(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 20 de mayo de 2026.)
Que la hija de Maryna Pastor y de Jorge Tafur
anda en llamas desde hace algún tiempo, es afirmación demostrada no sólo por la
generosa frecuencia con que vienen apareciendo nuevos trabajos suyos (uno en el
‘24, dos en el ‘25), sino también por la encomiable calidad de la música
liberada bajo esos recientes títulos. Para que no se pierda esta saludable
costumbre, a los pergaminos antes aludidos se les suma uno correspondiente al disco
estrenado por la joven compositora el pasado 10 de abril -y cuyos arte y concepto
han resultado ser más o menos desconcertantes.
Esto es, claro, teniendo en consideración
antecedentes como Willay Plancton (‘25) o Ultranatura (‘24). En
estos y otros registros, Maribel Tafur daba rienda suelta a una fascinación por
el ambient de humores hídricos, plasmada en una mirada más que próxima al medio
ambiente y/o la naturaleza. The Art Of Gastronomy señala desde su nombre
un interés por el arte culinario que nunca hubiera sospechado ha germinado en
el background vital de la limeña. He de admitir que esa inclinación me
sorprende mucho: siendo la gastronomía una disciplina consagrada en el campo de
las carreras profesionales, su importancia en el Perú ha sido magnificada de modo
tan ampuloso que ha acabado por convertirse en hype. ¿O me vas a negar que es
un poco/bastante jodido que nuestro país saque pecho asumiendo imagen de
tragaldabas ante la comunidad internacional?
Sin embargo, fuera de la denominación y del
arte de portada (primer plano de lo que parece ser una fogata rural), la directora de Intune no ha cambiado las herramientas que modelan su vocabulario y su
retórica. Es decir, aunque el concepto puede haberse reemplazado, las maneras
en que se le aborda no -salvo por un elemento de dosificada presencia, que
contrasta a la primera de bastos con la devoción hacia el Agua: el crepitar del
Fuego. Sus manifestaciones, empero, son contadas: apenas adornan aquellos temas
de The Art... en los que el conductor universal deja sentir su ausencia
(“Textural Alchemy”), y tienden espontáneamente al perfil bajo.
Este estado de la cuestión me hace reflexionar
sobre si la autora ha decidido prescindir de los efectos acuosos otrora
omnipresentes, atendiendo más a la pregonada experiencia gastronómica que a esa
mitigadamente circunstancial recurrencia al Fuego. Dichos efectos no escasean,
por supuesto, si bien se concretan en menores número y grado que antaño. En
“Arrival” y en “Origin And Transformation”, respectivamente apertura y clausura
del volumen, el Agua se halla tan presente como los incontables trinos de aves
canoras. Por lo demás, la música de Tafur Pastor sigue cobijándose bajo
interminables trazos ambientales salpicados de sonidos cooptados de la
cotidianeidad, elongaciones timbrales extrapoladas de géneros afines al ambient
como el bliss pop, brochazos texturales imbuidos de coloraciones invernales
(“Líquidos”).
Hay algo que se me ha hecho inasible en The Art Of Gastronomy. No sé si sea correcto ponerlo en las siguientes
palabras, pero corro el riesgo. El output de Maribel ha sobrepujado los
discretos niveles de glucosa que contemplaba anteriormente (las pistas gemelas
“Seasonal” y “The Art Of Gastronomy”). Ello ha agudizado las paradojas
arquitectónicas que sostienen construcciones como “Moment I” o “Botánica”. Su
melancolía ha adquirido connotaciones geórgicas, y su persistente bucolismo
ahora se hace dulce de sobrellevar, de modo que en el balance parece haber
arribado la artista a un limbo en fase zen. The Art... se ha convertido
en un punto focal que es a la vez único y múltiple, al que puedes echar una
sola mirada o todas las que quieras hasta cansarte. Probablemente sea ésa la
matriz del granulado sortilegio hipnótico de sus 34 etéreos minutos.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 10 de diciembre de 2025.)
Desde que debutase en largo en el ‘19 con Hacia Donde Va El Agua, no volví a degustar nuevo material de IIOII. Ello, porque
el dúo ha entrado en receso, no sé si temporal o definitivamente -la postrer
referencia, Donde Sale La Luna Ilumina La Noche, data del Año de la
Pandemia. Pero también, y principalmente, porque todavía (me) quedan muchas
vetas por explorar en el vastísimo horizonte del pop y la electrónica
independientes chilenos. Vetas que incluyen, cómo no, las travesías solistas
tanto de Gio Foschino como de Nicolás Alvarado (cf. el catálogo de la
santiaguina I S L A).
De ahí mi sorpresa y alborozo al enterarme de
la aparición de Fin Del Mundo, de Foschino, integrando el padrón de Eolo Producciones. Si bien de esta colaboración con la escudería de los Lluvia Ácida
no se desprende forzosamente que la placa se concibiera y/o grabase en
Magallanes, sí puede aventurarse que ha sido preñada por el aura de soledad/aislamiento/insularidad
que distingue a la región. Esto se ve reflejado no sólo en el título que ha
recibido el esférico, sino además en contenidos que priorizan la estética
landscaping para perfilar el doble significado de un sintagma tan ambivalente
como “fin del mundo”.
El primero de estos significados es el más
literal. Aunque no presupone el final de la Tierra, sí el de la especie humana,
tal cual subraya el músico en entrevista concedida a Radio Polar. Pensemos, pues,
en un mundo silencioso; lleno de ecos naturales cuyas resonancias aumentan ante
la desaparición de nuestra civilización (“La Ciudad”). Un planeta que sobrevive
y prospera, tras el apocalipsis de nuestra extinción (“Dos Océanos”). Un orbe
que se vuelve hacia el pasado con algo de pesadumbre, antes de entrar en un
futuro idílico que sólo alcanzarán a atestiguar los últimos seres humanos
(“Mare Blu 2”).
El otro significado lidia con la orilla
ulterior de este pálido punto azul -es decir, sus confines, sus bordes, sus
lindes. En eso, pocos lugares de la Tierra pueden equipararse al agreste
entorno natural de Magallanes. Foschino representa esos espacios ¿mágicos?
¿ultraterrenos? visitándoles por medio de animadas caminatas a las que arropan
sedantes teclados resplandecientes (“Fin Del Tiempo”), de voces entretejidas a
laxos armónicos (“Renace La Laguna”), de contemplaciones astronómicas casi
místicas orladas de efímeros brillos senescentes (“Aurora Austral”, fenómeno no
por harto infrecuente menos hermoso que su par boreal).
No es aconsejable trazar una línea divisoria
para sumar temas bajo el segundo o el primero de los significados. Todos
replican la bisemia propugnada aquí por el ¿ex? IIOII: de “Abstracto Desde El
Acantilado” -que anuncia el doble leitmotiv sin vibras negativas, ni miedos ni
remordimientos, sólo en paz- a “Fin Del Mundo” -catorce minutos que condensan
las diversas facetas y emotividades del volumen, incluyendo guiñazos al dark
ambient, como preparándonos para observar el inexorable final del Hombre-.
Valiosa jornada de ambient electrónico.
Por tercer año consecutivo, la dupla Brown Sur llega a instancias epilogales del calendario trayendo nuevo álbum bajo el
brazo. Permite éste sacar ya en limpio algunas conclusiones respecto de la
evolución en la propuesta sonora del tándem, así como de su ritmo de trabajo y
del formato que mejor le va a esa remarcable asiduidad. En cuanto a este
último, es atinado hablar de un mini-álbum antes que de un largo propiamente
dicho, toda vez que cada intervalo anual de proceso compositivo reporta a la
mancuerna una media de 7 canciones en veintitantos minutos.
También es verdad que el indie del nuevo
siglo repite su papel relevante en relación a Nada Es Imposible (‘24).
Como aquella vez, no es un indie omnipresente el del recientísimo Hágase La Luz, sino uno “omniabarcante” (enfatizar comillas). Su estela se deja oír
efusiva nada más dar inicio el vigoroso pop/rock de “Fugitivo”, escuchándosele
constantemente latir a lo largo del repertorio, hasta la culminación de la
pesada “No Es Lo Tuyo”. Así y todo, dicho protagonismo se halla lejos de ser
asfixiante, como lo demuestra el cariz variopinto y desglosable que emerge en
cada número.
El bíblico surco epónimo, verbigracia, es el reverso
pausado de “Fugitivo”; sin privarse de la electroacústica que enmarca la obertura
del CD y que les hermana. El piano con que arranca “La Sombra Del Sol” anuncia
música cercana a la de un vodevil, con que contar una pintoresca historia
popular que quién sabe si será verdad. Por su lado, el paso denso de “Guerrero”
y su filosa eléctrica ponderan cierta sutil ascendencia andina, coartada
estilística ya presente en el debut Histeria Del Mundo (‘23). Y los bríos
de “Ulises” remiten a la idea de “vieja escuela genérica” que se suele asociar
al vilipendiado marbete “rock clásico”.
Ejemplos sobran, entonces, para ilustrar la
proteicidad del indie puesto en práctica por Claudio Lavin y Francisco Lillo
Ortega. Cualidad que el género de marras ha hecho suya desde que abandonase el
underground durante los primeros 90s, y que le ha permitido adaptarse a los
cambios que han traído los nuevos tiempos en el curso de tres décadas. Por lo
demás, las letras sugieren un paseo por diversidad de emociones, paseo que
termina emulando una circunvalación -rubricada ahora por Lillo Ortega, quien
eleva sus vocales varios tonos arriba de lo normal si la ocasión así lo
precisa.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 26 de noviembre de 2025.)
En la senda de títulos como Music For Alien Temples o Bio-Mechanik - Aural Tribute To The Art Of H.R. Giger,
la postapocalíptica Eighth Tower Records publicó al promediar octubre un
homenaje a la que tal vez sea la saga más fascinante concebida por el cine de
terror en los 80s. Codex Of Pleasure And Pain - A Sonic Tribute To Clive
Barker’s Hellraiser rinde pleitesía a esa demoníaca realidad sadomasoquista
en la que imperan los Cenobitas, inspiración para films que comparten ese mismo
universo como Event Horizon (‘97) y The Void (‘16).
Luego de iniciar más bien taciturno con
Sílení y “Beyond The Veil Of Torment”, el plástico comienza en serio de la mano
de “Echoes Of Ecstatic Pain”, a cargo de Vääristymä y Sonologyst. Los asfixiantes
espacios retratados como en negativo/las varias desprolijidades intencionales/los
pesados reflejos drónicos que caracterizan al dark ambient comienzan a menudear
desde este episodio. Otras muestras evidentes son “Revelatory Signs From The
Underworld” de Philippe Blache y “Demons To Some, Angels To Others” de Grey
Frequency, repletas ambas de sombras omnívoras y repiques reluctantes al punto
de desesperar -salvo por un segmento de musicalidad “convencional” hacia el
minuto 3 en “Revelatory...”.
“A Score To Settle (For Stephen Thrower)” de
400 Lonely Things abre la porción más sustanciosa del esférico, misma que
cierra la invencible protervia psicótica de “Sweet Flesh”, por cuenta de
Nerthus. En todo este dilatado tramo, la voluntad admirativa de la placa
adquiere especial relevancia: voces de horra deformidad que alientan el pánico,
capas de organicidad industrial, pianos siniestros que irrumpen con el pulso
insistente de una solitaria tecla, analógica expresividad oscura, macabros theremines
fantasmales, malevolente minimalismo digital... Hasta un puntual flujo de
percusión no programada e in crescendo -rasgo asaz inusual en los dominios del
dark ambient- palpita espaciadamente en “A Score...”, abriendo portales
hacia géneros convergentes (sin atreverse a cruzarlos).
A Codex Of Pleasure And Pain - A Sonic Tribute To Clive Barker’s Hellraiser le baja el telón Vääristymä y “Lord Of
Labyrinths”, epílogo que no pasa de ser anecdótico. Para entonces, ya entraste
y volviste a salir de ese averno de dolor y placer cuyo dios supremo es
Leviathan, a quien observamos en la segunda película de una saga que se ha
extendido por lo que sé 35 almanaques (y que haría las delicias del Divino
Marqués). El trip ha sido completo. Sólo queda aferrarte a la débil esperanza
de poder borrar de la memoria ese mundo adictivamente laberíntico -habitado por
seres extradimensionales, por condenados/as eternos/as que pueden eventualmente
escapar, por criaturas endemoniadas más allá de la imaginación.
La edición física de tres cuerpos, que viene
acompañada por un libro coral de relatos inspirados en la mitología de Hellraiser,
ilustra en la portada la famosa Caja de Lemarchand; también llamada la Configuración
del Lamento y más coloquialmente la Caja Negra. Resolver el enigma que encierra
garantiza acceder a la dimensión paralela de los Cenobitas. Que sirva de
advertencia por si llegas a toparte con ella.
En septiembre del ‘16, cuando contaba poco
más de año y medio de actividades, Unexplained Sounds lanzó otra compilación que
adicionar a las muchas ya eyectadas tempranamente. Bautizado como Analog 2020, si el muestrario contó con producción física, ésta ha debido ser
doble. Si sólo estuvo disponible para descarga, debió ser en sí mismo una jornada
agotadora, dada su copiosa selección de 20 canales y la magnitud -cuantitativa,
cualitativa- de varios de éstos.
Hace muy pocos días la independiente azzurri
relanzó este panorámico, rediseñándole para efectos de su fabricación en modo
trigipack, y actualizando su nombre. Así, Analog 2020 ha pasado a ser Analog
2025, descartando diez de los cortes originalmente escogidos y agregando
tres fechados con posterioridad a la primera toma. Movida bastante extraña, si
se considera que las reediciones usualmente suman material inédito antes que
restar del existente. Felizmente, la consabida remasterización sí ha tenido
lugar.
Empiezo por los tres surcos aditados. Éstos
son “Convergence Of Clouds” de Anasisana, “Allostasis” de Oubys y “XD” de Mario
Lino Stancati. ¿Qué comparten? Poco o nada, más allá de las habituales
coordenadas estilísticas de drone music, arte sonoro, landscaping y concrete
ambient que suele repasar Unexplained Sounds. Eso sí, valiéndose de un estricto
enfoque analógico improvisacional (concepto subyacente a la rodaja). Stancati,
verbigracia, ensaya acercamientos ululantes y agudos a un dark ambient tenso y
torvo. Oubys, de quien(es) el sello ha editado recientemente Holosphere,
se sumerge trepidante en granuladas atmósferas de mórbida lobreguez como
disparado(s) por el Gran Colisionador de Hadrones. Y Anasisana, que apertura Analog 2025, es el proyecto que más luz emite de todos los presentes (me animaría a
decir que es el más radiante de todo el catálogo US).
Por separado, sin embargo, matiza cada uno el
resto del volumen. Éste acopla segmentos de ruidismo aleatorio a la ejecución
del theremin (“Contemplation” de Lars Bröndum), dispone pausadamente
misteriosas cacofonías randomizadas yuxtaponiéndolas a latidos seteados con
moderada distorsión (“Valvoo” de Vääristymä), imbrica frecuencias mientras
experimenta con la forma misma del dark ambient (“Telescope” de Sonologyst), cuela
vocalizaciones alienígenas en medio de ambiguos climas tímbricos (“Nekrospur”
de Pharmakustik), o simplemente prefiere el misticismo antes que la calígine
(“Annihilation” de Thierry Gauthier). ¿El denominador común? Un arsenal de
herramientas analógicas, como sintetizadores o sistemas de modulación armónica.
Me quedo con “Rothko”, de Faustus, como el
tema más aventajado de A2025. Desasosegado pero tranquilo, lúdico pero
solemne, híbrido pero inmaculado, psicológicamente inquietante. Poco más se
puede argumentar sin redundar en muchos de los aciertos ya detallados y atribuidos
a sus compañeros de viaje.
Me ha sido sumamente difícil escribir sobre Nubes
Selva de la ecuatoriana Grecia Albán. No era consciente de cuánto extrañaba
y/o necesitaba un álbum así, sino hasta haberle escuchado y degustado. Siglos
ha desde que la fusión noventera de Los Fabulosos Cadillacs, Del Pueblo Del
Barrio o Maldita Vecindad Y Los Hijos Del Quinto Patio vio pasar sus días de
esplendor; y otro tanto puede decirse de esa electrónica mestiza que le sucediese
de la mano de alineaciones como Mákina Kandela, Bomba Estéreo o los primeros
Novalima, en el nuevo milenio. Cierto, la cantante y activista norteña no tiene
puesta la mira en mixturas equivalentes. No obstante, su crisol también se
alimenta de las músicas originarias que manan de las venas (todavía) abiertas
de América Latina.
Albán es natural de Latacunga (Cotopaxi),
ciudad que se extiende al pie de los Andes e igualmente cercada por la jungla
amazónica. Alcanza a día de hoy 39 abriles y acredita un previo LP, Mamahuaco
(‘18), al que me falta pelarle oreja. No se trata, por ende, de una
principiante. Las peculiaridades geográficas de su localidad, además, le han
permitido estar en contacto con diversas manifestaciones folclóricas desde sus
primeros años. Esta absorción se halla representada en la multiplicidad de
sonidos de la que se sirve Nubes Selva, estableciendo paralelismos relativos
con sus antecesores de los 90s y los 00s.
¿Qué impide reemplazar, entonces, el calificativo
de “relativo” por el de “absoluto”? Comienza “Virgen Y Volcán”, y asoma claro el
deseo no de reinterpretar clásicos del repertorio tradicional latinoamericano
asociándolos a géneros del pop contemporáneo, sino de reposicionar resonancias
vernaculares utilizando instrumentación moderna, en composiciones enteramente
nuevas. Firmadas por Miguel Sevilla y Grecia, estas composiciones dejan en
evidencia sus raíces andinas y selváticas bullendo entre Rhodes y
sintetizadores, clarinetes y congas, órganos Wurlitzer y el ruido de la lluvia
cayendo sobre la foresta. Conforme avanza la reproducción, surgirán otras
improntas de músicas de similar procedencia.
Cantante y músicos de apoyo -una lista
preliminar enumera quince, nada menos- acometen la faena logrando transmitirte
esa sensación de regocijo popular que entendemos propia de comunidades rurales
fuertes y muy cohesionadas. Por supuesto, hay lugar para la mirada serena
-estoica, quizá me permitiría decir el Tayta Arguedas-, porque la experiencia
humana en todos lados sabe de horas felices y de días grises. Curiosamente, las
canciones que más se aproximan a esa contemplación crepuscular tienen nombres
de mujer: “Anita” y “Manuela”.
Con todo, en la inmensa mayoría de asaltos de
Nubes Selva ¿se siente? ¿se respira? ese “violento y magnífico impulso
de la tierra” que según Ciro Alegría marca a fuego caseríos y poblados que
intentan vivir en armonía con la Naturaleza. Naturaleza que comprendemos intuitiva
y esencialmente de la misma manera de México a la Patagonia, incluso
nosotros/as, obturados/as urbanitas. Antes de convertirse en el Che, Ernesto
Guevara ya adivinaba que el de “nuestra mayúscula América” es un solo pueblo
mestizo, dividido por nacionalidades inciertas y límites arbitrarios.
Encontrarme en este redondo disco con sabrosas chacareras, imponentes
candombes, pesarosos sanjuanitos, alegrones huaynos e inclusos calentones
acercamientos a la música afroperuana -“Todo Pasa”, recordar que Ecuador y
Bolivia integraron el antiguo Perú-; abona tanto como las letras en quechua a
favor de esa tesis. Hermoso obsequio de Albán.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 10 de septiembre de 2025.)
Maribel Tafur ha lanzado dos títulos
remarcables en este 2025 que ya empieza a decir adiós, tal vez su año de mayor
valía hasta ahora. Uno de ellos va en formato corto, mientras que el otro lo
hace en largo. Eguzkia-Inti EP y Willay Plancton son eyectados
respectivamente el 25 de marzo y el 8 de junio: el primero se co-acredita a la
asociación bilbaína Slow Food Bilbao-Bizkaia, y el segundo también lleva la
firma de Sound Earth Legacy, organización sin fines de lucro. No podría afirmar
cuál es el papel que estas entidades han jugado, aunque me queda la sensación
de haber desempeñado ambas el rol de facilitación antes que el de coautoría.
Eguzkia-Inti -“sol” tanto en
euskera como en quechua- es un extended cuyos dos únicos capítulos sobrepujan juntos
los 17 minutos. A su modo, cada uno invoca landscapes lo más alejados que se
pueda de las cada vez menos apacibles áreas urbanas. Como su nombre
parcialmente indica, “Historias De Fuego Y Agua” se posiciona bajo el signo del
conductor universal por antonomasia. Ambient bucólico, de una melancolía
sublimada, adornado por olas rompiendo en las riberas de playas silentes/por
zambullidas de habitantes de las honduras marinas. Un preciosismo digno de Blood
(‘91) de This Mortal Coil, o de Sleeps With The Fishes (‘87) de la dupla
Nooten-Brook, sólo que en clave moderada/atenuada/minimal. “Historias...” acaba
completamente desnudo, al desaparecer las líneas melódicas del teclado, sin
resentirse sus efectos psicagógicos.
En la otra esquina, tal cual señala su
bautizo, “La Memoria Del Campo” incita a perderse en vírgenes regiones verdes.
Preñado del canto de las aves, de un adorable cencerro que niégase a
desaparecer, el track germina en bosques no lo suficientemente tupidos para
mostrarse amenazadores -en aglomeraciones naturales de colinas, en las faldas
de un valle, al pie de agrestes acantilados. Forestas que sosiegan las
tempestades del alma, cuya casual exploración reporta un agradable cansancio. A
medida que “La Memoria...” se aproxima a su desenlace, cualquier atisbo de
música se extingue, dejándonos librados/as a toda clase de ecos de filiación
rural.
Además de mantener altas las cotas con
respecto a Ultranatura (‘24), este EP se convierte en la invitación
perfecta para degustar el siguiente álbum, que aparecería sólo dos meses y
monedas después, y en el que puede apreciarse una prolongación de las ideas
plant(e)adas por su par predecesor.
La denominación otorgada a Willay Plancton
es un ejercicio de exégesis lingüística mucho más laborioso que el del extended
previo. “Plancton” es el conjunto de organismos que vegetan inermes en el agua
común y corriente de ríos, lagunas y mares. El vocablo quechua “willay” es
traducible bien como “señal”, bien como “mensaje”. Bajo estas etimologías, y
habida cuenta de la importancia decisiva del plancton en ecosistemas y cadenas
alimenticias, interpretaciones como “mensajes de la naturaleza” o “señales de la
naturaleza” pueden tenerse por aceptables. Máxime al prestar atención al
contenido del disco.
Ya desde el hermoso 2106 EP (‘21), Tafur
dejaba entrever una fascinación por el Agua. En aquel artefacto, de carácter
bastante autobiográfico, podían escucharse el rugido de las olas, el céfiro oceánico,
la lluvia descendiendo del firmamento... Todo ello, ubicado dentro del radio
urbano, sin embargo. En tal sentido, la limeña dio un paso de gigante con Ultranatura,
donde casaba ambient de sonoridades pedales y cristalinos espejos naturales.
Otro paso igual de enorme lo da Willay Plancton -basta con que comience
a reproducirse “The Ocean Memory” para darse cuenta de aquella peculiaridad.
Si la música ambiental de Maribel Tafur es de
por sí serena y tranquilizante, en ciertos pasajes de esta rodaja llega a ser igual
de sedante que algunas de las composiciones de un Brian Eno en la cúspide de sus
posibilidades (“Mosaic Of Liquid”). Descontando el uso del ruido producido por maretazos
menos exuberantes, que mueren sin chistar en las orillas (“Unheard”), el Agua
que nos permite escuchar su voz tiende al movimiento plácido. No a uno remilgoso,
sino a uno manante, calmo, reposado. Es agua que prefiere fluir descansadamente,
guiándose por una curiosa/singular austeridad (“Raíces Del Mar”). Su vaivén es
hipnótico, pacífico, relajante (“Hyperliquid”). Si tiene que agitarse un poco
más, a lo sumo condesciende a burbujear como disparada desde las simas
insondable de los océanos (“Marina”).
La sobriedad es cualidad cotizada en los
predios del ambient. El de Maribel es un sonido que le tiene por principio
elemental e indispensable. Sus fondos sonoros, cuyas imbricadas líneas y
borrosas texturas recuerdan al bliss pop más vibrante (“Willay Plancton”,
“Protect, Preserve”), van aparejados a los efectos acuáticos antes descritos de
tal manera que sólo pueden desembocar en performances lindantes con la beatitud
(“Herencia Del Agua”). No importa si se trata de la cantarina voz del H₂O, o si
éste se manifiesta en las incontables gotas de una precipitación pluvial, el
resultado siempre es el mismo.
Con ambos trabajos, la responsable de Intune
no sólo echa por tierra algunas hipótesis desatinadas que la tildaban de novedad
pasajera. Sus réditos hablan de un talento al que no puede eclipsar ninguna
mácula -porque sencillamente no las tiene. Mejor aún, tanto Eguzkia-Inti
EP como Willay Plancton confirman que, por ahora y durante un buen
tiempo; para Maribel Tafur el cielo es el límite. Y si éste se viene abajo con
aguacerales mayúsculos, enhorabuena.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 3 de julio de 2024.)
Sin mucho aspaviento ni revuelo, Maribel
Tafur ha colgado el 18 de abril lo que debe considerarse su primer largo
solista en sentido estricto, una treintena de meses después del magnífico 2106
EP -hasta hace poco, última referencia publicada por la hija de los recordados
Maryna Pastor y Jorge Tafur.
Con una ejemplar carrera a cuestas, que
incluye experiencias como las de Valium, el emprendimiento propio Intune, Budapest y
la reconversión ambient de algunas canciones del recordado programa infantil
Nubeluz; la joven multi-instrumentista se adentra en las comarcas del sound art
y del landscaping electrónicos durante los más de 48 minutos que se prolonga el
recién estrenado Ultranatura. No por vez primera: si bien el extended
enrutaba parcialmente las composiciones de Tafur hacia esos exactos vericuetos,
el nuevo título se derrama por completo en esas direcciones.
Diez tracks de tenor ambiental, muy
ocasionalmente lo fi, materializados en lo que parecen ser paisajes naturales
costeros o al menos próximos a manantiales y espejos acuíferos, fecundos en
sonoridades pedales y decorados con motivos como extraídos de grabaciones de
campo -he ahí las diferencias respecto de 2106 EP. Diez surcos de
hídricas texturas minimales, partícipes de una contemplativa naturaleza
fluida/circular, abordadas sin descanso por el pálpito sedante y armonioso de
un ambient ¿líquido? ¿irreal? ¿límpido? ¿utópico?, que invitan al dulce sosiego
y a la meditación más primordial -he ahí las similitudes.
Aludía unas pocas líneas atrás al recurso de
ornamentaciones fundamentadas en lo que bien cabría catalogarse como
grabaciones de campo. Trinos y gorjeos de aves canoras varias se dejan escuchar
en cortes como “Alacant” y “La Albufera Y La Isla De Taquile”. El golpeteo de
la lluvia precipitándose sobre lo que acaso es un bosque tropical (“Mineral
Manifest”) o los tumbos de plácidos caudales que corren sin prisa hacia
insospechados destinos (“Outscape”), son también de la partida. Aunque
complementarios, ni siquiera éstos son tan protagónicos como la incesante voz
del “conductor universal”, que copa explícita o sutilmente una grandísima parte
de la extensión del álbum.
Pulso firme y decidido el que pone en juego
Maribel para este Ultranatura, que a algunos/as les puede sonar un tanto
excesivo. Quizás sí: dos pistas menos hubieran reportado un mayor coeficiente
de cohesión, dada la dispersa y elongada personalidad del volumen
cualitativamente hablando, a diferencia de la concisión y de la emotividad
despachadas a través de 2106 EP. Detalle menor: con temas de menos o con
todos ellos, la estupenda manufactura de este acetato enfatiza a toda hora el
flexible/terso carácter emocional de obra y autora.