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jueves, 12 de febrero de 2026

La Vie: The Intelligence Of Love // Allanamiento Emocional: Zaza // Los Texao: El Sonido Niebla De Los Texao // 380: Ya Estás Grande

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 4 de febrero de 2026.)

LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (II)

No sé de ningún medio de comunicación, mainstream o no, que haya dado noticias del nuevo plástico de La Vie. Más allá de las opiniones que pueda éste merecer, comporta el regreso de un acto insular en el contexto sonoro underground arequipeño y nacional, status alcanzado desde que My Days In The Capital inaugurase su trajinar allá por el ‘12. El reingreso, para más inri, se produce tras prácticamente cinco años de un silencio que empezara con la pandemia del COVID-19. De allí que no se entienda el mutismo dispensado aún desde las trincheras de la crítica especializada.

Grabado en Cuzco, Sacred Valley (‘20) era la segunda y más atronadora clarinada de alerta sobre el proceso de transformación en que el unipersonal de Diego Romero se había embarcado, incursionando ya de lleno en una electrónica experimental premunida de grabaciones de campo y de digitales clústeres tonales. Por eso, el retorno que implica The Intelligence Of Love es doblemente importante. Respecto de su ascendiente, no sólo no sigue el derrotero trazado, sino que propone revisitar el folk de mampostería new age y el ambient drone -acrisolándoles. Este reexamen se hace sustituyendo la guitarra por el piano, lo que añade a la paleta de La Vie humores neoclásicos, y ciñéndose al principio minimalista con el ardor con que un espartano enarbolaba su escudo.

En cierto modo, la portada adelanta esos nuevos/viejos aires en los que ahora viaja el individualista. Si la de SV era la imagen de una foresta altoandina, la de TIOL se sirve de un bosque ¿ártico? captado a través de la ventana de una construcción noble, en cuyo interior habita un extraterrestre con varios teclados y suecher de Boards Of Canada. No percibo influencia del binomio Eoin-Sandison, al menos no evidente, pero sí alguna coincidencia estética. La más palpable: modelar la música como si fuera expresión de la plástica. Cuatro décimas partes de The Intelligence... remiten a la idea de audioesculturas, entretejiendo variaciones espectrales en torno a un flujo de vibraciones trabadas en un único omniacorde de inquebrantable serenidad: “Meditation I”, “Meditation II”, “Alien” y “Meditation III”, distribuidas durante los 26 minutos de la jornada.

Las otras seis décimas partes de The Intelligence Of Love postulan el concepto de audiorretratos, moldeados por la narrativa lineal de que provee el piano. La ejecución suele ser pródiga (“Diálogos De Platón”), un tanto nerviosa (“Intelecto”), un tanto apacible (“Love Is Kind”). La urgencia impele al movimiento interno: Diego gusta mucho de estructuras cíclicas y de meta-notas pedales, lo que le alienta a maniobrar con claves y escalas. Y si bien la primera mitad asoma signada por el neoclasicismo de Yann Tiersen y compañía, la segunda finaliza en curso de colisión hacia las resonancias de “Alien” y de las ‘Meditaciones’ (“Simplicity Is The Ultimate Sophistication”, “For Meredi”).

Existe la posibilidad de leer a The Intelligence... como una “excepción a la regla” en el camino de La Vie. Su inusitado golpe de timón respecto de Sacred Valley podría interpretarse de esa guisa. Sin embargo, no creo que deba ser tomado como un episodio digresivo. Pienso que Romero no optaría por retornar a la palestra con un largo que es en sí mismo excluyente, a menos que sea también el hito que señala el inicio de una nueva reconfiguración. La hipótesis de esta eventual segunda metamorfosis, pues, luce más próxima a verificarse.

Tengo recuerdos muy difusos de la única ocasión en que he visto en directo a Allanamiento Emocional. Era el primero de septiembre del ‘23, había tocada en El Templo (el local under de la Ciudad Blanca por antonomasia), y estaban programados muchos line-ups. Si bien me acuerdo claramente de las performances de NRA Ruido y de Alunaki, para cuando se planta frente a la audiencia el grupo de marras, yo ya andaba con el ojo pegado al reloj: pasaban de las 11 de la noche, no estaba cerca del alojamiento, y tenía que dormir al menos un par de horas antes de salir a las 3 de la mañana rumbo al Cañón del Colca. Felizmente, pude meterme en el sobre a medianoche, gracias a la ayuda inestimable de mi chochera Juan José Leyva.

Conservo jirones de una presentación muy caótica, mientras el público era ametrallado por numerosas esquirlas de punk y hardcore que ya habían sido materia de quién sabe cuánto reciclaje. Si la memoria me falla, las disculpas de rigor. Si no, el crecimiento del cuarteto ha sido gigantesco, a la luz de lo expuesto en su debut magramente bautizado Zaza. Aparece éste en septiembre del ‘25. A pesar de tener un feeling que va muy en la línea de los cochambrosos estilos antes mencionados, circunstancia de la que acaso se cuelguen quienes le denigren, su output ha evolucionado -o, en todo caso, crecido- lo bastante como para dispararse sin barreras hasta los predios del post hardcore. Incluso se roza muy levemente el math rock.

Fundado por el guitarrista/vocalista Eric Huarca (a) Chinosor, y actualmente delineado por Shande Cotrina (batería), Enoc Canto (literalmente gritos) y Jesús Mantilla (bajo); Allanamiento Emocional ha aprendido muy bien las lecciones que Fernando García Escaró a.k.a. Garzo ha impartido a través de Metamorphosis, Radiación Selenita y Plug Plug. Por ese lado se impone el determinante influjo del post hardcore, que te propina un robusto tacle desde la apertura epónima. No obstante, el combo tiene otros matices relevantes. Guiños al rock alternativo y en mucha menor medida al grunge logran colarse por entre las constantes deflagraciones a lo Touché Amoré, Circle Takes The Square o Title Fight (“Muéranse Todos Ya Por Favor De Una Vez”). También ese modo de incubar indie que patentó El Otro Yo (“Tengo Mucho Odio Para Esto”). Y ni qué decir del emo rock (“Sir Sueñito”), que campea a sus anchas en las letras -parecen todas escritas por Clare Cooper, de The Amazing World Of Gumball.

Para bien o para mal, son éstas y otras cosas más las que desmarcan a Allanamiento Emocional del resto de exponentes peruchos post hardcore, como Cataratas En Siberia o Fiesta Bizarra. Se avienen a bajar un cambio en la caja de velocidades cuando se necesita (“Zaza”), les encanta enrojecer las gargantas cada dos por tres (“Dime Ya Si Me Quieres”, “Estoy Muy Enfermo”), y no se hacen paltas al abordar distintos códigos sonoros en un mismo tema (“La Depresión”). Amplio abanico de exabruptos con los que desafiar el canon post hardcore, sólo para volverlo a entronizar a pie juntillas.

Dos cosas más a subrayar. Zaza acoge una toma de “La Masacre” añadiéndole una ‘B’. Asumo que se trata de una diferente versión a la que se lanzó en formato single. La del debut suena muy limpia, dejando que a Huarca se le entienda casi todo. Por otro lado, las más de las veces que Allanamiento Emocional se aproxima a El Otro Yo se producen cuando escuchamos vocales femeninas, lo que me recuerda ipso facto a María Fernanda Aldana. Una coincidencia, obviamente, ya que esas vocales no siempre son de la misma persona: ‘Luchia’ (“Estoy Muy Enfermo”) y ‘Rataela’ (“Sir Sueñito”).

Grata sorpresa, y cómo no, la que ha generado la edición de El Sonido Niebla De Los Texao vía la española Munster Records. Por fin podemos contar con un vinilo que recopila en apariencia todas las grabaciones realizadas por Los Texao. Muestras de su talento estaban disponibles en los dos volúmenes de Back To Peru..., así como en la recopilación Rock En Arequipa 1969-1974, pero hasta el año pasado no se acreditaban a título personal más que 3 singles hoy descatalogados y/o inubicables. Situación ignominiosa para un combo surgido en la ciudad de Arequipa en 1968, merecedor de un sitial entre sus pares peruanos que tomaron el relevo de aquella primera generación instro-garage-surf-beat sesentera que tantos comentarios provocó a comienzos de siglo.

Crónicas de época señalan que, en su tiempo, Los Texao fueron la banda más popular en todo el sur nacional. Víctor Dibán (voz, bajo), Juan Nuñez (guitarra, coros), Julio Torres (teclados, guitarra), Fernando Humbser (guitarra), Edgar Manrique (batería) y Adolfo Ballón (percusión) se ganaron esa fama hibridando la rebelde crudeza riffera del garage picapedrero, la incendiaria reverberación phaseada de la psicodelia de ADN latino y aquello que en el Perú de entonces se conoció como “la nueva ola”. El empleo extensivo de efectos fuzz y reverb en la eléctrica dotó a Los Texao de sus contornos definidos y de su timbre particular, al que la prensa catalogó como “niebla” por la marca de fábrica asociada a dichos efectos (Haze).

El Sonido Niebla De Los Texao repesca los tres sencillos que prensase Líder, además de material no publicado con anterioridad. En esos simples venían “Pobre Gato” y “Nada De Nada”, “Algún Día” y “Stone”, “Nunca Cambias” y “La Pelea Del Gobernador”. Las últimas cuatro canciones son originales de los mistianos, mientras que “Nada De Nada” es del conjunto chileno Los Beta 4 y “Pobre Gato” del inglés Shel Shapiro. Todas se ubican en el lado A del acetato y al inicio del lado B (“Algún Día”), testimoniando la cadenciosa magia alucinógena y lo fi que estos arequipeños practicaron ya entonces. De entrada nomás con “Stone”, quedan dibujados en la mente el fuzz que se expande cual gas propano y un background rítmico macerado en el rock de garage. La psicodelia se torna fibrosa (chequear el impresionante solo de flauta traversa en “La Pelea Del Gobernador”), en tanto los tempos se mitigan y los registros se trastocan, como girando en torno a una elíptica que en realidad les hace volver al punto de partida (“Nunca Cambias” y su coda sabrosamente latina).

En tal sentido, el punto más elevado de enteogénesis es “Algún Día”. Pero, como ya se dijo, Los Texao también le entraban a la nueva ola. Así queda demostrado en “Nada De Nada” (shalalalas coludidos) y en “Sookie Sookie”. Con todo, la prueba definitiva de esa debilidad por la fiebre nuevaolera es la relectura de ese “Gimme Little Sign” de Alfred Smith (a) Brenton Wood que popularizó en Latinoamérica la versión del mexicano Roberto Jordán (“Hazme Una Señal”), y que el sexteto cose a “Coge Mi Mano”. Por alguna conexión subconsciente que no me es dado descifrar, “Swarlb” me remite constantemente a “Sentimientos” de Los Belkings. Y el postrer “No Time” se erige como una suerte de mini-repaso por las distintas sonoridades que cultivaron Los Texao. A la altura de Traffic Sound o Telegraph Avenue, en mi modesta opinión. Otro fragmento de nuestro patrimonio sónico pop arrancado de las garras del Olvido.

Debido a una u otra razón, no he tenido la oportunidad de escuchar concienzudamente a 380 sino hasta hace poco. Intenté hacerlo un par de veces antes, pero no quise comenzar por singles o tracks sueltos, y desconocía que la agrupación contaba con una obra anterior a la que impulsa estas líneas. Hubiera sido bueno empezar por el principio (El Colegio Me Volvió Un Mono, ‘23), como para abundar también acerca de desarrollos temporales si éstos tuviesen lugar. Ya que no ocurre así, toca dirigir todas las miradas hacia el segundo esfuerzo de los rojinegros, considerados “grupo revelación” desde hace al menos un bienio.

Uno de los retos más complicados de resolver para quienes nos dedicamos al inútil arte de escribir sobre música pop es el paso del Tiempo. Teóricamente, el carburante te dura un máximo de dos décadas, condicionado a ese imperativo biológico que acostumbra impedirte absorber nuevas músicas al aterrizar en la treintena. Por supuesto, hay excepciones saludables, para las cuales ese imperativo o bien se retrasa quién-sabe-cuánto o bien no existe. Me gusta pensar que soy una de esas excepciones, al haber llegado al medio siglo de vida y tras tres decenios invertidos en este ingrato “oficio” sin dejarme obnubilar ni por la oxidada veteranía de algunas tendencias ni por la insolente frescura de otras.

380 es quizá el nombre que más ha trascendido desde la escena independiente forjada al pie del Misti, ocupando palestras de medios algo más masivos que los de costumbre y tocando en festivales de la capital. Si tengo que opinar basándome exclusivamente en el repertorio de Ya Estás Grande, no consigo entender por qué. El referido álbum tiene conchudez y energía, cualidades sin las que el punk no puede germinar y prosperar. Porque, sí, 380 es punk rock; pero ello no tiene por qué tomarse a priori como demérito. Células de ese corte que consiguen ir aunque sea un poco más allá del canon ‘77, ha habido, hay y habrá. Así hablemos de egg punk (Antibióticos).

El problema es que no encuentro nada más para rescatar en YEG, una vez elogiados el desparpajo y la pujanza aludidos. Por default, he tenido que reproducir cinco veces la placa, y la impresión acaba siendo siempre la misma. No sé en qué creen las juventudes del hoy que se confiesan punks, pero si su rollo es más o menos equivalente al de 380, habrá que ir prendiendo velas para que esto no sea sino un error en la Matrix -o el vetusto alarido punkie acabará irremisiblemente arruinado. Una primera parte del CD oscila entre el punk clásico y el pop con accesos de... pachanga. Cuando al cuarteto de Lucía Ramírez (voz/guitarra), Milagros Caja Morales (guitarra), Diego Cornejo (bajo/coros) y César Llerena (batería) le da por “bromear”; y ello sucede bastante seguido, queda como chistoso en el peor sentido de la palabra. No causan ni pincho de gracia esos “diálogos” forzados, esas frases de zafio autobombo, esos “sound effects” que aspiran a la risotada fácil. El colmo de esa intencionalidad es “Final 100% Real No Fake”, publicherry payasamente atorrante que invita a seguir torturándose con más canales.

“Enfermitos Enamorados”, sexto surco de Ya Estás Grande, es recién el primero que no me provoca presionar skip sin más. Y no es ni de lejos susceptible de ser antologado. Eso te da una pista de lo que vas a encontrar no sólo antes, sino igualmente después. En la mitad de sus veintenas, esta gente no tiene mejores ideas para sus canciones que “quejarse” de los amantes LGTBIQ de sus parejas (“SadBitch”), seguirla pegando de comediantes involuntariamente desastrosos (“Punks De Mierda!”), o hacer alharacas de género (¿recurrirían en “Estoy Cansada!” a esa coartada tramposa si quienes les critican fuesen mujeres y quien canta fuese un hombre?). De todas maneras escucharé el primer disco, pero no creo que en el futuro le preste más atención a proyecto tan aguachento, cuyo logro más destacable aquí sea quizá ese arranque de sinceridad que puede haber materializado “Mi Música No Es Buena”.

Poco más que un meme.

Hákim de Merv

lunes, 28 de octubre de 2024

Demoler! Demoler! Demoler! The Story Of Rebeca Llave And Disperu, Home To Los Saicos

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 16 de octubre de 2024.)

Coinciden las antiguas crónicas en que es DisPerú el primer sello independiente fundado por una mujer tanto a nivel Perú como Sudamérica. La gracia se la debemos a Rebeca Llave Vaccaro, quien con 17 eneros inicia las operaciones de su escudería en 1964, tras intenso fogueo en Dispesa -dupletearía en ambos frentes hasta 1968, año en que simplemente decidió pasar a otra cosa en la Vida. Pero ese lustro y sus copiosas referencias singleras bien le valieron un decisivo lugar en la historia de la música pop nacional.

Con Demoler! Demoler! Demoler! The Story Of Rebeca Llave And Disperu, Home To Los Saicos, la plataforma española Munster Records homenajea el legado de label y gestora recopilando en poco más de 37 minutos algunos de los que considera hitos representativos de tamaña trayectoria. Una que empezó apostando por sonidos beat, rock’n’roll y nuevaoleros, para terminar dirigiendo su atención a sociedades de ascendiente tropical (giro imposible de agradar a todos/as, ciertamente).

Como no podía ser de otra forma, el acetato es aperturado por la composición más difundida del buque insignia de DisPerú, Los Saicos; misma que por desgracia también ha devenido ya en trillado lugar común, de tanto que se recurre a ella: “Demolición”. Luego hacen su aparición nombres familiares de la época: Golden Boys, Jean Paul “El Troglodita”, Los Peruvian Brass... Incluso Los 4 Brillantes, abanderados uruguayos del shaker, son de la partida al haber sido editados por Llave Vaccaro. De ellos suena “Vuelve A Mi Barquita”, canción de mucha popularidad en esos días -con decirte que mi viejo se sabía la coreografía que desplegaba Ivonne Amorín en presentaciones televisivas.

De los citados Golden Boys se repesca “No Resisto Más”, a dos tiempos intercalándose sin cesar, uno usando modos de latin lover que para esas eras debían funcionar, y otro desenfrenadamente a gogó. Mientras, al recordado “Troglo” y a Los Peruvian Brass les representan respectivamente “Tema Del Troglodita” y “Vírgenes Del Sol”. El primero asumo corresponde a su edición 45 rpm, ya que Munster ha relanzado su inconseguible primer LP Tengo Un Mustang (1967) y la toma allí consignada no calza. Más allá de diferencias, “Tema...” pone de relieve por qué resultaba difícil clasificar el “cavernícola style” del chalaco como parte de la “nueva ola peruana”, o encuadrarle entre las hornadas de grupos de corte Los Incas Modernos o Los Belkings.

En cuanto a Los Peruvian Brass, su relectura del clásico de Jorge Bravo De Rueda luce mustia al lado de la que practicara el excelente conjunto ayacuchano Los Sideral’s. Completan este tramo la versión instrumental de “Te Amo” de Los Saicos (anteriormente difundida por Re-Psych-Led Records), el surf nuevaolero de Claudio Fabbri (“Fiesta De Verano”) y una curiosidad acreditada a la actriz Gloria Travesí e hijos (“Pobre Adán”).

Chano Scotty Y Su Combo Latino inaugura el segmento de la recopilación reservado a las sonoridades tropicalonas. La influencia de la cumbia colombiana es palpable desde los primeros minutos de “Prende La Vela”, y se extiende al amago de ¿mambo? de “Psicosis”, número donde Scotty se enyunta a Los Big Ben (a quienes me imagino les debemos los psicodelicoides frikismos terrorífico-gritones que le abren). El mismo sino siguen Alicia Estrada Y Su Orquesta, Los Guajiros Del Ritmo, Toño Y Sus Sicodélicos. La primera, sin mayores cambios (“Yolanda”, megaclásico de aquel entonces). Los segundos, atisbando en el horizonte el arribo de la supremacía de la salsa en el Caribe austral (“El Fresco”). Toño Y Sus Sicodélicos, haciendo gala de versatilidad tras haber entregado previamente “Mr. Boogaloo”, justamente en clave de boogaloo (género olvidado que gozó de cierta popularidad entre fines de los 60s y principios de los 70s, antes de que el sonido de Lavoe y Blades lo borrase de la historia). Prácticamente instrumental, el postrer “El Guayacol” -que ha de dedicarse a Waldir Sáenz, Christian Cueva y demás especímenes empinacodos de nuestra fauna local, exfutbolistas casi todos ellos- reafirma el influjo colocho.

Respecto de esta mitad, me parece mucho más interesante la cumbia que empezó a fermentar el Oriente peruano. No obstante, en la medida en que Demoler!... documenta un catálogo antes que un período o unas coordenadas histórico-geográficas concretas, no cabía sino que fuera fiel a aquello de lo que su historia da fe.

Hákim de Merv

jueves, 7 de febrero de 2019

Fukuyama: Fukuyama EP // Laikamorí: Persōna // Los Protones: Misión OA4 // Gelatina Magma: Una Nueva Era

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 30 de enero del 2019.)

LOS DISCOS PERUANOS DEL 2018 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (I)

Que tres muchachones de Villa El Salvador (cono sur de Lima), declarados admiradores de Einstürzende Neubauten, del hip hop -del bueno, espero-, del amado Nick Cave y del Ruido sobre todo asociado a la distorsión; hayan escogido como alias el apellido del servil politólogo estadounidense de ascendencia nipona funcional a los designios del malévolo George H. W. Bush, es para mí a simple vista un misterio, que supongo algún día me será develado. Mientras llega la hora, toca hacer la disección del urgente EP homónimo con que se presentasen en sociedad a fines de diciembre último Kenny (guitarra), Juan Pablo (también guitarra) y Gonzalo (batería). El bajo en las sesiones de grabación estuvo a cargo de un tal Dr. Benway. Secuencias, producción, mezcla y demás florituras; consignan la firma de otro tal Martín.

La de Fukuyama es una vehemente apuesta por el rock ruidoso e instrumental. En la medida en que éste pertenece a una tradición de larga data, se hace imperativo precisar que la filia de la terna luce bien 90s. Como corresponde al tránsito histórico de esa década, el detritus sonoro del que se alimenta Fukuyama yace entre el college (rock alternativo+grunge) y el indie usamericanos. Sonic Youth del Experimental Jet Set, Trash And No Star (1994) en adelante, los Sebadoh del Harmacy (1996, depurando cualquier indicio de Baja Fidelidad) y Fugazi en su mejor momento (el de Red Medicine, 1995); son asimismo algunas de las veladoras que me esperaría encontrar ardiendo en el santoral del terceto.

Este EP de largada se desparrama anegado de fragor. Aunque cuadraditos para la ejecución de un post-grunge que ilusiona enfilando -todavía tímidamente- hacia el audioextremismo, a estos desparpajados chicos les gana la soltura, la angurria decibélica y la sinvergüencería típicas de quienes debutan sin temor a la noviciada -finalmente, nada tienen que perder, y sí mucho que ganar. Es lo mínimo que siempre espero de quienes saltan a la cancha dispuestos a fatigarla de punta a punta.


En el primer larga duración firmado por Laikamorí se ha producido un cambio drástico respecto de lo ofrecido por el enigmático dúo en su vitoreado °°°°°°° EP (2014). Este último podía comportar un reto para oídos vírgenes, dadas sus composiciones nebulosamente lo-fi, por momentos irrespirables para tímpanos acostumbrados al pop. El momento actual de la dupla ha quiñado ese “tosco” acabado del extended, resquebrajándolo cual crisálida (sónica). Lo que ha emergido de allí, conforme a la idea de metamorfosis deslizada en la oración anterior, es algo ¿muy? distinto.

El único resabio sobreviviente del EP se relega a los turbios filtros que se ceban en las voces. La música de Laikamorí suena ahora límpida, numinosa, con un acercamiento pop que convierte cada parada en un salto de agua; sea éste largo o minúsculo, tumultuoso o pacífico. Preciosista y ensoñador, no sé decidir si Persōna (2018) brilla o palpita. O ambas cosas intercalándose. O al mismo tiempo.

Pese a no ser muy vasto, el disco constela una galaxia en la que se equilibran las dos facetas que los limeños han elegido priorizar: por un lado (el digital), la electrónica de beats subsumidos al ambient y ligada al folk; por el otro (el analógico), las fantasmagóricas guitarras melódicas del shoegazing en su primigenia fase dream pop. No es equivocado pensar que algunos de estos nuevos minutos evocan a Sigur Rós, pero la estela de los islandeses no agota las posibilidades que explora Laikamorí en su debut en largo: dream pop en “Saudade”, chillwave en “1957”, ambient synth pop en “Anonyma”, gospel futurista en “M111”...

Precisamente “Anonyma” entroniza junto a “100110” el lado electrónico sobre el que montan en gran medida los temas de este volumen, y empuja los niveles de velocidad/contundencia; si bien este viraje hacia el final no desdibuja en absoluto las inmaculadas cúspides que el dueto ha conquistado. Sobre todo cuando éste baja el telón con el cósmico “Endlos”, cuyo entramado de sintetizadores remembra a los Padres de la electrónica en la era pop -Kraftwerk.

Grabado en Lima y masterizado en Buenos Aires, Persōna ha sido producido por el gran Mario Silvania, quien ha cerrado un año inolvidable en estas lides -también se ocupó de producir el sensacional In Event Of Moon Disaster, de Blue Velvet, y anda voceado para hacer lo mismo con lo nuevo de los pasqueños Felyno.


Un breve sumario, una anécdota y una precisión acerca de Los Protones. Empiezo por esta última.

¡Maravilla! (2013) fue hasta hace poco lo último que editase el quinteto capitalino. Me refiero a material de estudio. Aún no me he agenciado la recopilación 20 Monstruos! 2007-2015 (2015), curada por el sello griego Green Cookie Records, y por ende no estoy seguro sobre si cobija algún inédito (como en ocasiones se estila hacer).

Ahora el breve sumario. Los Protones emergen de las cenizas de los recordadísimos Manganzoides, banda que encendió en tierras peruanas la flama del revival garage surf a fines del siglo pasado, premunida de ínfulas psicodélicas que encumbraron a un desmadrado vocalista picapedrero como Rafo Komodo. En sus días de gloria, Manganzoides llegó a cosechar los mayores elogios de la prensa independiente internacional -hasta ahora se recuerda que la Rolling Stone les recomendó en su sección web “MP3 Del Día”. Cuando en el 2007 Manganzoides se separa tras 11 años de agitada existencia, todos sus integrantes salvo Komodo se reagruparon como Los Protones, iniciando un nuevo capítulo en los anales del revival líneas atrás señalado.

Turno de la anécdota, para ir entrando ya en materia. Armando una megacompilación de rock y electrónica peruanos, extrapolé dos pistas del epónimo debut de Los Protones en el segmento dedicado a la primera generación de la fundacional escena rockera peruana, promoción dominada por el instro-garage-surf-beat. Más de una persona que vivió esas épocas escuchó el segmento, y nunca ninguna de ellas se dio cuenta de la extrapolación. De ello puede concluirse que la música de Los Protones nació en esencia revivalista, al punto de lograr una mímesis perfecta con sus pares sesenteros, salvo por la calidad de la grabación. Esa situación comenzó a cambiar con Hijas Del Diablo (2011). El número clave de la placa es “Chichasurf”, que me hubiera gustado incluir en la antedicha megacompilación -conseguí Hijas... recién dos años después-, porque su bipartita naturaleza queda en evidencia desde el nombre con que se arropa.

El título de Misión OA4 (2018) guiña a ciertos códigos usados por radioaficionados para identificarse. Lo más interesante viene acomodado en la primera mitad, donde ese swing latino y sabrosón insinuado en “Chichasurf” se hace un tanto más visible: “Infiernillo”, “Cráckula”, “Punta Pánico”, “La Mancada”... Incluso en “Sal De Mi Huaca”, los ex-Manganzoides se atreven un poco a incursionar en el mestizaje, incorporando para ello instrumentos autóctonos como el charango.

El punto de inflexión llega de la mano de la sorprendentemente melancólica “Presagio”. A partir de allí, y con la excepción del cierre, que también participa de ese calenturiento saborcillo antes descrito (“Olas Anómalas”); el resto de Misión OA4 se ubica en las mismas coordenadas que ya han visitado Los Protones en esfuerzos precedentes. Frenético -pero ya levemente extemporáneo- surf rock instrumental con debilidad por acabados vintage, siempre persiguiendo ese paraíso (perdido) que fue la capital peruana a mediados/fines de los 60s.


Apenas estrenado noviembre pasado, salió el segundo episodio de Gelatina Magma. Algunos camaradas podrán discutir sobre si en realidad es su segundo episodio, ya que el primero tiene más de demo que de LP propiamente dicho. Algo de razón les asiste. Así De Simple (2015) es un primer esfuerzo menos de canciones plenamente definidas que de bocetos. Más que en resultados, el talento reside allí en potencia.

No tardarían, sin embargo, Giancarlo Samamé y Ángela Ruesta en invertir aquella polaridad. Triada EP, lanzado en el 2017, otorga carta blanca para hablar del excelente dominio de un electropop bailable lo bastante elástico para asimilar arreglos que aparentan ir en sentido contrario; lo mismo que de un clarísimo crecimiento de Ruesta en técnica y protagonismo -se le siente mucho más cómoda en el extended.

Una Nueva Era (2018) es el notable paso hacia adelante que le hacía falta a la mancuerna. A diferencia del Así De Simple, éste es un disco Ruesta/Samamé. La apertura “Comas” arranca afianzando su estilo y haciéndole socializar/departir/interactuar con el post pop y sobre todo la fusión. La bossa nova estilizada de “Caminante Nocturno” y el candombé carioca anfetaminizado de “Oda A Malanga” son sendas certezas de ello. Pero también hay lugar para efectivos medios tiempos como “Diadema” (single virtual eyectado días después de publicado el album), canales electropicales bajos en serotonina como el ‘original mix’ de “Reflejos” (repescado del Triada EP), experimentos psico-indies como “Epitafio En El Parque” o “La Piedra Alada” (que samplea la voz del desaparecido poeta José Watanabe leyendo el texto que le bautiza), y ejercicios herederos del ludismo del Así De Simple (“Tome Aire”).

Opus a la altura de una Lætitia Sadier o de un Tim Gane nacidos en Latinoamérica, Una Nueva Era cierra con el remix de “Reflejos” en clave drum’n’bass, a cargo del infaltable Luján (recuperado del 3R3MIX3S EP, 2018).


Hákim de Merv

lunes, 31 de diciembre de 2018

Pierre Cueto: Space Surfer // Kananki: Kananki

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 26 de diciembre del 2018.)

Nunca tuve la oportunidad de escuchar a los indie pop de Supersónicos. En medio de la resaca post-Jubileo, y ad-portas de alumbrar la revista independiente Freak Out! (marzo del 2004), su epónimo debut fue de los (¿pocos?) títulos que el radar no pudo detectar a tiempo. Aunque he leído en su página Facebook que el grupo sigue activo, habiéndose producido su último lanzamiento en el 2015 -el extended promocional 4X4-, sus signos vitales son exiguos por ahora.

Quien ha decidido salir del marasmo por cuenta propia es el bajista, Pierre Cueto. El estreno en solitario Space Surfer es un mini-álbum que arranca cómodamente instalado en el surf oriundo de los 60s, pero cuyas olas están lejos de romper sólo en esa playa. El surf instrumental y garagero es la base pivotal que capitaliza Cueto para desperdigar su violáceo smog sobre géneros coetáneos ad-látere, como la psicodelia, el rockabilly y el funk; e incluso otros menos próximos, como el jazz y el blues. Quizá sea este denominador común el que le confiere a Space Surfer peso y consistencia de obra conceptual, camuflando el hecho de que recopila composiciones antiguas del autor, escogidas a cuatro manos entre él y Eloy Calle -de Los Stomias, co-responsable de Mosquito Records, escudería que publica a uno y a otros.

Registro de veinte minutos y descuentos, el inaugural corte homónimo de Space Surfer es una contundente demostración del surf hemostático y brioso al que es afecto el bassman. Sobre esa trepidante plataforma, “Verano Púrpura” ensaya un primer acercamiento al jazz bajando las revoluciones, si bien el marcado contraste con la apertura no lo ayuda. Siendo “Tres” de esa misma naturaleza, aquí funcionan los sincopados guiños vagamente psicodélicos que alimentarán los principales motivos de la lisérgica “Anubis En La Luna”, rotunda y ácida incursión en los dominios del garage.

El pétreo latir de las cuerdas en “Blues Space”, de acrimonia bermeja hasta niveles alarmantes de oxidación, extingue el sosiego inicial que proponía este instrumental; al punto de arrinconarte contra el caos nuclear. A esa experiencia le sucede “Apocalipsis Nibiru”, que tiene las secciones más punk de todo el disco, o en todo caso proto-punk -acicateándote a un slam evolucionado a partir del famoso “ritmo enfermedad” que infectó Lima a fines de los 60s. Los efectos de la eléctrica favoritos en esas remotas épocas se dan un festín en “Reloj Lunar”, donde el surf vuelve a primeros planos, antes del desenlace con “Enki Swing”. Haciendo honor a su nombre, ésta es la pieza más sólidamente funk de Space Surfer: melodiosa hasta permitir accesos de jazz y ska tradicional, “Enki...” cierra con punche mezcalero un primer trabajo muy interesante de Cueto.

Para SS, el bajista ha convocado a Jack Bastante (batería), a Alejandro Malpartida, a Stefano Obregón (ambos en guitarra) y a Luciano Cárdenas (saxofón). Merece este último una alta mención honorífica. El plástico es 100% sonido, pero si un instrumento pudiera ocupar la voz, ése es el saxo. Y aunque la performance de Cueto sea realmente impecable -el sinuoso bajo llega a dictar el rumbo tonal de cada tema-, el saxo se roba el show, tecleado por un fauno en plena combustión espontánea. Hipnotiza al oído, lo mismo que al ojo esa coqueta nereida en el arte del CD.


Siempre inquieto, Ronald Sánchez me jugó amablemente a fines de septiembre último el link hacia el testimonio de uno de los recientes proyectos en que ha participado -proyectos que, para su suerte y la nuestra, le permiten vivir y seguir desarrollándose como músico al margen de su chamba en Altiplano. Ahora que lo pienso, el hombre va en racha tres años ya: al Sueños Saparas (2016) de Altiplano y al Sonidos De Nasca: Ofrenda (2017) al lado de Fred Clarke, debe sumarse el legado epónimo de Kananki. Es éste el resultado de la residencia artístico-creativa “Cabañas Oscilantes”, que, gracias al colectivo Central Dogma; nuestro compatriota dirigió en el cantón de Pujili (Cotopaxi, Ecuador), bastión tradicional de alfareros y ceramistas en la vecina nación del norte. Allí y por espacio de nueve días, Sánchez interactuó con seis artistas provenientes de distintos países latinoamericanos. Culminada la residencia, se grabó el disco materia de este comentario.

Puedo entender a quienes se sientan inclinados a catalogar la música de esta rodaja como “world music”. Yo no concuerdo. Ese término se acuñó para aludir grosso modo a músicas tradicionales y/o vernaculares, pertenecientes a todos los pueblos del planeta, y éste no es el caso. Las raíces que extiende Kananki, muy cercanas todas a nuestro espíritu comunal latinoamericano, son ciertamente milenarias. La presencia de pinkullos y zampoñas, así como la implementación de una sección percusiva en paralelo al uso de recursos rítmicos más modernos, apunta a una recuperación del mosaico sonoro desplegado por las poblaciones originarias de las Américas al sur de Estados Unidos; que existieron antes de la llegada de los europeos al Nuevo Mundo y que miraban hacia el Pacífico, haya sido su hábitat la costa, la sierra o la selva. Esto no es algo nuevo en relación a las jornadas en que ha estampado su firma el integrante de Altiplano.

Pero también es verdad que Kananki no se atiene a la mera recreación. Todos esos fragmentos que la arqueología sonora de nuestros días ha arrebatado de las garras del Olvido, resucitan al ser manipulados por la tecnología contemporánea -y quedar anexados a aquello que les ha insuflado nueva vida: la experimentación de metodología entre chamánica y futurista.

Por forma y disposición, Kananki me ha hecho recordar al Sunchu Tiquitay EP de Quilluya. Ojo que no estoy ofreciendo aquí un juicio de valor, sino una sencilla impresión comparativa. Es un volumen corto, de 33 minutos y tanto, que tiene diez capítulos. Sin embargo, apenas un poco más de la mitad son temas propiamente dichos. Los demás funcionan como interludios -tres de ellos no superan los 120 segundos-, o si se prefiere como vasos comunicantes entre aquellos canales favorecidos por un desarrollo (digamos) “narrativo” más abundante.

En cuanto al valor de la obra, cabe agregar a esta parrafada que se trata de un esférico muy intenso a pesar de su brevedad. El mexicano Rodrigo Gallegos, la colombiana Natalia Montoya, los ecuatorianos Martín Matilla, Luis Umberto Conejo y Edgar Castellanos Molina, y los peruanos Ivanka Cotrina y Ronald Sánchez; han concretado una obra sin pausa desde el primer minuto hasta el último. Ésta a veces puede describirse simplemente como IDM prehispánico. Otras tantas veces, como puro onirismo líquido que amplifica digital y surrealistamente precolombinos patrones sonoros estilizados. En ambos casos, los ecos de siglos desvanecidos que desgarran las eras a velocidades transónicas son los que hacen del sample, los efectos y el estudio de grabación; cinceles con que esculpir este magma audiomántrico que no sólo debe existir en el hoy -sino en todo estado vibracional que ocupe el mismo espacio en el tejido del Tiempo. Pasado, presente y probablemente también futuro; en un licuado de mestizaje avant garde con que soñar la omnisciencia, desde nuestra condición de míseros mortales.


Hákim de Merv

miércoles, 9 de agosto de 2017

Los Stomias: Pulp Fiction - Surf Themes

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 2 de agosto del 2017.)

De que, durante la década pasada, hubo en el Perú una apabullante revaloración/reivindicación de la primera escena rockera nacional (1957-1975); es imposible dudar. Muchas referencias discográficas históricas hasta entonces inaccesibles fueron rescatadas y puestas a consideración de nuevos públicos ávidos, bien gracias a digitalizaciones hechas por los fans, bien gracias a reediciones lumínicas en formato original. Pero no es menos cierto que, surgiendo una camada de alineaciones nuevas aupadas por este revival (vg. Los Protones, Comfuzztible, Los Silver Mornings, Presidente Morsa, Los Paicons), estas nuevas sangres no llegaron a consolidarse como escena -sino de forma individual, y no en todos los casos.

Los Stomias aparecen en ese momento histórico (2005), y a renglón seguido empiezan a figurar en algunas de las compilaciones elaboradas por el prestigioso fanzine especializado peruano Sótano Beat. Sin embargo, el grupo publica recién tres años después su primera producción propia, un EP homónimo de cuatro temas a partir de cuyo estreno se sucede un rush de participaciones en discos colectivos de diversas latitudes. Tres ejemplos al azar: Perú Rock Volumen 1 (Cusco Producciones, 2016), Fuzztantico Vol. 01  (Paranoia Records en México, 2011) y Grand Prix Vol. 12 (Fanzine Rock Hardi Nº 44 en Francia, 2013). Como anécdota curiosa, a Los Stomias se les incluye en la (muy discreta) película Rocanrol 68 (2013), caracterizados como un combo legendario de los 60s: Los York’s.

Tras doce años de formado, y a casi una década de su primer lanzamiento, el grupo de Eloy Calle (bajo y teclados), Adrián Arguedas Saman (batería) y Antonio Castillo (primera y segunda guitarra) publica Pulp Fiction - Surf Themes. El concepto detrás del disco se orienta a proponer una banda sonora 100% instrumental y surf -encuadrada bajo un registro más oscuro (y/o si se prefiere “sucio”)- alternativa al soundtrack original del film Pulp Fiction (1994). Para la ocasión, LS se convierte en sexteto con la adición de Fernando Laguna (también en batería), Jair Espinoza (saxo) y Cristian Delgado (trompeta).

De las 18 pistas pescadas en el esférico, que apenas rebasa los 26 minutos de duración, las nueve impares son fragmentos de diálogos extraídos del largometraje; tal como sucede en la banda sonora orquestada por Quentin Tarantino (pero que no siempre son los mismos escogidos por el director para tal fin). Por otra parte, las nueve pistas pares corresponden a temas instrumentales, siete de los cuales se escuchan en la película -aunque no necesariamente en la OST: es el caso, por ejemplo, de “Rumble”. Los dos surcos restantes son “Out Of Limites” (de The Ventures) y “Ace Of Spades” (de Link Wray).

En términos de energía, la reinterpretación de estos clásicos del repertorio usamericano carece de baches. Se percibe efectivamente, además, una mayor crudeza en el registro. El sonido instro-surf de Los Stomias tiene aristas tanto de garaje como de naciente psicodelia, surjan éstas o se escondan según el número a acometer: si en “Lonesome Town” desaparecen, en “Out Of Limites” toman las riendas desde el principio. Con todo, esa cualidad “abrasiva” de Pulp Fiction - Surf Themes no llega a ser ablación, mucho menos desintegración. Me refiero a que, como era de esperarse en cualquier empresa similar, fuera del vigor no hay muchas cosas más que subrayar. Sí, el saxo asume un rol bastante protagónico, como en la citada “Lonesome...”. Sí, la estupenda performance del bajo ofrece la solidez necesaria sobre la que opera el resto del conjunto sin mayor agitación. Y sí, la jornada capta en gran medida sonido y atmósfera consustanciales a género y época... Y allí se agotan las novedades en el plano estrictamente sonoro.

Es una idea bastante interesante la del disco -pero, honestamente, yo hubiera preferido un trabajo con temas de propia autoría (y claro, la o las versiones de rigor). En los que les he escuchado, les va muy bien. O en su defecto, un sorprendente puñado de relecturas a tanto más avezadas. Quizá sea que esperaba otra cosa con sólo ver el arte que acompaña el CD -las atávicas deformaciones pesadillescas que ocupan tapa y contratapa, cortesía de Laguna, me hacían pensar en unos Cramps desbordados a pesar de saber que lo de Los Stomias iba en otra onda. Digamos que este PF - ST consigue aprobar, pero al próximo episodio difícilmente le irá mejor si repite la coartada.


Hákim de Merv

jueves, 8 de junio de 2017

Parroquianos: Parroquianos

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 6 de mayo del 2016.)

Simpaticón el disco epónimo -¿unigénito?- de Parroquianos. Lanzada en el año 2012, la placa muestra al cuarteto de Antofagasta básicamente tributario del primigenio rock'n'roll, si bien no le hace ascos a otras sonoridades que poblaron el espectro de la naciente música rock durante los desvanecidos 50s -el instrumental para una sesión surf nocturna de “Falso Escalón”, por ejemplo, o el twist medio enteco de “Gota De Lluvia”.


Lo de Parroquianos, afortunadamente, no es un calco de los vetustos sonidos que ya tienen más de medio siglo de vida. Lo suyo es un revival estilizado de aquello que animó las tardes infinitas de muchos adolescentes durante dichos calendarios. El otro camino, el de una relectura más cavernícola o picapedrera, lo siguieron nuestros extintos Manganzoides -y sin embargo, la escucha atenta revela el parentesco existente entre ambas formaciones.

Parroquianos son -¿han sido?- Manuel Ortiz (primera guitarra, voz), Eddie Tales (bajo y coros), Rinaldo Vidal Silva (voz y guitarra rítmica) y Danilo Henríquez (batería y percusión). Pese a venir de una región tradicionalmente identificada como de clima desértico (pero la ciudad de Antofagasta se extiende hasta el Pacífico), las canciones de este largo suenan vitales y festivas, a pesar de que su dinámica o síncopa decide acercarse al medio tiempo (“Aparentar”). Sólo al ingresar al tramo final de la jornada, el grupo regresa a esta década a través de un modern pop igual de fresco y ágil que todo lo previamente escuchado.

A ver si quienes han degustado este trabajo me aclaran la duda (en especial, el amigo Bernardo Naranjo): en mi ejemplar, “Las Reinas Del Café” y “Tus Ángeles” figuran como los temas 9 y 10, respectivamente. No obstante, en los créditos ese orden se invierte. Esto no pasaría de una anécdota si no fuera porque “Tus Ángeles” aparece claramente fallada a la mitad. Quizá se trató de un error de todo el tiraje, porque en YouTube el disco está colgado tal cual el track list impreso y con “Tus Ángeles” sin el menor problema.

Dejo aquí la canción más divertida de Parroquianos: “Trocadero Beach”, en video armado por el mismo Vidal Silva.


Hákim de Merv

ANOTACIÓN PERSONAL


Efectivamente, todo el tiraje del disco salió con el mismo error en la antedicha “Tus Ángeles”. Me tranquiliza, pues, saber que no tuve la mala suerte de adquirir un ejemplar defectuoso. :P

Profetas Y Frenéticos: Profetas Y Frenéticos

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 18 de mayo del 2016.)

Buscar albums de música rock, de la región o del Primer Mundo, entre fines de los 80s y principios de los 90s; era en el Perú una empresa con posibilidades de éxito computables en cero. Existían alternativas, claro, pero carísimas -en el contexto de una hiperinflación apocalíptica, el inevitable shock para rescatar una economía en desoladora bancarrota, y la consecuente recesión. Así y todo, tras la primera disolución de Los Prisioneros (1991-1992), llegaron hasta suelo limeño algunos ejemplares del epónimo  debut  (1993)  de  Jardín  Secreto;  proyecto abiertamente techno-pop  de  los  ex  Prisioneros  Miguel  Tapia  y  Cecilia Aguayo -la simpática tecladista reclutada para el Corazones (1990), hoy casada con Uwe Schmidt, el cerebro tras Sr. Coconut Y Su Conjunto, que ganase notoriedad con El Baile Alemán (2000)-.


Del grupo de Claudio Narea, en cambio, sólo nos llegaron noticias muy vagas. Editado en 1992 por la recordada escudería Alerce, al primer disco de Profetas Y Frenéticos no se le vio por aquí ni la sombra (lo mismo sucedería con su segunda y última referencia, Nuevo Orden, mismo año). Recién tras la llegada del nuevo milenio, y teniendo a Internet como aliado, pudimos familiarizarnos los peruanos con algunas de las canciones de PYF. Después de que 31 Minutos -el lúdico y maravilloso programa que los latinos debemos agradecerles a nuestros hermanos chilenos- utilizase la canción “Profeta Y Frenético” un par de veces, el legado de la banda se haría más fácil de rastrear. Online, al menos.

El día que estuve en la feria del Persa Bio Bio comprando CDs de artistas locales, me topé casi sin darme cuenta con el debut de Profetas Y Frenéticos. Evidentemente, no me lo pensé ni media vez. No sé qué tan difícil sea encontrar allá ejemplares de este trabajo, máxime si pertenecen a la reedición del 2004 (incluye “Cuando Toco Mi Trompeta” y “Wipe Out”, del Nuevo Orden), pero aquí se los considera incunables. Así que la ocasión estaba pintada.

Profetas Y Frenéticos se forma a instancias de Claudio Narea apenas dejó éste a Los Prisioneros. Además de él, estaban en el grupo su hermano Jorge (teclados), Luis y Dagoberto González (voz y bajo respectivamente), y Juan Pablo Rojas (batería). Desde los primeros acordes de “Profeta Y Frenético”, resulta evidente que PYF apuesta a morir por las formas más primordiales de la música  rock.  Sus canciones transitan por el rock'n'roll, el rockabilly y el instro-garage-surf rock -vericuetos de los que no se desvía ni para ir al baño. No escasean los guiños personales en las letras, y el quinteto se muestra sólido, empoderado, durante cada arremetida.

En el balance general, me queda sin embargo la impresión de un disco regular -bien porque se trata de sonoridades que huelen a naftalina, bien porque la elección de éstas funciona muy bien al principio y discretamente al final. Pero no me arrepiento un segundo de haberlo adquirido. Huelgan mayores reparos, tratándose de una de las bandas pertenecientes a la saga -quiérase o no- de Los Prisioneros, nombre indiscutiblemente ligado al rock hecho en nuestro idioma.

PD: En el 2013, Narea anunció el regreso del grupo con el line up original excepto por los teclados (Juan Pablo Narea, su vástago, ocupa el lugar de su tío Jorge). La reunión, empero, no ha dado frutos discográficos... todavía.


Hákim de Merv