(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de febrero del 2021.)
LOS DISCOS PERUANOS DEL 2020 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (IV)
Sergio Zevallos (59) se define como nómada de
múltiples actividades artísticas. En otras palabras, un polímata. Llegó a Alemania
en 1989 gracias a Chaclacayo, colectivo de performativa visceralidad que
cofundase siete almanaques antes junto al también peruano Raúl Avellaneda y al tudesco
Helmut Psotta. Chaclacayo se extinguió en 1994, estando aún en territorio europeo,
afincándose Zevallos un año después en Berlín (donde vive hasta ahora).
En octubre último, Buh Records curó una concisa
selección de las composiciones sonoras de Zevallos, quien nunca estudió música
pero siempre se sintió atraído por ella. Prueba del punto al que llegase esa seducción
es la declaración del artista mismo al respecto (“esa necesidad de ritmo volvió
a infiltrar lo visual”), reproducida en la consabida sumilla de BandCamp. Todo
lo que alguna vez haya realizado en ese campo artístico -ejecución de instrumentos,
escritura de arreglos, edición de sonido- se halla por ende asociado a una
formación autodidacta muy emocional, justificándose su corpus entero en función
de aquello para lo que fuese creado. Esto es: acompañar/musicalizar/potenciar
performances que examinaban los contrapuntos entre la vida humana puertas
adentro y su gemela pública, que interrogaban las relaciones de poder y autoritarismo,
o que especulaban sobre el cuerpo, el comportamiento y el deseo.

Atem: Piezas Para Acciones E Instalaciones
(1999-2019) está integrada por
seis episodios, correspondientes todos a intervenciones efectuadas durante el
lapso de su estancia germana, mas no todas dentro de esas fronteras. El
equivalente a un hipotético lado A está consagrado a Alemania, donde se grabaron
entre 1999 y 2002 “Cello”, “Fragmentos” y el surco titular. El equivalente a un
hipotético lado B ilustra, por el contrario, la música de sus presentaciones sobre
suelo patrio -“CHTP N°3” y las dos partes de “Callejón Oscuro”, entre el 2013 y
el 2019.
La producción sonora de Zevallos se funda en
la técnica de la fragmentación y el desmontaje. Extractados de grabaciones de
campo realizadas por el propio autor, tanto ruidos como sonidos vocales son reensamblados
prescindiendo ineluctablemente de sus contextos de origen. Retazos, jirones y
partículas dan lugar a loopeos modulados que se trasgreden y superponen unos a/contra
otros (el ejemplo palmario es “Callejón Oscuro Pt. 1”). Se erigen de esta manera
soundtracks imaginarios que subvierten/invalidan las nociones inherentes a lo
que entendemos por “música”, rindiéndose finalmente a la atonalidad. Como dijese
de John Cage el chileno Gustavo Celedón, “hacer música fuera de la música”.
“La honestidad ante todo”, escribí hace no
mucho en estos bytes. Pues eso.
Cuando me agencié un ejemplar, habré escuchado
unas cuatro o cinco veces La Muda EP (2013), del joven músico Carlos Andrés
Ortega. Aunque estaba notoriamente adscrito a la tradición de cruda ruptura que
emprendiese Crisálida Sónica al promediar la segunda mitad de los 90s, el
extended era más un croquis que un boceto o que una maqueta. No me gustó, lo
cual demuestra que no todo aquello que ice estandarte de vanguardia tiene forzosamente
que ser bueno -otra muestra: el epónimo EP de Fluorescente Solar.
Siete años después, Ortega se encuentra
radicando en Berlín. Establecido allí desde hace algún tiempo, el peruano ha
publicado Paraísos Artificiales, estreno de su nueva identidad: Sacre-X.
Desde la estructura semi-conceptual que postula, el esférico dista muchísimo de
aquel primer amago. Paraísos... saluda y se despide con sendos segmentos
de cuatro episodios arracimados entre sí, cual tour de force. Circundando
su punto medio, asaltos en cantidad de tres, en los que más de manifiesto se pone
la gradual transición de lo analógico a lo digital que empieza sutilmente desde
“Mar” y que embandera la montaña con “Ctrl - Z”.
En efecto, mientras que la apertura “Uno” parecía
afilar todas las salientes propias de la experimentación sonora más radical, “Mar”
las suaviza y difumina; transfigurándose constantemente entre el noise, el ambient
y el pop. La voz de Carlos Andrés suena opaca pero segura, muy distinta a lo exhibido
en el EP. Conforme avanza, y pese a que el registro puede saltar de hipnótico (“Cielo”
y sus “campanas tubulares” sobre la mitad) a zumbante (“0 1 0”), Paraísos Artificiales se transforma en un banco de alba neblina limeña que lentamente
se vitrifica.

Repescada del extended y convenientemente reconfigurada,
“La Muda” es la piedra de toque con que la recargada atmósfera de Paraísos...
empieza a lucir menos rarificada, más próxima a realidades de ciencia-ficción
entrevistas en discos, libros, films, sueños... El laxo proto synth tribal de “Desierto”
va hermanado con el ritualismo futurista de la especular “Espejos”, atemperado
éste cuanto más se acerca a su remate -un díptico entrelazado, sin pausa, con
que ingresar al postrer sector de la jornada.
En éste se hace más patente que nunca esa (por
analogía) fluida sensibilidad indietrónica que discurre en muchos pasajes de PA.
Sensibilidad que permea sin determinar el derrotero de estas euritmias. Verbigracia
el remanso angélico de “Dormir”, no exento de esquirlas de áspero ruido.
Tampoco “Pornografía”, nombre espontáneamente concedido por la extracción de
los sampleos que le alimentan -si bien al principio asoma update viral del
industrial de SPK circa Information Overload Unit (1981), no demora en adherirse
a un meloso ambient de cuatro dimensiones-. Y menos la epilogal “Ctrl - Z”, poliédrico
resumen y cierre de un plástico que podría haber firmado un Uwe Zahn mainstream
de ética a prueba de bazookazos.
La preventa de la edición física de Discos Astromelia tendrá lugar el 5 de marzo. Aplausos.
Curiosa entente,
Hypernaut. Más que en otras que
podrían considerarse correligionarias suyas, clasificables como stoner/space/psychedelic
garage, hay además en este quinteto una fuerte influencia grunge. Quiero decir,
no es que Hypernaut sea epígono sucedáneo de la asonada Seattle, sino que ésta
tiene considerables peso e importancia en la constitución del sonido. Lo suyo
es, pues, un punto medio entre el escuadrón de grupos -grupazos- stoner que hoy
habitan la escena nacional y las unidades a la usanza de
Rhor, seminal banda perucha
de post grunge.
Lo que está fuera de discusión, en todo caso,
es que Hypernaut tiene la mira puesta en los 70s más heavy y en los 90s grunge/stoner.
La fuerza y la contundencia de esos estruendosos referentes quedan evidenciadas
en “Bad Hombres” y “Panic Attack”, genéricos pero no por ello menos furiosos cortes
con que abre el debut Ozymandias. Es éste, cuya denominación le ha sido
dada por un célebre poema del decimonónico literato inglés Percy Bisshe
Shelley, el fruto de largas sesiones de creación y ensayo sobre todo en el
curso del año pandémico -circunstancia que ayudó a adelantar su salida para
diciembre.
Podría deslizar que hay tramos de Ozymandias
que suenan mejor. Ello presupone otros que, por contraste, suenan peor. En
realidad, este estreno no tiene desperdicio: incluso en sus momentos digamos más
convencionales, como “Worlogog”, “Atomic Breath” o “Multiverse... Battleworld”;
Hypernaut acredita un vigor y una solidez admirables. Esas canciones rugen montadas
sobre compactos riffs de guitarras versadas en las tradiciones de Eddie Glass, Buzz
Osborne y Jerry Cantrell; riffs bajo los cuales se agita una cumplidora base
rítmica.

Si así andan las cosas en sus pasajes más
tranquilos, ya te puedes imaginar la constante tormenta eléctrica de números
como “(This Is Where I) Draw The Line”, “Cynicism Is Self-Harm” o el tema homónimo;
en los cuales los pistones de la maquinaria que impele al combo intercalan
patrones no siempre equivalentes, sin rastro de subsecuentes asincronía o
pérdida de timing. Virtudes que les han hecho a Martín Cardich (primera guitarra),
Gary Saavedra (batería), Juan Diego Stein (segunda guitarra), Miguel Ángel
Yugra (bajo) y Santiago Echecopar (voz); receptores de frases como “Se siente
como cuando escuchábamos por primera vez todos esos álbumes de los 90s de Sub Pop”,
que figura en su BandCamp oficial. Merecidos elogios para una agrupación a la
que autenticidad le sobra por todos lados.

Conocí a Carlos Palacios Hidalgo a través de
su desaparecido fanzine Entes Anómicos, allá por el 2000/2001. Llevaba
adelante, como ahora, una labor encomiable: escribir sobre bandas de las que
mayormente no se escribía ni dos líneas, sean nacionales o extranjeras, y editarlas
como mínimo por la vía artesanal. Acaso estas ediciones eran insuficientes en
cuanto a tiraje, pero no hay que olvidar la precariedad que todavía imperaba en
la escena inca a comienzos del nuevo milenio -entonces todo sumaba.
Fundado en 1996, el fanzine ya no existe. Lanzada
en 1999 con el mismo nombre, la escudería aún sigue en pie de lucha, premunida
de casi las mismas armas con que antes contaba a discreción: capacidad virtual
de edición (ésta no), alcance internacional, un catálogo tan robusto como
variopinto -de imaginario hardcore punk al momento de su concepción, ya para el
cambio de siglo EA rotaba material de todo tipo. Ergo, si la discográfica se
halla en camino de cumplir 22 abriles, su único responsable cumple en este 2021
un cuarto de siglo dedicado a esta quijotesca chamba.
Atrincherado en Frankfurt desde hace varios
años, CPH debuta como músico/no músico en agosto del 2014 con el 7’’ Noises.
Adjudicado a La Agonía De Desear Existir, aunque no es éste su único alias, será
el elegido para el presente comentario. El proyecto lleva ya 16 títulos
publicados, singles y EPs en su mayoría, bautizados por terceros desde un
principio como fricleknoise -que tiene la acepción sajona de “ruido reciclado”.
En esencia un término peyorativo, autoasumido es casi siempre sinónimo instantáneo
de buen gusto. Ésta no es la excepción.

La Agonía De Desear Existir es la ruta de
escape para música netamente percusiva (“C”), sea ésta de ascendencia abstracta/concreta,
electroacústica o digital. Como fortificado por una metodología zen, en su seno
Palacios desarrolla una especie de bricolage sonoro entre aleatorio y errático,
del que Blind Them With Kindness es su más reciente manifestación.
Breves telares compuestos por materia prima sónica de diversa laya -desde las idiófonas
kalimbas de “D” hasta los ¿sampleos? de “B”-, cuyo rango de complejidad puede
ir de la sencillez que brota de una cajita de música (“Out”, donde repite plato
el instrumento africano) a construcciones comparativamente más elaboradas (“D”),
pasando del registro desnudo (la seca percusión de “C”) al más arropado (los
flirteos electrónicos de “G” y “E”). Poco más puede decirse de experiencias tan
minimalistas como efímeras, salvo que induce ésta a relajar nuestras células
más ignotas al tiempo de crispar las hematíes nuestro flujo sanguíneo.
Próximamente, ------, el otro seudónimo del buen Carlos.
Mira, pues, Berlín por partida doble y
Frankfurt, extrapolados al circuito independiente peruano. Ojalá Kamila Lunae
haga pronto buen tercio desde Múnich.
En el mismo sentido que lo fue para
Vrianch,
el 2020 parece haber sido un gran año para
27 U H F. De marzo a julio, el
unipersonal de Marco Luján estuvo coheteadazo soltando un álbum tras otro. Verdad
que en algunos casos se trataba de reencauchadas según tal o cual ocasión. Ésas,
sin embargo, son las excepciones.
En marzo hace su entrada Rare Tracks,
compilación doble de 100 minutos y 27 paradas, inéditas casi en su totalidad. Sin
haber cumplido esta colección de rarezas dos meses de aparecida, simultáneamente
Luján re-empaca el Lust EP (2018), ahora presentado como “Extended
Edition” (pasó de ocho a diez pistas); y edita The Last Love Letter,
artefacto ultimado con piezas que ya habían sido publicadas. Tanto Lust (Extended Edition) como The Last Love Letter fueron orquestados a
petición del sello ucraniano Naughty Night Records, especializado en vaporwave
y similares, que ha reeditado una parte de la discografía de nuestro connacional.
Con quince días de diferencia, en julio se
cuelgan dos nuevas rodajas. La primera fue la novísima Holograms. ¿La
segunda? Un 50/50 con el acto dominicano S.a.x., intitulado On The Road.
Por desgracia, el split no ha sido colgado íntegro en el BandCamp de 27 U H F, lo
que veda su análisis.

Me enfoco, pues, tanto en el Rare Tracks
como en el The Last Love Letter y el Holograms. Del primero, quedó
ya dicho que se trata de una recopilación de material que permanecía inédito
casi al 100%. Es revelador que la hegemonía de estos rare tracks recaiga en las
cepas vaporwave del muzakcore y sobre todo del mallsoft. Hay de todo un poco,
claro, pero la balanza está lo bastante inclinada hacia estos subgéneros como
para ser indiciaria de posibles direcciones que en lo sucesivo pasarán a tener rol
más preponderante: “$OLO ACΣPTAMO$ 𝙑𝙄𝙎𝘼”, “$MUC-03”, “C://Camino Real (Mix 2)”, “S̴̨̪͚̫̥̿͒̎̇ͅͅA̸̘̞̝̲̟͘͘͝B̶̡͚̲͇̄́̽̽̉A̷̬͇̥̖̜͓͒̔̒D̵̬̹̙͋̾̀̉̎͗͠O̴̢̻̺̝͔̯̩̰͖͖̿̏́̓̓̈͠͠”, “29 5 30”, “VHS
POEM # 1” (el “# 2” figura en el listado del Lust EP), “Listen To Me”,
siguen nombres...
Por lo demás, no hay que esforzarse mucho
para sustentar la condición que de “inédito” tiene la inmensa mayoría de estos canales.
Su acabado es muy rudimentario, bien porque hablamos de demos, bien porque
deficiencias técnicas en su grabación las condenaron a estar arrumadas en un
rincón. En buen cristiano, el audio es demasiado pobre como para hacer por ellas
algo más que abroquelarlas en torno al rótulo de “rare tracks”.

Para The Last Love Letter, la metafísica
del pitch que se cierne surrealista sobre la estética del mall gringo se convierte
en la principal herramienta dinamizadora. Su huella no es constante, pero deja
poco margen a temas digresores como “Your Face” y “Expectativas”, future funk con
que rendirse a esa sugestión del loop que no se cansaba de alabar Daniel Lopatin
(Chuck Person). Ciertamente, TLLL es un trabajo donde reinan la
fantasmagoría de la insatisfacción frente al mundo que nos ha tocado vivir, la GLOriFIcación
de un muzak imaginado para sonorizar mil y una ucronías, el colorismo kitsch suscitado
de manipular desde nuestra modernidad aparatos y gadgets más cotizados mientras
más viejos sean. Propias del material nuevo -“EVR?”, “Meridiano”, el número titular-,
estas características se extienden tanto a los rescates (cf. “R▲DIO F▲NT△SM▲ (Instrumental
Version)” del Caribbean Dreams EP, “LUxXxURY” del Spectrum,
“░1░9░9░1░” del Fantasma
EP) como a las revisiones (“𝓲 𝓻𝒆𝓶𝒆𝓶𝓫𝒆𝓻 𝔂𝓸𝓾 (𝓇𝑒𝓋𝒾𝓈𝒾𝓉𝑒𝒹)” o “R♥M▲NTIK
(Extended Reissue)”).

El problema es que, en Holograms, la
novedad ha menguado. No se debe esto a un agotamiento de la emotividad retromaníaca
a que apelan las visiones psicodélico-minimalistas despachadas aquí por 27 U H
F. Se debe a que las sedantes melodías intervenidas para crear relajantes pa(i)sajes
de ambient ornamental tienden a ser autoreferenciales de la obra de Luján en
conjunto. El individualista parece haberse instalado en una sola línea, y nada tiene
eso de malo, como sí el repetir la técnica/el procedimiento casi mecánicamente.
Resultado: una cadena de eslabones bastante parecidos, salvo excepciones como
el tímidamente hipnagógico “感傷的な女性”. Loops
desacelerados que sirven de base para líneas borrachas de sintetizadores (“高利貸し Hipermercado”) y ritmos cansinos (“Larco Ave.”)
por igual. Composiciones narcotizantes de futuros abortados (“𝙤𝙧𝙖𝙣𝙜𝙚 𝙨𝙠𝙮”),
de un no-lugar (“雨の日”).
Todo bien confeccionado, para qué. Se deja extrañar, sin embargo, una variedad
que antes era la norma en 27 U H F.
Hákim de Merv