(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 3 de septiembre de 2025.)
¿El Vacío existe? Pese a ser filosóficamente cuestión
discutible, el consenso sobre su significado inclina a pensar que sí. ¿Y Elva
Cío? Eso es mucho más difícil de dilucidar, y no creo que haya prueba
concluyente que zanje el debate. A menos, cómo no, que se manifiesten quienes
habitan/alguna vez han habitado (en) su interior -empezando por sus visibles
instigadores, los jóvenes músicos Angélica Carlos y Javier Panter. Se sabe del
primero que es quien lleva las riendas de Rip Off Records, combativa discográfica
trujillana que este año paró en seco. De la segunda, que fue partícipe de la
existencia de Specto Caligo (‘17-‘20).
Si hago caso al tenor de lo expuesto en la
nota de BandCamp, Carlos ¿es?/¿ha sido? la portaestandarte de Elva Cío. ¿Grupo
o seudónimo solista? Al parecer ambas cosas, sucesivamente. La info habla de
una formación inestable en la que ella -a.k.a. Elva- es la única
acreditada en los 11 tracks repescados por Intentos |'19 - '24| (como
dato curioso, en la apertura “Amarilla Violencia” apenas si se le oye articular
palabras). Le siguen Panter y Mauricio Moquillaza, este último trajinador de las
escenas experimentales post pandémicas. Si sumamos el nombre de Luis Vásquez,
que en el ‘24 sorprendió como Calefactor a propios y extraños con el ruidoso Desrealizaciones,
Elva Cío en fase grupo se insinúa como semillero ¿trunco? de artistas sonoros
independientes.
¿En qué momento se transformó Elva Cío,
entonces, en identidad de Angélica Carlos? No puedo precisarlo, pero a partir
de Primera Secuencia (‘25) de Ballet Mecánico dicha asunción queda
confirmada, figurando la cantante acreditada bajo su alias en “La Ciudad De Los
Incendios”. Apoyan la hipótesis los números “Glass Of Gold” y “I Play Alone”, tomas
en vivo de material inédito de Specto Caligo, así como su fuente de procedencia
(el celular personal de la autora).
Muy poco de lo expuesto en Intentos |‘19 – ‘24| califica como no
wave. La austeridad de una guitarra de por sí ahogada en ambientes cavernosos
no es cualidad exclusiva del apocalipsis neoyorkino, aunque sí su manipulación
como si se tratase de un instrumento percusivo (“Sabotage” y sus aires a lo
Yndeseables). El indicio más confiable para fijar una conexión es la
performance de Carlos, quien se enfunda en la piel de una Lydia Lunch adicta a
los lamentos desesperanzado(re)s y a un spoken word con que narrar el ocaso de
la civilización (“Materia Informe/Casi Humana/Materia Informe/Me
Reduzco A Nada/Aunque Con Miedo/Merezco Salir Un Poco De Este
Agujero/Fantaseo Con El Fin/Y También Le Temo”). Más que en
Teenage Jesus And The Jerks, no obstante, pienso en algunas canciones de The March Violets, en
Malaria!, en el primer Bauhaus...
Del punk, Elva Cío puede haber reflotado el
compromiso ético con el “no future” (“Muerte, Fin”). Del post punk, o
más propiamente del after punk, la recreación de un grotesco mundo partiendo de
las cenizas del pasado -la monocorde distorsión de la Velvet Underground más
lóbrega (“Gran Amo”), la sórdida decadencia andrógina del glam rock (“Materia
Informe”), et al. Es bastante evidente, empero, que el manantial del que más
bebe(n) Angélica (y compañía) es el del dark-gothic rock. Ése cuyo bajo provee
del invencible pistón que pecha al resto de la maquinaria para que se mueva
(“Tungsteno”, “I Play Alone”). Ése que se eclipsa para permitirle a la
eléctrica incendiar los bordes de nuestro campo de visión/audición (“Sabotage”,
“Tungsteno 2” y su inevitable parecido inicial con “Christine” de Siouxsie And
The Banshees). Ése donde las baquetas de golpe cortante y árido añaden angustia
a impenetrables y negras atmósferas de desolación y pesadumbre (“Glass Of
Gold”, “KI-NO”, “Amarilla Violencia”).
Punto de arranque o testimonio post mortem, Intentos...
suena como si hubiese sido confeccionado aquí en los 80s. Ese acabado, que entiendo
no es intencional, le confiere una ambigua antigüedad; hermanándole a través
del Tiempo con hitos de esa época como La Banda Del Kadalzo, la saga Salón Dadá/Col Corazón, Masoko Tanga o los ya mencionados Yndeseables. Ello y su nulo
uso del Ruido le alejan simultáneamente de contemporáneos relativos como Hongoz En El Zerebro o la hora actual de Bondage. Con todo, no parece Elva Cío
acomodarse bien ni lejos de estos últimos ni cerca de los primeros, sino en su
propia parcela. Una en la que se arroja al fondo del pozo más oscuro,
rodeándose de arabescos ultraterrenos y de fantástica iconografía BDSMera, como
la que adorna su BandCamp y de la que se hace eco la epilogal “Erector Set I” (recitando
las frases de anhelante sumisión que se cuelan entre foto y foto).
Probablemente estas imágenes se incluyen en
el fanzine que acompaña a la cinta. Como éste no se halla disponible para free
download, como sí ocurre con el menú del cassette, no puedo decir ni mu al
respecto.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 23 de julio de 2025.)
Un buen día, después de tres años, decidió
retornar Parasomnia a la palestra. Convertido nuevamente en trío debido a la
salida del bajista Sebastián Gonzáles, quien cumplía función de apoyo en
directo, el combo santiaguino ha estrenado nuevo extended hace medio almanaque,
mismo que viene a suceder al debut en largo Vigilia. En la práctica,
entonces, la agrupación vuelve al formato que grabó el primerísimo Parasomnia
EP allá por el ‘20: Francisco Cerda en las baquetas, Franco Reyes en la
eléctrica, Mauro Rojas en las vocales y el bajo.
Mediante Vigilia, se adentró el
trinomio en las hoscas espesuras del dark rock clásico, balanceándose no pocas
veces a la sombra del dark-gothic emergido durante la segunda mitad de los 80s.
Lo llevó a cabo, además, ganando peso, agilidad y fuelle; virtudes cuya
conjunción le posicionó estéticamente a tiro de piedra de audiencias más
extensas que las abroqueladas en torno a nichos darkies (cf. Alcalá Norte).
Para Cuerpos De Otros EP, la performance es reeditada, produciendo
resultados en la misma frecuencia -e incluso algunos centímetros más adelante.
“Roja Mañana” corre la cortina del extended
con renovados ímpetus, desplegando el arsenal del terceto: una ígnea guitarra fantasmal,
un drum set bien cuadrado y tenaz, sobre todo un bajo equilibrista. En lo
concerniente a este último, se suele decir que cuando mejor lo hace es cuando
menos se le nota. Cierto, a menos que hablemos de géneros para los que el
mástil de cuatro cuerdas sea arquimédica palanca de apoyo. Tal es la circunstancia:
ya consideremos “Gusano” o la densa “Quemar La Realidad”, el bajo del también
frontman de Pande-Dios muda en la espina dorsal de las composiciones sitas
aquí.
De post punk, entonces, ya nada en la
práctica. Apenas un aire al Wire de 154 (‘79) en “Roja Mañana”. El
espíritu de Ian Curtis aún se manifiesta en todo su lustre dark (“Quemar...”).
Lo mismo puede decirse del Cure siniestro (“Saturno”) o de los olvidados And
Also The Trees (“Tal Vez, Alguien”). Franco Reyes resplandece o se apaga según dictamine
cada situación, mientras que Francisco Cerda se muestra versátil para los
cambios de velocidad de un número a otro. Desde sus respectivas posiciones,
ambos ofrecen sendos complementos/contrapuntos a los foscos matices que dispara
Mauro.
Siento que las letras no han sido todo lo
chambeadas que deberían. En ese sentido, me parece que existe una suerte de
involución en relación a Vigilia. Las de Cuerpos De Otros EP se
me antojan a media caña, apelando más de la cuenta a la socorrida coartada de
la rima. No siempre, es verdad, pero tampoco no nunca.
Nuevo disco de A Full Cosmic Sound, colectivo
mapocho que marcha rumbo a sus dos décadas de fundado y cuyas copiosas
referencias discográficas se hallan un tanto dispersas/repartidas en la región.
De tan vasta cosecha, sólo he podido escuchar La Automatic Flight Control System (‘17) y un live que recupera su presentación en la tercera edición
del Festival Integraciones (‘13, realizada en Perú), publicado por
SuperSpace Records (label de nuestro músico/no-músico Wilder Gonzales Agreda).
Por desgracia, la mayoría de títulos no se encuentra disponible en Internet.
El Fénix es un lanzamiento
peculiar. Consta de un 12’’ que es el álbum propiamente dicho, y de un 7’’
adicional que hace las veces de bonus disc. Aunque hermanadas bajo una misma
etiqueta que no pretende ser conceptual, en la medida en que ambas rodajas guardan
más diferencias que semejanzas, las trataré cual volúmenes distintos.
Como suele ocurrir cuando se aborda la figura
del colectivo, A Full Cosmic Sound es una entidad abierta a diversidad de
influencias, pues cada músico que se asocia temporal o permanentemente adiciona
nuevos colores o tonos a la paleta comunal. No obstante, es verdad que los
colectivos tienden a perfilarse sobre la base de sus influencias más marcadas.
En el caso de la tropa chilena, las constantes son el ambient, la psicodelia
minimal, la Baja Fidelidad y la electrónica; entre otras de menor ascendiente.
De ello ya habían dado pruebas en La Automática... y en el directo
aludido.
No es distinto el tramo 12’’ de El Fénix.
Dedicada a Eduardo Streeter Silva, músico de AFCS fallecido tempranamente, la
placa principal se apertrecha de dos temas kilométricos. Lejos de ser la única
característica en que comulgan, “El Fénix” y “El Tío Pantera” pueden abordarse
como lienzos en progreso -embebidos en un ambient apacible salpicado de
eléctricas que suenan/reverberan con austeridad. A veces la intensidad se
eleva, posibilitando la aparición de tenues devaneos psicotrópicos. A veces,
también, aparecen atemperadas secuencias que tienden a agilizar el movimiento
de estas esculturas sónicas. Flota encima suyo siempre la certeza de crescendos
propios del post rock más folkie, que aditan a su registro visos de ensueño -lo
que, por fortuna, no las hace forzosamente “ensoñadoras”.
En cuanto al 7’’ extra, “Corto Vuelo, Era Una
Trampa” se impulsa desde el ruidismo cacofónico consecuencia de topetazos entre
el free jazz y el noise, nunca desmarcados de la dialéctica inherente a la
música rock. Curiosamente, “Corto...” cobija una cadencia marcial, a despecho
del caos en que nace. En las mismas coordenadas se mueve una pista bautizada
“En Vivo En Perú (Extracto)”, brevísima muestra de su accionar sobre el escenario.
Por su parte, “El Mensaje De Roger” carece de baterías o secuencias, si bien su
naturaleza es igual de rockera que la de sus predecesores inmediatos. Dispares rostros
de una misma inteligencia colectiva.
A Full Cosmic Sound son, en esta ocasión,
Gonzalo Muñoz, Jorge Boher, Ignacio Rodríguez, los hermanos Iván y Álvaro Daguer, el finado Eduardo Streeter, Mauricio Dodds y Roger Sierra.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 29 de enero de 2025.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2024 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (I)
Tras de su literal resurrección a comienzos
de década, el dark-gothic perucho ha avanzado con lentitud, aunque uniformemente.
Lejos de los días de su reinado (que va de la segunda mitad de los 80s a los albores
del siglo XXI), el sonido oscuro por antonomasia ya no produce
cuantitativamente lo que antes. Tanto mejor, porque de ese ahora modesto caudal,
algunos pocos nombres merecen ser inmolados en la hoguera.
Algunos otros pocos no, y ése es el caso de
Something Obscura. Publicado su primer extended play en el ‘18 (A Real Place In A False Broken Mirror), al frente del proyecto unipersonal se pone un
¿multi-instrumentista? oculto bajo el indescifrable seudónimo de Nonn Loop. El nom
de guerre abunda en jornadas de longitud recortada, siendo la excepción a esa
regla su puesta de largo Only The Pain Can Cure Us (‘20), respaldada por
el sello especializado InClub Records. Por medio de esa circunstancia fue que
las lúgubres andanzas del músico llamaron mi atención.
En 2024, Loop rompió su media editorial
despachando online dos trabajos en modalidad 33 rpm. Éstos son The Sorrow We
Share (23 de mayo) y Dark Ages (25 de diciembre), quedando el último
como el menos extenso de la dupla. La concisión es algo que agradecer en el
background de SO, con tracks que van de los dos minutos a poco más de 5,
cuadrando así rodajas a disfrutar durante espacios de tiempo razonables. Por
supuesto, ésa no es la única cualidad a favor del individualista.
Los aciertos cruciales que han posibilitado
el resurgimiento del dark-gothic en predios nacionales se vinculan directamente
a una reformulación austera de sus lugares comunes. Fue precisamente la falta
de mesura y una debilidad por la ampulosidad “escénica”, vicios impuestos desde
la movida gothic usamericana, lo que terminó boicoteándole y despedazándole hasta
la ridiculización. Visos de esa reorientación son perceptibles en Putzy, en
Eviterna, en los fugaces Specto Caligo, en Something Obscura.
Para The Sorrow We Share, las influencias
determinantes de Nonn son el Cure clásico del período negro (“A Wrong Step”),
algo del Xymox correspondiente al Subsequent Pleasures EP (“Memory Of
You”) y los Mission sin las alharacas en que acabaron cayendo. “Foreign Voices”
y “Echoes & Light” apenas insinúan penumbra (incluso el primero podría
catalogarse como proto dream pop). De la mano de “Rain”, el CD se hunde en las oquedades
de un gothic que es a partes iguales denso y ágil. Cierto que a veces se le olvida
frenar y me recuerda los peores momentos del último decenio de la pasada
centuria (“Faith & Distance”, “Burn The World”). Felizmente, los canales
rescatables son más: el dark con sobreabundancia tecladística de “Eyes In The
Night”, los ingrávidos fogonazos electroacústicos de “Our Hands”, el majestuoso
vuelo crepuscular de una eléctrica en llamas de “The Morning Has Come”...
En Dark Ages, el abanico del pantone
cambia un tanto -y no precisamente para bien. Andrew Eldritch y sus Sisters Of
Mercy destronan a Smith, Moorings y Hussey; posicionándose como el tótem a tributar
(al punto que “Libertad” es una extremadamente sutil deconstrucción de jirones
del clásico “Alice”). Esto se traduce en un opus que se maneja en velocidades
como las del medio tiempo o de los 3/4, cuyas espesuras
apagan/sepultan/empantanan los resplandores relativamente cálidos de TSWS
(“Bridge To Nowhere”). Gothic hasta la médula, sepulcral y lastimero (“Al
Final”, “Erase Our Pain”, “Fear To Live”), Dark Ages pone igualmente de
relieve el mayor hándicap de Loop: la voz.
Ya en The Sorrow..., era evidente que
lo mejor que el responsable de Something Obscura tenía no era exactamente su set
de vocales. Faxeando modos, inflexiones y color de Eldritch, como hicieran las huestes
góticas de los 90s; se notaba allí que al autor le iba mejor siseando antes que
engrosando/impostando la voz. En Dark Ages, a Nonn Loop se le siente
demasiado cerca del líder de los de Leeds. Para su suerte y la nuestra, el
repertorio de SO tiende al fulgor instrumental en proporciones generosas.
Se han arremolinado circunstancias muy
particulares alrededor de Los Pinglos, gestores de un long play que ha llamado
mucho la atención de los medios el año pasado. Empecemos por allí: Y La Chica De Pronto Flotó es el debut, si bien éste ve la luz pública un cuarto
de siglo después del nacimiento del acto. Tres de sus integrantes originales provienen
de Argot, de corta existencia en las postrimerías de los 80s: Alfredo Berrios
(guitarras, bajo), Roberto
Gálvez (voz) y el tecladista Joni Chiappe, a quien siempre se le recuerda por
haber participado en Jas. El cuarto integrante original, Carlos Saavedra (voz),
también hacía música en la misma época junto a Ignacio López -escudados ambos
bajo el chaplín de Modus Vivendi-.
Pese a su accidentada trayectoria, que
incluye hiatos prolongados y un deceso (el de Chiappe, en el ‘23), el terceto sobreviviente
puede jactarse entonces de tener recorrido y experiencia. Poniendo en juego
ambas cosas, el estreno de Los Pinglos se entrega a un pop de accesos levemente
lisérgicos, cuando no folkies o de raigambre blues. Ninguna de estas
pinceladas, como tampoco las de una tímida electrónica (“Duele Esta Sal”), llega
a ser sustantiva. Si algo es notorio en la ejecución de YLCDPF, es que
ésta se consolida gracias al indie. De allí su retórica intimista, como en
“Diosa Pagana” o en “Allá”. De allí su esteticismo pedestre, como en “Terco
Hasta Los Huesos” o en “Me Baño Antes De Dormir”. De allí, finalmente, los
destellos con que entreve referentes tan disímiles como Cowboy Junkies (una
bastante empalagosa “Flechas Ciegas”) o Electro-Z (una correcta “Eguren Se
Llevó A Mi Chica”).
En contadas ocasiones, la terna rebasa la
barrera del medio tiempo. A la ya mencionada “Duele Esta Sal”, tal vez podría
sumarse “La Fiesta Del Fin”, de prestancia más rockera. La norma son canciones
tipo “Solitud”, “Los Bañistas” o “Azafrán”, que pueden sumarse a casi todas las
antedichas en la misma línea indie. No todo es olor a rosas, sin embargo:
musicalmente, Y La Chica... invoca cierta frescura, algunos de sus
segmentos lucen bien enhebrados, y la participación del fallecido Chiappe llega
a deslumbrar. Estas ventajas se ven algo mancilladas por vocalizaciones que no
siempre dan la talla. Ocurre en “Los Bañistas”, en “Azafrán”, en “El Cimarrón”.
En esta última (la apertura), escucho además rimas de un nivel demasiado
elemental, que a estas alturas de mi vida se me hacen más que indigestas y que
cabría no esperar de gente que pregona veteranía.
Habría que ponerse a verificar quién canta en
qué canción y quién compone cada una, para separar y delegar funciones. Tres
vocalistas que asimismo son compositores es cifra más que suficiente para que
sólo se pare delante del micro el más capo, sólo se siente a componer el más
entendido, etc. Bueno, dos en realidad -el tercero era el difunto ex Jas. Al
final, y esto también cuenta, la balanza se inclina en favor de Los Pinglos
gracias a un par de temazos muy por encima del resto: “Toribio X” y sobre todo
“Tu Barco En El Mar”. Sin pretensiones, poniendo toda la carne en el asador,
con un Chiappe superlativo; el miserabilismo que exudan sendas arquitecturas
sonoras es desarmante, imponente, acongojante. Sin requerir de muchas vueltas,
de esta pareja sale por lo menos un nuevo clásico del rock independiente
peruano. Lo que se dice sacar la casta, puta madre.
Contradictorios los antecedentes de Mauricio
Moquillaza de que disponía. Por un lado, tengo presente su participación en Mensajes Del Agua: Nuevos Sonidos Desde Perú Vol 1 (‘22), que justamente abría con
su “Carácter Transitorio” -melodiosa composición de ambient que se balanceaba
al filo del ruidismo con equilibrio admirable. Por otro lado, le escuché una
performance en la huaca Mateo Salado, de la que poco me faltó para salir aplastado
por el tedio -a decir verdad, hubiera terminado así de no ser porque me
interesaban mucho los grupos que se subirían a tocar luego de él.
Ergo, me decidí a escuchar su homónimo debut apertrechado
con no escasa prudencia. Compruebo gratamente que, o Moquillaza no estuvo
inspirado en aquel directo, o lo suyo son las realizaciones en estudio. Este LP
tiene los minutos justos para apreciarlo en lo que mejor sabe hacer
-modulaciones ambientales que se mueven flotando/navegando en completa
libertad, sin curso premeditado, acunadas por vibraciones randomizadas,
intermitentes figuras de teclados y/o sintetizadores, loops incesantes y un
pathos acuático en principio no tan evidente como a partir de la segunda mitad
del acetato.
Otro rasgo a destacar es que los cuatro
surcos de Mauricio Moquillaza prescinden de las secuencias. No las urgen.
Al ser piezas de un analógico ambient modular, el leitmotiv se halla signado
por el azar, por la improvisación. Trátese de texturas tupidas hasta el grado
de la pavimentación (como ocurre en “----”) o de veloces pulsos que digita sin
sosiego el autor (todas los demás), la electrónica fluye aquí más que correr.
Sucede en “-”, donde compartimenta la distorsión hasta transformarla en una
herramienta iterativa más. También en “--”, cuyo timing se desboca hasta
sincronizar espontáneamente con las vanguardias noventeras que más indagaron en
el Ruido.
Y acontece, cómo no, en “---”. Pese a su
aliento más mesurado, el corte rebosa color, aunque hacia el ocaso corra en
paralelo al noise. El guiño no debe ser gratuito, porque en la epilogal “----”
las atmósferas se tornan ruidosas en extremo, a despecho de lo cual la melodía
se da maña para filtrarse por entre sus grietas y dar paso libre a sonoridades
que remiten a antiguos videojuegos. Ése es otro plus de Moquillaza a ponderar, acaso
el más importante: no es la suya una electrónica empecinada en zambullirse al
interior del Ruido. El músico le mide, se acerca a, se aleja de. Siempre
depende de si lo encuentra lo suficientemente maleable como para servirse de
él, con el único fin de envolver/abrillantar las euritmias que edifica. Su
música es principalmente, pues, melodía de una belleza increpante, arisca, casi
hipnótica.
Debe ser cuestión generacional -léase “ya
estoy inevitablemente mayor”- el que no logre computar por completo el rollo de
Super Fuzz y alineaciones similares. En algo se parece al espíritu huevero y
desenfadado de los músicos adscritos a la generación Scott Pilgrim -película o
cómic, según prefieras-, pero ni siquiera ésta era tan deliberadamente inepta o
primariosa. Posiblemente sea ésa su peculiaridad más identificatoria: la
inhabilidad intencional medible en terabytes.
Super Fuzz EP no es el primer
material que ha editado este grupo, pero sí el primero que he audicionado. Muy
probablemente, será además el último. Su “dialéctica” utiliza la distorsión y
la perentoria brevedad punk, aunque por duración cabría decir hardcore. No
obstante, del género moldeado por Dead Kennedys o Bad Religion no existe ni
media micra de ascendencia. Sí hay espacios, en cambio, para sintetizadores.
Esto, sumado a la necesidad prácticamente patológica de saltar de un lado a
otro -también probable herencia punk-, termina por modelar una musicalidad
(ejem) “sui generis”.
El problema radica en que no importa si se
conjura al indie, al punk o al lo fi. Características como el desparpajo o la
conchudez pueden encontrar matices favorables, siempre y cuando acompañen
canciones que no son una puya en sí mismas/hacia sí mismos/contra el resto.
Desde el primer minuto de “El Matón”, es evidente que el vocalista no va a demostrar
ni siquiera mínimas aptitudes en ningún momento. Terminado el asalto inaugural,
me quedo pensando en si es una marca de estilo o si sólo se trata de este combo,
que no ha tenido mejor idea que reclutar a un cantante medio idiota.
“Kick Ass”, dedicado al superhéroe del film
del mismo nombre, arroja luces al respecto. Para cuando llego a instancias
finales como “Mal Gusto” o “Metamizol”, saco en limpio que la voz podría no ser
más idónea para las historias que cuenta Super Fuzz, y sobre todo la “gracia” con
que éstas son relatadas. Mal consuelo. Por más que lo intento, no puedo apartar
la imagen de burla para con el/la escucha, de autoparodia, de impericia izada
con orgullo. Esto último ya ha sido antes motivo en torno al cual se han constituido
otros géneros o subgéneros. Nunca, NUNCA, en los niveles de bufonada
chirigotesca mostrados por SF.
Egg punk, he leído en algún sitio. No lo
creo. El huevo al menos tiene albúmina. Si antes a nadie se le ha ocurrido,
prefiero acuñar una ¿nueva? etiqueta: tontipunk. A su costado, el denostado
chiquipunk de los 00s luce firmado por John McEntire.
Simpática banda, Plastical People. Sexteto
formado por Octavio Urbina (guitarra), Santiago Huamán (guitarra), Walter Cuba
(sintetizadores), Jorge Delgado (voz), César Barba (batería) y Vladimir Andrei
(bajo); ya contaba con un extended play autotitulado (‘17) y un largo (Moverás Tus Pies, ‘22), antes de que apareciese Ritmo Natural EP en febrero
último. Si bien Plastical People tenía una onda a lo synth ochentoso, en
Moverás... la agrupación comenzaba a mutar hacia un output más de
resonancias 70s. La intuición ya avisaba que los próximos tiros irían por ahí.
Como suele ocurrir en estos inciertos tiempos
entre los conjuntos pop, la actitud de Plastical People es despreocupada pero cómplice,
fiestera pero confesional. En resumen, indie. Ése, con todo, es su talante. Su
sonido, por otra parte, sólo accesa a ese marbete fortuitamente. Bonitos
arreglos de sinte de por medio, el alias suena deliciosamente groovy, sin
empalagos/remilgos ni excesos de sacarosa. Más aún, la música de PP sigue el
faro de un electrofunk revigorizado, con arrestos de -aghhhh- música disco.
No iba a ser gratuito que cada tanto apareciera en la mente la imagen de los
Daft Punk extraída de su ulterior Random Access Memories (‘13).
Ejemplo palmario de lo último es “Piedra
Espinal”, junto a un discreto Diego Dibós (TK). También el brioso pop
discotequero de “Ritmo Natural” y el festivo hedonismo un tanto desaforado de
“Besos Finales”, donde colabora en gran nivel la novel cantante
un-pelín-sobrevalorada Clara Yolks, en plan consonante con lo que hiciese antes
de ella Diana Flores.
Sin embargo, no todo es groove en estado puro.
En el extended se planta de igual modo “Shock En Mi Costa”. Si bien se suma a
la celebración saltimbanquera y asaz emocional, “Shock...” no deja de hacerlo
nimbado de un hálito de sugestiva lipemanía -que no se condice con el futurismo
que pregona su video. De esta guisa también pueden encontrarse algunos
brochazos cuando te aplicas seriamente a pelar la oreja con cada uno de los
números de Ritmo Natural EP. Lindo episodio. Directo, sin dobleces, divertido,
emotivo y con bastante fuelle. Si hasta parece que tuviese Plastical People más
recorrido del que efectivamente acredita, aunque eso podría ser un side effect
de los añejos discursos a los que profesa devoción.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 14 de agosto de 2024.)
Magníficas nuevas desde España. Al notable Plenilune
de Rafael Sáez se suman el homónimo estreno de los valencianos Gazella, Santa
Trinidad de Siloé (aunque lo de estos vallisoletanos empezó el ‘16), y la
grandiosa puesta de largo de los madrileños Alcalá Norte. De momento en
expectante espera el resto, paso revista ahora al debut de los capitalinos, que
ha devenido viral en la península tras algunos meses de fervorosa rotación.
Nucleado en el ‘19 a instancias del cantante
Álvaro Rivas, el batería Jaime Barbosa y el guitarra Juan Pablo Juliá, Alcalá Norte declina el alias inicial de Ciudad Lineal debido a que ya existía una
agrupación catalana bautizada así. En octubre del año siguiente se publica el
EP Demos, ninguna de cuyas canciones ha sido repescada en el disco del
‘24 pero que ya anuncia el vivo fuego oscuro al que la banda consagra su
actividad. Casi un lustro después, covers de The Cure o Alaska Y Dinarama y
algunos singles lanzados de por medio, el sexteto que completan Laura De Diego
(teclados), Carlos Elías (guitarra) y Pablo Prieto (bajo) firma con la
escudería vasca Balaunka.
Alcalá Norte se inscribe en la
tradición necropop que inaugurasen los excelentes Antiguo Régimen y que más
adelante exhibieran con orgullo gentes como Santa Companha o Mausoleo. Es
decir, un revival del viejo dark rock de los 80s, sólo que ahora desprovisto de
casi cualquier mácula de teatralidad. Es decir, una resurrección del género que
no sólo descree del canon instaurado en los 90s, sino que también lo contradice
apelando a la austeridad y a la sencillez. Sin grandilocuencias, sin
pretensiones impresionistas, sin folklore ultraterreno -o, al menos, sin mucho
de esto último.
Al resonar nomás las primeras notas de “La
Sangre Del Pobre”, sientes la entusiasta vitalidad de un combo que rara vez
quita el pedal del acelerador, la desbordante reconvención minimal a cuyo
amparo éste sortea los clichés, la inteligencia puesta en juego -¿emocional?
¿existencial? ¿colaborativa?- para que la flama que escupe a mil la música no
opaque su lobreguez (y viceversa). En composiciones como “Los Chavales”, “La
Calle Elfo” o “La Vida Cañón”, se hace palpable además un tremebundo esfuerzo
de producción, pensada ésta para sacarle el máximo partido posible a unos
teclados de por sí inspiradísimos.
Darkwave, o si lo prefieres dark pop, que
petardea expectativas propias y ajenas. Lleno de fogonazos con que sobrepujar
la marcha imparable de un soporte rítmico en anfetas (“420N”, “Supermán”), con
que abrillantar más de una lírica militantemente anti-derechista (“La Sangre
Del Rico Es Pus/La Vena Del Pobre Derrama Dinero/La Sangre Del
Hijo De Dios/Carga Que Carga Borrego”), con que salirse incluso del
propio molde (“Langemarck”, sus minutos más punk). Aún permitiéndose aminorar
en algo la velocidad y condescender con ciertos tópicos del gothic, como en “El
Guerrero Marroquí - Bakala Norte Mix”, en “El Rey De Los Judíos (Un
Cosquilleo)” o en “Westminster”; Alcalá Norte permanece fiel a la visión que
propone desde el principio.
Intensas armonizaciones pulsantes, atmósferas
sucediéndose sin pausa, vocales que no tienen pelos en la lengua a la hora de
retratar con crudeza sus cuantas verdades de a kilo. Dependiendo de la opinión
que a cada quien merezca “No Llores, Dr. G”, 9/10 o puntaje perfecto. Me avengo
más a lo primero.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 7 de agosto de 2024.)
¿Has notado que, de un tiempo a esta parte,
“post punk” y “dark” -o “darkwave” o “dark-gothic”- han devenido erróneamente
en sinónimos? Antes se decía de Siouxsie Sioux, verbigracia, que era la “reina
del dark-gothic”. Ahora, cada vez que se le menciona por alguna razón, se la
adorna con el título de “reina del post punk”. ¿Ignorancia? ¿Tarupidez? ¿Un
poco de aquí y de allá? Pese a algunos momentos históricos en que ambas
tipologías se tocan, “post punk” y “dark” -o “darkwave” o “dark-gothic”- ni
siquiera llegan a ser sinónimos relativos. “Post punk” alude al período
‘77-‘84, cuando aparecieron alienaciones cuyo único factor común era una
desbordante creatividad para inventar nuevos mundos tras el holocausto punk -género
ni siquiera tomado como avatar a superar. “Dark” y similares, por el contrario,
comparten una fascinación por atmósferas que sólo toleran los apagados fulgores
de unas eléctricas fantasmales/de unos teclados glaciales -y el resto, teñido
de impertérrito negro.
Pasa algo extraño con El Arte De La
Nigromancia (InClub Records), estreno del acto huancaíno Zorstka, que toma
su nombre de la epónima canción de los bielorrusos Nürnberg. A lo largo de este
mini-álbum, no son contados los pasajes en que los juninenses explicitan su
devoción hacia el dark-gothic, en surcos de ligero o pesado tonelaje. “Sovetskiy
Lyubov” y “Bailes Muertos” prueban respectivamente esa afirmación: en clave
pop, el primero explora la agilidad trepidante de unos Skeletal Family,
mientras que las teclas del segundo se tornan algo más densas a fin de
coquetear con la maliciosa crudeza de Southern Death Cult; fugaz protagonista
de la primera asonada darkie en el Reino Unido al que se recuerda únicamente
por habérsele desgajado The Cult -y que se puede conocer in extenso gracias a
la reedición digital cosecha ‘98 que se hizo de la compilación homónima de
1983.
Sin embargo, tan evidente como la veta
dark-gothic de Zorstka, que en “Nigromancia” roza la caricaturización (iba a
decir que la canción suena a unos The Shroud de segunda, pero los The Shroud
mismos son de quinta); es la casi ominosa influencia que sobre el bajo
sintético y programaciones del binomio ejercen Stephen Morris y Peter Hook. Y
no creo gratuito señalar a estos dos integrantes de los míticos Joy Division,
porque fue justamente la banda de Manchester uno de esos pocos episodios -acaso
el más brillante, dejando atrás a gigantes como The Cure y los propios Siouxsie
And The Banshees- en que confluyeron tanto el dark como el post punk. Temas
como “Viaje A Las Estrellas”, “Disco” o “El Último De Los Románticos” acaban
favorecidos por la confluencia de gruesos/nerviosos/indesmayables graves y de
cortantes/secos golpeteos percusivos que hiciera de los mancunianos uno de los
grupos más personales en la historia de la música pop.
No deja de sonar rara la mixtura que (¿cuán
intencionalmente?) se ensaya en El Arte De La Nigromancia. De todas
formas es claro que requiere de un fogueo bastante más intenso, de una práctica
mucho más recurrente, para que bajo ambas instancias comience el dúo a esbozar
un estilo lo suficientemente identificable como propio. No es ese camino aún
por transitar lo que le resta puntos al mini-LP. Lo que se los quita es un
número como “El Retorno”, de prosa tan atrozmente elemental, que me hizo
preguntarme si no se la habrían encargado a limitados al mango como Páez,
Calamaro o Sabina. Eso, y la voz. A diferencia de lo que sucede en el apartado
instrumental, el vocalista y guitarrista de Zorstka demuestra excesivo apego
por Nosferatu, Rosetta Stone, The Wake (US), Love Like Blood y similares. Más
firmeza y menos impostación, que las voces indiscutidas del dark-gothic se
concentraban en ser teatrales antes que teatreras.
A pesar de señas e indicaciones que le
sindican como extranjero, hace menos de dos meses apareció un extended play
acreditado a cierto unipersonal que es peruano por sus cuatro costados. Verdad
que el nombre del proyecto, La Vie Synthétique, apunta a una ascendencia
francesa. Los orígenes, empero, son inequívocamente locales. Ídem con la
denominación “indie” -más genérica hoy en día, imposible-, que en BandCamp
figura junto a su ciudad de “residencia” (París).
Bueno, LVS es el alias individual creado por
Alonso Almenara para dar curso a una nueva faceta que inaugurar en su
experiencia vital -la de músico. O, en este caso, no-músico. Tarea nada
sencilla, máxime si antes se ha estado mucho tiempo en las graderías de la
crítica y ahora se salta a la arena -en cierto modo, la pesadilla de todo
crítico. No parece ser así para el limeño, que con absoluto desparpajo refiere
fecha de concepción y desarrollo concernientes a los canales adosados a Wrong
Market EP: una escasa semana.
Quienes le conocemos apenas, podemos
especular con que Almenara no busca enfrentarse al pop. Por desgracia, a ello
le constriñen las coartadas estilísticas sonoras por él escogidas. En el
extended se plasman fugaces paisajes cercanos por igual al happening y al post
rock, al ambient y al free jazz, perforados por voces filtradas/tratadas y por fragmentos
muestreados como a la vieja usanza del cut and paste. El resultado es asaz
hosco para quien no ha paladeado antes esos acibarados sabores. Para quien sí, Wrong
Market EP con las justas alcanza a dejar algo de miel en los labios -7
surcos en menos de trece minutos.
La asincopada desconexión del post americano
(“Threads”), el despedazado(r) hibridismo del sound art (las dos partes de
“Sound Waves”), el abrupto automatismo del free y del non-sense (“Drink Coffee,
Dream Faster”, “Alien Procession”), el aislacionismo inherente al ambient de
los 90s en adelante (“Dyson Sphere”)... Todo ello encuentra cabida en un
minúsculo repertorio, que sólo en “Fishes” cede a la tentación del formato
canción -único sístole del breviario en que La Vie Synthétique acaricia el pop
como casi sin quererlo.
Habrá quienes califiquen a Wrong Market
EP de sobrio debut. Lo es, dada su cortedad. El efecto colateral radica en que
esa escueta suficiencia también le provee de un aura artificiosa. Faltó por ahí
impulsar mayor evolución en los tracks, fomentar su crecimiento... Tener más
paciencia, en resumen. Tal cual se ha editado, el extended tiene pinta de
jugada calculadamente adscrita a sonidos blindados por aquello que aún
sobrevive tras el rótulo de “crítica especializada”. No estoy asegurando que
sea así, sino que lo parece -y mi percepción puede errar, naturalmente. Sea o
no el caso, difícilmente podrá Alonso volver a dejarla picando en su siguiente
movimiento.