(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 9 de septiembre de 2026.)
Le saca lustre Theremyn_4 a sus ya más de 25
años de andadura con CODEX 4N-11, registro de enigmático nombre y del
cual en muchas plataformas independientes se ha enfatizado y hasta ponderado su filo “experimental” -que viene ya de tiempo atrás, señalan esas mismas fuentes.
No le mezquino talento, creatividad, perspicacia e incluso chispazos de
genialidad al proyecto alternativamente solista y grupal de José Gallo. No
obstante, de ahí a utilizar el grueso calificativo de “experimental”, creo que
hay un trecho enorme. Dejémoslo en ingeniosa proteicidad.
Me llama -muchísimo- la atención que esos medios
hablen igualmente de una obra de sesgo conceptual. La verdad, lo es: sus ocho
temas se inspiran en las figuras de un grupo de individuos bautizados como
“Tetranautas”, misteriosos viajantes provenientes de una suerte de realidad
paralela fabulada por Gallo. El detalle es que el músico capitalino siempre se
había mostrado reacio a incursionar en el territorio de los “discos
conceptuales”. Al menos en dos ocasiones, correspondientes a sendas
entrevistas, fue categórico al respecto. Quizá a este cambio de parecer se deba
el adjetivo de “experimental” que veleidosamente se le ha dispendiado. De
cualquier modo, celebro esa apertura y la aguda inventiva que conlleva -lo de
“Tetranauta” me suena bastante a “navegante de una cuarta dimensión”.
En cuanto al contenido de CODEX 4N-11,
se me hace necesario remarcar que sobrevive muy poco de lo que alcanzara a
paladear su predecesor, Art, Noise + Speed (‘23). Las influencias del
output rocktrónico de Theremyn_4 son aquí las que de continuo le han signado a
lo largo de su existencia: el big beat en primerísimo lugar, algo de jazz,
dosis de drum’n’bass, fugaces guiños al synth pop... Ésos son los principales
elementos constitutivos del esférico. Hay un acercamiento digresivo a la
sonoridad aparatosa del industrial, suficientemente accesorio como para
calificarle de leve, y otro más frontal a la rítmica del trip hop que sí llega
a ser sustantivo -“El Vagabundo”, “El Coleccionista”. Es decir, no más art
rock, post punk o prog rock.
Rompe fuegos “El Escapista”, que con su
seguidilla de ecos jungle y su lustrosa apariencia hi fi cimenta el permafrost
sobre el que escuchamos derrapar al T_4 de siempre, de toda la vida. El ex
Huelga De Hambre subraya las cadencias dominándolas antes que padeciéndolas. En
esa misma sintonía están “El Dragón”, cierre de jornada, esta vez con programación
que remite a un artcore desmontado en fase two step; y ese festival de graves
que responde al nombre de “El Alquimista”. Existe otro ejemplo de rocktrónica,
si bien más matizado -“El Archivista” flirtea con el Tangerine Dream de los
80s, lo que me permite tildarle de ejercicio abstracto de big beat. Aristas
varias desde las que podemos abordar la clásica musicalidad del hoy unipersonal,
por espacio de exiguos 33 minutos.
Descontando sus modestas atipicidades y
excepciones, CODEX 4N-11 tiende entonces a la uniformidad, a la correlación
con el background histórico de Theremyn_4. Entre los 100 y los 140 bpms, su
imperturbable pulso late envuelto por las resonancias del bombo, mientras que
su enérgica iteración luce mullida por bajos potentes con extra de funk. Es un plástico
en el que, a fuerza de fatigarle, puedes darte de narices con pequeñas curiosidades
-salvo en dos casos concretos, uno al lado del otro, en que éstas abundan al
punto de convertirse en norma. Adelantado como single en abril, “El Artista” se
arriesga abandonando varios de sus segmentos a una batalla en la que las
secuencias percusivas casi quiebran la hegemonía del género magnificado por The
Chemical Brothers, en tanto las efímeras notas de piano al inicio y el saxo que
ulula desde el fondo ad portas del minuto 2 revalidan la vertiente jazzy que de
tanto en tanto explora el limeño.
Por su lado, “El Chamán” se mueve pesadamente
en comparación, circunstancia consecuencia tanto del tempo como de una
secuenciación de estructura algo más intrincada. El track abriga un mitigado
cariz IDM, perceptible sobre todo al aproximarse su tercer minuto, cuando la
rítmica cambia por completo, acunada por la llovizna. Es como entrar en el alma
de otro surco, incluso en la de otro disco, durante poco más de medio minuto
-luego, “El Chamán” regresa a su cuerpo, y nosotros con él a los bytes de CODEX
4N-11 (portada y repertorio me hacen pensar más en una baraja arcana, como
la del tarot). La edición vinílica ya está en proceso de fabricación. No se ha
anunciado, al menos de momento, edición en CD.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 2 de septiembre de 2026.)
Recién cuando llega (tarde) a mis oídos la
noticia de la aparición de un nuevo opus de Ancestro, hace su buen par de
meses, caigo en la cuenta del lapso transcurrido entre esta entrega y su
precedente inmediato -siete luengos años, nada menos. Se dice pronto, pero la
verdad es que trátase de un período de tiempo bastante extenso, máxime si
concierne a uno de los mejores grupos de nuestra historia reciente -aclamado
por la crítica especializada de la región, apenas conocido y/o escuchado por
sus coterráneos más allá de la feligresía headbanger a la que se adscriben sus
integrantes.
Éstos no son los mismos que iniciaron el camino. Ya no lo eran un septenio atrás. Para Ancestro (‘19), al haberse
experimentado una metamorfosis que por default afecta al menos un tercio de su
formación, consecuencia además de rotaciones producidas en otro puesto; el
célebre power trio liberteño decidió jugársela. Aquella vez el movimiento de
piezas resultó favorable, porque el lugar del baterista Víctor García fue
cubierto por el guitarrista Diego Cartulín, y éste (asumo) instruyó al entrante
Jorge Quevedo en aquello que la banda ha precisado siempre del desempeño de la
eléctrica. Ancestro, por último, concretó un nuevo paso hacia la cumbre
en la impresionante escalada stoner que protagoniza la terna.
De cara a En Ruinas, el mástil de seis
cuerdas vuelve a cambiar de responsable. Quevedo no es más de la partida,
ocupando actualmente Rafael Paul esa plaza. Trujillano como sus compinches,
participó por entero en los procesos de composición y grabación del nuevo
trabajo, entre diciembre del ‘24 y marzo del ‘25. Mezclado y masterizado
posteriormente en Heavy Haze Audio Lab, el plástico ha sido orlado con
idénticas virtudes a las que Ancestro ha mostrado en sus tres primeras rodajas.
Dosificadas, ciertamente: así como durante sus casi cuarenta minutos el sístole
rítmico no sobrepasa nunca la barrera del medio tiempo, por mucho que alternen
crescendos y diminuendos, jamás desmayan el bramido omnipresente del bajo de
Boris Baltodano ni la compacta aplanadora en que convierte Cartulín el set de platillos,
tarolas y bombo.
“13001” cumple la función de intro como
encendiendo y calentando los motores de una buena caña tras largas semanas de
para. Tras de sí, Ancestro no concede descanso, ya que incluso los fade-outs de
“Andante” y “Horizontes Salvajes” no son realmente tales. En ningún momento el
láser deja de reproducir sonido, por minúsculo que sea éste. “Status Quo”
recibe la posta insuflado de mucho del desert rock más majestuoso, ése que bebe
tanto del hard rock de los 70s como del post grunge (¿acaso debido al
background de Paul?). Si bien “Andante” mantiene el mismo redoble de baquetas,
el fuzz de la segunda guitarra -que Diego empuña- literalmente replica sus
vibraciones, allanando el camino para el ascenso de Rafael hacia estratos
stoner. Lanzado como single, “Wachuma” se desplaza cual bestia cachazuda,
reafirmando el imaginario del que la banda parece hacer uso indiscriminado aquí
-el de una dimensión alternativa donde se enseñorea la fantasía oscura, llena
de mastodontes, estepas interminables y guerreros kurgan.
Habitan En Ruinas elementos propios
del doom, de la psicodelia más dura, del heavy psych. Ejemplo de lo último es
el blast de apertura con que “Horizontes Lejanos” modula los subidones de
estamina que cada tanto padece la teba. De lo primero, la carga final que “Mar
Desierto” acomete luego de sus primeros 120 segundos, disipada sólo en el
epílogo y tras el riffeo de la primera guitarra al trasponer su ecuador. Del
bagaje psicodélico, las notas llameantes bombardeadas de propano que performa Paul.
Sin embargo, es el espíritu colectivo de Ancestro el que siempre tira de las
riendas, manteniéndose constantemente a prudente distancia del enjambre de
maelströms en el que circunnavega, evitándoles. Hay sabiduría en esa decisión.
Rato ha que no se hacían a la mar, mejor es volver de a pocos.
Pese a su naturaleza contenida, no me ha
hecho el tour de force de En Ruinas extrañar ninguno de los episodios
anteriores del trinomio norteño. Cada uno es valioso por sí mismo, habiendo logrado
desenvolverse tanto en el contexto bajo el que fue concebido como en el que se
dio a conocer. Esta circunstancia no varía con el nuevo estreno -sobrio,
moderado, tras sortear días turbulentos e inestables para la Humanidad (el
COVID-19 y sus secuelas) y sobre todo para nuestro castigado país (dos
elecciones presidenciales que nos han dejado cinco presidentes y contando, en
medio de un clima generalizado de inseguridad galopante). Imposible oponer
algún cuestionamiento: crédito intacto, nuevamente.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 26 de agosto de 2026.)
El de Nosferatu puede considerarse, a
día de hoy, un mito contemporáneo en evolución. Desde el centenario film
original de Friedrich Wilhelm Murnau (1922) hasta el “rebuild” de Robert Eggers
(2024), pasando por la relectura de Werner Herzog (‘79) o la cumplidora The Last Voyage Of The Demeter (2023), la figura del Conde Orlok ocupa en el
imaginario de varias generaciones un lugar tan o más destacado que el propio
Drácula; de quien Orlok es una versión “no-autorizada” construida sobre las
convenciones del expresionismo alemán de inicios del siglo XX.
Más de cien años, pues, han pasado ya desde
el estreno del largometraje de Murnau; y aún conserva éste mucho tanto de su
epatante terror como de su fascinante apuesta artística. De hecho, no es
difícil imaginar la angustiante noche de pánico que deben haber sufrido
nuestros/as abuelos/as y bisabuelos/as tras salir del cine, si más de una
centuria después la película todavía incordia y asusta. A nosotros/as, que
hemos sido alimentados/as por obras maestras como The Omen, Insidious,
The Exorcist, Sinister, The Howling, Race With The
Devil, Rosemary’s Baby, Hereditary o Suspiria.
En el ‘22, no sólo menudearon homenajes y
estudios académicos a propósito de los veinte lustros de Nosferatu. Pese
a los estragos del COVID-19, también se programaron múltiples proyecciones a lo
largo del planeta, tanto públicas como privadas (la de la familia debe haber
sido la única vez a la fecha que mi sobrino Marcelo se ha sentado a ver
completo un film silente). En Lima, recuerdo una función gratuita en la huaca
Mateo Salado, musicalizada por artistas de la escena independiente. En Santiago
De Chile, una de esas funciones similares -16 de junio- contó con la
participación del colectivo A Full Cosmic Sound, musicalización que recién se
ha visto editada el último 3 de diciembre a través de la disquera Aula Records.
Nosferatu: Una Sinfonía De Horror se divide en dos
canales de dilatado aliento. En el primero se abroquelan tres actos, que
responden a los nombres de “El Viaje”, “El Castillo De Orlok” y “La Peste”. El
segundo es el cuarto acto, “El Sacrificio”. Es pertinente apuntar que estos
actos no se corresponden necesariamente con los cinco de que consta la película
de Murnau, sino que han sido nombrados conforme al episodio de la trama que
sonorizaran en vivo. También es preciso acotar que, durante los casi dos
tercios de hora de la ejecución, las influencias que constituyen el nervio de
la performance son las del kraut rock y del avant garde francés contemporáneo a
éste. Los vastos telares que decora A Full Cosmic Sound son impregnados por la
mística voluptuosa de Popol Vuh y de Amon Düül, lo mismo que por la hosca
psicodelia jazzy y el desnudo proto-prog de Art Zoyd, Univers Zero, Weidorje o
los tardíos Shub Niggurath.
La improvisación con que se descosieran esa
noche Gonzalo Muñoz, Jorge Boher, Ignacio Rodríguez, Nicolás Godas y los
hermanos Álvaro e Iván Daguer abunda en sombrías atmósferas psicotrópicas que
pueblan el éter adoptando formas fabulosas e inverosímiles de acuerdo al mood.
Es éste el que cambia, el que moldea aquí el sonido medular de AFCS -tenso y
amenazante en “El Castillo De Orlok”, bucólico en “El Viaje”, distendido al
inicio de “El Sacrificio” y tumultuoso después de sus siete primeros minutos.
Todo, en medio de copiosos guiños ambient y lo fi, cuya principal virtud es la
de erosionar clasificaciones tentativas bajo las que podría quedar encasillado
el plástico.
Dedicado a la memoria del historiador y
crítico de cine usamericano David J. Skal, la única observación que opongo a Nosferatu: Una Sinfonía De Horror es que le siento mucho más colindante con la patafísica
versión protagonizada por Klaus Kinski (‘79). Es cierto que Herzog recrea la
macabra historia del pérfido monstruo rumano. No menos vero es que el director muniqués
nunca pretendió contar un relato de terror. El hálito de su Nosferatu indica
que otros eran sus horizontes (mismos que sigo sin dilucidar). Por algo se
subtitula ...Phantom Der Nacht, a diferencia del estreno de 1922, que
subtitulaba ...Eine Symphonie Des Grauens.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 19 de agosto de 2026.)
Hace unos cuantos días, Eighth Tower Records dio
luz verde a la reedición de uno de los episodios discográficos decisivos en sus
primeros años de existencia, que no sólo fue entonces de los más comentados,
sino que además contribuyó drásticamente a burilar los rasgos del perfil sónico
con que se identifica hoy a la escudería itálica. Me refiero a Witchcraft
& Black Magic In The United Kingdom, acojonante compilación adornada en
su carátula con gran parte del cuadro “Tres Mujeres Y Tres Lobos” del polímata
suizo-francés Eugène Grasset, y que ahora ve acrecentado su radio de acción merced
al añadido “(Expanded Version)”.
De la última línea del párrafo anterior, se
desprende que el repertorio del panorámico se ha visto cuando menos
incrementado para la ocasión. En efecto, el track list original permanece
inalterable, tanto en participantes como en orden de bateo; agregándosele tres
nuevos actos. Estos últimos se mueven en idénticas coordenadas a las de sus
correligionarios, reforzando todavía más esa ciega aura de horra malignidad y
de réproba abyección que parece secretar el título. A este respecto, es
menester recordar que durante la primera época de Eighth Tower llegó a
publicarse una decena de recomendables muestrarios, la mayoría de los cuales
coadyuvó a sostener esa trayectoria in crescendo gracias a la que el sello
napolitano se posicionó como referente para la estética de ambientaciones
lóbregas y hierbas similares.
Además de coronar ese rush, Witchcraft
& Black Magic... dobla la apuesta otorgándole nuevo impulso. En sus
bytes, el dark ambient se convirtió en una densa masa protoplasmática, capaz de
mutar sin problemas en lo concerniente a textura, velocidad, ósmosis y
tímbrica. Ejemplos hay de sobra: apacibles paisajes propios de un film de
horror folk se sumergen sin aviso en oquedades por las que te arrastras presa
de un sordo pavor (“Hag Of Hair” de Satori), la oscuridad impenetrable es
susceptible de aligerarse sin caer en empellones ni privarse de su tonelaje
inicial (“Elegy For Vinegar Tom” de Grey Frequency), el output pasa de
fagocitar dub (“Coronach” de Michael Bonaventure) a liberar cacofonías torrencialmente
malevolentes (“You Can Do Almost Anything You Want With Them” de Daniel
Williams), y la opacidad monolítica de sus viñetas se eclipsa ante incursiones
en el noise digital (“Do You Believe In Witches”, también de Williams).
Acaso lo más alucinante de Witchcraft
& Black Magic In The United Kingdom no sea lo hasta aquí enumerado,
sino lo que aún falta por decir. Ruidos rematados por una risa semi histérica y
la voz de una bruja que recita (“The Discoverer” de Sky High Diamonds),
campanazos reconducidos por un saxo minimal que consigue crear atmósfera a
partir de únicamente dos notas (“The Village” de Rapoon), sonoridades tan
sibilantes como malignas (“Crypt Of Saint John” de Howlround), órganos
eclesiales corrompidos... Resulta impresionante la ductibilidad con que el dark
ambient de la disquera mediterránea consigue asimilar géneros y recursos
estilísticos por igual, logrando acomodar esas incorporaciones en el reino de
las tinieblas que habita, sin merma de sus hipnóticas posibilidades expresivas.
Una cualidad prácticamente inédita hace siete años, y de la que aún hoy pocas
nóminas pueden jactarse.
En la versión expandida del disco -que
Raffaele Pezzella, director de Eighth Tower, dedicada al tempranamente
fallecido Daniel Williams- se incluyen “When I Was A Little Girl” de 400 Lonely
Things, “Wicca” de Mario Lino Stancati y “Gaelstre” de Dead Voices On Air:
Dadu. Destaco sobre todo los dos últimos: Stancati se zambulle en frecuencias
profundísimas, aguzando el torvo malditismo del volumen, mientras que en “Gaelstre”
se insertan coros estrangulados en plan 2001: A Space Odyssey -y un
inquietante taladro irrumpe después de cuatro minutos para malformar aún más el
semblante nefando del corte. Incontestable logro concluyente de un género que
por esas fechas comenzaba a zamarrear los circuitos underground de las escenas
internacionales independientes.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 12 de agosto de 2026.)
No sé si correspondiendo a una segunda
resurrección -la primera se dio al publicarse el estreno en largo El Pacto
(‘20), tras haberse lanzado póstumamente en Internet el epónimo extended de debut
y despedida (‘19)-, la gente de Kurandera anuncia la salida de su segundo
trabajo in extenso liberando nuevo EP a inicios de junio último. Colgado por
partida doble -en el nuevo BandCamp de la banda y en el del sello Forbidden Place Records (Minneapolis)-, Todas Las Brujas Del Mañana es anunciado
como adelanto del “nuevo sonido psicodélico” que los limeños desplegarán en su
próxima entrega de largo aliento.
Más propiamente un álbum completo de 36
minutos y monedas, Todas Las Brujas Del Mañana EP abre sus (oscuras)
alas con un “Intro” de 37 segundos que recupera parte del diálogo que
escuchamos en la versión doblada al castellano de la mítica Alucarda
(‘77), transcurrida ya una media hora. Sin ruido ni música, sólo las voces de
Justine y Alucarda recitando el fulminante credo de Luzbel, para espanto de la
monjita Germana. Con semejante declaración de intenciones, lo más probable es
que tanto el extended como el nuevo álbum se adentren en las tenebrosas
espesuras ontológicas del Lado Salvaje -provistos ambos de un concepto que
denota fascinación, cuando no devoción, por las dimensiones dionisíacas de
aquello que Occidente conceptúa como “el Mal”.
La música y el verdadero viaje arrancan,
pues, con “Burning A Light”. También mis reparos. Anteriormente, critiqué las
magras producción y mezcla que padeció El Pacto, tan pobres que por
contraste Kurandera EP y su innegable aroma a maqueta resultaban mejor librados.
Es de ponderar que no se repita aquí dicha situación. No obstante, el resultado
aún se haya lejos de ser óptimo. Empiezan a golpearte los primeros acordes de
“Burning...” dibujándose en tus tímpanos la imponente potencia de un soporte
rítmico sustentado por César Gálvez (acreditado como bajista en vivo) y por
Julio César Araujo (batería). Una impresión que no llega al minuto, pues cuando
ingresa la voz filtrada hasta la saciedad/suciedad de Fernando Soto lo hace por
igual una sensación de amateurismo que flaco favor le reporta a la agrupación.
Casi sesenta segundos después, la eléctrica sigue ese mismo sino.
En términos de género, lo que se percibe hasta
el final es una exhibición de psicodélico blues garagero que por regla general
se sube a la síncopa del medio tiempo, sin permitirse ser encorsetado del todo
por ésta -a veces le supera, como en la acometida final de “Atrapado En La
Psicodelia”, o lo ralentiza aún más, como al trasponer “Speed Killer On The
Road” su ecuador. Los licenciosos y clásicos devaneos de las guitarras blueseras
están presentes sobre todo en los surcos de minutaje extendido (cf. los dos últimos
mencionados), mientras aquí y allá surgen ocasionalmente secciones
instrumentales en los que las seis cuerdas se alejan de los punteos
flamígeros/se acercan al desert rock, sonando entonces más sobriamente protagónicas
que nunca.
Si cabe hablar de “problema”, éste continua
siendo esencialmente técnico. Podría argüirse que sonar así es una decisión
voluntaria, consciente. En la sumilla de BandCamp se habla de masterización,
además de mezcla, a cargo esta última de un capo como Osmar Cubillas
(Decadencia Records). También podría apelarse al ejemplo de Brujo Mayor, cuyos mástiles
y vocales se hallan prácticamente enterrados en el costroso barro del cenagoso
4-track lo fi de fines de los 60s y principios de los 70s. Brujo Mayor, sin
embargo, no es Kurandera; aunque compartan integrantes. Ascendiente (in)directo
del stoner, el heavy blues aputamadrado de BM guarda distancias respecto de la
psicodelia garagera de Kurandera, a la que siento guiada por/más en sintonía
con el fantasma de Roky Erickson (The 13th Floor Elevators).
Todavía no me inclino a darle el aprobado a
Kurandera. Reconozco, sí, que ha habido una gran mejora en relación a su más
inmediato precedente. Desde mi punto de vista, empero, aún falta trecho para
una performance redonda. En cualquier caso, un poco menos de bulla ambiental
y/o de efectos premeditadamente borrosos ayudaría a ubicar su propuesta en una
posición desde la cual sorprender para bien a tirios y a troyanos.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 5 de agosto de 2026.)
A inicios de este ‘26 me saltó en la pestaña
de notificaciones de Facebook un posteo del guitarrista Elvis López Aroni (Post Galazer), que daba cuenta del lanzamiento virtual de una compilación con grupos
y proyectos adscritos en su mayoría al underground de Huancayo (Junín). O al
menos así lo proclamaba el posteo. Éste, sin embargo, databa del 31 de
diciembre del año pasado. Contrastando fuentes al respecto, éstas confirman la
fecha de aparición del artefacto, disponible desde ese día en YouTube y para
descarga gratuita vía MediaFire (opción ya caduca).
Si bien digresivamente, en textos anteriores
he aventurado conjeturas en torno a los caldos de cultivo en que fermentan
los/as artistas independientes del nuevo siglo, llamados/as a tomar el relevo
de sus predecesores. No es improbable que aún se invoque al punk, el movimiento
“do it yourself” por excelencia, para saltar al ruedo/tomar las armas; pero sí bastante
infrecuente ya. Ídem con otros discursos, como el dark-gothic, el metal o el
industrial. Estadísticamente, ahora las nuevas hornadas suelen partir del noise
rock, del indie pop o del segundo post rock, o en su defecto de tendencias más
extremas y por ende también más minoritarias.
Con un título y un arte de portada como los
que maneja, era bastante predecible que Váyanse A La Mierda (1er Empilado)
se constituyera en excepción a esa hipótesis aún no del todo corroborada. Sus
30 minutos y sencillo inclinan la balanza hacia dicha dirección: cuando no es
el metal o el punk, es el rock alternativo noventero proclive al grunge. Poco,
muy poco espacio para el pop. Tan es así, que hay más parcela para sendas
performances poéticas, situadas al inicio de las dos partes en que se compartimenta
la placa: “Tristeza” al empezar la primera y “Lima Me Mata” al arrancar la
segunda, respectivamente de los huancavelicanos Emerson Sinche y Roger
Rodríguez.
El hándicap con que lidia la compilación es
el de tener todas las trazas de haber estado encerrada en una cápsula del
tiempo. No sólo es que los/as participantes recrean sonidos a día de hoy harto
añejados, sino que el grueso de ellos/as lo hace sin atreverse a arriesgar lo
suficiente a fin de ganar cuando menos un ápice de identidad propia. Por
defecto implícito, hasta se podría decir que las posibilidades técnicas de
registro y grabación son idénticas a las de esas épocas (el punto más bajo en
ese sentido es “Buscando Alternativas Para Destruir Este Lugar” de Qhapac Ñam),
suposición verosímil si no mediase la información que los responsables han proporcionado
añadida a la publicación.
La ausencia de riesgo y de sangre que
subleve/salpique determina que la norma sea el rock asaz genérico, entonces. Aunque
se enhebren -temporalmente- punche, simplicidad e inmediatismo, el punk asoma
como perennizado en ámbar (Blake Limbuzz Griss e “Instinto”, Autopsia Rock y “No
Me Importa Tu Opinión”), el metal se mueve anegado (salvo en “Glorificación Al Odio”
de Korruptor, con trasvases grind), y el grunge/alternativo 90s es retratado en
bodegones que miles de bandas de todo el orbe podrían haber firmado (“Día Infeliz”
de Jonnav Svinoide, a “Muerto” de WDR no le alcanzan ni su actitud achorada ni
su pródigo bajo). Es cierto, podría ser mala suerte al momento de seleccionar
las canciones, pero tratándose del primero de una serie de muestrarios tienes
que pensártelo cientos de veces antes de elegir a quienes te van a representar.
Rescato el sobrio pop intimista y la voz
contenida de “Amuleto”, de Llakta Le Chien, y en menor medida -con las justas,
a decir verdad- “A.M.O.R.I.R.T.E.” de Elvis López (a) Elvisnoide. Al resto le
daría el beneficio de la duda de cara a una segunda chance -medio siglo de vida
puede estarme pasando factura, aunque honestamente no lo creo-, sobre todo a Blake
Limbuzz Griss, cuyo debut El Exorcismo (‘20) no deja de ser llamativo.
Una tercera oportunidad, ni a balas.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 29 de julio de 2026.)
Arduo trabajo apostillar el nuevo largo de
Rafael Cheuquelaf sin citar casi por entero la glosa que el propio puntarenense
consigna en el BandCamp de Eolo Producciones. Desde la denominación, que apunta
sin escalas a la crisis generalizada de sistemas bioambientales, hasta los
numerosos sampleos de ponencias o declaraciones públicas que verbalizan esa
preocupación; Ecocidios es mucho más que un documento sonoro. Testimonia
la enorme diversidad biológica y medioambiental de la Patagonia, a la par de la
zozobra y del desasosiego que derivan de la impronta de la mano del Hombre en
la Naturaleza de la región más austral del continente americano.
Efectivamente, más de la mitad del repertorio
subraya la intervención de intereses económicos nacionales y extranjeros que
atentan -con intención, menos frecuentemente sin ella- contra lagos, estepas,
abras, bahías o archipiélagos que deberían permanecer sin hollar por el hombre civilizado.
Y lo hace sin guardarse nada. Esto pone al álbum por encima de esfuerzos
precedentes que el músico magallánico viene realizando desde el ‘19 (Choike
EP). Las composiciones suenan de hecho más enfáticas, intensas, dramáticas y
agoreras que nunca antes en el background de Cheuquelaf (Mantiza, Lluvia Ácida,
Nébula).
No tienes sino que pulsar play para darte
cuenta de ello. “Zonas De Sacrificio” es un reluctante llamado de atención
sobre la poca consciencia de las corporaciones de diversa índole, pero sobre
todo de la ciudadanía promedio, cuando se trata de oponer la inviolabilidad de
santuarios naturales a la explotación de sus (finitos) recursos. El track se ha
armado introduciendo en el viejo synth setentero decenas de cuñas sci fi nativas
del nuevo siglo -algo así como enyuntar a Isao Tomita y a Cliff Martinez, a
Clint Mansell y a Jarre. “Ballenera” resuena aún más oscuramente ambiental,
palpitando con urgencia y vitalidad a despecho del tranquilo cloqueo con que el
agua te recibe al inicio.
Otro rasgo a remarcar en Ecocidios es el
golpe de timón estilístico. No ha abandonado Rafael la senda del ambient synth de
arte y ensayo, sino que la ha enriquecido amparándose en las relevantes
cantidades de downtempo, de EBM y de IDM aditadas. Si en el caso del primero puedo citar el trote
calmo de “El Valle De Los Castores” y el extraño cripticismo invertebrado de
“Dydimo”, surcos en los que también casa ambient y auroral noise digital, en el
caso del segundo apelo al angustiante pulso filo-industrial de “Flota Pesquera
China”. En cuanto al IDM, su imponente huella es rastreable en los agitados
latidos de “Metula” y de “Hidrógeno Estepárico”, en la díscola tonalidad
cíclica de “Escape De Salmones”, en las artificiales ambrosías de nerviosa
pulsión que cobija el cierre “El Fuego Avanza”.
Justamente es “El Fuego Avanza” el tema que
expone con mayores bríos los actos realizados en detrimento del ecosistema
patagónico a uno y a otro lado de la frontera chileno-argentina -quema de áreas
en parques nacionales protegidos, con el único propósito de adjudicarlas a
empresas (de cariz sionista). La imputación más sangrante, en medio de
denuncias sobre malas prácticas de la industria ballenera, sobre continuas
incursiones ilegales de flotillas de pesca industrial en el mar magallánico, sobre
la angurria corporativa por el “hidrógeno verde”. Y de relatos sobre accidentes
a consecuencia de fallo humano, como la fuga de salmones de criaderos
especializados o la catástrofe ecológica que supuso el encallamiento parcial
del petrolero neerlandés Metula el 9 de agosto de 1974.
Vívido testimonio (disponible además en Pueblo Nuevo), sí, pero también severísimo
jalón de orejas de cara al futuro inmediato de nuestro planeta y al rol que
jugará la Humanidad en ese devenir para bien o para mal. Muy en consonancia con
aquella frase que se coló en la predecible versión ‘08 de The Day The Earth
Stood Still: “Si la Tierra muere, tú mueres. Si tú mueres, la Tierra
sobrevive”. Considerémonos amonestados/as.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de julio de 2026.)
En relación a trayectorias discográficas
consolidadas entre cuyos estrenos median lustros e incluso décadas, suele
ocurrir que simultáneamente uno/a se entusiasma y frikea al anunciarse nueva
entrega. Ha pasado antes, cuando algunos de nuestros héroes deciden salir del
(semi)retiro: Slowdive, Dead Can Dance, My Bloody Valentine, The Cure,
Stereolab... Iba a adicionar también a Seefeel y a Swans, pero desde sus
respectivos regresos se han mantenido razonablemente activos. Como asimismo aquella
sensación, esta tendencia seguirá verificándose en el futuro -sin ir muy lejos,
The Durutti Column ha proclamado su inesperado retorno para fines de este mes.
Esa exacta emoción llamémosle “bipolar” es la
que hemos sentido muchos/as al darse a conocer la noticia del reentré de Boards Of Canada. Transcurrió un ochenio entre The Campfire Headphase (‘05) y Tomorrow’s Harvest (‘13), y ¡¡¡trece años!!! entre este último y el novísimo Inferno.
No se desconocía que el insular dúo escocés seguía respirando, pero eso no se
traducía en expectativas de nuevas rodajas, tal cual sucede con otro peso
completo de la escena IDM/post rave, Richard D. James a.k.a. Aphex Twin.
Mucho menos se esperaban grandes novedades en cuanto a la evolución de su
sonido, metamorfosis que la banda resolvió en dos pasos para luego recrear -con
bastante éxito- su peculiar estética idilitrónica.
Desde los albores de su carrera con Twoism
(‘95) y el Hi Scores EP (‘96), la música de BOC ha estado marcada por
una nostalgia inducida que sabe a néctar de los dioses, en danza constante de
causa y efecto con el correlato visual de sus videos, forjado al amparo del
documentalismo experimental que identifica la institución del país del norte
que su nombre homenajea (National Film Board Of Canada). Ello, gracias a una
habilidad poco menos que épica para cincelar palimpsestos electrónicos sostenidos
por beats descendientes del hip hop y bordados por sampleos que predisponen a
la contemplación y al ensueño. De ahí que placas como Geoggadi (‘02), Music Has The Right To Children (‘98) o el hermoso In A Beautiful Place Out In
The Country EP (‘00) les hayan consagrado como auténticos alquimistas de la
duermevela.
Por eso es que Inferno ha sorprendido
tanto. Si bien se corresponde con su background la pasteleada visual que supone
el video promocional auspiciado por Warp Records, que enyunta “Introit” y “Prophecy
At 1420 MHz”, Boards Of Canada esta vez ha ido por otros senderos. Si en el
pasado la dupla bosquejaba lienzos de colores inciertos y formas imprecisas,
que irradiaban calidez y una melancolía por aquello que ya fue pero que nunca
vivimos, ahora esas cualidades están orientadas hacia el futuro. ¿Eso quiere
decir que el tándem se aproxima al retrofuturismo de los Stereolab ‘95-‘99? No.
Acaso lo suyo pueda tolerar el calificativo de retrofuturista. Con lo que no
puede compatibilizar es con la acepción en-el-mejor-de-los-sentidos entre naif
y cool de la mancha de Lætitia Sadier y Tim Gane.
Porque sí, BOC ha decidido proyectar sus
filias hacia un posible futuro no tan distante para nuestra especie. Y ése es
el bemol. Al ubicarse cercano en el Tiempo, ese mañana se asemeja más a una
distopía que a los apolíneos augurios stereolábicos. Inferno es un
testimonio lleno de oscuro pesimismo, atiborrado de ambient estilizado que
constantemente muta en una suerte de IDM grisáceo, acorchado. Abundan corifeos
de digitales strings que presagian tecnocracias orwellianas (“Hydrogen Helium
Lithium Leviathan”), capas de guitarra tratadas al punto de moldear fantasmales
exordios más o menos breves (“Somewhere Right Now In The Future”), beats
apagados que trotan entre amarillos cancerígenos y blancos que van del celeste
al verde (“Blood In The Labyrinth”). Al escuchar el plástico, no pocas veces me
he encontrado recorriendo mentalmente los parajes del mito contemporáneo de Blade
Runner -de la original, por supuesto, pero muchísimo más de la secuela
dirigida por el canadiense Denis Villeneuve (mira tú qué coincidencia de
nacionalidades). Esos ¿crepúsculos? de rojo sangrante (“Deep Time”), propios de
un mundo que va camino a ahogarse en su extinción sin darse cuenta, esos
sampleos vocales más que ominosos (“All Reason Departs”), montados en
programaciones urgidas de subtramas rítmicas con que aminorar la tensión, esa
incertidumbre de no saber si el monitor de una UCI anticipa los últimos
instantes de una vida o los primeros de otra (“Memory Death”); jirones de
output que me sitúan en la decadente civilización humana de un 2049 del que ya
no nos hayamos tan lejos.
No me queda claro si Boards Of Canada apuesta
por introducir en Inferno un contexto religioso subyacente. “I’m A
Sinner”, se escucha decir a alguien en “Age Of Capricorn”. Sólo después de
ocasionales fogonazos de luz, las voces orientalizantes de “Naraka” dejan de
ser vocoderizaciones inertes de un nuevo orden que ya ha caducado, y que sin
embargo nosotros/as aún no atravesamos. Los sacros modales livianos de “You
Retreat In Time And Space” son otros indicadores de que tal vez la mancuerna oriunda
de Edimburgo ofrece una tabla de salvación frente al despelote que se nos viene
encima. Un despelote que muy fácilmente puede estar comenzando ahora mismo con el
develamiento impúdico de las élites de poder fáctico/monetario y el auge de las
ultraderechas satelitales en todo el mundo, aupadas desde una delirante Casa
Blanca trumpista que insiste en negar el calentamiento global y en inmiscuirse
donde no le llaman.
Obviamente, existen circunstancias de sobra
con que identificar el perfil clásico de Michael Sandison y Marcus Eoin: la
apremiante pulsión tecno-ornamental de “Acts Of Magic”, el sedante tribalismo
coral de “Father And Son”, el evocador ambient tecnificado en “Arena
Americanada” y documentalista en “Into The Magic Land”. Son excepciones, con
todo, en medio de un álbum que se hace eco del desaliento que reina en el mundo
contemporáneo; que se mira en el pathos de un dark ambient a lo ProtoU, y nunca
en su cavernoso sonido. Una jornada que por principio de cuentas ha sido
bautizada con la decidora denominación de “inferno”, en la que Boards Of Canada
atisba la posibilidad de un lúgubre porvenir aún irreal -pero cuya semilla ya
está plantada.
A pesar de todo lo antes escrito, he
disfrutado de Inferno y sus visiones derrotistas, del mismo modo en que
en otros tiempos he disfrutado del Sonic Youth más maligno, de Lovecraft, de Shinya
Tsukamoto o del polaco Beksiński. El Arte no tiene ninguna obligación de ser
luminoso, etéreo, “bonito” o moral (ético sí, moral no). La única conditio sine
qua non excluyente del Arte es la de exorcizar aquello que la mente y el
corazón del ser humano pueden concebir, y este discazo de 70 minutos lo
consigue con creces. Una sola objeción: Inferno termina abruptamente con
la esperanzadora “I Saw Through Platonia”. Un final más acorde hubiera sido “Vol.4
- P. Primers - 177 Giraud's Mirror”, composición que sólo se halla disponible
en la versión doble vinílica, pues ni siquiera en las agiotistas ediciones
japonesas del CD viene añadida. Lo que es dejar al/la castigado/a fan salivando
sin pausa. Puedes escuchar el tema haciendo click aquí.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 1ero de julio de 2026.)
Se ha extinguido casi un trienio desde Isolde
EP, y Miyagi Pitcher aún no cumple con la promesa del nuevo álbum, cuyo nombre
ya entonces había sido anticipado debido a la supuesta inminencia de su
aparición (Petricor). En lugar suyo, Alexander Fabián ha subido nuevo
extended play, que ahora sí parece ser la antesala definitiva del sucesor de Ikigai
(生きがい) (‘22). Lo más
prudente tal vez sea no asegurarlo del todo, vista la paciencia con que se toma
las cosas el proyecto unipersonal otrora consagrado al vaporwave.
A propósito del género fundado por Macintosh
Plus y Laserdisc Visions, conviene recordar que los dos últimos EPs de MP -Gala
e Isolde- manifestaban una orientación voluble, coincidente con el
vaporwave sólo de manera momentánea. De hecho, Isolde EP proponía como
nuevo norte el dreampunk. Tal dirección ha sido parcialmente obviada en Geosmina
EP, donde convive con otras tantas, todas relacionadas por angas o por mangas
con las vanguardias de entresiglo. El extended empieza con “Pleroma”, surco de
electrónica sin codificar, saturada de ambient y perlada de dosis minúsculas de
IDM e indietrónica. Si sobreviven restos de vaporwave, lo hacen a niveles
subatómicos, imperceptibles.
Por lo demás, ello responde a la voluntad
expresa de Fabián, quien desde hace tiempo decidiera que el alias abandonase
esos predios. Empieza “Geosmina”, que alude al natural compuesto químico
producido por bacterias streptomyces, más o menos en las mismas coordenadas.
Pronto evidencia el canal formas embrionarias de síncopa digital. A despecho de
esa levísima espina dorsal rítmica, el tempo se dilata a placer, vagando sin
ruta estilística alguna. Se sostienen así hilos de continuidad respecto del
track anterior, plasmados en una mezcla de guiños y referencias agradable y
sosegada, pero ya visitada por otros nombres y aún por el propio marbete Pitcher.
Aunque algunos segmentos lucen un tanto más opacos que otros, el tema titular
es lo suficientemente diáfano como para no sobrecargarse nunca.
El proceso de ralentización finaliza con
“Modeh Aná”. Se prescinde de todo atisbo de beat, amplificándose de modo
inversamente proporcional los abiertos climas líquidos y aéreos de “Geosmina”.
Texturas ilimitadas que de tan vítreas se acercan muchísimo al catálogo de ambientaciones
de la new age más etérea. Así termina este EP, ofreciendo un otro soundtrack
con que escarbar en las zonas de la memoria en que imágenes y sonidos son
filtrados por pantallas de cristal esmerilado, difuminando rasgos y contornos
hasta semejar las lindes cambiantes de nuestros sueños más neblinosos.
Sí, todo lo paja que quieras. No obstante,
sigo pensando que esto mismo podría haberlo concretado cualquier otra de las
identidades que maneja el cofundador de Chip Musik, salvo Alcaloidë. Salvo
también, por supuesto, Miyagi Pitcher. Que aquí en el Perú exponentes de mall
soft o de future funk (o de dreampunk) no precisamente sobran, sino todo lo contrario.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 24 de junio de 2026.)
No es que Mauricio Miranda nunca se haya
aventurado en las estepas agrestes de la música de avanzada. De hecho, al también
bloguero le debemos tanto las exquisitas compilaciones para descarga gratuita Grito Al Vacío: Shoegaze En El Perú 1991-2013 y Gritos Y Secuencias: Shoegaze En El Perú Parte II como el unigénito largo de Paisaje 3 Sesión Invernal
junto al prolífico Raúl Begazo (Fobya, Orquídea, Alunaki), con que se inicia
sobre suelo patrio la tradición del tripgaze. Sin embargo, no es menos cierto
que en su currículum referencias convencionales como Albatröss (alternativo,
grunge) o Los Perros Del Sotánico (surf garage punk) cosechan algo más de atención.
Sobre el resbaladizo terreno de la
experimentación sonora, empero, jamás antes llegó tan lejos como lo hace ahora de
la mano de Kamanchakka. Esta nueva apuesta personal le saca varios cuerpos de
ventaja a Paisaje 3, utilizando variables y metodologías de composición más
próximas al Ruido de lo que alguna vez llegara a estar la sociedad con el
arequipeño Begazo. Aunque sólo conste de tres pistas, el epónimo pistoletazo de
salida rebasa por escasos segundos el hito de la media hora, indicio de un
dispendio generoso y muy característico del avant garde al menos en relación a dos
de ellas.
Lo primero que conviene subrayar es la existencia
de un murallón de ruido que ocupa todo el horizonte sin atosigar la audición.
Es decir, una barrera omnipresente dispuesta a modo de palio o telón de fondo,
de manera que encima suyo se hagan viables otras evoluciones estéticas. El
matiz sonoro que adopta esa pared depende del estado de ánimo, así como del
cariz improvisacional de cada uno de los registros -acuático y ribereño en “La
Teoría De Por Qué La Nada Es Todo Y El Todo Es Nada”, ventolero y sibilante en
“El Encuentro Entre Dos Personas Que Se Conocieron En Una Vida Pasada”.
Una guitarra, loops drónicos, sampleos y
muchos sound effects emergen y se eclipsan intuitivamente; alternando con
apenas audibles guiños melódicos, con estallidos casi geológicos de noise, con
un dark ambient frontalmente post humano. Este último resuena sobre todo en “Al
Atardecer En Un Inhóspito Planeta De Una Galaxia Muy Lejana”, el track más
conciso si se lo compara con los once minutos y 41 segundos de “El Encuentro
Entre...” o los trece minutos y medio de “La Teoría De Por Qué...”. En
cualquiera de los tres casos, las ambientaciones de Kamanchakka remiten a
una penumbra permeable, que aún en sus momentos de mayor hesitación encierra la
promesa de una oscuridad ineluctable, definitiva.
¿Y no hay lugar para nada más? En realidad,
sí. Cuando Miranda desarrolla sus improvisaciones más extensas -todas han sido
grabadas con un celular y posteriormente procesadas/mezcladas/masterizadas por
el propio mollendino-, encuentra espacios para apartar el velo durante breves
instantes, de forma aleatoria. En “La Teoría De Por Qué...”, lo logra
valiéndose de un ruido cuyo color describiré como chillón en contraste con la
opacidad imperante. Ese ruido acomete navajazos que dejan pasar algunas hebras
de luz, al inicio y al final del round. En “El Encuentro Entre...” ocurre otro
tanto, solo que los navajazos son reemplazados por trallazos de armas láser (sospecho
que rescatados) de viejas películas de ciencia ficción de los 50s y lustros anteriores.
Los únicos momentos en que podemos ver el cielo azul, aunque sea desde una
mezcla de desesperanza y melancolía que no se marchita.
“Kamanchakka” es una palabra de origen
aymara, usada en el sur del país y en el norte de Chile para describir la
gélida neblina baja que torna opiáceas y brumosas esas localidades
costeras/portuarias donde germina, se agazapa y se ceba. Con seguridad, Mollendo
es una de ellas. No hay mucha ciencia, pues, en deducir que es el Puerto Bravo la
principal fuente de inspiración a la que Mauricio recurre al momento de dotar
de color y forma al contenido de la placa y a su difusa y vaporosa carátula.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 17 de junio de 2026.)
Me ha tocado reorientar las antenas por un
momento -nunca mejor dichas esas tres últimas palabras- hacia la IV Región de
Chile, gracias al dateo del experimentado músico Michel Leroy (Thanatoloop,
Fiesta De Holobiontes). En Coquimbo, el hombre fuerte de Templo Sagital ha
cofundado junto a Richi (Midriasis Paralítica, Desangrar) y a Sata (Gorgonizer,
Monkief) el comando Oramorph. Inscrito en la ya venerable tradición ruidosa y
apocalíptica del grindcore y derivados, el trío debuta tras dos años de trajín a
fines de agosto del ‘25, mediante un registro epónimo que se distingue por
entroncar insólitamente con otro género en principio poco o nada afín al
extremismo grind -el sludge.
El extraño cruce atenúa justamente uno de los
puntos fuertes de la batahola propiciada por gente como Discharge o Carcass: la
(¿no?-)percusión. A medio camino entre el EP y el mini-álbum, este esfuerzo no
siempre recurre al blast beat patentado por Napalm Death o Repulsion. Como
ejemplo, la apertura “Sobreviviendo”, cuyos aullidos agudos y entonación
gutural se adhieren sin remilgos al radicalismo vociferante del grind, pero cuyas
baquetas obedecen el dictamen de los lentos riffs iterativos del sludge, una variante
algo más ligera del doom metal. La impresión que reditúa equivale a visionar
una versión gore en slow motion de las salvajadas inmisericordes del Punisher que interpreta Jon Bernthal.
Esa suerte de dicotomía florece en los poco
más de veinte minutos que demora Oramorph, haciéndole oscilar a veces de
una pista a otra, con mucha mayor frecuencia alentando y revirtiendo
metamorfosis en un mismo surco. Sucede en “Genocidio Global”, en “Hospital De
La Salvación”, en “Alfombra De Parásitos” -nótese en éstos y otros de sus pares
la fidelidad a la costumbre arraigada en huestes grindcore de construir
sintagmas utilizando vocablos asociados al habla médica-. A accesos de
velocidad maníaca (Sata), siguen ritmos empantanados en tóxica suciedad y
tensión opresiva, y viceversa. A agresivos embistes de unas guitarras saturadas
de distorsión (Richi), suceden otros abrasivos que se arrastran intentando
penetrar la densidad reinante, y en reversa.
El único desempeño más o menos uniforme es el
que concierne a las voces. Michel, y en menor medida sus conmilitones, parece
vomitar fárragos vocales más que cantar, sea en urraqueña clave grind, en desafiante
clave hardcore punk (“Nada Cambiará”), en vesánica clave sludge (“Terminal De
La Putrefacción”, “Respirando Sombras”). Airadamente emocionales,
vejatoriamente purulentas, las voces de Leroy y compañía nunca cambian lo
bastante como para subdividir su performance. Si bien podría añadir aquí como
otra constante ese sonido crispado que parece consecuencia de frotar vidrio
contra vidrio en algunos de los tracks, como prólogo o epílogo, éste es más una
variable.
No apto para oídos sin curtir ni para espíritus
laxos. Ni éste, ni ningún otro armagedón sónico. Se anuncia edición física en
formato digipack, no a través de Templo Sagital, sino de la usamericana Throne Of Lies.
Merced a los buenos oficios en labor difusora
del compa Rafael Cheuquelaf (Lluvia Ácida, Eolo Producciones), supe de Avenave
en noviembre pasado, cuando estuve de viaje por la hermosa ciudad de Punta
Arenas. Acababa de ser editado vía Halim Music -la otra gran escudería
independiente de la urbe magallánica- el homónimo estreno en largo de este dúo (Río
Seco EP se lanza cuatro años antes, en marzo del ‘22), y un ejemplar ya
estaba predestinado a llegar a mis manos, asegurándose por ende su ingreso a la Meloteca de Babel. Fue este último un trámite más difícil de resolver.
Muchas escuchas después, Avenave sigue
siendo un enigma que no obsesiona, sino que seduce e invita al puro deleite
mental/sensorial. “Japonave”, verbigracia, rompe fuegos empleando una secuencia
pedal de notas electrónicas digna de la Berlin school, que tras medio minuto de
solitario andar casará la irrupción de un brioso soporte rítmico. Sumándose una
eléctrica que dibuja patrones cíclicos para luego emprender vuelo libre, ese matrimonio
crea una atmósfera a caballo entre el post rock y el post pop: del primero toma
prestada su vocación trasgresora, sin renunciar a un diseño sonoro que el/la
oyente sienta cercano, rasgo que recicla del segundo.
Evidente guiño al mítico guitarrista de Pink
Floyd, la dupla que conforman “Gilmour I”-“Gilmour II” se mueve apisonando
bases distintas. De hecho, el binomio es más un monomio partido en dos. Con una
larga introducción en que sólo audicionamos cantos de aves, sordos ecos de distantes
tormentas y una guitarra minimal (“Gilmour I”), esta última despega
trasladándonos en un trip que juguetea con el canon del rock desértico sin incidir
en sus lugares comunes -son éstos reemplazados por dulces tonalidades cannábicas.
Y la subsiguiente “Disco Funji” vira bruscamente hacia parajes en los que el
tándem se regocija recreando la plasticidad de Stereolab circa Dots And Loops (‘97), no su laboriosidad, mucho menos su sonido (más en consonancia
con el que relajadamente jazzea Tortoise).
Baste lo expuesto hasta aquí para concluir
que la mancuerna Avenave prefiere caminar en libertad, sorteando etiquetas bajo
las que encajar y clichés con los que cumplir. Al margen de lo atinado/desatinado
de las precisiones y/o apreciaciones estilísticas, Javiera Alarcón (ex Lilits) y
René Gómez (Heropass, Diógenes) escogen manar antes que fluir, esculpiendo
texturas de química voluble con que engalanar esos soundscapes de ensueño que
atravesamos de su mano. Avenave abraza despreocupadamente la
espacialidad. No le molesta pisar un poco el acelerador para zafarse del perfil
ambiental del post rock en “Nighthawk”, evocando de paso la ductibilidad de los
Gus Gus del inmenso Polydistortion (‘97). Se distiende en “Baño De
Bosque” recreando desde coordenadas ácidas el feeling etno-prog de unos Jade
Warrior o unos Embryo. Y se aúpa a un curioso híbrido de psicodelia old school
y de dub para encarar la clausura de la jornada con la generosa “Almar”, que me
sigue sonando todavía a los Dif Juz de una dimensión paralela.
Adictivo primer álbum de Avenave. Cierto, el
volumen apenas excede los 31 minutos, pero su periplo lo repites incesante sin que
la familiaridad te reporte cansancio alguno. Provenientes de diversas latitudes
y épocas, discos de menor minutaje pueden eventualmente impregnarte de tedio,
de modo que méritos -meritazos- no le faltan a la sociedad formada por Alarcón
(bongó, maracas, pandero, palo de agua, principalmente batería) y Gómez (Moog,
mellotrón, sintetizadores, principalmente guitarras). Un esforzadísimo drum set
polirrítmico que siempre se porta a la altura, y una guitarra volátil que apela
a la mesura como la más señera de sus virtudes.
(Republicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 3 de junio de 2026)
Nunca me he animado a escribir algo más o
menos largo sobre Kraftwerk. Dado el sitial de honor que ostenta en el devenir
histórico de la música pop contemporánea, sin contar el hecho de tenerle yo por
la mejor banda de todos los tiempos, siento un poco raro no haber acometido la
empresa hasta ahora. Y quién sabe cuánto tiempo más pasará antes de apurar ese
paso. Ésta no es, por ende, la ocasión pospuesta...
Sin embargo, alguna vez se me ocurrió
elaborar una serie de posteos sobre el celebérrimo y querido grupo, hace casi
trece años. No ensayé entonces una aproximación cronológica, y por ende lineal.
Relatos pormenorizados sobre el sino que han enfrentado los teutones durante su
más de medio siglo de existencia pueden encontrarse en Internet a pastos. Más
interesante me pareció acercarme a diferentes aspectos de su obra, así como a
los efectos que sus logros concluyentes provocaron en la cultura popular de ésa
y de posteriores épocas, recurriendo a los vocablos “interfase” (para los
primeros) y “addenda” (para los segundos). Similar explicación fue provista
aquella vez.
Acorde con ese espíritu,
recopilo/reescribo/reestructuro en un único artículo dichos posteos, fechados
entre el 15 y el 22 de septiembre de 2013. Será éste, ergo, un texto con muchas
citas; utilizadas tanto en las reflexiones originales como provenientes del
feedback que éstas suscitaron entre la lectoría que me dispensa atención. Busco
de esta manera darle a los párrafos un mínimo nivel de narrativa coral -confío
en que este propósito pueda finalmente verificarse. Si no, quién sabe, al
tiempo.
PRELUDIO
Siempre será inagotable materia de discusión
sentarse a elegir al mejor grupo de música pop de la Historia -no sólo porque
existe un buen número de aspirantes legítimamente reconocidos por el corpus de “votantes”,
sino porque cada uno/a de estos/as últimos/as tiene ya de antemano elegido a su
preferido. ¿Qué tan provechosa o deslucida puede ser semejante disquisición? Dependiendo
de los/as “votantes”, quizá nos ganemos con sabrosos debates que enriquezcan
nuestros puntos de vista y nos amplíen el panorama. O quizá tengamos que
soplarnos aburridos ditirambos y tediosas estrategias dialécticas que no conducirán
a nada en limpio.
Así las cosas, definiendo “música pop” como
toda corriente sonora que germina en el seno popular -léase lejos de estratos
académicos-, y sabiendo de antemano que seleccionar un solo candidato implica
renunciar a muchos otros que con justicia pueden reclamar ese título; dejo en
claro que, después de resistirme a elegir un único nombre por lustros, en 2010
le entregué mi alma, mi corazón y mi entendimiento a los padres del electropop:
Kraftwerk. Esto es, pues, una suerte de pequeño tributo a los siempre vigentes
y dilectos Hombres-Máquina -sin los cuales ningún discurso electrónico hubiera
logrado desarrollarse, ni el planeta electro llegado a ser lo que actualmente
es.
Qué mejor modo de empezar, por ende, que visitando
la prehistoria de Kraftwerk. Ralf Hütter y Florian Schneider se conocieron a
fines de los 60s en la Academia De Artes de Remschield. Una vez egresados,
volvieron a encontrarse en un curso de música improvisacional de su natal
Düsseldorf (existe una leyenda urbana que afirma fueron testigos de una
performance de Karlheinz Stockhausen bajo los efectos de algún psicotrópico
non-sancto). Con la adición de Klaus Dinger, se bautizan como Organisation,
rótulo bajo el que registran el debut y despedida Tone Float (RCA
Victor, 1970). “Música concreta psicodélica” es una descripción no del todo
desacertada de lo expuesto en ese solitario álbum, que les enyunta al kraut
rock -movimiento de excluyente ascendencia germana/la respuesta alemana a la
psicodelia anglosajona: Amon Düül, Faust, Can, Guru Guru, Popol Vuh, Tangerine
Dream, Harmonia, Neu!...
(Justamente el nacimiento de Neu! se produce
al dejar Dinger la banda y asociarse para tal efecto con Michael Rother,
desarmando de paso Organisation. Pero Hütter y Schneider ya tenían claro el
camino a seguir.)
Una muestra de lo expuesto en Tone Float,
música para una “danza tribal” del cuaternario bruscamente extrapolada a la
sala de una casa moderna, parafraseando a la compa Carolina Rosales: “Milk Rock”.
INTERFASE 1
Autobahn (1974) es, desde
muchos puntos de vista, un momento decisivo en la trayectoria de Kraftwerk. El
cuarto esfuerzo de los compatriotas de Feuerbach fue, en efecto, el primero
dotado de un concepto sólido que unifica sonido, composición, imagen y mensaje.
Fue asimismo su primer éxito masivo gracias al tema titular de 22 minutos
-reducidos a tres para su empaque en formato single. Fue también el último
producido por Conny Plank, figura insoslayable del universo kraut rock, y el
último que sólo se grabó en alemán: a partir del siguiente paso, Radioactivity
(EMI, 1975), se adoptaría la política de lanzar un mismo trabajo en su idioma
natal y en otros de la zona europea. De igual modo, fue la última obra de los de
Dusseldorf publicada por Philips.
Autobahn fue, finalmente, el
último disco de Kraftwerk en donde podemos rastrear resabios del kraut y del
consabido ritmo “motorik” que patentase Dinger ("Mitternacht",
"Kometenmelodie 2", "Morgenspaziergang"): las presentaciones
que apuntalan la salida del LP son las oportunidades postreras en que la banda
interpreta piezas de sus tres primeros episodios -entre ellas, la recordada “Ruckzuck”.
Josep María Soler es un activista catalán con
conocimientos mayúsculos sobre música electrónica de ésos y de precedentes/subsecuentes
tiempos, que dirige al menos tres bitácoras documentadas magistralmente. Gracias
a su desinteresado aporte, he podido escuchar algunos bootlegs en vivo
correspondientes a esos días -contribución valiosa, puesto que la única
referencia live oficial de Kraftwerk es Minimum-Maximum (EMI, 2005), y
estos artefactos no-oficiales nos permiten apreciar la performance del grupo
antes convertirse en el ente creador del electropop. En otras palabras, escuchar
a Kraftwerk cuando sus integrantes todavía se hallaban inmersos en los predios
de una electroacústica exploratoria y altamente intuitiva (el feeling de estos
registros es de hecho más orgánico que maquinal).
Pues bien, a través del pirata Live In
Leverkusen ‘74, que recupera un concierto del 22 de abril de ese año,
podemos disfrutar de tomas en directo de “Tanzmusik”, de “Mitternacht”, de “Autobahn”
(en una hiperbólica versión de más de 41 minutos), de postales embrionarias de
la extraordinaria “Showroom Dummies”, y por supuesto de “Ruckzuck” -muy ruteada
por Kraftwerk en aquellos años, y de la que reciclarían la estructura del
crescendo inicial para la magnífica “Trans-Europe Express” (incluida en el
portentoso disco epónimo, 1977, junto a “Showroom...” y otras gemas). Richard
H. Kirk, miembro fundador de los esenciales Cabaret Voltaire (trío puntal de la
primera oleada industrial y amigos íntimos de Joy Division), perpetrador post
IDM escondido tras el alias de Sandoz (chequear su sorprendente Digital Lifeforms, 1993), cultor techno-dance asociado a los semi-anónimos The
Technocrats; remezcló con estos últimos -y sin permiso- “Ruckzuck” en 1991.
Comparto primero la versión original y luego
la de The Technocrats.
PRIMERA ADDENDA
Acaso sea en exceso polémico afirmar que
Kraftwerk ha estado presente en el nacimiento de cada idioma electrónico del
que se tiene noticia, desde que ellos mismos crearon el electropop hasta el día
de hoy. Quizás sí, quizás no...
Pero sí es cierto que no existe ningún grupo
o artista electro, ni uno solo, que no haya escuchado a Kraftwerk, ni que les
reconozca como la madre del cordero -y agregaré que jamás he sabido de alguno
que les odie. Prueba irrebatible de ello es la inmensa cantidad de sampleos que
provienen de sus discos, ya sea en clave trip hop, EBM, synth pop o drum’n’bass.
Para muestra un botón -precisamente, el del
drum’n’bass. Si bien los entendidos no se han puesto de acuerdo sobre su
origen, y se señala por igual a avezados “junglistas de pro” como Fabio y
Grooverider, todos coinciden en afirmar que el primero en codificar el nuevo
lenguaje en formato físico -es decir, en testimoniarlo a través de registros, a
diferencia de los DJs, que sólo le insuflaban vida en sus sesiones- fue el dúo
Shut Up And Dance (que a veces también editaba con el alias de Rum & Black).
El tándem Carlton Hyman-Philip Johnson lanza en 1990 el 12’’ “Fuck The Legal
Stations”, cuyo lado B “I'm Not In Love” se arma sobre un sample del tema “The
Man∙Machine” (extraído del esférico homónimo, 1978).
INTERFASE 2
“¿Y ‘Kristallo’?”, se estarán preguntando los/as
fans. “¿Por qué no ha sido subrayada entre las composiciones a destacar de la
primera etapa de Kraftwerk?”.
Ralf Hütter y Florian Schneider han sido
durante todo este tiempo muy celosos de todo aquello asociado a Kraftwerk, lo
que se ha traducido en un implacable, férreo control sobre su obra como banda.
Entre muchas de las implicaciones que esta (ejem) estrecha “vigilancia”
conlleva, sobre algunas de las cuales volveré más adelante, destaca la de no
haber permitido durante muchísimo tiempo la reedición en CD ni del disco de
Organisation, ni de sus primeros trabajos como Kraftwerk -a saber: Kraftwerk
(1970), Kraftwerk 2 (1972) y Ralf & Florian (1973).
Por suerte, han existido ediciones digitales
piratas que ayudaron a los/as fans a completar la colección (las más antiguas
están fechadas en 1994 -hay quien afirma haber visto ejemplares japoneses con
insospechados bonus tracks, a mí no me consta-). Pero la tácita prohibición ha
sido luengos años respetada por todos los seguidores de Kraftwerk y los
descendientes de su legado. Tan es así, que recién en 1997 se incluyó la
relectura de un surco de esos primeros capítulos, “Ruckzuck”, en Trancewerk Express Vol. II: A Tribute To Kraftwerk (el primer volumen data del ‘95).
Por este motivo, resulta bastante
discutible/sospechoso el lanzamiento en Italia del título A Short Introduction To Kraftwerk (Stampa Alternativa/Nuovi Equilibri, 2000). No
por el libro, en simpática aunque algo enumerativa edición bilingüe (inglés e
italiano), sino por el CD anexo: siete temas supuestamente remezclados por
Kraftwerk, entre los que figura “Kristallo” (extraído del citado Ralf &
Florian). Lo más probable es que la autoría de estas “remezclas inéditas”
le sea acreditada a bandas caletas que prefirieron rendir anónimo tributo a sus
mentores. Tampoco tendría nada de malo, si los resultados no fueran tan misios:
siete tomas alternas muy poco inspiradas, en 35 minutos, son insuficientes para
ilustrar al neófito sobre el devenir de un grupo de la talla inconmensurable de
Kraftwerk -amén de que los cortes no han sido bien escogidos, ni es lo más
sensato empacarlos en formato “remix”.
A continuación, un bonito video-homenaje de “Kristallo”.
Sí. Máquinas Musicales Electrónicas empañándose de emoción ad infinitum.
SEGUNDA ADDENDA
Como bien enfatiza otro capo barcelonés, Half
Nelson, “La importancia de una banda puede medirse en diversos ámbitos que
quedarían reducidos a tres: repercusión popular, prestigio crítico y respeto
por parte de otros artistas. En esas tres escalas, los de Düsseldorf están
encaramados en lo más alto, pero la impronta de Kraftwerk no se limita al
ámbito del reconocimiento estrictamente musical (...). Todo ello convierte a
Kraftwerk en un grupo-concepto que ha dejado su huella en multitud de estratos
culturales a lo largo y ancho del mundo civilizado (...)”.
Al asombro y al estupor siguen naturalmente
el análisis y el procesamiento. Después de un imparable rush discográfico a
fines de los 70s y principios de los 80s, que consolidó la revolución
tecnológica al interior de la pop culture, Kraftwerk comenzó a ser asimilado
por su propia progenie. Con anterioridad he citado el ‘unauthorized remix’ de “Ruckzuck”
que hicieron The Technocrats y también el sampler de Shut Up And Dance. De
hecho, hay ejemplos más cercanos.
Uno de ellos es el alucinante “Planet Rock”
(1982), de Afrika Bambaataa al alimón con Soulsonic Force (“disculpando la
expresión, pero qué mierda más marciana”, exclamaría Lance Taylor a.k.a.
Bam la primera vez que escuchó a los Robots). Construido sobre la base de los
kraftwerkianos “Trans-Europe Express” y “Numbers”, el single editado por Tommy
Boy se cuenta entre las primeras muestras de cómo influyó la pionera banda tudesca
en el surgimiento del hip hop -movimiento nacido en la pobreza que capitalizó
al máximo los recursos a la mano para convertirse con el tiempo en la “CNN de
la Norteamérica negra” (Chuck D. dixit). Y es que nadie puede dudar del papel
que jugó Kraftwerk en la consolidación de esta en principio interesante
subcultura urbana -pero si quieren una confirmación definitiva, basta con
chequear el film Breakin' (1984). Entiendo que es la única película
donde se ha usado música del grupo: al son del 45 rpm “Tour De France” (1983),
uno de los protagonistas ensaya una rutina de breakdance, el baile asociado a
la expresión sonora del hip hop.
Otro ejemplo es la new wave. En entrevista
concedida a Rock De Lux en septiembre del año pasado, Daniel Miller, el
histórico hombre fuerte de Mute Records -patria discográfica de Depeche Mode,
Yazoo, Nitzer Ebb, Cabaret Voltaire y Renegade Soundwave, entre muchos otros
más-, declaró: “La gente de mi generación estuvo muy influenciada por ellos.
Depeche Mode, The Human League, cualquier grupo de esa época mamó su música. Y
las generaciones siguientes entraron en contacto con la electrónica a través de
nosotros. Espero que estas reediciones hagan que la gente entienda que
Kraftwerk fue nuestra máxima inspiración”. Creo que a este respecto no queda
más que decir...
...excepto que el grupo que más rápido
alcanzó a Kraftwerk, New Order, le dedica en su disco de 2005, Waiting For
The Sirens' Call (Warner), el surco “Krafty”. Un grande homenajeando a otro
grande.
INTERFASE 3
El gesto agradecido de un fan como tú o como
yo.
Tim Zawada, de Chicago (USA), ha elaborado –“sin
loops, sin efectos”- un mix que ha bautizado con el nombre de Kraftwerked: A
Mix By Tim Zawada (Kraftwerk Tribute Mega Mix). Fechado en 2011, este homenaje
está dispuesto a la usanza de un DJ-set: una sola pista de audio en la que se
entretejen 36 cortes de Kraftwerk, cubriendo sus discos desde el lejano Autobahn
(1974) hasta el reentré Tour De France Soundtracks (EMI, 2003) -es
decir, respetando el silencio que el grupo ha guardado en relación a sus tres
primeros trabajos.
Algunas observaciones al respecto:
1) El mix se ha creado para su escucha
personal y para compartirlo con otros/as fans de la banda -no hay, pues, interés
comercial en esto.
2) Esta “antología” responde exclusivamente a
los gustos de Zawada. No pretende, por tanto, ser una compilación que ilustre
exhaustivamente la carrera de Kraftwerk.
3) Se puede descargar el archivo mp3 desde el
SoundCloud del usuario. El link hacia allá aparece en la información del video
de YouTube.
4) Contra lo que pregona el título del video,
son treinta y seis canciones (no cuarenta).
5) No estoy seguro sobre si “The Telephone
Call” se ha añadido al mix sin efectos: la toma no es la misma que la incluida
en Electric Cafe (EMI, 1986), aunque podría tratarse de una versión
repescada de alguna de sus ediciones como single.
Dicho esto, no puedo sino recomendar entusiasta
este breviario de la andadura de mi best band ever.
TERCERA ADDENDA
Aunque no hay estadísticas que lo sustenten,
es razonable suponer que la mayoría de grupos pop que han aparecido sobre la
faz de la Tierra alguna vez ha versioneado a The Beatles -bien a título de
ensayo, bien a modo de coda en sus conciertos, bien aventurando en el estudio
de grabación lecturas distintas de los clásicos y no tan clásicos de los Cuatro
de Liverpool. Para muestra dos botones, muy diferentes entre sí, que me vienen
inmediatamente a la cabeza: Damon And Naomi con “While My Guitar Gently Weeps” y
Siouxsie And The Banshees con “Helter Skelter” y “Dear Prudence”. Si existe,
esa estadística imposible la ganan largamente los Fab Four.
Pero en lo tocante a tributos editados, sea
de manera individual o colectiva; aún cuando no estoy seguro al 100%, creo que
ese cuadro de referencias cambia traumáticamente en detrimento de los
británicos. Salvo The Cure, que ha rebasado los 15 homenajes, no sé de otro
grupo que pueda igualar en este aspecto a Kraftwerk, que ya franqueó la barrera
de los 20 tributos. Como en el caso de los liderados por Robert Smith, en este
terreno encontramos placas de toda índole dedicadas a los Replicantes de
Düsseldorf.
Individualmente, los hay en clave
acústica-orquestal, como Possessed (Mute, 1992) de The Balanescu Quartet
(ensamble del violinista rumano Alexander Balanescu) y Die Roboter Rubato
(Mille Plateaux, 1997) de Terre Thaemlitz (pianista transexual de origen
germano). Los hay asimismo de proyectos fantasmas claramente forjados en la
fragua de Kraftwerk, como Boing Boom Tschak (A Tribute To Kraftwerk,
1994) y Basskraft (A Bass Tribute To Kraftwerk, 1998). Finalmente,
existen también grupos que les guiñan con enorme devoción, como los franceses
de Marc Et Claude (A Tribute To Kraftwerk 12'', 1998), y con genial
sentido de la ironía, como Señor Coconut Y Su Conjunto (El Baile Alemán,
2000). Esto, sin contar aquellas versiones o remixes que decenas de grupos
-Ride, Snakefinger, Niños Del Brasil, Big Black, siguen nombres...- han
insertado en determinados capítulos de sus respectivas discografías.
Colectivamente, la cosa es igual de generosa:
están los Trans Slovenia Express, 1 (1994) y 2 (2005), con
actos de Eslovenia, zona geográfica y sonoramente lindante con el músculo
centroeuropeo de la E(lectronic)B(ody)M(usic). Están además los ya mencionados Trancewerk
Express, así como los homenajes ruso (Elektronenklänge Aus Dem
Radioland: A Tribute To Kraftwerk, 2000), japonés (Musique Non Stop: A
Tribute To Kraftwerk, 1998) y brasilero (Kraftworld: Brazilian Tribute
To Kraftwerk, 2007). Para terminar, los hay en todos los tonos del espectro
digital: simplemente electrónico (el doble Krafty Move: An Electronic Tribute To Kraftwerk, 1997), techno (Technicolour: A Techno Tribute To Kraftwerk, 2000), mashup (el magnífico doble Bootwerk: A Bastard Pop
Tribute To Kraftwerk, 2007) e incluso 8-BIT (8-BIT Operators: The Music Of Kraftwerk Performed On Vintage 8-BIT Video Game Systems, 2007). Diversas
formas de encarar la gigantesca influencia de los indiscutibles padres del electropop.
Te dejo un fetiche que me he guardado bajo la
manga: Cybotron, alias de nada menos que mister Juan Atkins (precursor del
sonido Detroit), reensamblando “Numbers” y “Home Computer” en su clásico “Clear”,
del debut cibotrónico Enter (Fantasy, 1983). "Clear", por
cierto, es citado por los Autechre en las notas interiores de la seminal
recopilación Artificial Intelligence (Warp, 1992) como el tema que les
cambió la vida y los impulsó a hacer música.
INTERFASE 4
Alegando ignorancia de antemano, no conozco
otra canción que haya sido versioneada y grabada tantas veces en la historia de
la música pop como “The Model”.
Paradigma del synth pop, quintaescencia de la
perfección más sublime a la que puede aspirar cualquier formato sonoro
melódico, Kraftwerk concibió esta gema de tres minutos y pico en la cima de sus
posibilidades expresivas: son los tiempos del maravilloso The Man∙Machine
(EMI, 1978), y Hutter-Schneider-Bartos-Flur ganan nuevas cumbres en el delicado
y refulgente balance entre exploración electrónica y emotividad/empatía pop.
Evocadoramente pegadiza (así la califica Nelson), sé de al menos veinte
versiones -¡veinte!- de esta inolvidable composición, entre editadas y
celebrados registros “live”, que nada tienen que ver con las dispuestas en los
discos-tributo. Ahora, contando estas últimas versiones, no me atrevo ya a
aventurar una cifra...
...pero sí nombres: Ride, Niños Del Maíz, Big
Black, Sopor Æternus, Clotta+DJ Dero, Snakefinger, Niños Del Brasil, The Divine
Comedy, El Aviador Dro Y Sus Obreros Especializados, The Cardigans, David
Byrne... “The Model” es una obra de arte tan perfecta, que incluso la relectura
mashup de Krazy Ben que la asocia a un mamarracho como “The Way I Are” del
mierdoso Timbaland suena a hossana en las alturas.
Sin más preámbulo, pues, la que es para mí la
mejor canción pop de la historia -sólo que, como diría el querido Ramón
Valdez/Don Ramón, en “versión totonaca”. ¡Si incluso un feroz militante como el
maestro Steve Albini, líder de Big Black, que ha producido a Nirvana y a Pixies,
y que no perdía oportunidad para hablar pestes del sampling y del mashup; se
rindió ante la Magia infinita de los genios de Düsseldorf!
CUARTA ADDENDA
Tras un lustro en completo mutis, en 1991
llega a las tiendas The Mix (Electrola), artefacto de remezclas de Kraftwerk
acometidas por el propio grupo. El plástico marca el definitivo ingreso de los
alemanes a la era digital: como se sabe, piezas del calibre de “Autobahn”, “The
Robots”, “Musique Non Stop” y “Radioactivity”; fueron registradas utilizando
sistemas analógicos. Para la ocasión, se reproducen los sonidos directamente en
código binario, y se samplean aquellos que no pueden ser ya duplicados. Además,
el cuarteto transforma sus cuarteles de Kling Klang en un estudio modular con
el propósito de transponerlo a las giras sin mayores dificultades.
The Mix fue el último
esfuerzo de Kraftwerk con su formación clásica y más duradera: poco antes de su
salida, abandonan el barco Wolfgang Flur y Karl Bartos, miembros desde los días
del Radioactivity. Se anunció un The Mix 2 y hasta un nuevo disco
antes de que muriera el siglo XX, y jamás se llegó a nada concreto. Es recién
con el single Expo 2000 (EMI Electrola, 1999) que Kraftwerk rompe un
silencio de ocho años, pero ésa ya es otra historia.
De entre los contados méritos de The Mix,
consigno aquí la que considero la versión definitiva de "Computer
Love", track originalmente pauteado en Computer World (EMI, 1981), el
capítulo discográfico que cierra su etapa más feliz.
INTERFASE 5
Nadie en su sano juicio -bueno, en realidad
sí existen, pero no tengo ganas de buscar bronca con esos cavernícolas- puede
discutir que el nazismo fue un terrible accidente de ruta en la hasta entonces
más o menos inmaculada historia de Alemania. Después de la abdicación del
Kaiser Guillermo II, el país entró en un fantástico período conocido
históricamente como la República de Weimar (1919-1933). Durante esos años, se
consolidaron movimientos culturales extremadamente creativos e innovadores: no
en vano se estudia aún hoy con entusiasmo el expresionismo alemán, tanto en
pintura como en literatura y en cine (Lang, Murnau, Wiene, Pabst); así como las
corrientes de la nueva objetividad, el realismo con crítica social y el
dadaísmo alemán. Esto, sin contar con el surgimiento de la Bauhaus, escuela de
artesanía, diseño, arte y arquitectura fundada en 1919 por Walter Gropius.
En la medida en que los 30s “no existieron”
en Alemania, Kraftwerk se propuso tomar la posta, regresando al punto exacto en
que esas extraordinarias jornadas cesaron de existir. Pero, por ese camino, el
grupo fue todavía más allá, llegando a proponer una impensada utopía: la de
convertirse a sí mismo en crisol de tradiciones continentales para la
consecución de una cultura pan-europea como nadie había soñado nunca.
No son pocas, en ese sentido, las referencias
de las que Kraftwerk hace uso. “Europe Endless” abre, con la emoción de quien
descubre un mundo nuevo y mejor, su álbum Trans-Europe Express, que por
otra parte toma su nombre del tren homónimo que recorría/¿unificaba? las
principales capitales del Viejo Mundo. Trans- Europe Express, por
cierto, cierra con “Franz Schubert” (aquí no hay más que decir, ¿no?) pegada a “Endless
Endless”.
Otro de sus aciertos definitivos, The Man∙Machine
guiña en “The Robots” al dramaturgo checo Karel Čapek y a su obra Rossum's
Universal Robots (1921), en la que por primera vez se usa el término “robotnik”.
De igual forma, la portada de The Man∙Machine cita al constructivista
ruso El Lissitksy (referente debidamente acreditado en las liner notes del
disco). Y “Metropolis” rinde pleitesía a la obra mayor de Fritz Lang, el film
de ciencia ficción Metropolis -considerado por la UNESCO, junto a Los Olvidados de Luis Buñuel, Patrimonio Artístico de la Humanidad y Memoria
Del Mundo.
QUINTA ADDENDA
Existen grupos con la habilidad de dotar a
sus creaciones sonoras de una rara cualidad “cinéfila” -bandas cuyos discos y
temas encajan naturalmente con las imágenes mostradas a través del celuloide.
No hablo, obviamente, de Angelo Badalamenti o de John Barry, grandes maestros
del difícil arte de componer bandas sonoras; sino de proyectos pop que la
chuntan “sin querer queriendo” -porque incluso a veces no hay en ellos la más
mínima intencionalidad.
Alguna vez me animé a ver Metropolis
de Fritz Lang (1927) escuchando al hilo Trans-Europe Express y The Man∙Machine de Kraftwerk, seguido del “liquid noise” de Incunabula
(WaxTrax, 1993) de Autechre. El resultado fue alucinante, y acaso no del todo
gratuito (pero sobre el particular regresaré otro día). Luego fue el turno de
enyuntar Computer World y Futurama: aquí la cosa no quedó tan
bonita, pero logré reconducirla sustituyendo originales por covers. De ahí que
la siguiente vez puse en la bandeja el 8BIT Operators: The Music Of
Kraftwerk Performed On Vintage 8BIT Video Game Systems. El saldo fue mucho
más positivo.
INTERFASE 6
No cualquiera tiene la habilidad de concebir
de la nada todo un universo que aún hoy permanece en explosiva expansión.
Kraftwerk es el incuestionable demiurgo creador del planeta electro no sólo por
su inmenso talento creativo -cuya influencia puede rastrearse en decenas de
niveles culturales en el mundo de hoy. Lo es también porque prácticamente
inventó las herramientas de las que se valió para semejante hazaña.
En la revista Dancedelux, el crítico
Félix Suárez cita declaraciones de Chuck D., de Public Enemy, consignadas en su
libro Fight The Power. El compositor y rapper, quien se encontró con los
Kraftwerk en el live de Sellafield de 1992, afirma que “el desarrollo y la
patente de software y equipos para la producción musical” reporta al núcleo
histórico Ralf-Florian no pocos beneficios pecuniarios.
Y es que desde el inicio de su carrera,
Kraftwerk sólo podía darle correlato a su meticulosidad proverbial, a su rigor “científico”,
a su sistemático método compositivo; trabajando con tecnología de punta. En
permanente diálogo hi-tech con los fabricantes de instrumentos electrónicos, el
grupo mismo fue testeando prototipos que se amoldaran a sus necesidades
sonoras, sugiriendo nuevas direcciones y abriendo nuevos caminos en el
desarrollo de software y hardware ad hoc -al punto de ser responsable directo
de la introducción de las nuevas tecnologías en la cultura pop.
Desde el Tour De France Soundtracks
(2003), “Aéro Dynamik”.
SEXTA ADDENDA
Uwe Schmidt es alemán de nacimiento, pero
latinazo de corazón. Al mando de Señor Coconut Y Su Conjunto, publicó hace
trece calendarios un disco tributo a Kraftwerk en clave de merengue, cumbia,
proto-tex mex y hasta cha-cha-chá. Con seguridad, El Baile Alemán
(Multicolor, 2000) debe ser el homenaje más bizarro dedicado a los Robots de
Düsseldorf. Lleno de voluptuosidad tropical, este ensamble sabrosón repasa con
imbatible swing los clásicos de Kraftwerk -fácil era el click perfecto para que
mi abuela le entrara a los germanos.
A continuación, la calenturienta relectura de
“Tour De France”.
EPÍLOGO
“Ellos son, y su status ha sido
amenazado varias veces, mi grupo favorito de todos los tiempos. Ellos también
hicieron, y su status ha sido amenazado incluso más veces aún, mi disco
preferido, Computer World. Nunca hay escasez de personas que se
apresuran a hacer cola para decir cuán ‘importantes’ fueron para el desarrollo
de todo lo que conocemos hoy, si ellos fueron pioneros, o si inventaron el
techno. Pero para mí lo que es fascinante es su música, eterna, ingeniosa; esa
música que nadie ha conseguido ni replicar ni mejorar. Son únicos. Kraftwerk es
donde las máquinas se empañan de emoción”. (Glen Johnson, Piano Magic)
Me pasa, cada vez que pongo en la bandeja un
álbum de Kraftwerk, que me estremezco hasta la médula. Me pasa, también, que me
asalta la jubilosa emoción de estar oyendo un mundo nuevo -a pesar de haber
escuchado cada disco suyo cientos de veces. Sospecho que es lo mismo que
sienten los fans militantes de otros grupos o artistas: algo así como ser
testigos una y otra vez del big-bang, y no cansarse jamás.
Los Kraftwerk tampoco parecen muy exhaustos.
Tras 56 años de carrera, Ralf Hütter, único miembro original sobreviviente
-Florian Schneider se retiró en 2010 tras una bronca tan tumultuosa como
lamentable con su partner de toda la vida, y falleció en 2020-; se sigue
presentando en directo utilizando con asiduidad la tecnología 3D. Reconforta saber
que la banda alemana sigue en forma, muy atenta a lo que ocurre alrededor suyo,
en perpetua consonancia con los últimos adelantos tecnológicos. Verlos
ofreciendo un espectáculo tal, aquí en mi tierra, con mis camaradas; sería
acceder al nirvana digital al que aspira todo amante de la música electrónica. El
Perú se ha integrado al circuito de conciertos con actos de auténtico renombre
mundial hace rato, pero sigue sin hacérsenos el milagrito. No interesa ya si ¿el
siguiente disco? es regularón, nomás. ¿Cómo ponerse “exquisitos” con nuestro
grupo fetiche, si “nosotros se lo debemos todo y ellos no nos deben nada”
(Tarwater)?
Comparto aquí el merecido testimonio
documental a los eternos Robots de Düsseldorf, publicado en 2008 con el rotundo
título de Kraftwerk And The Electronic Revolution. Para quien todavía
abrigue siquiera resquicios de duda, sólo tengo cinco palabras...
KRAFTWERK!!!! DUSSËLDORF MUSIK ARBEITER,
SCHEISSE!!!!
PD: La pieza que faltaba en la discografía
del que muchísimos consideramos el mejor grupo de todos los tiempos. Lanzado
simultáneamente en los formatos de CD y DVD, con una edición de lujo que
enyunta ambos soportes y emula en el empaque a una VAIO, el disco-concierto
oficial de Kraftwerk, Minimum-Maximum (EMI, 2005). No hay más que decir.