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jueves, 10 de septiembre de 2026

Ancestro: En Ruinas

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 2 de septiembre de 2026.)

Recién cuando llega (tarde) a mis oídos la noticia de la aparición de un nuevo opus de Ancestro, hace su buen par de meses, caigo en la cuenta del lapso transcurrido entre esta entrega y su precedente inmediato -siete luengos años, nada menos. Se dice pronto, pero la verdad es que trátase de un período de tiempo bastante extenso, máxime si concierne a uno de los mejores grupos de nuestra historia reciente -aclamado por la crítica especializada de la región, apenas conocido y/o escuchado por sus coterráneos más allá de la feligresía headbanger a la que se adscriben sus integrantes.

Éstos no son los mismos que iniciaron el camino. Ya no lo eran un septenio atrás. Para Ancestro (‘19), al haberse experimentado una metamorfosis que por default afecta al menos un tercio de su formación, consecuencia además de rotaciones producidas en otro puesto; el célebre power trio liberteño decidió jugársela. Aquella vez el movimiento de piezas resultó favorable, porque el lugar del baterista Víctor García fue cubierto por el guitarrista Diego Cartulín, y éste (asumo) instruyó al entrante Jorge Quevedo en aquello que la banda ha precisado siempre del desempeño de la eléctrica. Ancestro, por último, concretó un nuevo paso hacia la cumbre en la impresionante escalada stoner que protagoniza la terna.

De cara a En Ruinas, el mástil de seis cuerdas vuelve a cambiar de responsable. Quevedo no es más de la partida, ocupando actualmente Rafael Paul esa plaza. Trujillano como sus compinches, participó por entero en los procesos de composición y grabación del nuevo trabajo, entre diciembre del ‘24 y marzo del ‘25. Mezclado y masterizado posteriormente en Heavy Haze Audio Lab, el plástico ha sido orlado con idénticas virtudes a las que Ancestro ha mostrado en sus tres primeras rodajas. Dosificadas, ciertamente: así como durante sus casi cuarenta minutos el sístole rítmico no sobrepasa nunca la barrera del medio tiempo, por mucho que alternen crescendos y diminuendos, jamás desmayan el bramido omnipresente del bajo de Boris Baltodano ni la compacta aplanadora en que convierte Cartulín el set de platillos, tarolas y bombo.

“13001” cumple la función de intro como encendiendo y calentando los motores de una buena caña tras largas semanas de para. Tras de sí, Ancestro no concede descanso, ya que incluso los fade-outs de “Andante” y “Horizontes Salvajes” no son realmente tales. En ningún momento el láser deja de reproducir sonido, por minúsculo que sea éste. “Status Quo” recibe la posta insuflado de mucho del desert rock más majestuoso, ése que bebe tanto del hard rock de los 70s como del post grunge (¿acaso debido al background de Paul?). Si bien “Andante” mantiene el mismo redoble de baquetas, el fuzz de la segunda guitarra -que Diego empuña- literalmente replica sus vibraciones, allanando el camino para el ascenso de Rafael hacia estratos stoner. Lanzado como single, “Wachuma” se desplaza cual bestia cachazuda, reafirmando el imaginario del que la banda parece hacer uso indiscriminado aquí -el de una dimensión alternativa donde se enseñorea la fantasía oscura, llena de mastodontes, estepas interminables y guerreros kurgan.

Habitan En Ruinas elementos propios del doom, de la psicodelia más dura, del heavy psych. Ejemplo de lo último es el blast de apertura con que “Horizontes Lejanos” modula los subidones de estamina que cada tanto padece la teba. De lo primero, la carga final que “Mar Desierto” acomete luego de sus primeros 120 segundos, disipada sólo en el epílogo y tras el riffeo de la primera guitarra al trasponer su ecuador. Del bagaje psicodélico, las notas llameantes bombardeadas de propano que performa Paul. Sin embargo, es el espíritu colectivo de Ancestro el que siempre tira de las riendas, manteniéndose constantemente a prudente distancia del enjambre de maelströms en el que circunnavega, evitándoles. Hay sabiduría en esa decisión. Rato ha que no se hacían a la mar, mejor es volver de a pocos.

Pese a su naturaleza contenida, no me ha hecho el tour de force de En Ruinas extrañar ninguno de los episodios anteriores del trinomio norteño. Cada uno es valioso por sí mismo, habiendo logrado desenvolverse tanto en el contexto bajo el que fue concebido como en el que se dio a conocer. Esta circunstancia no varía con el nuevo estreno -sobrio, moderado, tras sortear días turbulentos e inestables para la Humanidad (el COVID-19 y sus secuelas) y sobre todo para nuestro castigado país (dos elecciones presidenciales que nos han dejado cinco presidentes y contando, en medio de un clima generalizado de inseguridad galopante). Imposible oponer algún cuestionamiento: crédito intacto, nuevamente.

Hákim de Merv

jueves, 6 de junio de 2024

Jeannie Llamoga: Hey Love! I Love You

 (Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de mayo de 2024.) 

Por mucho tesón que uno/a ponga en alcanzar la objetividad allende las ciencias exactas, a lo más a que se puede aspirar realmente es a una intersubjetividad que viabilice la comunicación y discusión entre los seres humanos. Suele olvidarse con facilidad este, digamos, “axioma”; que cada tanto algún episodio dialéctico refresca. Me sucedió hace poco, en el marco de un debate amical sobre “Vamos A Tocache”, notorio plagio descarado de “Primary” de The Cure -y ello me recordó aquella polémica suscitada por una hoy olvidada reseña mía, sobre cierta grabación peruana de música electrónica experimental a fines de los 00s. 

Se me acusó entonces de manejar una plantilla esquematizada a partir de la que evaluaba los discos, no distinguiendo naturaleza o género. Por supuesto, la acusación carecía del menor asidero, porque se critica el resultado de un álbum específico y no los procesos que le produjesen, sin importar lo innovadores que fueran éstos si el saldo era el mismo de hace años. He rememorado la anécdota a propósito de Hey Love! I Love You, debut en 33 de la trujillana Jeannie Llamoga, porque siento al considerarle que la única canción que salvaría de la quema es “Love Of My Life” (nada que ver con el clásico de Queen). Y aquí cabe preguntarte si de veras es lo único rescatable o si sobrevive debido a un contexto que para mí no significa nada. 

Llamoga publicó Nevermind EP a mediados del ‘21, y ya entonces avisaba que lo suyo eran composiciones de -cortas o extensas- intros siempre afables, tras de lo cual intercalaba calculadamente plastificadas arremetidas electro-pop cosecha establishment siglo XXI y segmentos en los que casi literalmente contiene el aire. Para Hey Love! I Love You, esa dirección se consolida llegando en la práctica a mimetizarse con su inequívoco modelo de referencia, la diva del ¿“género”? en cuestión Lady Gaga. Es decir: dance pop sintetizado, repleto de esteroides, cuyos infundados fastos rozan la vulgaridad a niveles más que ramplones; y que recurre a la utilización de cualquier estilo sonoro, encaje o no, cuando su estética de cartón se queda sin aire y urge de nutrirse antes de fallecer -como lo intentase en Born This Way (‘11).

Si lo de Jeannie Llamoga no desciende a esas simas comerciales, se debe a dos razones. Primera: el fenómeno  Gaga  va  en franco declive desde hace algún tiempo, y sus herederos/as -involuntarios/as o no- se han preocupado por mitigar los defectos en que incurrió la “célebre” cantante. ¿Cuáles? Falta de autenticidad, vacío, letras al borde del panfleto, teatralidad de glamour empalagoso hasta la náusea... Segunda: por suerte, y aunque se afane en imitar los giros vocales de la usamericana, la voz de Llamoga tiene matices distintos. Eso coadyuva a que su música no quede simple y llanamente como derivativa o “genérica”, si es que convenimos en que lo de Stefani Joanne Angelina Germanotta puede calificarse como “género”. La peculiaridad, sin embargo, no alcanza para sacudirse de la estela que emula. 

¿Que si eso es malo o bueno? Pues depende de si en este punto crees o no que manejo una plantilla esquematizada a partir de la cual bla-bla-bla. A diferencia de lo que pasa con los disfuerzos de Lady Gaga, Hey Love! I Love You no me ha empujado en una a detener la reproducción (aunque estuve cerquísima de hacerlo tras el reggaetón muy mal disimulado de “Yo Muero De Amor Por Ti”). Si el larga duración es más llevadero, eso se debe a las razones enumeradas -y no tanto al hecho de servirse la norteña de esquirlas de big beat (“Hey Love!”) o de ambient pop (“Only You”) para desmarcarse y/o pretender no ser aquello que es. Estoy seguro que puede chuntarla entre audiencias de corte millennial. Por desgracia, este pechito es un orgulloso exponente de la Generación X, y por ende bastante más difícil de embaucar. No compro.

Hákim de Merv

jueves, 19 de octubre de 2023

The Infernal Sounds From Peru: Compilado Thrash/Black/Grind/Noise/Crossover Volumen 1

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 11 de octubre de 2023.)

Próximo/a a cumplir tres décadas practicando el hoy perdido/olvidado arte de escribir reseñas/artículos sobre discos/tendencias/grupos de música popular, llegas a obtener cierto grado de -si no sabiduría, al menos sí de- inteligencia. De entre la modesta que me ha reportado ese esotérico oficio, pesco una certeza que ni pedrada en ojo tuerto se presta mejor para la ocasión: cualquier ejercicio de dialéctica histórica en detrimento de estilos actualmente tenidos por “caducos” como el hardcore, el punk y el metal queda reducido a intentona estéril; si aquello de lo que éstos en principio se nutrieron permanece inmutable. Y hasta donde sé, todavía la Humanidad se halla muy lejos de ascender a la sociedad ideal que satisfaga a todos/as.

Valga la parrafada para alegar a favor de incansables oleadas de hordas insumisas y gritantes, que casi siempre acaban consumiéndose más rápido de lo que tarda su impacto en golpear cual encrespados tsunamis, pero cuyas sucedáneas no han dejado nunca de aparecer -y es saludable que jamás lo hagan. Calientito aún, ahí tienes el ejemplo de The Infernal Sounds From Peru: Compilado Thrash/Black/Grind/Noise/Crossover Volumen 1, cobijado por el siempre hirviente regazo de Entes Anómicos, que amenaza con hilvanar una seguidilla de lanzamientos de igual o mayor calibre -ojalá nomás la cosa no termine como lo del mítico Nuestro Silencio, Ahoga Sus Gritos (‘97).

Dado el largo subtítulo que le orla, ponderar los colores que tiñen esta compilación de descarga gratuita es tarea algo reiterativa. Poco es, en efecto, lo que se hace menester añadir a la paleta: además de los géneros aludidos, cabe citar al extremecore, al kängpunk, al D-beat, al stenchcore, al speed, al crustcore, al anarcopunk, al fastcore y al death, tanto si este último prefija al metal como si al rock. Verdad que muchas de estas denominaciones son esencialmente sinónimas de las consignadas en el nombre del disco, pero los especialistas les suelen tener más bien por variantes y argumentar a tal fin disecciones muy enteradas/eruditas de cada rama, lo cual es suficiente motivo para mencionarlas aquí.

En mi opinión, el output predominante en The Infernal Sounds From Peru... es el del crossover. Muy pocas son las bandas que sólo abrazan uno u otro subgénero en este apocalíptico maelström. Tal vez ARZ, Dezerción (ambas arequipeñas) y los legendarios Atrofia Cerebral y DHK, por el lado de las tendencias de origen punk y hardcore. Quizás Nahual, Katari, Apnosia, Zyx66 (ambas ileñas), Deicidios (Ayacucho) y Humanicidio; por el lado de los marbetes de ascendencia metalera. Probablemente sea ésta una taxonomía errónea, pues la totalidad de formaciones involucradas -dieciocho, más de la mitad de ellas proveniente de provincia- seguramente reconocerá improntas de ambos lados y manifestará cerrada admiración por sus figuras tutelares.

Y es que hasta un profano en el tema como tu seguro servidor advierte que son más los vínculos que las barreras. Una imparable avalancha de iracundia brutal metamorfoseada en canciones que van de los 16 segundos (“Continuo Deterioro” de Atrofia Cerebral, adalid fundacional del grindcore patrio) a los 4 minutos (“Callejón Sin Salida” de Grito De Miseria, clásico indiscutible de la Ciudad Blanca), exceptuando la participación en directo de Nahual (“Agathodemon Or Kneph”). Una velocidad contundentemente abrasiva que obliga al rasposo exabrupto gutural o a la sangrante garganta en carne viva. Un ruidismo distinto del concebido por el avant garde -salvajonamente radicalizado, urgentemente rabioso, combativamente caótico, enérgicamente devastador. Un odio y un asco revulsivos hasta niveles intoxicantes, que impelen a tomar las armas que aún ofrece la ¿“musicalidad”? y a descerrajar equivalentes rollos igual de inconformistas.

Qué envidia contar con menos de 20 y recibir revelaciones como ésta, vertebrada por sangre nueva y por veteranos experimentados -los Atrofia, Demencia, DHK, Maestro Caníbal, Gritos De Miseria, ARZ, Nahual... La virulencia de su onda expansiva aún está por verse.

Hákim de Merv