurado (“Tortoise Sunglasses”),
sofisticado (“Substitute Connections”), que no teme ni medio segundo abrazar
una melancolía sugerida, dosificada, exquisita. Cualidad que agradezco mucho en
estos aciagos días.
No es “confusión” la primera palabra que
acude a mi mente cuando escucho la obra de Piero Limaco. Tampoco “pereza”. Sin
embargo, el ayacuchano se acoge a la definición que ésta sostiene para no sólo
definirse como artista (en entrevista concedida al blog Vanguardia Peruana Y Sonidos Contemporáneos), sino asimismo describir a su debut en estas lides.
Algo de razón debe asistirle, porque Eclipse 2022-2024 destaca en la
propia denominación su carácter recopilatorio dentro de un período de tiempo
delimitado. Infrecuente es en estos días, ciertamente, la oportunidad en que un
músico o grupo se estrene con opus de esta naturaleza, por lo menos de manera
tan evidente.
No creo que Eclipse... haya sido
concebido bajo otras premisas que las de la exploración, del ensayo, de la
experimentación. Su norte nunca fue la magnificencia. Todo lo contrario.
Algunas de sus dieciocho piezas poseen el acabado de composiciones completas,
pero la mayoría abriga una estética sin bruñir, tosca, no procesada -son más
fragmentos de canciones, antes que canciones propiamente dichas. Es probable
que ello responda a la urgencia de Limaco por inmortalizar el momento, y con
ello tal o cual estado de ánimo, por lo que cabría hablar de una suerte de
metodismo polaroid. Capturar en cierto modo el aquí y el ahora, antes de que éstos
se desvanezcan, es por lo demás un curso de acción que discursos como el jazz o
el post rock han priorizado.
Lo del músico surandino va de otros sabores.
Canales como “Te Disocias Contigo Mismo”, “Sarajevo” o “Para Ti Todos Quieren
Morir” están signados por una electrónica que puede llegar a ser recia cuando
se enterca en ello (“Palacios”). Otros, como “Ucrania”, “Suenho”, “Anallemeinefreunde”,
“Nubes” o “Heimweh”; van del pop paisajista al refinado. Algunos más prefieren
adentrarse en una indietrónica que parece hecha al guerrazo, como “Cuántos Días
Han Pasado” y la barbitúrica “Buscando Vidrio En El Mar”. En los hechos, pues,
asoma razonable elegir el rótulo de “bedroom indie” para tratar de abarcar este
capítulo de cabo a rabo -aunque siempre logran escurrirse algunos asaltos de
posología incomprensible.
Ahí están los casos de “El Lado B De Tu
Rostro” o de “Detrás De Ti”. En giro para mí inexplicable, Piero Limaco le da
tribuna al trap, subproducto a-cultural en el que no merecería gastar su
talento ni medio minuto. Asumo es la clásica diferencia insalvable entre una
generación y otra, y para el man hacer trap es tan válido como esculpir pop,
electrónica o indie. Sus razones esgrimirá (y yo las mías).
Me quedo con la imagen, ergo, de
edificaciones sonoras a medio concluir. De masterizaciones cojas. De fallas
involuntarias e igualmente bienvenidas. De mezclas finiquitadas a la prepo.
Como ya han enseñado notables antecesores suyos, dentro y fuera del país, acaso
no haya mejores condiciones para desplegar con tino y tacto visiones personales
sobre amores inacabados, penas insondables, las propias sombras que no se
suelen compartir con nadie, los demonios del pasado que aún resta exorcizar,
las puertas que debes definitivamente cerrar. Eclipse 2022-2024 no será
la clave determinante, pero ayuda su poco.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de diciembre de 2024.)
Past/Future debe ser el primer
título en la producción de Nolag que noto reflexiona sobre la cotidianeidad
humana partiendo de aquello que ésta crea/concibe como cultura, antes que de su
vida interior. La introspección había sido la perspectiva por la que se
decidiese el chaplín de Juan Esquivel en el primigenio Echoes EP (‘18),
y se había mantenido así hasta Fragmentos, mini-LP resultado de su experiencia
vital durante los días duros de la pandemia del COVID-19. Editado casi
exactamente dos años después (se adelantó dos días), esto ha cambiado con el
nuevo material.
Primer largo en sentido estricto, Past/Future
parece refrendar la alteración volcándose absolutamente hacia el imaginario
retrofuturista del que se nutre su estética. Me explico: Juan Nolag ha empleado
desde siempre la textura que proveen sintetizadores y teclados de los 80s,
herramientas que conllevan inherente un plus sci-fi. El modo en que opera la Ficción
Especulativa consiste en normalizar elementos futuristas para contar historias
o describir situaciones adscritas a esas realidades eventuales posibles, siendo
poquísimas las oportunidades en que estos medios se convierten en fines y continúan
teniéndose en pie. Algo similar ha ocurrido en el caso que nos ocupa.
¿Y entonces... funciona? Curiosamente, sí. No
siendo más que un simple aficionado al género, me he sentido a gusto entre sus
añejas postales de la Guerra Fría, sus inteligencias artificiales
autoconscientes, sus postreras noches desperdiciadas junto a quien no volverás
a ver, sus ilusorias velocidades. Porque, más allá de los relatos que inmortalizan
los grandes hitos de la Ciencia-Ficción, sus escenarios y modos permanecen (o
no), se retroalimentan (o no), evolucionan (o no); fascinando siempre a quienes
habitamos en su pasado (o el pasado de alguna de sus dimensiones paralelas).
Por eso me ha imantado Past/Future. Me
encanta su primera sección, en la que el synth pop, la new wave y el minimal
synth se zambullen hasta el tuétano en la nostalgia más dulce; fundiéndose en
un retrofuturismo ochentero que purga el cyberpunk de sus predicciones sci-fi a
la vez que antepone las sonoridades analógicas envasadas en medios tempos:
“What Do You Regret About?”, “Those No Fear Moments”, “Goodbye Summer Girl”...
Y me fascina su segunda parte, que mantiene el timing pero como si no, porque
el arsenal tecnológico del tecladista de Catervas se afana prodigándose maravillosamente
en vertiginosos arreglos y en aceleradas ambientaciones que trascienden el
aliento narrativo para incidir en las formas: “A Dream About The Future”,
“Speed Is An Illusion”, “Bittersweet Destiny”.
Ideal para fans de Castlebeat, Trans Active Nightzone y sobre todo Droid Bishop; Nolag ha conseguido en Past/Future
invertir sutilmente procedimientos y renovar interesantemente las facciones de
su sonido. Bonito lío en el que se ha metido, empero. Como sucede con la
mecánica transformada en metafísica, el medio transmutado en fin tiene un
incierto periodo de existencia funcional. Lo que suceda en adelante, aún dependiendo
exclusivamente de su talento, es un misterio.
La promesa del extended debut hecha realidad.
Música que enternece, que sacude, que abrasa, que escarcha. Música que es
fragor transformado en melodía, que es sublimidad devenida en ruido. Música que
se contradice desde su naturaleza aporética misma, y que se reafirma desde cada
una de sus paradojas. Música luminosa y profusamente conmovedora, a despecho de
sus recurrentes figuras algentes e imponentemente nocturnas. Música
dolorosamente vital, de frecuencia y energía idénticas a las que ofrendasen sus
veteranos mayores, hace poco más de tres décadas...
Solenoide se estrena en 33 rpm con muy poco
que objetar y muchísimas virtudes que ponderar. Entre ellas, las relativas a
los principales logros concluyentes del shoegazing, que ya se venían poniendo
en práctica desde su primerísimo Casa De Islandia EP (‘23) y que aquí
ascienden a altitudes extremas. Cierto, el extended ha sido incorporado al 100%
en el track list del largo, que ha reemplazado la edición de un segundo EP del
que probablemente también se haya repescado todo el contenido (testeado en
directo al menos unas cuatro o cinco ocasiones). Sin embargo, no es menos
cierto que esa incorporación ha sido hecha con tino cuando menos plausible.
La primera mitad de Casa... EP da la
bienvenida en Solenoide, y no queda sino envidiar a aquellos/as que no
han escuchado previamente ni “Cartarescu” ni “Casa De Islandia”. El emotivo
sosiego que emana de ambas canciones te habla de una fortaleza decibélica que
no se apresura en mostrarse, de una otoñal estoicidad pop con que pacientemente
capturar en instantáneas/urdir preciosas viñetas de atardeceres infinitos, envueltas
en distorsión y melancolía. Algo más de empuje y locura es añadido en las
subsiguientes “Diamante Azul” y “Nunca”, moviéndose el centro de gravedad del
filón dopamínico del ethereal noise -Slowdive en sitial de honor, Bowery
Electric, Swallow, Half String- a la esquina más quemada y avezada -Lush, Pale
Saints, visiblemente My Bloody Valentine en “Nunca” y sus dos guitarras que
parecen cuatro-. Sin dejar de susurrar a nuestros corazones, claro.
“Espejo” y “Maquillaje”, este último de
temática LGTBIQ, son cortes en que el quinteto limeño se despercude por
completo. No sólo las eléctricas de los Óscares Chávez y Contreras economizan
recursos y rebanan como navajas de rasurar, sino que los bajos de Laura Rosales
y de Héctor Espinoza y las baquetas de Renzo López acceden a la palestra para
protagonizar momentos verdaderamente estelares, sobre todo López. Entre ambos números,
media “Centinela”, perteneciente a la primera etapa de la banda y adecuadamente
recuperada como el delicado e interminable adiós de un onírico episodio
noctívago. Quizá su impacto se hubiera potenciado más aún situándole incluso
luego de “Sonqo”, pista insular en el todavía corto repertorio de Solenoide.
“Corazón” en quechua, “Sonqo” se sale raudamente del molde baggy acogiéndose a
la tradición 80s de pop exquisito y sofisticado, lo que algunas voces han
tomado como licencia para hablar de un álbum de tesituras post punk (no
coincido): The Church, The Chameleons, los Talk Talk del perfecto The Colour Of Spring...
La placa dispone hacia su final la segunda
mitad de Casa De Islandia EP: “Tiananman” y “Macabea”. Surcos ambos que
reconducen al grupo al redil del shoegazing, del primero siempre es menester
elogiar su fantástico “cambio de paso”, cortesía de la admirable técnica de
Renzo. Sin negarse a la percusión de golpe inquieto, “Macabea” despide a este Solenoide
en olor a almíbar y a tormenta marina. Y a literatura. Culmina así una jornada
brillante, con Espinoza y Rosales compartiendo/intercalando minutos frente al micrófono,
producida nuevamente por el enorme Mario Silvania, grabada en Estudio Tamboril
de Christian Vargas y en Studios Audioqubo de Juan Esquivel, mezclada por este
último y masterizada por el batero de Slowdive Simon Scott. En portada, repite
el plato Paul Lazarte. Candidatazo a disco del año.
Alentadora irrupción la de Calefactor en la
escena independiente de experimentación electrónica. Tras del seudónimo se
esconde un joven y entusiasta Luis Vásquez, que cuenta ya con determinada
experiencia investigando/interrogando sonidos de síntesis y procesos digitales,
background al cual el explorador suma sus almanaques de aprendizaje como nativo
digital. El primer canal que publicara, “Pieza Para Corto”, se subió a Internet
en el ‘18, en fecha significativa para el antifujimorismo (5 de abril).
Desrealizaciones es la puesta de
largo de Vásquez (27). Colgado en la veintena de agosto, el artefacto compila
una mano de composiciones que el capitalino ha ido desarrollando desde hace bastante
tiempo, según expone en la sumilla de BandCamp -lo cual debe ser verdad,
considerando una aventura anterior etiquetada bajo el mote de Industria Del Terror, de raíces más audiovisuales y emocionales que del abolengo industrial
que su nombre involuntariamente sugiere.
De principio a fin, Desrealizaciones
es un vendaval de chirridos informáticos. La brevísima apertura de
“Inundación”, 42 segundos, tiene la complexión de un ambient concebido en el
seno del ruido digital que implosionó durante los 90s. Los dos siguientes
capítulos, “Compu2000” y “Compu2001”, integran una larguísima suite de
aproximadamente 23 minutos de extensión. La reventazón de contaminantes
texturas electrónicas al por mayor no se manifiesta desde el arranque, ni es
constante, aunque se siente en estado latente del primer minuto al último.
Cuando el crescendo le entrega el estrado, este cúmulo de atmósferas convulsas
responde alternativamente al influjo de un IDM flamígero de hechura Autechre
circa ‘95 y al rugido de un drum’n’bass en clave de demencial breakcore. Que
tal cosa sea posible se debe tanto a una cierta afinidad natural entre ambos estilos
como a la flexibilidad que ha alcanzado el input del unipersonal.
Más que prolongaciones de temas precedentes,
“Después De Morir” y “Rotafono” responden a la tónica general del acetato. El
huracán de imperfección binaria que envuelve estos rounds finales ahora se
acomoda más al intelligent techno de los 90s y, en parte, a la electrónica post
rave que dominó el último decenio del siglo XX. En el caso de “Después De
Morir”, ese IDM de hiperkinéticas evoluciones geométricas queda uncido al Aphex
Twin de estocadas como “Start As You Mean To Go On” o “Wax The Nip”. Mucho más
reposado, “Rotafono” opta por un IDM eufónico, en la línea de unos Global
Communication y en comunión con el último Aphex que valió realmente la pena (el
del doble Drukqs).
Más que llamativa la propuesta de Calefactor.
Desrealizaciones le posiciona -en el buen sentido del término- como infrecuente
diletante, al modo de otro individualista de polendas en esa franja liberada
que es la electrónica nacional del nuevo siglo: Prado. Lo sugerente en Vásquez
es que, pese a los grados mayúsculos de abstracción que alcanza, su alias no
prescinde de la fibra emocional inherente a los referentes noventeros de pro.
Ésa es la ventaja que por ahora le posiciona en lugar expectante.