(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 21 de octubre del 2020.)
Ateniéndose a las circunstancias
fuera de lo común que la pandemia nos obligase a asumir en casi cada actividad
humana, la asociación artística peruana Casa Bagre organizó en los primeros
meses de cuarentena sanitaria un concierto vía streaming, que reunió a más de
30 artistas visuales, músicos y performers provenientes de siete países. Partícipe
del evento, el dúo local Server publicó el registro de su presentación a fines
de junio y en modalidad mini-LP.
Dos de las cuatro pistas
que abriga Server In Érebo & Éter IV
vienen pauteadas en su homónimo extended debut (Buh Records, 2019),
“Tecnocacerismo” y “Tecnología Y Trabajo”, aunque este último ostenta aquí el
agregado ‘Acid Lima Remix’. El par restante se ejecuta en directo bajo la
advertencia explícita de estar aún en proceso de formación: “Italia (’84 Disco
Demo)” y “Sexdroid Vs COVID-19 (Demo)”.
Si en Server EP Andrés Pérez y Antonio Ballester inferraban sobre la dialéctica del primer synth pop esa variable
Moroder/italodisco henchida de soul futurista y rhythm’n’blues modular,
decisiva para el rollo del tándem pero diluida un poquito más de la cuenta, en Server In Érebo... esa estilización
retrocede unas cuantas zancadas. Consecuentemente, las bases rítmicas sufren
una casi traumática estimulación, equilibrando el synthwave de Turquoise Days o
Care y la ígnea marea de pasionales graves que surfean Jackie o el maestro
Giovanni Giorgio.

Gracias a una
suerte de inesperado efecto colateral, los repasos en vivo de “Tecnocacerismo”
y del remix de “Tecnología...” son provistos de texturas más compactas y
aplanadoras -incluso diría que punk. En sus pasajes más dulces y naif, “Sexdroid
Vs COVID-19...” evoca en la memoria al Dante Gonzáles de Universos Paralelos (2015). Por contraste, en “Italia (’84 Disco
Demo)” percibo una mengua del ímpetu que habita ...& Éter IV, al punto de transparentarse éste conforme el track va
languideciendo -posiblemente, el cable a tierra de sesión tan intensa.
Se me hacen un
tanto indigestos esos fades -in y out- aplicados para separar al canal 1 del 2
y al 3 del 4. Sin necesidad de entender su justificación, son tan evidentes que
parecen medio caprichosos.
Compañero de
Gonzáles en la disuelta terna El Hangar De Los Mecánicos -sobre la que
desafortunadamente nunca escribiré, porque el tercer integrante es un
fachoderechista ultraconservador y yo no publicito a esos subnormales-, debería
ser el de Alfredo Aliaga un nombre bastante familiar para el consumidor
promedio de la escena independiente nacional. Si no por el material que,
escondido tras el alias de ÁtomoSynth, ha venido cediendo a compilaciones
varias o publicando en CDs de escaso tiraje (y todavía menor difusión); al
menos por el prestigio que ha ganado su encomiable chamba como constructor de
sintetizadores caseros -al estilo de lo que ha venido haciendo en el campo de
los moduladores otro ilustre de los circuitos ajenos al mainstream, Carlos
García (a) Zetangas.

Radicado en Lima
desde hace ya muchos años, Aliaga inaugura BandCamp propio recuperando el
mini-LP AtomSmasher (2018) y
estrenando en junio el Supervoid EP. El
músico le otorga al último categoría de extended, pese a que sus piezas son lo
suficientemente masivas -no bajan de los siete minutos- para que el conjunto
bordee los dos tercios de hora. En cualquier caso, ambos títulos confirman lo
que sus incursiones en discos colectivos pregonaban con más que diáfana
claridad.
Y es que ÁtomoSynth
cultiva una especial devoción por el Detroit techno, tan seguidor de los
descubrimientos de Cybotron -el usamericano, obviamente- como de las épicas que
rubricase Richie Hawtin bajo la piel de Plastikman. Su metafísica relectura del
arsenal de beats que generaran los estetas de la Ciudad Motor, su enfoque
sistemático/científico, su entusiasta minimalismo dance; convergen en extensos desarrollos
de un techno que se ha desembarazado del synth y encuentra mirando al horizonte
el amanecer deep house.

Por partida doble, he
dejado sentado que los de Supervoid
EP son surcos luengos. Esa infrecuente duración, en lugar de cansar, consolida el
concepto detrás del extended -se llama “supervacíos” a las vastedades cósmicas
entre una y otra galaxia, dentro de los cuales sólo existen el Tiempo, el
Espacio, las Partículas, las Leyes Físicas y la Radiación. Son aquellas
denominaciones, precisamente, las que volcadas al inglés recibe cada composición
de un trip de bagaje viajero, visionario, soñador...
Confeccionado
utilizando controladores MiDi, un sintetizador semi-modular ÁtomoSynth
Perceptron y un iPad; me encanta el sonido crudo que Aliaga le saca al hardware
en el EP. Amigos en común, no obstante, me confían que en lo sucesivo ÁtomoSynth
le dará más peso al software. Mientras ello no conlleve una involución, por mí
que grabe en la Luna, si le place.
Grata revelación la
de Marx Factor, manejada desde el anonimato más estalinista. Lo único accesible
online es su cuenta BandCamp: ello induce a pensar que se trata de un proyecto
unipersonal, acaso la nomenclatura que utiliza alguien ya conocido/a para dar
curso libre a sonoridades de una faceta bien distinta de la usual. Puede que sí
como que no.
En su mini-álbum
debut, Costa Verde, este acto limeño
se echa un clavado allí donde el post rock original y el indie instrumentalmente
más esmerado se difuminan el uno al otro. Algunos/as se apresurarán a decir que
fue ésa la bendita fórmula inmortalizada para el post rock de segunda
generación, el de Bardo Pond o Explosions In The Sky. Esa afirmación no es del
todo falsa en MF, que adosa serenas guitarras acústicas a percusiones vivaces
(“Toda La Tarde En El Parque”) y a secuenciaciones de una acrobática austera
(“Nadie”), construcciones ambas acreditables a émulos exóticos de unos Sigur
Rós.

Sin embargo, las
esporádicas intrusiones de una electrónica de perfil bajo, que gusta de mirarse
en el espejo de Lali Puna (“Coralia” y su cíclico ‘arpegio xilofonmático’ de intermitente
glitcheo); me permiten afirmar que los tiros del combo/solista no van por ahí.
El pathos irradiado en los cinco acápites de este trabajo es el de una
emocionalidad balsámica, labrada con buen gusto, apertrechada en las dosis
exactas de cadenciosos “brasilerismos”. Una vital sensación de cálida placidez
sensorial, tan reconfortante como el delicioso cansancio que sientes tras una
caminata no muy extenuante o un breve paseo en bicicleta.
El único desacierto
está referido a la posición de su número más redondo, el que da nombre a la jornada.
El deleitable trote remolón de “Costa Verde”, en sincronía con los momentos más
dispersos/distendidos/relajados del primer The Sea And Cake, rompe los fuegos
de una travesía a la que bien podría haberle bajado el telón. Exquisito
entremés. A partir de ahora, el sónar también registrará ese andar.
Hákim de Merv