
Quien ha decidido
salir del marasmo por cuenta propia es el bajista, Pierre Cueto. El estreno en
solitario Space Surfer es un mini-álbum
que arranca cómodamente instalado en el surf oriundo de los 60s, pero cuyas
olas están lejos de romper sólo en esa playa. El surf instrumental y garagero
es la base pivotal que capitaliza Cueto para desperdigar su violáceo smog sobre
géneros coetáneos ad-látere, como la psicodelia, el rockabilly y el funk; e
incluso otros menos próximos, como el jazz y el blues. Quizá sea este
denominador común el que le confiere a Space
Surfer peso y consistencia de obra conceptual, camuflando el hecho de que recopila
composiciones antiguas del autor, escogidas a cuatro manos entre él y Eloy Calle
-de Los Stomias, co-responsable de Mosquito Records, escudería que publica a
uno y a otros.
Registro de veinte
minutos y descuentos, el inaugural corte homónimo de Space Surfer es una contundente demostración del surf hemostático y
brioso al que es afecto el bassman. Sobre esa trepidante plataforma, “Verano
Púrpura” ensaya un primer acercamiento al jazz bajando las revoluciones, si
bien el marcado contraste con la apertura no lo ayuda. Siendo “Tres” de esa
misma naturaleza, aquí funcionan los sincopados guiños vagamente psicodélicos
que alimentarán los principales motivos de la lisérgica “Anubis En La Luna”,
rotunda y ácida incursión en los dominios del garage.

Para SS, el bajista ha convocado a Jack
Bastante (batería), a Alejandro Malpartida, a Stefano Obregón (ambos en
guitarra) y a Luciano Cárdenas (saxofón). Merece este último una alta mención
honorífica. El plástico es 100% sonido, pero si un instrumento pudiera ocupar
la voz, ése es el saxo. Y aunque la performance de Cueto sea realmente
impecable -el sinuoso bajo llega a dictar el rumbo tonal de cada tema-, el saxo
se roba el show, tecleado por un fauno en plena combustión espontánea. Hipnotiza
al oído, lo mismo que al ojo esa coqueta nereida en el arte del CD.
Siempre inquieto,
Ronald Sánchez me jugó amablemente a fines de septiembre último el link hacia
el testimonio de uno de los recientes proyectos en que ha participado
-proyectos que, para su suerte y la nuestra, le permiten vivir y seguir desarrollándose
como músico al margen de su chamba en Altiplano. Ahora que lo pienso, el hombre
va en racha tres años ya: al Sueños Saparas (2016) de Altiplano y al Sonidos De Nasca: Ofrenda (2017) al lado de Fred Clarke, debe sumarse el legado
epónimo de Kananki. Es éste el resultado de la residencia artístico-creativa “Cabañas
Oscilantes”, que, gracias al colectivo Central Dogma; nuestro compatriota
dirigió en el cantón de Pujili (Cotopaxi, Ecuador), bastión tradicional de
alfareros y ceramistas en la vecina nación del norte. Allí y por espacio de
nueve días, Sánchez interactuó con seis artistas provenientes de distintos
países latinoamericanos. Culminada la residencia, se grabó el disco materia de
este comentario.

Pero también es
verdad que Kananki no se atiene a la mera recreación. Todos esos fragmentos que
la arqueología sonora de nuestros días ha arrebatado de las garras del Olvido, resucitan
al ser manipulados por la tecnología contemporánea -y quedar anexados a aquello
que les ha insuflado nueva vida: la experimentación de metodología entre
chamánica y futurista.

En cuanto al valor
de la obra, cabe agregar a esta parrafada que se trata de un esférico muy
intenso a pesar de su brevedad. El mexicano Rodrigo Gallegos, la colombiana
Natalia Montoya, los ecuatorianos Martín Matilla, Luis Umberto Conejo y Edgar
Castellanos Molina, y los peruanos Ivanka Cotrina y Ronald Sánchez; han
concretado una obra sin pausa desde el primer minuto hasta el último. Ésta a
veces puede describirse simplemente como IDM prehispánico. Otras tantas veces,
como puro onirismo líquido que amplifica digital y surrealistamente
precolombinos patrones sonoros estilizados. En ambos casos, los ecos de siglos
desvanecidos que desgarran las eras a velocidades transónicas son los que hacen
del sample, los efectos y el estudio de grabación; cinceles con que esculpir
este magma audiomántrico que no sólo debe existir en el hoy -sino en todo
estado vibracional que ocupe el mismo espacio en el tejido del Tiempo. Pasado,
presente y probablemente también futuro; en un licuado de mestizaje avant garde
con que soñar la omnisciencia, desde nuestra condición de míseros mortales.
Hákim de Merv
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