jueves, 16 de abril de 2026

Pinwü: Paisajes Imaginarios // Hesse Kassel: La Brea

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 8 de abril de 2026.)

Eolo Producciones inaugura su catálogo 2026 editando Paisajes Imaginarios, título que considero a medio andar entre el mini-álbum y el extended play, por tener del primero la duración -poco más de 20 minutos- y del segundo la cantidad de temas -uno solo-. Así se materializa la primera acometida de Pinwü, alias del integrante de Lluvia Ácida Héctor Aguilar, de quien he escuchado con anterioridad ejercicios bajo alias electrónicos solistas de ascendencia hip hop (Patagonia Bambaata y Polar). Pinwü, de hecho, nace de la invitación del ítalo-chileno Cinturón Negro a participar en un mix a propalarse a través de la radio francesa Flowka.

El novísimo seudónimo poco o nada tiene que ver con el hip hop electro, sin embargo, al menos en este Paisajes Imaginarios. Aguilar muestrea sonidos capturados durante sesiones correspondientes a grabaciones de campo, creando collages sónicos tributarios de un ambient en fase industrial, que devienen en soundscapes dignos de ser adscritos a films independientes de estética onírico-terrorífica. Al promediar los seis minutos y medio, por ejemplo, lo que pudiera haber sido inicialmente un diálogo de muchas voces femeninas es reacomodado e intervenido de tal manera que parece un siniestro coro de calacas.

No todo el magma utilizado es excluyentemente provisto por las field recordings. El músico magallánico acredita igualmente sampleos audiovisuales, así como procesos de síntesis para metamorfosear o reposicionar estos fragmentos. Aquí sí se hace más complicado, por no decir impracticable, rastrear el origen de tales sintagmas sonoros. El único que he podido identificar está dispuesto al inicio de la pieza, y me ha sido revelado gracias a su pertenencia a uno de los hitos indiscutibles en la discografía del pop sudamericano de todos los tiempos: Rocío (‘96), del genio argentino Daniel Melero. ¿El (breve) track escogido? “Electrobossa”. También percibo hacia el final un conteo regresivo en ruso, que quién sabe de qué película habrá sido recuperado.

Escuchar Paisajes Imaginarios tratando de esclarecer la genética de sus préstamos es, con todo, la manera más aburrida de abordarle. Mucho mejor es exponerse a sus contadísimos instantes de ambient sin polucionar (cerca de los once minutos), a sus “theremines” entrecortados que se zambullen dentro de inquietantes estados de conciencia, a sus turbias resonancias y a sus tintineantes reverbs. A su imponente zumbido ¿analógico-psicodélico?, en fin, cuyas atmósferas guardan cierta semejanza con el Floyd barrettesco de transición (cf. el segundo tercio de “A Saucerful Of Secrets”, del LP del mismo nombre).

Tras muchas vueltas y una rápida revisión de los últimos rankings anuales, queda meridianamente claro que el mejor y más ambicioso álbum chileno del ‘25 ha sido La Brea, el brutal uppercut que a modo de estrenazo publicase el sexteto Hesse Kassel apenas arrancó marzo del antedicho calendario. Tales fueron la admiración que provocó y el interés que concitó, que de inmediato recibió cobertura exhaustiva no sólo en la prensa especializada de su país, sino también en la de medios extranjeros. En efecto, muy rara es la ocasión en que un volumen consigue equilibrar excelencia y tesón; máxime si se trata de una puesta tan de largo -78 minutos y medio.

¿Por qué tanto revuelo? En primer lugar, porque se hace muy difícil asignarle una sola etiqueta a una jornada que no se desvía ni media micra del camino que horada, obteniendo de esta guisa una sonoridad monolítica, sin fisuras. En esta aparente contradicción yace su encanto: La Brea es un crisol de post rock usamericano, de indie noventero y de ese cambalache que los/as entendidos/as han convenido en llamar “americana”. Por el lado del post estadounidense, Hesse Kassel se ampara en sus raíces más profundas: Bastro, Shrimp Boat y los imprescindibles Slint de Spiderland (‘91). Por el lado del indie rock 90s, sucede otro tanto con sus frutos más insulares: el noise de Sebadoh, el math de Shellac, el post hardcore de Fugazi. Y en lo concerniente a “americana”, una frugal simbiosis de blue grass y folk, empapada en el aroma de los infinitos desiertos de la Unión.

En segundo lugar, porque los santiaguinos se han gastado muchísimas horas de ensayo fogueándose en el difícil arte de enhebrar líricas y música a niveles superlativos. En cuanto a las letras, bien pueden hallarse provistas de ese encanto non-sense abonado por ejercicios de poesía surrealista automático-repetitiva (“En Tiempo Muerto” y sus “...Solos De Aviones...”), bien de la épica sencillez de lo llanamente cotidiano. En lo tocante a la música, HK luce una musculatura tan rozagante como broncínea. No se hace ningún rollo si, de la armoniosa/colorida colusión de bajo y piano con vocales en registro crooner (“Anova”), tiene que saltar hacia la explosión constante de una eléctrica que se encabrita hasta chirriar (“Americana”, justamente). O si, de un humor squicker entre intenso e imperturbable, más propio del jazz (“Moussa”), debe reorientarse hacia un crimsoniano registro cacofónico/alucinógeno (“Postparto”).

El perfil compositivo de la banda está muy lejos, pues, de ajustarse a las maneras convencionales.  Crescendos hoscos, urgencia sombría, melodías cultivadas desde la conjunción vital de un piano de cola y de una acústica, saxos bartokianos, solos masivos de batería (“A. Latur”, “Vida En Terranova”)... Es bastante sorprendente el aire con que acaba La Brea: como sucede pocas veces en el mundo de la música pop contemporánea, el disco franquea la barrera de los 78 minutos sin resentir fuerza ni velocidad. Todo lo contrario: Hesse Kassel homenajea a uno de sus principales referentes, Yo La Tengo, bautizando así al número de cierre -nunca el trío de Hoboken fue repensado tan oscuro, lanzando con tremendo vozarrón alaridos liberadores de angustia y locura. Como si los legendarios Mostro, cuya estela se insinúa durante todo el rato, se hubieran metido esteroides.

Hesse Kassel se formó en 2022. Sus integrantes son Luca Cosignani (guitarra y voz), Matthew Hopper (bajo), Joaquín González (teclados y coros), Renatto Olivares (voz principal, saxofón y guitarra), Mauricio Rosas (guitarra) y Eduardo Padilla (batería). Promete mucho más que Candelabro, cuyo segundo esfuerzo ha resultado asaz decepcionante.

Hákim de Merv

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