(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 9 de septiembre de 2026.)
Le saca lustre Theremyn_4 a sus ya más de 25
años de andadura con CODEX 4N-11, registro de enigmático nombre y del
cual en muchas plataformas independientes se ha enfatizado y hasta ponderado su filo “experimental” -que viene ya de tiempo atrás, señalan esas mismas fuentes.
No le mezquino talento, creatividad, perspicacia e incluso chispazos de
genialidad al proyecto alternativamente solista y grupal de José Gallo. No
obstante, de ahí a utilizar el grueso calificativo de “experimental”, creo que
hay un trecho enorme. Dejémoslo en ingeniosa proteicidad.
Me llama -muchísimo- la atención que esos medios
hablen igualmente de una obra de sesgo conceptual. La verdad, lo es: sus ocho
temas se inspiran en las figuras de un grupo de individuos bautizados como
“Tetranautas”, misteriosos viajantes provenientes de una suerte de realidad
paralela fabulada por Gallo. El detalle es que el músico capitalino siempre se
había mostrado reacio a incursionar en el territorio de los “discos
conceptuales”. Al menos en dos ocasiones, correspondientes a sendas
entrevistas, fue categórico al respecto. Quizá a este cambio de parecer se deba
el adjetivo de “experimental” que veleidosamente se le ha dispendiado. De
cualquier modo, celebro esa apertura y la aguda inventiva que conlleva -lo de
“Tetranauta” me suena bastante a “navegante de una cuarta dimensión”.
En cuanto al contenido de CODEX 4N-11,
se me hace necesario remarcar que sobrevive muy poco de lo que alcanzara a
paladear su predecesor, Art, Noise + Speed (‘23). Las influencias del
output rocktrónico de Theremyn_4 son aquí las que de continuo le han signado a
lo largo de su existencia: el big beat en primerísimo lugar, algo de jazz,
dosis de drum’n’bass, fugaces guiños al synth pop... Ésos son los principales
elementos constitutivos del esférico. Hay un acercamiento digresivo a la
sonoridad aparatosa del industrial, suficientemente accesorio como para
calificarle de leve, y otro más frontal a la rítmica del trip hop que sí llega
a ser sustantivo -“El Vagabundo”, “El Coleccionista”. Es decir, no más art
rock, post punk o prog rock.
Rompe fuegos “El Escapista”, que con su
seguidilla de ecos jungle y su lustrosa apariencia hi fi cimenta el permafrost
sobre el que escuchamos derrapar al T_4 de siempre, de toda la vida. El ex
Huelga De Hambre subraya las cadencias dominándolas antes que padeciéndolas. En
esa misma sintonía están “El Dragón”, cierre de jornada, esta vez con programación
que remite a un artcore desmontado en fase two step; y ese festival de graves
que responde al nombre de “El Alquimista”. Existe otro ejemplo de rocktrónica,
si bien más matizado -“El Archivista” flirtea con el Tangerine Dream de los
80s, lo que me permite tildarle de ejercicio abstracto de big beat. Aristas
varias desde las que podemos abordar la clásica musicalidad del hoy unipersonal,
por espacio de exiguos 33 minutos.
Descontando sus modestas atipicidades y
excepciones, CODEX 4N-11 tiende entonces a la uniformidad, a la correlación
con el background histórico de Theremyn_4. Entre los 100 y los 140 bpms, su
imperturbable pulso late envuelto por las resonancias del bombo, mientras que
su enérgica iteración luce mullida por bajos potentes con extra de funk. Es un plástico
en el que, a fuerza de fatigarle, puedes darte de narices con pequeñas curiosidades
-salvo en dos casos concretos, uno al lado del otro, en que éstas abundan al
punto de convertirse en norma. Adelantado como single en abril, “El Artista” se
arriesga abandonando varios de sus segmentos a una batalla en la que las
secuencias percusivas casi quiebran la hegemonía del género magnificado por The
Chemical Brothers, en tanto las efímeras notas de piano al inicio y el saxo que
ulula desde el fondo ad portas del minuto 2 revalidan la vertiente jazzy que de
tanto en tanto explora el limeño.
Por su lado, “El Chamán” se mueve pesadamente
en comparación, circunstancia consecuencia tanto del tempo como de una
secuenciación de estructura algo más intrincada. El track abriga un mitigado
cariz IDM, perceptible sobre todo al aproximarse su tercer minuto, cuando la
rítmica cambia por completo, acunada por la llovizna. Es como entrar en el alma
de otro surco, incluso en la de otro disco, durante poco más de medio minuto
-luego, “El Chamán” regresa a su cuerpo, y nosotros con él a los bytes de CODEX
4N-11 (portada y repertorio me hacen pensar más en una baraja arcana, como
la del tarot). La edición vinílica ya está en proceso de fabricación. No se ha
anunciado, al menos de momento, edición en CD.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 15 de abril de 2026.)
Tras una semana de haber finalizado enero, Polvos Azules edita nuevo EP, en sociedad con Víctor Chang a.k.a.Vrianch y la
cantante Liliana Acosta. La relación entre Chang y Giancarlo Samamé es de larga
data, mientras que en lo tocante a Acosta es reciente. Parece de hecho ser el estreno
absoluto de la vocalista, lo que no es óbice para que se plante frente al
micrófono, además de firmar todas las líricas. Vrianch se adjudica la
composición de dos de los tres temas y los arreglos del restante, en tanto las
cifras se hacen inversamente proporcionales en lo que corresponde a PA.
Cuando El Viento Se Convierte En Marea EP despega de la
mano de “Cada Vez Que Te Caes”. Acreditado a Chang, lo que me encandila de este
canal no es su filiación ambient pop, sino su límpida emotividad naif: el medio
tiempo enfermo de reverberaciones digitales, los teclados minimales y a la vez
luminosos, como innumerables fuegos de San Elmo contra el palio crepuscular...
Es una sensación muy agradable la que reportan estos poco más de 4 minutos, similar
a la que proporcionaban los EPs de los hoy olvidados Aural Noise, y lo sería
más de no mediar un inesperado elemento disruptor.
Por contraste, “Bruma De Mar” tiene una
tesitura más afín al downtempo, género apenas hollado con anterioridad por
Polvos Azules (que reclama la autoría de “Bruma...”). La línea de bajo es
indiciaria en ese sentido: compases que se arrastran en cámara lenta,
acompañados de un invariable hi-hat ralentizado, para dar forma al mood
reinante en cualquier bar con excedentes de público A.O.R. Pese a las rimas de
lo más previsibles, el ambiente calentón que impera no desciende ni cuando en
las postrimerías del minuto 2 irrumpen extraños sonidos aleatorios más propios
de jornadas ruidistas, aunque sí le afecta la mediación de un ya no tan
inesperado elemento disruptor.
...Se Convierte En Marea EP finaliza
gracias a “Promesas”. El delicioso tono agridulce que reina desde el primer
segundo hace que te tomes este track con rigurosa seriedad. A despecho de la
algo indescifrable programación, “Promesas” destaca por su uso de teclados en
plan moderadamente Hi-NRG. Es de agradecer esa mesura, ya que la atmósfera
nocturnal se habría resentido de haber mayor intensidad lumínica. Como ya me ha
pasado anteriormente con Polvos Azules, percibo la ascendencia de un Jarre en
clave pop, percepción que habría alcanzado mayores brillos si no se hubiera
repetido por tercera vez la aparición de un elemento disruptor.
Esa circunstancia adversa es la performance
de Liliana Acosta. No su voz. Ésta es grave, y se acomoda a un rango spoken
word del que su recitación hace gala aquí. El problema es que esta tríada de
canciones, así como el grueso de la obra del unipersonal de Samamé, no logra
llevarse bien con ese registro. Como poner a cantar a Nick Cave asociándole a
The Blue Nile.
Como ocurre con los muchachos de China María Soundsystem, otro debut en corto aparejado al presente año es el de Rodrigo
Cano Y Los Canes. En formato de power trio, la banda lleva rodando por los
circuitos independientes un bienio, presentándose en directo aquí y allá. El 13
de febrero es el día escogido para el lanzamiento de Ya No Quiero Ser Así,
EP de cuatro surcos, uno de los cuales ya había visto la luz en modalidad
single -y es repescado aquí tal cual. Su ejecución en directo se realizó el 25
del mismo mes en La Noche de Barranco, junto al solista Franco De Lorenzi y a
los hard rockers de Volcano.
Rodrigo Cano Y Los Canes son Álvaro Salinas, Renzo
Ramírez y el Rodrigo especificado en la denominación. Desconozco sus edades,
así que les doy el beneficio de la duda. El extended play de estreno es
bastante uniforme, por no decir plano o discreto. Arranca el número epónimo, al
que se añade el epígrafe “(Edición 2025)”, y lo que escucho es un pop/rock
matizado suavemente de jazz, si bien en principio cada cual va por su lado.
Sólo en “Respuestas”, dos paraderos más adelante, ambos estilos se fusionan, luego
de haber condescendido la eléctrica a añadir algo de blues en “Fuego”.
El sonido del trío, sin embargo, tiende a ser
inane. Demasiado correcto para mi gusto. A esos aires blueseros, por ejemplo,
les falta esquina. La estructura de los episodios luce convencional hasta
volverlos grises, medio aplatanados. Se echa de menos la energía inherente a la
síncopa, el arrebato insurgente y desbocado del pop, la locura congénita del rock
(incluso clásico). Al menos yo esperaba tanto más, si las letras perfectibles
en cuanto a la forma cumplen con el objetivo de hacerles sentar posición
respecto de una realidad en la que no se hallan a sí mismos, emocionalmente
tediosa e incómodamente desesperante.
Recién en el ocaso, Ya No Quiero Ser Así
EP se pone interesante. La terna pregonaba cultivar un discurso cercano al rock
alternativo de los 90s, declaración que sólo “Mundo Raro Y Cruel” atestigua.
Harto dinamismo y ganas de despercudirse en esta pieza insular, alevemente
funkeada desde la guitarra y el bajo. Tan es así, que es la primera vez en todo
el extended en que a la voz se la siente fuera de su elemento. Ojalá sigan ese
derrotero en producciones futuras, sumando ingente protagonismo de la batería
-el único instrumento que se desempeña con mención honorífica durante los
cuatro rounds.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 11 de febrero de 2026.)
LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A
RESEÑAR (III)
Génesis y primeros pasos de MIDI Time se
hallan directamente vinculados a Miguel Ángel Elescano y a la discográfica
independiente Dorog Records. Bajo el desactivado nom de guerre de DJ Locopro, el limeño liberó el 26 de junio del ‘20 un 45 rpm virtual acogiendo
las piezas “70 Days” y “Melancolía”, a través de su propio BandCamp. Lo
curioso es que cinco días antes y desde el BandCamp de Dorog, Elescano ya
despachaba para descarga gratuita las mismas tomas, con el orden cambiado y empaquetadas
tras el marbete MIDI Time. Poco después (septiembre), “Melancolía” era cedida
al panorámico Premoniciones (misma escudería).
MIDI Time es un dueto. El otro integrante
aparece debidamente acreditado desde ese auroral lanzamiento: Víctor Chang a.k.a.Vrianch. Para “Melancolía” se invitó al vocalista Rob Avatar (del desaparecido
alias electrónico Avatar), quien nunca pasó a formar parte estable del
proyecto. Así, pues, la mancuerna permaneció ajena a la publicación de nuevo
material por espacio de un lustro. Convertido en algo casi anecdótico el synth
pop de irrigación techno que sus dos únicas pistas difundidas permitían
apreciar, la dupla reaparece en el ‘25 con otra referencia de minutaje
recortado, supongo que por el tiempo y esfuerzos que dedican a sus respectivos quehaceres.
En el extended, el binomio no se afana mucho por/no
ha tenido mayor oportunidad para ensanchar dominio y rango mostrados hace media
década atrás. “And The Earth Was Empty” posee secuencia y florituras que me hacen
pensar en el trance de los 90s, sólo que sin el extra del hipnotismo rave ni el
del exótico imaginario hindú. Empero, le alcanza para abrazar el puro hedonismo
discotequero, mientras el zumbido que corre soterrado vibra cual máquina
emisora de partículas atómicas en ebullición.
La conversión de registro que conlleva
“Digital Car” es cuando menos desconcertante. Si bien la imagen de una suerte
de synth experimental que recicla el patrón rítmico del trip hop es aceptable, no
agota las posibilidades timbrales aupadas por el contraste. La melodía puede
acusar cierta saturación, por ejemplo, debido al ruido binario scratcheado con
que el tándem pausadamente le decora. Y “Alone” es otro corte de mangas con que
desplazar coordenadas hacia un vacilante maridaje de house y techno, vacilante
en cuanto a mixtura, no en cuanto a la firmeza de su pulso. Su medio ambiente
es el mismo de “And The Earth...”: dancefloors sobre los que se mueve gracias a
la marcha infatigable de un bajo artificial, al sonido de extrañas sirenas en
diminuendo, sin preocuparse por esa sección de minimal ambient abstracto que
emerge al promediar los dos minutos y medio.
Complicado escoger un tema que represente
tanto a Alone EP como a la fecunda versatilidad de Chang (Dr. Crack) y
Elescano (Lima Centro Project, Lutero, Un Día En Venus, Teiza Raizi, Maria Reiche).
Pese a servir el vocablo “consolidación”,
“evolución” es uno que se acomoda mejor para ilustrar lo que Gestos Remotos
le ha reportado a María Fe Baca en relación a su primerísimo Todo Está En Tus Pies (‘23). Actualmente con 27 febreros a cuestas, la también traductora ya
había concretado estadías en la Unión Americana, Berlín y Buenos Aires antes de
su debut en largo; lugares donde se fogueó al calor del jazz, del canto
elegíaco, del afrobeat (¡¡¡!!!) y de las artes escénicas. Noviembre último fue
el mes escogido para el reentré, que le/nos ha significado tremendo y satisfactorio
paso hacia adelante.
Todo Está... era la
consecución lógica de una mezcla entre formas delicadas que la electrónica
burilaba vía sintes y programaciones, el jazz arrellanado en vecindades soul, y
el lirismo de unas vocales preciosas/resplandecientes. Para Gestos Remotos,
la aleación entra en modo centrífuga y lo que surge es el aplomado magma
uniforme en que se han fundido esos componentes otrora más o menos
discernibles. La apariencia de pop barroco que los medios han subrayado
proviene de allí en parte. En parte, también del uso de efectos de sonido como
los que proveen las gotas o el trueno, y de algunos instrumentos poco
convencionales en estas lides -timbales, piano, acaso güiros.
El output de GR rara vez se revela
solemne, como en “Tabú”. Ídem la saturación, que por momentos padece “Círculo”,
discordando con la limpidez habitual de la rodaja. La norma dicta que la
morfología de este viaje se incline constantemente hacia el pop lleno de esa
luminancia áurea que aporta la voz de Baca. Se trata de una modulación educada,
generosa en fulgores, cultivada, presta y de aliento feérico; cualidades que
permiten a la joven cantautora alcanzar notas elevadas sin sobresaltos. Así se
comprueba en canciones como “Magic” (de letra en inglés), “Maus” (de letra en
alemán) y sobre todo “Nocturna”.
A despecho de la brillosa musicalidad, esta
colección de ocho números rebosa de relatos intimistas. El combustible es
bombeado desde la vida cotidiana de Maria Fe: procesos internos que nacen de su
alma, interacciones con el mundo que le rodea, síntesis dialéctico-emocionales
que elabora su mente tras el encontronazo de exterior e interior. Aunque no
siempre sea así (el fugaz y diáfano instrumental “Bliss”), no por nada otro
punto de apoyo para la esmerada construcción del álbum es su narrativa, que
incurre en figuras paradojales como “Muy Lejos/Te Siento Cerca” o
simbólico-iterativas como la estrofa que abre y cierra “Serpiente”.
Gema de apenas media hora de duración, Gestos
Remotos es una micro-constelación de atmósferas emotivas y de eventos
celestes harto poéticos. Puedes escucharle en multiplicidad de ocasiones sin
cansarte, acunado/a por el pop y la experimentación fluida exenta de aridez. Gestiona
en físico A Tutiplén.
Aunque faltan poco menos de diez meses para
que cumpla tres decenios, desde hace mucho ya puede afirmarse que Los Días Y Las Sombras (diciembre del ‘96) no sólo reimpulsó la carrera de Voz Propia,
sino que además determinó la trayectoria que seguiría en adelante la legendaria
banda liderada hasta la fecha por Miguel Ángel Vidal. Un curso de acción en el
que el background post punk y dark rock del combo fue extrapolado a territorios
pop de los cuales nunca más se apartó, lo que entonces le redituara en grado
suma cum laude una exquisitez para la composición no precisamente abundante
bajo estos cielos.
Casi cuatro décadas después de la puesta de
largo de VP (El Ingreso, ‘87), Vidal decide estrenarse como solista a
través de un disco que sigue la línea dibujada por el acto vozpropiano
precisamente a partir del ‘96. Hasta donde tengo entendido, no cuenta El Incendio con edición física, habiendo sido difundido por Miguel Ángel
esencialmente usando redes sociales y plataformas online. Asimismo, es él quien
se ha encargado de tocar guitarras, bajo y teclados; exceptuando la eléctrica
en “More” y el piano en “Meteorito”, ambos en manos de Ramón Escalante. La
batería, por otro lado, ha sido cosa de Dante Puemape y sobre todo de Mijail
Bejarano.
Una pregunta que seguro has de estarte
haciendo es “¿cuánto consigue zafarse El Incendio de la estela de Voz Propia?”. EI se reconoce en el modelo de Los Días Y Las Sombras y
siguientes. Es una aserción correcta grosso modo, pero es imperioso matizar,
porque tampoco se trata de un copia-y-pega. La osamenta es inequívocamente
ochentera, con múltiples accesos al pop de esas épocas. Sin embargo, varias de
sus vértebras vibran en jubilosos tempos de 3/4, copadas de una vitalidad que no
siempre ha campeado en capítulos como Hamlet (‘03) o The Game Is Over
(‘11). Cierto, a veces Vidal hace una de más, como las trompetas sintetizadas
de “People Right”. Así y todo, esa fuerza logra conducirse por los canales
adecuados: “El Incendio” (roza levemente el modern rock noventero), “Mister
Crack” (de inspiración Modern English), o el díptico “El Meteorito”-“La Jaula”.
Otra cosa en la que el repertorio se
desentiende de la versión Voz Propia ‘96 es en algunas de las líricas. Con el
tiempo, el buen Miguel Ángel ha ido atenuando la labia respecto de la flamígera
primera etapa vozpropiana, que se da entre 1987 y 1993. En El Incendio le
he vuelto a escuchar un par de veces llamando la atención sobre situaciones o
coyunturas críticas -la apertura “Gaza” debe ser la primera canción en que un
artista peruano se manifiesta abiertamente sobre la masacre del pueblo
palestino (con perdón de Fukuyama y su “Palestina”), “People Right” no merece
más explicación con ese título-, si bien la pluma no va al choque frontal. Me
hubiera gustado oírle así en más episodios.
El contrapeso de la vitalidad subrayada hace
algunos bytes es proporcionado por cierta gravidez que se encarna en algunos rounds.
Había mencionado anteriormente un díptico. Aquí cabe mencionar otro, el de
“More”-“Una Plegaria” (en este último no sé si hay genuino interés religioso o sólo
ironía), así como “Blue”, de pulsión percusiva distinta y ultimado por unos
teclados en plan casi Hi-NRG. Pongo énfasis en el hecho de no llegar ninguno de
ellos a la agobiante oscuridad ni a la aporética desesperanza que antaño eran
moneda común en el primigenio sonido vozpropiano, digresión que en última
instancia no desentona dentro del contexto de un estreno de resultados
mesurados -de regular para arriba. Porque seguramente la otra pregunta que ya
estabas haciéndote era “¿qué tan bueno es?”.
Puntos extras por la portada,
sampleada/rediseñada del original de la Editorial Estatal de Leningrado. La
tipografía cirílica siempre sacará ronchas a las parcialidades
fachoderechistas, que hoy se reproducen como lo que son -alimañas rastreras- en
todo el mundo.
Fresco aún perdura el recuerdo más que
agradable dejado por New New Wave (‘24), estreno de Lento Rodríguez. Embelesado
como estaba por su hechizo, no supe que había eyectado en el ‘25 un nuevo
trabajo sino hasta los primeros días de este año. No uno largo esta vez, sino
de corto kilometraje. Lo siento más cerca de ser un mini-álbum, aunque ha sido
la propia agrupación la que le ha presentado como Simón Salguero EP.
Sintomático que haya sido tomado el nombre de una calle a caballo entre los
distritos limeños de Surco y Miraflores, toda vez que New New Wave
recibió los toques finales estando su fundador Gustavo Rizo-Patrón afincado en
Nueva York.
Simón Salguero EP refrenda el
estilo que el quinteto profesa. Pop exquisito de florilegio indie, comedido y
moderado, ponderado y juicioso. Inmune a los excesos de sus pares mainstream. Verdad
que la colorida apertura que supone “Noche De Enero”, al límite del indie
español de comienzos de siglo, parecería contradecir esta afirmación. Por
fortuna, los siguientes cortes corrigen la sensación, que me asaltó fugazmente,
de haberme equivocado de CD. Guitarras de gracilidad encomiable (incluso cuando
condescienden al punteo), un bajo que prácticamente no está allí, teclados que
se me apetecen seda sobre piel exfoliada, baquetas de frugal sobriedad.
No sólo esas características hermanan a
“Dominante Disminuido”, “Después De Colapsar” y “Sal De Mí”. La complexión pop
de Lento Rodríguez es el catalizador idóneo para unas letras que son nostalgia,
lamentación, y a veces nostalgia disfrazada de lamentación. De hecho, este
último es el formato que más se repite (“Dominante...”, “Después De...”). Dueña
del centro del escenario tras la largada, la voz de Susana Fátima interpreta
estas historias con matices que van de la amargura al pesar y viceversa. Su
performance no sólo te aproxima a cada línea que entona, sino que hace que te
la creas. Difícil, así, no sentirse tocado/a.
Completan el extended “Para No Chocarnos” y
“L’Air De Bourgeoise”. El primero debe ser el único asalto editado hasta ahora
por la banda que abandona el pop en favor de un rock contundente y dinámico, lo
que inevitablemente produce una fractura en la ruta de Simón Salguero. Casi
como si el dial se hubiera movido bruscamente, dura poco. Cantada en francés,
“L’Air De Bourgeoise” retoma el registro de medio tiempo en el que se
desenvuelve tan bien Lento Rodríguez. Quizá por esa vuelta a sus cauces naturales,
en este epílogo la nostalgia -si la hubiera- no asoma dirigida a una memoria en
particular. De cualquier modo, “Para No Chocarnos” resiste con entereza la
tentación de la afectación, de la aparatosidad, del efectismo.
La elección del nombre “Simón Salguero” indica,
sin ápice de dudas, una poderosa conexión con remembranzas de un tiempo ya
desvanecido; que probablemente se erige como el principal factor vivencial al
momento de verter y repujar las agitadas sensibilidades talladas en las
introspectivas creaciones de Lento Rodríguez. Alguien ha aludido a una
“geografía del recuerdo”, inmortalizada por el quinteto en esta media docena de surcos. Muy de acuerdo.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 8 de noviembre de 2023.)
Una de las primeras alusiones que se hicieron
acerca del nuevo capítulo de Theremyn_4, alentada por la propia nota de prensa,
es que tenía éste cierta ascendencia new wave. Por sí sola, esa frase comportaba
una sorpresa mayúscula, al haberse alimentado el proyecto desde un inicio del
big beat y de la rocktronia de actos como Underworld, Propellerheads o The
Chemical Brothers. A lo mucho, esta faceta de José Gallo acaso se remontaba a
los herederos de Chicago y Detroit, que se disputasen las discotecas de todo el
mundo a inicios de los 90s. Desfilarían posteriormente, en comentarios y
reseñas, referencias aún más insólitas a Japan, a Getting The Fear y a The Fixx
-e incluso a Gang Of Four y a King Crimson (¡¡¡!!!).
La verdad ante todo, es que sí, pero mira por
dónde. Dale 10, 500, 3000 vueltas a Art, Noise + Speed, y sólo asomará más
o menos visible la impronta de la vetusta new wave ochentera. No niego que las
demás hayan estado presentes durante el proceso compositivo cuyos resultados el
ex Huelga De Hambre destinara a la confección de su décimo esfuerzo -doceavo,
si contamos los artefactos de remixes dedicados al debut Fluorescente Verde En El Patio y al precedente Lost Moments. Las demás citas, no
obstante, se hallan lo suficientemente sublimadas como para ser claramente
identificables -y, por consiguiente, señaladas como influencias. Directas, al
menos: nada en A, N + S remite de arranque ni a la agrupación de David
Sylvian, ni a los estetas post punk de Leeds ni a la gótica facción disidente de The Southern Death Cult. Menos a la seminal escuadra prog del maestro Robert
Fripp. Sólo tras mucho escuchar y escudriñar, emergen resonancias distantes señalando
esas direcciones.
Luego de veintitrés años en ruta, ¿por qué
considerar a Art, Noise + Speed un disco alentador?
Podría argumentar que desde “Nazca Cowboy”,
single de adelanto y apertura de la placa, T_4 se plantea lograr diversificar su
sonido sin comprometer su identidad estructural. Revestirse de nueva
parafernalia sin traicionar en media pulgada los fundamentos, es uno de los
modos más honestos de reinventarse, y también de los más difíciles. Contenido,
con su eufonía new wave -más propiamente New Order circa Brotherhood/Technique-
montada sobre basales programaciones de filigrana proto techno, “Nazca Cowboy” apunta
a ese objetivo. Otros tracks que persisten exitosamente en ese sino son “Neon
Sun / Neon Man” (cuyas baquetas están a cargo de Gallo), “Street Girl Ethos” (guiños
fantasmales a Lima/Tokyo/Lima, de los mejores esféricos del seudónimo), “Notre-Dame
Pt. I” (y su consabido big beat austero precedido de un brevísimo intro jazzístico)
y “Art Stealers” (con el otro miembro más o menos estable de la entidad, Lu
Falen, ¿para cuándo por fin el estreno en regla de Blind Dancers?). En el
camino, ecos del groove angular de Gang Of Four, loopeos elaborados que replican
la brisa art rock de Japan, siluetas de secuencias trasmutadas que rememoran
las sombras chinescas de GTF...
Podría alegar igualmente que dichas
características, también presentes en números como “Air Giants”, el
nerviosamente sosegado “Dry Season” y el opiáceo “Notre-Dame Pt. II”; no
impiden que éstos recorran gradaciones con que matizar/atemperar saludablemente
las robustez y vivacidad de sus pares. En “Air Giants”, verbigracia, Theremyn_4
se vale del legado synth pop para crear un instrumental sobrio y templado. En
tanto, los trazos de “...Pt. II” son sencillos y transparentes esbozos que
cascabelean en medio de la oscuridad circundante, arropando melopeas de
innegable parecido a la que identifica la serie Stranger Things (tangerinedreamescas,
en tal sentido). Y “Dry Season” lucha por no despeinarse sin adelantar ni
perder el paso.
Podría hacer una cosa y la otra, ciertamente,
y no estaría pecando de insincero. Prefiero, con todo, alegrarme de que José
Gallo haya recuperado la claridad anímica y la creatividad que le faltaron en Lost Moments (‘18); ausencias que hicieron de éste el episodio más discreto de
su discografía. Un lustro después, este aplomado Art, Noise + Speed
reestablece el prestigio de T_4 y su talento para concretar excelentes jornadas.
(Lástima que una buena tortilla no pueda
hacerse sin quebrar algunos huevos.)
Fechado a inicios de octubre, con el mini-LP Requiem Para Un Ave confirma José Rodríguez -por enésima vez- que en modo Aloysius
Acker va y viene según le plazca. Para efectos de este volumen, retrocede como
nunca antes hacia los días en que la ethereal music de los 80s todavía iluminaba
inmaculada los corazones de quienes le escuchaban y asimilaban merced a artistas
y lanzamientos correspondientes a la legendaria primera etapa de 4AD.
Cedido para descarga gratuita a la nueva plataforma
perucha Just Memories Records, que inició operaciones en diciembre del ‘22, el
arranque de Requiem Para Un Ave podría confundir al buscador de sonidos
exquisitamente labrados dada su naturaleza ambient a todas luces macerada en la
Baja Fidelidad. “Entrada Del Otoño”, en efecto, posee acabados un tanto
lluviosos -algo así como la idílica/sepia afectación mnemónica de recuerdos muy
remotos, que convertía Maribel Tafur en herramienta central de su poética en el
extraordinario 2106 EP (‘21). Es sólo cosa del canal en cuestión, empero.
Porque desde “Alguien Desordena Estas Rosas”
hasta el cierre de “Mirada Podrida De Flor”, Aloysius Acker se ve embargado por
una irrefrenable inspiración neoclásica. Las notas deliberadamente espaciadas (“Esta
Sombra Que Cae Del Ruido De Tus Pasos”, “Mirada Podrida...”), los vastos
desarrollos que apertrechados de volátil éter sonoro de éstas se derivan (“El
Naufragio Es Dulce En Este Ocaso”), las donosas euritmias que de ésos nacen (“Alguien
Desordena...”, “Aquel Aciago Día”)... Todo ello otorga consistencia a un exuberante
registro, lleno de efusivos colores nostálgicos, que con la emotividad de un
Satie reedita los pasajes más diáfanos de Filigree & Shadow (‘87) y el
pop de cámara de Blood (‘91) -respectivamente segundo y tercer rounds de
This Mortal Coil.
¿Significa esto que AA suena ahora como lo hizo
en vida el célebre músico galo? Para nada. Lo que hace Rodríguez se asemeja a
lo que hizo Satie, pero es evidente que la resultante no se mimetiza con
la obra del europeo: uso de armonías sin función definida, refuerzos melódicos
a través de octavas alternativas, melodías límpidas y nítidamente esbozadas, algunos
“acompañamientos pedales” y algunos “acordes modales”. De esta manera el limeño
acierta a acuarelizar por igual memorias y sueños que cualquiera puede
atesorar, en un tremendo alarde de facultades empáticas, desplegadas invocando
a la única musa que muchos reconocemos -la Música. Precioso.
Resurge finalmente Cholo Visceral luego de
cuatro años, con optimizada formación y nuevo material de estudio bajo el brazo.
Exceptuado por ende Live At Woodstaco (20/10/19), lo último del tremebundo
grupo que al viejo prog injertaba recios ramalazos metálicos y stoner rock había
sido bastante desorientador -Sutilezas EP le catapultaba a un terreno
tan drásticamente opuesto como podía serlo el vaporwave. Entonces me preguntaba
si el extended sería una curiosa extravagancia, o si por el contrario iba a redefinir
poética y futuro de esta banda asociada a la insurrección “meta stoner” limeña de la década anterior.
Aconteció, según se sabe, lo primero. Del EP,
no queda ni la alineación. No ha vuelto Cholo Visceral a convertirse en el combo
que rubricase sus dos muy recomendables primeras entregas, pero el cuarteto responsable
de Sutilezas es ya cosa del ayer. Kevin Lara en eléctrica y Beto
Cerquera en teclados no son más parte del line up, que actualmente completan los
guitarristas Sandro Zelaya y Mauricio Medina. De pasadita, la remozada entente pone
de manifiesto que los responsables directos de ChV siempre han sido Manuel
Villavicencio (bajo) y Arturo Quispe (multi-instrumentista que se ocupa de batería
y sintetizadores).
Nada más verle, la primera interrogante que brota
en la mente se relaciona con los motivos del tándem Quispe-Villavicencio para
bautizar a Quimera Huaycotrópica así y nimbarle de un arte de portada
tan surrealista como pesadillesco. Esa misma interrogante muere apenas
comienzan a ser castigados los parlantes con el bramido omnipresente de “Daga
De 7 Filos”. La alineación de dos guitarras de invencible musculatura coadyuva en
la incesante transformación de casi cada uno de los seis surcos -antaño permanentemente
transfigurado, el daimon que preside el espíritu colectivo de Cholo Visceral
prefiere ahora mutar de acuerdo a su maleable estado de ánimo. Lo observas en
el prog jazzy de “Eros II”, cuyos riffs le imprimen carices a lo cantar de
gesta. Lo notas en el rabioso stoner correlón de “Algo Anda Mal...”, cuando la eléctrica
esnifa los últimos resabios de prog químicamente puro que reservaba el alias. Lo
percibes en el rock multipercusivo de “Génesis”, que bebe por igual de la
psicodelia, del stoner y del metal; pero que nunca llega a mimetizarse del todo
con alguna de aquellas estéticas.
No menos relevancia cobra ahora el sofisticado
soporte rítmico de los capitalinos. Engrasados, prestos, atiborrados de una energía
que saca chispas aún antes de ser liberada; cada componente del andamiaje montado
por batería y bajo proporciona la movilidad necesaria para la incesante mutación
a que se someten output y cuarteto. El mástil de Villavicencio se multiplica
mejor que los cinco panes y dos peces del milagro jesuítico, enhebrando diversas
secciones de tempo disparejo -como en “Daga...”. En “Pucusana 420”, por otro
lado, mientras las baquetas alisan un medio tiempo perfecto sobre el que al
inicio se luce el wah-wah, el bajo apuntala los postigos que soportan las
densidad y solidez de un tema que bien podría merecer la etiqueta de metal
progresivo. Y “Furiosa”, en idénticas coordenadas con algo más de velocidad, no
sería un perenne bursting-out sin los crescendos, clímax y anticlímax varios
que posibilitan las baquetas de Quispe y el puente de graves que amachimbra el
bajo.
Vertiginoso y cambiante como las experiencias
oníricas más dadaístas, imparable y corpulento como un tren bala fabricado en
titanio, contundente y a la vez dúctil en su filiación a las diversas
influencias de que se alimenta; Cholo Visceral consigue en Quimera Huaycotrópica
su mejor trabajo a la fecha. Sólido, fresco, fornido y frenético; el nirvana
heavy al que cualquier headbanger de vieja escuela le gustaría acceder.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 2 de agosto del 2023.)
Mala suerte la de U.F.O. 1982 al subir a
BandCamp su puesta de largo el 22 de febrero del ‘20, pocos días antes de
decretarse el inicio de la emergencia sanitaria en el Perú a consecuencia del
COVID-19. Por ende, Fantasía pasó completamente desapercibida en medio
de la crisis pandémica, que condenó a un olvido algo dilatado el esfuerzo de
Janis Monja -principal y única fuerza motriz del proyecto- producido por Esteban
Loayza.
Tres traslaciones terrestres después, U.F.O. 1982 lanza un extended play temático con todas sus pistas empalmadas. Cyber
Noir EP se centra en la figura del T-800, el ominoso e implacable antagonista
de Terminator (‘84), joya del cine B y uno de los mitos contemporáneos
más destacados que surgiera de la cultura pop ochentera. La decisión no
extraña, ya que desde un principio el alias de la peruana ha dejado en claro la
devoción que le suscitan los sonidos electrónicos de los primeros 80s
-concretamente la new wave y el synth pop, amén de la prole y cruces que ambas
corrientes generasen hasta clausurarse el siglo pasado.
Cyber Noir EP luce más como una
gran pieza de casi 18 minutos, antes que un conjunto de cuatro tracks. En gran
medida, el tema central que signa Brad Fiedel para la banda sonora del aludido film es el motivo inspirador de esos canales, al punto que el “Intro” del
extended es una especie de remodelación/rework de aquel, con parlamento sampleado
de alguna(s) de las secuelas de la saga Terminator. Pegadizo synth pop de
ciencia ficción y musculatura Hi-NRG que, en la práctica, no se diferencia del
de “The Future Is Not Set” más que en la programación -mientras éste la tiene, “Intro”
carece de aquella. Queda así la sensación de una fosca reelaboración entre
futurista y dance, a partes iguales, de la composición original de Fiedel.
En “Tech Noir”, nombre de la discoteca en que Kyle Reese y el T-800 se enfrentan por primera vez, el equilibrio detallado se
sostiene lo mismo que la secuencia rítmica. Sin embargo, los principales rasgos
identitarios de la obra de Fiedel se han difuminado. Los arreglos vintage/retrofuturistas
de robóticos sintetizadores y cristalinos teclados habrán nacido de su
simiente, pero ellos ya no están. Tampoco la explosión Hi-NRG de la primera
mitad. Para cuando “Skynet” empieza a sonar, bajándole simultáneamente la
persiana al EP, Monja termina por sepultar todo vestigio del soundtrack de Terminator:
del synth pop ochentero lleno de fulgor hasta grados chillones no sobrevive
nada, pues la música se vuelve más reluctante al acercarse a la tradición del synth
usamericano de los primeros 90s (tipo Faith Assembly, Seven Red Seven o
Cosmicity).
U.F.O. 1982 se presentó el domingo 6 de
agosto en el festival Underground Space, autodenominado “el primer evento de vaporwave
peruano”. Pese a que ni en Fantasía ni en Cyber Noir EP he podido
encontrar siquiera media nota de hard vapour o de future funk, debido a las inclaudicables
reminiscencias en la producción del acto se comprenden las razones para haberle
programado junto a otros seudónimos que sí califican como vaporwave -Lost
Traveller ロスト, Babefake, Blurred Hologram, S O A R E R.
Las historias de todos los circuitos que
conforman directa o indirectamente el mosaico de nuestra escena independiente
nacional están atestadas de casos en los que tal o cual grupo no logró superar
el reto del segundo álbum, tras agotarse el entusiasmo inicial y sobre todo si su
estreno fue tan bueno que acabó convirtiéndose en sambenito y obstáculo. Hasta
hace unos meses, a este limbo parecía pertenecer la banda Búho Ermitaño, que en
el ‘14 debutase con un LP magnífico como Horizonte, a seis años de haberse
fundado.
De todas formas, pausas de casi una década suelen
ser aquí sinónimos de expiración definitiva. Hasta que se van al tacho, claro.
No es ésa la única singularidad que distingue a BE. Cuentan a su favor una
existencia que jamás se ha visto interrumpida y la permanencia de los seis
individuos que firmasen Horizonte. Estas circunstancias, no obstante, son
relegadas a riguroso segundo plano cuando aparece un nuevo documento sonoro a
considerar. Y vaya que si el Tiempo no ha transcurrido ni para los capitalinos
ni para el novísimo Implosiones.
Editado por Buh Records, el vinilo es mucho
más corto que el mazazo de hace nueve calendarios. Pese a ello, la media de sus
siete surcos sigue siendo muy elevada, como toca a una alineación que se desliza
entre/impregna de todos los subgéneros lisérgicos de vieja escuela -así como de
sus coetáneos más próximos, y aún de sus más aplicados descendientes. En la
senda de lo mostrado por Horizonte, las nuevas creaciones de Búho
Ermitaño se alimentan del espíritu del prog, del delirio del space, de la
contundencia del hard, de la turbia viscosidad del heavy, del arrebato del
blues, del pasotismo de la psicodelia, del jammeo intuitivo del kraut, del
groove tribal de fusión enraizadamente jazzera...
Poco es, entonces, lo que ha cambiado la
receta del sexteto en cuanto a ingredientes. Acaso sea el folk el único de
éstos del que se ha prescindido. Felizmente, no es correcto utilizar ese adverbio
calificativo para describir el aliento que sopla en este puñado de seis
instrumentales y un solitario número cantado. Tampoco, para referir la soltura
con que ahora los músicos fisionan influencias. O su remarcable
desenvolvimiento instrumental, que ha ganado durante todo este tiempo sin editar
cotas verdaderamente fabulosas -de inequívoca superioridad a las del primer
esfuerzo. Todo esto ha sido posible gracias al disciplinado vigor que ahora ejercen
tanto individual como colectivamente: si antes se les podía reclamar a los
limeños un poco más de “descontrol”, hoy es evidente que no sólo pueden hacerlo
cuando quieran, sino que es consciente decisión propia no abusar de esa
coartada.
Así entiendo el milimétrico kraut ácido a lo
Guru Guru de “Herbie”, los místicamente laxos efluvios cósmico-uterinos de “Ingravita”
y el breve “Preludio”, el ascendente punche ácido de “Explosiones”, las
piruetas prog-jazz pro-Birth Control de “Buarabino”, la irrupción de acervos
sonoros de la zona altoandina presentes en “Renacer”... También, por supuesto,
el indómito crescendo psicodeliblues de orientación space que comporta “Entre Los
Cerros” -probablemente, lo más impetuoso/achorado/¿feérico? que han publicado a
la fecha Juan Camba (batería, flauta), los hermanos Leo (bajo, guitarra,
sintetizadores, theremin) y Diego Pando (bajo, guitarra, voz), Irving Fuentes
(charango, bajo, la talk box), Ale Borea (percusión, loops, efectos) y Franz
Núñez (guitarra, flauta, sintetizador, bajo). Otra jornada perucha de este 2023
que logra puntaje perfecto -y duro competidor fijo en los recuentos de fin de
año.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 12 de abril del 2023.)
Con más de medio siglo de recorrido a cuestas
-circunstancia infrecuente en el contexto del pop contemporáneo labrado en
Latinoamérica-, es difícil hablar de Congreso a estas alturas del partido. Probablemente
se trata de la agrupación mapocha más longeva que exista, junto a Los Jaivas -compañeros
de generación y de trinchera, cuyo último sencillo data de mediados de los 00s.
Teniendo en cuenta ese status, podría aventurarse que los de Quilpué ya han dado
lo mejor de sí en décadas precedentes. Sus últimas entregas, por ende, pueden
no reeditar los superlativos niveles rubricados en Terra Incognita (‘75),
en Viaje Por La Cresta Del Mundo (‘81), en Para Los Arqueólogos Del Futuro (‘89) y aún en el “extemporáneo” Los Fuegos Del Hielo (‘92).
¿Por qué escribir sobre Congreso, entonces? Se
pueden alegar algunas razones. Una de ellas es que la banda nunca se ha resignado
a preparar álbums en piloto automático, pese a no disponer ya de la tonicidad
ni de la reciedumbre de sus jornadas más inspiradas. Otra, derivada de la
anterior, es que su habilidad para reinventarse tiene pan por rebanar; como lo
demuestran La Canción Que Te Debía (‘17) y el reciente Luz De Flash
(‘22). Una tercera, también inferida, es que al septeto le queda todavía una
gran pelea por dar; como sucede con los viejos guerreros (incluso si están retirados).
Luz De Flash ha visto gestarse su
repertorio a renglón seguido de los aciagos días de la emergencia sanitaria que
produjo la pandemia. La semilla, como siempre desde que se quedó sólo al frente
del barco en el año 2000, la ha sembrado el baterista y único miembro fundador
que permanece hasta ahora en Congreso -Sergio “Tilo” González. Gracias a las
nuevas plataformas online, el resto de la alineación -Francisco Sazo (voz,
percusión, vientos), Jaime Atenas (saxos tenor, soprano), Sebastián Almarza (piano,
teclados, voz), Hugo Pirovich (flautas, percusión), Raúl Aliaga (percusión) y Federico
Faure (bajo eléctrico, contrabajo)- se sumó paulatinamente, colaborando para
hacer que germinase y se robustezca el nuevo track list. Éste llega al estudio
de grabación con las tomas casi armadas en su totalidad, sin previo ensayo.
Alguien ha dicho que las de Luz De Flash
son “canciones sin género”. Es una manera de verlo. Otra, es que cada canción
de este trabajo explora el mestizaje en alta diversidad de grados,
diferenciándose del resto y viceversa (casi cada canción, mejor dicho).
Ciertamente, a través de ellas explora Congreso un modo de crear música inédito
en su historial. Aunque es lícito hablar de un basamento en común, integrado
por la omnipresencia del jazz, el folk rebosante de groove, un prog rock residual
y las euritmias tradicionales de buena parte de Sudamérica; los australes se
dan maña para individualizar todos los episodios del CD. Esto, sin escindirles
por completo de los demás. Del jazz cadencioso de “Álbum De Fotos” al exquisito
pop imbuido de saudade de “Rocanrol De Los Misterios”, de la cuasi-balada “Alzheimer”
al delicioso groove caribeño de “La Plaza De Los Sueños”, del encontronazo
entre cueca y tondero de “Ay! Caramba” al estoicismo de “La Vida Salta En Un
Pie”; es cuando menos admirable la facilidad con que los músicos fluyen surcando
multiplicidad de aguas.
Las letras tienen pinta de haber nacido de
simples observaciones, de anotaciones tomadas de situaciones diarias inherentes
a la actividad humana, sean éstas llevadas a cabo con normalidad o en periodos
de crisis. Felicidad, añoranza, oscuridad, incertidumbre, tristeza, serenidad...
Sensaciones que se dispersan y agigantan de la mano de la marinera, de la cueca,
de la habanera, del bolero, de la canción latinoamericana. Obra de excelente musculatura,
que hubiera quedado más redonda sin el innecesario cover de “Murió La Flor”
-relectura a la baja de Los Ángeles Negros, sin mayores cambios y por ende sin practicar
la consabida vuelta de tuerca al original. El “casi” de líneas arriba no era,
pues, gratuito.
Como escribí una vez a propósito del pop chileno contemporáneo del lustro ‘96-‘00, El Ojo De Apolo es un colectivo de
músicos estrechamente relacionado a lo que hacia fines de los 90s -época en la
que se funda- se definió como “vanguardia sonora”. Post rock, ambient electrónico,
ruidismo digital; son algunas de las etiquetas que los proyectos de la nómina
EODA fatigaron no sólo durante su primera etapa, sino también desde la refundación
de ésta, en ‘06.
Uno de los actos participantes en tamaña
cruzada fue Bios_, unipersonal que dirige Óscar Burotto, 50% del histórico dúo LEM
(también adscrito a la antedicha avezada mancha experimental). Bajo ese seudónimo,
el individualista ya no milita en EODA, pero sí en EMA Records. Es este último
el sello que LEM impulsa desde el ’20, y que nos ha ofrecido rodajas harto
recomendables como el muestrario debut En El Fin Del Mundo, Hasta El Fin Del Mundo (‘20), la recopilación Decálogo De Errores: Selección De 2007 A 2021 (‘21) de Esqueleto o
el EP que trajo de vuelta a LEM, Portonazos (‘20).
En diciembre último, Burotto publica Vórtice
vía el BandCamp de EMA. No se establece un marco de tiempo dentro del que se
han armado los cortes que vertebran el disco, aunque el sureño menciona los
hitos del estallido social chileno y la pandemia, así como el subsecuente confinamiento
-lo cual hace pensar en números más o menos recientes respecto de sus “apolíneos”
días. En cualquier caso, asoman las mismas claves de género que antaño
presidiesen el sino de Bios_.
Si Vórtice es una honesta declaración
de principios, lo primero que hay que decir es que el nervio de Bios_ reside en
la concentración casi absorta en el Sonido, a través de texturas dilatadas concebidas
gracias a una enredadera de herramientas digitales. Una artillería que ocasionalmente
crece alrededor de la guitarra (“AG4JZ”).
Y lo segundo que se debe mencionar, es que el
menú de Vórtice accede en contadas oportunidades a coludirse con la
síncopa, siendo ésta prescindible del todo. Me explico: por cuanto la mira de
Burotto se enfoca en una estética de la contemplación, cuando el Ritmo hace su
ingreso este enfoque no se resiente. En “Amanece”, por ejemplo, las
programaciones postulan un IDM descoyuntado en relación a su osamenta bpm. Ello
no sucede con el track epónimo de este álbum, cosido al beat desde el primer momento.
Sin embargo, si hicieses un ejercicio de abstracción y eliminases cualquier
rastro de programaciones, comprobarías que ambas pistas afectadas no se desplomarían,
adquiriendo de esta guisa un cariz distinto.
Son más representativos, ergo, canales como “Declive”,
el ya citado “AG4JZ” (ambos incorporan con generosidad sonidos acuosos) o el
postrer “Intro” -una suite eónica de más de un cuarto de hora que rememora,
como también lo hace “Declive”, ese post rock elusivo e infinito de leve saturación
de mediados de los 90s que tampoco se hacía dramas si tenía que asimilar la
electrónica. La del primer The Orb o del simpar Oval, en el caso de Bios_: “Racconto”,
“Lapso”, “Estación”...
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 22 de marzo del 2023.)
Aunque la siguiente no sea una opinión muy popular,
tampoco puede decirse que es tan minoritaria como para ignorarle: la ascendencia
de Gustavo Cerati parece haber crecido con el Tiempo entre grupos de y aficionados/as
al pop independiente en Latinoamérica, mientras que la de Soda Stereo ha disminuido
visiblemente. Sí, el nombre de la terna argentina pesa todavía más que la de su
frontman en los “guetos” a los que la (cobarde y medrosa) mass media de la
región ha confinado el pop contemporáneo, pero esos ínfimos espacios son los
que menos le interesan a los circuitos alternativos -y en ellos, la proporción
cambia ostensiblemente. Cualesquiera sean las razones aducidas -la de Soda
Stereo es una obra cerrada, Cerati Clarke produjo música hasta el accidente
cerebrovascular que lo postró, el guitarrista diversificó su propuesta sonora en
distintas direcciones y utilizando múltiples identidades-, la huella de Cerati está
mejor representada en el pop latino más de ocho años después del paro
respiratorio que le arrancó la vida.
Testimonio de este estado de cosas es el ofrecido
en diciembre por el site ZonaGirante, de los pocos esfuerzos off-mainstream en
jugársela por el género pop de calidad manufacturado en esta parte del mundo,
que organizase la compilación La Luz No Deja De Pulsar: Músicxs Latinxs Recordando A Cerati. Se trata, como indica el título, de un homenaje al
difunto ex cantante de SS; recurriendo tanto a su faceta solista como a algunos
proyectos en los que participara activamente. Ergo, la mira está puesta en el
patrimonio sónico que modeló Gustavo Adrián a solas, en su fundacional apertura
a otros lenguajes junto a Daniel Melero, en los réditos que él mismo capitalizó
de su conversión en esteta electrónico con Ocio (en comandita con Flavio Etcheto)
y con Plan V (al lado de los chilenos Guillermo Ugarte, Andrés Bucci y
Christian Powditch). Un tributo, en resumen, al Hombre Alado al que aún extraña
la Tierra.
Siempre digo que, para mí, el mejor exponente
del pop hecho en nuestro idioma es Caifanes. Soda Stereo, por otro lado, fue la
banda que estuvo en el lugar correcto a la hora correcta. Contó, pues, con esa
pizca de suerte que no tuvieron algunos coetáneos suyos; quienes pudieron
haberle reemplazado, de haberse favorecido de idénticas circunstancias. El
talento de Richard Coleman o de Federico Moura, en efecto, no era inferior al
de Gustavo Cerati: lo prueba la alta estofa de discos clave que firmasen con
sus respectivos combos, Fricción y Virus.
Por supuesto, ese juicio no quiere decir que no
me guste el legado ceratiano. Me parece, con sus altas y bajas, más atractivo
que el de Soda Stereo -que también disfruto, sin sobredimensionarlo. El finado
guitarrista fue, además, siempre honesto. Cuando revisas con detenimiento entrevistas
de época y la información de sus CDs, el bonaerense no esconde sus influencias:
ahí está “Te Llevo Para Que Me Lleves”, que reconoció como muy marcada por la
impronta de Stereolab. Ahí, también, el crédito de los sampleos usados en “Pulsar”,
en “¿Y Si El Humo Está En Foco?” o en “Raíz”. Claro, faltó el de “(Thorteval)”,
hidden track que sólo aparece en la edición argentina de Amor Amarillo (‘93)
y que se sirve de un fragmento del tema “Outlands” de The Orb (The Orb’s
Adventures Beyond The Ultraworld, ‘91). Pero no nos pongamos tan quisquillosos.
Si eres fan intransigente de SS, me imagino
la cara que has de estar poniendo al leer estos párrafos. Guerra avisada no
mata gente, no obstante. Más de una vez, he manifestado recelo respecto de
estas cuatro clases de fanáticos/as terminales: de The Beatles, de The Smiths, de
Charly García y de Soda Stereo. Con ellos/as, no se puede tener una discusión
en términos objetivos, ni siquiera levemente mesurados. Y si bien esa relación
podría engrosarse sumando a los/as termofans del limitado de Andrés Calamaro y
del inefablemente acartonado Enrique Bunbury, igual de obtusos/as, honestamente
no lo merecen -pues ni uno ni otro rozan la categoría de “paradigma absoluto”
que mal que bien sí es adjudicable a los artistas antes mencionados.
El recelo es distinto según quién, empero. Mientras parte de la animadversión
que siento por gente que idolatra a los Smiths y al bigote bicolor más famoso
de Argentina la han cosechado los propios autores -hace rato que el decrépito García
no sabe decir sino huevadas, ídem el gladiolo Steven Patrick-, la culpa es exclusivamente
de sus seguidores/as cuando hablamos de The Beatles y Soda Stereo. Ambas formaciones
tienen trabajos brillantes y obras maestras, pero las fanaticadas ponen los
ojos en blanco y escupen anatema tras anatema si uno/a no dobla la rodilla
-peor aún si osas criticar alguna de sus entregas.
La Luz No Deja De Pulsar... muestra evidente predilección
por referencias del repertorio primigenio de Cerati. Entre Amor Amarillo,
Bocanada (‘99) y Siempre Es Hoy (‘02), se cuentan 11 de las interpretaciones
recogidas en este esfuerzo colectivo. Las siete restantes se dividen entre Ahí
Vamos (‘06), Colores Santos (‘91) y Fuerza Natural (‘09),
último plástico en estudio que editó el gaucho. Participan aquí artistas provenientes
de Chile, Brasil, Venezuela, Colombia, Argentina, México, Estados Unidos y,
previsiblemente, Perú. Por nuestro país saca cara el dúo Silveria, que acomete
en clave de sofisticado pop electrónico una relectura de “Amo Dejarte Así”. Un
porcentaje significativo de las alineaciones involucradas elige camino similar -Federico
Kempff con “Deja Vu”, Chino Mansutti con “Hoy Ya No Soy Yo”, Mariana Montenegro
con “Crimen”, Mandale Mecha con “Beautiful” (aunque también le aplica un poco
de raggamuffin). Asimismo es significativo que, a excepción de Mandale Mecha,
todos los mencionados den lugar a desgloses bastante respetuosos de los modelos
originales, lo que les hace parecer covers antes que versiones en sentido
estricto. Una peculiaridad que se extiende a casi todo el registro del disco: ya
sea en clave de trip hop o de trip pop (Urdaneta y “Lisa”, Deer Mx y “Fantasma”,
Ságan y “Lago “En El Cielo”), o de pop/rock frontal y sin ambages (“Cosas Imposibles”
por Los Mentas, “Puente” por Maya Endo y Martín Lazo, “La Excepción” por Niño
Nuclear), la mayoría de colaboradores no ha sabido encontrar el punto medio
exacto entre el respeto por el original y la iconoclastia como rasgo genético
inherente a la música pop, y ha terminado por no arriesgar demasiado e inclinarse
por la reverencia de rigor.
Como era de esperarse, las sorpresas vienen del
lado de las versiones más extravagantes. Es el caso de “Tabú” y de “Pulsar”, a
cargo respectivamente de Maiguai y Tres Puñales, dos actos de lo que se conoce
como cumbia digital o global bass, pero que yo insisto en denominar electrónica
mestiza. También, del en-principio-no-tan-evidente estilizado reggae electrónico
con que Natural Killer Sound System rearma “Cactus”, y del híbrido entre
chanson, neoclasicismo y jazz que empuña Ana Barajas en “Verbo Carne”. En estas
reversiones, a las que se suma la ya mencionada “Beautiful” de Mandale Mecha,
radican los momentos más interesantes y arriesgados de La Luz No Deja De
Pulsar: Músicxs Latinxs Recordando A Cerati. El resto, pese a que no suena mal,
muestra una cautela de la que hablaría bien si la califico de prudente. Es
molestamente excesiva, en realidad.
Dos más y nos vamos, como se suele decir en
mi tierra. Me refiero a “Sudestada” de Grtsch y a “Raíz” de Nobara Hayakawa. El
primero parecía plantear una versión interesante con multitud de filtros y
borrando todo rastro de programaciones, pero al final el track se siente
huérfano, casi inane. No me queda claro qué se quiso hacer. En cuanto a la
segunda, colombiana de ascendencia nipona, se manda con de una de las pistas
más ninguneadas de Bocanada; que en realidad debe ser una de las mejores composiciones firmadas por el Gus (sampleo de Los Jaivas incluido). Desafortunadamente,
al decantarse por el lado bossa nova del original, lo hace reduciendo estándares
artísticos al mínimo. Todo lo que consigue es sonar a melodía de utilería -la
única auténtica decepción en un volumen que pudo atreverse a más, de no haberle
ganado tanta timidez. Esa misma que nunca tuvo Cerati para forzar las fronteras
del pop con certificado de garantía.