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jueves, 11 de septiembre de 2025

Elva Cío: Intentos |‘19 – ‘24|

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 3 de septiembre de 2025.)

¿El Vacío existe? Pese a ser filosóficamente cuestión discutible, el consenso sobre su significado inclina a pensar que sí. ¿Y Elva Cío? Eso es mucho más difícil de dilucidar, y no creo que haya prueba concluyente que zanje el debate. A menos, cómo no, que se manifiesten quienes habitan/alguna vez han habitado (en) su interior -empezando por sus visibles instigadores, los jóvenes músicos Angélica Carlos y Javier Panter. Se sabe del primero que es quien lleva las riendas de Rip Off Records, combativa discográfica trujillana que este año paró en seco. De la segunda, que fue partícipe de la existencia de Specto Caligo (‘17-‘20).

Si hago caso al tenor de lo expuesto en la nota de BandCamp, Carlos ¿es?/¿ha sido? la portaestandarte de Elva Cío. ¿Grupo o seudónimo solista? Al parecer ambas cosas, sucesivamente. La info habla de una formación inestable en la que ella -a.k.a. Elva- es la única acreditada en los 11 tracks repescados por Intentos |'19 - '24| (como dato curioso, en la apertura “Amarilla Violencia” apenas si se le oye articular palabras). Le siguen Panter y Mauricio Moquillaza, este último trajinador de las escenas experimentales post pandémicas. Si sumamos el nombre de Luis Vásquez, que en el ‘24 sorprendió como Calefactor a propios y extraños con el ruidoso Desrealizaciones, Elva Cío en fase grupo se insinúa como semillero ¿trunco? de artistas sonoros independientes.

¿En qué momento se transformó Elva Cío, entonces, en identidad de Angélica Carlos? No puedo precisarlo, pero a partir de Primera Secuencia (‘25) de Ballet Mecánico dicha asunción queda confirmada, figurando la cantante acreditada bajo su alias en “La Ciudad De Los Incendios”. Apoyan la hipótesis los números “Glass Of Gold” y “I Play Alone”, tomas en vivo de material inédito de Specto Caligo, así como su fuente de procedencia (el celular personal de la autora).

Muy poco de lo expuesto en Intentos |‘19 – ‘24| califica como no wave. La austeridad de una guitarra de por sí ahogada en ambientes cavernosos no es cualidad exclusiva del apocalipsis neoyorkino, aunque sí su manipulación como si se tratase de un instrumento percusivo (“Sabotage” y sus aires a lo Yndeseables). El indicio más confiable para fijar una conexión es la performance de Carlos, quien se enfunda en la piel de una Lydia Lunch adicta a los lamentos desesperanzado(re)s y a un spoken word con que narrar el ocaso de la civilización (“Materia Informe/Casi Humana/Materia Informe/Me Reduzco A Nada/Aunque Con Miedo/Merezco Salir Un Poco De Este Agujero/Fantaseo Con El Fin/Y También Le Temo”). Más que en Teenage Jesus And The Jerks, no obstante, pienso en algunas canciones de The March Violets, en Malaria!, en el primer Bauhaus...

Del punk, Elva Cío puede haber reflotado el compromiso ético con el “no future” (“Muerte, Fin”). Del post punk, o más propiamente del after punk, la recreación de un grotesco mundo partiendo de las cenizas del pasado -la monocorde distorsión de la Velvet Underground más lóbrega (“Gran Amo”), la sórdida decadencia andrógina del glam rock (“Materia Informe”), et al. Es bastante evidente, empero, que el manantial del que más bebe(n) Angélica (y compañía) es el del dark-gothic rock. Ése cuyo bajo provee del invencible pistón que pecha al resto de la maquinaria para que se mueva (“Tungsteno”, “I Play Alone”). Ése que se eclipsa para permitirle a la eléctrica incendiar los bordes de nuestro campo de visión/audición (“Sabotage”, “Tungsteno 2” y su inevitable parecido inicial con “Christine” de Siouxsie And The Banshees). Ése donde las baquetas de golpe cortante y árido añaden angustia a impenetrables y negras atmósferas de desolación y pesadumbre (“Glass Of Gold”, “KI-NO”, “Amarilla Violencia”).

Punto de arranque o testimonio post mortem, Intentos... suena como si hubiese sido confeccionado aquí en los 80s. Ese acabado, que entiendo no es intencional, le confiere una ambigua antigüedad; hermanándole a través del Tiempo con hitos de esa época como La Banda Del Kadalzo, la saga Salón Dadá/Col Corazón, Masoko Tanga o los ya mencionados Yndeseables. Ello y su nulo uso del Ruido le alejan simultáneamente de contemporáneos relativos como Hongoz En El Zerebro o la hora actual de Bondage. Con todo, no parece Elva Cío acomodarse bien ni lejos de estos últimos ni cerca de los primeros, sino en su propia parcela. Una en la que se arroja al fondo del pozo más oscuro, rodeándose de arabescos ultraterrenos y de fantástica iconografía BDSMera, como la que adorna su BandCamp y de la que se hace eco la epilogal “Erector Set I” (recitando las frases de anhelante sumisión que se cuelan entre foto y foto).

Probablemente estas imágenes se incluyen en el fanzine que acompaña a la cinta. Como éste no se halla disponible para free download, como sí ocurre con el menú del cassette, no puedo decir ni mu al respecto.

Hákim de Merv

jueves, 31 de julio de 2025

Parasomnia: Cuerpos De Otros EP // A Full Cosmic Sound: El Fénix

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 23 de julio de 2025.)

Un buen día, después de tres años, decidió retornar Parasomnia a la palestra. Convertido nuevamente en trío debido a la salida del bajista Sebastián Gonzáles, quien cumplía función de apoyo en directo, el combo santiaguino ha estrenado nuevo extended hace medio almanaque, mismo que viene a suceder al debut en largo Vigilia. En la práctica, entonces, la agrupación vuelve al formato que grabó el primerísimo Parasomnia EP allá por el ‘20: Francisco Cerda en las baquetas, Franco Reyes en la eléctrica, Mauro Rojas en las vocales y el bajo.

Mediante Vigilia, se adentró el trinomio en las hoscas espesuras del dark rock clásico, balanceándose no pocas veces a la sombra del dark-gothic emergido durante la segunda mitad de los 80s. Lo llevó a cabo, además, ganando peso, agilidad y fuelle; virtudes cuya conjunción le posicionó estéticamente a tiro de piedra de audiencias más extensas que las abroqueladas en torno a nichos darkies (cf. Alcalá Norte). Para Cuerpos De Otros EP, la performance es reeditada, produciendo resultados en la misma frecuencia -e incluso algunos centímetros más adelante.

“Roja Mañana” corre la cortina del extended con renovados ímpetus, desplegando el arsenal del terceto: una ígnea guitarra fantasmal, un drum set bien cuadrado y tenaz, sobre todo un bajo equilibrista. En lo concerniente a este último, se suele decir que cuando mejor lo hace es cuando menos se le nota. Cierto, a menos que hablemos de géneros para los que el mástil de cuatro cuerdas sea arquimédica palanca de apoyo. Tal es la circunstancia: ya consideremos “Gusano” o la densa “Quemar La Realidad”, el bajo del también frontman de Pande-Dios muda en la espina dorsal de las composiciones sitas aquí.

De post punk, entonces, ya nada en la práctica. Apenas un aire al Wire de 154 (‘79) en “Roja Mañana”. El espíritu de Ian Curtis aún se manifiesta en todo su lustre dark (“Quemar...”). Lo mismo puede decirse del Cure siniestro (“Saturno”) o de los olvidados And Also The Trees (“Tal Vez, Alguien”). Franco Reyes resplandece o se apaga según dictamine cada situación, mientras que Francisco Cerda se muestra versátil para los cambios de velocidad de un número a otro. Desde sus respectivas posiciones, ambos ofrecen sendos complementos/contrapuntos a los foscos matices que dispara Mauro.

Siento que las letras no han sido todo lo chambeadas que deberían. En ese sentido, me parece que existe una suerte de involución en relación a Vigilia. Las de Cuerpos De Otros EP se me antojan a media caña, apelando más de la cuenta a la socorrida coartada de la rima. No siempre, es verdad, pero tampoco no nunca.

Nuevo disco de A Full Cosmic Sound, colectivo mapocho que marcha rumbo a sus dos décadas de fundado y cuyas copiosas referencias discográficas se hallan un tanto dispersas/repartidas en la región. De tan vasta cosecha, sólo he podido escuchar La Automatic Flight Control System (‘17) y un live que recupera su presentación en la tercera edición del Festival Integraciones (‘13, realizada en Perú), publicado por SuperSpace Records (label de nuestro músico/no-músico Wilder Gonzales Agreda). Por desgracia, la mayoría de títulos no se encuentra disponible en Internet.

El Fénix es un lanzamiento peculiar. Consta de un 12’’ que es el álbum propiamente dicho, y de un 7’’ adicional que hace las veces de bonus disc. Aunque hermanadas bajo una misma etiqueta que no pretende ser conceptual, en la medida en que ambas rodajas guardan más diferencias que semejanzas, las trataré cual volúmenes distintos.

Como suele ocurrir cuando se aborda la figura del colectivo, A Full Cosmic Sound es una entidad abierta a diversidad de influencias, pues cada músico que se asocia temporal o permanentemente adiciona nuevos colores o tonos a la paleta comunal. No obstante, es verdad que los colectivos tienden a perfilarse sobre la base de sus influencias más marcadas. En el caso de la tropa chilena, las constantes son el ambient, la psicodelia minimal, la Baja Fidelidad y la electrónica; entre otras de menor ascendiente. De ello ya habían dado pruebas en La Automática... y en el directo aludido.

No es distinto el tramo 12’’ de El Fénix. Dedicada a Eduardo Streeter Silva, músico de AFCS fallecido tempranamente, la placa principal se apertrecha de dos temas kilométricos. Lejos de ser la única característica en que comulgan, “El Fénix” y “El Tío Pantera” pueden abordarse como lienzos en progreso -embebidos en un ambient apacible salpicado de eléctricas que suenan/reverberan con austeridad. A veces la intensidad se eleva, posibilitando la aparición de tenues devaneos psicotrópicos. A veces, también, aparecen atemperadas secuencias que tienden a agilizar el movimiento de estas esculturas sónicas. Flota encima suyo siempre la certeza de crescendos propios del post rock más folkie, que aditan a su registro visos de ensueño -lo que, por fortuna, no las hace forzosamente “ensoñadoras”.

En cuanto al 7’’ extra, “Corto Vuelo, Era Una Trampa” se impulsa desde el ruidismo cacofónico consecuencia de topetazos entre el free jazz y el noise, nunca desmarcados de la dialéctica inherente a la música rock. Curiosamente, “Corto...” cobija una cadencia marcial, a despecho del caos en que nace. En las mismas coordenadas se mueve una pista bautizada “En Vivo En Perú (Extracto)”, brevísima muestra de su accionar sobre el escenario. Por su parte, “El Mensaje De Roger” carece de baterías o secuencias, si bien su naturaleza es igual de rockera que la de sus predecesores inmediatos. Dispares rostros de una misma inteligencia colectiva.

A Full Cosmic Sound son, en esta ocasión, Gonzalo Muñoz, Jorge Boher, Ignacio Rodríguez, los hermanos Iván y Álvaro Daguer, el finado Eduardo Streeter, Mauricio Dodds y Roger Sierra.

Hákim de Merv

jueves, 6 de febrero de 2025

Something Obscura: The Sorrow We Share / Dark Ages // Los Pinglos: Y La Chica De Pronto Flotó // Mauricio Moquillaza: Mauricio Moquillaza //Super Fuzz: Super Fuzz EP // Plastical People: Ritmo Natural EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de enero de 2025.)

LOS DISCOS PERUANOS DE 2024 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (I)

Tras de su literal resurrección a comienzos de década, el dark-gothic perucho ha avanzado con lentitud, aunque uniformemente. Lejos de los días de su reinado (que va de la segunda mitad de los 80s a los albores del siglo XXI), el sonido oscuro por antonomasia ya no produce cuantitativamente lo que antes. Tanto mejor, porque de ese ahora modesto caudal, algunos pocos nombres merecen ser inmolados en la hoguera.

Algunos otros pocos no, y ése es el caso de Something Obscura. Publicado su primer extended play en el ‘18 (A Real Place In A False Broken Mirror), al frente del proyecto unipersonal se pone un ¿multi-instrumentista? oculto bajo el indescifrable seudónimo de Nonn Loop. El nom de guerre abunda en jornadas de longitud recortada, siendo la excepción a esa regla su puesta de largo Only The Pain Can Cure Us (‘20), respaldada por el sello especializado InClub Records. Por medio de esa circunstancia fue que las lúgubres andanzas del músico llamaron mi atención.

En 2024, Loop rompió su media editorial despachando online dos trabajos en modalidad 33 rpm. Éstos son The Sorrow We Share (23 de mayo) y Dark Ages (25 de diciembre), quedando el último como el menos extenso de la dupla. La concisión es algo que agradecer en el background de SO, con tracks que van de los dos minutos a poco más de 5, cuadrando así rodajas a disfrutar durante espacios de tiempo razonables. Por supuesto, ésa no es la única cualidad a favor del individualista.

Los aciertos cruciales que han posibilitado el resurgimiento del dark-gothic en predios nacionales se vinculan directamente a una reformulación austera de sus lugares comunes. Fue precisamente la falta de mesura y una debilidad por la ampulosidad “escénica”, vicios impuestos desde la movida gothic usamericana, lo que terminó boicoteándole y despedazándole hasta la ridiculización. Visos de esa reorientación son perceptibles en Putzy, en Eviterna, en los fugaces Specto Caligo, en Something Obscura.

Para The Sorrow We Share, las influencias determinantes de Nonn son el Cure clásico del período negro (“A Wrong Step”), algo del Xymox correspondiente al Subsequent Pleasures EP (“Memory Of You”) y los Mission sin las alharacas en que acabaron cayendo. “Foreign Voices” y “Echoes & Light” apenas insinúan penumbra (incluso el primero podría catalogarse como proto dream pop). De la mano de “Rain”, el CD se hunde en las oquedades de un gothic que es a partes iguales denso y ágil. Cierto que a veces se le olvida frenar y me recuerda los peores momentos del último decenio de la pasada centuria (“Faith & Distance”, “Burn The World”). Felizmente, los canales rescatables son más: el dark con sobreabundancia tecladística de “Eyes In The Night”, los ingrávidos fogonazos electroacústicos de “Our Hands”, el majestuoso vuelo crepuscular de una eléctrica en llamas de “The Morning Has Come”...

En Dark Ages, el abanico del pantone cambia un tanto -y no precisamente para bien. Andrew Eldritch y sus Sisters Of Mercy destronan a Smith, Moorings y Hussey; posicionándose como el tótem a tributar (al punto que “Libertad” es una extremadamente sutil deconstrucción de jirones del clásico “Alice”). Esto se traduce en un opus que se maneja en velocidades como las del medio tiempo o de los 3/4, cuyas espesuras apagan/sepultan/empantanan los resplandores relativamente cálidos de TSWS (“Bridge To Nowhere”). Gothic hasta la médula, sepulcral y lastimero (“Al Final”, “Erase Our Pain”, “Fear To Live”), Dark Ages pone igualmente de relieve el mayor hándicap de Loop: la voz.

Ya en The Sorrow..., era evidente que lo mejor que el responsable de Something Obscura tenía no era exactamente su set de vocales. Faxeando modos, inflexiones y color de Eldritch, como hicieran las huestes góticas de los 90s; se notaba allí que al autor le iba mejor siseando antes que engrosando/impostando la voz. En Dark Ages, a Nonn Loop se le siente demasiado cerca del líder de los de Leeds. Para su suerte y la nuestra, el repertorio de SO tiende al fulgor instrumental en proporciones generosas.

Se han arremolinado circunstancias muy particulares alrededor de Los Pinglos, gestores de un long play que ha llamado mucho la atención de los medios el año pasado. Empecemos por allí: Y La Chica De Pronto Flotó es el debut, si bien éste ve la luz pública un cuarto de siglo después del nacimiento del acto. Tres de sus integrantes originales provienen de Argot, de corta existencia en las postrimerías de los 80s: Alfredo Berrios (guitarras, bajo), Roberto Gálvez (voz) y el tecladista Joni Chiappe, a quien siempre se le recuerda por haber participado en Jas. El cuarto integrante original, Carlos Saavedra (voz), también hacía música en la misma época junto a Ignacio López -escudados ambos bajo el chaplín de Modus Vivendi-.

Pese a su accidentada trayectoria, que incluye hiatos prolongados y un deceso (el de Chiappe, en el ‘23), el terceto sobreviviente puede jactarse entonces de tener recorrido y experiencia. Poniendo en juego ambas cosas, el estreno de Los Pinglos se entrega a un pop de accesos levemente lisérgicos, cuando no folkies o de raigambre blues. Ninguna de estas pinceladas, como tampoco las de una tímida electrónica (“Duele Esta Sal”), llega a ser sustantiva. Si algo es notorio en la ejecución de YLCDPF, es que ésta se consolida gracias al indie. De allí su retórica intimista, como en “Diosa Pagana” o en “Allá”. De allí su esteticismo pedestre, como en “Terco Hasta Los Huesos” o en “Me Baño Antes De Dormir”. De allí, finalmente, los destellos con que entreve referentes tan disímiles como Cowboy Junkies (una bastante empalagosa “Flechas Ciegas”) o Electro-Z (una correcta “Eguren Se Llevó A Mi Chica”).

En contadas ocasiones, la terna rebasa la barrera del medio tiempo. A la ya mencionada “Duele Esta Sal”, tal vez podría sumarse “La Fiesta Del Fin”, de prestancia más rockera. La norma son canciones tipo “Solitud”, “Los Bañistas” o “Azafrán”, que pueden sumarse a casi todas las antedichas en la misma línea indie. No todo es olor a rosas, sin embargo: musicalmente, Y La Chica... invoca cierta frescura, algunos de sus segmentos lucen bien enhebrados, y la participación del fallecido Chiappe llega a deslumbrar. Estas ventajas se ven algo mancilladas por vocalizaciones que no siempre dan la talla. Ocurre en “Los Bañistas”, en “Azafrán”, en “El Cimarrón”. En esta última (la apertura), escucho además rimas de un nivel demasiado elemental, que a estas alturas de mi vida se me hacen más que indigestas y que cabría no esperar de gente que pregona veteranía.

Habría que ponerse a verificar quién canta en qué canción y quién compone cada una, para separar y delegar funciones. Tres vocalistas que asimismo son compositores es cifra más que suficiente para que sólo se pare delante del micro el más capo, sólo se siente a componer el más entendido, etc. Bueno, dos en realidad -el tercero era el difunto ex Jas. Al final, y esto también cuenta, la balanza se inclina en favor de Los Pinglos gracias a un par de temazos muy por encima del resto: “Toribio X” y sobre todo “Tu Barco En El Mar”. Sin pretensiones, poniendo toda la carne en el asador, con un Chiappe superlativo; el miserabilismo que exudan sendas arquitecturas sonoras es desarmante, imponente, acongojante. Sin requerir de muchas vueltas, de esta pareja sale por lo menos un nuevo clásico del rock independiente peruano. Lo que se dice sacar la casta, puta madre.

Contradictorios los antecedentes de Mauricio Moquillaza de que disponía. Por un lado, tengo presente su participación en Mensajes Del Agua: Nuevos Sonidos Desde Perú Vol 1 (‘22), que justamente abría con su “Carácter Transitorio” -melodiosa composición de ambient que se balanceaba al filo del ruidismo con equilibrio admirable. Por otro lado, le escuché una performance en la huaca Mateo Salado, de la que poco me faltó para salir aplastado por el tedio -a decir verdad, hubiera terminado así de no ser porque me interesaban mucho los grupos que se subirían a tocar luego de él.

Ergo, me decidí a escuchar su homónimo debut apertrechado con no escasa prudencia. Compruebo gratamente que, o Moquillaza no estuvo inspirado en aquel directo, o lo suyo son las realizaciones en estudio. Este LP tiene los minutos justos para apreciarlo en lo que mejor sabe hacer -modulaciones ambientales que se mueven flotando/navegando en completa libertad, sin curso premeditado, acunadas por vibraciones randomizadas, intermitentes figuras de teclados y/o sintetizadores, loops incesantes y un pathos acuático en principio no tan evidente como a partir de la segunda mitad del acetato.

Otro rasgo a destacar es que los cuatro surcos de Mauricio Moquillaza prescinden de las secuencias. No las urgen. Al ser piezas de un analógico ambient modular, el leitmotiv se halla signado por el azar, por la improvisación. Trátese de texturas tupidas hasta el grado de la pavimentación (como ocurre en “----”) o de veloces pulsos que digita sin sosiego el autor (todas los demás), la electrónica fluye aquí más que correr. Sucede en “-”, donde compartimenta la distorsión hasta transformarla en una herramienta iterativa más. También en “--”, cuyo timing se desboca hasta sincronizar espontáneamente con las vanguardias noventeras que más indagaron en el Ruido.

Y acontece, cómo no, en “---”. Pese a su aliento más mesurado, el corte rebosa color, aunque hacia el ocaso corra en paralelo al noise. El guiño no debe ser gratuito, porque en la epilogal “----” las atmósferas se tornan ruidosas en extremo, a despecho de lo cual la melodía se da maña para filtrarse por entre sus grietas y dar paso libre a sonoridades que remiten a antiguos videojuegos. Ése es otro plus de Moquillaza a ponderar, acaso el más importante: no es la suya una electrónica empecinada en zambullirse al interior del Ruido. El músico le mide, se acerca a, se aleja de. Siempre depende de si lo encuentra lo suficientemente maleable como para servirse de él, con el único fin de envolver/abrillantar las euritmias que edifica. Su música es principalmente, pues, melodía de una belleza increpante, arisca, casi hipnótica.

Debe ser cuestión generacional -léase “ya estoy inevitablemente mayor”- el que no logre computar por completo el rollo de Super Fuzz y alineaciones similares. En algo se parece al espíritu huevero y desenfadado de los músicos adscritos a la generación Scott Pilgrim -película o cómic, según prefieras-, pero ni siquiera ésta era tan deliberadamente inepta o primariosa. Posiblemente sea ésa su peculiaridad más identificatoria: la inhabilidad intencional medible en terabytes.

Super Fuzz EP no es el primer material que ha editado este grupo, pero sí el primero que he audicionado. Muy probablemente, será además el último. Su “dialéctica” utiliza la distorsión y la perentoria brevedad punk, aunque por duración cabría decir hardcore. No obstante, del género moldeado por Dead Kennedys o Bad Religion no existe ni media micra de ascendencia. Sí hay espacios, en cambio, para sintetizadores. Esto, sumado a la necesidad prácticamente patológica de saltar de un lado a otro -también probable herencia punk-, termina por modelar una musicalidad (ejem) “sui generis”.

El problema radica en que no importa si se conjura al indie, al punk o al lo fi. Características como el desparpajo o la conchudez pueden encontrar matices favorables, siempre y cuando acompañen canciones que no son una puya en sí mismas/hacia sí mismos/contra el resto. Desde el primer minuto de “El Matón”, es evidente que el vocalista no va a demostrar ni siquiera mínimas aptitudes en ningún momento. Terminado el asalto inaugural, me quedo pensando en si es una marca de estilo o si sólo se trata de este combo, que no ha tenido mejor idea que reclutar a un cantante medio idiota.

“Kick Ass”, dedicado al superhéroe del film del mismo nombre, arroja luces al respecto. Para cuando llego a instancias finales como “Mal Gusto” o “Metamizol”, saco en limpio que la voz podría no ser más idónea para las historias que cuenta Super Fuzz, y sobre todo la “gracia” con que éstas son relatadas. Mal consuelo. Por más que lo intento, no puedo apartar la imagen de burla para con el/la escucha, de autoparodia, de impericia izada con orgullo. Esto último ya ha sido antes motivo en torno al cual se han constituido otros géneros o subgéneros. Nunca, NUNCA, en los niveles de bufonada chirigotesca mostrados por SF.

Egg punk, he leído en algún sitio. No lo creo. El huevo al menos tiene albúmina. Si antes a nadie se le ha ocurrido, prefiero acuñar una ¿nueva? etiqueta: tontipunk. A su costado, el denostado chiquipunk de los 00s luce firmado por John McEntire.

Simpática banda, Plastical People. Sexteto formado por Octavio Urbina (guitarra), Santiago Huamán (guitarra), Walter Cuba (sintetizadores), Jorge Delgado (voz), César Barba (batería) y Vladimir Andrei (bajo); ya contaba con un extended play autotitulado (‘17) y un largo (Moverás Tus Pies, ‘22), antes de que apareciese Ritmo Natural EP en febrero último. Si bien Plastical People tenía una onda a lo synth ochentoso, en Moverás... la agrupación comenzaba a mutar hacia un output más de resonancias 70s. La intuición ya avisaba que los próximos tiros irían por ahí.

Como suele ocurrir en estos inciertos tiempos entre los conjuntos pop, la actitud de Plastical People es despreocupada pero cómplice, fiestera pero confesional. En resumen, indie. Ése, con todo, es su talante. Su sonido, por otra parte, sólo accesa a ese marbete fortuitamente. Bonitos arreglos de sinte de por medio, el alias suena deliciosamente groovy, sin empalagos/remilgos ni excesos de sacarosa. Más aún, la música de PP sigue el faro de un electrofunk revigorizado, con arrestos de -aghhhh- música disco. No iba a ser gratuito que cada tanto apareciera en la mente la imagen de los Daft Punk extraída de su ulterior Random Access Memories (‘13).

Ejemplo palmario de lo último es “Piedra Espinal”, junto a un discreto Diego Dibós (TK). También el brioso pop discotequero de “Ritmo Natural” y el festivo hedonismo un tanto desaforado de “Besos Finales”, donde colabora en gran nivel la novel cantante un-pelín-sobrevalorada Clara Yolks, en plan consonante con lo que hiciese antes de ella Diana Flores.

Sin embargo, no todo es groove en estado puro. En el extended se planta de igual modo “Shock En Mi Costa”. Si bien se suma a la celebración saltimbanquera y asaz emocional, “Shock...” no deja de hacerlo nimbado de un hálito de sugestiva lipemanía -que no se condice con el futurismo que pregona su video. De esta guisa también pueden encontrarse algunos brochazos cuando te aplicas seriamente a pelar la oreja con cada uno de los números de Ritmo Natural EP. Lindo episodio. Directo, sin dobleces, divertido, emotivo y con bastante fuelle. Si hasta parece que tuviese Plastical People más recorrido del que efectivamente acredita, aunque eso podría ser un side effect de los añejos discursos a los que profesa devoción.

Hákim de Merv

miércoles, 21 de agosto de 2024

Alcalá Norte: Alcalá Norte

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 14 de agosto de 2024.)

Magníficas nuevas desde España. Al notable Plenilune de Rafael Sáez se suman el homónimo estreno de los valencianos Gazella, Santa Trinidad de Siloé (aunque lo de estos vallisoletanos empezó el ‘16), y la grandiosa puesta de largo de los madrileños Alcalá Norte. De momento en expectante espera el resto, paso revista ahora al debut de los capitalinos, que ha devenido viral en la península tras algunos meses de fervorosa rotación.

Nucleado en el ‘19 a instancias del cantante Álvaro Rivas, el batería Jaime Barbosa y el guitarra Juan Pablo Juliá, Alcalá Norte declina el alias inicial de Ciudad Lineal debido a que ya existía una agrupación catalana bautizada así. En octubre del año siguiente se publica el EP Demos, ninguna de cuyas canciones ha sido repescada en el disco del ‘24 pero que ya anuncia el vivo fuego oscuro al que la banda consagra su actividad. Casi un lustro después, covers de The Cure o Alaska Y Dinarama y algunos singles lanzados de por medio, el sexteto que completan Laura De Diego (teclados), Carlos Elías (guitarra) y Pablo Prieto (bajo) firma con la escudería vasca Balaunka.

Alcalá Norte se inscribe en la tradición necropop que inaugurasen los excelentes Antiguo Régimen y que más adelante exhibieran con orgullo gentes como Santa Companha o Mausoleo. Es decir, un revival del viejo dark rock de los 80s, sólo que ahora desprovisto de casi cualquier mácula de teatralidad. Es decir, una resurrección del género que no sólo descree del canon instaurado en los 90s, sino que también lo contradice apelando a la austeridad y a la sencillez. Sin grandilocuencias, sin pretensiones impresionistas, sin folklore ultraterreno -o, al menos, sin mucho de esto último.

Al resonar nomás las primeras notas de “La Sangre Del Pobre”, sientes la entusiasta vitalidad de un combo que rara vez quita el pedal del acelerador, la desbordante reconvención minimal a cuyo amparo éste sortea los clichés, la inteligencia puesta en juego -¿emocional? ¿existencial? ¿colaborativa?- para que la flama que escupe a mil la música no opaque su lobreguez (y viceversa). En composiciones como “Los Chavales”, “La Calle Elfo” o “La Vida Cañón”, se hace palpable además un tremebundo esfuerzo de producción, pensada ésta para sacarle el máximo partido posible a unos teclados de por sí inspiradísimos.

Darkwave, o si lo prefieres dark pop, que petardea expectativas propias y ajenas. Lleno de fogonazos con que sobrepujar la marcha imparable de un soporte rítmico en anfetas (“420N”, “Supermán”), con que abrillantar más de una lírica militantemente anti-derechista (“La Sangre Del Rico Es Pus/La Vena Del Pobre Derrama Dinero/La Sangre Del Hijo De Dios/Carga Que Carga Borrego”), con que salirse incluso del propio molde (“Langemarck”, sus minutos más punk). Aún permitiéndose aminorar en algo la velocidad y condescender con ciertos tópicos del gothic, como en “El Guerrero Marroquí - Bakala Norte Mix”, en “El Rey De Los Judíos (Un Cosquilleo)” o en “Westminster”; Alcalá Norte permanece fiel a la visión que propone desde el principio.

Intensas armonizaciones pulsantes, atmósferas sucediéndose sin pausa, vocales que no tienen pelos en la lengua a la hora de retratar con crudeza sus cuantas verdades de a kilo. Dependiendo de la opinión que a cada quien merezca “No Llores, Dr. G”, 9/10 o puntaje perfecto. Me avengo más a lo primero.

Hákim de Merv

jueves, 15 de agosto de 2024

Zorstka: El Arte De La Nigromancia // La Vie Synthétique: Wrong Market EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 7 de agosto de 2024.)

¿Has notado que, de un tiempo a esta parte, “post punk” y “dark” -o “darkwave” o “dark-gothic”- han devenido erróneamente en sinónimos? Antes se decía de Siouxsie Sioux, verbigracia, que era la “reina del dark-gothic”. Ahora, cada vez que se le menciona por alguna razón, se la adorna con el título de “reina del post punk”. ¿Ignorancia? ¿Tarupidez? ¿Un poco de aquí y de allá? Pese a algunos momentos históricos en que ambas tipologías se tocan, “post punk” y “dark” -o “darkwave” o “dark-gothic”- ni siquiera llegan a ser sinónimos relativos. “Post punk” alude al período ‘77-‘84, cuando aparecieron alienaciones cuyo único factor común era una desbordante creatividad para inventar nuevos mundos tras el holocausto punk -género ni siquiera tomado como avatar a superar. “Dark” y similares, por el contrario, comparten una fascinación por atmósferas que sólo toleran los apagados fulgores de unas eléctricas fantasmales/de unos teclados glaciales -y el resto, teñido de impertérrito negro.

Pasa algo extraño con El Arte De La Nigromancia (InClub Records), estreno del acto huancaíno Zorstka, que toma su nombre de la epónima canción de los bielorrusos Nürnberg. A lo largo de este mini-álbum, no son contados los pasajes en que los juninenses explicitan su devoción hacia el dark-gothic, en surcos de ligero o pesado tonelaje. “Sovetskiy Lyubov” y “Bailes Muertos” prueban respectivamente esa afirmación: en clave pop, el primero explora la agilidad trepidante de unos Skeletal Family, mientras que las teclas del segundo se tornan algo más densas a fin de coquetear con la maliciosa crudeza de Southern Death Cult; fugaz protagonista de la primera asonada darkie en el Reino Unido al que se recuerda únicamente por habérsele desgajado The Cult -y que se puede conocer in extenso gracias a la reedición digital cosecha ‘98 que se hizo de la compilación homónima de 1983.

Sin embargo, tan evidente como la veta dark-gothic de Zorstka, que en “Nigromancia” roza la caricaturización (iba a decir que la canción suena a unos The Shroud de segunda, pero los The Shroud mismos son de quinta); es la casi ominosa influencia que sobre el bajo sintético y programaciones del binomio ejercen Stephen Morris y Peter Hook. Y no creo gratuito señalar a estos dos integrantes de los míticos Joy Division, porque fue justamente la banda de Manchester uno de esos pocos episodios -acaso el más brillante, dejando atrás a gigantes como The Cure y los propios Siouxsie And The Banshees- en que confluyeron tanto el dark como el post punk. Temas como “Viaje A Las Estrellas”, “Disco” o “El Último De Los Románticos” acaban favorecidos por la confluencia de gruesos/nerviosos/indesmayables graves y de cortantes/secos golpeteos percusivos que hiciera de los mancunianos uno de los grupos más personales en la historia de la música pop.

No deja de sonar rara la mixtura que (¿cuán intencionalmente?) se ensaya en El Arte De La Nigromancia. De todas formas es claro que requiere de un fogueo bastante más intenso, de una práctica mucho más recurrente, para que bajo ambas instancias comience el dúo a esbozar un estilo lo suficientemente identificable como propio. No es ese camino aún por transitar lo que le resta puntos al mini-LP. Lo que se los quita es un número como “El Retorno”, de prosa tan atrozmente elemental, que me hizo preguntarme si no se la habrían encargado a limitados al mango como Páez, Calamaro o Sabina. Eso, y la voz. A diferencia de lo que sucede en el apartado instrumental, el vocalista y guitarrista de Zorstka demuestra excesivo apego por Nosferatu, Rosetta Stone, The Wake (US), Love Like Blood y similares. Más firmeza y menos impostación, que las voces indiscutidas del dark-gothic se concentraban en ser teatrales antes que teatreras.

A pesar de señas e indicaciones que le sindican como extranjero, hace menos de dos meses apareció un extended play acreditado a cierto unipersonal que es peruano por sus cuatro costados. Verdad que el nombre del proyecto, La Vie Synthétique, apunta a una ascendencia francesa. Los orígenes, empero, son inequívocamente locales. Ídem con la denominación “indie” -más genérica hoy en día, imposible-, que en BandCamp figura junto a su ciudad de “residencia” (París).

Bueno, LVS es el alias individual creado por Alonso Almenara para dar curso a una nueva faceta que inaugurar en su experiencia vital -la de músico. O, en este caso, no-músico. Tarea nada sencilla, máxime si antes se ha estado mucho tiempo en las graderías de la crítica y ahora se salta a la arena -en cierto modo, la pesadilla de todo crítico. No parece ser así para el limeño, que con absoluto desparpajo refiere fecha de concepción y desarrollo concernientes a los canales adosados a Wrong Market EP: una escasa semana.

Quienes le conocemos apenas, podemos especular con que Almenara no busca enfrentarse al pop. Por desgracia, a ello le constriñen las coartadas estilísticas sonoras por él escogidas. En el extended se plasman fugaces paisajes cercanos por igual al happening y al post rock, al ambient y al free jazz, perforados por voces filtradas/tratadas y por fragmentos muestreados como a la vieja usanza del cut and paste. El resultado es asaz hosco para quien no ha paladeado antes esos acibarados sabores. Para quien sí, Wrong Market EP con las justas alcanza a dejar algo de miel en los labios -7 surcos en menos de trece minutos.

La asincopada desconexión del post americano (“Threads”), el despedazado(r) hibridismo del sound art (las dos partes de “Sound Waves”), el abrupto automatismo del free y del non-sense (“Drink Coffee, Dream Faster”, “Alien Procession”), el aislacionismo inherente al ambient de los 90s en adelante (“Dyson Sphere”)... Todo ello encuentra cabida en un minúsculo repertorio, que sólo en “Fishes” cede a la tentación del formato canción -único sístole del breviario en que La Vie Synthétique acaricia el pop como casi sin quererlo.

Habrá quienes califiquen a Wrong Market EP de sobrio debut. Lo es, dada su cortedad. El efecto colateral radica en que esa escueta suficiencia también le provee de un aura artificiosa. Faltó por ahí impulsar mayor evolución en los tracks, fomentar su crecimiento... Tener más paciencia, en resumen. Tal cual se ha editado, el extended tiene pinta de jugada calculadamente adscrita a sonidos blindados por aquello que aún sobrevive tras el rótulo de “crítica especializada”. No estoy asegurando que sea así, sino que lo parece -y mi percepción puede errar, naturalmente. Sea o no el caso, difícilmente podrá Alonso volver a dejarla picando en su siguiente movimiento.

Hákim de Merv