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jueves, 12 de febrero de 2026

La Vie: The Intelligence Of Love // Allanamiento Emocional: Zaza // Los Texao: El Sonido Niebla De Los Texao // 380: Ya Estás Grande

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 4 de febrero de 2026.)

LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (II)

No sé de ningún medio de comunicación, mainstream o no, que haya dado noticias del nuevo plástico de La Vie. Más allá de las opiniones que pueda éste merecer, comporta el regreso de un acto insular en el contexto sonoro underground arequipeño y nacional, status alcanzado desde que My Days In The Capital inaugurase su trajinar allá por el ‘12. El reingreso, para más inri, se produce tras prácticamente cinco años de un silencio que empezara con la pandemia del COVID-19. De allí que no se entienda el mutismo dispensado aún desde las trincheras de la crítica especializada.

Grabado en Cuzco, Sacred Valley (‘20) era la segunda y más atronadora clarinada de alerta sobre el proceso de transformación en que el unipersonal de Diego Romero se había embarcado, incursionando ya de lleno en una electrónica experimental premunida de grabaciones de campo y de digitales clústeres tonales. Por eso, el retorno que implica The Intelligence Of Love es doblemente importante. Respecto de su ascendiente, no sólo no sigue el derrotero trazado, sino que propone revisitar el folk de mampostería new age y el ambient drone -acrisolándoles. Este reexamen se hace sustituyendo la guitarra por el piano, lo que añade a la paleta de La Vie humores neoclásicos, y ciñéndose al principio minimalista con el ardor con que un espartano enarbolaba su escudo.

En cierto modo, la portada adelanta esos nuevos/viejos aires en los que ahora viaja el individualista. Si la de SV era la imagen de una foresta altoandina, la de TIOL se sirve de un bosque ¿ártico? captado a través de la ventana de una construcción noble, en cuyo interior habita un extraterrestre con varios teclados y suecher de Boards Of Canada. No percibo influencia del binomio Eoin-Sandison, al menos no evidente, pero sí alguna coincidencia estética. La más palpable: modelar la música como si fuera expresión de la plástica. Cuatro décimas partes de The Intelligence... remiten a la idea de audioesculturas, entretejiendo variaciones espectrales en torno a un flujo de vibraciones trabadas en un único omniacorde de inquebrantable serenidad: “Meditation I”, “Meditation II”, “Alien” y “Meditation III”, distribuidas durante los 26 minutos de la jornada.

Las otras seis décimas partes de The Intelligence Of Love postulan el concepto de audiorretratos, moldeados por la narrativa lineal de que provee el piano. La ejecución suele ser pródiga (“Diálogos De Platón”), un tanto nerviosa (“Intelecto”), un tanto apacible (“Love Is Kind”). La urgencia impele al movimiento interno: Diego gusta mucho de estructuras cíclicas y de meta-notas pedales, lo que le alienta a maniobrar con claves y escalas. Y si bien la primera mitad asoma signada por el neoclasicismo de Yann Tiersen y compañía, la segunda finaliza en curso de colisión hacia las resonancias de “Alien” y de las ‘Meditaciones’ (“Simplicity Is The Ultimate Sophistication”, “For Meredi”).

Existe la posibilidad de leer a The Intelligence... como una “excepción a la regla” en el camino de La Vie. Su inusitado golpe de timón respecto de Sacred Valley podría interpretarse de esa guisa. Sin embargo, no creo que deba ser tomado como un episodio digresivo. Pienso que Romero no optaría por retornar a la palestra con un largo que es en sí mismo excluyente, a menos que sea también el hito que señala el inicio de una nueva reconfiguración. La hipótesis de esta eventual segunda metamorfosis, pues, luce más próxima a verificarse.

Tengo recuerdos muy difusos de la única ocasión en que he visto en directo a Allanamiento Emocional. Era el primero de septiembre del ‘23, había tocada en El Templo (el local under de la Ciudad Blanca por antonomasia), y estaban programados muchos line-ups. Si bien me acuerdo claramente de las performances de NRA Ruido y de Alunaki, para cuando se planta frente a la audiencia el grupo de marras, yo ya andaba con el ojo pegado al reloj: pasaban de las 11 de la noche, no estaba cerca del alojamiento, y tenía que dormir al menos un par de horas antes de salir a las 3 de la mañana rumbo al Cañón del Colca. Felizmente, pude meterme en el sobre a medianoche, gracias a la ayuda inestimable de mi chochera Juan José Leyva.

Conservo jirones de una presentación muy caótica, mientras el público era ametrallado por numerosas esquirlas de punk y hardcore que ya habían sido materia de quién sabe cuánto reciclaje. Si la memoria me falla, las disculpas de rigor. Si no, el crecimiento del cuarteto ha sido gigantesco, a la luz de lo expuesto en su debut magramente bautizado Zaza. Aparece éste en septiembre del ‘25. A pesar de tener un feeling que va muy en la línea de los cochambrosos estilos antes mencionados, circunstancia de la que acaso se cuelguen quienes le denigren, su output ha evolucionado -o, en todo caso, crecido- lo bastante como para dispararse sin barreras hasta los predios del post hardcore. Incluso se roza muy levemente el math rock.

Fundado por el guitarrista/vocalista Eric Huarca (a) Chinosor, y actualmente delineado por Shande Cotrina (batería), Enoc Canto (literalmente gritos) y Jesús Mantilla (bajo); Allanamiento Emocional ha aprendido muy bien las lecciones que Fernando García Escaró a.k.a. Garzo ha impartido a través de Metamorphosis, Radiación Selenita y Plug Plug. Por ese lado se impone el determinante influjo del post hardcore, que te propina un robusto tacle desde la apertura epónima. No obstante, el combo tiene otros matices relevantes. Guiños al rock alternativo y en mucha menor medida al grunge logran colarse por entre las constantes deflagraciones a lo Touché Amoré, Circle Takes The Square o Title Fight (“Muéranse Todos Ya Por Favor De Una Vez”). También ese modo de incubar indie que patentó El Otro Yo (“Tengo Mucho Odio Para Esto”). Y ni qué decir del emo rock (“Sir Sueñito”), que campea a sus anchas en las letras -parecen todas escritas por Clare Cooper, de The Amazing World Of Gumball.

Para bien o para mal, son éstas y otras cosas más las que desmarcan a Allanamiento Emocional del resto de exponentes peruchos post hardcore, como Cataratas En Siberia o Fiesta Bizarra. Se avienen a bajar un cambio en la caja de velocidades cuando se necesita (“Zaza”), les encanta enrojecer las gargantas cada dos por tres (“Dime Ya Si Me Quieres”, “Estoy Muy Enfermo”), y no se hacen paltas al abordar distintos códigos sonoros en un mismo tema (“La Depresión”). Amplio abanico de exabruptos con los que desafiar el canon post hardcore, sólo para volverlo a entronizar a pie juntillas.

Dos cosas más a subrayar. Zaza acoge una toma de “La Masacre” añadiéndole una ‘B’. Asumo que se trata de una diferente versión a la que se lanzó en formato single. La del debut suena muy limpia, dejando que a Huarca se le entienda casi todo. Por otro lado, las más de las veces que Allanamiento Emocional se aproxima a El Otro Yo se producen cuando escuchamos vocales femeninas, lo que me recuerda ipso facto a María Fernanda Aldana. Una coincidencia, obviamente, ya que esas vocales no siempre son de la misma persona: ‘Luchia’ (“Estoy Muy Enfermo”) y ‘Rataela’ (“Sir Sueñito”).

Grata sorpresa, y cómo no, la que ha generado la edición de El Sonido Niebla De Los Texao vía la española Munster Records. Por fin podemos contar con un vinilo que recopila en apariencia todas las grabaciones realizadas por Los Texao. Muestras de su talento estaban disponibles en los dos volúmenes de Back To Peru..., así como en la recopilación Rock En Arequipa 1969-1974, pero hasta el año pasado no se acreditaban a título personal más que 3 singles hoy descatalogados y/o inubicables. Situación ignominiosa para un combo surgido en la ciudad de Arequipa en 1968, merecedor de un sitial entre sus pares peruanos que tomaron el relevo de aquella primera generación instro-garage-surf-beat sesentera que tantos comentarios provocó a comienzos de siglo.

Crónicas de época señalan que, en su tiempo, Los Texao fueron la banda más popular en todo el sur nacional. Víctor Dibán (voz, bajo), Juan Nuñez (guitarra, coros), Julio Torres (teclados, guitarra), Fernando Humbser (guitarra), Edgar Manrique (batería) y Adolfo Ballón (percusión) se ganaron esa fama hibridando la rebelde crudeza riffera del garage picapedrero, la incendiaria reverberación phaseada de la psicodelia de ADN latino y aquello que en el Perú de entonces se conoció como “la nueva ola”. El empleo extensivo de efectos fuzz y reverb en la eléctrica dotó a Los Texao de sus contornos definidos y de su timbre particular, al que la prensa catalogó como “niebla” por la marca de fábrica asociada a dichos efectos (Haze).

El Sonido Niebla De Los Texao repesca los tres sencillos que prensase Líder, además de material no publicado con anterioridad. En esos simples venían “Pobre Gato” y “Nada De Nada”, “Algún Día” y “Stone”, “Nunca Cambias” y “La Pelea Del Gobernador”. Las últimas cuatro canciones son originales de los mistianos, mientras que “Nada De Nada” es del conjunto chileno Los Beta 4 y “Pobre Gato” del inglés Shel Shapiro. Todas se ubican en el lado A del acetato y al inicio del lado B (“Algún Día”), testimoniando la cadenciosa magia alucinógena y lo fi que estos arequipeños practicaron ya entonces. De entrada nomás con “Stone”, quedan dibujados en la mente el fuzz que se expande cual gas propano y un background rítmico macerado en el rock de garage. La psicodelia se torna fibrosa (chequear el impresionante solo de flauta traversa en “La Pelea Del Gobernador”), en tanto los tempos se mitigan y los registros se trastocan, como girando en torno a una elíptica que en realidad les hace volver al punto de partida (“Nunca Cambias” y su coda sabrosamente latina).

En tal sentido, el punto más elevado de enteogénesis es “Algún Día”. Pero, como ya se dijo, Los Texao también le entraban a la nueva ola. Así queda demostrado en “Nada De Nada” (shalalalas coludidos) y en “Sookie Sookie”. Con todo, la prueba definitiva de esa debilidad por la fiebre nuevaolera es la relectura de ese “Gimme Little Sign” de Alfred Smith (a) Brenton Wood que popularizó en Latinoamérica la versión del mexicano Roberto Jordán (“Hazme Una Señal”), y que el sexteto cose a “Coge Mi Mano”. Por alguna conexión subconsciente que no me es dado descifrar, “Swarlb” me remite constantemente a “Sentimientos” de Los Belkings. Y el postrer “No Time” se erige como una suerte de mini-repaso por las distintas sonoridades que cultivaron Los Texao. A la altura de Traffic Sound o Telegraph Avenue, en mi modesta opinión. Otro fragmento de nuestro patrimonio sónico pop arrancado de las garras del Olvido.

Debido a una u otra razón, no he tenido la oportunidad de escuchar concienzudamente a 380 sino hasta hace poco. Intenté hacerlo un par de veces antes, pero no quise comenzar por singles o tracks sueltos, y desconocía que la agrupación contaba con una obra anterior a la que impulsa estas líneas. Hubiera sido bueno empezar por el principio (El Colegio Me Volvió Un Mono, ‘23), como para abundar también acerca de desarrollos temporales si éstos tuviesen lugar. Ya que no ocurre así, toca dirigir todas las miradas hacia el segundo esfuerzo de los rojinegros, considerados “grupo revelación” desde hace al menos un bienio.

Uno de los retos más complicados de resolver para quienes nos dedicamos al inútil arte de escribir sobre música pop es el paso del Tiempo. Teóricamente, el carburante te dura un máximo de dos décadas, condicionado a ese imperativo biológico que acostumbra impedirte absorber nuevas músicas al aterrizar en la treintena. Por supuesto, hay excepciones saludables, para las cuales ese imperativo o bien se retrasa quién-sabe-cuánto o bien no existe. Me gusta pensar que soy una de esas excepciones, al haber llegado al medio siglo de vida y tras tres decenios invertidos en este ingrato “oficio” sin dejarme obnubilar ni por la oxidada veteranía de algunas tendencias ni por la insolente frescura de otras.

380 es quizá el nombre que más ha trascendido desde la escena independiente forjada al pie del Misti, ocupando palestras de medios algo más masivos que los de costumbre y tocando en festivales de la capital. Si tengo que opinar basándome exclusivamente en el repertorio de Ya Estás Grande, no consigo entender por qué. El referido álbum tiene conchudez y energía, cualidades sin las que el punk no puede germinar y prosperar. Porque, sí, 380 es punk rock; pero ello no tiene por qué tomarse a priori como demérito. Células de ese corte que consiguen ir aunque sea un poco más allá del canon ‘77, ha habido, hay y habrá. Así hablemos de egg punk (Antibióticos).

El problema es que no encuentro nada más para rescatar en YEG, una vez elogiados el desparpajo y la pujanza aludidos. Por default, he tenido que reproducir cinco veces la placa, y la impresión acaba siendo siempre la misma. No sé en qué creen las juventudes del hoy que se confiesan punks, pero si su rollo es más o menos equivalente al de 380, habrá que ir prendiendo velas para que esto no sea sino un error en la Matrix -o el vetusto alarido punkie acabará irremisiblemente arruinado. Una primera parte del CD oscila entre el punk clásico y el pop con accesos de... pachanga. Cuando al cuarteto de Lucía Ramírez (voz/guitarra), Milagros Caja Morales (guitarra), Diego Cornejo (bajo/coros) y César Llerena (batería) le da por “bromear”; y ello sucede bastante seguido, queda como chistoso en el peor sentido de la palabra. No causan ni pincho de gracia esos “diálogos” forzados, esas frases de zafio autobombo, esos “sound effects” que aspiran a la risotada fácil. El colmo de esa intencionalidad es “Final 100% Real No Fake”, publicherry payasamente atorrante que invita a seguir torturándose con más canales.

“Enfermitos Enamorados”, sexto surco de Ya Estás Grande, es recién el primero que no me provoca presionar skip sin más. Y no es ni de lejos susceptible de ser antologado. Eso te da una pista de lo que vas a encontrar no sólo antes, sino igualmente después. En la mitad de sus veintenas, esta gente no tiene mejores ideas para sus canciones que “quejarse” de los amantes LGTBIQ de sus parejas (“SadBitch”), seguirla pegando de comediantes involuntariamente desastrosos (“Punks De Mierda!”), o hacer alharacas de género (¿recurrirían en “Estoy Cansada!” a esa coartada tramposa si quienes les critican fuesen mujeres y quien canta fuese un hombre?). De todas maneras escucharé el primer disco, pero no creo que en el futuro le preste más atención a proyecto tan aguachento, cuyo logro más destacable aquí sea quizá ese arranque de sinceridad que puede haber materializado “Mi Música No Es Buena”.

Poco más que un meme.

Hákim de Merv

jueves, 10 de julio de 2025

Ballet Mecánico: Primera Secuencia // Ayarwhaska: Dendritas Oscilantes

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 2 de julio de 2025.)

Luego de un tiempo relativamente alejado de su faceta como músico, estrenó Fernando Pinzás durante el último trimestre del ‘24 Ballet Mecánico, proyecto donde él tiene la última palabra y en el que las colaboraciones son más que bienvenidas. Se establece así una diferencia clave respecto de grupos anteriores en los que participó, como Specto Caligo y los recordados Varsovia. A posteriori de los singles de adelanto “No Cederé” (10/24) y “Testamento” (1/25), BM libera su debut en marzo del presente a través de la discográfica Buh Records.

Mencioné hace un momento las colaboraciones. En esencia, éstas han tenido lugar a la fecha en el rubro de la voz, dándose el caso de tantas vocalistas invitadas -sí, todas ellas mujeres- como de episodios provee el largo, exceptuando la epilogal remezcla de “No Cederé”. La suerte es, en consecuencia, variopinta.

Pinzás ha erigido un opus de synth pop ochentero clásico con debilidad por la decoración Hi-NGR e italo-disco. No siempre es así, por cierto. En canciones como “Fábricas Del Miedo” y “La Memoria Es Un Acto Político”, Ballet Mecánico se enfunda en la piel de la ochentosa electronic body music. Monocordes, cortantes, airadas; las voces escogidas para ambos números -Anabhell y Kat Kathia, respectivamente- calzan de plácemes con la contundencia cuasi industrial y el agresivo synth punk para caderas que ellos encarnan. No es tan simple abordar el resto de Primera Secuencia, sin embargo.

Cuando las programaciones se adelantan un poco a la fecha de origen de su matriz (menos próximas a los 80s que a los 90s), las melodías se hacen más recordables, el delay se aposenta en los lugares correctos, las atmósferas se empañan de melancolía y los teclados se vitrifican hasta traslucirse. Ésa es la mejor performance para las vocales de Luz Cáceres (a) Luxsie (“Mascarilla”), Luminiscencia (“Testamento”) o Noelia Cabrera (“Como La Última Vez”). Emergen efluvios de O.M.D., de Yazoo, de Soft Cell e incluso del primer New Order. Cuando no ocurre tal cosa, sino que se prioriza el esteticismo/efectismo Hi-NRG/italo-disco, aunque los arrestos suenen bien elaborados, carecen de la chispa emotiva de sus pares -y en ese contexto, hacen lo mejor que pueden gentes como Susana Fátima (“No Cederé”) o Laura Rosales (“Rosa Era Inocente”). Por fortuna, esas oportunidades son las menos -para más inri, ubicadas al inicio de la jornada.

El grueso del álbum está, pues, a la altura de las circunstancias. Synth pop contenido de ingente carga emocional tratando simultáneamente de sonar lo más minimal que se pueda, bebiendo a veces del output de El Aviador Dro Y Sus Obreros Especializados (pero no de su divertida retórica). Cuando no, new beat de ecos a lo Front 242 o Neon Judgement, y hasta de unos Nitzer Ebb con las secuencias desmontadas.

El único rato en que se funden todas las variables puestas en juego a lo largo de poco más de 36 minutos es “La Ciudad De Los Incendios”. Su conjunción de Hi-NRG, marcialidad proto-EBM, teclados veleidosos como ellos solos y una voz que se afantasma sin disolverse (Angélica Carlos a.k.a. Elva Cío, camarada de Pinzás en Specto Caligo); le hace merecedor de un espacio insular. No digo que sea la mejor canción del vinilo, sino que es la de sonido como no tiene otra en éste.

Correcto primer paso. Muy artístico y entrañable, también. Para sortear hándicaps y superarse a sí mismo, Fernando debería: 1) equilibrar la balanza en cuanto a estilos de los que se nutre, y 2) pensar en una cantante estable, de registro amplio. Sólo así sacará todo el partido posible de sus potencialidades y conseguirá puntaje perfecto. El de Primera Secuencia va bien para un bergantín que recién zarpa.

Aún no tengo el gusto de conocer a Valentín Causillas. A riesgo de equivocarme, lo alucino alguien todavía con el pellejo verde, coetáneo de Nicolás Prado, de la tropa Haiti Bon Aire o de la mancha de Antibióticos. De todos ellos algo tiene su escueta primera entrega Dendritas Oscilantes, de apenas 26 minutos más sencillo, embebida en desparpajada conchudez con la cual rondar tendencias aglutinadas alrededor de dos cepas entrelazadas: el ruido fecundado por la actitud punk y la fascinación por la distorsión ominosa.

Comienza a sonar “XXX Rated Speed Grindcore” y piensas automáticamente en Leonardo Bacteria, fallecido frontman de Insumisión. No porque Ayarwhaska -alias de Causillas- sea un facsímil del u-ni-per-so-nal de Leo, sino porque la inspiración es clarísima. Mezcla de grindcore y gabber a velocidad supersónica, “XXX...” navega los mismos mares encrespados que el digital hardcore de Insumisión a partir de La Frustración Lo Cubre Todo (2000). Como éste hay varios surcos en la decena que integra el repertorio del cassette, si bien dotados de intros diversas: “Torturados Serán Los Alzados” (cuyo pistoletazo de salida parodia los viejos programas de variedades setenteros), “El Harsh Es Lo Único Que Me Excita” (que de harsh no tiene nada, con sus bpms fuera de control), “Desasosiego” (su engañoso preludio de rock grave y solemne experimenta un quiebre para aplastarte despachando avalanchas de drum’n’bass deforme), “Matas El Pueblo Por El Que Luchas” (sampleos de La Boca Del Lobo y del cleptócrata oriental Fujimori, colándose por en medio de frecuencias que colapsan ante la voluminosa carga que soportan).

Por contraste, hay otros tantos cortes que asoman bastante más convencionales, pese a que Ayarwhaska se las arregla para preñarles de elementos bizarros con que tender vasos comunicantes hacia sus similares del párrafo anterior. El primer ejemplo de ello es “En Colono”, que suena a punk noise de sucio ruido ascendente. Por la misma trocha se desplazan “Memorias Gwiyomi Nyan Cat”, egg punk de desprolijidad absoluta que muta hacia el final en webcore (y cuyo bajo modélico es lo único que sostiene su caótica naturaleza), el inusualmente dilatado “Tres Gallos” (noise rock desestructurado de guitarra aporreada), el cierre “Psykodemia!! (Asko)” (que más parece una unión a la mala de distintos retazos).

Punk + noise + distorsión + gabber, entonces. Tal es la consigna hecha lema por el joven Valentín. Lema que, como suele suceder, no tiende a la uniformidad -y que tiene en Dendritas Oscilantes una excepción para confirmar la regla. Ésta es “Puti Jazz”, pista diminuta que así y todo se da maña para hacer sonar saxos ¿andinos? ¿afroperuanos?, por entre masas asesinas de abyecto noise. La exceptuación -a duras penas- de una experiencia frikeante que pone a prueba, una vez más, tu capacidad de aguante en relación a formas no convencionales de crear música/no-música. Como sucede con Ballet Mecánico, se porta asimismo Buh con la manufactura de la cinta.

Hákim de Merv

jueves, 6 de febrero de 2025

Something Obscura: The Sorrow We Share / Dark Ages // Los Pinglos: Y La Chica De Pronto Flotó // Mauricio Moquillaza: Mauricio Moquillaza //Super Fuzz: Super Fuzz EP // Plastical People: Ritmo Natural EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de enero de 2025.)

LOS DISCOS PERUANOS DE 2024 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (I)

Tras de su literal resurrección a comienzos de década, el dark-gothic perucho ha avanzado con lentitud, aunque uniformemente. Lejos de los días de su reinado (que va de la segunda mitad de los 80s a los albores del siglo XXI), el sonido oscuro por antonomasia ya no produce cuantitativamente lo que antes. Tanto mejor, porque de ese ahora modesto caudal, algunos pocos nombres merecen ser inmolados en la hoguera.

Algunos otros pocos no, y ése es el caso de Something Obscura. Publicado su primer extended play en el ‘18 (A Real Place In A False Broken Mirror), al frente del proyecto unipersonal se pone un ¿multi-instrumentista? oculto bajo el indescifrable seudónimo de Nonn Loop. El nom de guerre abunda en jornadas de longitud recortada, siendo la excepción a esa regla su puesta de largo Only The Pain Can Cure Us (‘20), respaldada por el sello especializado InClub Records. Por medio de esa circunstancia fue que las lúgubres andanzas del músico llamaron mi atención.

En 2024, Loop rompió su media editorial despachando online dos trabajos en modalidad 33 rpm. Éstos son The Sorrow We Share (23 de mayo) y Dark Ages (25 de diciembre), quedando el último como el menos extenso de la dupla. La concisión es algo que agradecer en el background de SO, con tracks que van de los dos minutos a poco más de 5, cuadrando así rodajas a disfrutar durante espacios de tiempo razonables. Por supuesto, ésa no es la única cualidad a favor del individualista.

Los aciertos cruciales que han posibilitado el resurgimiento del dark-gothic en predios nacionales se vinculan directamente a una reformulación austera de sus lugares comunes. Fue precisamente la falta de mesura y una debilidad por la ampulosidad “escénica”, vicios impuestos desde la movida gothic usamericana, lo que terminó boicoteándole y despedazándole hasta la ridiculización. Visos de esa reorientación son perceptibles en Putzy, en Eviterna, en los fugaces Specto Caligo, en Something Obscura.

Para The Sorrow We Share, las influencias determinantes de Nonn son el Cure clásico del período negro (“A Wrong Step”), algo del Xymox correspondiente al Subsequent Pleasures EP (“Memory Of You”) y los Mission sin las alharacas en que acabaron cayendo. “Foreign Voices” y “Echoes & Light” apenas insinúan penumbra (incluso el primero podría catalogarse como proto dream pop). De la mano de “Rain”, el CD se hunde en las oquedades de un gothic que es a partes iguales denso y ágil. Cierto que a veces se le olvida frenar y me recuerda los peores momentos del último decenio de la pasada centuria (“Faith & Distance”, “Burn The World”). Felizmente, los canales rescatables son más: el dark con sobreabundancia tecladística de “Eyes In The Night”, los ingrávidos fogonazos electroacústicos de “Our Hands”, el majestuoso vuelo crepuscular de una eléctrica en llamas de “The Morning Has Come”...

En Dark Ages, el abanico del pantone cambia un tanto -y no precisamente para bien. Andrew Eldritch y sus Sisters Of Mercy destronan a Smith, Moorings y Hussey; posicionándose como el tótem a tributar (al punto que “Libertad” es una extremadamente sutil deconstrucción de jirones del clásico “Alice”). Esto se traduce en un opus que se maneja en velocidades como las del medio tiempo o de los 3/4, cuyas espesuras apagan/sepultan/empantanan los resplandores relativamente cálidos de TSWS (“Bridge To Nowhere”). Gothic hasta la médula, sepulcral y lastimero (“Al Final”, “Erase Our Pain”, “Fear To Live”), Dark Ages pone igualmente de relieve el mayor hándicap de Loop: la voz.

Ya en The Sorrow..., era evidente que lo mejor que el responsable de Something Obscura tenía no era exactamente su set de vocales. Faxeando modos, inflexiones y color de Eldritch, como hicieran las huestes góticas de los 90s; se notaba allí que al autor le iba mejor siseando antes que engrosando/impostando la voz. En Dark Ages, a Nonn Loop se le siente demasiado cerca del líder de los de Leeds. Para su suerte y la nuestra, el repertorio de SO tiende al fulgor instrumental en proporciones generosas.

Se han arremolinado circunstancias muy particulares alrededor de Los Pinglos, gestores de un long play que ha llamado mucho la atención de los medios el año pasado. Empecemos por allí: Y La Chica De Pronto Flotó es el debut, si bien éste ve la luz pública un cuarto de siglo después del nacimiento del acto. Tres de sus integrantes originales provienen de Argot, de corta existencia en las postrimerías de los 80s: Alfredo Berrios (guitarras, bajo), Roberto Gálvez (voz) y el tecladista Joni Chiappe, a quien siempre se le recuerda por haber participado en Jas. El cuarto integrante original, Carlos Saavedra (voz), también hacía música en la misma época junto a Ignacio López -escudados ambos bajo el chaplín de Modus Vivendi-.

Pese a su accidentada trayectoria, que incluye hiatos prolongados y un deceso (el de Chiappe, en el ‘23), el terceto sobreviviente puede jactarse entonces de tener recorrido y experiencia. Poniendo en juego ambas cosas, el estreno de Los Pinglos se entrega a un pop de accesos levemente lisérgicos, cuando no folkies o de raigambre blues. Ninguna de estas pinceladas, como tampoco las de una tímida electrónica (“Duele Esta Sal”), llega a ser sustantiva. Si algo es notorio en la ejecución de YLCDPF, es que ésta se consolida gracias al indie. De allí su retórica intimista, como en “Diosa Pagana” o en “Allá”. De allí su esteticismo pedestre, como en “Terco Hasta Los Huesos” o en “Me Baño Antes De Dormir”. De allí, finalmente, los destellos con que entreve referentes tan disímiles como Cowboy Junkies (una bastante empalagosa “Flechas Ciegas”) o Electro-Z (una correcta “Eguren Se Llevó A Mi Chica”).

En contadas ocasiones, la terna rebasa la barrera del medio tiempo. A la ya mencionada “Duele Esta Sal”, tal vez podría sumarse “La Fiesta Del Fin”, de prestancia más rockera. La norma son canciones tipo “Solitud”, “Los Bañistas” o “Azafrán”, que pueden sumarse a casi todas las antedichas en la misma línea indie. No todo es olor a rosas, sin embargo: musicalmente, Y La Chica... invoca cierta frescura, algunos de sus segmentos lucen bien enhebrados, y la participación del fallecido Chiappe llega a deslumbrar. Estas ventajas se ven algo mancilladas por vocalizaciones que no siempre dan la talla. Ocurre en “Los Bañistas”, en “Azafrán”, en “El Cimarrón”. En esta última (la apertura), escucho además rimas de un nivel demasiado elemental, que a estas alturas de mi vida se me hacen más que indigestas y que cabría no esperar de gente que pregona veteranía.

Habría que ponerse a verificar quién canta en qué canción y quién compone cada una, para separar y delegar funciones. Tres vocalistas que asimismo son compositores es cifra más que suficiente para que sólo se pare delante del micro el más capo, sólo se siente a componer el más entendido, etc. Bueno, dos en realidad -el tercero era el difunto ex Jas. Al final, y esto también cuenta, la balanza se inclina en favor de Los Pinglos gracias a un par de temazos muy por encima del resto: “Toribio X” y sobre todo “Tu Barco En El Mar”. Sin pretensiones, poniendo toda la carne en el asador, con un Chiappe superlativo; el miserabilismo que exudan sendas arquitecturas sonoras es desarmante, imponente, acongojante. Sin requerir de muchas vueltas, de esta pareja sale por lo menos un nuevo clásico del rock independiente peruano. Lo que se dice sacar la casta, puta madre.

Contradictorios los antecedentes de Mauricio Moquillaza de que disponía. Por un lado, tengo presente su participación en Mensajes Del Agua: Nuevos Sonidos Desde Perú Vol 1 (‘22), que justamente abría con su “Carácter Transitorio” -melodiosa composición de ambient que se balanceaba al filo del ruidismo con equilibrio admirable. Por otro lado, le escuché una performance en la huaca Mateo Salado, de la que poco me faltó para salir aplastado por el tedio -a decir verdad, hubiera terminado así de no ser porque me interesaban mucho los grupos que se subirían a tocar luego de él.

Ergo, me decidí a escuchar su homónimo debut apertrechado con no escasa prudencia. Compruebo gratamente que, o Moquillaza no estuvo inspirado en aquel directo, o lo suyo son las realizaciones en estudio. Este LP tiene los minutos justos para apreciarlo en lo que mejor sabe hacer -modulaciones ambientales que se mueven flotando/navegando en completa libertad, sin curso premeditado, acunadas por vibraciones randomizadas, intermitentes figuras de teclados y/o sintetizadores, loops incesantes y un pathos acuático en principio no tan evidente como a partir de la segunda mitad del acetato.

Otro rasgo a destacar es que los cuatro surcos de Mauricio Moquillaza prescinden de las secuencias. No las urgen. Al ser piezas de un analógico ambient modular, el leitmotiv se halla signado por el azar, por la improvisación. Trátese de texturas tupidas hasta el grado de la pavimentación (como ocurre en “----”) o de veloces pulsos que digita sin sosiego el autor (todas los demás), la electrónica fluye aquí más que correr. Sucede en “-”, donde compartimenta la distorsión hasta transformarla en una herramienta iterativa más. También en “--”, cuyo timing se desboca hasta sincronizar espontáneamente con las vanguardias noventeras que más indagaron en el Ruido.

Y acontece, cómo no, en “---”. Pese a su aliento más mesurado, el corte rebosa color, aunque hacia el ocaso corra en paralelo al noise. El guiño no debe ser gratuito, porque en la epilogal “----” las atmósferas se tornan ruidosas en extremo, a despecho de lo cual la melodía se da maña para filtrarse por entre sus grietas y dar paso libre a sonoridades que remiten a antiguos videojuegos. Ése es otro plus de Moquillaza a ponderar, acaso el más importante: no es la suya una electrónica empecinada en zambullirse al interior del Ruido. El músico le mide, se acerca a, se aleja de. Siempre depende de si lo encuentra lo suficientemente maleable como para servirse de él, con el único fin de envolver/abrillantar las euritmias que edifica. Su música es principalmente, pues, melodía de una belleza increpante, arisca, casi hipnótica.

Debe ser cuestión generacional -léase “ya estoy inevitablemente mayor”- el que no logre computar por completo el rollo de Super Fuzz y alineaciones similares. En algo se parece al espíritu huevero y desenfadado de los músicos adscritos a la generación Scott Pilgrim -película o cómic, según prefieras-, pero ni siquiera ésta era tan deliberadamente inepta o primariosa. Posiblemente sea ésa su peculiaridad más identificatoria: la inhabilidad intencional medible en terabytes.

Super Fuzz EP no es el primer material que ha editado este grupo, pero sí el primero que he audicionado. Muy probablemente, será además el último. Su “dialéctica” utiliza la distorsión y la perentoria brevedad punk, aunque por duración cabría decir hardcore. No obstante, del género moldeado por Dead Kennedys o Bad Religion no existe ni media micra de ascendencia. Sí hay espacios, en cambio, para sintetizadores. Esto, sumado a la necesidad prácticamente patológica de saltar de un lado a otro -también probable herencia punk-, termina por modelar una musicalidad (ejem) “sui generis”.

El problema radica en que no importa si se conjura al indie, al punk o al lo fi. Características como el desparpajo o la conchudez pueden encontrar matices favorables, siempre y cuando acompañen canciones que no son una puya en sí mismas/hacia sí mismos/contra el resto. Desde el primer minuto de “El Matón”, es evidente que el vocalista no va a demostrar ni siquiera mínimas aptitudes en ningún momento. Terminado el asalto inaugural, me quedo pensando en si es una marca de estilo o si sólo se trata de este combo, que no ha tenido mejor idea que reclutar a un cantante medio idiota.

“Kick Ass”, dedicado al superhéroe del film del mismo nombre, arroja luces al respecto. Para cuando llego a instancias finales como “Mal Gusto” o “Metamizol”, saco en limpio que la voz podría no ser más idónea para las historias que cuenta Super Fuzz, y sobre todo la “gracia” con que éstas son relatadas. Mal consuelo. Por más que lo intento, no puedo apartar la imagen de burla para con el/la escucha, de autoparodia, de impericia izada con orgullo. Esto último ya ha sido antes motivo en torno al cual se han constituido otros géneros o subgéneros. Nunca, NUNCA, en los niveles de bufonada chirigotesca mostrados por SF.

Egg punk, he leído en algún sitio. No lo creo. El huevo al menos tiene albúmina. Si antes a nadie se le ha ocurrido, prefiero acuñar una ¿nueva? etiqueta: tontipunk. A su costado, el denostado chiquipunk de los 00s luce firmado por John McEntire.

Simpática banda, Plastical People. Sexteto formado por Octavio Urbina (guitarra), Santiago Huamán (guitarra), Walter Cuba (sintetizadores), Jorge Delgado (voz), César Barba (batería) y Vladimir Andrei (bajo); ya contaba con un extended play autotitulado (‘17) y un largo (Moverás Tus Pies, ‘22), antes de que apareciese Ritmo Natural EP en febrero último. Si bien Plastical People tenía una onda a lo synth ochentoso, en Moverás... la agrupación comenzaba a mutar hacia un output más de resonancias 70s. La intuición ya avisaba que los próximos tiros irían por ahí.

Como suele ocurrir en estos inciertos tiempos entre los conjuntos pop, la actitud de Plastical People es despreocupada pero cómplice, fiestera pero confesional. En resumen, indie. Ése, con todo, es su talante. Su sonido, por otra parte, sólo accesa a ese marbete fortuitamente. Bonitos arreglos de sinte de por medio, el alias suena deliciosamente groovy, sin empalagos/remilgos ni excesos de sacarosa. Más aún, la música de PP sigue el faro de un electrofunk revigorizado, con arrestos de -aghhhh- música disco. No iba a ser gratuito que cada tanto apareciera en la mente la imagen de los Daft Punk extraída de su ulterior Random Access Memories (‘13).

Ejemplo palmario de lo último es “Piedra Espinal”, junto a un discreto Diego Dibós (TK). También el brioso pop discotequero de “Ritmo Natural” y el festivo hedonismo un tanto desaforado de “Besos Finales”, donde colabora en gran nivel la novel cantante un-pelín-sobrevalorada Clara Yolks, en plan consonante con lo que hiciese antes de ella Diana Flores.

Sin embargo, no todo es groove en estado puro. En el extended se planta de igual modo “Shock En Mi Costa”. Si bien se suma a la celebración saltimbanquera y asaz emocional, “Shock...” no deja de hacerlo nimbado de un hálito de sugestiva lipemanía -que no se condice con el futurismo que pregona su video. De esta guisa también pueden encontrarse algunos brochazos cuando te aplicas seriamente a pelar la oreja con cada uno de los números de Ritmo Natural EP. Lindo episodio. Directo, sin dobleces, divertido, emotivo y con bastante fuelle. Si hasta parece que tuviese Plastical People más recorrido del que efectivamente acredita, aunque eso podría ser un side effect de los añejos discursos a los que profesa devoción.

Hákim de Merv