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jueves, 2 de febrero de 2023

Grita Lobos: Aínbo // RAJR: Vacuo EP / Dispersión EP // Titania: The Maverick // Santa Madero: Ya Tengo Nostalgia Por Conversaciones Que Tuve Ayer // Juan Nolag: Fragmentos // Marco Mora: Rayo Tercero

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 25 de enero del 2023.)

LOS DISCOS PERUANOS DEL 2022 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (I)

Por circunstancias totalmente involuntarias, nunca se me había dado la chance de reseñar un álbum de Grita Lobos. O éstos se me pasaban sin más, o me llegaban a los oídos noticias suyas demasiado tarde como para garrapatear algo al respecto. Ergo, ésta será la excepción (que espero trastoque la regla).

Grita Lobos es el seudónimo elegido por Mario Reggiardo para dar vida a su alter ego artístico en el ‘10. Tras ese chaplín, correspondiente al de una playa perdida en la costa ancashina, el limeño ha publicado dos volúmenes en estudio -Grita Lobos (2012), Katalaxia (2017)- y un artefacto de remixes a cuatro manos junto a Eniac51 -Katalaxia Remixes (2021)-. Ninguno de ellos maneja una noción conceptual tan nítidamente perfilada como la subyacente a Aínbo, rodaja eyectada el primer día de primavera del ‘22.

En shipibo-konibo, idioma del oriente peruano, “aínbo” significa “mujer”. El plástico así bautizado es un manifiesto que rehabilita a la Mujer y a sus incontables aportes, en los campos de las ciencias y de las artes, a la cultura humana; contribuciones muchas veces ignoradas o expropiadas. Integrado por nueve piezas, ocho de ellas reciben nombres de una científica/de una educadora/de una artista/de una activista que ha sido estigmatizada y rechazada -para ser, largo tiempo después, finalmente reivindicada. Desfilan así por los tímpanos creaciones sónicas ofrendadas a Katherine Johnson (afroamericana cuyos cálculos en mecánica orbital facilitaron los vuelos espaciales tripulados), a Miguelina Acosta (connacional activista anarcosindicalista, maestra que luchó por los derechos de las mujeres, la clase trabajadora y los pueblos amazónicos), a Utako Okamoto (científica nipona que descubrió el tratamiento para detener las hemorragias post parto) o a Funmilayo Ransome-Kuti (sufragista, educadora, activista por los derechos de las nigerianas).

En los hechos, Grita Lobos continúa alimentándose tanto del intelligent techno como de la electronic body music. Ese encontronazo de géneros a todas luces distintos no es tan dramático para Reggiardo. En todo caso, no luego de dos experiencias previas, suficiente banco de pruebas para emulsionar la respectiva sinergia. El detalle es que ahora la música del capitalino se desplaza hendiendo dimensiones abiertas: no trajina contenida, como sucedía antes, y ello es consecuencia de prescindir parcialmente de la síncopa. Recién en “Miguelina” hay un atisbo de programación, y la siguiente vez que ésta asoma (“Christine”), lo hace insinuada/discontinua.

Paradójicamente, esta suerte de “sublimación” anega a Aínbo de un hipnótico misticismo que me faculta a hablar de cierto talante tribal, sin estar omnipresente un elemento tan consustancial a ese cariz como el de las percusiones/programaciones. Grita Lobos echa mano del echo reverb y loopea sin descanso, gestando así atmósferas no por oscuras más recargadas. En ese equilibrio radica uno de los dos aciertos fácticos de la placa. El otro, a tono con la idea matriz, se fundamenta en el plus de colaboradoras con que el unipersonal ha contado para la ocasión: la thereminista Silvana Tello en “Katherine”, La Zorra Zapata en “Funmilayo” y la cantautora Ati Lane en “Christine”, entre otras.

El desolado lunar que he encontrado en este Aínbo es la epilogal “Utako”, al lado de Budapest, grupo en el que milita Maribel Tafur. Su condición de depurado ejercicio IDM, basculante la mayor parte del tiempo entre el Orbital pre-In Sides y el Speedy J de Ginger, le hace merecedor de esa interesante condición.

Las crónicas afirman que ROJO fue un proyecto multimedia impulsado por Rolando Apolo y Jorge Rivas (Ionaxs, Puna), extrapolado al mundo real en el ‘14. Con ese formato, se hicieron algunas presentaciones hacia el ‘16. Recientemente, ambos individualistas han retomado la actividad conjunta, sólo que ahora escudados tras el ¿acrónimo? de RAJR y reconduciendo esfuerzos al apartado estrictamente sónico. Corona dicho retorno la liberación, en dos meses, de sendas realizaciones discográficas de corto minutaje; naturalmente desde los bytes de Chip Musik Records.

La primera de ellas fecha a principios de octubre último. Vacuo EP consta de una solitaria toma que rebasa la media hora de amplitud. Ya disipado el fade-in de arranque, el tándem acomete una borrasca neblinosa de ruido digital que avanza pesada y caóticamente, por lo menos al principio. Al promediar su primera mano de minutos, ya el polvo va asentándose, dejando entrever jirones de concierto -entrever, nomás, porque para una mejor apreciación se precisa contar con audífonos. Otra mano de minutos y las limaduras se han asentado lo bastante como para percibir el orden en medio del galimatías: por el canal izquierdo, una perenne masa de estática que recorre sin pausa y en bloque diversas tonalidades tímbricas. Por el canal derecho, trombas de sobrecarga eléctrica en constante explosión. Por debajo de éstas identifico efectos, teclados, alguna guitarra. Un fade-out repentino, aunque algo tardío, pone fin a la hiperbólica travesía.

Aparecido a comienzos de diciembre, Dispersión EP maneja un formato comparativamente más convencional, un poco menos inasible. La apertura “Nauscopy” marca distancia de lo mostrado en el extended anterior, al postular un post rock rebosante de ese groove que repartía a destajo la rama más “funk” de Spacemen 3. “Outpart” aplica el contraste respectivo sumergiéndose de lleno en calmas aguas IDM -la sobriedad de la que hace gala me remite al ambient house de los primeros episodios facturados por el noruego Biosphere. Contradiciendo el significado del vocablo, “Ataraxia” corrige y aumenta la hosquedad de Vacuo EP transformándose en un alud de noise ácido y corrosivo, encaramado sobre subsónicos haces de luz negra. El ulterior “Mondo” tienta exitosamente un sinuoso/líquido morphing entre sus dos inmediatos predecesores.

Anuncian Rivas y Apolo -músico este último que ha protagonizado jornadas históricas para el background del avant garde independiente perucho- que estos EPs son parte de una serie de lanzamientos que RAJR tiene en agenda dar a conocer prestamente. Lo que no me queda claro es si se trata de material ya grabado o si el binomio está componiendo ex profeso para la nueva etapa de su existencia. Sea una cosa o la otra, bienvenidos de vuelta.

Hasta el ‘19, concretamente agosto, aún podía hablarse de la supervivencia (latente) de Reino Ermitaño. La conocida agrupación de heavy a lo Black Sabbath y doom metal había arribado activa al 2014, cuando alumbró su quinta entrega, Conjuros De Poder. Desde entonces, empero, no se tuvo noticias de sus pasos -salvo por la reedición vinílica del epónimo debut (‘03), que Necio Records solventó y que puso a la venta en la fecha indicada al inicio de este párrafo.

El estruendoso fogonazo con que se da a conocer Titania en diciembre del ‘22 se constituye, pues, en confirmación de la definitiva extinción de la recordada formación metal. El nuevo combo nace en el ‘20 de la mano de Tania Duarte, cuya voz identifica las andanzas de Reino Ermitaño, y de Eloy Arturo, ex guitarrista de Kranium que ingresase al pelotón eremita a partir de Veneración Del Fuego (2012). Completan el line up el percusionista Renato Bar y el bajista Mito Espíritu (también ex Kranium).

Modelado por grabaciones efectuadas entre el ‘20 y el ‘21, The Maverick privilegia los medios tiempos fermentados en esa metálica aura dantesca forjada sobre el yunque a tres martillos -el del heavy, el del doom, el del stoner. Ese ímpetu encarnado en “Burning Witches”, “Indigo Blues”, “Cintamani”, “Jaguarundi” o “Sorrow”; se mueve pesadamente, casi reptando, sin sacrificar la férrea contundencia que provee la base rítmica Bar/Espíritu. Lo demuestra su capacidad de metamorfosear ese mood con la imprescindible rapidez como para soltar mazazos dotados de una mayor vivacidad, apertrechándose de un wah-wah enfundado en terciopelo que permanentemente emite malignas pulsaciones nocivas in extremis: la tríada de ‘bienllegada’ que se despliega con la maléfica coda “Ghoul”, continúa con “Raven” y finaliza rozagante “Matrix Creatrix”; “In Your Eyes”...

El único momento en que Titania muda de piel casi del todo es “Shaman”, ¿semi-balada? electroacústica más propia de remotos espacios rurales que del submundo nocturno sito en periferia urbana en que se recrea el resto del repertorio del cuarteto. Hasta la instrumentación convencional cede protagonismo a quenas, zampoñas y charangos; en sintonía con el psicodelicósmico tripeo stoner que “Shaman” comporta.

Para ser alguien que normalmente no le entra al género metal (cf. la nota del año pasado sobre Matus), grupo y banda me han sorprendido mucho. Pese a las vibras oscuras y agobiantes, The Maverick exhibe un registro muy limpio, de altos estándares técnicos. Lo mismo puede asegurarse de la habilidad en la ejecución de cada asalto en que Titania se traba. Sólo una duda (menor): ¿seleccionaron el nom de guerre por el personaje de X-Men o por la reina consorte de Oberon? Me tinca que es lo segundo.

Cuando escuché a Santa Madero por primera vez, fue en vivo, tocando en un evento realizado en el Centro Cultural de España a fines de noviembre del ‘19. No sé decir si estaba en otra, o si simplemente no sintonicé con la música practicada por el entonces sexteto -una suerte de pop de juguete levantado sobre el rhythm’n’blues blanco. El caso es que no me gustó para nada. Decidí, a pesar de ello, no perderles el rastro. Condiciones tenían.

Sin ansiedades, Santa Madero debuta en largo a mediados del ’22. Si mi memoria se porta todavía como buena, este Ya Tengo Nostalgia Por Conversaciones Que Tuve Ayer supone para el conjunto una dramática reconversión respecto de lo exhibido aquella ocasión en que le conocí. Apenas despega el esférico (bastante más sucinto que su título), percibo un pop de semblante muy distinto. Porque sí, lo del hoy trío sigue sintiéndose pop, con la diferencia de ser ahora electrónica su raíz. Si bien ello es notorio sobre todo en el primer segmento, ese aspecto digital del  sonido  de  esta  jornada  llega  hasta  el  último segundo de sus 27 minutos y pico -aunque más disimulado, de todas maneras perceptible.

En ese primer segmento aludido, Santa Madero suena harto a Entre Ríos. La melodiosa indietrónica de la terna argentina fluye a través de las venas de “Puaj!”, “Piloto” y “Alguien Así Como Tú”; testimonios de una estética prístina, chisporroteante, que incluso se trasvasa pudorosamente hacia el drum’n’bass en “Algo  Así...”.  La  performance  vocal  de  Karina  Castillo es excelente -algunos de sus tonos e inflexiones me recuerdan a la Björk del Vespertine (‘01).

Tras “Mocedades (Aviones)”, la intensidad va decreciendo progresivamente, dando lugar a canales donde la saudade va embebiendo las ambientaciones sonoras -“Todo Bien”, “Un Pequeño Desastre Planeado”, “Cruzar La Pista”, “En Nombre De Todos Mis Encantos”. Ahí caigo en la cuenta de que Ya Tengo Nostalgia... alberga dentro de sí una historia. La primera palabra que me viene a la boca es “transición”. No un LP de transición, sino una historia de transición. De la mocedad a la adultez. De la exaltación y la jovialidad de la primera a la melancolía y la serenidad de la segunda. Sólo  entendido  de  ese  modo,  tiene sentido el descenso de adrenalina -o mejor dicho, el aumento de estamina.

Así aquietado el concepto implícito a las ocho primeras canciones, llego a la postrera, que desde el nombre me revela cierta ironía. A despecho de tener el mismo envoltorio sónico que el resto de YTNPCQTA, la esencia de “No Puedo Creer Que Hayas Llegado Aquí” es la de una balada esculpida en los antediluvianos 60s, a orillas del mar mientras el Sol termina de morir. Acabo sentado, mecido por sus notas finales, sin poder evitar una comparación a tanto trasversal con “When You’re Gone” de The Cranberries, añeja melodía de mi noventera juventud. Concurro sin reservas: el estreno de Santa Madero está muy bien elaborado, tiene un output asaz empático, se vertebra en torno a una lacerante y poderosa idea. Pero no puedo evitar odiar el hecho de que me haya bajoneado un toque.

Fundado en Chaclacayo en el ‘16, Santa Madero era en principio Karina Castillo (voz), Dan Joe Salazar (teclados) y Aura Buntinx (coros). Para fines de ese año, el trinomio se duplica gracias a José Luis Gonzales (guitarra), a Rodolfo Rueda (bajo) y a Francisco Zaragoza (batería). Actualmente, y debido al nuevo escenario dictaminado por la emergencia sanitaria, el combo vuelve al formato de terceto -siendo los “sobrevivientes” Castillo, Gonzales y Salazar.

Fiel al objetivo de utilizar la Música para plasmar las emociones, las vivencias y las impresiones que le proporciona su experiencia vital; Juan Esquivel a.k.a. Juan Nolag ha dado curso libre en Fragmentos -noviembre del ‘22- a un manojo de temas ensamblados durante los dilatados periodos de encierro pandémico que hemos debido afrontar como sociedad. Algunos de éstos han sido liberados vía la cuenta Instagram del autor en los meses precedentes, e incluso en octubre apareció “Beyond Life” como single de adelanto de la nueva faena (video incluido).

Tenía la sospecha de que éste sería el estreno largo de la aventura solista de Esquivel, tras los recomendables EPs Echoes (2018) y Soulmates (2020). Dada la cantidad de rounds consignados (15), ésa parecía ser la situación. Sin embargo, Fragmentos no llega a los veinte minutos. Como su denominación apunta, estas paradas son más esbozos fugaces que bocetos acabados, el más extenso de los cuales apenas si araña el minuto y 50 segundos. Con propiedad, podría hablarse incluso de retazos, de semillas de instrumentales congeladas en pleno crecimiento. Lo que no puede discutirse, de cualquier modo, es lo bien que consigue este artefacto burilar la gama de emociones que ha atravesado el autor durante el azote del virus de origen asiático -y que, bien visto, también hemos atravesado sus coterráneos.

En los primeros pasos (“Alarma”, “(Des)información”, “Moléculas”), la mirada de Fragmentos rememora los días posteriores a la llegada del COVID-19. Mediante la integración del primigenio synth y del segundo industrial, Nolag cincela el ominoso pánico silente que nos invadió al declararse la pandemia, un poco a la manera de Cliff Martinez en el memorable soundtrack de la profética Contagion (2011). A renglón seguido, en “Contra El Tiempo” y “Vértigo” percibo la incertidumbre y la confusión que se sucedieron a la primera oleada, tejidas usando aquello que se podría catalogar como el lado B de la new wave usamericana (¿alguien dijo Tahnee Cain & Tryanglz?).

Sin desterrar del todo las sonoridades y las mixturas descritas, el resto del mini-álbum tiene una emotividad distinta. Es manifiesto el baño de entereza que copa efímeros paisajes desde “Desolación”, desde “No Humans” y las bandadas de gaviotas que le clausuran, acompañadas por un acogedor oleaje. En surcos como “Oscuridad Y Luz”, “Amanecer”, “Elegía” o “Shine Again”; la electrónica que conjura el tecladista de Catervas paulatinamente se transparenta/se torna cálida. Y aunque la brevedad sigue sugiriendo el símil del desarrollo interrumpido, no oblitera algunos acercamientos a una new age tipo Vangelis o Jarre, premunida de sentimientos tanto más esperanzadores conforme la gravedad del virus ha decrecido hasta casi desaparecer.

Cerrando su arco narrativo, Fragmentos dispone una ruta de escape con que volver al punto de inicio. “Are You Sure To Continue (Y/N)?” aborda hipotéticos escenarios equivalentes al del COVID-19, una advertencia sobre la posibilidad de que sea ésta la primera de muchas pandemias por venir. Ingrato recordatorio de que no siempre la Humanidad aprende de sus pasados errores.

Para haber sido lo primero que he escuchado de Marco Mora, Rayo Tercero no logró convencerme en absoluto. El infinitivo compuesto no es gratuito: después de esa audición, busqué más referencias del trujillano en Internet, que no estén en Spotify. Descubro así que Mora salta al ruedo el 31 de octubre del ’18 con un extended previsiblemente bautizado Halloween. El EP, no obstante, es lo único firmado por Mora que se me hace digerible -por participar de un funk rock envuelto en baja fidelidad. Tras él, empieza Mora a andar y (a veces) desandar hacia el destino que redondo rubrica en Rayo Tercero.

“¿Y ese destino es...?”. Buena pregunta. “Streching Out (Intro)” no es indiciario, ya que se trata de un sampleo a lo película B, deformado y lo-fi, sin norte definido. Mucho más se vislumbra con “Bloody Roar II”, suerte de hip hop diletante que pretenciosamente busca sustituir “hip” por “trip”. La travesía adquiere contornos francamente penosos con “Mansiche”, excesivamente cerca del trap para mi gusto -busca en su segunda mitad lucir más hip hop, pero el daño ya está hecho, gracias a la intervención de un tal Zavu C que se va en consabida verborrea trappera.

No cambia gran cosa el panorama en el resto del mini-LP. De “Light Like Sound (Intermedio)” a “XXXholic”, Mora prueba transmutarse alejándose del paradigma Bristol. Siempre ligeros, sus resultados son torrejamente pop en “0.3” y en “XXXholic”, y algo más sesudos en “Light Like Sound (Intermedio)” y “Las Flores”. No alcanza, así y todo, para otorgarle el aprobado.

Tan es así, que “S4nt4” es el solitario arrebato en que el liberteño arriesga más, y consigue sonar menos derivativo que en toda su obra publicada a la fecha. Con no poca brusquedad, el bajo saca la casta para mugir en plan jazzy. “S4nt4” se zambulle en abstracciones trippy estrellándose de cabeza con un cajón afroperuano filtrado/reprocesado, obteniendo una reciedumbre digna de esfuerzos más serios. Tras el scanneo en BandCamp propio y en el de Anti Rudo Records, volví a escuchar por última vez este Rayo Tercero pensando en recomendarle a Mora regresar al funk. “S4nt4” me convence de no hacerlo. Acaso todavía es posible que el músico persevere en su camino actual, pero debe jugar las cartas que este numerazo le proporciona.

Hákim de Merv

viernes, 16 de julio de 2021

Sexores: X

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 7 de julio del 2021.)

Coincidiendo con las celebraciones tradicionales a propósito del último fin de año, los ecuatorianos Sexores conmemoraron en diciembre su primera década de existencia obsequiando a público y fans un volumen de remixes que revisa sus cinco esfuerzos largos lanzados a la fecha. Dicho artefacto, que puede descargarse gratuitamente desde el BandCamp del dúo (actualmente reconvenido en cuarteto), reúne a 10 grupos latinoamericanos de nueva hornada; así como a 2 de la Madre Patria.

Hasta qué punto considerar a X un álbum de remixes en lugar de uno de reworks, es materia acerca de la que cada quien debe decidir. Yo me inclino por lo segundo, ya que la mayoría de estas relecturas encaja antes como versión/re-versión que como remezcla. Opino de esta guisa no tanto por la ductibilidad de las interpretaciones como sí por la significativa porción de re-creaciones que copa el menú. Otra característica a enfatizar es la comunión en penumbras de la que participa cada nombre listado. Sea desde el trip hop (la revelación Itzel Noyz), el postpunkgaze (las mexicanas de Todas Las Anteriores), el noise rock achorado (nuestros paisanos Kusama), o el simple y llano pop electrónico de cuño 90s (los quiteños Koala Precipicio); todos los conjurados ponen de relieve ese tenue velo de sombras con que Sexores siempre ha flirteado, empezando por el debut en formato extended 001 (2010) y terminando de momento en la excelencia conceptual de Salamanca (también 2020) -pasando incluso por su rodaja más luminosa, Historias De Frío (2014).

Agita la bandera en la partida el binomio guadalajareño Fryturama, reelaborando ennegrecida y engrosadamente “Gn 25:23” -del Amok & Burnout, 2011- canal que sí llega a calificar como remix. El grado de lobreguez es el mismo que el de Todas Las Anteriores, quienes practican sobre “U.S.R.R. Girls” (Red Rooms, 2016) una deconstrucción postpunkgaze a cámara lenta. Estela más acorde con el shoegazing bajo cero de Emilia Bahamonde y David Yépez es la que dibuja Koala Precipicio y la distorsión in crescendo de “Doppelgänger” (lado A del single Titán, 2013). Mismo camino, pero en dirección inversa, hacen recorrer a la siempre bienvenida en directo “Shinigami” (Historias...) las catalanas de Dreyma.

Complementan esta primera mitad la dislocada/oblicua performance vocal de Noelia Cabrera al frente de Kusama, para su rearme de “Historias De Frio”, que involuciona a un estado de noise crudo/picapedrero; y el plastificado shoegazing que Nax extracta del sonido tripgaze encarnado en el “Sasebo” original (Red Rooms).

Por cuenta de los hidalguenses Amparo Carmen Teresa Yolanda, el rework de “Daywalkers” -inesperado ramalazo de vigoroso shoegazing vívidamente ejecutado- abre la segunda mitad de X, completando de paso la triada de temas de Red Rooms en esta oportunidad revisitados. El terceto azteca salda así la colaboración de Bahamonde en su disco del 2020, No Hay A Dónde Ir. Similar jugada, esta vez desde coordenadas poptrónicas, realizan los ecuatorianos de Fotogramas -no confundir con el homónimo proyecto valpeño-, planteando en “Volantia” un interesante cambio de revoluciones respecto del veloz (y hermoso) corte original pauteado en Salamanca.

Infortunadamente, en este tramo encuentro arrejuntados los pasajes más discretos del disco, tracks con más de covers que de remixes o de reworks. Son los casos de “Bluish Lovers”, “Rigel” (provenientes ambos de East / West, 2018) y “Nos Lo Dijo La Serpiente” (Salamanca); respectivamente a cargo de Challenger (Bolivia), Ghost Transmission (España) y Tonicamo (Ecuador). El problema no reside en que se hacen eco del lado más pop de Sexores, sino en que confrontan poco o nada sus propias estéticas con la del repertorio de los norteños, quedándose lejos de alcanzar el punto medio entre homenaje y subversión que se acostumbra esperar de esfuerzos similares. Por suerte, los minutos senescentes de X reservan una joyaza de deconstrucción: “Berlin”. En manos de la talentosa y novel potosina Itzel Noyz, el penúltimo surco de East / West se transforma en un doloroso número trip hop de magníficos breakdowns. Un coctel de soul tridimensional y lujuria en clave de downtempo.

X se beneficia en dirección artística de la muñeca de David Yépez, y su masterización la ha asumido Emilia Bahamonde. Como se ha evidenciado durante la reseña, el cuidadoso diseño del track list garantiza un riguroso repaso cronológico por todas las obras in extenso que el tándem ha firmado. De carambola, postula además -más allá de las opiniones y/o polémicas que genere su contenido- una entretenida selección de composiciones con que acercar a nuevas audiencias el output de Sexores.

Salud por el primer decenio de vida, queridos Emilia y David. Que su magia nos acompañe durante muchos más.

Hákim de Merv 

jueves, 25 de marzo de 2021

Chino Burga: Letanías Remixes

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 17 de marzo del 2021.)

Más allá del plausible gesto de destinarse la recaudación de sus ventas a Niños Del Río, ONG que vela por los infantes sin hogar de Lima, encuentro harto fascinante lo plasmado en Letanías Remixes; artefacto que -digamos- reconfigura muchos de los pa(i)sajes sonoros gracias a los que el debut de Miguel Ángel Burga usando nombre civil (2020) adquiere volumen y espacialidad.

Concebido totalmente en do menor, para dicho estreno el frontman de La Ira De Dios conjuraba ambient no electrónico, post rock de este lado del Atlántico, shoegazing de baja resolución y psicodelia toscamente minimalista. Cómo preservar la fragorosa esencia de ese maelström a cámara lenta y transmutar simultáneamente a éste en un homogéneo dark ambient electrónico cerrado sobre sí mismo, comporta tremendo pase de vueltas apenas superado por el hecho de no ser obra de una única inteligencia, sino de siete distintas.

Antechamber, Danny eM, Desert Drone, Acavernus, IO, Eyes Gone y Halv Drom. Sean o no connacionales -de todos ellos, sólo ubico al peruano Danny eM-, estos actos remodelan algunos de los segmentos dispuestos en el Letanías original. ¿“Segmentos” en lugar de “temas”? Por supuesto: tratándose de dos viñetas hiperbólicas, que sobrepasan cada una la veintena de minutos, el modo más creativo de diseccionarlas para la remezcla de rigor es elegir tramos específicos -pero así y todo el uso del término “remezcla” asoma discutible.

Hablaba de un pase de vueltas líneas atrás. Pues eso: qué hacer con el fragmento seleccionado depende de cada testa, por lo que no deja de sorprender que las siete hayan puesto manos a la obra como si estuvieran sincronizadas. Si bien unas y otras acreditan ascendencia electro, ello no garantiza la coincidencia de planteamientos que se ha producido aquí. Por principio de cuentas, se ha respetado el único ingrediente subyacente a en-la-práctica todo proyecto en que Burga es protagonista excluyente: el drone -que Letanías Remixes mantiene a niveles subcutáneos. A partir de ese reservorio, cada alias ha reconducido el magma sónico de Miguel Ángel utilizando a conveniencia el arsenal de técnicas/tácticas estéticas ofrecido por la audiogalaxia electrónica.

“Acavernus Remix” y “Saeztti Remix”, por ejemplo, utilizan fantasmagóricas bases proto-industriales. La primera, sin embargo, prescinde del más leve andamiaje rítmico; mientras que, en la segunda, Danny eM enrostra una programación tímidamente trance. Por otro lado, “Halv Drom Remix” vira hacia el post techno de Raw Russian y Virtual Ground, en tanto “Eyes Gone Remix” late atragantándose de la incesante pulsión consustancial al ambient binario.

Lo enigmático es sentir casi físicamente en el balance que el output preponderante de la jornada es tributario del obsesivo ambient sibilino/esotérico despachado desde escuderías de punta como Cryo Chamber o Drawing Room. Las tempestuosas atmósferas micrónicas que se suceden en ondas de choque despedazándose contra pétreos acantilados, latigazos incluidos (“Expansión Remix”, de Desert Drone), han reconvenido a escala digital el macizo pedigrí drónico del autor en este Letanías Remixes -el disco que firmarían unos Tomorrowland en shock barbitúrico, nada más.

Hákim de Merv

jueves, 13 de septiembre de 2018

Wilder Gonzales Agreda: Violahorizontes // Galactic Seed: Sonidos Del Sol

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 5 de septiembre del 2018.)

Si bien lleva unos 24 años en la brega, Wilder Gonzales Agreda apenas ha alcanzado la mitad de ese tiempo haciendo uso de su nombre civil para publicar referencias discográficas. Fue en el 2006, si la memoria no me falla, que salen con este crédito tanto el Cantos Electrónicos Para Mamá EP como el Freedom. En el pasado, reviviendo si acaso efímeramente, duermen Avalonia, Fractal, Azucena Kántrix, The Electric Butterflies, The Peruvian Red Rockets, Martelenor y otros actos que atestiguan su participación -o fueron fundados por él.

Sorprende por tal motivo que Violahorizontes (2018), primer artefacto de remezclas en este casi cuarto de siglo que el no-músico ha dedicado al pop de vanguardia, no sólo esté centrado en deconstruir las composiciones firmadas como WGA; sino también en emprenderla exclusivamente contra las que han aparecido desde el Lima Norte Metamúsica (2014) en adelante, lanzadas vía edición física u online. Detalle sintomático, pues explicita la coincidencia de percepciones entre emisor y receptores -a Lima Norte... se le considera la jornada a partir de la cual Wilder se reinventa, generándose ahora la impresión de que lo propio se inclina a pensar el autor.

Algunos atributos de Violahorizontes invitan a compararle, desde un estricto enfoque formal, con el Delay Tambor (1995) de Silvania. Primero, ambos son discos de remixes, pero a la vez incluyen números de estreno. Segundo, ambos escarban en las piezas originales hasta lograr sustraer rasgos recónditos sobre los que practicar masajeos transversales a éstas (no todo volumen de similar cariz cumple con este objetivo). Y tercero, aunque existe una pulsión marcial innegable en algunas reversiones del DT -sobre todo en la de Locust-, ésta planea más vigorosamente en Violahorizontes, aún en los temas nuevos. Empiezo por éstos últimos, ya que uno de ellos sube el telón.

¡Estoy Vivo CSM!” y “Mensajes Tántricos” comparten una espina dorsal rítmica cuya secuenciación, por contraste con las espirales matemático-caóticas que ofrece Gonzales Agreda cuando recurre a la programación digital, luce bastante orgánica. A pesar de ello, mientras que “¡Estoy Vivo CSM!” cuaja en un corte de dimensiones definidas, taxativas, reales; “Mensajes Tántricos” se convierte en un estupendo ejercicio de electrónica ensimismada, etérea, difusa hasta lo abisal -que al terminar se desdibuja un poco. Por otra parte, “Surrounded By Social Climbers/Feeling Much Better Alone” es el track que más se aplica a franquear los caminos recorridos por el norconeño desde el 2014 hasta el presente.

En cuanto a las remezclas, se ha echado mano de material listado en el LNM (“All I Want”), en el Scala Mega Hertz (2016, “Will Volador”) y en el Paraísos, Revoluciones Y Tú (2017, “Revolución Crisálida”, “Serendipity”); así como del single “Música Anticorrupción” (2015), motivo de dos remixes. Precisamente es uno de éstos, a cargo de Takeshi Muto (alias de Rómulo Del Castillo, peruano radicado en USA co-fundador de Schematic Records y responsable además de Phoenecia, Soul Oddity y Metic), el que se erige como la más marcial e intrépida de las relecturas. Otras menos osadas y más cercanas al ambient son, en ese orden, “All I Want” (a manos de Ian Masters, bajista y cantante de los legendarios Pale Saints), “Will Volador” (j̶o̶z̶e̶f̶a̶l̶e̶k̶s̶a̶n̶d̶e̶r̶p̶e̶dr̶o̶, peruano de nacimiento pero radicado en Bélgica, alumno del recientemente fallecido Glenn Branca) y “Serendipity” (por el neozelandés Sam Hamilton, chequea el “I Ching techno” de su Super Positions -2017-). Absenta decimonónica para los tímpanos.

Lo insólito no es que una obra promedio de WGA me haya dejado patitiesas las neuronas, sino que lo haya conseguido la otra reversión de “Música Anticorrupción”, subtitulada ‘Dj Miami’s Verdecito Remix’ y perpetrada por el gran José Javier Castro (El Aire). Llena de programaciones sabrosonas y ornamentación dubidélica, debe ser lo más cerca que alguien ha hecho sonar al buen Wilder del Laika tipo “Let Me Sleep” o “If You Miss”, o del Mouse On Mars del Idiology (2001) -exótica electropicalia de duermevela.


No suelo ser amigo de las sustituciones de nombre que sólo se limitan a optar por un idioma distinto. Asumo que las razones son las mismas por las que otros músicos/no-músicos mudan de seudónimo -a saber, inauguración de una nueva etapa, trastoque de integrantes, deceso de alguno/a de ellos/as. Pero qué quieres, no me cuadra... se me antoja indigerible.

Hacia la segunda mitad del 2015, fecha en que se sube al BandCamp de Chip Musik el extended Trascendental, Óscar Cirineo todavía llevaba adelante su proyecto unipersonal como Semilla Galáctica. Entre aquel upload y este exacto día en que me lees, ocurrieron dos hechos a subrayar. El primero es la salida (en buenos términos) de la nómina Chip, algo cantado toda vez que Trascendental EP no se colgara únicamente en la cuenta de la netlabel. El segundo es el abandono, en algún momento entre el 2017 y lo que va del 2018, del a.k.a. de “Semilla Galáctica” y la adopción del de “Galactic Seed”. Valiéndose de esta nueva denominación es que, tras más de dos años y medio, Cirineo reaparece con el larga duración Sonidos Del Sol.

El de la chapa es el más notorio de una serie de cambios que ha efectuado el individualista, a juzgar por los resultados exhibidos en el álbum. Es un disco extraño este SDS. Galactic Seed lo empieza muy lejos del IDM/post IDM que lo identificase en los tiempos del Tecnología Desconocida (2012). El ambient de surcos como “Levitacija” y “Meraki” se siente extático, abstraído, extasiado, absorto... De secuencias y compases marcados, ni medio beat. Nada. Por más que, súbitamente, “Glide Down” conjure el background de Semilla Galáctica y comienza a agitarle; la gracia dura lo que el tema mismo, y luego “Secret Nature” vuelve a las coordenadas de los primeros minutos.

Hasta el final, Galactic Seed será presa de la irresolución. No se decide a ser una cosa (ambient reconcentrado y soñador) o la otra (IDM/post IDM y braindance oscuros, de ritmos descoyuntados). O ambas. Intenta esto último, sí, como en “Infinite Energy”, que tiene la síncopa y la atmósfera divorciadas por más de 120 segundos; o como en “Aeropuerto Futuro”. Empero, le falta perseverancia y vuelve a hesitar en su performance para la placa.

La experiencia y las apariencias señalan que será muy determinante, y para mal, la sobrevivencia de ese cúmulo de dudas en el futuro. Pero, por raro que suene, Sonidos Del Sol no es tibio o malucón; sino bien cumplidor. Su estética díscola no le veda ser al mismo tiempo un disco apolíneo, exceptuando al dionisíaco, casi fúnebre “Sibilino”. Por asociación de ideas, me remite a la corona solar, ese campo de la atmósfera superior de nuestro sol cuyas distorsiones incuantificables aseguran los hombres de ciencia producen in situ severos desgarrones del continuum tiempo-espacio. Tal vez sea el efecto de garrapatear, usando sonidos y procesos de mezcla, la coloración acústica y luminosa que puede extractarse de instrumentación eminentemente electrónica. Tal vez sea un je ne sais quoi fruto de emular, como ha descrito el propio Óscar sin mencionarle, la vieja costumbre apache de poner la oreja en el suelo y alcanzar a escuchar ahora todas las músicas del mundo. O tal vez sea la consecuencia no prevista de esa indefinición sónica, bañada de cegadora fosforescencia solar. Litio en gotas oftálmicas, a lo Looper (2012) -cuántas lagunas le faltan todavía llenar al saber y a la técnica humanos.


Hákim de Merv