(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 27 de agosto de 2025.)
A prima facie, debo reconocer que he
escuchado poquísimo a The Mugris con anterioridad. El proyecto solista del
talcahuino Mauricio Romero, en activo desde el ‘13, ha sido bastante generoso en cuanto a producción sónica -mucha de la cual se halla disponible en
Internet. Bien por desconocimiento, bien por falta de tiempo, apenas si la he
degustado. Y es que las escenas independientes chilenas destacan tanto por su
inclinación a la autarquía como por su copiosidad. Antes de seguir paseando los
ojos sobre estas líneas, pues, recomiendo prestar oídos a Gaviota On Acid
EP (’18), a Denavi Experience (‘15) y a Permanent Disconnection
(‘20): no sólo para tener noción de los territorios en que se ha estado
moviendo el autor, sino también para contar con elementos de juicio frente al
contraste que implica su placa del ‘25.
Editada como muchas de sus referencias por
ETCS Records, Acid Lord (Crust Tape Vol. 1) es un extraño y algo confuso
cambio de curso en el derrotero del alias. Confuso para el/la escucha, claro,
que le tenía sito en altitudes donde colisionan el ambient experimental y el
downtempo de dominio/rango libre. Irrupciones ocasionales de uno/otro/ambos en
simultáneo pueden detectarse en el cassette fabricado por la label, pero es
notorio que la columna vertebral de éste es -por insólito que parezca- el
techno industrial.
No cualquiera, eso sí. Cuando coge viada “A
Lo Loco Live” (los 12 segundos de “Intro 1988” son poco para cualquier
comentario aparte), quedamos expuestos/as a vendavales de filiación industriosa,
aupados a una base programada de nítida tesitura techno. Las resonancias
apocalípticas asociadas a experiencias similares, sin embargo, se encuentran
muy dosificadas. Se trate de combazos metálicos de alto calado (“Acid Lord”),
se trate de imponentes cargas de tonelaje pesado (“Primitive Sounds Of
Talcahuano Trashers Club”), las pistas están lejos de inspirar comparaciones
con Hartbrand o KMFDM. Pese al uso de vocales filtradas/procesadas (“Laser Gun
Melody”, arranca muestreando una sinfonía clásica) o a la invencible
contundencia de la caja de ritmos/del secuenciador (“Kasparov VS Blue Deep”,
“The Real Amigues Gang”, “Deep Dream”), The Mugris no transmite esos climas de
ominosidad irrespirable tan abundantes cuando las máquinas entran en fase
tribal urbana post Armagedón.
Cuesta un poco superar el velo alrededor de Acid
Lord... No estoy seguro de haberlo logrado, por mucho que ayudasen los
digitales gorgojeos estomacales (“Tardígrados Jams”), los ¿albatros? sampleados
(“Acid Lord”), los inusuales momentos de paradójico relax (20 segundos de
guitarreo ambient como cuña al promediar “La Columna De Durruti”). Ofrezco mi
versión de todas maneras: el techno industrial que practica Romero viene
matizado por decoraciones propias de la IDM, lo que le confiere una peculiar
aura de abstracción. Allí está “Drone Sisters” y su despliegue de electrónica
tan líquida como angular. Lo mismo se aplica a “No Te Gusta La Música, Te Gusta
Figurar (Anti DJ Musculin)” o a la antedicha “La Columna De Durruti” (que guiña
al inolvidable revolucionario anarquista español). Con todo, en realidad estas
ornamentaciones pululan a todo lo ancho del álbum. Cuestión de poner atención
con detenimiento.
Jornada de vivaces encontronazos entre la
venerable asonada industrial, el ritmo de estirpe Detroit y el ambient a dos
pelos de trocar en intelligent techno. ¿Posible? Obviamente. Que se manifieste
si no desde el más allá el visionario Richard Kirk, que de estas cosas sabía
mucho -consultar su irrepetible Digital Lifeforms (‘93), dado a conocer
bajo el nom de guerre de Sandoz.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 22 de noviembre de 2023.)
Cuando en julio del ‘21 comenté X, rodaja
de remixes con que el acto ecuatoriano Sexores conmemoró su primera década de existencia,
ya había pasado más de medio año de su liberación para descarga gratuita
(diciembre del ‘20). Han transcurrido, pues, casi tres almanaques de su hasta
hace poco última referencia -pero sólo 26 meses del anuncio de su separación
temporal, efectiva a poco de publicarse la antedicha reseña y para desaliento
de este escriba. Por eso la sorpresa, cuando al promediar octubre se concreta
el retorno de la dupla compuesta por David Yepes (a) 606 y Emilia Bahamonde (a)
2046, gracias al mini-álbum Mar Del Sur.
Un reentré que, aunque de primera impresión puede
presentársenos bastante extraño, en el fondo no hace sino confirmar la sutil
parabólica que venía trazando ¿cuán conscientemente? el dúo norteño afincado tiempo
ha en México. Recuérdese que Salamanca (6/20) repescaba cierta
fascinación por la electrónica de matices lóbregos y por el dark de los 80s -y sobre
todo de los 90s-, fascinación que tomaba cuerpo en la historia temprana del
binomio a través del downtempo. Luego de una brillante fase shoegazing iniciada
con su clásico Historias De Frío (‘13) y empezada a jaspear con el doble
East / West (‘18), esa curva apunta a un regreso a los orígenes.
¿Temporal o permanente? En realidad, es difícil aseverar lo uno o lo otro.
La portada de Mar Del Sur muestra a
dos bioluminiscentes celentéreos vagando en aguas profundas, a donde no llega
la luz solar, como si estuviera adelantándose así su contenido. Lo confirma “Magallanes”,
tema gravosamente acompasado que cobija influencias dark, encendidas por el
lustre tecnológico de Garbage -otra impronta restituida. El apagado clamor de
un solitario trombón (Rómulo Gallegos) y los tintes de trip hop abstracto
subrayan el ¿giro? ¿regreso a la semilla? que implementa el dueto. Dotado de un
mayor impulso rítmico, “Aequorea” y su dream pop binario como armado por
Shirley Manson y compañía proporciona suficiente fundamento para considerar en
serio esa insinuación dance de que provee la sumilla de BandCamp.
En los siguientes tracks y hasta el colofón (el
lascivamente cadencioso “Albatros”), las vocales de Bahamonde ya no abandonarán
el registro de ambrosía pop. En cuanto al género que acabo de aludir, puede ser
inequívocamente cálido, pese a estar sujeto a programaciones glaciales y a
percusiones electrónicas (“Las Aguas En Los Bordes De Fuego” y su murriosa
trompeta, cortesía de Brenda Monge). O terciar, sin consumirse, en el pleito
estilístico que libran en una misma pista las flamígeras capas baggy de la guitarra
y la redoblante secuenciación bristoliana (“Lagos De Lirios”). O amancebarse a la
enfática, potente síncopa que identifica al plástico sonido del mainstream
noventero, mientras el fraseo quechua de DRK sucede al cantar de Emilia y
viceversa (“Biolumínica”).
Pienso que Mar Del Sur y el dream pop
de orientación dance electro que postula le funcionan a Sexores como correcto reingreso.
Sin superar la media hora, sin obtener el mismo grado “summa cum laude” de anteriores
y más perfectas jornadas, la cinta tiene los kilates justos/necesarios como
para reconocer la vigencia del talento antaño desplegado por el tándem
Yepes-Bahamonde. Se concreta así, entonces, la vuelta al ruedo de una de las
agrupaciones más queridas en la escena independiente de la región. Ahora se
supone que debe venir lo verdaderamente bueno.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 25 de mayo del 2022.)
Uno de los sucesos con que la desaparecida label
Internerds Recors empezó a escribir su corta-pero-intensa historia fue el
lanzamiento a fines del ‘04 de Mixtape!, sustancioso muestrario triple que
probaba suerte pasando revista a la mayor cantidad posible de sonidos florecientes
en el underground peruano. De la jornada participaron tanto músicos/no-músicos
de expectante kilometraje como debutantes absolutos, ubicándose entre los segundos
L-Ror, nombre del que apenas si se supo lugar de procedencia (Arequipa). Hubo
que esperar dieciocho años no sólo para escuchar la correspondiente puesta de
largo, sino además para obtener mayor información sobre el elusivo acto sureño.
Resulta que L-Ror es la identidad paralela de
Víctor Miranda Ormachea, factótum de Ruidósfera. Pensar que nos vimos en el ’18,
cuando estuve de paso por la Ciudad Blanca, y no me confió que el seudónimo era
suyo, que se lo había creado en el ‘01, que le reservaba para experimentos de
código abierto bastante más ligados a la electrónica que lo mostrado con
Ruidósfera, y que era de actividad intermitente/discontinua/vacilante/irregular.
Prueba fehaciente de ello es que, recién en el año de la Pandemia, su BandCamp recupera
el exiguo material grabado bajo esa chapa -Principles Of Nothing (1997-2010) (2010), extended donde
se cuela el número cedido al voluminoso compi de Internerds (“0001”), y el
single “Injuction To Cease Hostilities” (2014). A la par recibiría luz verde Ending
EP (2020), de registro heteróclito respecto al de sus primeros escarceos.
En efecto, Ending EP poco o nada
mantiene en común con lo antes publicado. En rounds como “First”, “Amusing
Horrifysong” o el 45 del ‘14, L-Ror se perfila más como entidad electrónica que
tenta por igual la indietrónica o el ruido digital -y, ya más tímidamente, la
IDM o el downtempo. Freak noise que el extended rechaza, en favor de un avant
bliss folk patcheado de baja fidelidad. Mares de distancia separan, pues, a Ending
EP de sus predecesores; de la misma manera en que éste se halla millas por detrás
de The Presence And Absence Of A Swerve Heart In The Birth Of Evil.
Primer rasgo sorprendente del esférico: la duración.
Contados son los episodios discográficos de combos nacionales que se acercan a
la hora y cuarto de extensión, y éste lo hace (con algo de esfuerzo, agrego). Segunda
instancia a aquilatar, la más importante: el sonido. Esos accesos de bliss, de
folk, de IDM, de ruido; han sido transmutados con naturalidad en melodías
neoclásicas enmarcadas por aires sinfónicos -siendo éstos de tal magnitud, que levantan
en torno a los diez canales de TPAAOASHITBOE la idea de una nueva
sacralidad. Tercer elemento diferenciador, dicha impresión se ve reforzada por
la carátula -intervención/recomposición de Valeria Valdivia Conde- y por los títulos
que el ex Quilluya ha escogido al bautizar la mayoría de nuevas composiciones: “Diva Mortis (Cantata And Mantra)”, “Contemplation And
Fall Before The End (Second Movement And Scherzo)”, “Strange Stillness In My
Heart (Adagio)”...
El concepto de un ritualismo metamorfoseado/¿evolucionado?
remece sobre todo la primera mitad de The Presence... Allí se concentra
el arsenal de cuerdas sintetizadas y de teclados ¿virtuales? en plan órgano-de-iglesia,
el incesante aliento de sinfonías que hesitan hieráticamente entre la desmesura
de la barrocada y la simplicidad del renacentismo, la violencia sublimada que
comporta adoptar procesos como la ascesis que el disco sugiere ha abrazado
Miranda Ormachea en esta nueva etapa de su unipersonal. Una en la que,
afortunadamente, también han encontrado cabida tonalidades de variopinta raigambre.
No es, en consecuencia, una espiritualidad
atosigante la de The Presence And Absence Of A Swerve Heart In The Birth Of
Evil. En “World Coming Down Over Me (Gala Mix)”, emergen un feeling jazzy
que domina sus casi cuatro minutos y medio de improvisación al piano, y una voz
filtrada hasta tornársele ininteligible. Este último es uno de los detalles en
que difiere la versión ‘Waiting Mix’ del mismo track. Igualmente, en las
relecturas de las vernaculares “Quenas (Symphonic Version)” y “Hanaq Pachap
Kusikuynin” los guiños a las músicas altoandinas están muy patentes, a pesar de
las eSTRINGdencias de inimaginables armonios -lo que no impide que, en la
postrer recta de “Quenas...”, L-Ror exhiba una faceta a lo Jean Michel Jarre. De
otro lado, las secuencias programadas/planteadas en “Contemplation And Fall...”
o “Excerpt For A Kitten Called V” nada más sobrevuelan la atmósfera sacra que
irradia el álbum, sin afectar tónica ni colores.
En el balance general, la placa pudo haber
prescindido de un par de temas -no necesariamente de la segunda mitad. Dije que
aquella nueva devoción mística en la que ahora hurga el proyecto estaba
presente sobre todo en su primer tramo, no que se le obviase en el segundo. Una
solución alterna se relaciona a aplicar más estrictamente el criterio de
concisión. En aras de éste, quizá hubiera sido buena proposición recortar las
dimensiones de “Strange Stillness In My Heart (Adagio)”, que progresivamente explora
niveles de caos y distorsión a los que el plástico casi nunca es afecto. Quizá
también extirparle a “Diva Mortis (Cantata And Mantra)” algunos de sus momentos
finales, en los que acaba poniendo patas arriba la religiosidad antes pregonada. Coincidentemente, ambas pistas son las que más se elongan mientras el CD es reproducido -sobrepasan los diez minutos.
Como fuera, The Presence... acaba
siendo una rara avis en la producción discográfica de la movida perucha, y
literalmente un ovni en el contexto arequipeño. Así le posicionan su fervorosa neo-escolástica,
su sinfonismo funcional, el perfil bajo de su sincretismo auditivo, la artificiosa
limpidez que ahora posee su registro lo fi. Edita en físico Discos Astromelia, hogar
de Sacre-X, Silvana Tello y Artaud.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 29 de septiembre del 2021.)
#AguanteChile.
Tal cual ha sucedido con todos/as (miente quien
diga que no), la vida en tiempos de pandemia impuso severas alteraciones a la
hoja de ruta de Lluvia Ácida. Meses antes del arribo del COVID-19 a Sudamérica,
el tándem que integran Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf había colgado para libre
descarga la banda sonora del mediometraje El Camino De La Memoria, y se
hallaba presto a soltar su nuevo disco conceptual -adjetivo este último que desde
hace ocho años no es nada gratuito al hablar de ellos. La emergencia sanitaria
mundial se trajo abajo ese estreno, postergándole dos años, a la vez que generó
colaboraciones online invirtiendo el cronograma de lanzamientos que LlA tenía
esbozado. A (casi) todas ellas intento pasar revista en el presente texto.
Comienzo con El Camino De La Memoria
(septiembre del 2019). En modalidad mini-LP, se trata de la música con que la dupla
participase en el homónimo documental (2014) realizado por Rafael Cheuquelaf,
que presumo debe ser su debut formal tras la cámara. La película acompaña el peregrinaje
efectuado por los deudos que dejó la dictadura militar en la región de
Magallanes, agrupados en la asociación Hijos Y Nietos Por La Memoria (constituida
durante la primera mitad de ese mismo calendario). En calvinista blanco y
negro, la cinta expone los lugares que utilizase la administración pinochetista
y la milicia para detener/torturar/interrogar a quienes consideraban sospechosos/as de confabularse contra el tiránico régimen -locaciones algunas
de las cuales ya no existen como tales. La cámara no registra miedo, rencor, hesitación,
dolor; sino memoria, ésa que a los/as peruanos/as nos falta para evitar repetir
errores del pasado, ésa que debería mantenernos vigilantes ante la menor
fractura del orden democrático, ésa que también exalta jornadas heroicas -la
del Puntarenazo, por ejemplo.
Consonante con la mirada del mediometraje, Lluvia
Ácida crea cuatro piezas insufladas de atmósferas exclusivamente tonales. Incluso
“El Camino De La Memoria 3”, cuyo gordo redoble de bajo sintetizado parece adquirir
ribetes de leitmotiv, pero que sólo contrasta/potencia a los demás sonidos alrededor
suyo -el único momento del soundtrack comparable a lo hecho por Boards Of
Canada en el maravilloso Geogaddi (2002). La sencillez a que se apela en
modo alguno desmerece la elaboración de estos paisajes sonoros decorativos, que
tan pronto recrean una fría tarde ventosa del riguroso invierno puntarenense (“El
Camino De La Memoria 1”) como una mañanera resolana primaveral en Puerto
Williams (“El Camino De La Memoria 2”), y aún una veraniega noche estrellada en
compañía amical a orillas del océano (“El Camino De La Memoria 4”). Euritmias
que predisponen a la tranquilidad, al sosiego acaso alcanzado por aquellas
personas que abrazan la historia de las comunidades a que pertenecen, sin
dejarse afectar por sus páginas más negras -hete ahí el efecto sanador,
desestresante, conciliador que tantas veces se ha señalado posee la Música.
Muy distintos son el temple y la sustancia de
Antiviral (abril del 2020). Con la crisis del COVID-19 ya instalada en
nuestra cotidianeidad tercermundista y el nuevo álbum en suspenso indefinido, vocablos
como “cuarentena”, “contagio” y “mascarilla” se hicieron de uso común en
cuestión de semanas. Paralelamente, los gestores magallánicos concibieron este
título llevando a cabo el consabido brainstorming intercambiando avances a
través de Internet y puliendo nociones e imaginarios mediante el hilo telefónico.
Probablemente el primer material sonoro de la Historia en editarse declarada la
pandemia, Antiviral hace las veces de crónica distópica tanto como de tedeum
a las víctimas mortales arrebatadas por la enfermedad, y asimismo de agradecida
memorabilia al personal médico que se bate en la primera línea de defensa que
tenemos los pueblos de la Tierra contra el terrible virus. Es en sí mismo,
además, un testimonio de adaptación y supervivencia.
Con estética mutante que tiene de downtempo,
de lóbrego synth pop y hasta de dark ambient; la placa guarda ciertas similitudes
-¿conscientes? ¿involuntarias?- con el trabajo de Cliff Martínez. Es este
músico estadounidense un soundtracker competentísimo, de amplia trayectoria, que
ha forjado estrecha relación con su compatriota el cineasta Steven Soderbergh.
En OSTs como los de Traffic (2000) y The Underneath (1995), pero
sobre todo los de Solaris (2002) y la premonitoria Contagion
(2011), Martínez ha ofrecido exquisitas muestras de su talento para la música
electrónica de propagación instantánea y tintes intoxicantes -cf. “Is That What Everybody Wants”, “They're Calling My Flight” o “First Sleep”, tremebundos híbridos
de intelligent techno y sci-fi a una voz dramáticos y tensionales. Esos exactos
rasgos son los que aparecen in crescendo en la apertura “COVID-19”, mientras
escuchamos la explicación y recomendaciones que una especialista argentina
expone acerca del SARS-CoV-2.
Partiendo de una experiencia real y concreta,
Antiviral es todavía más dramático. Los capítulos del primer segmento son
dominados por estructuras rítmicas muy marcadas, si bien éstas no necesariamente
les acompañan de cabo a rabo. “Contagio”, verbigracia: comienza emponzoñado, y
casi de inmediato es invadido por un golpe sobrio de trip hop, que luego declina
frente a una dinámica secuencia de lo que parece ser el bajo pre-seteado de
algún sinte. En similar situación se hallan la nerviosidad IDM de “Cuarentena”,
el insistente downtempo de “Pandemia” y el ambient en combustión de “Confinamiento”
(cuyo embrión de síncopa es obliterado por las pesarosas líneas de teclado).
En el segundo tramo, la mayor presencia de
números abordados por un dark ambient anubarrado, zumbante, de escasa/nula
visibilidad; es notoria. Que no es lo mismo que decir excluyente. “Animales Que
Regresan” (toda una advertencia para la Humanidad hecha sonido), la minimal
no-percusión de “Necropolítica”, la tensa opacidad de “Respirador Artificial”
(g-e-n-i-a-l el detalle de samplear los borborigmos de la computadora de Alien,
1979); subrayan el lado denso, de turbio vaho, que exuda Antiviral. El
contrapunto a la severa gravedad de esas suites es aportado en esta segunda
mitad por el vigoroso ejercicio proto-industrial de “Primera Línea Sanitaria” y
la cadencia maníaca de “Postpandemia”, cierre del opus que sin embargo la deja
picando: esta plaga, con la que aún conviviremos años, debe tomarse como
apercibimiento y exhortación. Apercibimiento de lo que puede llegarnos en el
futuro si no enmendamos el rumbo como forma de vida dominante del planeta.
Exhortación a modificar nuestro modus vivendi hasta alcanzar el equilibrio con
el medio ambiente que toda especie animal busca de manera innata.
En 1578, el corsario inglés Francis Drake
descubrió una ínsula entre el Cabo De Hornos y la Antártida, a la que bautizó “Elizabeth”
homenajeando a la reina de Inglaterra. Perdióse su bitácora con la descripción
de la isla, a la cual nunca más se volvió a encontrar, lo que ha llevado a
suponer que ésta desapareció tragada por las profundidades oceánicas debido a
la actividad sísmica. La extraña historia inspiró al escritor magallánico Óscar
Barrientos Bradasic el cuento que la directora Tiziana Panizza adaptó en el corto
ficcional La Isla De Los Pájaros Sombra, estrenado en el 2017 con música
de Lluvia Ácida. Como sucediese con El Camino De La Memoria (5), la
banda sonora correspondiente al film de Panizza se subió al BandCamp del grupo
para free download años después (3).
De 16 minutos de extensión, la película fue
hecha con la técnica de las fantasmagóricas sombras chinescas (shadowplay),
derivada de la milenaria tradición oriental del Teatro de Sombras. Su utilización
sobre el ecran es tan añosa como Die Abenteuer Des Prinzen Achmed (1926),
el largo animado más antiguo que se conserva (dirigido por la alemana Lotte
Reiniger). La Isla... está acreditada como creación colectiva de
Panizza, Paula Sáenz, Niles Atallah y Francina Carbonell; habiéndose encargado Cristóbal
León del proceso de animación.
De nuevo en formato mini-LP, la dupla Aguilar-Cheuquelaf
compone ex profeso para el cortometraje seis de los siete surcos dispuestos en
el esférico. El séptimo es repescado de Insula In Albis, su plástico del
2013: “Biomarina”. Huelga decir que con buen tino, pues las rugosidades que
imitan/deforman el alucinado gorjeo de las aves empatan perfectamente con el
hálito de inquietante fábula que trashuma el film -y que se extiende a toda la
música incluida. Esas mismas texturas enrarecidas y surrealistas de “Biomarina”,
por ejemplo, son reeditadas en “El Lugar Sin Nombre” y en “La Tempestad”
-aunque en esta última se perciben más cercanas al rollo dark ambient.
No faltan, por supuesto, los canales en que
el dueto se exhibe menos luctuoso. Estando la historia de La Isla... inserta
en el marco de la expedición de Drake, no podía prescindirse de cierto guiño a
la intrepidez, como el que proporciona el lance epónimo. Igualmente, Lluvia
Ácida se aleja -no mucho- de las sombras a través de otras viñetas comparativamente
más convencionales, como el synth cosecha 80s a lo Ciencia Sur (2017) de
“Golden Hind” (nombre con que el corsario bautizó a su buque insignia), los
tintineantes fuegos de San Elmo en “Carta Náutica” o esa distendida coda epigónica
que es “Trazado De Rumbo”. No obstante algo distanciadas de los colores
predominantes en el relato, es justo remarcar que la (falta de) iluminación de
estas postales sónicas participa de la atmósfera entre onírica y surreal de tan
singular narración.
Por cierto, La Isla De Los Pájaros Sombra
es el tercer soundtrack firmado por LlA, tras Arte Y Shamanismo Paleoindio
(2011) y el ya comentado El Camino De La Memoria.
Luego de dos años de espera, el 5 de agosto
de este 2021 vio la luz por fin el opus que Rafael y Héctor habían planificado para
el 2019. Previsiblemente, son muchas las circunstancias que hacen de Archipiélago Coloane el primer trabajo que rompe los moldes usados por la dupla en los
últimos tiempos para encausar sus publicaciones. La más evidente: el eje
temático ha dejado de ser Magallanes y las vastas proximidades antárticas. En
efecto, el mentado archipiélago no es un espacio geográfico, sino uno
metafórico -vertebrado por algunas de las obras del escritor chilote Francisco Coloane Cárdenas (1910-2002), ganador del Premio de la Sociedad de Escritores (1957)
y del Premio Nacional de Literatura (1964). Libros como El Guanaco Blanco,
Cabo De Hornos o El Camino De La Ballena, y cuentos como “El Témpano
de Kanasaka” o “Perros, Caballos, Hombres”; bautizan las esculturas sonoras que
Lluvia Ácida ha cincelado para la nueva rodaja.
Derivado del anterior, el segundo cambio que
salta a la vista es la ausencia de correlato visual. Insula In Albis, Zonas De Silencio (2015) y Ciencia Sur fueron discos y también películas
-en todos los casos, cada pareja abordaba el mismo tópico. Al estar enfocado Archipiélago
Coloane en la producción literaria del fallecido escritor, prescinde de su
respectiva contraparte visual, si bien Cheuquelaf afirma que sólo
temporalmente. Un ensayo del mexicano Jaime Valdivieso -La Épica Del Mar En La Obra De Francisco Coloane, 2002- señala la fuerte relación que existió entre
el autor y el océano, algo que se evidencia en el telón arriba “Cabo De Hornos”,
donde se lo escuchamos decir al propio literato (en entrevista concedida al
programa Off The Record, el mismo año de su deceso).
El tercer rasgo que distingue a Archipiélago...
de sus predecesores inmediatos es la fórmula de producción física. Se trata del
primer largo de LlA que aparece planchado en poliacetato de vinilo. No sólo calza
que ni soñado en AC, de ocho pistas y cerca de dos tercios de hora, con
una media de 4 minutos y medio (a la usanza de la mayoría de LPs de antaño).
También es el soporte que mejor se acomoda a su eufónica narrativa -llena de referencias
tan cercanas a la experiencia vital del binomio puntarenense como las propias
vivencias de Coloane, oriundo del archipiélago de Chiloé, circundado por brazos
de mar y donde aún hoy sus habitantes residen en palafitos.
Archipiélago Coloane está imbuido de esa
electrónica de sesgo naturalista que tan bien ha sabido modelar Lluvia Ácida
durante su andadura discográfica en el presente siglo. El arrullo de las olas y
el vocerío de las gaviotas hacia el término de “Cabo De Hornos” sintoniza con
ese downtempo reducido a su mínima expresión que los sureños han ido refinando
desde Hotel Kosmos (2004). De hecho, casi todos los tracks se adhieren a
ese código rítmico, algunas veces tanto más acelerado -“Perros, Caballos, Hombres”,
sublimes strings de tesitura celestial- que otras -“El Guanaco Blanco”, donde
el mismo efecto string abrillanta esa cualidad épica aludida anteriormente, o “Cinco Marineros Y Un Ataúd Verde”-.
Desaparece así cualquier atisbo de conflicto
entre la médula percusiva y el ornato cuasi biológico con que los australes
arropan este puñado de melodías. Los tumbos de agua que te dan la bienvenida en
“Golfo De Penas” no entran en conflicto con el pulsante synth que domina el número,
del mismo modo en que los vientos magallánicos no hacen sino destacar la
majestuosidad de “Los Conquistadores De La Antártica”, trip hop instrumental en
el más amplio sentido de la etiqueta. O la tranquilidad del mar abierto que no
se ve tocada por la digitación ominosa del hardware análogo en “El Témpano De
Kanasaka”, la pieza más corta de la entrega. Cabe aquí acreditar tanto en “Los
Conquistadores...” como en “El Templo...” a Paula Barouh, la airada performer de
Descargo Y Maleficio, que se porta con sendas vocalizaciones preverbales.
Repiques galácticos, palpitantes oscilaciones,
timing en sintonía con el que observa siempre Madre Natura... Sería necio negar
esto último. El énfasis en la literatura de Coloane recae sobre la presencia
del Hombre en un ecosistema tan duro, incluso hostil, para la existencia humana.
Énfasis que secundan Héctor y Rafael, pues mientras más al sur de Chile uno/a
se adentra, más evidente se hace la degradación progresiva que el ecosistema viene
soportando desde hace décadas. En tal sentido, el potencial artístico-didáctico
de un registro como el de Archipiélago Coloane es innegable.
Con ilustraciones, diseño gráfico y prólogo a
cargo respectivamente de Iñaki Muñoz, Mika Martini y Óscar Barrientos (sí, el de
La Isla De Los Pájaros Sombra); Archipiélago Coloane se encuentra
por ahora sólo disponible en vinilo. Para los próximos meses se ha planeado la
venta de CDs y el upload en las plataformas oficiales del grupo.
PD: Queda en el tintero el single virtual “Kenčenák”
(“latido del corazón” en el idioma de la etnia kawésqar), fondo sonoro del
corto documental de Vanessa Álvarez estrenado en julio. Pese a la política que
sostengo en torno a los 45s online, pude haberme dado un tiempo para reseñarlo
en el marco de esta revisión. Para otra vez será.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 7 de julio del 2021.)
Coincidiendo con las celebraciones tradicionales
a propósito del último fin de año, los ecuatorianos Sexores conmemoraron en
diciembre su primera década de existencia obsequiando a público y fans un volumen
de remixes que revisa sus cinco esfuerzos largos lanzados a la fecha. Dicho
artefacto, que puede descargarse gratuitamente desde el BandCamp del dúo
(actualmente reconvenido en cuarteto), reúne a 10 grupos latinoamericanos de
nueva hornada; así como a 2 de la Madre Patria.
Hasta qué punto considerar a X un álbum
de remixes en lugar de uno de reworks, es materia acerca de la que cada quien
debe decidir. Yo me inclino por lo segundo, ya que la mayoría de estas relecturas
encaja antes como versión/re-versión que como remezcla. Opino de esta guisa no tanto
por la ductibilidad de las interpretaciones como sí por la significativa
porción de re-creaciones que copa el menú. Otra característica a enfatizar es
la comunión en penumbras de la que participa cada nombre listado. Sea desde el
trip hop (la revelación Itzel Noyz), el postpunkgaze (las mexicanas de Todas Las
Anteriores), el noise rock achorado (nuestros paisanos Kusama), o el simple y
llano pop electrónico de cuño 90s (los quiteños Koala Precipicio); todos los
conjurados ponen de relieve ese tenue velo de sombras con que Sexores siempre
ha flirteado, empezando por el debut en formato extended 001 (2010) y
terminando de momento en la excelencia conceptual de Salamanca (también 2020)
-pasando incluso por su rodaja más luminosa, Historias De Frío (2014).
Agita la bandera en la partida el binomio
guadalajareño Fryturama, reelaborando ennegrecida y engrosadamente “Gn 25:23” -del
Amok & Burnout, 2011- canal que sí llega a calificar como remix. El grado
de lobreguez es el mismo que el de Todas Las Anteriores, quienes practican sobre
“U.S.R.R. Girls” (Red Rooms, 2016) una deconstrucción postpunkgaze a
cámara lenta. Estela más acorde con el shoegazing bajo cero de Emilia Bahamonde
y David Yépez es la que dibuja Koala Precipicio y la distorsión in crescendo de
“Doppelgänger” (lado A del single Titán, 2013). Mismo camino, pero en
dirección inversa, hacen recorrer a la siempre bienvenida en directo “Shinigami”
(Historias...) las catalanas de Dreyma.
Complementan esta primera mitad la dislocada/oblicua
performance vocal de Noelia Cabrera al frente de Kusama, para su rearme de “Historias
De Frio”, que involuciona a un estado de noise crudo/picapedrero; y el plastificado
shoegazing que Nax extracta del sonido tripgaze encarnado en el “Sasebo” original
(Red Rooms).
Por cuenta de los hidalguenses Amparo Carmen
Teresa Yolanda, el rework de “Daywalkers” -inesperado ramalazo de vigoroso
shoegazing vívidamente ejecutado- abre la segunda mitad de X, completando
de paso la triada de temas de Red Rooms en esta oportunidad revisitados.
El terceto azteca salda así la colaboración de Bahamonde en su disco del 2020, No
Hay A Dónde Ir. Similar jugada, esta vez desde coordenadas poptrónicas,
realizan los ecuatorianos de Fotogramas -no confundir con el homónimo proyecto valpeño-,
planteando en “Volantia” un interesante cambio de revoluciones respecto del
veloz (y hermoso) corte original pauteado en Salamanca.
Infortunadamente, en este tramo encuentro arrejuntados
los pasajes más discretos del disco, tracks con más de covers que de remixes o
de reworks. Son los casos de “Bluish Lovers”, “Rigel” (provenientes ambos de East / West, 2018) y “Nos Lo Dijo La Serpiente” (Salamanca); respectivamente
a cargo de Challenger (Bolivia), Ghost Transmission (España) y Tonicamo (Ecuador).
El problema no reside en que se hacen eco del lado más pop de Sexores, sino en que
confrontan poco o nada sus propias estéticas con la del repertorio de los
norteños, quedándose lejos de alcanzar el punto medio entre homenaje y
subversión que se acostumbra esperar de esfuerzos similares. Por suerte, los
minutos senescentes de X reservan una joyaza de deconstrucción: “Berlin”.
En manos de la talentosa y novel potosina Itzel Noyz, el penúltimo surco de East
/ West se transforma en un doloroso número trip hop de magníficos
breakdowns. Un coctel de soul tridimensional y lujuria en clave de downtempo.
X se beneficia en dirección artística de
la muñeca de David Yépez, y su masterización la ha asumido Emilia Bahamonde. Como
se ha evidenciado durante la reseña, el cuidadoso diseño del track list
garantiza un riguroso repaso cronológico por todas las obras in extenso que el
tándem ha firmado. De carambola, postula además -más allá de las opiniones y/o
polémicas que genere su contenido- una entretenida selección de composiciones con
que acercar a nuevas audiencias el output de Sexores.
Salud por el primer decenio de vida, queridos
Emilia y David. Que su magia nos acompañe durante muchos más.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 30 de junio del 2021.)
Ramón Pérez-Prieto ha decidido aprovechar estos
meses en que Novalima está tomándose un receso en cuanto a lanzamientos -lo
último fue el remix de “Rumbo Libre”, en 2019, al año siguiente de su largo Ch’usay-
para dar curso a un proyecto paralelo denominado SoDPM. Paralelo y grupal: aúna
fuerzas aquí con Coqui De Tramontana (M.A.S.A.C.R.E.) e Israel Vich (DJ peruano
internacionalmente reconocido).
El alias SoDPM ya tenía publicado un extended
play vía la label mexicana Cosmic Awakenings, especializada en lo que podría sintetizarse
como música electrónica con pretensiones de espiritualidad trascendental. En su
nómina, nutrida por actos de todos los rincones de la Tierra, se inscribe Coming
Home EP (noviembre del ’20). La terna se exhibe en el artefacto millas
alejada de la electrónica mestiza que se deleita en facturar Novalima, yendo más
por el lado de una suerte de (in)fusión de downtempo con aristas lounge como
las que sobresalían en el epónimo debut del célebre combo de raíces negras
(2003, cf. “Nueve Dragones”).
Para Hechizera EP (sic), se han
implementado algunos cambios. El primero se relaciona al grado de fisión que ha
alcanzado la mezcla, fluyendo ahora de modo perfectamente natural. El segundo,
quizás el más importante, tiene que ver con el groove: si en Coming Home
EP lucía orgánico pero algo rígido, en Hechizera EP se le percibe mucho
más cadencioso y sensual. Un tercer cambio se halla reflejado en la
instrumentación: la guitarra es completamente funcional a las composiciones del
extended, acompañada ahora por un sigiloso cajón afroperuano.
Tanto “Hechizera” (colabora Juan “Cotito”
Medrano) como “Munra Ka Ya Te” (al alimón con Novalima y el artista del oriente
peruano Rawa Muñoz) son tracks guiados por una filia inspirada en estéticas étnico-tribales,
que complementa/potencia las blueseras secuencias downtempo del trío antes que
repelerlas. Un EP agradable al oído, con que relajarse antes de afrontar trips de
mayor calado. Edita la alemana Kindisch, donde también ha publicado Vich por
cuenta propia (Ayahuasca EP, 2019).
El año pasado tuve la oportunidad de escuchar
y comentar el epónimo debut de Dom Dimadoom, joven promesa de la renovada
asonada grindcore/fastcore/thrashcore que viene estragando las escenas
underground limeñas adscritas a esos géneros. Hoy es el turno de Poncho Negro, grupo
que acaso no sea tan zagal como DD, pero que fatiga direcciones bastante
similares.
Dúo formado por José Casalino (guitarra, voz)
y David Núñez (batería, voz), este último además co-fundador de la interesante escudería
LaFlor Records, Poncho Negro cuenta ya con una estela discográfica de tres títulos.
Que los dos primeros lleven respectivamente los nombres de Demo (I)
(2014) y Demo II (2016) es algo que todavía no logro entender bien: no
me parecen susceptibles de ser etiquetados como “demos” o “maquetas”, y tampoco
encuentro diferencias significativas entre éstos y lo que podría considerarse
su homónimo estreno oficial. En cualquier caso, difícilmente esta uniformidad
se transforma en hándicap cuando hablamos del grindcore, del crustcore y
afines.
Dada, pues, la extrema concisión de Poncho Negro (apenas 372 segundos); se hace un tanto inútil analizar las canciones
por separado. Más apropiado es señalar que, para su entrega de cosecha 2021, la
dupla afianza un estilo atiborrado de mugre, velocidad y distorsión
magnificadas. Las ansias de despedazar lo que ose ponerse enfrente de su
desparpajado terrorismo sonoro se ven frenadas únicamente por la brevedad de los
surcos -los más cortos de los cuales frisan los 17 segundos, mientras que los
más largos no superan los dos minutos. Difícil prodigarse en más palabras ante semejante
huayco de ruido furioso y demencial, que empuja un muro de infame sonido
irrespirable sólo para dejártelo caer encima.
Irrespirable y brutal, sí, aunque rara vez denso
y/o pesado -tal vez el segundo movimiento de “NN” pueda calificar como stoner-.
Por lo demás, el tándem manda al carajo sus eventuales limitaciones técnicas, convirtiéndolas
en rasgos distintivos de género y output: las apagadas atmósferas de powerviolence
noise, los riff bestiales/rudos/viciosos, la ensangrentada garganta desde la
que escapan las vocales, los huracanados blast beats de Núñez a las baquetas...
Atronadora “puesta de largo” del binomio, que en directo es asistido por
correligionarios de movida como Víctor (LÖRI), Tarik (los desaparecidos Un Viejo Arcoíris) y Frank (Sistemas De Aniquilación).
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de julio del 2020.)
#AguanteChile.
Pese al frecuente contacto
vía Internet, Valpo siempre se las arregla para dejarme en offside. Supongo que
con ese hándicap lidian quienes viven lejos de aquellas escenas independientes
por las que sienten debilidad y/o admiración. El hecho concreto es que,
habiendo trabado más amistades en Gran Valparaíso -...Valpo, Limache, Villa
Alemana, Viña Del Mar, Reñaca, Concón...- desde mi país que cuando fatigué sus
calles, la prolijidad y la mística de la movida valpeña continúan deparándome
sorpresas.
Gracias a mi
querida amiga Claudia Trejos, tomé conocimiento de Javier Moraga hace pocas
semanas atrás. Recomponer su azarosa trayectoria fue ardua tarea, pues el originario
de Viña ha desperdigado harta prole sónica a través de distintas escuderías, y
ningún site la consigna toda. Para Discogs, por ejemplo, el músico inicia
carrera con Toma Distancia (Amplified
Music Pollution, 2007). La netlabel Modismo y la cuenta BandCamp de Moraga sindican
a Autodidáctico (2006) como el debut.
Y mientras el sello continúa enumerando el split junto a Los 5000 (proyecto
paralelo de Carlos Reinoso, de Mostro), 666,777,888
(Horrible Registros, 2007), Lunáptico
(Epa Sonidos, 2008), Sofismo (Pueblo Nuevo, 2008), A Suelo (Horrible
Registros, 2009), Los Nauseabundos
Circuitos Del Miedo (Pueblo Nuevo, 2009) y Años Luz (Música Para Antología) (2011, Epa Sonidos); en BandCamp la
info salta hasta el single “Callar” (2017) y el Pensado EP (2019). Allí aparece además Recóndito (2020), que no figura en Discogs, y brilla por su
ausencia Rasgos Particulares (Pueblo
Nuevo, 2018) -que sí detalla la hoy famosa página de coleccionismo completista.
Lo que está
verificado es que Moraga se desenvuelve en paralelo como sonidista y
programador -Caja De Pandora, Sala De Máquinas- de la célebre radio
Valentín Letelier, que sus antecedentes sonoros le sitúan militando en Olor A
La Banda, y que en este 2020 ha editado una trilogía -Recóndito en marzo, Violence Is
In The Air en abril- rematada en mayo por Perdiendo Contacto (Modismo). Si este último es o no el décimo
título solista, es algo que no me corresponde establecer, dadas las
circunstancias.
Ok, obviemos la
largada en falso de “Luxury”. El viñamarino reformula en plan dialéctico/científico
el abstract techno viajero de nombres como Ladies On Mars y Rhythm Box: el programático
magma digital rebosante de ambientaciones filo-industriales, que fuera despojado
de la furia/sordidez con la que éstas iban normalmente aparejadas, se ve
irradiado por desacostumbradas síncopas de posología minimalista. La circularidad
de los beats se afina/acentúa conforme avanza el lector sobre “Chulk” y “Sick
Sick Sicario”, mientras va haciendo su paulatina entrada un swing delicioso,
suerte de update al ralentí de aquello que durante la última década del siglo
pasado se conoció como “Miami bass”. Este tramo de Perdiendo... cierra con “Mal En Sí”, cuyos bpms quitan el pie del
acelerador para permitir la introducción de minúsculas cuñas downtempo.
A despecho de la
floritura estilística, el principal encanto de Perdiendo Contacto radica en la fidelidad al libreto. La mayoría de
sus pistas participa del peso, la consistencia, la textura y el moderado
extremismo aural de ese Birmingham techno que levanta un puente entre la
electrónica de clubes y el aputamadrado ambient de largos alcance y aliento degustado
bajo el alias de IDM. Quizá en ese compromiso ético radica la libertad con que
el chileno asimila atavíos a millas de distancia, como el insólito matiz free
jazz de “Gatopardo”.
El burbujeante
sonido líquido de ciencia-ficción de “Gramaláctico” le unge como la pieza
definitiva de la jornada -partitura futurista que condensa todos los aciertos
del disco, empacándoles en una titánica suite de 17 minutos y pico, llena de
desequilibrantes frecuencias tridimensionales, ruido dislocado de complexión
glitch, arrítmico breakbeat de dúctil plasticidad... Memoria RAM en perpetuo
flujo. Inquieto ensayo sonoro sobre las actuales posibilidades de la
electrónica sensitiva para crear/descubrir/describir nuevos universos en la
comodidad de tu living o al interior de tu dormitorio.
Interesante el impulso
que vienen tomando en Chile el post punk y el dark en sus variantes wave o
gothic. Sobre todo porque, que yo sepa -y esto ya lo dije anteriormente-, ni en
los 80s ni en los 90s hubo frentes consagrados a tales géneros. En efecto, sólo
a algunas canciones podía colgárseles esos marbetes: recién al despuntar la
década pasada sale el que debe ser el primer plástico chileno tributario del vacío
negro y la noche oscura del alma. Me refiero al epónimo debut (y despedida) del
dueto La Fría Lógica (2011), versión de Joy Division incluida. Tras él, se
nuclean grupos como Dosis Dionisios, Patio Solar, Intimate Stranger, Gemidos
Necrofílicos o BrendanJordan; algunos de ellos antologados en Geometría Subterránea: Compilado Post - Punk Chile (2019).
Parasomnia -no
confundir con el trío cubano de gothem, ni con el dúo argentino de indie post
garage- pertenece a esa camada. Se trata de una alineación novel cuyo primerizo
single (“Rasguños”) se edita en junio del año pasado. Después de cederlo a la
compilación antedicha, el terceto santiaguino entra al Necrotic Estudio a
registrar los temas que cuajan su ópera prima en formato extended. Grabación,
mezcla y masterizado culminan en noviembre; y en junio de este 2020 los mapochos
firman contrato con la discográfica inca InClub Records -subsidiaria de
InfraVox Records- para la manufactura de CDs y cassettes en octubre próximo.
La adelantada
“Rasguños” -que se adicionará como bonus track en las ediciones físicas
peruanas- retrataba a una terna dark purista, devota de los primeros The Cure y
del cuarteto de Ian Curtis. Parasomnia EP abre el espectro hacia otros tótems como And Also The Trees o el
imprescindible cuarteto sueco-español Décima Víctima. Ofrece evidencia
suficiente, asimismo, para entender que el purismo de estos muchachos no es inflexible;
ya que algunas composiciones enfilan hacia un hipotético fuego cruzado entre
P.I.L. y Gang Of Four (lo que habrá debido padecer Francisco Cerda en las
baquetas para estar a la altura del reto). Tal es el caso de los instrumentales
“Huir” y “Perros Imaginarios”, así como el de la “ritual” apertura -la sección
rítmica agita los pistones hasta que la eléctrica de Franco Reyes se cuela en fase
darkwave, sin impedir que el hercúleo bajo de Mauro Rojas siga mugiendo hasta finalizada
la canción.
Es por contraste en
“10 De Julio” o “Nada Existe” donde las tinieblas hunden irrefrenables los
colmillos. Las escarchadas brasas de los Joy, las agudas atmósferas espinosas
de la trilogía Seventeen Seconds-Faith-Pornography, la poesía macabra del combo de los hermanos Havas y Jones;
se enmarañan en ambos cortes. Éstos rubrican, de paso, la semejanza con las
bandas peruchas en cuanto a arquetipos a emular -pero no en cuanto al modo de
abordar aquellos modelos: mientras que mis connacionales se mueven del post
punk al dark en un mismo número, los sureños efectúan ese movimiento pendular
de un surco a otro.
Simpático EP,
sugestivo sin ganar la orilla de la sutileza. Parasomnia resiste la tentación
de mirarse en The Sisters Of Mercy y Bauhaus, sorteando así la grandilocuencia
cliché en que cayó casi toda la escena noventera. Todavía falta, sin embargo,
mayor austeridad para alcanzar las calcinantes cotas que exhiben hoy los
herederos más avispados del viejo dark ochentero -Antiguo Régimen, verbigracia.
(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 8 de julio del 2020.)
Muy poco después de
su upload (01/03/19), recibí el anuncio de publicación de material de un nuevo
grupo nacional. Por la portada, que remitía instantáneamente al arte
a-lo-chicas-Vargas con que se adornan la literatura de anticipación y la
cultura de juegos de rol, parecía ser una formación stoner. Pese a que algo de
ello había, no era lo único vertido en el caldero.
Tampoco era exacto
asegurar que se trataba de un nombre debutante. En apariencia, Kurandera ya no
existía: la sumilla en inglés de su BandCamp hablaba de ella en pasado. El
puñado de seis pistas, para más inri, se presentaba como EP post mortem cedido
a Pájaro Records. Más propiamente un mini-álbum epónimo, era la promesa trunca
de aquello que nunca iba a ser. Supongo que los integrantes se arrepintieron ipso
facto de la decisión, pues para fines de abril del mismo año ya pregonaban la
salida de su ópera prima en regla. Ésta se concretó recién en febrero.
En teoría, El Pacto es una versión aumentada de
aquel extended que apenas si se promocionó, y al cual repesca completo salvo
por “Como Un Perro Sin Nombre Por Las Calles”. La carátula es la misma, con el
añadido de la denominación escogida para el debut. A los cinco números
rescatados se adicionan “Estoy Dengue”, “Arderán Sus Templos” y los extensos
“De Vuelta Hacia El Desierto” y “La Parte Podrida” -todos ellos registrados en
el transcurso del 2019. La edición física ha corrido por cuenta de Mosquito
Records, Tóxico Records y Entes Anómicos. Entendiendo que era el legado imperfecto
de un cuarteto jugado por la separación, y empacado como tal, tenía Kurandera EP excelente pasta de maqueta
o demo. Teclados mínimos, batería esforzada, el fuzz liberando destructivas ondas
cinéticas... Heavy blues experimental, stoner troglodita, hard rock
psicodélico, incluso noise punk; fisionados y barbotados en mal viaje
metafísico, trascribiendo todo lo perceptible en gradaciones flamígeras de
rojo.
Quisiera subrayar
el crecimiento que ha tenido el repertorio de Kurandera entre el extended y el
largo. No puedo hacerlo. Después de casi un año, muy poco o nada ha cambiado. Las
tomas son esencialmente las mismas. Si “Viva La Revolución” ahora samplea un
huayno del folklore andino a modo de coda, las demás sufren alteraciones aún
menores. Cero evolución. De otro lado, las nuevas creaciones se ubican en las
mismas coordenadas que sus predecesoras -un borrador de notas: pasan piola como
bocetos inacabados, desaprueban como versiones en limpio. En algunos casos, concretamente
en “Arderán Sus Templos” y “Estoy Dengue” -que repiten machacantes cual
sonsonetes sus títulos-, el nivel es aún más ínfimo.
En momentos en que
escribí esto, he reproducido tanto el link de YouTube como los audios subidos a
BandCamp en el ‘19, y estos últimos suenan muchísimo mejor. Es como si las
canciones que dan forma a El Pacto
hubiesen involucionado y sonasen bastante más mal que las versiones
primigenias. Digo, ¿para esto dejó pasar once meses un cuarteto que en la
víspera ya estaba listo para decir adiós? Si se requerían más horas de ensayo,
y aún de grabación, ¿qué demonios hacen TRES disqueras patrocinando un
lanzamiento que no cuenta con efectivo respaldo de ninguna de ellas en esas instancias?
¿Y dónde quedan la producción y la mezcla? Lamentable que se arruine así esta
oportunidad.
Y luego de media
década, sin emitirse ningún aviso previo, recibo un lunes la feliz noticia del
regreso de Diego Meneses con nuevo LP de Dreams On Board bajo el brazo. Uno que
se ha gestado entre São Paulo, Taipei, Lima y Seúl -editado como siempre bajo
las banderas de Surrounding, sello del músico trotamundos.
Admito que, en principio,
Timeless me dejaba la impresión de suscribir
golpe de timón hacia un sonido distinto del que Meneses había despachado en Instantes Mil (2011) y en el fabuloso Wishes (2015). Las etiquetas dispuestas
en BandCamp aludían al downtempo, el otro alias que a veces usa el trip hop, y
a la Berlin school. Si bien esto último era más un tiro al aire, había cierto
asidero para aquello de downtempo. Después de varias sucesivas escuchas, llego
a la conclusión de que el disco es consecuencia de un refinamiento de todo lo expuesto
por el individualista peruano. La ornamentación trip hop está allí, pero es accesoria
e inconstante.
Porque, en los
hechos, DOB sigue siendo el mismo unipersonal que partía de la combinación
entre house y techno para eyectarse hasta ese catártico IDM intimista de
propiedades curativas que me noqueó en Wishes.
La esencia sigue siendo la misma, aunque obviamente haya habido mutaciones. La
más notoria de ellas es la flexibilización, cuando no sublimación, del basamento
tech-house. En esas condiciones, la cimental grava proporciona mayores espacios
para el lucimiento de una cálida estética ambient pop, ocasionalmente bristoliana.
De “Banquiao” -con sus veladas resonancia triperas- a la oscuramente saltarina “Encore”,
el primer tramo de este Timeless atestigua
esa depurada electrónica de salón, de asimilación doméstica y técnica
inmaculada; que a la vez funciona perfecta para madrugadas insomnes al volante.
“God” y “Isolation”
abren el espectro de Dreams On Board hacia predios de ese subgénero-limbo
alimentado por próceres como Boards Of Canada o Lali Puna, precintado con el
inteligente rótulo de ‘idyllitronica’. Gracias a esta apertura, la segunda
parte del CD exterioriza detalles que se hallan normalmente latentes en la discografía
del acto. Cortes como el austero “Reset”, el trippy “Origen” o el litúrgico
“Ritual” (colabora el irlandés Christopher Scullion en el bajo) explicitan las
dos dimensiones emocionales/espirituales que Meneses hila entretejidas desde
las épocas en que Dispositivo Sueños era su único grupo. Y es que la gama
irisada que subyace al 95% o más de sus composiciones, es el resultado de lo
elegíaco escondiéndose en lo crepuscular, o de lo crepuscular escondiéndose en
lo elegíaco. El segundo es el caso más abundante, pero el primero ha producido
melodías de-sar-man-tes (cf. “Summertime”).
El potente surco
epónimo del Timeless vuelve a disimular
la filigrana, y le da prioridad a los márgenes más geométricos de DOB,
fungiendo así de preámbulo para el epílogo -“Vorahnung”, ensenada hermosa y
apacible tras la travesía heroica por los mares siempre movidos de la hibridación
electrónica. La manera más atinada de cerrar el segundo candidato peruano a
disco del año, de cara a los recuentos de diciembre.