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jueves, 8 de octubre de 2026

El Significado De Las Flores: Tempus Fugit

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 30 de septiembre de 2026.)

Prácticamente acabo de enterarme, al ponerme a tipear estas líneas, de la reedición en formato extendido de Tempus Fugit. Es éste el segundo largo de los valpeños El Significado De Las Flores, aparecido originalmente a fines de agosto del ‘25. La nueva versión incluye dos cortes adicionales insertados a mitad de jornada. Uno de ellos es “Fulgor”, grabado junto a la cantautora trans Javiera Electra y lanzado como single a inicios de marzo último. El otro es “No Te Desarmes”, en comandita con María José Ayarza a.k.a. Chini.png, artista de cuyas colaboraciones con Adelaida, Columpios Al Suelo o Juan Desordenado ya he dado cuenta en años anteriores. “No Te Desarmes”, pues, viene a ser el único surco nuevo añadido.

En un principio, El Significado De Las Flores fue concebido como trío, con el concurso de María Pizarro (voz, batería), Pablo Rodríguez (guitarra eléctrica) y Patricio Guzmán (voz, guitarra acústica, sampleos). Para su debut El Efecto Nodriza (‘23), se sumó Sebastián Vidal en bajo y coros. Si bien se le ha reconocido participación en ese disco y en el siguiente, donde se hace presente a través del piano, Vidal permanece adscrito a la calificación de “colaborador habitual”. El grupo deviene en cuarteto, sin embargo, al integrarse a su formación estable otro Sebastián -Aranda, también en coros y bajo.

En algunos recuentos chilenos de fin de año, Tempus Fugit le ha reportado a ESDLF sindicaciones principalmente de cultor del shoegazing, y a pie juntillas del indie. Esa descripción es bastante imprecisa y asaz miope. Verdad que los de Valpo tienen tanto un lado indie como uno baggy. No obstante, desde el mismo momento de usar la palabra “lado” ya estoy errando los tiros. Es mucho más pertinente aludir a una fusión no sólo de estos géneros, sino de otros más. Son los casos del post punk de este siglo y del rock alternativo noventero, así como también -aunque en menor medida- del lo fi. Por último es necesario acotar que, de todos los ingredientes de la mezcla, el que obtiene la hegemonía es el indie en clave pop.

Esto se evidencia al reproducirse el primer round, “La Migración De Las Aves”. El horizonte de los porteños lo ocupa un indie ágil y musculoso, de calado ligero y bien matizado por delgadas capas de Baja Fidelidad, como para enfatizar cierto contraste con unas letras apolíneas que sobrevuelan figuras simbólicas concernientes al Tiempo y a su brevedad. El ruido es accesorio, se filtra más que desbocarse en riadas, aporta inflexiones a partes iguales fugaces e interesantes al nervio melódico que se enseñorea sobre todo en el segmento cerrado al son de “Fuego De Cobre”. La distorsión no riñe, entonces, sino complementa el correcto accionar de un soporte rítmico solvente.

No mucho más resta decir sobre El Significado De Las Flores. Tempus Fugit se moviliza libre de la estigmatización de la monotonía. “Morir Sin Conocerte” interroga otros tempos, lo mismo que “Manzanilla”, cuyo epílogo se consagra al noise de usamericana procedencia college. En “Recrudece”, la banda consigue encabritarse hasta niveles entre melodramáticos y épicos, olvidándoles tan pronto como cruza líneas en derechura a la balada que teje el piano de Vidal, “Tanta Piel”. Y la postrer “Cortacielos” despide el álbum reencaminándose/le hacia un punto medio entre el alternativo cosecha 90s y el indie, guiada su mano por el pulso firme que replica los entusiastas embates de la apertura.

Nueve canciones cuyos arreglos de guitarra -mediante no sé qué cortocircuitos, esta gente es muy joven para conocerles- me han hecho recordar más de una vez ese pop independiente ochentero injustamente relegado por el éxito de los Smiths: The Church, los Simple Minds del imperecedero New Gold Dream (81-82-83-84), Pale Fountains, The Railway Children...

Hákim de Merv

jueves, 3 de septiembre de 2026

A Full Cosmic Sound · Nosferatu: Una Sinfonía De Horror

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 26 de agosto de 2026.)

El de Nosferatu puede considerarse, a día de hoy, un mito contemporáneo en evolución. Desde el centenario film original de Friedrich Wilhelm Murnau (1922) hasta el “rebuild” de Robert Eggers (2024), pasando por la relectura de Werner Herzog (‘79) o la cumplidora The Last Voyage Of The Demeter (2023), la figura del Conde Orlok ocupa en el imaginario de varias generaciones un lugar tan o más destacado que el propio Drácula; de quien Orlok es una versión “no-autorizada” construida sobre las convenciones del expresionismo alemán de inicios del siglo XX.

Más de cien años, pues, han pasado ya desde el estreno del largometraje de Murnau; y aún conserva éste mucho tanto de su epatante terror como de su fascinante apuesta artística. De hecho, no es difícil imaginar la angustiante noche de pánico que deben haber sufrido nuestros/as abuelos/as y bisabuelos/as tras salir del cine, si más de una centuria después la película todavía incordia y asusta. A nosotros/as, que hemos sido alimentados/as por obras maestras como The Omen, Insidious, The Exorcist, Sinister, The Howling, Race With The Devil, Rosemary’s Baby, Hereditary o Suspiria.

En el ‘22, no sólo menudearon homenajes y estudios académicos a propósito de los veinte lustros de Nosferatu. Pese a los estragos del COVID-19, también se programaron múltiples proyecciones a lo largo del planeta, tanto públicas como privadas (la de la familia debe haber sido la única vez a la fecha que mi sobrino Marcelo se ha sentado a ver completo un film silente). En Lima, recuerdo una función gratuita en la huaca Mateo Salado, musicalizada por artistas de la escena independiente. En Santiago De Chile, una de esas funciones similares -16 de junio- contó con la participación del colectivo A Full Cosmic Sound, musicalización que recién se ha visto editada el último 3 de diciembre a través de la disquera Aula Records.

Nosferatu: Una Sinfonía De Horror se divide en dos canales de dilatado aliento. En el primero se abroquelan tres actos, que responden a los nombres de “El Viaje”, “El Castillo De Orlok” y “La Peste”. El segundo es el cuarto acto, “El Sacrificio”. Es pertinente apuntar que estos actos no se corresponden necesariamente con los cinco de que consta la película de Murnau, sino que han sido nombrados conforme al episodio de la trama que sonorizaran en vivo. También es preciso acotar que, durante los casi dos tercios de hora de la ejecución, las influencias que constituyen el nervio de la performance son las del kraut rock y del avant garde francés contemporáneo a éste. Los vastos telares que decora A Full Cosmic Sound son impregnados por la mística voluptuosa de Popol Vuh y de Amon Düül, lo mismo que por la hosca psicodelia jazzy y el desnudo proto-prog de Art Zoyd, Univers Zero, Weidorje o los tardíos Shub Niggurath.

La improvisación con que se descosieran esa noche Gonzalo Muñoz, Jorge Boher, Ignacio Rodríguez, Nicolás Godas y los hermanos Álvaro e Iván Daguer abunda en sombrías atmósferas psicotrópicas que pueblan el éter adoptando formas fabulosas e inverosímiles de acuerdo al mood. Es éste el que cambia, el que moldea aquí el sonido medular de AFCS -tenso y amenazante en “El Castillo De Orlok”, bucólico en “El Viaje”, distendido al inicio de “El Sacrificio” y tumultuoso después de sus siete primeros minutos. Todo, en medio de copiosos guiños ambient y lo fi, cuya principal virtud es la de erosionar clasificaciones tentativas bajo las que podría quedar encasillado el plástico.

Dedicado a la memoria del historiador y crítico de cine usamericano David J. Skal, la única observación que opongo a Nosferatu: Una Sinfonía De Horror es que le siento mucho más colindante con la patafísica versión protagonizada por Klaus Kinski (‘79). Es cierto que Herzog recrea la macabra historia del pérfido monstruo rumano. No menos vero es que el director muniqués nunca pretendió contar un relato de terror. El hálito de su Nosferatu indica que otros eran sus horizontes (mismos que sigo sin dilucidar). Por algo se subtitula ...Phantom Der Nacht, a diferencia del estreno de 1922, que subtitulaba ...Eine Symphonie Des Grauens.

Hákim de Merv

jueves, 6 de agosto de 2026

Rafael Cheuquelaf: Ecocidios

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 29 de julio de 2026.)

Arduo trabajo apostillar el nuevo largo de Rafael Cheuquelaf sin citar casi por entero la glosa que el propio puntarenense consigna en el BandCamp de Eolo Producciones. Desde la denominación, que apunta sin escalas a la crisis generalizada de sistemas bioambientales, hasta los numerosos sampleos de ponencias o declaraciones públicas que verbalizan esa preocupación; Ecocidios es mucho más que un documento sonoro. Testimonia la enorme diversidad biológica y medioambiental de la Patagonia, a la par de la zozobra y del desasosiego que derivan de la impronta de la mano del Hombre en la Naturaleza de la región más austral del continente americano.

Efectivamente, más de la mitad del repertorio subraya la intervención de intereses económicos nacionales y extranjeros que atentan -con intención, menos frecuentemente sin ella- contra lagos, estepas, abras, bahías o archipiélagos que deberían permanecer sin hollar por el hombre civilizado. Y lo hace sin guardarse nada. Esto pone al álbum por encima de esfuerzos precedentes que el músico magallánico viene realizando desde el ‘19 (Choike EP). Las composiciones suenan de hecho más enfáticas, intensas, dramáticas y agoreras que nunca antes en el background de Cheuquelaf (Mantiza, Lluvia Ácida, Nébula).

No tienes sino que pulsar play para darte cuenta de ello. “Zonas De Sacrificio” es un reluctante llamado de atención sobre la poca consciencia de las corporaciones de diversa índole, pero sobre todo de la ciudadanía promedio, cuando se trata de oponer la inviolabilidad de santuarios naturales a la explotación de sus (finitos) recursos. El track se ha armado introduciendo en el viejo synth setentero decenas de cuñas sci fi nativas del nuevo siglo -algo así como enyuntar a Isao Tomita y a Cliff Martinez, a Clint Mansell y a Jarre. “Ballenera” resuena aún más oscuramente ambiental, palpitando con urgencia y vitalidad a despecho del tranquilo cloqueo con que el agua te recibe al inicio.

Otro rasgo a remarcar en Ecocidios es el golpe de timón estilístico. No ha abandonado Rafael la senda del ambient synth de arte y ensayo, sino que la ha enriquecido amparándose en las relevantes cantidades de downtempo, de EBM y de IDM aditadas.  Si en el caso del primero puedo citar el trote calmo de “El Valle De Los Castores” y el extraño cripticismo invertebrado de “Dydimo”, surcos en los que también casa ambient y auroral noise digital, en el caso del segundo apelo al angustiante pulso filo-industrial de “Flota Pesquera China”. En cuanto al IDM, su imponente huella es rastreable en los agitados latidos de “Metula” y de “Hidrógeno Estepárico”, en la díscola tonalidad cíclica de “Escape De Salmones”, en las artificiales ambrosías de nerviosa pulsión que cobija el cierre “El Fuego Avanza”.

Justamente es “El Fuego Avanza” el tema que expone con mayores bríos los actos realizados en detrimento del ecosistema patagónico a uno y a otro lado de la frontera chileno-argentina -quema de áreas en parques nacionales protegidos, con el único propósito de adjudicarlas a empresas (de cariz sionista). La imputación más sangrante, en medio de denuncias sobre malas prácticas de la industria ballenera, sobre continuas incursiones ilegales de flotillas de pesca industrial en el mar magallánico, sobre la angurria corporativa por el “hidrógeno verde”. Y de relatos sobre accidentes a consecuencia de fallo humano, como la fuga de salmones de criaderos especializados o la catástrofe ecológica que supuso el encallamiento parcial del petrolero neerlandés Metula el 9 de agosto de 1974.

Vívido testimonio (disponible además en Pueblo Nuevo), sí, pero también severísimo jalón de orejas de cara al futuro inmediato de nuestro planeta y al rol que jugará la Humanidad en ese devenir para bien o para mal. Muy en consonancia con aquella frase que se coló en la predecible versión ‘08 de The Day The Earth Stood Still: “Si la Tierra muere, tú mueres. Si tú mueres, la Tierra sobrevive”. Considerémonos amonestados/as.

Hákim de Merv

jueves, 25 de junio de 2026

Oramorph: Oramorph // Avenave: Avenave

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 17 de junio de 2026.)

Me ha tocado reorientar las antenas por un momento -nunca mejor dichas esas tres últimas palabras- hacia la IV Región de Chile, gracias al dateo del experimentado músico Michel Leroy (Thanatoloop, Fiesta De Holobiontes). En Coquimbo, el hombre fuerte de Templo Sagital ha cofundado junto a Richi (Midriasis Paralítica, Desangrar) y a Sata (Gorgonizer, Monkief) el comando Oramorph. Inscrito en la ya venerable tradición ruidosa y apocalíptica del grindcore y derivados, el trío debuta tras dos años de trajín a fines de agosto del ‘25, mediante un registro epónimo que se distingue por entroncar insólitamente con otro género en principio poco o nada afín al extremismo grind -el sludge.

El extraño cruce atenúa justamente uno de los puntos fuertes de la batahola propiciada por gente como Discharge o Carcass: la (¿no?-)percusión. A medio camino entre el EP y el mini-álbum, este esfuerzo no siempre recurre al blast beat patentado por Napalm Death o Repulsion. Como ejemplo, la apertura “Sobreviviendo”, cuyos aullidos agudos y entonación gutural se adhieren sin remilgos al radicalismo vociferante del grind, pero cuyas baquetas obedecen el dictamen de los lentos riffs iterativos del sludge, una variante algo más ligera del doom metal. La impresión que reditúa equivale a visionar una versión gore en slow motion de las salvajadas inmisericordes del Punisher que interpreta Jon Bernthal.

Esa suerte de dicotomía florece en los poco más de veinte minutos que demora Oramorph, haciéndole oscilar a veces de una pista a otra, con mucha mayor frecuencia alentando y revirtiendo metamorfosis en un mismo surco. Sucede en “Genocidio Global”, en “Hospital De La Salvación”, en “Alfombra De Parásitos” -nótese en éstos y otros de sus pares la fidelidad a la costumbre arraigada en huestes grindcore de construir sintagmas utilizando vocablos asociados al habla médica-. A accesos de velocidad maníaca (Sata), siguen ritmos empantanados en tóxica suciedad y tensión opresiva, y viceversa. A agresivos embistes de unas guitarras saturadas de distorsión (Richi), suceden otros abrasivos que se arrastran intentando penetrar la densidad reinante, y en reversa.

El único desempeño más o menos uniforme es el que concierne a las voces. Michel, y en menor medida sus conmilitones, parece vomitar fárragos vocales más que cantar, sea en urraqueña clave grind, en desafiante clave hardcore punk (“Nada Cambiará”), en vesánica clave sludge (“Terminal De La Putrefacción”, “Respirando Sombras”). Airadamente emocionales, vejatoriamente purulentas, las voces de Leroy y compañía nunca cambian lo bastante como para subdividir su performance. Si bien podría añadir aquí como otra constante ese sonido crispado que parece consecuencia de frotar vidrio contra vidrio en algunos de los tracks, como prólogo o epílogo, éste es más una variable.

No apto para oídos sin curtir ni para espíritus laxos. Ni éste, ni ningún otro armagedón sónico. Se anuncia edición física en formato digipack, no a través de Templo Sagital, sino de la usamericana Throne Of Lies.

Merced a los buenos oficios en labor difusora del compa Rafael Cheuquelaf (Lluvia Ácida, Eolo Producciones), supe de Avenave en noviembre pasado, cuando estuve de viaje por la hermosa ciudad de Punta Arenas. Acababa de ser editado vía Halim Music -la otra gran escudería independiente de la urbe magallánica- el homónimo estreno en largo de este dúo (Río Seco EP se lanza cuatro años antes, en marzo del ‘22), y un ejemplar ya estaba predestinado a llegar a mis manos, asegurándose por ende su ingreso a la Meloteca de Babel. Fue este último un trámite más difícil de resolver.

Muchas escuchas después, Avenave sigue siendo un enigma que no obsesiona, sino que seduce e invita al puro deleite mental/sensorial. “Japonave”, verbigracia, rompe fuegos empleando una secuencia pedal de notas electrónicas digna de la Berlin school, que tras medio minuto de solitario andar casará la irrupción de un brioso soporte rítmico. Sumándose una eléctrica que dibuja patrones cíclicos para luego emprender vuelo libre, ese matrimonio crea una atmósfera a caballo entre el post rock y el post pop: del primero toma prestada su vocación trasgresora, sin renunciar a un diseño sonoro que el/la oyente sienta cercano, rasgo que recicla del segundo.

Evidente guiño al mítico guitarrista de Pink Floyd, la dupla que conforman “Gilmour I”-“Gilmour II” se mueve apisonando bases distintas. De hecho, el binomio es más un monomio partido en dos. Con una larga introducción en que sólo audicionamos cantos de aves, sordos ecos de distantes tormentas y una guitarra minimal (“Gilmour I”), esta última despega trasladándonos en un trip que juguetea con el canon del rock desértico sin incidir en sus lugares comunes -son éstos reemplazados por dulces tonalidades cannábicas. Y la subsiguiente “Disco Funji” vira bruscamente hacia parajes en los que el tándem se regocija recreando la plasticidad de Stereolab circa Dots And Loops (‘97), no su laboriosidad, mucho menos su sonido (más en consonancia con el que relajadamente jazzea Tortoise).

Baste lo expuesto hasta aquí para concluir que la mancuerna Avenave prefiere caminar en libertad, sorteando etiquetas bajo las que encajar y clichés con los que cumplir. Al margen de lo atinado/desatinado de las precisiones y/o apreciaciones estilísticas, Javiera Alarcón (ex Lilits) y René Gómez (Heropass, Diógenes) escogen manar antes que fluir, esculpiendo texturas de química voluble con que engalanar esos soundscapes de ensueño que atravesamos de su mano. Avenave abraza despreocupadamente la espacialidad. No le molesta pisar un poco el acelerador para zafarse del perfil ambiental del post rock en “Nighthawk”, evocando de paso la ductibilidad de los Gus Gus del inmenso Polydistortion (‘97). Se distiende en “Baño De Bosque” recreando desde coordenadas ácidas el feeling etno-prog de unos Jade Warrior o unos Embryo. Y se aúpa a un curioso híbrido de psicodelia old school y de dub para encarar la clausura de la jornada con la generosa “Almar”, que me sigue sonando todavía a los Dif Juz de una dimensión paralela.

Adictivo primer álbum de Avenave. Cierto, el volumen apenas excede los 31 minutos, pero su periplo lo repites incesante sin que la familiaridad te reporte cansancio alguno. Provenientes de diversas latitudes y épocas, discos de menor minutaje pueden eventualmente impregnarte de tedio, de modo que méritos -meritazos- no le faltan a la sociedad formada por Alarcón (bongó, maracas, pandero, palo de agua, principalmente batería) y Gómez (Moog, mellotrón, sintetizadores, principalmente guitarras). Un esforzadísimo drum set polirrítmico que siempre se porta a la altura, y una guitarra volátil que apela a la mesura como la más señera de sus virtudes.

Hákim de Merv

jueves, 21 de mayo de 2026

Supertriste: Bloop

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 13 de mayo de 2026.)

Extrañas nuevas desde Iquique. Al despuntar septiembre del ‘25, Supertriste debuta en largo tras tres años de vida artística con un álbum algo complicado de diseccionar. Quizá no haya motivo de mayor asombro para quienes lograron escuchar sus dos singles anteriores, que ya anunciaban lo que después ha confirmado crecidamente el estreno en 33 rpm. Como no fue mi caso -primero degusté este último, luego los sencillos previos-, puedo decir que la banda me sorprendió con los pantalones abajo. De todas formas, ha sido una experiencia singular.

Bautizado haciéndose eco del escalofriante suceso de 1997 relacionado a un lovecraftiano fenómeno acústico submarino que dio lugar a (nunca descartadas) especulaciones fantásticas sobre gigantescas criaturas abisales, Bloop propone una inmersión dirigiéndose hacia el corazón de las tinieblas. ¿Inmersión física o emocional? Un poco de ambas. Lo curioso es que se sirve del shoegazing, género muy identificado con imágenes de fulgor y luminiscencia, para hacerlo. Y si bien la música del grupo asimila además plancton de otras aguas, como las del indie o del noise rock, es la variedad de Slowdive y del primer Auburn Lull la escogida para domeñarse a los designios de la lobreguez.

Lo consigue el quinteto formado por Jorge Peña (batería), Héctor Venegas (guitarra y voz), “El Roco” (bajo), Rodrigo Collao (guitarra) y Johan Castillo (guitarra); amparándose en la Baja Fidelidad. Tomándole como su catalizador por excelencia, Supertriste consigue difuminar el baggy sin disolverle: nada más empezar a sonar “Grisáceo”, la ecuación ruido + melodía queda eclipsada bajo una capa lo fi, lo bastante gruesa para obliterarle y lo suficientemente delgada para apreciarle a través de ecos lejanos. Es como si estuvieras presenciando una avalancha de distorsión en clave pop, ahogada por un registro fosco, que nubla esas fuerza y vehemencia. Esta dialéctica acompañará al combo hasta el final del viaje.

Quizá sobre decirlo, pero mejor pecar de exceso que de omisión. De blackgaze, ni media micra. No distingo en la ascendencia del acto chileno rastros de etiquetas emparentadas con el metal. Si acaso forzando las comparaciones, tal vez sedimentos de rock alternativo, dispersos entre la apertura y “Abisal”. En todo este tramo, repta la bulla desprolija, provenga ésta del noise rock (“Frío”) o del shoegazing (“Evasivo”, “Dejavú”). La osamenta rítmica empuja a Bloop a oscilar entre la potencia y la calma (“Abisal”), escoltada a toda hora por el cristal esmerilado del desaliño intencional.

En la tríada “Algo Siento”-“Nube”-“Descendente”, Supertriste se zambulle en el canon shoegazer adecuando los tiempos y desbastando todo lo que puede las aristas de su sonido. Da forma, así, a un output que podría catalogar como “shoegazing oscuro”; si ese concepto no constituyese en sí mismo una aporía. No lo hago porque, esto aparte, uno de los rasgos más llamativos del plástico es que las vocales se entienden completamente -diferencia crucial respecto del paradigma noventero, donde las voces son por regla general ininteligibles.

Para contentar a propios y extraños, Bloop acaba volviendo al punto de origen con “36”, cierre de un esférico cuando menos peculiar. Merece escuchársele en físico, porque su diseño corresponde al de un tour de force, con casi todos los tracks entrelazados. Dicha edición corre a cargo de la aún novel escudería chilena Espora Discos, mientras que puedes optar por la descarga libre desde el BandCamp del proyecto, y por la descarga paga desde el de la santiaguina Joy Box Records.

Hákim de Merv

jueves, 16 de abril de 2026

Pinwü: Paisajes Imaginarios // Hesse Kassel: La Brea

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 8 de abril de 2026.)

Eolo Producciones inaugura su catálogo 2026 editando Paisajes Imaginarios, título que considero a medio andar entre el mini-álbum y el extended play, por tener del primero la duración -poco más de 20 minutos- y del segundo la cantidad de temas -uno solo-. Así se materializa la primera acometida de Pinwü, alias del integrante de Lluvia Ácida Héctor Aguilar, de quien he escuchado con anterioridad ejercicios bajo alias electrónicos solistas de ascendencia hip hop (Patagonia Bambaata y Polar). Pinwü, de hecho, nace de la invitación del ítalo-chileno Cinturón Negro a participar en un mix a propalarse a través de la radio francesa Flowka.

El novísimo seudónimo poco o nada tiene que ver con el hip hop electro, sin embargo, al menos en este Paisajes Imaginarios. Aguilar muestrea sonidos capturados durante sesiones correspondientes a grabaciones de campo, creando collages sónicos tributarios de un ambient en fase industrial, que devienen en soundscapes dignos de ser adscritos a films independientes de estética onírico-terrorífica. Al promediar los seis minutos y medio, por ejemplo, lo que pudiera haber sido inicialmente un diálogo de muchas voces femeninas es reacomodado e intervenido de tal manera que parece un siniestro coro de calacas.

No todo el magma utilizado es excluyentemente provisto por las field recordings. El músico magallánico acredita igualmente sampleos audiovisuales, así como procesos de síntesis para metamorfosear o reposicionar estos fragmentos. Aquí sí se hace más complicado, por no decir impracticable, rastrear el origen de tales sintagmas sonoros. El único que he podido identificar está dispuesto al inicio de la pieza, y me ha sido revelado gracias a su pertenencia a uno de los hitos indiscutibles en la discografía del pop sudamericano de todos los tiempos: Rocío (‘96), del genio argentino Daniel Melero. ¿El (breve) track escogido? “Electrobossa”. También percibo hacia el final un conteo regresivo en ruso, que quién sabe de qué película habrá sido recuperado.

Escuchar Paisajes Imaginarios tratando de esclarecer la genética de sus préstamos es, con todo, la manera más aburrida de abordarle. Mucho mejor es exponerse a sus contadísimos instantes de ambient sin polucionar (cerca de los once minutos), a sus “theremines” entrecortados que se zambullen dentro de inquietantes estados de conciencia, a sus turbias resonancias y a sus tintineantes reverbs. A su imponente zumbido ¿analógico-psicodélico?, en fin, cuyas atmósferas guardan cierta semejanza con el Floyd barrettesco de transición (cf. el segundo tercio de “A Saucerful Of Secrets”, del LP del mismo nombre).

Tras muchas vueltas y una rápida revisión de los últimos rankings anuales, queda meridianamente claro que el mejor y más ambicioso álbum chileno del ‘25 ha sido La Brea, el brutal uppercut que a modo de estrenazo publicase el sexteto Hesse Kassel apenas arrancó marzo del antedicho calendario. Tales fueron la admiración que provocó y el interés que concitó, que de inmediato recibió cobertura exhaustiva no sólo en la prensa especializada de su país, sino también en la de medios extranjeros. En efecto, muy rara es la ocasión en que un volumen consigue equilibrar excelencia y tesón; máxime si se trata de una puesta tan de largo -78 minutos y medio.

¿Por qué tanto revuelo? En primer lugar, porque se hace muy difícil asignarle una sola etiqueta a una jornada que no se desvía ni media micra del camino que horada, obteniendo de esta guisa una sonoridad monolítica, sin fisuras. En esta aparente contradicción yace su encanto: La Brea es un crisol de post rock usamericano, de indie noventero y de ese cambalache que los/as entendidos/as han convenido en llamar “americana”. Por el lado del post estadounidense, Hesse Kassel se ampara en sus raíces más profundas: Bastro, Shrimp Boat y los imprescindibles Slint de Spiderland (‘91). Por el lado del indie rock 90s, sucede otro tanto con sus frutos más insulares: el noise de Sebadoh, el math de Shellac, el post hardcore de Fugazi. Y en lo concerniente a “americana”, una frugal simbiosis de blue grass y folk, empapada en el aroma de los infinitos desiertos de la Unión.

En segundo lugar, porque los santiaguinos se han gastado muchísimas horas de ensayo fogueándose en el difícil arte de enhebrar líricas y música a niveles superlativos. En cuanto a las letras, bien pueden hallarse provistas de ese encanto non-sense abonado por ejercicios de poesía surrealista automático-repetitiva (“En Tiempo Muerto” y sus “...Solos De Aviones...”), bien de la épica sencillez de lo llanamente cotidiano. En lo tocante a la música, HK luce una musculatura tan rozagante como broncínea. No se hace ningún rollo si, de la armoniosa/colorida colusión de bajo y piano con vocales en registro crooner (“Anova”), tiene que saltar hacia la explosión constante de una eléctrica que se encabrita hasta chirriar (“Americana”, justamente). O si, de un humor squicker entre intenso e imperturbable, más propio del jazz (“Moussa”), debe reorientarse hacia un crimsoniano registro cacofónico/alucinógeno (“Postparto”).

El perfil compositivo de la banda está muy lejos, pues, de ajustarse a las maneras convencionales.  Crescendos hoscos, urgencia sombría, melodías cultivadas desde la conjunción vital de un piano de cola y de una acústica, saxos bartokianos, solos masivos de batería (“A. Latur”, “Vida En Terranova”)... Es bastante sorprendente el aire con que acaba La Brea: como sucede pocas veces en el mundo de la música pop contemporánea, el disco franquea la barrera de los 78 minutos sin resentir fuerza ni velocidad. Todo lo contrario: Hesse Kassel homenajea a uno de sus principales referentes, Yo La Tengo, bautizando así al número de cierre -nunca el trío de Hoboken fue repensado tan oscuro, lanzando con tremendo vozarrón alaridos liberadores de angustia y locura. Como si los legendarios Mostro, cuya estela se insinúa durante todo el rato, se hubieran metido esteroides.

Hesse Kassel se formó en 2022. Sus integrantes son Luca Cosignani (guitarra y voz), Matthew Hopper (bajo), Joaquín González (teclados y coros), Renatto Olivares (voz principal, saxofón y guitarra), Mauricio Rosas (guitarra) y Eduardo Padilla (batería). Promete mucho más que Candelabro, cuyo segundo esfuerzo ha resultado asaz decepcionante.

Hákim de Merv

jueves, 12 de marzo de 2026

Asunción: Levitaciones // Lluvia Ácida: Convergencia

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 4 de marzo de 2026.)

Ha transcurrido ya un tiempo considerable desde que Asunción difundiese su tercer esfuerzo largo, Materiales Y Símbolos (‘22). En ese lapso de tres almanaques y un poco más, no recibí mayores noticias del unipersonal de Cristian Sánchez, aunque sí de su insurgencia como Irreales Del Monte junto a Antonio Aldunate. Y aunque razones de índole personal ha de haber, pienso que la principal causa de ese silencio algo prolongado se halla directamente relacionada a una etapa de cambios cuyo objetivo ha sido renovar el rostro del seudónimo con miras a su cuarta entrega. Ésta se ha revelado en diciembre pasado.

Desde el estreno en corto El Reino Mineral (Demo EP) (‘17), la obra de Asunción se ha nutrido de drone music, de ambient, de psicodelia y sobre todo de kraut rock. La incidencia de este último ingrediente, remarco, nunca se ha traducido en una aplastante presencia hegemónica. En Levitaciones, que persiste abordando las mismas variables, no sólo no se da esa eventualidad; sino que además al viejo kraut teutón se le asignan roles secundarios todavía encomiables. Ello es responsabilidad de un color recientemente añadido con firmeza a la paleta del santiaguino: el bliss pop.

En retrospectiva, es curioso que no se le hayan abierto las puertas antes, ya que por pathos y modus operandi ese pariente del shoegazing calza a la perfección con el resto de variables. Los resultados acompañan esta certidumbre. De inicio a fin, Levitaciones reincide en la estética de sonoridades dilatadas que obedecen a compases ignotos, en estilísticos leitmotivs mejor apreciados cuando experimentas estados de placidez o de laxitud, en borrosas viñetas que atravesar deleitosamente en posición horizontal. Asunción se la vuelve a jugar -y gana- por la permanente ciclicidad del Sonido como torrente cuya faz es siempre la misma y siempre otra. Un estuario en perpetuo avance hacia arriba y adelante, contraviniendo principios elementales de física para elevarse hasta picos de ignífugas atmósferas etéreas.

El bliss pop toma las riendas nada más empezar “Anunciación De La Aurora”. Celestial, iterativo, de pocas variaciones armónicas; marca el camino para “El Signo De Los Cisnes”, que debe ser el primer track de Asunción en recurrir al uso de una (algo indescifrable) programación velada. “Congregación Amapola” prefiere seguir los pasos de la apertura, concentrando buena parte de las virtudes descritas hace unos momentos. “El Vuelo Y La Vertiente” se acomoda a la inserción de un teclado percutado que recuerda levemente al kraut, mientras es asaltado por gorjeos de aves canoras. Y el cierre “Adiós A La Tierra Fría” enfatiza de nuevo los cósmicos fulgores bliss que actualmente parecen atraer la mirada del capitalino.

Existen otras diferencias, más fáciles de distinguir para quienes hemos escudriñado con detenimiento las rodajas del ex El Diablo Es Un Magnífico. Si bien menores, de todas maneras significativas. La consistencia incesante y ritual del drone ha menguado, circunstancia que se invierte en el caso del ambient, por ejemplo. No obstante, el acabado final de Levitaciones no se desentiende de lo mostrado por el músico en anteriores oportunidades. Excursión pulcra y de posología contemplativa con que devorar nubes, cielos, estrellas, constelaciones.

Faltando menos de cinco días para la última nochebuena, vio la luz Convergencia, artefacto de versiones con que diversos/as artistas chilenos/as -magallánicos/as la mayoría de ellos/as- conmemoran los 30 años que en este ‘26 cumple Lluvia Ácida como dúo. Recuérdese a este respecto que el alias comenzó a operar en 1991 en modalidad individual, en coordenadas muy distintas a las que adoptaría bajo el formato de binomio, y que son asimismo diferentes a aquellas en las que éste circula por lo menos desde hace cuatro quinquenios.

Habida cuenta de la vasta andadura que la dupla formada por Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf ha concretado a la fecha, sorprende que los catorce actos participantes de la jornada se enfoquen en sólo cinco episodios discográficos. En orden cronológico, éstos son Simulación (‘96), Hotel Kosmos (‘04), Kuluana (‘09), Zonas De Silencio (‘15) y Puntarenazo (‘23). También sorprende que composiciones como “Yagán”, “Los Títeres”, “Hotel Kosmos” y “Sol Verde” cuenten cada una con dos relecturas; cuando el repertorio conjunto de los discos mencionados ofrece más de una cincuentena de temas. En todo caso, la elección de cada involucrado ha sido libre, según entiendo.

Conviven en Convergencia diversidad de estilos. Para corroborar esta afirmación, basta comparar lo dispar que suenan “Sol Verde” de Retrovoltaje y “Sol Verde” de Nave/Raw: mientras que el último se sirve de una voz rasposa hasta la deformidad para remitirte a la densidad/pesadez del primer industrial (fines de los 70s), su predecesor suena a techno industrial de guitarras (principios de los 90s). O también “Hotel Kosmos” de La Tensa Calma versus “Hotel Kosmos” de Interestellar: LTC horadando neuronas con una punzada tridimensional que luego se transforma en trip hop, Interestellar saltando del downtempo al breakbeat. O “Los Títeres” de Polaroid Sound System y “Los Títeres” de Avenave: PSS en clave EBM de ligero tonelaje y Avenave empuñando un robusto ambient synth orlado de dub.

Las posibilidades no se agotan allí. Los Klasky! postulan una reinterpretación pop en onda lo fi de “Canto Muerto”, a trasmano del pop apolíneo de Gabi Gómez y “Transpatagonia”. Preñado por electroacústicas de genealogía andina, el groove del hip hop está representado por “Corta El Viento” de Adrieta, en manifiesto contraste con la tosca ascendencia neoclásica de “Universo Plano” de Nicolás Varas (que a partir de la mitad se enfunda en la piel de un Jarre). Y cómo olvidarse del electrodub a centímetros del illbient que ejecuta Frank Sinanthrax en “El Cabildo”, del instrumental trippy de “Yagán” a cargo de DJ’ Hain, del ambient con accesos de soundscaping de Gio Foschino para su versión de “Río Seco”...

Los defectos ya han quedado acotados. Tres décadas difícilmente pueden condensarse en un díptico, con mucha menos razón en un solo volumen. Bajo el mismo criterio, se me hace equívoco repetir surcos, habiendo tanto de dónde escoger. Todo esto pasa a segundo plano si se aquilatan los motivos de fondo de este Convergencia, homenaje a una dilatada trayectoria y testimonio de la influencia que ejerce ésta no sólo sobre creadores más próximos, sino también sobre el resto de sus connacionales. Que sean muchos años más.

Hákim de Merv

jueves, 18 de diciembre de 2025

Gio Foschino: Fin Del Mundo // Brown Sur: Hágase La Luz

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 10 de diciembre de 2025.)

Desde que debutase en largo en el ‘19 con Hacia Donde Va El Agua, no volví a degustar nuevo material de IIOII. Ello, porque el dúo ha entrado en receso, no sé si temporal o definitivamente -la postrer referencia, Donde Sale La Luna Ilumina La Noche, data del Año de la Pandemia. Pero también, y principalmente, porque todavía (me) quedan muchas vetas por explorar en el vastísimo horizonte del pop y la electrónica independientes chilenos. Vetas que incluyen, cómo no, las travesías solistas tanto de Gio Foschino como de Nicolás Alvarado (cf. el catálogo de la santiaguina I S L A).

De ahí mi sorpresa y alborozo al enterarme de la aparición de Fin Del Mundo, de Foschino, integrando el padrón de Eolo Producciones. Si bien de esta colaboración con la escudería de los Lluvia Ácida no se desprende forzosamente que la placa se concibiera y/o grabase en Magallanes, sí puede aventurarse que ha sido preñada por el aura de soledad/aislamiento/insularidad que distingue a la región. Esto se ve reflejado no sólo en el título que ha recibido el esférico, sino además en contenidos que priorizan la estética landscaping para perfilar el doble significado de un sintagma tan ambivalente como “fin del mundo”.

El primero de estos significados es el más literal. Aunque no presupone el final de la Tierra, sí el de la especie humana, tal cual subraya el músico en entrevista concedida a Radio Polar. Pensemos, pues, en un mundo silencioso; lleno de ecos naturales cuyas resonancias aumentan ante la desaparición de nuestra civilización (“La Ciudad”). Un planeta que sobrevive y prospera, tras el apocalipsis de nuestra extinción (“Dos Océanos”). Un orbe que se vuelve hacia el pasado con algo de pesadumbre, antes de entrar en un futuro idílico que sólo alcanzarán a atestiguar los últimos seres humanos (“Mare Blu 2”).

El otro significado lidia con la orilla ulterior de este pálido punto azul -es decir, sus confines, sus bordes, sus lindes. En eso, pocos lugares de la Tierra pueden equipararse al agreste entorno natural de Magallanes. Foschino representa esos espacios ¿mágicos? ¿ultraterrenos? visitándoles por medio de animadas caminatas a las que arropan sedantes teclados resplandecientes (“Fin Del Tiempo”), de voces entretejidas a laxos armónicos (“Renace La Laguna”), de contemplaciones astronómicas casi místicas orladas de efímeros brillos senescentes (“Aurora Austral”, fenómeno no por harto infrecuente menos hermoso que su par boreal).

No es aconsejable trazar una línea divisoria para sumar temas bajo el segundo o el primero de los significados. Todos replican la bisemia propugnada aquí por el ¿ex? IIOII: de “Abstracto Desde El Acantilado” -que anuncia el doble leitmotiv sin vibras negativas, ni miedos ni remordimientos, sólo en paz- a “Fin Del Mundo” -catorce minutos que condensan las diversas facetas y emotividades del volumen, incluyendo guiñazos al dark ambient, como preparándonos para observar el inexorable final del Hombre-. Valiosa jornada de ambient electrónico.

Por tercer año consecutivo, la dupla Brown Sur llega a instancias epilogales del calendario trayendo nuevo álbum bajo el brazo. Permite éste sacar ya en limpio algunas conclusiones respecto de la evolución en la propuesta sonora del tándem, así como de su ritmo de trabajo y del formato que mejor le va a esa remarcable asiduidad. En cuanto a este último, es atinado hablar de un mini-álbum antes que de un largo propiamente dicho, toda vez que cada intervalo anual de proceso compositivo reporta a la mancuerna una media de 7 canciones en veintitantos minutos.

También es verdad que el indie del nuevo siglo repite su papel relevante en relación a Nada Es Imposible (‘24). Como aquella vez, no es un indie omnipresente el del recientísimo Hágase La Luz, sino uno “omniabarcante” (enfatizar comillas). Su estela se deja oír efusiva nada más dar inicio el vigoroso pop/rock de “Fugitivo”, escuchándosele constantemente latir a lo largo del repertorio, hasta la culminación de la pesada “No Es Lo Tuyo”. Así y todo, dicho protagonismo se halla lejos de ser asfixiante, como lo demuestra el cariz variopinto y desglosable que emerge en cada número.

El bíblico surco epónimo, verbigracia, es el reverso pausado de “Fugitivo”; sin privarse de la electroacústica que enmarca la obertura del CD y que les hermana. El piano con que arranca “La Sombra Del Sol” anuncia música cercana a la de un vodevil, con que contar una pintoresca historia popular que quién sabe si será verdad. Por su lado, el paso denso de “Guerrero” y su filosa eléctrica ponderan cierta sutil ascendencia andina, coartada estilística ya presente en el debut Histeria Del Mundo (‘23). Y los bríos de “Ulises” remiten a la idea de “vieja escuela genérica” que se suele asociar al vilipendiado marbete “rock clásico”.

Ejemplos sobran, entonces, para ilustrar la proteicidad del indie puesto en práctica por Claudio Lavin y Francisco Lillo Ortega. Cualidad que el género de marras ha hecho suya desde que abandonase el underground durante los primeros 90s, y que le ha permitido adaptarse a los cambios que han traído los nuevos tiempos en el curso de tres décadas. Por lo demás, las letras sugieren un paseo por diversidad de emociones, paseo que termina emulando una circunvalación -rubricada ahora por Lillo Ortega, quien eleva sus vocales varios tonos arriba de lo normal si la ocasión así lo precisa.

Hákim de Merv

jueves, 13 de noviembre de 2025

Álvaro Daguer · Paisajes En Tensión: Sonidos Y Territorio En El Valle Del Choapa

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 5 de noviembre de 2025.)

En Coquimbo, al Valle del Choapa se le conoce por ser el más angosto de todos los territorios chilenos. Tan es así, que las cordilleras de los Andes y de la Costa se hallan una frente a la otra. También goza de renombre por una abundante producción vitivinícola y pisquera, debido al clima benigno y a sus suelos riquísimos en minerales, al punto de haber nacido y prosperado en esa zona una vasta industria de turismo enológico.

Hasta la IV Región se apersonó Álvaro Daguer para concebir su tercera placa como solista, trayectoria sostenida en paralelo a los grupos en que participa -La Banda’s, Glorias Navales, A Full Cosmic Sound y Lo Escucho, Lo Pinto; entre otros. La principal sustancia de Paisajes En Tensión: Sonidos Y Territorio En El Valle Del Choapa es proporcionada por grabaciones de campo que el músico mismo registrase. En torno a éstas y a su manipulación, nace un disco extraño de avant garde, que exige varias escuchas concentradas y que se comporta como si lo suyo fuera el free jazz (aunque en realidad no lo sea).

Elegidos aparentemente al azar, algunos pedazos de estas field recordings se transforman en estructuras cíclicas que cumplen funciones percusivas. Otros tantos devienen en loops minimales que pasan a integrar la ornamentación de los propios temas. Otros más son degradados hasta la descomposición, convirtiéndose instantáneamente en ruido. Lo único que sobrevive indemne a estos procesos, y no siempre lo hace, es aquel elemento que las convenciones señalan como inequívocamente humano: el lenguaje articulado.

Bocinazos, gorjeos, bruscos golpes de micrófonos; son dispuestos por Daguer utilizando viejas técnicas que fueron moneda común en la era de la música concreta. Ése es su modus operandi: adulteración de tonos y velocidades, puesta de revés de sonoridades y ruidos (como si se voltease un calcetín), cut and paste a discreción... Sobre todo el empleo de ecos, reverberaciones y filtros, con que afantasmar las dimensiones físicas del sonido. Adicionalmente, el sureño propone pianos, flautas, ¿trompetas?, silbatos, un Korg. De esta manera, se insertan/incrustan notas cacofónicas de resonancias siderúrgicas (“Disputa”), lo que acentúa la sensación de estar oyendo palpitantes músicas empecinadas en negarse a sí mismas.

Argumenta Álvaro que su intención es levantar landscapes imaginarios, armándoles a punta de lo que son en buena cuenta reflejos distorsionados e inconexos de la realidad. Consecuentemente, las nuevas dimensiones de esos escenarios postulan relaciones inéditas/no planificadas/no previstas entre emisores y receptores. Como puzzle teórico, suena interesante. Lo que no descifro es si pueden extraerse en limpio aplicaciones prácticas, aunque no parece ser ése el norte del autor. Su investigación, además, es audiovisual: la carátula que envuelve al cassette es, en los hechos, una partitura que pretende graficar mucho de lo que percibimos con las orejas en la cinta. Gestiona ETCS Records.

Hákim de Merv

jueves, 9 de octubre de 2025

LEM: Instrumentales Post Depresión

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 1ero de octubre de 2025.)

Hubieron de extinguirse cuatro años antes de que los históricos LEM volviesen a hacerse presentes en los circuitos independientes latinoamericanos mediante nueva entrega. Curiosamente, es probable que el contenido de ésta sea cualquier cosa menos nuevo. A la par de su anterior opus -Portonazos EP, ‘20-, entonces el dúo anunciaba en breve artefacto de material inédito fechado entre el ‘96 y el ‘05, cinta de otros tantos outtakes vía ETCS Records, y placa grabada en formato trío, cuando Roberto Rowe todavía era de la partida.

En la medida en que ha sido acreditado a Berbakow/Burotto/Rowe, y que este último no ha vuelto a las filas de LEM, Instrumentales Post Depresión (diciembre del ‘24) parece calzar el perfil del tercero de los lanzamientos voceados en aquella oportunidad. Por supuesto, carezco de plena certeza, aunque a creerlo me inclina una continuidad relativa entre el extended del ‘20 y la rodaja liberada en las postrimerías del año pasado. Continuidad estilística y de registro, felizmente no concretada en calco o prolongación genérica de lo ya mostrado por los chilenos.

En éste su segundo largo (el estreno Música Para Películas De Ciencia-Ficción De Bajo Presupuesto data del ‘99), los australes enfilan baterías hacia un ambient electrónico de sesgo rítmico. Mutante por definición, esta cepa prospera sobre todo en melodías circulares, acechada por rugosidades varias e hipnotizada por la esencia aromatizada de la Baja Fidelidad. Estoy tentado a asegurar que LEM la ha obtenido crackeando el código genético de la IDM en su afán por subvertirla/servirse de ésta (“Piques Cortos En Ocean Drive”), pero me abstengo por dos razones. La primera es que no dispongo de la confirmación de los autores, con lo que la intencionalidad queda en suspenso. Y la segunda, en parte derivada de la primera, que no todo el álbum transita esa vereda.

Instrumentales... dispone de un segmento más o menos considerable en el que secuencias y programaciones quedan reducidas al mínimo -por no decir que se ausentan del todo. Esa metamorfosis se hace visible desde “Amantes En Estática” y se extingue al culminar “Cementerio De Elefantes”. En medio, “Pequeños Logros Que No Importan”. Una terna de dilatadas composiciones en cuyo interior el ambient se llena de pliegues, presa de contracciones medianamente bruscas, lejos de las nerviosas mitosis en que se despeñaba la síncopa (“Amantes...”). Capas fosforescentes de texturas que se suceden y/o sobreponen unas a otras, forjando la ilusión de un bliss pop corrugado (“Cementerio...”), acompañadas a veces de una eléctrica diáfana (“Pequeños Logros...”). El sedante efecto debe ser similar al de someterse a una sesión de sunbathing en el espacio exterior.

En las cuentas, esa sección corresponde a un tercio del CD. En los otros dos, el ambient ejecutado por LEM renueva constante sus facciones. Puede ser líquido y devoto de los loops (“Transhumanismo Caribeño”), rendirse al bisbiseo sublunar del bajo (“El Champion”, de una simpleza elogiable), sacudirse el óxido para abrazar el noise (“One Shot Hit Wonder”) o arrastrarse bajo una opresiva atmósfera de erosivo lo fi (“Andean Motorik”). Pero siempre estará ese mismo ambient asistido por/aupado sobre pertinaces construcciones de (ni tan) subliminal rítmica -que atenúan la pesadez o capitalizan la herencia noventera del intelligent techno, según colores y climas que presidan cada track. Exquisito y alentador segundo debut.

Hákim de Merv

jueves, 4 de septiembre de 2025

The Mugris: Acid Lord (Crust Tapel Vol. 1)

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 27 de agosto de 2025.)

A prima facie, debo reconocer que he escuchado poquísimo a The Mugris con anterioridad. El proyecto solista del talcahuino Mauricio Romero, en activo desde   el   ‘13,   ha   sido   bastante generoso   en   cuanto   a   producción sónica -mucha de la cual se halla disponible en Internet. Bien por desconocimiento, bien por falta de tiempo, apenas si la he degustado. Y es que las escenas independientes chilenas destacan tanto por su inclinación a la autarquía como por su copiosidad. Antes de seguir paseando los ojos sobre estas líneas, pues, recomiendo prestar oídos a Gaviota On Acid EP (’18), a Denavi Experience (‘15) y a Permanent Disconnection (‘20): no sólo para tener noción de los territorios en que se ha estado moviendo el autor, sino también para contar con elementos de juicio frente al contraste que implica su placa del ‘25.

Editada como muchas de sus referencias por ETCS Records, Acid Lord (Crust Tape Vol. 1) es un extraño y algo confuso cambio de curso en el derrotero del alias. Confuso para el/la escucha, claro, que le tenía sito en altitudes donde colisionan el ambient experimental y el downtempo de dominio/rango libre. Irrupciones ocasionales de uno/otro/ambos en simultáneo pueden detectarse en el cassette fabricado por la label, pero es notorio que la columna vertebral de éste es -por insólito que parezca- el techno industrial.

No cualquiera, eso sí. Cuando coge viada “A Lo Loco Live” (los 12 segundos de “Intro 1988” son poco para cualquier comentario aparte), quedamos expuestos/as a vendavales de filiación industriosa, aupados a una base programada de nítida tesitura techno. Las resonancias apocalípticas asociadas a experiencias similares, sin embargo, se encuentran muy dosificadas. Se trate de combazos metálicos de alto calado (“Acid Lord”), se trate de imponentes cargas de tonelaje pesado (“Primitive Sounds Of Talcahuano Trashers Club”), las pistas están lejos de inspirar comparaciones con Hartbrand o KMFDM. Pese al uso de vocales filtradas/procesadas (“Laser Gun Melody”, arranca muestreando una sinfonía clásica) o a la invencible contundencia de la caja de ritmos/del secuenciador (“Kasparov VS Blue Deep”, “The Real Amigues Gang”, “Deep Dream”), The Mugris no transmite esos climas de ominosidad irrespirable tan abundantes cuando las máquinas entran en fase tribal urbana post Armagedón.

Cuesta un poco superar el velo alrededor de Acid Lord... No estoy seguro de haberlo logrado, por mucho que ayudasen los digitales gorgojeos estomacales (“Tardígrados Jams”), los ¿albatros? sampleados (“Acid Lord”), los inusuales momentos de paradójico relax (20 segundos de guitarreo ambient como cuña al promediar “La Columna De Durruti”). Ofrezco mi versión de todas maneras: el techno industrial que practica Romero viene matizado por decoraciones propias de la IDM, lo que le confiere una peculiar aura de abstracción. Allí está “Drone Sisters” y su despliegue de electrónica tan líquida como angular. Lo mismo se aplica a “No Te Gusta La Música, Te Gusta Figurar (Anti DJ Musculin)” o a la antedicha “La Columna De Durruti” (que guiña al inolvidable revolucionario anarquista español). Con todo, en realidad estas ornamentaciones pululan a todo lo ancho del álbum. Cuestión de poner atención con detenimiento.

Jornada de vivaces encontronazos entre la venerable asonada industrial, el ritmo de estirpe Detroit y el ambient a dos pelos de trocar en intelligent techno. ¿Posible? Obviamente. Que se manifieste si no desde el más allá el visionario Richard Kirk, que de estas cosas sabía mucho -consultar su irrepetible Digital Lifeforms (‘93), dado a conocer bajo el nom de guerre de Sandoz.

Hákim de Merv