(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de octubre de 2025.)
Luego de 3 a 4 años, el colectivo Matus abandona
brevemente los cuarteles de invierno para añadir nuevo y fugaz título a su
extensa discografía. El Aullido / Planetario fluctúa entre las categorías
de 45 rpm y de EP, aunque el nombre enfatice (ni tan) tácitamente su condición
de single. A día de hoy, Matus se ha visto reducido a trío, con relación al
quinteto nucleado a la par de la salida de Espejismos II (‘21): Véronique
Miró Quesada (a) Veronik (theremin), Manuel Garfias (bajo, guitarras acústica y eléctrica)
y Richard Nossar (bajo y teclados).
La alineación se ha hecho asistir de
colaboradores varios, sin embargo. Figuran avalados en las notas de BandCamp
Miguel Ángel Burga y Camilo Uriarte, amén de Roberto Soto (batería), Úrsula
Inga (voz) y Cristóbal Pérez (saxo). Uriarte además se ha desempeñado en
labores de producción y mezcla, quedando encargada la masterización a Osmar Cubillas. Distribuyendo esfuerzos según tal o cual pista, el lanzamiento no
debería tomarse como corolario en la carrera del combo fundado por Richard,
sino asumirse como aperitivo a delectar mientras se espera el siguiente largo
de la banda. Pero quién sabe.
Arañando los 16 minutos en total, el hipotético
lado A de este 7’’/EP está ocupado por “El Aullido”. Su maridaje de heavy blues
y psicodelia se mueve a paso de procesión, contenido por grapas de metal
megalítico. El grávido mástil de Nossar destila ecos altoandinos a cuentagotas,
mientras la slide de Camilo talla paisajes de esotérico paganismo alucinado. Al
aproximarse a los ciento cincuenta segundos, el canto de Úrsula Inga
proporciona el complemento adecuado merced a una performance llena de calígine
y con tintes de profética. Se termina de edificar así una pieza de imponente
energía reconcentrada, que culminará traspuestos los 8 minutos y 30 segundos.
El hipotético lado B, “Planetario”, muestra
(¿la?) otra cara de Matus. Su percusión es más rockera y pródiga, su tempo más
ágil, si bien ello no impide a las guitarras de Garfias y sobre todo de Burga emborracharse
de wah-wah para repujar escarpados murallones montañosos; en torno a los cuales
invocar el espíritu del viejo space rock. Al promediar los cuatro minutos y
medio, el instrumental coge curvas que le llevan a una dimensión completamente
distinta -una en la que los riffeos atmosféricos se afantasman a la par que se
desvanece el soporte rítmico, mientras se funden en esa vaporosa irrealidad al
saxo espectral de Pérez y a las pulsaciones que en el theremin dispensa
Veronik. Pese a que “stoner dub” sabe a etiqueta arbitraria e imperfecta, al
menos ilustra esa arista.
Insuficiente, cuantitativamente hablando. El
sonido a partes iguales críptico, intenso, plúmbeo y épico de Matus tendrá que
aguardar todavía un poco más para hacerse otra vez del marco que mejor le
favorece -el disco in extenso.
Se demoró lo suyo en debutar Paradero Astral,
terceto de féminas formado hace ocho años que recién en marzo de este 2025
consigue publicar La Mejor Canción Es Una Anécdota, documento a medio andar
entre el EP y el mini-álbum (aún cuando oficialmente ha sido clasificado como
extended). Durante ese ochenio, el grupo dio a conocer unos cuantos sencillos de
manera infrecuente, algunos de los cuales han sido recuperados para la ocasión.
Paradero Astral son Naomi Pérez en guitarra y
segunda voz, Luisa Condori en primera voz, y Nirvana Morales en batería y
coros. La sencillez del esquema instrumental sugiere un rumbo de fácil acceso
en cuanto a su quehacer, sospecha que no se haya en absoluto descaminada.
Apenas empieza a reproducirse La Mejor Canción..., se evidencia que la
terna bebe más del pop que del rock, máxime cuando la mitad de las canciones
incluidas resguarda algo más que un insólito aire a line up de fines de los
olvidados 50s.
En la baladesca apertura “El Tiempo Atrás”,
por ejemplo, no logro distinguir sino entretejidos vibratos naturales y
modulados tonos límpidos. Las vocales de apoyo que proporcionan Morales Y Pérez
no buscan desmarcarse de los consabidos
“uhuhuhuhuhuh/uhuhuhuhuhuh/uhuhuhuhuhuh/ahahahahahah” más que para repetir
alguna de las líneas de la voz principal. Bonito y sorprendente, por suerte el
efecto obtenido no vuelve a ser conjurado apelando a la misma coartada en lo
que queda del EP. “Mis Pupilas” es una power ballad rocanrolera que remite a
inicios de la siguiente década. Idéntico rumbo toma la clausura “Gracias Por
Venir”, ésta sí tan mimética que ha de tolerar el adjetivo de “revivalista”.
¿Y el resto? Sin distanciarse sustancialmente
del pop, prefiere colores menos añejos. La ejecución simple y el intimismo
lírico, cualidades que les hermanan a sus pares del párrafo anterior, no son
óbice para fatigarse bajo otros cielos -el del robusto pop setentero en la
alegrona “Maldita Incertidumbre”, el del indie pop donostiarra en “¿Cuántos Más
Se Irán?”, el del hard rock punkoide en la insospechada “Sociedad”. Pese a
estos relativos exabruptos, lo interesante es que el trinomio logra armonizar colores
y melismas para darle homogeneidad a esta jornada de escasos 17 minutos.
Ingeniosa portada. En ella, las tres
integrantes aparecen por partida doble. En la parte alta, Nirvana, Naomi y
Luisa auscultan lo que parece ser el diorama del dormitorio que comparten,
donde sus equivalentes recortables animadas se avocan a distintas acciones. ¿La
carátula influenciaría al video de “Maldita Incertidumbre” o sería éste el que
proveería de materia prima a ésa?
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 23 de abril de 2025.)
Macerada en sustancias non-sanctas, una voz
rasposa y aguardentosa te lee la cartilla del blues callejero y faltoso, ése
que siempre te dirá que cuando no tienes ni dónde caerte muerto/a, todavía te
quedará el blues. Así comienza Medication 1 EP, estreno en corto de
Brujo Mayor, power trío limeño nacido un año atrás y constituido por Ricardo
Rodríguez (voz y eléctrica), Julio César Araujo (batería) y Fernando Acosta
(bajo). Dos de ellos acreditan en su haber bandas de cierto renombre en las
escenas nacionales adscritas al stoner rock, Rifle (Araujo) y Stonearth
(Rodríguez), mientras que el tercero es compa del baterista desde hace muchos almanaques.
El extended play ha sido grabado en directo,
emulando las arrabaleras condiciones lo fi de grabación en una 4-track, tal cual
se hacía entre fines de los 60s y principios de los 70s. La idea era dotar de
este acabado a M1 EP, objetivo logrado con creces gracias no sólo a ese
proceso, sino también a las particularidades intrínsecas de la música que performa
el trinomio. Sucio blues rock de tiempos farragosos/pesados, de guitarra
psicodélica hasta la médula, de voz deliberadamente ininteligible. La impresión
final es, por ende, la de estar escuchando algún combo perdido de época -y antepasado
directo del stoner, a la vez.
Por supuesto, a ello suma asimismo que tres
de los cuatro surcos que integran el EP sean versiones de clásicos en todo el
sentido de la palabra. Abre la jornada “More Light”: único número firmado por
Brujo Mayor, es un interminable jammeo que rebasa la barrera de los 14 minutos
y medio, en el que la guitarra intercala trallazos inalterables con encendidos
solos de efusión lisérgica, y que las baquetas rematan multiplicándose en el
epílogo. De allí en más, desfilan las relecturas de gemas de la talla de “Fruit
And Iceburgs” de los usamericanos Blue Cheer (sindicados como el primer line up
heavy metal de la Historia), “Reberveration” de The 13th Floor Elevators
(extraído de su brillante debut, 1966) y “A Storyless Junkie” de nuestros Pax
(de su unigénito May God And Your Will Land You And Your Soul Miles Away From Evil, 1972).
Largas secciones instrumentales, cuerdas desbordantes
de fuzz descosiéndose en enérgicos y penetrantes riffs de ADN setentero, teba
de locomoción lenta -por momentos, también densa-, bajo distorsionado que
titubea entre ocupar el discreto lugar que siempre ha tenido en la dialéctica
rock y coger la antorcha para liderar la acometida. Todas características
propias del stoner, reunidas en torno a un proyecto que curiosamente resuella
más próximo al blues rock de Hendrix o The Fabulous Thunderbirds. Ello no ha
impedido que BM se codee con compañeros de armas de robusta stonura como
Satánicos Marihuanos o Reptil. Y es que la terna se muestra lo bastante
permeable como para asimilar heavy metal, hard rock y hasta resabios de doom. Cómo
se acomodan aquellas improntas en esta mancha de veteranos, para esclarecer
algo más su ascendencia, se verá con la salida de su primer largo (programado
para la segunda mitad del año).
Si lo tuyo es el blues de Eric Clapton o de Savoy
Brown, la gruesa película de Baja Fidelidad que envuelve esta placa no tardará
mucho en desanimarte. Por el contrario, si militas en la orilla opuesta, allí
está.
Hacía buen rato que no se sabía nada de
Gelatina Magma. Lo último de lo que se tuvo noticias fue Zapatos Ardientes
EP, allá por el ‘21. Desde entonces, el dúo ha estado inmerso en un hiato del
que nadie tiene certeza sobre si alguna vez terminará -por haber tomado
residencia Ángela Ruesta fuera del país, y orientado todos sus esfuerzos
Giancarlo Samamé a su propia aventura personal, Polvos Azules. Hoy, que existen
medios para componer a cuatro manos o más estando en lugares del globo muy
separados, vaya uno/a a saber qué conmina al tándem a permanecer en la
congeladora por tiempo indefinido.
No ha regresado al Perú Ruesta, ni Samamé le
ha dado el encuentro, entonces. Lo que ha visto la luz entre el 10 y el 11 de
marzo últimos es un mini-álbum que ¿compila? ¿recopila? primeras tomas, demos y
ensayos de tracks que no me queda claro si han salido antes o no, salvo por “El
Río”. Estuve repasando tanto lo publicado bajo los alias de Gelatina Magma y de
Polvos Azules, como lo editado por El Paso y por Soma, sin encontrar pistas que
se correspondan con lo liberado en Liminales. Debo deducir, pues, que se
trata de una pequeña colección de canales inéditos (descontando la excepción antedicha).
Con repertorio de ese cariz, Liminales
no podía llevar mejor nombre. El mismo hecho de describirle conformado por
maquetas, rehearsals y primeras tomas indica que éstas son pasos conducentes a
versiones definitivas que acaso todavía no se concretan. El “tránsito” sugerido
en ese concepto, y además en la portada, es identificable con la función de
aquellos espacios físicos que sólo sirven para movilizarse de un lugar a otro:
pasillos, escaleras, zaguanes, halls, etc. Es decir, liminales. Ergo, es
imperativo sopesar este puñado de temas como dibujos inacabados de canciones
futuras, que quién sabe cuándo se harán realidad.
En su cortedad, Liminales tiene de
todo un poco, y no siempre en modo convergente con el background de Gelatina
Magma. “Telúrica”, por ejemplo, es una inusual mezcolanza de dark ambient y
post rock. Sin antecedentes en la historia de la dupla, su atípico semblante
abstracto-espectral le posiciona traumáticamente alejada de los melodiosos
paisajes pop de Así De Simple (‘15) o de Una Nueva Era (‘18). El
mismo sino sigue “Corazones De Papel (Demo)”, sólo que sin el epatante pulso
oscuro de “Telúrica” -pero con un tic-tac a inicio y final de sus más de cuatro
minutos. Ídem “Recuerdos (Demo)”, sobreabundante en dub y dotado de un reloj
-éste sí presente a toda hora- que dicta tempos aún más pausados. Lástima que
aquí la voz de Ángela no llegue a las notas altas por más que se esfuerza.
Del post pop en plan electrónica trippy de
“El Río”, que utiliza patrones vocales de Ruesta remuestreados, no hay mucho
más que decir. Para más señas, repasar Lisergias (‘24), opus de Polvos
Azules donde se le incluye originalmente. Sí hay algo más de chicha en “A
Puerta Cerrada”, nueva expresión de ese mestizaje del que Gelatina Magma daba
señales en rounds como “Oda A Malanga” y “Caminante Nocturno”. “A Puerta...”
apela a la fusión de percusión afroperuana y de jazz en el mástil del bajo,
matizada por teclados lúdicos y una letra bastante sombría. Como para no
guardar muchas expectativas sobre el rejunte de la sociedad Ruesta-Samamé en un
futuro inmediato.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 5 de febrero de 2025.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2024 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (II)
Admito que hace mucho no pensaba en
Asteroide, la sociedad de David y Marco Rivarola que rompiese fuegos a fines de
2008. Tanto en ese entonces (Laberinto Y Despedida) como a través de su
sucesor (Venganza, 2016), los hermanos dejaban en claro que lo suyo era
el pop alternativo con inflexiones a metamorfosearse según el momento -noisy o
shoegazing al inicio, luego indie. El mini-LP de remixes El Abismo Contenido
(‘18) persiste como deuda pendiente -con remezclas firmadas por Mario Silvania,
Theremyn_4 y el argentino Zigo Rayopineal.
Cuatro bienios después de Venganza,
encuentro a Asteroide adicionando fuerzas a las de un habitual en estos bytes,
José María Málaga. En su faceta de Fiorella16, el arequipeño atravesó en el
tercio final del ‘24 un rush muy agitado, concerniente a presentaciones y
producciones. Entre las últimas se debe contar el registro co-firmado junto a
los Rivarola, Suni A Través Del Espejo (Cruel Nature Records, julio). Aunque a priori esta
movida luzca un poco desconcertante, ya que ambas ententes discurren por
caminos muy distintos, más allá de la camaradería que les une existe un factor
en común -la Distorsión.
En formato mini-álbum, Suni... consta
de cuatro estaciones. Todas ellas participan de los aportes estilísticos de
Marco, José María y David, pero la conjunción no les inscribe cerca del background
de Fiorella16. O del de Asteroide. Lo primero que me viene a la cabeza
escuchándoles es el dark ambient, en esencia el de la escudería itálica
Unexplained Sounds y derivaciones. Incorpóreas, las melopeas que moldean se ven
suspendidas por ventarrones drónicos, nutridos éstos de las atmósferas glitcheadas
que escupen osciladores muy probablemente intervenidos. Esa batahola iterativa
trashuma cribada por los teclados de David Rivarola y la guitarra ¿de palo? del
mayor de los Málaga.
Muy difícil de rastrear indicios que le
delaten, el bajo de Marco asciende ocasional a la superficie. Más ocasional es
la voz frikeante y quejumbrosa de José María, que coadyuba a redondear las
tonalidades oscuras y concentradas de “Agua”, “Cielo” o “Cerro”. Esta característica
hace surgir espontáneamente el otro vitral que emplea el terceto para expandir
su impacto auditivo, uno que además los involucrados han reconocido en la
sumilla de BandCamp: Sunn O))). Obviamente, Suni A Través Del Espejo no
asimila ni la tensión macabra ni el devocionario pagano del tándem Greg
Anderson-Stephen O’Malley, si bien llega a sobresaturar de malas vibras las
neuronas que no conserven la guardia en alto -en un sentido análogo al de
Bauhaus en, digamos, “Hollow Hills”.
SATDE se clausura con
“Primavera”, donde coinciden todas las variables antedichas, excepto la de la
voz. El resultado se transfigura a cada paso: triste, pánico, ruidoso, etéreo,
grave.
Peregrina decisión la de hacer público un trabajo
sonoro -ídem un libro, una película, etc- el último día del año, sea cual fuere
su condición. Si razones pueden enumerarse muchas, dos son las insoslayables.
Primero, no queda el menor margen de tiempo para oírle suficientes veces a fin
de escribir algunas palabras al respecto antes de medianoche. Segundo, pasa
completamente desapercibido para todo el mundo. Como que eso es lo último que
debería buscarse, ¿no?
Nada disuadió a los muchachos de Mantarraya,
oriundos de Nuevo Chimbote, de tomar ese curso de acción. Volumen II fue
colgado en Internet el 31 de diciembre, y recién muchos días después algunos pudimos
enterarnos. Otros no han tenido esa suerte hasta ahora. Quizá el principal
acicate para semejante apremio han sido los cuatro años de silencio discográfico
tras el epónimo debut, eyectado en 2020, y los correctivos hoy implementados. Mantarraya,
en efecto, traspasaba el dintel de los 67 minutos y se ahogaba/diluía
parcialmente en los desbordes inherentes a la novatada.
En dirección opuesta, Volumen II se
expone mucho más sobrio -también 11 episodios, sólo que en una cincuentena de
minutos. No bien comienza a sonar “Espíritu De Fuego”, queda evidenciado que este
power trio (recientemente cuarteto) no se lanza a inventar la pólvora. Tampoco es ése su objetivo.
Mantarraya remite a los días en que el merseybeat había abandonado ya su
crisálida para convertirse en un robusto blues ácido. Consecuentemente, sus
influencias mayúsculas son el Señor Guitarra Jimi Hendrix y Led Zeppelin -esto,
entre otras varias. En modalidad The Jimi Hendrix Experience, del primero
hereda la base rítmica esmerada, rabiosas eléctricas llenas de psicodelia, compactos
arreglos algo complicados. Del segundo, la dureza, la pesadez, la corpulencia.
¿Una única etiqueta que condense estos tres rasgos? La del hard rock.
Mantarraya, por ende, es rock de vieja
escuela. Puede agradar a metaleros y a feligreses del stoner, a tenor de no
alimentarse ni de un género ni del otro en toda la rodaja. Más pulido, libre de
los excesos y las grandilocuencias que demeritaban su primer esfuerzo (“La
Sombra De La Nube”), con Volumen II se hace mucho más sencillo disfrutar
de su propuesta. Una de perfil esforzado (“Abraza Tu Dolor”), que reposa
controlada mas nunca adormecida (“Diablos Al Amanecer”, “Bajo Los Focos Rojos”,
“Un Café En El Sol”), y cuyo mástil de cuatro cuerdas resquebraja la formación
encabritándose cada dos por tres.
Rubrican la segunda entrega de Paulo Manrique (bajo),
Alex Vivar (guitarra, voz) y Kelvin Sifuentes (batería, percusión, vientos, voz)
los desarrollos instrumentales. Nada mal, pese a que para los altos estándares
que emulan todavía les falta buen trecho. Nuevo grupo a degustar proveniente de
la misma localidad que Desert Gang -otro power trio, éste sí manifiestamente
stoner.
¿Mutatis mutandis en el continuum
espacio-tiempo que atraviesa El Otro Infinito? Tranquilamente sí. Aunque no
atestigüemos un corte de mangas radical, es innegable que la música del
individualista surcano ha experimentado una profunda transformación, que le catapulta
hacia las periferias más exteriores de ese dédalo de alcorces en que ha devenido
la electrónica contemporánea. Y si bien esto le pone a tiro de piedra de comarcas
inexploradas apertrechado con ese alias, es imperioso enfatizar que un
importante porcentaje de su genoma todavía permanece electrónico.
Siempre Hay Mar EP leva anclas gracias
a “Kokteau”, cuyo nombre evoca espontáneamente reminiscencias dream pop. Y
aunque la apertura está lejos de esas cuadras, su pareja naturaleza indie y
electro se refracta en ellas durante más de 210 segundos: mientras glitches y
secuencias son la madera, clavos y pernos de su embarcación, las
electroacústicas son los paños, el viento y su tripulación. Ninguna de las
siguientes paradas le hace justicia a esa alucinada carátula. “Naufragar Y
Flotar”, de otro lado, no calza exactamente en esas coordenadas, sí en ese modus
operandi. O, al menos, en uno muy similar: beats y percusiones sintéticas
postulan ambientaciones abstractas, que la de seis cuerdas colma de colorida
pigmentación. Algo así como un Lunik en clave pop.
La otra hoja de este amplio ventanal costero
es cosa exclusiva de la electrónica usual en el proyecto de Alfonso Noriega
-ésa que parte casi excluyentemente de la IDM noventera. Difícil que sea de
otro modo, cuando el primer mazazo a posicionar allí es “Natasha Meets
Autechre”: un crescendo de programaciones enérgicas y tajantes, desbordadas y
eventualmente nulificadas por ostinatos de teclado que incendian los cielos.
Égida de distinto modelo pero de convergente gradación empuña “Mar Otra Vez”. Sea
o no el título un guiño a los recordados madrileños que en los 80s poseían
idéntico nombre, sus secuenciaciones se construyen sobre los mismos ecos, las
mismas reverberaciones, los mismos puntillazos inherentes al intelligent
techno. “Mar...” me recordaría algunos remixes de Global Communication si no
fuera por la textura analógica del Sintetizador DX10 que erupciona hacia el
colofón -fantástico cierre.
Subido el primer día de la última primavera, Siempre
Hay Mar EP es un enorme paso hacia adelante en el siempre difícil camino de
la reinvención como artista, tenga esa cuestión Noriega en agenda o no. Ahora
le falta superar el otro reto -el de un largo tras muchos años en los que sólo
han menudeado EPs. Mario Silvania -de actuación estelar en “Mar Otra Vez”- produce
este último. Las vocales femeninas en “Natasha Meets...” y en “Naufragar Y
Flotar” son de la artista interdisciplinaria María Laura Vélez.
Más allá de disquisiciones generacionales, toda
persona que haya visto durante largas temporadas los viejos cartoons de Looney
Tunes y/o Merry Melodies debería acordarse automáticamente del personaje del
Lento Rodríguez. Exacto opuesto de su primo Speedy Gonzales, aunque “el ratón
más cansado en todo México” no debe haber aparecido en pantalla sino tres o
cuatro veces, ello no impidió que se hiciera de inmediata recordación. Quién
sabe fuera su nombre o su flemática pinta, lo cierto es que se convirtió en inadvertido
icono de esos vetustos dibujos animados.
¿Por qué una nueva banda peruana adoptaría el
chaplín de Lento Rodríguez? No imagino ningún buen motivo, y a la vez me parece
tamaña jugadaza. Los muchachos tienen un EP editado en el ‘23 (Felicidad En
Dosis Exactas), que no he podido escuchar porque desgraciadamente sólo se
encuentra disponible en Spotify. Algunas voces apuntan a un shoegazing de
humores oníricos. Ese mismo coro habla de una sorprendente reorientación en su
puesta de largo, New New Wave, acaecida en septiembre del ‘24. Mérito
extra si se tiene en cuenta que Gustavo Rizo Patrón, guitarrista, tecladista y autor
principal del combo; se ha afincado en New York, donde ha dado los toques
finales a su nueva criatura asociándose a Howie Weinberg y a Pablo Moreyra.
El grupo, que completan Javier Espinosa
(guitarra), Carlos Freyre (batería), Susana Fátima (voz) y José Luis Contardo
(bajo); se ha abroquelado en derredor del pop. No de uno burdo, sino capital,
que acredita ensoñador linaje indie de las líneas española e inglesa. Rarísimo
es el pasaje en que puedan detectarse atisbos de sobrecarga, vestigios de
distorsión. Más raro todavía el segmento en que la música produzca sobresaltos.
Todo en Lento Rodríguez atesora una factura muy cuidada -adornos de teclado de
bonita orfebrería, batería de buen pie y siempre pronta, eléctrica que encanta
y arropa antes que sedar y arrebujar, bajo que calza y acuña sin hacerse notar...
Que New New Wave sea un ejercicio de
pop estoicamente contenido y ejemplar no sólo se nota en esos detalles. También
en la férrea determinación de prevalecer a salvo tras cánones de ese pop que
nunca ha sido sinónimo de accesibilidad gratuita -es decir, perfecto (o casi).
En “Palermo”, por ejemplo, me hicieron pensar en los olvidados The Magic
Numbers; drenados de la excesiva cantidad de polisacáridos de carbono a que
eran tan proclives esos ingleses. En la semi-balada “The Rite Of Ipanema”, el
quinteto parece sentirse tentado a subir a altitudes similares a las de los
primeros Red House Painters. No ocurre tal, sino que se mantiene en sus trece,
y esa mesura es también parte de su encanto.
Tan decisiva como la disciplina instrumental
es la que exhibe Susana Fátima frente al micrófono. La limeña tiende a cantar
como sus pares lo hacían en los viejos 80s, otorgando así mayores brillos al esférico.
En éste, y pese a lo que sugiera su peculiar bautizo, Lento Rodríguez no se asemeja
a The Housemartins o a Aztec Camera. Otra cosa es que exista una comunión
fundamentada en la pulcritud de un pop mesurado (“Tortoise Sunglasses”),
sofisticado (“Substitute Connections”), que no teme ni medio segundo abrazar
una melancolía sugerida, dosificada, exquisita. Cualidad que agradezco mucho en
estos aciagos días.
No es “confusión” la primera palabra que
acude a mi mente cuando escucho la obra de Piero Limaco. Tampoco “pereza”. Sin
embargo, el ayacuchano se acoge a la definición que ésta sostiene para no sólo
definirse como artista (en entrevista concedida al blog Vanguardia Peruana Y Sonidos Contemporáneos), sino asimismo describir a su debut en estas lides.
Algo de razón debe asistirle, porque Eclipse 2022-2024 destaca en la
propia denominación su carácter recopilatorio dentro de un período de tiempo
delimitado. Infrecuente es en estos días, ciertamente, la oportunidad en que un
músico o grupo se estrene con opus de esta naturaleza, por lo menos de manera
tan evidente.
No creo que Eclipse... haya sido
concebido bajo otras premisas que las de la exploración, del ensayo, de la
experimentación. Su norte nunca fue la magnificencia. Todo lo contrario.
Algunas de sus dieciocho piezas poseen el acabado de composiciones completas,
pero la mayoría abriga una estética sin bruñir, tosca, no procesada -son más
fragmentos de canciones, antes que canciones propiamente dichas. Es probable
que ello responda a la urgencia de Limaco por inmortalizar el momento, y con
ello tal o cual estado de ánimo, por lo que cabría hablar de una suerte de
metodismo polaroid. Capturar en cierto modo el aquí y el ahora, antes de que éstos
se desvanezcan, es por lo demás un curso de acción que discursos como el jazz o
el post rock han priorizado.
Lo del músico surandino va de otros sabores.
Canales como “Te Disocias Contigo Mismo”, “Sarajevo” o “Para Ti Todos Quieren
Morir” están signados por una electrónica que puede llegar a ser recia cuando
se enterca en ello (“Palacios”). Otros, como “Ucrania”, “Suenho”, “Anallemeinefreunde”,
“Nubes” o “Heimweh”; van del pop paisajista al refinado. Algunos más prefieren
adentrarse en una indietrónica que parece hecha al guerrazo, como “Cuántos Días
Han Pasado” y la barbitúrica “Buscando Vidrio En El Mar”. En los hechos, pues,
asoma razonable elegir el rótulo de “bedroom indie” para tratar de abarcar este
capítulo de cabo a rabo -aunque siempre logran escurrirse algunos asaltos de
posología incomprensible.
Ahí están los casos de “El Lado B De Tu
Rostro” o de “Detrás De Ti”. En giro para mí inexplicable, Piero Limaco le da
tribuna al trap, subproducto a-cultural en el que no merecería gastar su
talento ni medio minuto. Asumo es la clásica diferencia insalvable entre una
generación y otra, y para el man hacer trap es tan válido como esculpir pop,
electrónica o indie. Sus razones esgrimirá (y yo las mías).
Me quedo con la imagen, ergo, de
edificaciones sonoras a medio concluir. De masterizaciones cojas. De fallas
involuntarias e igualmente bienvenidas. De mezclas finiquitadas a la prepo.
Como ya han enseñado notables antecesores suyos, dentro y fuera del país, acaso
no haya mejores condiciones para desplegar con tino y tacto visiones personales
sobre amores inacabados, penas insondables, las propias sombras que no se
suelen compartir con nadie, los demonios del pasado que aún resta exorcizar,
las puertas que debes definitivamente cerrar. Eclipse 2022-2024 no será
la clave determinante, pero ayuda su poco.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de julio de 2024.)
Por esos cortocircuitos sumamente insólitos
que rara vez se producen entre interacciones varias online, supe de una banda
de cuencanos que decidió debutar el año pasado con artefacto doble: Bosón De Higgs. Ni bien te empapas de info al respecto, las peculiaridades comienzan a
saltar -el grupo proviene de Ecuador (país del que no me suelen llegar noticias
relacionadas a la música pop contemporánea), su imaginario está profundamente
marcado por la ciencia y esa ficción especulativa que ponderaba Harlan Ellison,
el estreno tiene todas las trazas de ser un díptico conceptual a la usanza de
los 60s y 70s...
Es un poco difícil acceder a Los Cuentos
Espaciales. Aparece en Spotify, plataforma que no uso ni usaré nunca, y en
YouTube sólo figura bajo la modalidad “playlist”, no “full album”. También se
hace complicada su escucha para quienes no tienen los tímpanos encallecidos, ya
que los norteños se encomiendan a un manojo de géneros de los cuales el más
“joven” es el alternative rock de los 90s. Hard rock, space rock, progre y
psicodelia son las otras constantes de que se sirve el output de Bosón De
Higgs. Por suerte es el rock alternativo el llamado a revestir todas esas
influencias con una pátina de relativa modernidad, como para que el viaje no
rezume olor a naftalina, aunque de todos modos es ineludible hablar aquí de
revivalismo.
El primer volumen de Los Cuentos
Espaciales abre guiñando al clásico de Stanley Kubrick 2001: A Space Odyssey (1968). No puede entenderse de otra manera “Overtura (Así Habló
Zaratustra)”, que ni bien finiquita da paso a aplicadas embestidas rock,
consecuencia de muchas horas de ensayo; lo que les hace lucir además
correctamente cuadradas. Sucede con “Rocket Scientist” (prog que se esfuerza
por no parecer prog), con “Las Jaulas De La Ciudad” (denso hard rock bien concluido),
con “Bosón De Higgs” (de agilidad elogiable), con “Vía Láctea” y “Agujero
Negro” (ambos de ciertos matices oscuros que me hacen dirigir la mirada hacia
los 80s). Flexibilidad, soltura y presteza, que no vetan episodios más lentos
y/o de medio tiempo -“Supercúmulo De Virgo” y “Aurora Parte 1”, instrumentales
los dos.
Para el segundo volumen, el panorama sufre
algunas modificaciones. La más notoria es el amago de tour de force que Bosón De Higgs practica a través de sus siete pistas: si bien entretejidas, el
entrelazamiento no es tan evidente como pudiera esperarse. Asimismo, los
venerables/vetustos géneros a los que se ha aludido antes asoman más
perfilados, sin el sesgo “modernista” ya de que el alternativo les nimbaba. El
instrumental “Danza De Polvo Estelar”, por ejemplo, se presenta impúdicamente
en todo su progresivo vigor. Otro tanto sucede con el heavy blues de “Vistazo A
Tierra”. Pero si hay un estilo que destaca por la cantidad de veces que es
invocado, ése es el hard rock, sobre todo el del primer Deep Purple -el que no le hacía ascos al space ni a la psicodelia. Su estela asoma bastante obvia en
“Cometa Rex” o en “Macrobélico”. También aquí hay lugar para digresiones
balsámicas, como “Sálvame” y la insular “Pálido Punto Azul” -no entiendo muy
bien qué quisieron hacer los ecuatorianos en esta última, más allá de reciclar
el homónimo discurso del recordado divulgador científico Carl Sagan.
La doble jornada de Los Cuentos Espaciales
cierra persianas con el hard prog de “Aurora Parte 2 (Final)”, en registro
raudo y contundente. Bautizo ambicioso. Muy lejos de naufragar, tampoco es del
todo logrado. Tratándose de una puesta de largo, tiene un nivel aceptable. Y,
cómo no, cosas por enmendar. En contadas ocasiones, el hándicap de la
laaaaaaarga duración de un CD puede contrarrestarse/revertirse a favor del
combo. Éste podría ser el caso, ya que si decidimos meter todos los tracks en
una sola rodaja, espacio no va a faltar. Su separación en dos partes, por contraste, parece confirmar la teoría de díptico conceptual -el vasto universo
que nos circunda, sus visiones ensoñadoras, sus escenarios dantescos. Ningún esférico
recibe nombre específico, sin embargo, como se estilaba antaño. En fin, estreno
a tomar en cuenta para futuras referencias, lleno de elementos armónicos y
melódicos; el del quinteto integrado por los hermanos Danny (bajo, voces) y
Paul Galán (guitarra, voces), Fernando Marín (batería, percusiones varias),
Esteban Cañizares (guitarra, voz principal) y Jorge Pezantes (su intensa performance
en teclados lo hace el más interesante a seguir).
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 2 de agosto del 2023.)
Mala suerte la de U.F.O. 1982 al subir a
BandCamp su puesta de largo el 22 de febrero del ‘20, pocos días antes de
decretarse el inicio de la emergencia sanitaria en el Perú a consecuencia del
COVID-19. Por ende, Fantasía pasó completamente desapercibida en medio
de la crisis pandémica, que condenó a un olvido algo dilatado el esfuerzo de
Janis Monja -principal y única fuerza motriz del proyecto- producido por Esteban
Loayza.
Tres traslaciones terrestres después, U.F.O. 1982 lanza un extended play temático con todas sus pistas empalmadas. Cyber
Noir EP se centra en la figura del T-800, el ominoso e implacable antagonista
de Terminator (‘84), joya del cine B y uno de los mitos contemporáneos
más destacados que surgiera de la cultura pop ochentera. La decisión no
extraña, ya que desde un principio el alias de la peruana ha dejado en claro la
devoción que le suscitan los sonidos electrónicos de los primeros 80s
-concretamente la new wave y el synth pop, amén de la prole y cruces que ambas
corrientes generasen hasta clausurarse el siglo pasado.
Cyber Noir EP luce más como una
gran pieza de casi 18 minutos, antes que un conjunto de cuatro tracks. En gran
medida, el tema central que signa Brad Fiedel para la banda sonora del aludido film es el motivo inspirador de esos canales, al punto que el “Intro” del
extended es una especie de remodelación/rework de aquel, con parlamento sampleado
de alguna(s) de las secuelas de la saga Terminator. Pegadizo synth pop de
ciencia ficción y musculatura Hi-NRG que, en la práctica, no se diferencia del
de “The Future Is Not Set” más que en la programación -mientras éste la tiene, “Intro”
carece de aquella. Queda así la sensación de una fosca reelaboración entre
futurista y dance, a partes iguales, de la composición original de Fiedel.
En “Tech Noir”, nombre de la discoteca en que Kyle Reese y el T-800 se enfrentan por primera vez, el equilibrio detallado se
sostiene lo mismo que la secuencia rítmica. Sin embargo, los principales rasgos
identitarios de la obra de Fiedel se han difuminado. Los arreglos vintage/retrofuturistas
de robóticos sintetizadores y cristalinos teclados habrán nacido de su
simiente, pero ellos ya no están. Tampoco la explosión Hi-NRG de la primera
mitad. Para cuando “Skynet” empieza a sonar, bajándole simultáneamente la
persiana al EP, Monja termina por sepultar todo vestigio del soundtrack de Terminator:
del synth pop ochentero lleno de fulgor hasta grados chillones no sobrevive
nada, pues la música se vuelve más reluctante al acercarse a la tradición del synth
usamericano de los primeros 90s (tipo Faith Assembly, Seven Red Seven o
Cosmicity).
U.F.O. 1982 se presentó el domingo 6 de
agosto en el festival Underground Space, autodenominado “el primer evento de vaporwave
peruano”. Pese a que ni en Fantasía ni en Cyber Noir EP he podido
encontrar siquiera media nota de hard vapour o de future funk, debido a las inclaudicables
reminiscencias en la producción del acto se comprenden las razones para haberle
programado junto a otros seudónimos que sí califican como vaporwave -Lost
Traveller ロスト, Babefake, Blurred Hologram, S O A R E R.
Las historias de todos los circuitos que
conforman directa o indirectamente el mosaico de nuestra escena independiente
nacional están atestadas de casos en los que tal o cual grupo no logró superar
el reto del segundo álbum, tras agotarse el entusiasmo inicial y sobre todo si su
estreno fue tan bueno que acabó convirtiéndose en sambenito y obstáculo. Hasta
hace unos meses, a este limbo parecía pertenecer la banda Búho Ermitaño, que en
el ‘14 debutase con un LP magnífico como Horizonte, a seis años de haberse
fundado.
De todas formas, pausas de casi una década suelen
ser aquí sinónimos de expiración definitiva. Hasta que se van al tacho, claro.
No es ésa la única singularidad que distingue a BE. Cuentan a su favor una
existencia que jamás se ha visto interrumpida y la permanencia de los seis
individuos que firmasen Horizonte. Estas circunstancias, no obstante, son
relegadas a riguroso segundo plano cuando aparece un nuevo documento sonoro a
considerar. Y vaya que si el Tiempo no ha transcurrido ni para los capitalinos
ni para el novísimo Implosiones.
Editado por Buh Records, el vinilo es mucho
más corto que el mazazo de hace nueve calendarios. Pese a ello, la media de sus
siete surcos sigue siendo muy elevada, como toca a una alineación que se desliza
entre/impregna de todos los subgéneros lisérgicos de vieja escuela -así como de
sus coetáneos más próximos, y aún de sus más aplicados descendientes. En la
senda de lo mostrado por Horizonte, las nuevas creaciones de Búho
Ermitaño se alimentan del espíritu del prog, del delirio del space, de la
contundencia del hard, de la turbia viscosidad del heavy, del arrebato del
blues, del pasotismo de la psicodelia, del jammeo intuitivo del kraut, del
groove tribal de fusión enraizadamente jazzera...
Poco es, entonces, lo que ha cambiado la
receta del sexteto en cuanto a ingredientes. Acaso sea el folk el único de
éstos del que se ha prescindido. Felizmente, no es correcto utilizar ese adverbio
calificativo para describir el aliento que sopla en este puñado de seis
instrumentales y un solitario número cantado. Tampoco, para referir la soltura
con que ahora los músicos fisionan influencias. O su remarcable
desenvolvimiento instrumental, que ha ganado durante todo este tiempo sin editar
cotas verdaderamente fabulosas -de inequívoca superioridad a las del primer
esfuerzo. Todo esto ha sido posible gracias al disciplinado vigor que ahora ejercen
tanto individual como colectivamente: si antes se les podía reclamar a los
limeños un poco más de “descontrol”, hoy es evidente que no sólo pueden hacerlo
cuando quieran, sino que es consciente decisión propia no abusar de esa
coartada.
Así entiendo el milimétrico kraut ácido a lo
Guru Guru de “Herbie”, los místicamente laxos efluvios cósmico-uterinos de “Ingravita”
y el breve “Preludio”, el ascendente punche ácido de “Explosiones”, las
piruetas prog-jazz pro-Birth Control de “Buarabino”, la irrupción de acervos
sonoros de la zona altoandina presentes en “Renacer”... También, por supuesto,
el indómito crescendo psicodeliblues de orientación space que comporta “Entre Los
Cerros” -probablemente, lo más impetuoso/achorado/¿feérico? que han publicado a
la fecha Juan Camba (batería, flauta), los hermanos Leo (bajo, guitarra,
sintetizadores, theremin) y Diego Pando (bajo, guitarra, voz), Irving Fuentes
(charango, bajo, la talk box), Ale Borea (percusión, loops, efectos) y Franz
Núñez (guitarra, flauta, sintetizador, bajo). Otra jornada perucha de este 2023
que logra puntaje perfecto -y duro competidor fijo en los recuentos de fin de
año.
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 8 de julio del 2020.)
Muy poco después de
su upload (01/03/19), recibí el anuncio de publicación de material de un nuevo
grupo nacional. Por la portada, que remitía instantáneamente al arte
a-lo-chicas-Vargas con que se adornan la literatura de anticipación y la
cultura de juegos de rol, parecía ser una formación stoner. Pese a que algo de
ello había, no era lo único vertido en el caldero.
Tampoco era exacto
asegurar que se trataba de un nombre debutante. En apariencia, Kurandera ya no
existía: la sumilla en inglés de su BandCamp hablaba de ella en pasado. El
puñado de seis pistas, para más inri, se presentaba como EP post mortem cedido
a Pájaro Records. Más propiamente un mini-álbum epónimo, era la promesa trunca
de aquello que nunca iba a ser. Supongo que los integrantes se arrepintieron ipso
facto de la decisión, pues para fines de abril del mismo año ya pregonaban la
salida de su ópera prima en regla. Ésta se concretó recién en febrero.
En teoría, El Pacto es una versión aumentada de
aquel extended que apenas si se promocionó, y al cual repesca completo salvo
por “Como Un Perro Sin Nombre Por Las Calles”. La carátula es la misma, con el
añadido de la denominación escogida para el debut. A los cinco números
rescatados se adicionan “Estoy Dengue”, “Arderán Sus Templos” y los extensos
“De Vuelta Hacia El Desierto” y “La Parte Podrida” -todos ellos registrados en
el transcurso del 2019. La edición física ha corrido por cuenta de Mosquito
Records, Tóxico Records y Entes Anómicos. Entendiendo que era el legado imperfecto
de un cuarteto jugado por la separación, y empacado como tal, tenía Kurandera EP excelente pasta de maqueta
o demo. Teclados mínimos, batería esforzada, el fuzz liberando destructivas ondas
cinéticas... Heavy blues experimental, stoner troglodita, hard rock
psicodélico, incluso noise punk; fisionados y barbotados en mal viaje
metafísico, trascribiendo todo lo perceptible en gradaciones flamígeras de
rojo.
Quisiera subrayar
el crecimiento que ha tenido el repertorio de Kurandera entre el extended y el
largo. No puedo hacerlo. Después de casi un año, muy poco o nada ha cambiado. Las
tomas son esencialmente las mismas. Si “Viva La Revolución” ahora samplea un
huayno del folklore andino a modo de coda, las demás sufren alteraciones aún
menores. Cero evolución. De otro lado, las nuevas creaciones se ubican en las
mismas coordenadas que sus predecesoras -un borrador de notas: pasan piola como
bocetos inacabados, desaprueban como versiones en limpio. En algunos casos, concretamente
en “Arderán Sus Templos” y “Estoy Dengue” -que repiten machacantes cual
sonsonetes sus títulos-, el nivel es aún más ínfimo.
En momentos en que
escribí esto, he reproducido tanto el link de YouTube como los audios subidos a
BandCamp en el ‘19, y estos últimos suenan muchísimo mejor. Es como si las
canciones que dan forma a El Pacto
hubiesen involucionado y sonasen bastante más mal que las versiones
primigenias. Digo, ¿para esto dejó pasar once meses un cuarteto que en la
víspera ya estaba listo para decir adiós? Si se requerían más horas de ensayo,
y aún de grabación, ¿qué demonios hacen TRES disqueras patrocinando un
lanzamiento que no cuenta con efectivo respaldo de ninguna de ellas en esas instancias?
¿Y dónde quedan la producción y la mezcla? Lamentable que se arruine así esta
oportunidad.
Y luego de media
década, sin emitirse ningún aviso previo, recibo un lunes la feliz noticia del
regreso de Diego Meneses con nuevo LP de Dreams On Board bajo el brazo. Uno que
se ha gestado entre São Paulo, Taipei, Lima y Seúl -editado como siempre bajo
las banderas de Surrounding, sello del músico trotamundos.
Admito que, en principio,
Timeless me dejaba la impresión de suscribir
golpe de timón hacia un sonido distinto del que Meneses había despachado en Instantes Mil (2011) y en el fabuloso Wishes (2015). Las etiquetas dispuestas
en BandCamp aludían al downtempo, el otro alias que a veces usa el trip hop, y
a la Berlin school. Si bien esto último era más un tiro al aire, había cierto
asidero para aquello de downtempo. Después de varias sucesivas escuchas, llego
a la conclusión de que el disco es consecuencia de un refinamiento de todo lo expuesto
por el individualista peruano. La ornamentación trip hop está allí, pero es accesoria
e inconstante.
Porque, en los
hechos, DOB sigue siendo el mismo unipersonal que partía de la combinación
entre house y techno para eyectarse hasta ese catártico IDM intimista de
propiedades curativas que me noqueó en Wishes.
La esencia sigue siendo la misma, aunque obviamente haya habido mutaciones. La
más notoria de ellas es la flexibilización, cuando no sublimación, del basamento
tech-house. En esas condiciones, la cimental grava proporciona mayores espacios
para el lucimiento de una cálida estética ambient pop, ocasionalmente bristoliana.
De “Banquiao” -con sus veladas resonancia triperas- a la oscuramente saltarina “Encore”,
el primer tramo de este Timeless atestigua
esa depurada electrónica de salón, de asimilación doméstica y técnica
inmaculada; que a la vez funciona perfecta para madrugadas insomnes al volante.
“God” y “Isolation”
abren el espectro de Dreams On Board hacia predios de ese subgénero-limbo
alimentado por próceres como Boards Of Canada o Lali Puna, precintado con el
inteligente rótulo de ‘idyllitronica’. Gracias a esta apertura, la segunda
parte del CD exterioriza detalles que se hallan normalmente latentes en la discografía
del acto. Cortes como el austero “Reset”, el trippy “Origen” o el litúrgico
“Ritual” (colabora el irlandés Christopher Scullion en el bajo) explicitan las
dos dimensiones emocionales/espirituales que Meneses hila entretejidas desde
las épocas en que Dispositivo Sueños era su único grupo. Y es que la gama
irisada que subyace al 95% o más de sus composiciones, es el resultado de lo
elegíaco escondiéndose en lo crepuscular, o de lo crepuscular escondiéndose en
lo elegíaco. El segundo es el caso más abundante, pero el primero ha producido
melodías de-sar-man-tes (cf. “Summertime”).
El potente surco
epónimo del Timeless vuelve a disimular
la filigrana, y le da prioridad a los márgenes más geométricos de DOB,
fungiendo así de preámbulo para el epílogo -“Vorahnung”, ensenada hermosa y
apacible tras la travesía heroica por los mares siempre movidos de la hibridación
electrónica. La manera más atinada de cerrar el segundo candidato peruano a
disco del año, de cara a los recuentos de diciembre.
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 13 de mayo del 2020.)
#AguanteChile
Antes de que la
escritura viniese a partir el pasado de la Humanidad en prehistoria e historia,
hubo un tiempo en que memorias y relatos de tribus y clanes se transmitían gracias
a la palabra hablada. Originalmente, de manera sencilla y elemental; luego,
fabulando la narración hasta estilizarla y producir el lenguaje necesario para el
advenimiento de mitos y leyendas. Si en el primer caso un cazador de aquellas
edades contaba al resto de la horda que siguiendo el rastro de una presa
tropezó con una piedra, accidente que le hizo notar hacia dónde se dirigían las
huellas del animal, las briznas que mordisqueó en esa dirección y su rápida inserción
en una manada; en el segundo estetizaba la caída afirmando que se detuvo a
conversar con la piedra, que ésta le contó haber visto a la presa pasar por
allí, observado hacia dónde iba y escuchado el alborozo que armaron sus
compañeros de especie cuando se les unió -amén de señalarle el rumbo de sus
huellas. Unos peldaños más y el cuento aparece en la tradición oral del Hombre.
El sonido de
Kuervos Del Sur consiente la simplista descripción de hard rock vitaminizado, pero
también animista. No confundir con perfiles similares como el chamánico, el
ritualista o el neo-pagano. Es el animismo la concepción religiosa asida a las once
canciones de Canto A Lo Brujo (2019),
el motor espiritual que permite el ingreso en sus líricas del imaginario que
las etnias oriundas de Chile han filtrado a través de los siglos en el ámbito
rural del país, mediante cosmogonías y quimeras con que adornaron su sabiduría
ancestral. Las letras en conjunto tienen la imperiosa pulsión del relator de
cuentos, del cronista, del juglar -papeles que su cantante, Jaime Sepúlveda,
interpreta en nivel superlativo. El lenguaje utilizado, mucho de gesta y de
épica.
Sexteto natural de
Curicó -región del Maule, zona central de Chile-, Kuervos Del Sur está
integrado por Pedro Durán (guitarra), Jorge Ortiz (charango y quenas), Alekos
Vuskovic (piano y teclados), Jaime Sepúlveda (voz), César Brevis (bajo) y
Gabriel Fierro (batería). La bandada ya lleva transitando arremolinada doce
años. Desde que debutase con Porvenir
(2009), ha (man)tenido un núcleo duro de al menos cuatro músicos,
incorporándose de manera definitiva tanto Fierro como Vuskovic a partir de su
penúltimo disco, el celebrado El Vuelo Del Pillán (2016). Es gracias a ese episodio que les conozco.
Canto A Lo Brujo desarrolla más amplia y generosamente aquello
que los sureños mostraran en el capítulo anterior. Aunque he dicho que su
estilo puede condensarse en la frase “hard rock vitaminizado”, esta estrecha definición
no debe tomarse ad pedem literae. El credo sónico del grupo es el de un rock
pesado que tan pronto reivindica la herencia folkie de Congreso o Los Jaivas
como el grunge de Mad Season o Soundgarden, la psicodelia del mejor Hendrix y
del Santana más presentable como la nueva canción latinoamericana de Violeta
Parra o Inti-Illimani, el prog de Rush o Pink Floyd como la áspera reciedumbre
de Led Zeppelin o Deep Purple, e incluso el pilerazo stoner de Queens Of The
Stone Age. Ello, sin decantarse por alguna de estas referencias en específico
-cf. “El Trueno Y El Relámpago”, número jaloneado por rítmicas de diversa
índole.
Las composiciones
de CALB dan la impresión de
metamorfosearse constantemente, de un inexpugnable M4 Sherman a un ágil/flexible
Grand Cherokee y viceversa, conservando virtudes/fortalezas de uno y otro
modelo. El tema que mejor ejemplifica esta incesante transformación es “El
Sueño De La Machi”, mismo que además ilustra ipso facto de qué va el rollo
abrazado por la banda -se trata de un duelo entre la machi (matrona curandera
de la Araucanía) y la fantástica criatura Tue-Tue (siniestro protagonista de la
apertura “El Brujo”).
Un redoble de
batucada por aquí (“Siglos”), una guitarra en modalidad cueca por allá (“Rin De
Las Corazonadas”), una percusión disruptiva que potencia la electricidad por
acullá (“Ramal”)... Brochazos con que el combo suaviza las salientes del
expreso hard-metal-prog al que ha subido este Canto A Lo Brujo de métrica salmodiante, forestas tórridas, vibraciones
etéreas, cielos clementes, acuciante fuerza vital, neblina mágica -y que huele
a mitología araucana por todos lados: en la portada, ha dibujádose a Caicai y
Trentren, las serpientes emblemáticas del folklore perteneciente a la milenaria
etnia mapuche.