
Sorprende por tal
motivo que Violahorizontes (2018), primer
artefacto de remezclas en este casi cuarto de siglo que el no-músico ha
dedicado al pop de vanguardia, no sólo esté centrado en deconstruir las
composiciones firmadas como WGA; sino también en emprenderla exclusivamente
contra las que han aparecido desde el Lima Norte Metamúsica (2014) en adelante, lanzadas vía edición física u online.
Detalle sintomático, pues explicita la coincidencia de percepciones entre
emisor y receptores -a Lima Norte...
se le considera la jornada a partir de la cual Wilder se reinventa, generándose
ahora la impresión de que lo propio se inclina a pensar el autor.
Algunos atributos
de Violahorizontes invitan a compararle,
desde un estricto enfoque formal, con el Delay
Tambor (1995) de Silvania. Primero, ambos son discos de remixes, pero a la
vez incluyen números de estreno. Segundo, ambos escarban en las piezas
originales hasta lograr sustraer rasgos recónditos sobre los que practicar
masajeos transversales a éstas (no todo volumen de similar cariz cumple con
este objetivo). Y tercero, aunque existe una pulsión marcial innegable en
algunas reversiones del DT -sobre todo en la de Locust-, ésta planea más vigorosamente en Violahorizontes, aún en los temas nuevos. Empiezo por éstos últimos,
ya que uno de ellos sube el telón.

En cuanto a las
remezclas, se ha echado mano de material listado en el LNM (“All I Want”), en el Scala Mega Hertz (2016, “Will Volador”) y en el Paraísos, Revoluciones Y Tú (2017, “Revolución Crisálida”,
“Serendipity”); así como del single “Música Anticorrupción” (2015), motivo de
dos remixes. Precisamente es uno de éstos, a cargo de Takeshi Muto (alias de
Rómulo Del Castillo, peruano radicado en USA co-fundador de Schematic Records y
responsable además de Phoenecia, Soul Oddity y Metic), el que se erige como la
más marcial e intrépida de las relecturas. Otras menos osadas y más cercanas al
ambient son, en ese orden, “All I Want” (a manos de Ian Masters, bajista y
cantante de los legendarios Pale Saints), “Will Volador” (j̶o̶z̶e̶f̶a̶l̶e̶k̶s̶a̶n̶d̶e̶r̶p̶e̶dr̶o̶, peruano de nacimiento pero radicado en Bélgica, alumno del
recientemente fallecido Glenn Branca) y “Serendipity” (por el neozelandés Sam
Hamilton, chequea el “I Ching techno” de su Super
Positions -2017-). Absenta decimonónica para los tímpanos.
Lo insólito no es
que una obra promedio de WGA me haya dejado patitiesas las neuronas, sino que
lo haya conseguido la otra reversión de “Música Anticorrupción”, subtitulada
‘Dj Miami’s Verdecito Remix’ y perpetrada por el gran José Javier Castro (El Aire). Llena de programaciones sabrosonas y ornamentación dubidélica, debe ser
lo más cerca que alguien ha hecho sonar al buen Wilder del Laika tipo “Let Me
Sleep” o “If You Miss”, o del Mouse On Mars del Idiology (2001) -exótica electropicalia de duermevela.
No suelo ser amigo
de las sustituciones de nombre que sólo se limitan a optar por un idioma
distinto. Asumo que las razones son las mismas por las que otros
músicos/no-músicos mudan de seudónimo -a saber, inauguración de una nueva
etapa, trastoque de integrantes, deceso de alguno/a de ellos/as. Pero qué
quieres, no me cuadra... se me antoja indigerible.

El de la chapa es
el más notorio de una serie de cambios que ha efectuado el individualista, a
juzgar por los resultados exhibidos en el álbum. Es un disco extraño este SDS. Galactic Seed lo empieza muy lejos
del IDM/post IDM que lo identificase en los tiempos del Tecnología Desconocida (2012). El ambient de surcos como
“Levitacija” y “Meraki” se siente extático, abstraído, extasiado, absorto... De
secuencias y compases marcados, ni medio beat. Nada. Por más que, súbitamente,
“Glide Down” conjure el background de Semilla Galáctica y comienza a agitarle;
la gracia dura lo que el tema mismo, y luego “Secret Nature” vuelve a las
coordenadas de los primeros minutos.

La experiencia y
las apariencias señalan que será muy determinante, y para mal, la sobrevivencia
de ese cúmulo de dudas en el futuro. Pero, por raro que suene, Sonidos Del Sol no es tibio o malucón;
sino bien cumplidor. Su estética díscola no le veda ser al mismo tiempo un
disco apolíneo, exceptuando al dionisíaco, casi fúnebre “Sibilino”. Por
asociación de ideas, me remite a la corona solar, ese campo de la atmósfera
superior de nuestro sol cuyas distorsiones incuantificables aseguran los hombres
de ciencia producen in situ severos desgarrones del continuum tiempo-espacio.
Tal vez sea el efecto de garrapatear, usando sonidos y procesos de mezcla, la
coloración acústica y luminosa que puede extractarse de instrumentación
eminentemente electrónica. Tal vez sea un je
ne sais quoi fruto de emular, como ha descrito el propio Óscar sin
mencionarle, la vieja costumbre apache de poner la oreja en el suelo y alcanzar
a escuchar ahora todas las músicas del mundo. O tal vez sea la consecuencia no
prevista de esa indefinición sónica, bañada de cegadora fosforescencia solar. Litio
en gotas oftálmicas, a lo Looper (2012)
-cuántas lagunas le faltan todavía llenar al saber y a la técnica humanos.
Hákim de Merv
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