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jueves, 20 de noviembre de 2025

Los Membrillos: Distimia // Salome V.V: Salo In Meee EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 12 de noviembre de 2025.)

Venía revoleando ya hacía rato el novel alias de Los Membrillos, cuando en la veintena de agosto apareció por fin su puesta de largo, Distimia. Sintomática la elección para el título, que alude a trastornos de insomnio, cansancio y cambios de humor; todo en uno. La salida de la placa rubrica así la notoriedad que desde el año pasado cosechaba en medios independientes la joven agrupación -formada por Daniel Farfán (bajo/voz), Lilith Villafuerte (voz), Mauricio Rodríguez (guitarra, hijo del frontman de The Spiracles y ex Resplandor Luis Alberto Rodríguez), Alex Oyola (guitarra/voz), Marino Obregón (batería) y Alexis Yamunaque (guitarra).

Sí, una formación llena de sangre nueva, cuyas edades oscilan entre los 16 y los 18 abriles. Es decir, individuos nativos del siglo XXI, en un mundo en el que las vanguardias han desaparecido o se han gentrificado en géneros/subgéneros per se. Un mundo, por consiguiente, en el que el pop contemporáneo se inclina las más de las veces a trivializarse, antes que a reinventarse. En este contexto, Los Membrillos se entregan en cuerpo y alma al shoegazing. No son los primeros en hacerlo, total o parcialmente, ni tampoco los más veteranos: Solenoide, Puna, The Miguel Aragaki Project, Alunaki, Paisaje 3, Aloysius Acker...

No obstante, hay algo en el disco que no termina de cerrar. Algo que no guarda relación alguna con la mocedad de los integrantes de la banda (circunstancia que nunca me ha parecido relevante para descalificar a nadie). Distimia empieza con “Ultramarr” (sic) y la influencia más clara queda en evidencia: Slowdive circa Just For A Day (‘91). Esta precisión resulta indispensable, porque durante sus cuarenta y tantos minutos jamás llega el estreno a reventarte las orejas, como sí lo logran los cinco de Reading en Souvlaki (‘93). Si bien un opus de shoegazing no tiene la obligación de pulverizar yunque-martillo-y-caracol, que Distimia sostenga ciertas semejanzas con Just For... sugiere que su output alimenta trasvases hacia otros códigos sónicos. Tal cual su ¿involuntario? modelo.

Asoma Distimia harto borroso para cánones baggy. No sé si ese acabado es incidental o voluntario. Cual sea la respuesta, parece un álbum de ethereal noise grabado bajo los estándares técnicos de fines de los 80s. Algunos de sus guiños apuntan además al majestuoso revival darkie de Disintegration, mientras que sus momentos de inequívoco pop remiten al indie más intimista del nuevo milenio (en parabólica curva que los propios shoegazers de mediados de los 90s recorriesen). En ese sentido, las canciones de Los Membrillos me recuerdan a lo hecho por Glaare -un maridaje precioso de dark y shoegazing, cuyo principal hándicap es la falta de mayor nitidez/limpidez en lo tocante a los nacionales.

No menoscaban dramáticamente estas consideraciones a Distimia. Hay temas erigidos sobre el desconsuelo, como “El Gran Cielo” o el fugaz y cuasi acústico “Ciudad Puente”. A otros les asiste una paleta de emociones agridulces -“Trementina”, “Espirales”, el melancólico matiz litio de “Ultramarr”. En el balance, el artefacto está lleno de guitarras aplicadas, impecabilidad extensible al resto de instrumentos. El ingrediente pop se entalla según amerite, y menudean las ocasiones en que la voz de Villafuerte acapara reflectores, moviéndose hacia un discreto segundo plano cuando dupletea junto a la de Oyola o Farfán.

En resumen, correcto play de arranque, algo desdibujado por esa niebla de baja fidelidad que le envuelve. Sucede casi siempre que el combo o artista debutante se da maña para homenajear a todos los referentes que buenamente puede. Distimia no es la excepción. Ahora bien, oscilar entre el dark y el shoegazing debiera proporcionar un mayor margen de maniobrabilidad que el que la experiencia ha demostrado posible. A Glaare, sin ir muy lejos, no le ha alcanzado más que para dos rounds. El segundo paso, entonces, es el que plantea la disyuntiva. Una que podría capitalizar las pocas oportunidades en que Los Membrillos imprimen mayores ímpetus a su proceso compositivo: “Millones De Colores”, “Los Pajaritos”, “Ella Me Dice”.

Aquí tenemos otro ejemplo de solipsismo casi beligerante. Apenas si aparecen a lo sumo dos entradas consignando el nombre de Salome V.V -y/o variantes- en la infinita vastedad de la Red. Di con esta referencia no por casualidad, sino por recomendación de José María Málaga (Fiorella16). Ignoraba por ende desde cuándo estaba operativa, si había tomado parte en experiencias sonoras anteriores, si militaba actualmente en alguna, o qué perspectivas contemplaba a mediano/largo plazo en su quehacer... Hasta que se reveló el nombre civil de la ruidista de marras: Ángeles Valverde (NRA Ruido).

Lanzado el 6 de marzo vía BandCamp, el EP debut es definido como “...una introspección de los sonidos que rodean la transición de alguien que está descubriendo lo que se puede hacer mientras se vive”. En tanto declaración de principios, funciona. Se trata, en efecto, de los pininos típicos de quien está empezando de motu propio una andadura posicionándose en las coordenadas adecuadas y arrancando en el momento justo. Secundada, para más inri, por Málaga en la edición.

Conformado por tres piezas de desigual duración, Salo In Meee EP araña el tercio de hora provisto de una inconmovible barrera de ruido iterativo prácticamente infranqueable. Otro símil equivalente es el de una indestructible y gruesa capa de hielo antártico, de miles de años de antigüedad. En ambos casos, felizmente, la valla es lo bastante permeable como para permitir atisbar aquello que se asienta o se agita al otro lado. Y digo felizmente porque la experimentación ruidista suele ser terreno fértil para esteticismos inanes, cuando no para estafas escandalosas.

Rompe fuegos “En El Desierto”, track de 11 minutazos y 40 segundos que califica como test de prueba de las turbinas de un Boeing. Escarbando a través de esa sólida muralla de distorsión tangible, percibo irrupciones mínimas, la mayoría de ellas fundada sobre retroalimentación y subidones de voltaje. Si se puede hablar de gradación de notas en relación al Ruido, el brevísimo “Introduciendo” -poco más de minuto y medio- sube un peldaño respecto de su predecesor, y se postula algo más uniforme. Finiquita el vuelo “Un Submarino”, siete minutos en la misma escala noisica de “Introduciendo”, radical en su minimalismo de modulaciones crujientes pero de una densidad menor a la mostrada en el resto del menú.

Salome V.V se estrena, así, con nota aprobatoria. Le ha ayudado ciertamente la concisión, así como la absorción osmótica de lecciones impartidas por sus mayores en el arte del ruidismo, en jornadas como Sheer Hellish Miasma (‘02), Stoke (‘02) o Seven Tons For Free (‘96). Lecciones que simultáneamente se constituyen en advertencias acerca de lo fácil que es desviarse del camino para acabar como tristes émulos/as de hipsterillos al mango. El siguiente movimiento de la Valverde solista requerirá de no poca inteligencia, y sobre todo de muchas intuición y energía.

Hákim de Merv

miércoles, 29 de octubre de 2025

Nax: Sugar Days (EP) // Sexores: Sangre

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 22 de octubre de 2025.)

Casi 24 meses después del señero Dejando Todo Atrás, al cual correspondió la respectiva rodaja que recopila sus outtakes bajo el marbete de “lados B” (‘24), entrega Nax un brevísimo extended con el que parece intentar despegarse de la estela dejada por aquella sustantiva jornada. Sugar Days (EP) aparece el primero de agosto, vislumbrando contravenciones a las peculiaridades del proyecto argentino, metamorfoseado (¿ya definitivamente?) en unipersonal.

Estos escasos 10 minutos y monedas arrancan de la mano de “Dino” a velocidades propias del ímpetu airado de un vital pop adolescente. En tal sentido, podría aguantar el calificativo de “punk” la actitud/acritud que ese intro de 58 segundos iza. Impresión sostenida por el fortísimo contraste con el canal que entrelazado suena a renglón seguido, “Sugar”, cover en exceso respetuoso del original que Beach Fossils incluyese en su clásico Somersault (‘17). Aquí se produce el segundo desmarque, porque la música de los neoyorkinos exige un delicado balance, revestido de lo fi, entre el shoegazing y el indie. Aunque Nax bebe de ambos manantiales, en sus trabajos anteriores siempre había sido notoria la predilección por el primero.

La eléctrica es la columna vertebral en “Desde Lejos”. Ello indicaría un regreso a la ortodoxia del ethereal noise, si no fuera porque Nicolás Castello apela a multiplicarla antes que a distorsionarla, además de copar espacios valiéndose del teclado. Precisamente por eso es que el acabado de la pista luce baggy, cuando en realidad es una delusión que alimentan la dosificada distorsión y los sonidos provenientes de dicho artefacto.

Además de en el epílogo, la francófona “Icarus” se convierte en la canción que recupera la imagen del Nax que todos/as conocemos. El de sutiles introducciones irreales y sublimes estallidos de volátil electricidad. El de vaporosas atmósferas sedantes, rasgadas por glaciales ventiscas vésperas. El que se las ingenia para arropar un pop prístino con letras forjadas en la tradición indie noventera y con ambiental acuarelismo arrebolado y excitante. Difícil arriesgar si es un postrer guiño o un anuncio de retorno por viejos fueros. Anna Oosting es acreditada por tercera vez como responsable de la fotografía de portada -la primera fue en Dejando Todo Atrás (B-Sides), y la cuarta en “Tesoro”, single recién estrenado.

A propósito de Sangre, nuevo LP de Sexores, se hace imperativo recordar los muchos vasos comunicantes que existieron/existen entre el dark rock y la música etérea, corrientes ambas nacidas a principios de los 80s. Las numerosas aristas de la conjunción bien pueden ejemplificarse en la relación de admiración mutua entre dos íconos de estas tendencias, Robert Smith (The Cure) y Elizabeth Fraser (Cocteau Twins), inmortalizada en el excelente documental sobre el shoegazing Beautiful Noise (‘14).

¿Por qué la pertinencia de esta remembranza? Porque en Sangre se ha concretado una de-evolución. En retrospectiva, empezó Sexores a dar señales de ésta con East / West (‘18). No muy claros y/o abundantes al principio, esos indicios fueron menudeando a partir de Salamanca (‘20), y se hicieron evidentes en Mar Del Sur (‘23), reentré tras más de dos años de separación. Si bien la obra de Emilia Bahamonde y David Yepes nunca ha disimulado su naturaleza dual, ésta prefería las más de las oportunidades el justo medio. Cuando no, tal circunstancia dio lugar a un período de estética shoegazer -entre Historias De Frío (‘14) e East / West- que devino en su momento de mayor renombre.

De una parte, el baggy, el pop, el dark sublimado. De la otra, el downtempo, la electrónica, el electropop. Dos caras de una misma sociedad, conteniendo la una a la otra. ¿Ocurre lo propio en Sangre? Sí. No obstante, la intersección de los lados podría generar más de una polémica. Uno de ellos es el darkwave -no el dark de Joy Division o el de And Also The Trees, no el de Christian Death o el de X-Mal Deutschland. El otro lado sigue ocupado por la electrónica, sólo que ahora ya no como contraparte del anterior, sino al servicio de éste.

El resultado es un output del cual lo menos que puede decirse es que es asaz retro -de ahí lo de “de-evolución”. Emitir un juicio de valor al respecto ya depende de cada quien. A mí no me molesta en absoluto, porque me gusta escuchar de todo -excepto metal y rockabilly-, mas no faltarán las voces que han de lamentarse por este “retroceso”, e incluso hablarán de “involución”. El sonido hegemónico en Sangre es, pues, el del darkwave. Uno oscuro, de bases electrónicas lo bastante acendradas como para volver la mirada hacia los viejos y sombríos 80s, y no lo suficientemente densas como para quedarle vedadas las pistas de baile. De hecho, es todo lo contrario: tracks como “Dark End”, la apertura “Sangre”, las aproximaciones new beat de “Nightbreed”, “His Love Is An Instrument From Hell” e incluso “Religiones Menores” funcionan perfectamente para sacarle lustre al suelo. Cinco de ocho.

Con el resto del esférico sucede algo ligeramente distinto. Mientras se reproduce “Tutayashka”, no puedo evitar acordarme de “When Mama Was Moth”, inicio de Head Over Heels, justamente el disco con que Cocteau Twins iniciaba su transición de las profundidades de Garlands (1982) a las viñetas fulgentes de Treasure (1984). Al hilo, “Ánimas” propone una relectura pop del primer Xymox. En las antípodas de la indisposición, sus sedosas ondulaciones cuajan en un surco de escucha muy agradable. Y “Niebla”, el corte final y de más extensa duración, bascula entre el dark y el dream pop derrochando harta melodiosidad, siempre envainada ésta en un funda lúgubre.

No dudo de que habrá gente que se decepcionará de Sexores al escuchar Sangre, y en adelante le tendrá en menos, abrazándose así a sus prejuicios. No es mi caso. A fin de cuentas, la placa tiene buenas canciones y recrea sublimada pero también hábilmente las músicas que daban la hora en los circuitos independientes de hace cuarenta años. Me basta con eso. Venga del género que venga (salvo que sea del metal o del rockabilly), una melodía esmeradamente elaborada siempre será bien recibida por este par de oídos.

Hákim de Merv

jueves, 28 de diciembre de 2023

Mongo No Stars: Lowlitio // Alunaki: Alunaki // Ionaxs: Antotipia EP / Portrait In The Postcard

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 20 de diciembre de 2023.)

Tras la impresionante entrada que le significó Neofhyte Miscellanea, coronándose en mi opinión como mejor largo nacional de 2021, le ha tomado un par de años a Mongo No Stars reintegrarse a la carrera en que participan las agrupaciones independientes de nuestro siempre vilipendiado Perú. No a esa carrera por competir entre sí para ver quién llega primero a diciembre, ciertamente, sino a una de mucho más largo aliento y complejidad -aquella en pos de la constancia y de la sostenibilidad estéticas. No se trata ahora, pues, de cortar nuevamente rabo y orejas.

Así las cosas, ¿qué ha pretendido hacer el anónimo músico parapetado tras las siglas MNS con Lowlitio? Lo primero que podría argüir es que ha pugnado por implementar una deconstrucción del propio debut. ¿Con qué propósito? Ni idea. Tal cual sucediese en ...Miscellanea, el prologal “Endless Fray” falla como antesala de aquello de lo que se ocupa este segundo capítulo: techno beat, ambient, avant garde en clave de new glitch, piano de inspiración clásica... No todos esos sonidos lograrán continuación en el resto del trip, y los que sí, verán constantemente trastocadas sus proporciones.

En consecuencia, Mongo No Stars vuelve a entonarse con una segunda pista. El acid house de “The Brain Of Our Species”, próximo a convertirse en IDM cristalino gracias a hardware de barroquismo Hi-NRG, recupera el output primigenio del proyecto (al cual todos/as éramos afectos/as). Este ímpetu, empero, se da de narices con el de “Untitled A”; construido sobre bases synth próximas a mutar en proto new beat o EBM, e inoculadas de house y de techno. No son extrañas al alias estas sonoridades, pero aquí lucen excesivamente esquematizadas, sin el protagonismo de las variables presentes durante Neofhyte... -y que hacían de éste un exquisito cóctel báquico.

A partir de “Shark”, Lowlitio encuentra un poco más de orden. Bifronte, qué remedio. En una esquina, canales que se apegan más a la EBM que a la IDM, sin adaptarse del todo a la consabida tímbrica distópica de la primera: el notorio acento tribal de “Shark”, el reverso que le supone el cerebral “La Mente Es Un Cubo”, el ulterior “Sad Ocean Song”, el ominoso maquinalismo de “Untitled 23”. En otra esquina, creaciones que se sienten más cómodas a la vera de la IDM que a la de la EBM, sin renunciar a la permisividad respecto de la segunda: la dionisíaca “Pill Time For Locos II Remix” (que emula los “riffs sintéticos” del soundtrack de The Terminator), la heterodoxia Warp de “Let Rat Eat Each Other” (con extra de sutil ¿techno trax?), la ya mencionada “The Brain...”.

Los dos vértices restantes del cuadrilátero se reservan para sendos surcos que no se ajustan a ninguno de los perfiles antes explicitados. El más atípico resulta siendo el de programaciones y tesitura claramente rocktrónicas, big beat en regla que ya podría haber firmado Theremyn_4: “Tigh Rope”. No menos sorprendente es el otro, el único de toda la travesía que obtiene plausible equilibrio oponiendo su herencia new beat a su contraparte intelligent techno: “Essen”, el híbrido soñado.

Artefacto extraño este Lowlitio. Aunque se robustece de los mismos nutrientes que NM, se le siente... No, ES más disperso y desordenado que su antecesor, del que se echa de menos la primorosa cohesión exhibida y el sentido del timing. Si le alcanza, débese principalmente a dos peculiaridades: la colección de sampleos que acredita Mongo No Stars (Reservoir Dogs en “Untitled 23” y Scarface en “Pill Time...” los más reconocibles, ambos curiosamente gansteriles referencias cinéfilas) y el hecho de tener todos los tracks un desenlace apresuradamente brumoso.

Era un reto tomado de manera muy personal por Raúl Begazo publicar, antes de que acabe el ‘23, un tercer episodio de su unipersonal Alunaki. Contra viento y marea, éste aparece disponible online el 11 de noviembre, exponiendo algunos puntos flacos en cuanto a forma y a contenido. De lo último puede dar fe la performance del arequipeño como cantante: siendo “Flores De Cáctus” (sic) el prototipo más acabado de la modulación vocal a que debe aspirar, en el resto de sus pares no-instrumentales la voz trasgrede el canon que a ella reserva el shoegazing.

Y en lo que atañe a la forma, la fotografía del álbum luce un tanto opaca. No es éste, impecable, el que presenta problemas, sino su aspecto: por mucho que los números hayan sido esmeradamente construidos, e insuflados de un brillo augusto, no puedo evitar sentir un tamiz entre ellos y yo -como si se hubiese añadido interpuesta una capa de jaspe, que impide a la epónima rodaja refulgir como debiera.

Finalicé el penúltimo párrafo aludiendo al género de Slowdive y de Medicine. Formulados ya mis reparos para con Alunaki, debo añadir que éste se zurra en todas las predicciones habidas y por haber. A inicios del año, en comentario algo tardío dedicado a Sueño Ameba, descartaba cualquier posible vuelta en U para esta faceta de Raúl. Nueve meses después, el mistiano me cierra la boca regresando a las cuencas que recorriese en su primerísimo Telescopio. O mejor dicho, a la principal de ellas. Queda de lado, entonces, el tripgaze que momentáneamente rozó SA.

Plus: es en el dream pop donde al pundonoroso guitarrista se le siente como pez en el agua. Abre la carrera “Misantropía”, con una eléctrica incandescente y ululante que inequívocamente remite al baggy clásico -y en muchísima menor medida al post punk. Aunque otros rounds del CD van en la misma senda, en ninguno de ellos reeditan las seis cuerdas la brutal intensidad del arranque, si bien consiguen éstos emulsionar apropiadamente la fórmula ruido + melodía. Uno de ellos es “WiGa”, de tesitura bastante más reposada debido a la implementación de dosis precisas de templanza y de melancolía: sus facciones cogitabundas me hacen pensar en Half String y el arte que éstos cultivaron gracias a la cualidad espectral que emanaba de sus puentes. Otro arquetipo de aplicado apego al ruido angélico de arte y ensayo es “Tu Luz”, viñeta de resplandecientes crepúsculos ensangrentados. Y una tercera muestra es “Flores De Cáctus”, apacible euritmia de calculados vendavales distorsivos.

Bajo estos patrones “modélicos”, se encuadran los demás temas de Alunaki. A veces, forzando los límites hacia capas atmosféricas dominadas por el bliss (el seráfico “1978”), a veces priorizando las artificiales secuencias sintetizadas (“Puertas Cerradas”), a veces burilando faenas perfectas en ejecución y método (“Recuerdos Olvidados”). Pese a poder equipararse el recorrido en-constante-cambio de este trabajo al de los quiebres de ángulo que ofrece una montaña rusa, lo concreto es que no abandona ni un minuto el formato ethereal noise -apelando en tal sentido a las vertientes de sus diferentes avatares: Seely, Pale Saints, Kitchens Of Distinction, Mellonta Tauta, Chimera, Guitar...

Como no podía ser de otro modo, el colofón lo rubrica un corte plácido, nostálgico, de percusiones mínimas. En “Calma”, la eléctrica se desliza elegante, sobria, taciturna. Ello no impide que su epílogo suba decibeles hasta convertirle en iterativo arrebato noise de intempestivo KO. Instrumental, para más señas.

A título de adelanto a lo que sería su nuevo plástico, sexto en una andadura que ya ha cumplido las dos décadas, el 28 de septiembre pasado Ionaxs edita el Antotipia EP. Empacados para descarga gratuita, sus cuatro asaltos pueden tomarse ahora como zona ecuatorial entre la obra solista anterior de Jorge Rivas O’Connor y la más reciente placa. ¿Acercándose o alejándose de ésta? Muy buena pregunta, ya que existen argumentos tanto para afirmar una cosa como la otra.

El propio extended describe una suerte de loop, ya que el telón arriba que supone “Estamos Jugando En El Jardín” y la postrera luz de “Antotipia” despliegan sendas manifestaciones de una ars electronica suspendida entre el ambient encrespado de ruido y el drone digital desgajado a partes iguales por la abstracción y la eufonía. Uno y otro por igual me dejan pensando cuánto pesa todavía sobre las huestes de avanzada la influencia del que fuera considerado el mejor disco electrónico de los 90s gestado en España: Naves Sin Puertos (‘98), de nuestros amados Silvania.

No hay loop, por supuesto, sin movimiento orbicular; y éste corre por cuenta de “Con Los Restos De La Lumbrera” y “Mientras Florece En El Invierno”. Sin evitar participar de la génesis descrita en líneas anteriores, toman cierta distancia para acercarse al multicolor electrogaze de estos tiempos: mucho ludismo, reflejado en el aliento entrecortado de sus patrones texturales, abriendo las puertas de la distorsión sin renunciar a los bpms. El agraciado efecto conjura rizadas/onduladas imágenes teñidas de tonos burdeos, como desenfocadas a través de algún filtro líquido.

¿Sería otra mi perspectiva si hubiera escuchado antes el EP y semanas después el novísimo Portrait In The Postcard? Imposible adivinarlo ya. De ahí la necesidad de recurrir a la figura de un “territorio neutral” para esbozar la anatomía de este Antotipia. Funciona, eso sí, como apropiado entremés de cara al siguiente paso en la carrera de Ionaxs; con el literario guiño extra del breve cuarteto poético que proponen los nombres del menú si se les lee juntos: “Estamos Jugando En El Jardín”, “Con Los Restos De La Lumbrera”, “Mientras Florece En El Invierno", “Antotipia” -o la técnica fotográfica fundamentada en la capacidad fotosensible de algunos pigmentos vegetales, responsables de la coloración de las plantas.

Y hete aquí que un día volvió Rivas a tamaño 33 rpm. La última movida similar había sido Amuki (‘20), inasible y compleja dado su leitmoiv fúnebre y conmemorativo. Tras pausa de tres años y muchas colaboraciones estelares, Ionaxs da un paso adelante en su devenir como acto individualista, lo que no necesariamente le posiciona en nivel inédito. Al menos no en un 100%.

Me explico. Con el antecedente inmediato de Antotipia aún fresco, estaba listo para que Portrait In The Postcard sacara lote en cualquiera de tres escenarios posibles: el similar al del extended, el que ahondase en lo que éste prometía, el que virase en redondo de vuelta al clásico Ionaxs. Pero mentiría si dijera que no estaba predispuesto a esperar que aconteciera lo segundo -una consolidación/profundización en la ruta sindicada por el EP. Eso fue lo que finalmente encontré (¿o quise encontrar?).

Con denominación tan indiciaria como la suya, desde el primer minuto “Arrebol” me hizo recordar la acuosa serenidad de Sukha, el mejor disco del colectivo Puna -que Rivas integra- y uno de los hitos independientes de 2019. En el mismo sino que el segundo esfuerzo conceptual de la mancha “puneña”, su enyunte de sintetizadores, efectos y software anuncia mezclas más volátiles y copiosas de paradigmas como los representados por Main y My Bloody Valentine. Subraya asimismo “Arrebol” las obvias diferencias con Sukha: la falta del pulso percusivo inconfundible que confiere un baterista real (Leko López) y su pigmentación de otro orden. Ambas características se ven confirmadas por “Nublar”, de espaciosas/oceánicas atmósferas que optan por tintes granates y cuya distendida programación soslaya medianamente esa ausencia. También “Aquí Quedan Tus Postales” confirma dicha apuesta, con su calmosa aura 50/50 electrogaze y ethereal glitch, y su invocación de matices enraizados en el rojo.

Sin obviar el talante general del volumen, entre “Bromo” y “Líquido Digital” se ensimisma Jorge en viajes más arduos, desprovistos de la deliciosa miel bermeja/bermellón que colmaba la primera parte. Aquí ganan el pulseo la electrónica contemplativa, el ambient aguzado, los beats menguantes (o la falta de ellos). Una terna en que las calologías se dispersan/disocian, dando paso a resonantes pasajes senescentes que así y todo cuentan historias de arroyos y de escarlatas, de puquios y de carmesíes. Posteriormente, llegamos a “Donde Nace Brillo”, que podría catalogarse como el lunar pero también como el “área de descanso” del acetato; por cuanto implica un regreso del Ionaxs netamente digital, IDM, post rave, rep(l)icante -con todo, conectado a la nueva aventura.

Para “Cueva De Ánimas”, retornan renovados a escena esos beats del primer segmento que se esforzaban en reemplazar a las baquetas “orgánicas”, por lo que se trata de la parada más jazzy de Portrait In The Postcard. Finaliza éste regresando a sus primeros estadios, donde el shoegazing “binario” y el glitcheo de celestial bienaventuranza convivían en líquida y sosegada comunión. Primero, con la perenne declinación del fugaz “Perfecto Error”. Luego, con la imponente “Infusa”, de épicos ribetes: secuencias invencibles de rossos tiznes, salpicadas de guitarras etereoespaciales, invadidas de ruido hecho glitch y de distorsión domeñada a propósitos afiligranados. El corolario idóneo para un opus que reinterpreta los descubrimientos del Puna más interesante a través de cárdenas lumbres, el último candidato a mejor larga duración del ‘23.

Hákim de Merv

jueves, 26 de octubre de 2023

Nax: Dejando Todo Atrás // Sternenmädchen: Gilles Zeitschiff 2

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 18 de octubre de 2023.)

En los idus de septiembre, el proyecto gaucho Nax pone a consideración en BandCamp propio su segundo LP, Dejando Todo Atrás -título más shoegazing imposible, dado el notorio guiño a “Leave Them All Behind”, apertura del clásico Going Blank Again (‘92) de Ride. Prudentemente, la alusión al combo de Andy Bell y Mike Gardener no trasciende mucho más allá.

Hay un par de cosas que decir en torno a lo nuevo del alias bonaerense. Lo primero, es que aparentemente ha regresado a modo unipersonal. Si en Congelado (‘20) se acreditó a Christian Bocon, a Nicolás Garimano, a Jonathan Sansone y a Nicolás Castello; quien se mantiene bajo el nombre de Nax en Dejando... es su fundador y principal animador -Castello. Joaquín Karpinsky como dueño del bajo en la vespertina “Reflejo Lunar” es el único otro crédito concedido en las notas del lanzamiento, donde figura Nico en labores de composición letrística y sónica, ejecución de todos los instrumentos salvo donde se indica lo contrario, de mezcla y masterizado. De modo que se le puede señalar, sin ligereza, como responsable directo de la evolución del acto en este nuevo episodio.

Otra peculiaridad a subrayar es lo bien perfilado que ha sido el plástico. Repitiendo la experiencia de Congelado, algunos de cuyos números fueron eyectados/testeados cual singles meses antes de la aparición del debut, varias de las pistas recogidas en DTA han visto la luz incluso desde el ‘21. Este fogueo previo le ha permitido a Castello bocetar un esférico lucífero, donde las sombras no están ausentes, sino dispuestas de tal manera que le cohesionan sosegando sus a veces excesivos ímpetus. Una muestra de ello es la citada “Reflejo Lunar” y su vinílico efecto epilogal. Otra igual de crepuscular, aunque no tan melancólica, es la senescente “Bleu”.

Es precisamente en esas ocasiones cuando Nax gravita hacia el primer Slowdive -el de “Ballad Of Sister Sue”, el de “The Sadman”, el de “Primal”, el de “Catch The Breeze”. La síncopa moderada, el latido del bajo a medio andar, las voces cansinas... Rasgos a menudo sustituidos en las dos primeras partes del opus por momentos de inflamado fulgor (“A S T R O”, “Desaparecer” me hizo pensar en el pop multicolor de Loveless), de pulso trepidante (“R A R A”, “Todo Es Fugaz”), de contundente explosión noisica (“Olvidado”, “Brillar”). En tales circunstancias, se hace más apropiado citar a Chapterhouse, a M83, a Swallow...

El tercio final de Dejando Todo Atrás merece párrafo aparte. Nax oscila entre extremos, de “Animal” a “Verlos Partir”. En este último y en “Me Como Tu Voz”, por ejemplo, parece transmigrar del shoegazing a un estado que sólo se me ocurre tipificar como “dreamwave”. En “Animal” y en “No Soy Quien Debería Ser”, parece abrazar fervorosamente la herencia vaporosa de entidades como Alison’s Halo y Half String, sólo que con índices bajísimos en serotonina -que le reditúan cierta aura de desencanto y abatimiento, jamás al punto de abandonar los predios del dream pop. El segmento es una suerte de antesala para el final del CD, “Danza Cuántica”, con el que Castello regresa al sonido Just For A Day (‘91) -esta vez alternando el litio oftálmico que proporciona el sunset y las apagadas sombras rojizas que sobre éste va imprimiendo de a pocos la divina noche. A diferencia de Congelado, Nax consigue esta vez aprobar a la primera escucha.

Como para no olvidar nunca que en todos lados se cuecen habas, la segunda incursión de Gille Lettmann a.k.a. Sternenmädchen, liberada casi medio siglo después de la primera (Gilles Zeitschiff, ‘74); trae a colación uno de los grandes bluffs acaecidos en el devenir de la música pop. Esta vez, el turno es el del intocable kraut rock.

Hacia 1972, Rolf-Ulrich Kaiser y la “Doncella De Las Estrellas” eran una pareja consolidada, dueña de Ohr y otros subsellos funcionales al primero -en torno al que se había abroquelado principalmente la escena berlinesa. La empresa podría haber funcionado un toque más, y pasado sus propietarios a la Historia como gestores de un capítulo esencial para la vanguardia pop alemana. La megalomanía de Kaiser dispuso otro sino.

Ocurrió entonces que los astros se alinearon, posibilitando una reunión entre Hartmut Enke (bajista de Ash Ra Tempel) y Timothy Leary (gurú del ácido por esos calendarios). Lo que cerró en Berna (Suiza) como intento desastroso de colaboración entre el exiliado teórico usamericano y la banda de Manuel Göttsching, debido al abuso de sustancias non-sanctas, habría podido quedar archivado y no nos perdíamos de nada. De no haber metido Rolf-Ulrich las narices, obvio.

Por desgracia, Seven Up (‘73) acabó siendo una jornada bastante mediocre, terminada de grabar a las patadas y completada a posteriori por ignotos músicos de sesión que nada tuvieron que ver jamás con la movida kosmische. El disco de marras fue glorificado aquí por desubicados como Eduardo Lecca, que en su libro Vanguardia 1966 - 1998 hizo apología de una “...melodía del Cielo...”/un “...sonido del Cosmos infinito...”, allí donde sólo hubo paja y más paja de parte de Leary. Más mesurado/cauto se mostró Eduardo Lenti (Cinco Décadas De Rock 1955-2000: Origen, Evolución Y Análisis - Parte 1 (1955-1979)), quien enfoca la placa desde el lado de Ash Ra Tempel y le considera ejercicio distendido respecto del epónimo debut (‘71) y de Schwingungen (‘72), verdaderas gemas del kraut teutón.

Para peor, y no satisfecho con sacar un LP semi-apócrifo, Kaiser capitalizó el cambio de denominación de su discográfica -de Ohr a Die Kosmischen Kuriere-, creando el grupo fantasma The Cosmic Jokers y editando cinco vinilos in extenso. Hoy se sabe que no existió tal grupo, que su materia prima proviene de sesiones en que intervinieron Dieter Dierks (el otro productor talentoso del género, opacado por Kaiser), Harald Großkopf, Jürgen Dollase (ambos en Wallenstein), Klaus Schulze y Manuel Göttsching; que no se les notificó a los músicos el registro de dichas sesiones y menos todavía su publicación en formato álbum, y que éstos permanecieron descatalogados muchos lustros por múltiples demandas legales. Así y todo, Rolf-Ulrich se dio el gusto de diseminar un manifiesto a través de su banda-títere, que hizo que sus compatriotas de la revista Sounds le cambiasen el seudónimo a su escudería por el de “die lächerliche kuriere” (“los mensajeros ridículos”), y del que muchos/as bajo estos cielos se han hecho eco con estólida candidez.

¿Y Sternenmädchen? La Lettmann al menos tuvo la decencia de editar algo real y tangible. Se considera a su Nave Del Tiempo un surreal documento sonoro que navega entre el proto synth del maestro Schulze, la apetitosa psicodelia trippera de los Tempel y la intensa vibra space enhebrada en los omniacordes de Tangerine Dream; todo ello hermanado por la narrativa de Gille en plan folk estelar. Algo así como el reverso no-laudable-para-algunos, en-exceso-electrónico-para-otros y pasado-de-revoluciones-para-todos/as de bandas como Synanthesia o The Pentangle.

Un buen día de este 2023, me entero de la puesta en venta de Gilles Zeitschiff 2 (mayo). Creía retirada de toda actividad a la pareja Kaiser-Lettmann, pero la edición de este segundo volumen, para más inri bajo el ala rediviva de Die Kosmischen Kuriere (en sociedad con Breeze Music); me convence de lo contrario. De lo que estoy seguro es de la antigüedad de las grabaciones. Ésta es gente que ya se está jugando los descuentos en la base siete, y para convencerse de ello no hace falta sino echar una mirada a la info del díptico: Harald Großkopf, Rolf-Ulrich Kaiser (a) Sun Courier, Dieter Dierks, Jürgen Dollase... El único al que no conozco es el italiano Roberto Cacciapaglia, que sí o sí es coetáneo suyo.

Aunque muy probablemente estos seniors se hayan juntado para arreglar/pulir/completar los tracks, éstos han sido recuperados de las grabaciones de la época -lo que comúnmente se conoce como “material de archivo”. No sólo por la acreditación ya consignada, sino por la tónica general del largo. Para estándares actuales, Gilles Zeitschiff 2 es un 33 r.p.m. muy apolíneo, lleno de luz, que se aventura en desarrollos electrónicos de ciencia-ficción anteriores a Kraftwerk -en tal sentido, su onda es muy Berlin School (“Tutenchanamun”), a lo sumo Jarre o Vangelis. Tan es así que “Beethoven” recuerda su poco al “Chariots Of Fire” del difunto esteta heleno. Sus motivos cósmicos como grecas remiten a la fluidez circular de muchos de sus contemporáneos de entredécada (“Overtüre”), tanto como sus tintineos y reverberaciones celestiales a cierta solemnidad espirituosa reinante entonces (“Leonardo”). Todo apunta, pues, a que se trata de una rodaja que recupera parte del trabajo que la artista dejó inédito hace cinco décadas. Si bien ello puede ofrecer una mayor perspectiva sobre cómo se hacían las cosas en aquellos días, su valor no se extiende mucho más allá del que le asignamos a la pieza que -no sabíamos que- faltaba para completar la colección.

PD: El intrilingüis de Kaiser al dedillo en el décimo capítulo de Future Days: El Kraut Rock Y La Construcción De La Alemania Moderna, librazo de David Stubbs.

Hákim de Merv

jueves, 14 de septiembre de 2023

Seven 7'' // DJ Locopro: Human Music

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 6 de septiembre del 2023.)

En el background general de la música pop, la figura del single doble es rarísima, mucho más que la del extended play doble. Si algo tienen uno y otro en común, ello es una justificación conceptual no siempre impertérrita. Quizá el ejemplo más célebre del doble EP es el que diera lugar posteriormente al disco Magical Mystery Tour (‘67) de The Beatles. En cuanto al doble 7’’, la primera vez que supe de su existencia fue gracias al 45 r.p.m. de Japan “Gentlemen Take Polaroids” (‘80), insólitamente presentado como díptico. Aunque de seguro hay antecedentes más antiguos.

Cerca de dos meses atrás, Chip Musik Records lanzó el sencillo de nombre Seven, editando por separado el lado A (13/7) y el lado B (16/7). Salvo el buen tino que ha presidido la elección de participantes en la sucinta jornada doble, lo que de paso también me faculta a hablar de algo así como un 6-way split, no capto ninguna idea subyacente a cada “cara” del single. Eso sí, cumple Seven con ilustrar los principales méritos de la discográfica (si bien de manera demasiado efímera para mi gusto).

El lado A de Seven empieza con Aloysius Acker -y, considerando las coordenadas de los cinco actos que le suceden, puedo decir que no hubo mejor lugar en donde ubicarle. El nom de guerre de José Rodríguez deambula entre el shoegazing próximo al bliss pop y el post rock de facciones etéreas. Henchida de texturas poco menos que seráficas, la pieza “Esta Sombra Que Cae Del Ruido De Tus Pasos” no sólo se condice con el perfil que retrata este filón del músico, sino que corrobora la buena forma en que se mantiene. Le siguen Siam Liam y Ionaxs, sendos cultores IDM clásicos del sello, inusualmente presos de una inflamada heterodoxia durante sus performances. El primero se sirve de una melodía de ambient acuoso rodeada de dosis exactas de intelligent techno/deconstruida con beats que guiñan a la distancia al drum’n’bass (“Mar Cuántico O Fluctuaciones Del Vacío”). En cambio, Ionaxs -Ion Axs, para la ocasión- cose IDM epiléptico y entrecortado a secuencias de raigambre downtempo (“Haz De Iones”, nimbada por enaltecidas frecuencias vibratorias).

Seven da inicio a su lado B con fichaje de estreno en la nómina Chip -Paititi. El novísimo seudónimo de Óscar Cireneo (Semilla Galáctica/Galactic Seed) nos obsequia en “Tagmatron” una polimórfica exhibición de autechrismos circa Tri Repetæ (‘96) y de esa agitación intrínseca al subgénero braindance en sus horas de inspirada ebullición. Tras el surco, se posicionan Mongo No Stars y Troek. El segundo es otro chaplín debutante en los bits de la label, aunque detrás suyo están dos viejos conocidos: Jorge Rivas (Ionaxs, Puna, Philkophillips) y Alfonso Noriega (El Otro Infinito, Prados Perfectos, Puna). “Primer Mensaje Desde La Niebla” es un ventarrón huracanado de ruido digital, que se ve progresivamente invadido por restallantes programaciones de nerviosa electrónica.

Mongo No Stars, por otra parte, es ya una revelación confirmada; fogueada en compilaciones de las series ‘Lego’ y ‘Trasmisores’, y cuyo primigenio Neofhyte Miscellanea se erigió como el mejor álbum perucho del ‘21. El proyecto se esmera en mitigar todas las salientes producidas por la robusta mezcla entre acid techno y ambient house que esgrime, aditando elementos intelligent e incluso EBM, consiguiendo así abastecer a “Tigh Rope” de una gran capacidad de fuego de cara al dancefloor. Admito que a prima facie la noción de un single doble no concitaba mucho mi atención. Los resultados obtenidos por Seven me conminan a reconocer la nulidad de esa temprana sugestión.

Para su nuevo capítulo bajo la identidad que más ha hecho suya frente a las escenas independientes, Miguel Elescano propone una suerte de tratado abstracto sobre algunos de los géneros electrónicos de obvia filiación noventera. A tal efecto, el limeño no discrimina entre vieja y nueva escuela, por lo que Human Music reditúa la incómoda sensación de querer sonar omniabarcante y errar en el intento -aunque no sea ése su objetivo.

En “In The Light”, por ejemplo, DJ Locopro hace rugir los motores con que siempre coge velocidad y vuelo -los del house y del techno. Pero el trote del tema de apertura es suave, cansino, a despecho de la alta tensión que muge a través de las ensordecedoras líneas de acompañamiento. Algo similar sucede al reproducirse el track epónimo del esférico (si bien se prescinde de osamenta rítmica). Esta parsimonia choca con la presteza de composiciones como “New Creature” o “Nuclear Pop” -respectivamente demostraciones del vertiginoso tech house de-ascendencia-Roland TR-808 que fascina al capitalino, y del fracturado jungle con que éste difumina nubarrones y sirenas.

Otro ejemplo de diversidad es “Sweet Poison”, que paulatinamente se va acercando al trip hop, sin llegar nunca a sumergirse del todo en el sonido bristoliano. Ello, pese a la presencia de la japonesa Coppé y de ¿esa colaboración? ¿ese sampleo? a lo Horace Andy que más parecido, imposible. Y no podía faltar el guiño a aquellas dialécticas digitales marca 90s que basculan entre el lo fi y el no fi, que pueden ser angélicas y dulces como asimismo áridas y punzantes -que son todo atmósferas y efectos, sin rastro de programación o secuencia. En este último cajón incluyo a “Coming Home” y a “Dios Es Luz”.

El balance es un poco disparejo, entonces. No porque falte oficio, o porque Human Music tienda a disgregarse en variedad de impresiones que divergen unas de otras. No. En Everything Is Wrong (‘94), Moby probó que se podía ser exageradamente versátil y aún así permanecer a flote con circunspección y solvencia. El problema es que los canales mismos carecen de mayores brillos: no destacan por características propias, una vez descifrada su posología, y en honor a la verdad lucen bastante inanes todos ellos. Ni siquiera esa excepción a la tácita regla de base 9 que es “Aunque Los Perros Ladren”, synth pop fondeado en los 80s, escapa de la imperante aura de inercia. Así, se torna difícil matizar un largo al que le es imposible avanzar más allá de la categoría “regularón, nomás”.

Hákim de Merv

jueves, 11 de mayo de 2023

Cherry Stars Collide: Dream Pop, Shoegaze & Ethereal Rock 1986-1995

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 3 de mayo del 2023.)

Ad portas de la última Nochebuena, me llegó a través de Facebook el anuncio de un nuevo lanzamiento de la británica Cherry Red Records -no confundir con su homónima usamericana-, disquera fundada en 1978 que ha sobrevivido hasta la actualidad y que acredita un catálogo cercano ya a los tres millares de códigos. Una raya más al tigre, pensarás, quizá no suena precisamente a notición. La relevancia de éste se trastoca, empero, al conocerse que es un cuádruple box set programado para marzo; orientado hacia el shoegazing, antecedentes y derivados.

Considerando que últimamente a la plataforma independiente le ha dado por apostar fuerte a mega-compilaciones temáticas muy completas, las expectativas en torno a la proclama tenían asidero. Ya en el ‘16, la escudería había manufacturado la pentalogía Still In A Dream: A Story Of Shoegaze 1988-1995, por lo que una nueva entrega incidiendo en el sonido que concibiese My Bloody Valentine a inicios de los 90s para ahondar en sus raíces y prole generó mucho entusiasmo. Máxime si tras Still In A Dream... el sello no vaciló en meter la mano al bolsillo para financiar empresas similares. Así, a Close To The Noise Floor (Formative UK Electronica 1975-1984) (también ‘16) le han seguido cajas mastodónticas como Close To The Noise Floor Presents... Noise Reduction System (Formative European Electronica 1974-1984) (‘17), el triple Further Perspectives & Distortion - An Encyclopedia Of British Experimental And Avant-Garde Music 1976 - 1984 (‘19) y Close To The Noise Floor Presents... Third Noise Principle (Formative North American Electronica 1975-1984) (también ‘19). Detalle no menor es que, en estos titanescos muestrarios, la puntería de la label se enfoca en una sólida y exhaustiva documentación de los estetas electrónicos anglosajones en sus respectivos tiempos y espacios. Por lo mismo, el regreso a coordenadas baggy fomentó grandes esperanzas ante las perspectivas de una macro-antología que fuese de “consulta obligada” para principiantes y veteranos devotos al culto del ruido etéreo.

Escuchado y degustado, debo decir que el contenido de la novísima tetralogía panorámica no sacia del todo las ilusiones que suscitara a priori. La evidencia más notoria: Cherry Stars Collide: Dream Pop, Shoegaze & Ethereal Rock 1986-1995 no exhibe la consabida prodigalidad de la discográfica a la hora de licenciar material de otras casas, prodigalidad de la que ha habido sobradas muestras antes. Ello se traduce en omisiones imperdonables -no se adjunta una sola pista de MBV, como tampoco de Chimera, Bowery Electric, Catherine Wheel o Medicine. Acaso no repescar nada de las últimas cuatro bandas mencionadas puede ser motivo de debate. Que suceda lo propio con el seminal grupo de Bilinda Butcher y Kevin Shields, por el contrario, tiene rango de pecado mortal.

No menos evidente es el generoso lugar dispensado a line-ups y solistas que no se identifican ni de lejos con el shoegazing. ¿Cómo podría ser el caso de David Sylvian, de The Cranberries, de All About Eve o de Low? Esto, sin embargo, no es necesariamente un demérito; ya que el criterio seleccionador de Cherry Stars Collide... parece guiarse por una idea clara y desprejuiciada. Ésta es: trascender el perfil de un determinado proyecto para evaluar si en su repertorio el dream pop encontró alguna vez acogida. Ejecutar esta directriz tiene doble efecto. Por un lado, se adicionan artistas que nunca veríamos citados en un artículo sobre el género, pero que efectivamente han firmado por lo menos una composición con características compatibles. Por otro lado, a esa saludable apertura se le pasa a veces la mano, y termina rescatando canciones que de ethereal noise tienen poco o nada. La dualidad podría absolverse si se alega que la del box set es una cierta mirada acompañada/premunida de contexto, si no fuese por la inequívoca claridad de su subtítulo: ...Dream Pop, Shoegaze & Ethereal Rock 1986-1995. Aunque se respeten los límites cronológicos, los de estilo quedan en fuera de juego con Mojave 3, Dead Can Dance, Mazzy Star o Saint Etienne. Como asimismo los anteriores, todos ellos merecedores de panegíricos y laudatorios -pero no es ése el punto.

Independientemente de los resbalones hasta aquí enumerados, y como sucede de continuo, la principal fortaleza de colecciones de similar vastedad radica en la “sección perdidos”. Esto es, en aquellas canciones y/o instrumentales de combos que 1) no alcanzaron la consagración durante o después de los días de esplendor supersónico, 2) cuyo periodo de vida estuvo condicionado por colaboraciones extraordinariamente circunstanciales, 3) tuvieron una breve existencia debido a factores internos. En promedio, un tercio de los 65 surcos que integran el reciente esfuerzo de Cherry Red Records pertenece a ilustres desconocidos, cumpliéndose así con uno de los requisitos formales para que valga la pena adquirirle -ya que, si sólo se van a compilar los “greatest hits” del shoegazing, en vez de hacer el gasto ahora se puede rippear tal o cual CD para armar una carpeta equivalente/buscar en YouTube los temas y crear una lista de reproducción en cuenta propia conforme indican los créditos del box set.

Contrariamente a lo ocurrido en otras cajas, el problema de Cherry Stars Collide... es que ese porcentaje no sólo está conformado más por hueso que por carne, sino que igualmente no es del todo encuadrable dentro de parámetros dream pop. En lo concerniente al primer disco, por ejemplo, el único nombre ignoto que merece pulgares arriba es el de Shelleyan Orphan. Y tan ignoto tampoco es, pues se trata de la primera experiencia conjunta de Caroline Crowley (voz en algunas melodías del Blood de This Mortal Coil), Porl Thompson y Boris Williams (respectivamente multi-instrumentista y baterista en algunas etapas de The Cure). “Tar Baby”, además, se halla más cerca del indie que del baggy. Los tres tendrían un segundo aire al declinar los noventas con Babacar.

La situación se alivia un poco en la segunda rodaja con Blow-Up (“Heaven Tonight”) y The Heart Throbs (“Kiss Me When I’m Starving”), dos conjuntos incógnitos que, a juzgar por lo escuchado en ChSC..., merecían mucha mejor suerte que el olvido a que se vieron confinados. Partícipes de equivalente reivindicación son Blind Mr. Jones (“Hey”) y An April March (“All The Flowery”), alineaciones ubicadas en el cuarto esférico. En cuanto al tercero, que es donde empiezan a menudear los himnos de talante shoegazer, no encuentro nada que sea especialmente relevante. Si bien viñetas como “Rosemary Jones” (Levitation), “If I Could Shine” (The Sweetest Ache), “One Thing Leads To Another” (The Darling Buds) o “Strange Young Girls” (Smashing Orange) pueden resultar agradables al oído y fáciles de asimilar; no consiguen aportar gran cosa al vocabulario ethereal noise. O al del indie noventero.

Vamos ahora con los consagrados. Exceptuando a los que se citan en el tercer párrafo de esta nota, con el añadido de dos o tres actos más (Lovesliescrushing, The Boo Radleys, el primer Ride), están todos los que deberían. Otro cantar es que figuren merced a sus momentos más inspirados. Slowdive, verbigracia, es de la partida con la versión single de “In Mind”. Una genialidad, pero adscrita a la época en que los de Reading sostuvieron un breve romance con la electrónica cosecha 90s. ¿No era mejor elegir algún track del celebérrimo Souvlaki (‘93)? Ídem con Cocteau Twins, terna precursora del dream pop cuyas bondades la disquera retrata valiéndose del lugar común que a estas alturas es ya “Iceblink Luck”, cuando pudo haberle favorecido más con algún otro corte del mismo álbum, Heaven Or Las Vegas (“I Wear Your Ring”, “Cherry-Coloured Funk”). O simplemente escoger de otro LP (el majestuoso Milk & Kisses). Muchos de los “must” del baggy adolecen del mismo hándicap: This Mortal Coil (“Drugs”), Pale Saints (“Fine Friend”), Kitchens Of Distinction (“Hypnogogic”), His Name Is Alive (“As We Could Ever”), The Ecstasy Of Saint Theresa (“Fluidum”), The Telescopes (“Celeste”), Chapterhouse (“Mesmerise”)...

¿Qué se puede sacar en limpio? Cherry Stars Collide: Dream Pop, Shoegaze & Ethereal Rock 1986-1995 es una guía de referencia de nivel elemental para el/la escucha que no ha tenido una primera vez con el shoegazing, antepasados y derivados. La siguiente parada debiera ser Still In A Dream: A Story Of Shoegaze 1988-1995. Para el/la escucha curtido/a en estas lides y enamorado/a de la sofocante caricia del huracán que supuso la primavera baggy de los primeros 90s, en cambio, este box set funciona como bonito recordatorio de los días en que la flama incombustible del ethereal noise capturaba para nuestras memorias los colores irrecuperables del crepúsculo sobre la Tierra. Hasta se puede disfrutar escuchar a los clásicos acompañados para la ocasión de otros coetáneos que transitaban direcciones paralelas -Talk Talk (“Eden (Edit)”), Red House Painters (“Japanese To English”), Bel Canto (“Unicorn”), Julee Cruise (“Falling”), The Sundays (“God Made Me”), Spiritualized (“Feel So Sad Glides And Chimes”), The Wake (UK, “English Rain”), Insides (“Yes”), The Ocean Blue (“Ballerina Out Of Control”)... Habida cuenta de la preexistencia del Still In A Dream..., no obstante, se esperaba un poco más de profundidad en los vericuetos del género.

En última instancia, ChSC... es una apetitosa invitación a repasar tantos discos maravillosos que atesoramos en el espíritu, al amparo del único sentido humano que el Alzheimer es incapaz todavía de vencer. Ah, me olvidaba: se agradece, eso sí, tener por fin “Sleep” de The Eternal con una calidad de sonido superior a la de versiones anteriores.

Hákim de Merv

jueves, 24 de diciembre de 2020

Norvasc: Norvasc // José A. Rodríguez: Manual De Ornitología

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 18 de noviembre del 2020.)

Ingresado a la cancha a principios de siglo, ocupando desde el saque plaza en diversidad de compilaciones, el de Norvasc ha sido un nombre cuya presencia constante a través de los pliegues más enrevesados de la escena independiente nacional no ha precisado respaldo de obras in extenso. Bien gracias a sus primeras escaramuzas en el triple Mixtape (2004) de Internerds Recors o en el legendario Vamos A Ser Felices (mismo año), bien gracias a su largo historial de contribuciones al catálogo de Chip Musik, Gerardo Flores se las ha arreglado para participar de varias jornadas en las que nuestras vanguardias sonoras han asumido roles estelares -sin mayor requisito que un puñado de piezas dispersas, la totalidad de las cuales hasta el 2009 fue recogida en Norvasc, compendio ¿oficial? para libre descarga que actualmente ya no se encuentra disponible (creo).

Descontando esa suerte de epónimo Ten Rapid..., pues, le ha tomado a Norvasc cerca de veinte años vertebrar el estreno formal. En modo mini-álbum y recurriendo de nuevo a la homonimia, el esfuerzo ha sido editado por la norconeña SuperSpace Records. Atendiendo a la máxima acuñada por el viejo Elvis Costelo (“tienes 20 años para hacer tu primer disco, pero sólo uno para hacer el segundo”), no juzgo necesario aquilatar a este nuevo Norvasc considerando los lustros que lleva el gafete en circulación, sino sus propias cualidades intrínsecas -habida cuenta de lo cual, comienzo diciendo que es éste un excelente debut, epítome de los caminos que el limeño ha trajinado a posteriori de “Tractatus”, su primer tema publicado.

Sobreseo la portada, guiño personal a la cultura grind y al finado Leo Bacteria (de quien Gerardo fue amigo cercano). No guarda ésta relación alguna con el contenido de la placa: ni bien se desgaja “Intro”, rango y dominio de Norvasc quedan demarcados por la devoción al Sonido que cultivan aquellas huestes abroqueladas en derredor del rótulo avant garde tras los 90s. El unipersonal expele un shoegazing de duermevela, ensamblado a partir de recias capas donde la textura es la realidad primera y última. Dichas capas se posicionan unas detrás de otras, en número tal que, antes de regresionar hacia la primera, mejor es disfrutar del ensueño que ese feroz arrullo resuella. La sobrecarga voltaica planteada se encarama sobre osamentas de ascendiente digital para accesar al bagaje bliss pop cuando la coloración del surco lo requiere -luego de la apertura, siempre o casi. Ahí están “Marchas Sanmarquinas” (arrancando con un fantástico timing rockero, termina convirtiéndose en un géiser de éter), “Colofón” (finaliza intratable pese a su despegue cuasi-acústico) o “Post 2” (la conexión con Windy & Carl es inmediata) para corroborar ello (y lo mucho que pesa la chamba en mezcla).

Las dos menciones honrosas en una travesía llena de buenas noticias, cuyo único defecto es ser bastante corta (no trasgrede los 28 minutos), se las llevan “Plaza Bolognesi” y “El Dorado”. Finalizado el rendezvous al Shambhala del bliss que es “Post 2”, “Plaza...” nos devuelve a parajes más rock, ahogados siempre bajo una riada de noise guitarrero que roza niveles de caos impenetrable. Ese mismo caos es menos dramático en “El Dorado”, pero acaso más asfixiante, deformando hasta lo ilegible el aporte vocal de Ángela Ruesta (Soma, Gelatina Magma) apercibido en medio de la tormenta -y a la vez matizando el acceso de neopsicodelia que se hace de la batuta al promediar el track. De los trabajos locales más rotundos firmados en los últimos meses.

Flores ha avisado que se viene nuevo disco antes de que termine el calendario, en registro completamente distinto de lo que ha ofrecido este Norvasc versión 2020. A ver si es verdad tanta belleza.

Apartado sólo temporalmente de su quehacer como Aloysius Acker, que ya anunciase la salida de nueva producción para fines de este año/principios del 2021, el polímata José A. Rodríguez debuta usando denominación civil a través de una colaboración para la plataforma chilena Rata Sorda Rec -especializada en ruido y arte digitales. Habiendo fijado domicilio siempre a la vera de las escenas experimentales peruanas, sin adentrarse nunca tan de lleno en las espesuras visitadas por los colectivos más obsesionados con el Ruido, sorprende constatar la faceta que el músico ha inaugurado en Manual De Ornitología.

Inspirándose en la estética glitch -que en los 90s dotase al Ruido de una funcionalidad a prueba de balas (la del Error)-, Rodríguez ha pintado dramáticos cuadros de galopante y tuberoso urbanismo, anegados de envenenada entropía neoplásica desde la carátula misma, magnífica instantánea que resume el cariz de aquello que va a acecharte durante poco más de media hora tras presionar play. El pantone timbral de que se premune el capitalino se halla compuesto de software y sintetizadores, sí, pero también de instrumentos de cuerda como el violín o la guitarra, así como de diversos objetos metálicos susceptibles de generar patrones de percusión. Mediante improvisaciones en las que el Azar desempeña papel central, el Manual De Ornitología es más un tratado de aleatoriedad bersek, una colección de viñetas que grafica cómo el Ruido puede ser simultáneamente desestructurado/descompuesto/triturado/reciclado, cual si se le abandonase a inmisericordes condiciones ambientales de corrosión/desgaste (“Endecasílabos”).

El Ruido en Manual... es, ergo, vejación y vejamen; consecuencia de desbocadas simbiosis (“Sedimento Fluvial”) y/o de impúdicas ósmosis (“Óseo”). Las formas que sobreviven a la traumática experiencia, seleccionadas e impuestas por Rodríguez en el proceso de edición, favorecen que ese Ruido trastoque en puro sonido las paredes descascarándose (“Siluetas De Un Jardín Vacío”), los cables retorciéndose epilépticamente (“Thanato Estàtica”), el reflejo del aire azotando los restos inertes de una post-moderna megalópolis fantasma (“Transcom Detritus”, “Vida Social De Una Estatua Rota”)... Es sólo al final, con “Vistiendo A Un Hombre Muerto”, que el autor se permite el uso de un lenguaje más reconocible -¿free jazz? desacelerado e invadido de glitcheos mil, la esquirla que sobra en este menhir erigido a las posibilidades que todavía hoy le quedan al Ruido sin apelar a la sobresaturación de frecuencias.

Mirando esa joyaza de documental que es Memory: The Origins Of Alien (2019), al que puedes acceder desde el excelente site Área Documental, caes en la cuenta de que el paradigmático film incluye un detalle desapercibido para casi todo el mundo por espacio de cuatro décadas: la ininterrumpida presencia de un zumbido de fondo que acompaña todo el metraje hasta muy poco antes del desenlace, zumbido cuya percepción es equiparable a la del hiss del cassette o -mejor aún- a la del ruido rojo.

Lo que no sé decirte es si ese zumbido que noto después de escuchar tantas veces el MDO es una psicofonía inducida por el esférico, o si de veras existe, o si se trata de un psicoacústico efecto colateral, o si...

Hákim de Merv