jueves, 19 de febrero de 2026

MIDI Time: Alone EP // Fe Baca: Gestos Remotos // Miguel Ángel Vidal: El Incendio // Lento Rodríguez: Simón Salguero EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 11 de febrero de 2026.)

LOS DISCOS PERUANOS DE 2025 QUE NO ALCANCÉ A RESEÑAR (III)

Génesis y primeros pasos de MIDI Time se hallan directamente vinculados a Miguel Ángel Elescano y a la discográfica independiente Dorog Records. Bajo el desactivado nom de guerre de DJ Locopro, el limeño liberó el 26 de junio del ‘20 un 45 rpm virtual acogiendo las piezas “70 Days” y “Melancolía”, a través de su propio BandCamp. Lo curioso es que cinco días antes y desde el BandCamp de Dorog, Elescano ya despachaba para descarga gratuita las mismas tomas, con el orden cambiado y empaquetadas tras el marbete MIDI Time. Poco después (septiembre), “Melancolía” era cedida al panorámico Premoniciones (misma escudería).

MIDI Time es un dueto. El otro integrante aparece debidamente acreditado desde ese auroral lanzamiento: Víctor Chang a.k.a. Vrianch. Para “Melancolía” se invitó al vocalista Rob Avatar (del desaparecido alias electrónico Avatar), quien nunca pasó a formar parte estable del proyecto. Así, pues, la mancuerna permaneció ajena a la publicación de nuevo material por espacio de un lustro. Convertido en algo casi anecdótico el synth pop de irrigación techno que sus dos únicas pistas difundidas permitían apreciar, la dupla reaparece en el ‘25 con otra referencia de minutaje recortado, supongo que por el tiempo y esfuerzos que dedican a sus respectivos quehaceres.

En el extended, el binomio no se afana mucho por/no ha tenido mayor oportunidad para ensanchar dominio y rango mostrados hace media década atrás. “And The Earth Was Empty” posee secuencia y florituras que me hacen pensar en el trance de los 90s, sólo que sin el extra del hipnotismo rave ni el del exótico imaginario hindú. Empero, le alcanza para abrazar el puro hedonismo discotequero, mientras el zumbido que corre soterrado vibra cual máquina emisora de partículas atómicas en ebullición.

La conversión de registro que conlleva “Digital Car” es cuando menos desconcertante. Si bien la imagen de una suerte de synth experimental que recicla el patrón rítmico del trip hop es aceptable, no agota las posibilidades timbrales aupadas por el contraste. La melodía puede acusar cierta saturación, por ejemplo, debido al ruido binario scratcheado con que el tándem pausadamente le decora. Y “Alone” es otro corte de mangas con que desplazar coordenadas hacia un vacilante maridaje de house y techno, vacilante en cuanto a mixtura, no en cuanto a la firmeza de su pulso. Su medio ambiente es el mismo de “And The Earth...”: dancefloors sobre los que se mueve gracias a la marcha infatigable de un bajo artificial, al sonido de extrañas sirenas en diminuendo, sin preocuparse por esa sección de minimal ambient abstracto que emerge al promediar los dos minutos y medio.

Complicado escoger un tema que represente tanto a Alone EP como a la fecunda versatilidad de Chang (Dr. Crack) y Elescano (Lima Centro Project, Lutero, Un Día En Venus, Teiza Raizi, Maria Reiche).

Pese a servir el vocablo “consolidación”, “evolución” es uno que se acomoda mejor para ilustrar lo que Gestos Remotos le ha reportado a María Fe Baca en relación a su primerísimo Todo Está En Tus Pies (‘23). Actualmente con 27 febreros a cuestas, la también traductora ya había concretado estadías en la Unión Americana, Berlín y Buenos Aires antes de su debut en largo; lugares donde se fogueó al calor del jazz, del canto elegíaco, del afrobeat (¡¡¡!!!) y de las artes escénicas. Noviembre último fue el mes escogido para el reentré, que le/nos ha significado tremendo y satisfactorio paso hacia adelante.

Todo Está... era la consecución lógica de una mezcla entre formas delicadas que la electrónica burilaba vía sintes y programaciones, el jazz arrellanado en vecindades soul, y el lirismo de unas vocales preciosas/resplandecientes. Para Gestos Remotos, la aleación entra en modo centrífuga y lo que surge es el aplomado magma uniforme en que se han fundido esos componentes otrora más o menos discernibles. La apariencia de pop barroco que los medios han subrayado proviene de allí en parte. En parte, también del uso de efectos de sonido como los que proveen las gotas o el trueno, y de algunos instrumentos poco convencionales en estas lides -timbales, piano, acaso güiros.

El output de GR rara vez se revela solemne, como en “Tabú”. Ídem la saturación, que por momentos padece “Círculo”, discordando con la limpidez habitual de la rodaja. La norma dicta que la morfología de este viaje se incline constantemente hacia el pop lleno de esa luminancia áurea que aporta la voz de Baca. Se trata de una modulación educada, generosa en fulgores, cultivada, presta y de aliento feérico; cualidades que permiten a la joven cantautora alcanzar notas elevadas sin sobresaltos. Así se comprueba en canciones como “Magic” (de letra en inglés), “Maus” (de letra en alemán) y sobre todo “Nocturna”.

A despecho de la brillosa musicalidad, esta colección de ocho números rebosa de relatos intimistas. El combustible es bombeado desde la vida cotidiana de Maria Fe: procesos internos que nacen de su alma, interacciones con el mundo que le rodea, síntesis dialéctico-emocionales que elabora su mente tras el encontronazo de exterior e interior. Aunque no siempre sea así (el fugaz y diáfano instrumental “Bliss”), no por nada otro punto de apoyo para la esmerada construcción del álbum es su narrativa, que incurre en figuras paradojales como “Muy Lejos/Te Siento Cerca” o simbólico-iterativas como la estrofa que abre y cierra “Serpiente”.

Gema de apenas media hora de duración, Gestos Remotos es una micro-constelación de atmósferas emotivas y de eventos celestes harto poéticos. Puedes escucharle en multiplicidad de ocasiones sin cansarte, acunado/a por el pop y la experimentación fluida exenta de aridez. Gestiona en físico A Tutiplén.

Aunque faltan poco menos de diez meses para que cumpla tres decenios, desde hace mucho ya puede afirmarse que Los Días Y Las Sombras (diciembre del ‘96) no sólo reimpulsó la carrera de Voz Propia, sino que además determinó la trayectoria que seguiría en adelante la legendaria banda liderada hasta la fecha por Miguel Ángel Vidal. Un curso de acción en el que el background post punk y dark rock del combo fue extrapolado a territorios pop de los cuales nunca más se apartó, lo que entonces le redituara en grado suma cum laude una exquisitez para la composición no precisamente abundante bajo estos cielos.

Casi cuatro décadas después de la puesta de largo de VP (El Ingreso, ‘87), Vidal decide estrenarse como solista a través de un disco que sigue la línea dibujada por el acto vozpropiano precisamente a partir del ‘96. Hasta donde tengo entendido, no cuenta El Incendio con edición física, habiendo sido difundido por Miguel Ángel esencialmente usando redes sociales y plataformas online. Asimismo, es él quien se ha encargado de tocar guitarras, bajo y teclados; exceptuando la eléctrica en “More” y el piano en “Meteorito”, ambos en manos de Ramón Escalante. La batería, por otro lado, ha sido cosa de Dante Puemape y sobre todo de Mijail Bejarano.

Una pregunta que seguro has de estarte haciendo es “¿cuánto consigue zafarse El Incendio de la estela de Voz Propia?”. EI se reconoce en el modelo de Los Días Y Las Sombras y siguientes. Es una aserción correcta grosso modo, pero es imperioso matizar, porque tampoco se trata de un copia-y-pega. La osamenta es inequívocamente ochentera, con múltiples accesos al pop de esas épocas. Sin embargo, varias de sus vértebras vibran en jubilosos tempos de 3/4, copadas de una vitalidad que no siempre ha campeado en capítulos como Hamlet (‘03) o The Game Is Over (‘11). Cierto, a veces Vidal hace una de más, como las trompetas sintetizadas de “People Right”. Así y todo, esa fuerza logra conducirse por los canales adecuados: “El Incendio” (roza levemente el modern rock noventero), “Mister Crack” (de inspiración Modern English), o el díptico “El Meteorito”-“La Jaula”.

Otra cosa en la que el repertorio se desentiende de la versión Voz Propia ‘96 es en algunas de las líricas. Con el tiempo, el buen Miguel Ángel ha ido atenuando la labia respecto de la flamígera primera etapa vozpropiana, que se da entre 1987 y 1993. En El Incendio le he vuelto a escuchar un par de veces llamando la atención sobre situaciones o coyunturas críticas -la apertura “Gaza” debe ser la primera canción en que un artista peruano se manifiesta abiertamente sobre la masacre del pueblo palestino (con perdón de Fukuyama y su “Palestina”), “People Right” no merece más explicación con ese título-, si bien la pluma no va al choque frontal. Me hubiera gustado oírle así en más episodios.

El contrapeso de la vitalidad subrayada hace algunos bytes es proporcionado por cierta gravidez que se encarna en algunos rounds. Había mencionado anteriormente un díptico. Aquí cabe mencionar otro, el de “More”-“Una Plegaria” (en este último no sé si hay genuino interés religioso o sólo ironía), así como “Blue”, de pulsión percusiva distinta y ultimado por unos teclados en plan casi Hi-NRG. Pongo énfasis en el hecho de no llegar ninguno de ellos a la agobiante oscuridad ni a la aporética desesperanza que antaño eran moneda común en el primigenio sonido vozpropiano, digresión que en última instancia no desentona dentro del contexto de un estreno de resultados mesurados -de regular para arriba. Porque seguramente la otra pregunta que ya estabas haciéndote era “¿qué tan bueno es?”.

Puntos extras por la portada, sampleada/rediseñada del original de la Editorial Estatal de Leningrado. La tipografía cirílica siempre sacará ronchas a las parcialidades fachoderechistas, que hoy se reproducen como lo que son -alimañas rastreras- en todo el mundo.

Fresco aún perdura el recuerdo más que agradable dejado por New New Wave (‘24), estreno de Lento Rodríguez. Embelesado como estaba por su hechizo, no supe que había eyectado en el ‘25 un nuevo trabajo sino hasta los primeros días de este año. No uno largo esta vez, sino de corto kilometraje. Lo siento más cerca de ser un mini-álbum, aunque ha sido la propia agrupación la que le ha presentado como Simón Salguero EP. Sintomático que haya sido tomado el nombre de una calle a caballo entre los distritos limeños de Surco y Miraflores, toda vez que New New Wave recibió los toques finales estando su fundador Gustavo Rizo-Patrón afincado en Nueva York.

Simón Salguero EP refrenda el estilo que el quinteto profesa. Pop exquisito de florilegio indie, comedido y moderado, ponderado y juicioso. Inmune a los excesos de sus pares mainstream. Verdad que la colorida apertura que supone “Noche De Enero”, al límite del indie español de comienzos de siglo, parecería contradecir esta afirmación. Por fortuna, los siguientes cortes corrigen la sensación, que me asaltó fugazmente, de haberme equivocado de CD. Guitarras de gracilidad encomiable (incluso cuando condescienden al punteo), un bajo que prácticamente no está allí, teclados que se me apetecen seda sobre piel exfoliada, baquetas de frugal sobriedad.

No sólo esas características hermanan a “Dominante Disminuido”, “Después De Colapsar” y “Sal De Mí”. La complexión pop de Lento Rodríguez es el catalizador idóneo para unas letras que son nostalgia, lamentación, y a veces nostalgia disfrazada de lamentación. De hecho, este último es el formato que más se repite (“Dominante...”, “Después De...”). Dueña del centro del escenario tras la largada, la voz de Susana Fátima interpreta estas historias con matices que van de la amargura al pesar y viceversa. Su performance no sólo te aproxima a cada línea que entona, sino que hace que te la creas. Difícil, así, no sentirse tocado/a.

Completan el extended “Para No Chocarnos” y “L’Air De Bourgeoise”. El primero debe ser el único asalto editado hasta ahora por la banda que abandona el pop en favor de un rock contundente y dinámico, lo que inevitablemente produce una fractura en la ruta de Simón Salguero. Casi como si el dial se hubiera movido bruscamente, dura poco. Cantada en francés, “L’Air De Bourgeoise” retoma el registro de medio tiempo en el que se desenvuelve tan bien Lento Rodríguez. Quizá por esa vuelta a sus cauces naturales, en este epílogo la nostalgia -si la hubiera- no asoma dirigida a una memoria en particular. De cualquier modo, “Para No Chocarnos” resiste con entereza la tentación de la afectación, de la aparatosidad, del efectismo.

La elección del nombre “Simón Salguero” indica, sin ápice de dudas, una poderosa conexión con remembranzas de un tiempo ya desvanecido; que probablemente se erige como el principal factor vivencial al momento de verter y repujar las agitadas sensibilidades talladas en las introspectivas creaciones de Lento Rodríguez. Alguien ha aludido a una “geografía del recuerdo”, inmortalizada por el quinteto en esta media docena de surcos. Muy de acuerdo.

Hákim de Merv

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