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jueves, 28 de mayo de 2026

Maribel Tafur: The Art Of Gastronomy

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 20 de mayo de 2026.)

Que la hija de Maryna Pastor y de Jorge Tafur anda en llamas desde hace algún tiempo, es afirmación demostrada no sólo por la generosa frecuencia con que vienen apareciendo nuevos trabajos suyos (uno en el ‘24, dos en el ‘25), sino también por la encomiable calidad de la música liberada bajo esos recientes títulos. Para que no se pierda esta saludable costumbre, a los pergaminos antes aludidos se les suma uno correspondiente al disco estrenado por la joven compositora el pasado 10 de abril -y cuyos arte y concepto han resultado ser más o menos desconcertantes.

Esto es, claro, teniendo en consideración antecedentes como Willay Plancton (‘25) o Ultranatura (‘24). En estos y otros registros, Maribel Tafur daba rienda suelta a una fascinación por el ambient de humores hídricos, plasmada en una mirada más que próxima al medio ambiente y/o la naturaleza. The Art Of Gastronomy señala desde su nombre un interés por el arte culinario que nunca hubiera sospechado ha germinado en el background vital de la limeña. He de admitir que esa inclinación me sorprende mucho: siendo la gastronomía una disciplina consagrada en el campo de las carreras profesionales, su importancia en el Perú ha sido magnificada de modo tan ampuloso que ha acabado por convertirse en hype. ¿O me vas a negar que es un poco/bastante jodido que nuestro país saque pecho asumiendo imagen de tragaldabas ante la comunidad internacional?

Sin embargo, fuera de la denominación y del arte de portada (primer plano de lo que parece ser una fogata rural), la directora de Intune no ha cambiado las herramientas que modelan su vocabulario y su retórica. Es decir, aunque el concepto puede haberse reemplazado, las maneras en que se le aborda no -salvo por un elemento de dosificada presencia, que contrasta a la primera de bastos con la devoción hacia el Agua: el crepitar del Fuego. Sus manifestaciones, empero, son contadas: apenas adornan aquellos temas de The Art... en los que el conductor universal deja sentir su ausencia (“Textural Alchemy”), y tienden espontáneamente al perfil bajo.

Este estado de la cuestión me hace reflexionar sobre si la autora ha decidido prescindir de los efectos acuosos otrora omnipresentes, atendiendo más a la pregonada experiencia gastronómica que a esa mitigadamente circunstancial recurrencia al Fuego. Dichos efectos no escasean, por supuesto, si bien se concretan en menores número y grado que antaño. En “Arrival” y en “Origin And Transformation”, respectivamente apertura y clausura del volumen, el Agua se halla tan presente como los incontables trinos de aves canoras. Por lo demás, la música de Tafur Pastor sigue cobijándose bajo interminables trazos ambientales salpicados de sonidos cooptados de la cotidianeidad, elongaciones timbrales extrapoladas de géneros afines al ambient como el bliss pop, brochazos texturales imbuidos de coloraciones invernales (“Líquidos”).

Hay algo que se me ha hecho inasible en The Art Of Gastronomy. No sé si sea correcto ponerlo en las siguientes palabras, pero corro el riesgo. El output de Maribel ha sobrepujado los discretos niveles de glucosa que contemplaba anteriormente (las pistas gemelas “Seasonal” y “The Art Of Gastronomy”). Ello ha agudizado las paradojas arquitectónicas que sostienen construcciones como “Moment I” o “Botánica”. Su melancolía ha adquirido connotaciones geórgicas, y su persistente bucolismo ahora se hace dulce de sobrellevar, de modo que en el balance parece haber arribado la artista a un limbo en fase zen. The Art... se ha convertido en un punto focal que es a la vez único y múltiple, al que puedes echar una sola mirada o todas las que quieras hasta cansarte. Probablemente sea ésa la matriz del granulado sortilegio hipnótico de sus 34 etéreos minutos.

Hákim de Merv

jueves, 18 de diciembre de 2025

Gio Foschino: Fin Del Mundo // Brown Sur: Hágase La Luz

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 10 de diciembre de 2025.)

Desde que debutase en largo en el ‘19 con Hacia Donde Va El Agua, no volví a degustar nuevo material de IIOII. Ello, porque el dúo ha entrado en receso, no sé si temporal o definitivamente -la postrer referencia, Donde Sale La Luna Ilumina La Noche, data del Año de la Pandemia. Pero también, y principalmente, porque todavía (me) quedan muchas vetas por explorar en el vastísimo horizonte del pop y la electrónica independientes chilenos. Vetas que incluyen, cómo no, las travesías solistas tanto de Gio Foschino como de Nicolás Alvarado (cf. el catálogo de la santiaguina I S L A).

De ahí mi sorpresa y alborozo al enterarme de la aparición de Fin Del Mundo, de Foschino, integrando el padrón de Eolo Producciones. Si bien de esta colaboración con la escudería de los Lluvia Ácida no se desprende forzosamente que la placa se concibiera y/o grabase en Magallanes, sí puede aventurarse que ha sido preñada por el aura de soledad/aislamiento/insularidad que distingue a la región. Esto se ve reflejado no sólo en el título que ha recibido el esférico, sino además en contenidos que priorizan la estética landscaping para perfilar el doble significado de un sintagma tan ambivalente como “fin del mundo”.

El primero de estos significados es el más literal. Aunque no presupone el final de la Tierra, sí el de la especie humana, tal cual subraya el músico en entrevista concedida a Radio Polar. Pensemos, pues, en un mundo silencioso; lleno de ecos naturales cuyas resonancias aumentan ante la desaparición de nuestra civilización (“La Ciudad”). Un planeta que sobrevive y prospera, tras el apocalipsis de nuestra extinción (“Dos Océanos”). Un orbe que se vuelve hacia el pasado con algo de pesadumbre, antes de entrar en un futuro idílico que sólo alcanzarán a atestiguar los últimos seres humanos (“Mare Blu 2”).

El otro significado lidia con la orilla ulterior de este pálido punto azul -es decir, sus confines, sus bordes, sus lindes. En eso, pocos lugares de la Tierra pueden equipararse al agreste entorno natural de Magallanes. Foschino representa esos espacios ¿mágicos? ¿ultraterrenos? visitándoles por medio de animadas caminatas a las que arropan sedantes teclados resplandecientes (“Fin Del Tiempo”), de voces entretejidas a laxos armónicos (“Renace La Laguna”), de contemplaciones astronómicas casi místicas orladas de efímeros brillos senescentes (“Aurora Austral”, fenómeno no por harto infrecuente menos hermoso que su par boreal).

No es aconsejable trazar una línea divisoria para sumar temas bajo el segundo o el primero de los significados. Todos replican la bisemia propugnada aquí por el ¿ex? IIOII: de “Abstracto Desde El Acantilado” -que anuncia el doble leitmotiv sin vibras negativas, ni miedos ni remordimientos, sólo en paz- a “Fin Del Mundo” -catorce minutos que condensan las diversas facetas y emotividades del volumen, incluyendo guiñazos al dark ambient, como preparándonos para observar el inexorable final del Hombre-. Valiosa jornada de ambient electrónico.

Por tercer año consecutivo, la dupla Brown Sur llega a instancias epilogales del calendario trayendo nuevo álbum bajo el brazo. Permite éste sacar ya en limpio algunas conclusiones respecto de la evolución en la propuesta sonora del tándem, así como de su ritmo de trabajo y del formato que mejor le va a esa remarcable asiduidad. En cuanto a este último, es atinado hablar de un mini-álbum antes que de un largo propiamente dicho, toda vez que cada intervalo anual de proceso compositivo reporta a la mancuerna una media de 7 canciones en veintitantos minutos.

También es verdad que el indie del nuevo siglo repite su papel relevante en relación a Nada Es Imposible (‘24). Como aquella vez, no es un indie omnipresente el del recientísimo Hágase La Luz, sino uno “omniabarcante” (enfatizar comillas). Su estela se deja oír efusiva nada más dar inicio el vigoroso pop/rock de “Fugitivo”, escuchándosele constantemente latir a lo largo del repertorio, hasta la culminación de la pesada “No Es Lo Tuyo”. Así y todo, dicho protagonismo se halla lejos de ser asfixiante, como lo demuestra el cariz variopinto y desglosable que emerge en cada número.

El bíblico surco epónimo, verbigracia, es el reverso pausado de “Fugitivo”; sin privarse de la electroacústica que enmarca la obertura del CD y que les hermana. El piano con que arranca “La Sombra Del Sol” anuncia música cercana a la de un vodevil, con que contar una pintoresca historia popular que quién sabe si será verdad. Por su lado, el paso denso de “Guerrero” y su filosa eléctrica ponderan cierta sutil ascendencia andina, coartada estilística ya presente en el debut Histeria Del Mundo (‘23). Y los bríos de “Ulises” remiten a la idea de “vieja escuela genérica” que se suele asociar al vilipendiado marbete “rock clásico”.

Ejemplos sobran, entonces, para ilustrar la proteicidad del indie puesto en práctica por Claudio Lavin y Francisco Lillo Ortega. Cualidad que el género de marras ha hecho suya desde que abandonase el underground durante los primeros 90s, y que le ha permitido adaptarse a los cambios que han traído los nuevos tiempos en el curso de tres décadas. Por lo demás, las letras sugieren un paseo por diversidad de emociones, paseo que termina emulando una circunvalación -rubricada ahora por Lillo Ortega, quien eleva sus vocales varios tonos arriba de lo normal si la ocasión así lo precisa.

Hákim de Merv

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Codex Of Pleasure And Pain - A Sonic Tribute To Clive Barker's Hellraiser // Analog 2025 // Grecia Albán: Nubes Selva

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 26 de noviembre de 2025.)

En la senda de títulos como Music For Alien Temples o Bio-Mechanik - Aural Tribute To The Art Of H.R. Giger, la postapocalíptica Eighth Tower Records publicó al promediar octubre un homenaje a la que tal vez sea la saga más fascinante concebida por el cine de terror en los 80s. Codex Of Pleasure And Pain - A Sonic Tribute To Clive Barker’s Hellraiser rinde pleitesía a esa demoníaca realidad sadomasoquista en la que imperan los Cenobitas, inspiración para films que comparten ese mismo universo como Event Horizon (‘97) y The Void (‘16).

Luego de iniciar más bien taciturno con Sílení y “Beyond The Veil Of Torment”, el plástico comienza en serio de la mano de “Echoes Of Ecstatic Pain”, a cargo de Vääristymä y Sonologyst. Los asfixiantes espacios retratados como en negativo/las varias desprolijidades intencionales/los pesados reflejos drónicos que caracterizan al dark ambient comienzan a menudear desde este episodio. Otras muestras evidentes son “Revelatory Signs From The Underworld” de Philippe Blache y “Demons To Some, Angels To Others” de Grey Frequency, repletas ambas de sombras omnívoras y repiques reluctantes al punto de desesperar -salvo por un segmento de musicalidad “convencional” hacia el minuto 3 en “Revelatory...”.

“A Score To Settle (For Stephen Thrower)” de 400 Lonely Things abre la porción más sustanciosa del esférico, misma que cierra la invencible protervia psicótica de “Sweet Flesh”, por cuenta de Nerthus. En todo este dilatado tramo, la voluntad admirativa de la placa adquiere especial relevancia: voces de horra deformidad que alientan el pánico, capas de organicidad industrial, pianos siniestros que irrumpen con el pulso insistente de una solitaria tecla, analógica expresividad oscura, macabros theremines fantasmales, malevolente minimalismo digital... Hasta un puntual flujo de percusión no programada e in crescendo -rasgo asaz inusual en los dominios del dark ambient- palpita espaciadamente en “A Score...”, abriendo portales hacia géneros convergentes (sin atreverse a cruzarlos).

A Codex Of Pleasure And Pain - A Sonic Tribute To Clive Barker’s Hellraiser le baja el telón Vääristymä y “Lord Of Labyrinths”, epílogo que no pasa de ser anecdótico. Para entonces, ya entraste y volviste a salir de ese averno de dolor y placer cuyo dios supremo es Leviathan, a quien observamos en la segunda película de una saga que se ha extendido por lo que sé 35 almanaques (y que haría las delicias del Divino Marqués). El trip ha sido completo. Sólo queda aferrarte a la débil esperanza de poder borrar de la memoria ese mundo adictivamente laberíntico -habitado por seres extradimensionales, por condenados/as eternos/as que pueden eventualmente escapar, por criaturas endemoniadas más allá de la imaginación.

La edición física de tres cuerpos, que viene acompañada por un libro coral de relatos inspirados en la mitología de Hellraiser, ilustra en la portada la famosa Caja de Lemarchand; también llamada la Configuración del Lamento y más coloquialmente la Caja Negra. Resolver el enigma que encierra garantiza acceder a la dimensión paralela de los Cenobitas. Que sirva de advertencia por si llegas a toparte con ella.

En septiembre del ‘16, cuando contaba poco más de año y medio de actividades, Unexplained Sounds lanzó otra compilación que adicionar a las muchas ya eyectadas tempranamente. Bautizado como Analog 2020, si el muestrario contó con producción física, ésta ha debido ser doble. Si sólo estuvo disponible para descarga, debió ser en sí mismo una jornada agotadora, dada su copiosa selección de 20 canales y la magnitud -cuantitativa, cualitativa- de varios de éstos.

Hace muy pocos días la independiente azzurri relanzó este panorámico, rediseñándole para efectos de su fabricación en modo trigipack, y actualizando su nombre. Así, Analog 2020 ha pasado a ser Analog 2025, descartando diez de los cortes originalmente escogidos y agregando tres fechados con posterioridad a la primera toma. Movida bastante extraña, si se considera que las reediciones usualmente suman material inédito antes que restar del existente. Felizmente, la consabida remasterización sí ha tenido lugar.

Empiezo por los tres surcos aditados. Éstos son “Convergence Of Clouds” de Anasisana, “Allostasis” de Oubys y “XD” de Mario Lino Stancati. ¿Qué comparten? Poco o nada, más allá de las habituales coordenadas estilísticas de drone music, arte sonoro, landscaping y concrete ambient que suele repasar Unexplained Sounds. Eso sí, valiéndose de un estricto enfoque analógico improvisacional (concepto subyacente a la rodaja). Stancati, verbigracia, ensaya acercamientos ululantes y agudos a un dark ambient tenso y torvo. Oubys, de quien(es) el sello ha editado recientemente Holosphere, se sumerge trepidante en granuladas atmósferas de mórbida lobreguez como disparado(s) por el Gran Colisionador de Hadrones. Y Anasisana, que apertura Analog 2025, es el proyecto que más luz emite de todos los presentes (me animaría a decir que es el más radiante de todo el catálogo US).

Por separado, sin embargo, matiza cada uno el resto del volumen. Éste acopla segmentos de ruidismo aleatorio a la ejecución del theremin (“Contemplation” de Lars Bröndum), dispone pausadamente misteriosas cacofonías randomizadas yuxtaponiéndolas a latidos seteados con moderada distorsión (“Valvoo” de Vääristymä), imbrica frecuencias mientras experimenta con la forma misma del dark ambient (“Telescope” de Sonologyst), cuela vocalizaciones alienígenas en medio de ambiguos climas tímbricos (“Nekrospur” de Pharmakustik), o simplemente prefiere el misticismo antes que la calígine (“Annihilation” de Thierry Gauthier). ¿El denominador común? Un arsenal de herramientas analógicas, como sintetizadores o sistemas de modulación armónica.

Me quedo con “Rothko”, de Faustus, como el tema más aventajado de A2025. Desasosegado pero tranquilo, lúdico pero solemne, híbrido pero inmaculado, psicológicamente inquietante. Poco más se puede argumentar sin redundar en muchos de los aciertos ya detallados y atribuidos a sus compañeros de viaje.

Me ha sido sumamente difícil escribir sobre Nubes Selva de la ecuatoriana Grecia Albán. No era consciente de cuánto extrañaba y/o necesitaba un álbum así, sino hasta haberle escuchado y degustado. Siglos ha desde que la fusión noventera de Los Fabulosos Cadillacs, Del Pueblo Del Barrio o Maldita Vecindad Y Los Hijos Del Quinto Patio vio pasar sus días de esplendor; y otro tanto puede decirse de esa electrónica mestiza que le sucediese de la mano de alineaciones como Mákina Kandela, Bomba Estéreo o los primeros Novalima, en el nuevo milenio. Cierto, la cantante y activista norteña no tiene puesta la mira en mixturas equivalentes. No obstante, su crisol también se alimenta de las músicas originarias que manan de las venas (todavía) abiertas de América Latina.

Albán es natural de Latacunga (Cotopaxi), ciudad que se extiende al pie de los Andes e igualmente cercada por la jungla amazónica. Alcanza a día de hoy 39 abriles y acredita un previo LP, Mamahuaco (‘18), al que me falta pelarle oreja. No se trata, por ende, de una principiante. Las peculiaridades geográficas de su localidad, además, le han permitido estar en contacto con diversas manifestaciones folclóricas desde sus primeros años. Esta absorción se halla representada en la multiplicidad de sonidos de la que se sirve Nubes Selva, estableciendo paralelismos relativos con sus antecesores de los 90s y los 00s.

¿Qué impide reemplazar, entonces, el calificativo de “relativo” por el de “absoluto”? Comienza “Virgen Y Volcán”, y asoma claro el deseo no de reinterpretar clásicos del repertorio tradicional latinoamericano asociándolos a géneros del pop contemporáneo, sino de reposicionar resonancias vernaculares utilizando instrumentación moderna, en composiciones enteramente nuevas. Firmadas por Miguel Sevilla y Grecia, estas composiciones dejan en evidencia sus raíces andinas y selváticas bullendo entre Rhodes y sintetizadores, clarinetes y congas, órganos Wurlitzer y el ruido de la lluvia cayendo sobre la foresta. Conforme avanza la reproducción, surgirán otras improntas de músicas de similar procedencia.

Cantante y músicos de apoyo -una lista preliminar enumera quince, nada menos- acometen la faena logrando transmitirte esa sensación de regocijo popular que entendemos propia de comunidades rurales fuertes y muy cohesionadas. Por supuesto, hay lugar para la mirada serena -estoica, quizá me permitiría decir el Tayta Arguedas-, porque la experiencia humana en todos lados sabe de horas felices y de días grises. Curiosamente, las canciones que más se aproximan a esa contemplación crepuscular tienen nombres de mujer: “Anita” y “Manuela”.

Con todo, en la inmensa mayoría de asaltos de Nubes Selva ¿se siente? ¿se respira? ese “violento y magnífico impulso de la tierra” que según Ciro Alegría marca a fuego caseríos y poblados que intentan vivir en armonía con la Naturaleza. Naturaleza que comprendemos intuitiva y esencialmente de la misma manera de México a la Patagonia, incluso nosotros/as, obturados/as urbanitas. Antes de convertirse en el Che, Ernesto Guevara ya adivinaba que el de “nuestra mayúscula América” es un solo pueblo mestizo, dividido por nacionalidades inciertas y límites arbitrarios. Encontrarme en este redondo disco con sabrosas chacareras, imponentes candombes, pesarosos sanjuanitos, alegrones huaynos e inclusos calentones acercamientos a la música afroperuana -“Todo Pasa”, recordar que Ecuador y Bolivia integraron el antiguo Perú-; abona tanto como las letras en quechua a favor de esa tesis. Hermoso obsequio de Albán.

Hákim de Merv

jueves, 18 de septiembre de 2025

Maribel Tafur: Eguzkia-Inti EP / Willay Plancton

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 10 de septiembre de 2025.)

Maribel Tafur ha lanzado dos títulos remarcables en este 2025 que ya empieza a decir adiós, tal vez su año de mayor valía hasta ahora. Uno de ellos va en formato corto, mientras que el otro lo hace en largo. Eguzkia-Inti EP y Willay Plancton son eyectados respectivamente el 25 de marzo y el 8 de junio: el primero se co-acredita a la asociación bilbaína Slow Food Bilbao-Bizkaia, y el segundo también lleva la firma de Sound Earth Legacy, organización sin fines de lucro. No podría afirmar cuál es el papel que estas entidades han jugado, aunque me queda la sensación de haber desempeñado ambas el rol de facilitación antes que el de coautoría.

Eguzkia-Inti -“sol” tanto en euskera como en quechua- es un extended cuyos dos únicos capítulos sobrepujan juntos los 17 minutos. A su modo, cada uno invoca landscapes lo más alejados que se pueda de las cada vez menos apacibles áreas urbanas. Como su nombre parcialmente indica, “Historias De Fuego Y Agua” se posiciona bajo el signo del conductor universal por antonomasia. Ambient bucólico, de una melancolía sublimada, adornado por olas rompiendo en las riberas de playas silentes/por zambullidas de habitantes de las honduras marinas. Un preciosismo digno de Blood (‘91) de This Mortal Coil, o de Sleeps With The Fishes (‘87) de la dupla Nooten-Brook, sólo que en clave moderada/atenuada/minimal. “Historias...” acaba completamente desnudo, al desaparecer las líneas melódicas del teclado, sin resentirse sus efectos psicagógicos.

En la otra esquina, tal cual señala su bautizo, “La Memoria Del Campo” incita a perderse en vírgenes regiones verdes. Preñado del canto de las aves, de un adorable cencerro que niégase a desaparecer, el track germina en bosques no lo suficientemente tupidos para mostrarse amenazadores -en aglomeraciones naturales de colinas, en las faldas de un valle, al pie de agrestes acantilados. Forestas que sosiegan las tempestades del alma, cuya casual exploración reporta un agradable cansancio. A medida que “La Memoria...” se aproxima a su desenlace, cualquier atisbo de música se extingue, dejándonos librados/as a toda clase de ecos de filiación rural.

Además de mantener altas las cotas con respecto a Ultranatura (‘24), este EP se convierte en la invitación perfecta para degustar el siguiente álbum, que aparecería sólo dos meses y monedas después, y en el que puede apreciarse una prolongación de las ideas plant(e)adas por su par predecesor.

La denominación otorgada a Willay Plancton es un ejercicio de exégesis lingüística mucho más laborioso que el del extended previo. “Plancton” es el conjunto de organismos que vegetan inermes en el agua común y corriente de ríos, lagunas y mares. El vocablo quechua “willay” es traducible bien como “señal”, bien como “mensaje”. Bajo estas etimologías, y habida cuenta de la importancia decisiva del plancton en ecosistemas y cadenas alimenticias, interpretaciones como “mensajes de la naturaleza” o “señales de la naturaleza” pueden tenerse por aceptables. Máxime al prestar atención al contenido del disco.

Ya desde el hermoso 2106 EP (‘21), Tafur dejaba entrever una fascinación por el Agua. En aquel artefacto, de carácter bastante autobiográfico, podían escucharse el rugido de las olas, el céfiro oceánico, la lluvia descendiendo del firmamento... Todo ello, ubicado dentro del radio urbano, sin embargo. En tal sentido, la limeña dio un paso de gigante con Ultranatura, donde casaba ambient de sonoridades pedales y cristalinos espejos naturales. Otro paso igual de enorme lo da Willay Plancton -basta con que comience a reproducirse “The Ocean Memory” para darse cuenta de aquella peculiaridad.

Si la música ambiental de Maribel Tafur es de por sí serena y tranquilizante, en ciertos pasajes de esta rodaja llega a ser igual de sedante que algunas de las composiciones de un Brian Eno en la cúspide de sus posibilidades (“Mosaic Of Liquid”). Descontando el uso del ruido producido por maretazos menos exuberantes, que mueren sin chistar en las orillas (“Unheard”), el Agua que nos permite escuchar su voz tiende al movimiento plácido. No a uno remilgoso, sino a uno manante, calmo, reposado. Es agua que prefiere fluir descansadamente, guiándose por una curiosa/singular austeridad (“Raíces Del Mar”). Su vaivén es hipnótico, pacífico, relajante (“Hyperliquid”). Si tiene que agitarse un poco más, a lo sumo condesciende a burbujear como disparada desde las simas insondable de los océanos (“Marina”).

La sobriedad es cualidad cotizada en los predios del ambient. El de Maribel es un sonido que le tiene por principio elemental e indispensable. Sus fondos sonoros, cuyas imbricadas líneas y borrosas texturas recuerdan al bliss pop más vibrante (“Willay Plancton”, “Protect, Preserve”), van aparejados a los efectos acuáticos antes descritos de tal manera que sólo pueden desembocar en performances lindantes con la beatitud (“Herencia Del Agua”). No importa si se trata de la cantarina voz del H₂O, o si éste se manifiesta en las incontables gotas de una precipitación pluvial, el resultado siempre es el mismo.

Con ambos trabajos, la responsable de Intune no sólo echa por tierra algunas hipótesis desatinadas que la tildaban de novedad pasajera. Sus réditos hablan de un talento al que no puede eclipsar ninguna mácula -porque sencillamente no las tiene. Mejor aún, tanto Eguzkia-Inti EP como Willay Plancton confirman que, por ahora y durante un buen tiempo; para Maribel Tafur el cielo es el límite. Y si éste se viene abajo con aguacerales mayúsculos, enhorabuena.

Hákim de Merv

jueves, 18 de julio de 2024

Maribel Tafur: Ultranatura

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 3 de julio de 2024.)

Sin mucho aspaviento ni revuelo, Maribel Tafur ha colgado el 18 de abril lo que debe considerarse su primer largo solista en sentido estricto, una treintena de meses después del magnífico 2106 EP -hasta hace poco, última referencia publicada por la hija de los recordados Maryna Pastor y Jorge Tafur.

Con una ejemplar carrera a cuestas, que incluye experiencias como las de Valium, el emprendimiento propio Intune, Budapest y la reconversión ambient de algunas canciones del recordado programa infantil Nubeluz; la joven multi-instrumentista se adentra en las comarcas del sound art y del landscaping electrónicos durante los más de 48 minutos que se prolonga el recién estrenado Ultranatura. No por vez primera: si bien el extended enrutaba parcialmente las composiciones de Tafur hacia esos exactos vericuetos, el nuevo título se derrama por completo en esas direcciones.

Diez tracks de tenor ambiental, muy ocasionalmente lo fi, materializados en lo que parecen ser paisajes naturales costeros o al menos próximos a manantiales y espejos acuíferos, fecundos en sonoridades pedales y decorados con motivos como extraídos de grabaciones de campo -he ahí las diferencias respecto de 2106 EP. Diez surcos de hídricas texturas minimales, partícipes de una contemplativa naturaleza fluida/circular, abordadas sin descanso por el pálpito sedante y armonioso de un ambient ¿líquido? ¿irreal? ¿límpido? ¿utópico?, que invitan al dulce sosiego y a la meditación más primordial -he ahí las similitudes.

Aludía unas pocas líneas atrás al recurso de ornamentaciones fundamentadas en lo que bien cabría catalogarse como grabaciones de campo. Trinos y gorjeos de aves canoras varias se dejan escuchar en cortes como “Alacant” y “La Albufera Y La Isla De Taquile”. El golpeteo de la lluvia precipitándose sobre lo que acaso es un bosque tropical (“Mineral Manifest”) o los tumbos de plácidos caudales que corren sin prisa hacia insospechados destinos (“Outscape”), son también de la partida. Aunque complementarios, ni siquiera éstos son tan protagónicos como la incesante voz del “conductor universal”, que copa explícita o sutilmente una grandísima parte de la extensión del álbum.

Pulso firme y decidido el que pone en juego Maribel para este Ultranatura, que a algunos/as les puede sonar un tanto excesivo. Quizás sí: dos pistas menos hubieran reportado un mayor coeficiente de cohesión, dada la dispersa y elongada personalidad del volumen cualitativamente hablando, a diferencia de la concisión y de la emotividad despachadas a través de 2106 EP. Detalle menor: con temas de menos o con todos ellos, la estupenda manufactura de este acetato enfatiza a toda hora el flexible/terso carácter emocional de obra y autora.

Hákim de Merv