Sé que las
generalizaciones suelen ser, casi siempre y en cualquier ámbito del saber/quehacer
humano, espada de dos filos. Me arriesgo así y todo con una, que he meditado
bastante: en la historia de la música pop independiente chilena, debería haber
unos cuantos párrafos dedicados al “G-6” de los 90s. Supersordo, Yajaira,
Pánico, Tobías Alcayota, Congelador, Shogún: buena parte del desarrollo que el
pop mapocho más interesante experimentase en lustros posteriores, hunde las
raíces en el legado de una -o más- de estas bandas. Cada cual en lo suyo, editaron
discos fabulosos durante la década previa al cambio de milenio, que
fertilizarían el detritus sónico del que ha emergido la próspera escena sureña de
nuestros días entre Arica y Magallanes. De prácticamente todos esos alias, ya se ha escrito antes en este espacio.
Lo que apenas han
esbozado esas mismas palabras, sin embargo, es el talante de un grupo como
Tobías Alcayota. En hipotética justa por el título del “G-6” más
inclasificable, el trío santiaguino formado en 1992 al interior de las aulas
del colegio San Gabriel gana la carrera de punta a punta. Un minuto de música extraído
de cualquiera de sus trabajos aparecidos entre 1999 y 2004 puede ilustrarlo sin
mayores complicaciones: adicto a las frecuencias agudas/chirriantes, inclinado a
despedazar la más insignificante línea melódica que se le ponga al frente, presto
a burlar nuestras expectativas amparándose en la dicotomía contemplación
atonal/descarga vipérea; TA ha sido luengo tiempo un estado de imaginación
inventiva en incesante ebullición. En sus momentos más apacibles, los chilenos
suenan a post rock angustiado, frenético, torturado. En sus momentos más
enajenados, a crispante electrofolk experimental propiciatorio de malos viajes.

Hace algunos
momentos, definía a TA como “un estado de imaginación inventiva en incesante ebullición”.
Más allá de la licencia literaria, alguna vez sus miembros, que han sido los
mismos durante 26 años; decidieron explicarse utilizando palabras equivalentes.
En la contratapa de Algo De Noche En La
Isla, su álbum del 2002, puede leerse:
Marcelo
Peña_teclados, guitarra eléctrica, voces y coros, tabla hindú, viola, ruidos
electrónicos, tarka, tubocobrecaña.
Jorge
Cabargas_programaciones analógicas y digitales, batería acústica, darbuka,
pandero, tarka, voz lejana.
Jorge Cabieses_bajo
eléctrico, teclados, zampoña, tarka, puña, cuncuna, flauta dulce, tumbadora,
flauta doble, voz hablada”.
Ya entonces los músicos se describían como partícipes de una sola entidad metafísica, talentosamente chiflada y maniática, acaso por hallarse permanentemente urgida de esa expresividad emocional que doy fe la ha embargado desde Omi (descárgalo aquí); y para la que (aún) no hay género conocido adaptable. La cantidad de instrumentación que la cita consigna habla por sí sola de lo obsoletas/minimizadas que habían quedado las herramientas utilizadas en el disco del ’99, sólo tres años antes -flautas y teclados, sí, como también ocarinas y los órganos Antonelli y Bontempi de que disponían en el colegio para las clases regulares de música. Omi mantiene el formato digamos “a lo power trio” de Alzamiento Del Día Vivo..., pero su actitud es de clara apertura al empleo de sintetizadores y demás adminículos consustanciales a la música electrónica.
Porque la
permanente impaciencia de Tobías Alcayota le exime de adecuarse o pertenecer
genuina y respectivamente a una escena o a una generación. Si bien este
personaje de singular nombre, que ha ido asentando su corporeidad con subsecuentes
entregas para trascender leitmotivs meramente eufónicos, puede haber empezado a
respirar tomando como base el proceso compositivo del indie; no suena como tal
sino de modo harto accesorio. Los días ‘contrapsicodélicos’ del Omi hicieron que se le comparase con
imperdonable ligereza a The Red Krayola, cuando sólo se trataba de una fase en la
evolución colectiva: la idea de esta “psicodelia-a-la-contra”, más cerca del
proto post rock de Bastro y/o del lo fi de Sebadoh, era autoprocurarse un shock
de éxtasis sensorial que empujase al abandono de todo residuo de conciencia
racional. Con Algo De Noche En La Isla
(descárgalo aquí) se inaugura un período dominado por metodologías kafkianas y
automatismos dadaístas, que se extendería hasta Desfachatez, Lo Juro, El Último Suspiro (2004); y en el que
quedaría de lado cualquier vestigio de ese sonido ácido que les inspirase desde
los tiempos en que se hacían llamar Los Zapallines (dedicados a relecturas
lisérgicas de Led Zeppelin).


Pero por encima de
todo, el elemento clave en la constitución del carácter de TA es el método. De
éste, ya destaqué su rasgo central, prominente esencialmente tras el Omi. Es 100% intuición. Un instrumento x
es descontextualizado, más aún si su origen es autóctono, para subsumirlo a un
modus operandi surrealista: los sonidos se aprecian ejecutados por el
subconsciente, libres de pensamientos encorsetados, huyendo de la lógica
generativa. Principio básico en la composición conjunta es la manipulación no
convencional -si delirante, mucho mejor- de todos los materiales a disposición.
Negando además la jerarquización, abrazando la horizontalidad y la consonancia
en el trabajo al interior del trío, sin olvidarse del ludismo inherente al
ritual de esta vívida comunión.
Con un epígrafe
como ése, Desfachatez, Lo Juro, El Último
Suspiro -descárgalo aquí- es un manifiesto anuncio de la disolución del
combo. A pesar de ser ambos del 2004, Desfachatez...
es un disco más sombrío y simple que Antimateria,
estando este último levantado en torno al clarinete, a secuenciadores, a cajas
de ritmo y a flautas altoandinas. Escuchar repetidas veces el séptimo lance del
trinomio deja la impresión de habérsele concebido concienzudamente como la
arremetida final, al menos durante un buen tiempo. Por eso, muchos nos sentimos
reconfortados con el regreso a través de Maleza
Bar. Y aunque ahora los santiaguinos se lo toman más calmadamente, reuniéndose
cada vez que las circunstancias lo permiten, sin que haya presiones externas o
internas para lanzar nuevo disco o presentarse en vivo; lo concreto es que Tobías
Alcayota ha salido de sus cuarteles de invierno tras 11 años de hibernación.
Maleza Bar -descárgalo aquí- es el típico disco de
retorno, luego de un hiato que asomaba inacabable, sin la nerviosidad ni la
demencia de las jornadas que le antecedieron. Disiento sobre la opinión referida
a que el grupo suena más maligno que antes -para mí, la forma más pura de
maldad es la asociada a la locura, pocas veces audible en este regreso (“Nada
Más Importa”, “Maleza Bar”). En todo caso, un símil admisible es el del Joker
dando sus primeros pasos tras un dilatado intervalo de catatonia, como en el
cómic/la película animada Dark Knight
Returns (“Microondas Sumergidos”). O el de “un Christian Death bailable”
(“Carne, Harina Y Suelo”, “Halógena”), que el propio grupo ha propuesto. Lo que
sí se infiere fehacientemente de los nuevos temas, es que la conexión
telepática está intacta, así como la organización nivelada, la hermandad y el
psicótico sentido del humor que comparten Marcelo y los dos Jorges (ese guiño
malsano y deforme al vomitivo “Corazón Mágico” del inane de Django en
“Jabalina” es impagable). No podía esperar que fuese de otro modo, si la música
es su principal estimulante.
Con un directo
confirmado para octubre en Santiago De Chile, aún quedan muchos enigmas por
descifrar sobre Tobías Alcayota. El origen de su nombre, por ejemplo, fluctúa
entre la semi-castellanización de la frase “To Be As El Coyote” y el dragón
Tobías del fenecido programa infantil chileno Pipiripao (parecido al peruanísimo Los Spuercartonicómicos de Ricky Tosso en los 80s). Otros los
absuelve el jugoso documental de Francisco Schultz. Y otros más, tal vez, sean
absueltos tras la degustación continua de sus discos. En última instancia, no
podría aseverarlo del todo.
Hákim de Merv
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