(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 12 de octubre del 2022.)
Vuelve Félix Pineda Méndez desde la otredad
en que vive asentado con una grabación que parece hacer alarde de no tener la más
mínima de las aspiraciones -o al menos es lo primero que se puede inferir de un
“no-título” como Una Hora De NRA Ruido. Cedido esta vez a la plantilla
de Noxa Recs, la armígera discográfica de José María Málaga -el debut Crugita
(2020) apareció vía Uku Records, sello de Miguel, el menor de los Málaga-, el contenido
se sube a BandCamp durante los idus de julio último; inaugurando la línea de lanzamientos
en formato cassette de la susodicha independiente.
¿Novedades? Sí, algunas. Y bastante
sustantivas. El detalle es que, para advertirlas, sigue siendo imperativo
horadar el fortificado murallón de bulla teñido de paranoica barbarie que este
limeño exiliado al pie del Misti hace fructificar cada que se sienta a
¿componer?/¿descomponer? utilizando quién-demonios-sabe-qué herramientas. Ya al
comentar el estreno de Pineda Méndez, anunciaba los graves peligros de
exponerse sin prudencia a los altamente nocivos niveles de ruido que se hallaban
allí desperdigados: presbiacusia, tinitis, mastoiditis... La admonición es
igualmente relevante para efectos del presente tape -vale más prevenir
atenuando el volumen y/o contando con las invaluables bondades de dos Aspirinas
Forte al hilo.
Al sortear ese colosal obstáculo, podrás
notar que el modus operandi de NRA Ruido no ha experimentado mayores cambios.
Improvisación, a-gramaticalidad sónica, automatismo, performance abierta. Las
pocas líneas que acompañan el upload en BandCamp y las breves declaraciones del
principal instigador de Noxa Recs coinciden en la esencia: registrados todos los
temas en la comodidad de su hogar empleando con ingenio instrumentos caseros, la
cinta extracta una hora de decenas de grabaciones en las que el solista explora
aleatoriamente los diversos caminos que transita el noise extremo. Lo que sí ha
mutado, como sugerí en el párrafo anterior, son los resultados.
Vislumbro tres tipos de pistas. El primero, el
más evidente, es el relacionado con el pasado inmediato del alias: una tormenta
de noise erosivo que chirría y muge/brama despedazando frecuencias y armónicos.
O lo que es lo mismo, el ruido como exabrupto perenne, tal cual se mostraba en Crugita.
A este ‘modelo’ se adhieren “DQHS”, la apertura “Archipiélago”, “Truhán”
y “¿Cómo Te Puedo Llamar?”. Neurótica disfuncionalidad al mango.
El segundo tipo de pistas, el más
desconcertante, es el que disminuye el exceso de decibeles y se expone proclive
al fomento de giros imprevistos (“Asa”, “Valem”), ondulaciones (“Hípica”, “Borde”),
estupros contra la guitarra (“Beneficios Y Riesgos En El Vacío”, “1991”),
desbocamientos percusivos (“Cobertura De Leche”)... Es, de hecho, la tajada más
sustanciosa y heterogénea de Una Hora... -me recordó las ocasiones en
que el Liquidarlo Celuloide de sus dos primeros discos suprimía cualquier guiño
lúdico para ponerse “serio”. Atendiendo a esta nutrida categoría, habría que preguntarse
cuánto ha pesado el criterio de selección del material -a cargo de José María
Málaga- para inclinar la balanza hacia este lado.
El tercer tipo de pistas es aquel que logra colarse entre el primero y el segundo.
Aquí NRA Ruido interviene ondas de radio y televisión para saquearlas, recorta
y reposiciona fragmentos verbales, regula las estridencias para disponerlas
como anómalos oleajes según convenga. Es el feudo de la expresividad
perturbadora. Es el reino de “Jacop”, “Lamo Tu Espalda”, “Chilpinilla”, “Azar
Lascivo” y “Meenkntassonhido”.
Aunque sorprendente, también era predecible
esta suerte de viraje en el andar del acto arequipeño. Dada su irritante e
iracunda naturaleza, experiencias como ésta tienen todo en contra para
perdurar. O bien se suelen extinguir rápidamente, o bien se avienen a ceder
después de un tiempo a la búsqueda de cielos más clementes. No espero que pase
ni lo uno ni lo otro, claro, pero es casi una regla. Felizmente, éstas suelen
venir acompañadas de excepciones. Veremos si consigue NRA Ruido escapar a estos
sinos, convertido ahora en dúo con el ingreso de Ángeles Valverde aporreando
hi-hats, tarola y bombo -en BandCamp propio, el tándem viene colgando nuevas
piezas con laudable periodicidad.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 5 de octubre del 2022.)
Faltaría a la verdad si dijese que guardaba
en mis neuronas recuerdos de la que hasta hace poco debía considerarse la
unigénita referencia de Time Traveler, unipersonal afiliado a Chip Musik y
apertrechado del más impenetrable anonimato. La salida de dos nuevos registros,
con cerca de tres meses de separación entre ambos, obliga a la consabida
modificación en el status de Unidad (2011); así como a una breve reevaluación
de sus pistas, de cara al análisis del material estrenado. Era ese primer paso,
ergo, un conciso artefacto acunado por la desafección del ruido digital en su
variante más carda. Tal peculiaridad dificultaba su dimensionamiento incluso
entre lo más virulento de Chip -primero, porque la crujiente estridencia de sus
aproximadamente 30 minutos le pintaba harto intratable como para estándares harsh,
y segundo, porque cada tanto su atmósfera ionizada de huraña aspereza
condescendía a dejarse permear por infinitesimales esquirlas susceptibles de
catalogarse como “melódicas”.
Con esas inasibles cartas en mesa, la falta
de continuidad del proyecto lo condujo rápido hacia el arcón de los olvidados,
salvo entre aquellos/as de nosotros/as más memoriosos/as. De ahí que la
conciencia agitase levemente una campanilla desde el fondo de la amplísima nómina
de la independiente oroíno-limeña, cuando se anunció la aparición de un mini-LP
once años después de Unidad. Ya que este último todavía se halla
disponible para free download desde el BandCamp de Chip Musik -buscar entre los
quince números de catálogo más antiguos-, es fácil volver a prestarle atención,
corroborando de paso que el Viajero Del Tiempo ha evolucionado a partir de la
radicalización de su primigenia propuesta.
Dystopian Future, en efecto, se ciñe al
noise vertebrado utilizando digitalismos mil. Prácticamente, hasta el punto de
no-retorno. Su capacidad de fuego no es 100% abrasiva, pero se queda a milímetros
de esa línea. Tomando cuidadosa nota de los logros concluyentes que la escena
experimental perucha rubricó entre fines de los 90s e inicios de los 00s, el ignoto
individualista se zurra en las advertencias que penden sobre la trasposición de
los límites permisibles máximos del umbral auditivo humano. Es, así, una venenosa/patológica
definición del Ruido la que DF desarrolla a lo largo de cuatro canales.
No es piedad, sin embargo, lo que inhibe a
Time Traveler de quemar todos los puentes tras de sí en dirección a la abrasión
total. Si en “Dystopia” y en “Plastic Ocean” lo hace, bordeando las fronteras del
ruido rosa, nada lo obstaculiza para obrar igual en “Micelio” o en “Wormhole”;
cacofonías que podrían haberse incorporado con presteza en su asalto de hace casi
un docenio. Nada, excepto tal vez cierto grado de oxidación perfectamente comprensible,
razonable al sopesarse la larga estadía en los cuarteles de invierno. Es sólo
una hipótesis, basada en la pura especulación, que con todo recibe inquietante
confirmación cuando se presta oídos al recientísimo Micelio (26/9/22). A
través suyo se comprueba, asimismo, que la inmersión del elusivo no-músico es
irreversible; sin media chance de poder volverse atrás.
La estruendosa semilla que germinase en Dystopian...
se ramifica y extiende en Micelio, que por lo demás incluye nuevas mezclas
de todos los surcos del mini-álbum, además de recursos ¿sonoros? adicionados a
cada una de ellas. Si bien la puesta de largo de TT atraviesa diversos estadios
-golpes secos y cafres, punciones aniquiladoras, encontronazos a escala geológica-,
no se comete yerro al aseverar que el Ruido aquí es siempre chisporroteante y
caníbal. Desolador.
Metamorfoseado ya en un acto a lo Kevin Drumm
o Masami Akita a.k.a. Merzbow (vg. una genialmente bautizada “Neural
Rewiring”), el de ChM ovilla y superpone cientos de capas de información que
convierten en vana cualquier tentativa de siquiera arañar la superficie del
disco. Éste secreta constantemente malas vibras en un sentido Event Horizon,
entre la ciencia ficción y el terror ominoso: pérfidos vendavales de distorsivas
crepitaciones (“Sumaya”, la nueva toma de una “Micelio” ya absorbida por el
Lado Oscuro), brutales colisiones de huaycos que acaban repercutiendo en
intimidantes implosiones tectónicas (“Paradox”, una renovada “Plastic Ocean”), sólidos
mazazos que practican una de-evolución zen contra los conceptos más básicos de
música y armonía (los remozados mixes de “Dystopia” y “Wormhole”)...
Diría, tras esta resurrección, que Time
Traveler corre solo en el panorama actual de underground experimental peruano. Ello
sería pecar de inexacto: aunque la inmensa mayoría de artistas que integran esa
movida no llega a los mismos dañinos niveles de audición irritable/vejatoria,
producto de una hiperbólica sobresaturación de frecuencias, sí existe por lo
menos uno que puede parangonarse al solista limense -ante la desaparición del
tarapotino The Shego. Reside en Arequipa y se encuentra en plena forma: NRA Ruido. Como sucede al acercarse al output de la identidad mistiana, recomiendo
extremar precauciones al escuchar lo nuevo de TT. Ambos episodios son materialmente
INAGUANTABLES.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 28 de septiembre del 2022.)
A despecho de sus ya más de cuatro décadas de
historia, el dark rock -dark-gothic, para más inri- sigue reverdeciendo de
cuando en cuando laureles. Que lo diga si no el darkwave, ¿subgénero?
¿estética? que de un tiempo a esta parte ha reflotado las mayores revelaciones
de la sonoridad oscura que caracterizase a los primeros 80s, levantando de paso
muchas escenas do quiera éste recala -con la (¿honrosa?) excepción de Perú, que
a mediados de los 00s terminó de exprimir el imaginario darkie hasta secarlo.
A los muchachos de Parasomnia les ha tomado
poco menos de un bienio firmar el debut en largo. Luego del epónimo extended
play que les diera a conocer, los santiaguinos se han movido sin descanso, fogueándose
en directo o aupando cualquier iniciativa proveniente del próspero circuito
darkwave mapocho. Y aunque su estreno en corto daba cuenta de no poco talento, era
bastante claro que el siguiente paso a encarar debía ser sí o sí hacia adelante,
despejando cualquier duda que echase sombras de más sobre el porvenir de los chilenos.
El EP de hace un par de años me permitía
hablar de un purismo elástico, razonable. En Vigilia, ese purismo hegemónico
se ha vuelto menos dúctil, más acerado. Lejos ya de las influencias post punk -la
única que persiste es la de Joy Division, que igual puede leerse como antecedente
dark-; Franco Reyes (guitarrista), Mauro Rojas (vocalista), Francisco Cerda
(baterista) y Sebastián Gonzáles (bajista) se ponen bajo el signo de La Cura más siniestra y del tenebrismo
liviano de Skeletal Family. En lugar de convertirles en un pesado tanque blindado,
ese ajuste les reditúa el atributo de la serenidad, sin por ello descollar
distantes. Al contrario, números como “Asesinos”, el vigor trepidante de “Joane
Florvil”, “Cuerpos Digitales”, “Imagen”, “Ciudades Fantasmas” y “Bernardo” son
expeditas muestras de una presteza oscilando suntuosa entre el darkwave y el
gothic pop.
El tópico de las líricas se halla asimismo
vinculado al de los avances respecto de Parasomnia EP. Las figuras en
que abunda actualmente la prosa del hoy cuarteto están más enraizadas en torno a las
nuevas dimensiones que la tecnología digital ha instaurado en la vida humana
(cf. “Imagen”). Se percibe, pues, una mayor firmeza en este apartado: todavía falta
una pizca de sutileza, de sublimación, pero esa meta se vislumbra ahora mucho
más cercana. La evidencia asoma clara al aparecer de pronto el remanso del CD,
en la segunda parte. “Gritar Gritar”, “Es Destrucción” y sobre todo “Humo”, que
califica como el quejumbroso mid-tempo baladesco de Parasomnia; disminuyen las
revoluciones en comparación con el resto del repertorio. Por suerte, la entrega
es la misma.
La cadencia ronroneante del bajo, el corte
gélido de la eléctrica, la insistente parquedad de las baquetas; eran cualidades
que ya se destacaban en el extended previo. Aquí son reeditadas, lo mismo que
el hermanamiento que presumo existe entre el ADN de los sureños y el de sus
desaparecidas contrapartes peruanas: Bajo Sospecha, Sor Obscena, el extinto
lado ochentoso de Catervas, Danza Rota, La Devoción, Cenizas, Textura...
Referente ineludible en la movida
independiente de Gran Valparaíso, tenía en carpeta escuchar de todas maneras la
première de Jurel Sónico al lado de Los Impuros, editada físicamente por
la estupenda label española Hotel Records en julio. El alias artístico de
Claudio Manríquez acreditaba el suficiente trajín -el año pasado con Hammuravi,
el anterior con Adelaida, mucho más atrás con Mowasee y Lisérgico- como para
prestarle oídos a esta nueva incursión sónica. Y sí, se trata de un debut interesante,
que te exige algo de paciencia y también de preparación.
La primera vez que mis tímpanos recorrieron Flores Plásticas, éstos le encontraron algo de semejanza con el Hulahop
(1997) de Mercromina, banda ibérica muy subvalorada y apenas conocida en estas
regiones del globo (aún cuando es descendiente directa de ese grupazo que
responde al chaplín de Surfin’ Bichos). Hoy, ese parecido se ha diluido al
mínimo, pero al principio surgió espontáneamente; siendo gradual y bastante
arduo el proceso de su desvanecimiento. La conexión se presenta debido a que ambos
trabajos se valen a partes iguales del indie y de esa zona liberada donde se
entreveran el shoegazing y el output alternativo de los 90s inclinado hacia el
ruido guitarrero. A diferencia de los de Albacete, mejor dispuestos a la
sofisticación del dream pop, los porteños/penquistas se abandonan al irredento influjo
del tosco noise rock.
El periplo de Flores Plásticas, entonces,
se acerca de continuo más al cajón de sastre alternativo usamericano de copiosos
niveles decibélicos. Tras el relativamente calmo despegue de “Robot (De Juguete)”,
el Big Muff comienza a azotar los amplis con potencia extrema en las fragorosas
“Tragaluz”, “La Noche” y “Cabeza De Muñeca”; esta última una llameante acometida
a lo Porno For Pyros circa ’93. Junto a la arrojada “Distorsión”, “Cabeza...”
enfatiza esta similitud farrellesca merced a las gritantes vocales del ex Lisérgico. Y aunque en “Amatista” raciona el quinteto las energías, el espíritu
colectivo mostrado hasta este punto permanece indómito.
“El Blanco Ya No Es” inaugura una segunda
mitad más variopinta en lo que al registro de JS&LI atañe. El hito que comporta esa canción, por ejemplo, anuncia una baja abrupta de esteroides -que
irá revirtiéndose si bien no sostenida, sí progresivamente. Si “El Blanco...” tiene
la fibra de un parsimonioso movimiento acústico, ocurriendo lo propio con la
otoñal “Sin Dormir” (que preludia el fin de la jornada), a través de la trilogía
“Salix”-“Temporal”-“Volcano” el combo recupera posiciones gracias tanto a las
paredes electrificadas de tres guitarras como a la solidez de un bateo contenido/sobrio/ejemplar.
“Volcano” y su casi nula fidelidad, en particular, me sabe a pista paradigmática
de toda la placa pese a su coqueteo ulterior con el stoner: es el de Flores
Plásticas un indie rock bullicioso, envuelto en lienzos negros.
Correcto arranque de Jurel Sónico (voz y guitarra)
al lado de Los Impuros -Tomás Pérez en la teba, Joaquín Roa y Ricardo Cepeda en
guitarra y coros, Mort en el bajo-, grabado en Concepción entre febrero y abril
del año en curso. Manríquez firma todas las composiciones.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 14 de septiembre del 2022.)
Belle And Sebastian fue uno de esos rarísimos
y postreros milagros de la centuria anterior, que hizo renacer las esperanzas
de muchos/as en el pop melódico independiente. Confeccionada con extrema simplicidad
y camionadas de emoción desbordante, su música se valía por sí misma para
enamorar los corazones de millones de oyentes en todo el mundo -sin campañas
publicitarias ni estrategias de tipo alguno. Al entonces octeto escocés le bastó
transmutar su devoción por el folk británico de los 60s y por estetas de la
talla de Lawrence Hayward (Felt) para lograr incluso más que eso -embeber a sus
composiciones de una fragancia atemporal. Completado el traspaso desde la indie
Jeepster hacia la mítica Rough Trade a mediados del ‘02, la lozanía tanto de los
álbums viejos como de los nuevos pertenecientes a ese período se ha mantenido
hasta hoy.
Venga del underground o del mainstream, el
problema es que difícilmente el pop melódico puede mantener vigencia
conservando inmaculada su naturaleza. Por mucha magia que tengan BAS o
cualquier otro grupo, si la sencillez se enterca incólume, acaba convirtiéndose
en un lugar de lo más común, cuando no en un sonsonete. Ejemplo de lo primero
es un nombre como La Buena Vida. De lo segundo, todo el escuadrón tontipop español
de entresiglos. De modo que comentarios y reseñas ya manejaban un acento
bastante menos apasionado dirigido a estos súbditos de la corona inglesa para
cuando sale The Life Pursuit (2006). No es que, en lo sucesivo, Stuart
Murdoch y collera hayan caído por un despeñadero. Discos posteriores como Write About Love (2010), Girls In Peacetime Want To Dance (2015) o What To Look For In Summer (2020), los dos últimos ya en Matador; se han elaborado adecuadamente,
y son aún bonitos de escuchar. Pero andan lejos de las armonías magistrales con
que orláronse sus mejores entregas.
Tras 26 años en la ruta, a punto de cumplir
dos décadas su última obra remarcable (Dear Catastrophe Waitress, 2003),
era predecible que lo nuevo de los dirigidos por Murdoch recorriera el mismo
camino de sus predecesores inmediatos. A la venta desde mayo pasado, A Bit Of Previous es el clásico esfuerzo post The Life... en que Belle And
Sebastian pone en juego la franqueza de su límpido estilo casi naif, accediendo
rara vez a incorporar algunos ingredientes ajenos a su retórica. Aquí podría
mencionarse a “Deathbed Of My Dreams” y sus matices crepusculares a lo Mojave (desierto)
3 (banda), o a la pegadizamente bailable “Prophets On Hold” (en la onda de “Perfect Couples”, su hit de Girls In Peacetime...).
La norma es el sonido llano y emotivo, sin
embargo. Temas como “Working Boy In New York City”, “If They're Shooting At You”,
“Come On Home”, “Young And Stupid” o “Reclaim The Night”; entre otros más, han incubado
y llegado a su forma definitiva a través de la artesanía habitual en estos ‘highlanders’
-melancólica y agradable, evocadora y geórgica. Sea imprimiéndole una inusual
fuerza rockera (“Talk To Me Talk To Me”), sentándole al piano (“Sea Of Sorrow”,
nada que ver con el homónimo track de Alice In Chains), o insuflándole una
expansiva vitalidad (“Unnecesary Drama”); ese pop melódico que hunde sus raíces
en los felices 60s es y seguirá siendo la esencia del ahora septeto, en tanto
no se produzca un cataclismo nivel 11 a su interior. Viendo en retrospectiva la
historia, opciones para que tenga lugar un evento tal parece haber muy pocas. Las
mismas, luego de casi veinte calendarios, para que una de las alineaciones más
queridas que ha ofrendado Escocia al pop independiente reverdezca laureles y
coseche nuevamente entre sus fans el ilimitado fervor de sus días más afortunados.
Cuatro años después de su interesante Glow,
y sin cambios de por medio en la formación, los daneses Catch The Breeze pegan
la vuelta con una nueva colección de eufonías bajo el brazo. Algunas ya habían
sido adelantadas como singles virtuales, si bien éstos fueron estrenándose apenas
con unos cuantos meses de antelación (el más antiguo de los cuales, el suntuoso
“Echoes From The Underground”, se colgó el último 4 de marzo).
Considerando que Glow finiquitaba el
proceso de licuefacción, iniciado con el mini-álbum epónimo (2014), entre el
post punk ‘78-‘84 y el shoegazing noventero; se puede aventurar que Into The Wide comporta una intensa radicalización en la ruta escogida por Andreas Bungaard
(batería), Lars Madsen (bajo) y Aage Hedensted Kinch (voz, guitarra). Ello, porque
las salientes y los boquetes que el propio grupo consentía para valerse de
esteticismos post rock, new wave e indie; han desaparecido. Pero,
principalmente, porque la propuesta que enyuntaba al baggy y al viejo post punk
original ha sido destilada hasta grados de sofisticación impresionantes. Nunca más
oportunamente usado, entonces, aquello de postpunkgaze.
La eléctrica de Hedensted ha adquirido la
textura/tersura apropiada para trenzar apagadas ambientaciones quebradizas, que
el desenvolvimiento del pedal envuelve en inexpugnable éter sónico. La amalgama
de influencias, por ende, se torna una e indisoluble durante al menos el 80%
del repertorio de ITW: ya no puede discernirse qué elementos dimanan de
los jóvenes turcos del período after punk, ni qué elementos provienen de la
primavera supersónica que floreció iniciados los 90s. Tómense como evidencia
palmaria el hieratismo de la estupenda “Gravitational Sounds” o el tono
elegíaco de la extraordinariamente contenida “Echoes From...”.
Otra característica a ponderar del nuevo
esférico es la actuación de Lars Madsen. Sin renunciar a su innato minimalismo,
el bajo ha devenido en medular, una cualidad que con mayor nitidez se percibe al
soltar el trinomio las riendas; como en “Embrace”, en “Rise”, en el fin de fiesta
que supone “Before We Turn To Dust”. Es allí cuando la terna luce con más
propiedad sus renovados bríos y excelentes reflejos -y es en todas las pistas, donde
las cuerdas barítonas de Aage son las que descuellan más que nunca (el marco idóneo
para el rango vocal exhibido). Quizá por eso, ahora puedo ensayar el símil que
antes me eludía: un cruce entre el Bowie de los 80s y el distintivo Mark Eitzel
macerado de los American Music Club (‘85-‘94).
Hay un par de piezas cuya génesis es menos indescifrable
que la del resto. Se trata de “Hollow”, donde late subyacente el fragor de unos
Pale Saints (destacando Bungaard en la evolución de las baquetas), y “Subsurface
Scattering”, post punk de medio tiempo que tiene su poco de The Fall y su poco
de los ubicuos Joy Division. No es un demérito, en el balance. No cuando el
último segmento de Into The Wide -salvo “Before We Turn...”- es dominado
por exquisitos medios tiempos, de una belleza agreste. Notable segundo esfuerzo
de los nórdicos.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 7 de septiembre del 2022.)
(Creo recordar que esto ya lo relaté en un
texto previo -pero, como no estoy 100% seguro, lo vuelvo a hacer aquí. De
cualquier modo, siempre es bueno tener muy presente lo dura, penosa y larga que
fue esa conquista...)
Recién tras promediar los 00s, la música
electrónica elaborada en predios peruanos comenzó a ser
vista/escuchada/apreciada con ojos/oídos/mentes libres del prejuicio rockista
para el cual las máximas ‘androginias’ soportables eran el “Mofo” de U2
o el Depeche Mode de Songs Of Faith And Devotion. Pergeñar música total
o parcialmente sustentada en el empleo de teclados, sintetizadores y “gadgets” similares;
te hacía merecedor/a en los 80s y 90s a una recatafila de insultos y
vilipendios que cuestionaban tus dotes artísticas, cuando no las ninguneaban.
Si a ello le sumas la precariedad que hacía estragos entre bandas y solistas de
la escena subterránea/independiente al momento de plasmar, grabar y trasladar
al directo sus delirios sonoros; las posibilidades de reivindicar antecesores y
precursores de la movida electro local realizando una minuciosa exhumación se
reducen a un dígito.
(Para que te hagas una idea, pongo el ejemplo
de dos proyectos ochenteros de los que se tienen noticias por testimonios de
quienes les vieron en esas ya lejanas épocas, y de los cuales no han sobrevivido
sino los nombres: Ordalías -de cuya existencia da fe el fotógrafo Alfredo
Vanini- y Urbanoide -unipersonal de El Agustino del que supe por un zutano que
alguna vez fue mi amigo, y que hoy no llega ni a mal recuerdo-.)
Pintado así el panorama, era difícil que una rehabilitación
como la que plantea Síntomas De Techno: Ondas Electrónicas Subterráneas
Desde Perú (1985-1991) se arrogase puntuación
perfecta. Sea radial o de vanguardia, la música pop contemporánea hecha bajo
estos cielos no dispone hasta ahora de un archivo de acceso público o privado que
acoja el legado de las generaciones pasadas adscritas al movimiento
contracultural nacional (revistas, fanzines, manifiestos, libros, discos,
maquetas, videos, etc). Mucho menos, la herencia de un género que estuvo mal visto
hasta bien entrada la primera década del siglo XXI. De ahí que Buh Records haya
echado mano de lo poco que a la fecha se ha restaurado y/o digitalizado.
Las escuelas electrónicas ilustradas por la compilación
van del synth pop al industrial -e incluso al post industrial como lo entendían
hace ocho lustros unos airados Einstürzende Neubauten. No es, con todo, un tour
completo; ya que los del techno y del EBM son los otros dos únicos estilos representados,
aunque ello se ve supeditado tanto a la carencia de cultores de otras
tendencias como -de haber éstos existido- a la ausencia de documentación a la
que acudir. Por el lado más hardcore de Síntomas De Techno..., a tema
por cabeza, además de Ensamble y Círculo Interior están Disidentes y T De Cobre.
En cuanto al primero, nace como cuarteto en 1989 y ha tenido diversidad de alineaciones,
manteniéndose el vocalista Jorge González siempre al frente. Único de los actos
aquí antologados en seguir con vida, “Industria De Odio” recupera los días en
que Ensamble esgrimía un EBM brioso, antes de entregarse en cuerpo y alma a la
dialéctica synth.
En cuanto a Disidentes, combo de Martín Ponce
y Juver Reyes a.k.a. Hoover (Eutanasia, la saga Salón Dadá/Col Corazón),
éste observaba un método de trabajo semejante al de los liderados por Blixa
Bargeld: placas metálicas, fierros, cilindros, un megáfono... “Martillo” atestigua
esa apocalíptica aura post industrial de entropía y ersatz que escupía furiosa
la banda. Desintegrada ésta, Ponce volvió a las andadas con T De Cobre, line up
donde había bastante más espacio para drum machines, casiotones y
sintetizadores. “No, Nunca” es techno industrial de fines de los 80s, el update
necesario respecto de Disidentes. Esta nueva incursión de Ponce sirvió de acicate
para la formación de Círculo Interior, experiencia que operaba en coordenadas
similares. Entonces nada hacía prever que los mismos que firmasen una composición
como “Primera Secuencia” se convertirían, ya bajo el alias de Unidad Central,
en los adalides del trance y la rave culture aquí.
Por el lado más asequible del muestrario, también
a surco por testa, se encuentran Reacción (“Y De Aquí No Me Voy”) y Cuerpos Del Deseo (“En La Tiniebla”), firmantes de un synth pop elemental/bastante pedestre/de
poco calado una vez aquilatada su valía arqueológica. Más recomendables son los
números de unipersonales/agrupaciones que desdibujan los cotos estilísticos, como
Meine Katze Und Ich (“La Gran Masa”), Paisaje Electrónico (“X2) y El Sueño De
Alí (“A Dónde”). Era esta última una curiosa terna que mixturaba synth y new
wave, con varias ideas puestas a prueba en su unigénita maqueta En El Valle
Del Placer (1991), semilla de la que potencialmente pudieron emerger decenas
de entidades de disímil perfil -por desgracia, lo único que brotó fue un conjunto
de pop trucho como La Liga Del Sueño. De otro lado, Paisaje Electrónico fue una
identidad paralela de Fernando “Cachorro” Vial (Feudales, Espirales, Pompeya), orientada
al minimal synth a despecho de la prodigalidad con que su soporte rítmico estaba
seteado. Y MKUI es un insospechado híbrido de electro-dark y no wave de muchos
vasos comunicantes con esas canciones de Narcosis en las que el legendario trío
iba más allá del catecismo punk (cf. “Asfixia”, “Destino”, “Slacks Asesina” o “La Danza De Los Cristales”). Sintomáticamente, estas tres identidades fueron impelidas
por ex integrantes de Narcosis: “Cachorro” en Paisaje Electrónico, Jorge
Madueño En El Sueño De Alí, Wicho García en Meine Katze Und Ich.
Aún considerando todos los escollos que ha
debido salvar, pudo Síntomas De Techno... haber obtenido un score más
alto del que finalmente recibe. En primer lugar, nada costaba abrir un poco más
el arco de tiempo precisado en el título, para así posibilitar el rescate de
otros seudónimos: Sombras Del Teatro, Arián 1, Casus Belli, Pozí... En segundo
lugar, se hubiera así ofrecido un repertorio asaz suculento, en vez de los menos
de 40 minutos que el esférico encaja. Si la idea no es atosigar, tampoco debe
serlo dejar con ganas de más.
Y en tercer lugar, no es éste un artefacto
que acredite mucho esfuerzo detrás, más allá de las liner notes y la
masterización. Entiendo la dificultad, por no decir imposibilidad, de conseguir
registros de época, pero ya estaban disponibles a través de otros títulos las
seis primeras pistas del vinilo -dos tercios del álbum. Disidentes tiene dos
trabajos editados con las grabaciones que pudieron salvarse del Olvido (Ensayos Y Concierto 1988 del ”sello” La Venganza De Los Nerds, 1987-1988 de
Discos Invisibles). Los demos de Cuerpos Del Deseo (Por Una Razón, 1991)
y de El Sueño De Alí están colgados en YouTube. “X2” de Paisaje Electrónico y “No,
Nunca” de T De Cobre fueron repescados en La Historia Del Rock Subterráneo 1985-1992
(11y6 Discos, 2010), compilación curada por Leonardo Bacteria. Y “La Gran Masa”
de Meine Katze Und Ich aparecía en la segunda rodaja de Caleta Finale (2002),
díptico con que la inolvidable revista Caleta se despidió de sus lectores.
Verdad que con una versión ligeramente distinta, pero no es ése el punto. Si SDT...
está funcionando de maravillas en el exterior, no ocurre lo mismo de puertas
adentro, sobre todo entre quienes llevamos ya mucho tiempo en cancha y
conocemos los intrilingüis y vericuetos del devenir de la música pop perucha.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 31 de agosto del 2022.)
Bajo estos cielos estrellados, muchas son las
historias incógnitas de grupos y solistas dignas de mejor suerte que aquella
que el mainstream les asigna desdeñoso. La de The Spiracles es una de ellas,
contada como entre gallos y medianoche, acaso aún susceptible de ser recuperada
con no poco trabajo. Pongo aquí mi grano de arena, centrándome en el presente y
aludiendo ocasionalmente a un pasado que todavía se advierte neblinoso.
En febrero de este año, TS lanza un 7”
virtual en el que participa invitada Sabina Odone, ex cantante de Supernova, alineación
teen pop mapocha de cierta popularidad durante el cambio de milenio. Con imagen
remozada y performance harto más madura, la italo-chilena hace gala de una templada
ductibilidad al acompañar el delicado balance entre indie, shoegazing y pop que
ofrecen los peruanos en “Suburbios Raros” -canción que ellos mismos consideran
les trae de vuelta tras dos años en mutis y convertidos ahora en binomio.
Es precisamente el single el formato que más
han explotado los Espiráculos en sus once años de carrera. Desde “Fireflies”, contundente
baggy con que debutan en el ‘11, hasta el sencillo estival del ‘22; su
singladura abarca una decena de publicaciones entre demos, mezclas alternativas
y remixes varios. De ahí que se eche de menos la presencia de estos
lanzamientos en los recuentos que suelen abundar en diciembre, habida cuenta de
su copiosa producción. Claro, existe la posibilidad de que se deba a la discreta
calidad de la música liberada, pero definitivamente no es ése el caso.
Conscientes o no de estas ausencias, de
cualquier forma los guitarristas y miembros fundadores del conjunto Enrique Medina
y Luis Alberto Rodríguez (ex Resplandor) matan dos pájaros de un tiro festejando
el décimo aniversario de su extended play How Things Went Well When I Met
You (2012), convirtiéndole para la ocasión en un disco largo adicionando algo
de ese material disgregado en 45s. Fabricada en acetato y comercializada por la
británica Spinout Nuggets, el lado A de esta reedición alberga el track list
original del EP, reservándose el lado B para algunas piezas remozadas y otras
que no tanto.
“Almost Everything (Alternate Mix)”, por
ejemplo, es repescada tal cual se editó en el ‘17. Por su parte, “Mikonos
Ambient” (‘16), que comparte con “Almost...” una mayor incidencia en las programaciones;
se cuela dotada de una nueva mezcla, implementada en el ‘21. De otro lado, la
calidez pop a lo The Sundays de la rebautizada “No Mercy” -“Mercy” en la
edición del ’12- es remixeada por Juan Nolag y por José Mendocilla (acreditado
en programaciones para la toma oficial de “Mikonos...”). Figuras en ascenso en
el panorama electro nacional -Nolag es el celebrado alias individual de Juan
Esquivel, actual tecladista de Catervas, mientras que José Mendocilla ha sobresalido
en Da Lupune mucho más que en Neon Dominik-, sus reconstrucciones respetan
bastante la sensación de filigrana flotante que desprende la composición
primigenia. El remix que de “End Of The Affair” acomete Zero83s redondea la
cuota de canales nuevos adicionados por la banda en este vinílico reissue.
Resta mencionar un par de cosas, por ahora. Al
dúo peruano se le nota muy complementado con Sabina Odone. Por ningún lado
sería mala idea que se le incorpore definitivamente a un combo que ha tenido alineaciones
sumamente cambiantes a lo largo de su existencia -en sus filas han militado
Verónica Grados (quien ahora tiene en June un proyecto de raíces folk), Nicolás
Ojeda, Aracelli Fernández, Jason Fashe (Catervas, Vorace) y Romina Roggero
(Dispositivo Sueños), entre otros. Dicha continuidad puede ayudar a estabilizar
una asociación capaz de firmar rodajas como How Things Went... o la
notable Last Night I Dreamt About You (2014, que me los hizo conocer); y
sutiles espejismos hechos canciones como “Hot Day”, “Fireflies” y “Beneath A Sky Of Stars”.
Sobre todo de los 10s en adelante, venimos
siendo testigos del sostenido crecimiento de un pop nacional con derecho a reclamar
esa denominación sin sonrojarse. Un pop independiente con mayúsculas, cuyas
creaciones se valen por igual de la simpleza más enternecedora y del detallismo
electrónico más frondoso. Un sonido que ha demostrado poder ser comercial, sin necesidad
de entregarse a los clichés a que son tan afectos el establishment y su público
pavlovianamente condicionado. Es decir, NO Libido, NO Mar De Copas, NO Amor Suicida, NO La Liga Del Sueño. Entidades como Satélite Menor, Lynejami, Marfilia,
Club Del Fin Del Mundo, Dead Pop o El Estéreo Tipo han llegado para engrosar el
catálogo de ese pop dulce pero no empalagoso/efectivo sin ser machacón/cristalinamente
naif que antaño practicaran Madre Matilda, El Diario De Hank, Detrás Del Sol o
El Tercer Acto.
Otro nombre a considerar en tal sentido es
Silveria, la dupla formada por Natalia Vajda (de los excelentes Mercury Toys) y
Noelia Cabrera (Kusama, The Underground Parties, los notables Blue Velvet). El tándem
tiene pocos años de nucleado, pero ya se ha metido por los palos en el lado
correcto del regimiento pop nativo con sus singles del ’21, “Suspiria” y “Volver”
-recogidos en el Futura EP, editado por A Tutiplén Records hace tres
meses.
Todas las reseñas que se han escrito sobre Futura
han hecho hincapié en las raíces ochenteras de la música de Silveria. Aunque esa
observación no es errónea, sí peca de parcial. Nada más arrancar “Espiral”,
surco de apertura del esférico, se percibe un output flexible y veloz, lo suficientemente
oscuro/elástico/sintético/sofisticado como para identificar prontamente influencias
de cepa 80s y 90s. Las líneas de bajo remiten a la que debe considerarse sin
discusión “la década maravillosa”, en tanto la profusión de secuencias y la
dosificada distorsión aplicada traen a la mente nombres noventeros como Curve, la
cara más accesible de Nine Inch Nails -pensemos en clásicos como “Closer” o “Piggy”
antes que en “Mr. Self Destruct” o “Terrible Lie”, por favor- y Garbage (lo ubicua
que se ha vuelto la impronta del acto de Butch Vig y Shirley Manson en el patio
del pop contemporáneo).
La brevedad del EP complota para que los
números se identifiquen más con determinados colores, en lugar de acrisolarlos
todos. Así, mientras “Espiral” y el single “Suspiria” están muy cerca de las
estéticas que eran pan de cada día hace cuatro decenios (después de un largo
intro de minuto y medio, “Suspiria” se deschava tributando por igual a Echo And
The Bunnymen y al primer New Order), “Cadillac” y el 45 “Volver” prefieren
mimetizarse con la última década del siglo anterior (“Cadillac”, es más, me
hizo alucinar con lo que habría hecho un grupo como el de Trent Reznor sustituyendo
a éste por el Perry Farrell del Jane’s Addiction clásico). El acierto definitivo
es no perder nunca de vista el punto medio entre la melodía bien trabajada y el
hedonismo con que ésta se recubre, haciendo factible que casi cada tema del
extended pueda escucharse tantas veces como bailarse en discotecas.
Acabo de teclear “casi”. No me convence el
cierre de Futura EP, asignado a una versión de “Volver” subtitulada ‘Ira
Zema Remix’. La perpetra una tal Ira Zema Vera, que supongo se llama así en
honor a Irasema Dilián, gran actriz brasilero-italiana perteneciente a la época
dorada del cine mexicano. Su remezcla favorece estructuras rítmicas que se asemejan
excesivamente a las de esa plaga de nuestros días que es el fétido reggaetón.
Paso en falso que empaña, sin difuminar, los altos réditos que Silveria obtiene
con este estreno en corto. Produce Nicolás Miranda (Mercury Toys, Theremyn_4).
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 24 de agosto del 2022.)
Aún siendo EP una de ellas, tres entregas concienzudamente
chambeadas en cuatro años es muy buena media para cualquier carrera solista cuya
andadura no implique desatenciones hacia el grupo matriz (que también alumbrase
nueva placa en paralelo). Que éste, más bien, haya servido de modelo para que lo
nuevo del unipersonal sea simultáneamente audio y video; no hace sino sacar
brillo a ese promedio. Y que una moderada inquietud oriente las evoluciones de
aquel íngrimo trajinar, viene a ser algo así como la (temporal) guinda del
pastel.
Quince meses después de su habilidosa reinvención
synth en Austronáutica, a través de Camino Interior postula Rafael
Cheuquelaf una reconversión levemente trip hop. Contemplativa, serena, casi
estoica. Cierto que ayuda la reducida extensión del registro, que apenas si
excede la media hora, pero también el adoptar narrativas atemporales tramadas
desde la propia experiencia vital forjada por una de las geografías más agrestes
de la Tierra. Si es éste un rasgo que jamás ha obviado la música del
magallánico, ya con Lluvia Ácida o por cuenta propia, aquí gana ¿alturas? ¿simas?
antes inéditas.
Lejos de ser una exageración aquello de la
filiación Bristol, tras anunciarla algo dubitativamente en “Rumbo Al Horizonte”,
ésta queda sentada en “Seres De La Estepa”. Dicha constante sólo cede en “Los
Que No Volvieron”, en favor del output electrónico que cultivasen Jarre y sobre
todo Vangelis. El crescendo de flautas al declinar las opacidades de “La Guerra
Que No Fue”, la críptica densidad de “Habitantes De La Ausencia”, la
impresionante soledad ruidosa/ruinosa de “La Sombra De Un Bosque”; sondean el distintivo
patrón rítmico del trip hop para dar peso y volumen a una estética que abraza el
aislamiento y el abandono de parajes deshabitados, y la melancolía y desolación
que de ellos manan.
Al aludir a “Los Que No Volvieron”, decía que
no bebe de las mismas aguas que casi todo el repertorio. Su perspectiva, sin
embargo, no discuerda de la que siempre proyecta Camino Interior en
torno suyo. Ni ese surco, ni los teclados asaltados por arrestos Hi-NRG de “La
Sombra...”, ni los momentos finales de “Habitantes...”. El álbum luce tan
coherente consigo mismo como el mediometraje homónimo que le acompaña: una
lograda sucesión de fotografías realizadas por el propio Cheuquelaf, tanto a
color como en blanco y negro. El movimiento de la cámara va de izquierda a
derecha y viceversa, de arriba a abajo y viceversa, en zooms in y out; sin despojarse
de esa sensación de naturaleza muerta que exhala cada toma.
Camino Interior ha sido cincelado en
poco tiempo, prácticamente en semanas. La antigüedad del material de que se
compone, en cambio, llega a los días más álgidos de la pandemia. El desaliento
que ella infundió en nuestra especie, así como el temor y la incertidumbre, han
marcado indefectiblemente la mirada que ahora echamos sobre nuestros hábitats;
incluso después de haber logrado controlar la virulencia de la plaga. Esa misma
mirada, aturdida, compleja, desasosegada; a fin de cuentas muy humana, que el
puntarenense transmite en esta nueva parada sónica. Edita Pueblo Nuevo.
Al ingresar el año a su recta final, como que
se hace muy difícil sintonizar todas las estaciones al mismo tiempo, por más
que uno/a lo intente de veras. Inevitablemente, algo se ha de escurrir entre
tus manos. Estas omisiones involuntarias no son graves si se trata de combos
allende las fronteras, salvo que éstos hayan dado pie en bola a sorpresas más
que encomiables. Mea culpa, entonces.
Juan Desordenado es el nom de guerre de
Juan Pablo Órdenes, músico a cargo de la eléctrica en las bandas Columpios Al Suelo y Maifersoni, así como sesionista/apoyo de María José Ayarza (a)
Chini.png (quien colaborase con Adelaida en Animita, actualmente el
último opus de los valpeños). Según entiendo, su debut Visiones aparece al
promediar noviembre del ’21, y es la diana que escondía bajo la manga el sello
Fisura.
Órdenes menciona entre sus referentes al fenecido
cellista Arthur Russell, a Sonic Boom y a Ryuichi Sakamoto (Yellow Magic
Orchestra). Se queda corto, si puedo emitir opinión al respecto. Sí, hay
suficientes pasajes de Visiones embebidos de noise rock como para hablar
de dream pop e incluso de shoegazing. Empero, en el disco se percibe al
santiaguino menos influenciado por estos géneros que por el indie de los 90s y
de principios de la siguiente década. Esa ascendencia es tan apabullante e
incombustible, que envuelve al CD en jirones radiantes. A ello coadyuva una
admirable maleabilidad en la performance interpretada desde el madero de las seis
cuerdas -ejecución llena de grácil delicadeza como en “Arrebol” o en “Vuelo
Nocturno” (copada de esa saudade antifolk que el colectivo Elephant 6 convirtiera
en marca asociada), lúcidamente festiva como en “Debajo, En La Cueva” (de exultante
vivacidad), o impetuosa y potente como en “Corta El Pasto”.
¿Significa esto que el lado baggy de Juan
Desordenado queda en rojo? Para nada. Éste aflora en canales como “El Sol”,
donde se deja escuchar la susurrante voz de la Ayarza, y el resultado estimula
la imaginación alucinándote con una versión serie B de Fleeting Joys. O en el track
epónimo, de tempraneros efluvios shoegazing, lo mismo que la coda. Es notorio, así
y todo, que el guitarrista se siente más a gusto imprimiendo una telemetría
slacker a las composiciones. Los arcos de feedback en una pista como “La Lluvia
Que Cae Sobre Las Ciudades De Neón” no consiguen disimular esa sensación a Red
House Painters circa 4AD, por ejemplo. Tampoco la placidez risueña de “Debajo...”
oblitera el pastrulo rush epigónico a lo Guided By Voices. Y, sin duda, las
inflexiones tributarias de Pedro The Lion o los Arcade Fire de The Suburbs
(2010) truenan más fuerte que el noise en “Visiones”.
Una jornada preciosa, puntillista y de
acabado lo fi, la de Juan Desordenado. No haber prestado oídos en su momento a
esta exquisita reflexión sobre el Sonido sería causal de sobra para hacer
penitencia mortificando la carne. Por suerte, ya no vivimos en esas oscuras
épocas, y siempre valdrá más el “tarde” que el “nunca”.