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miércoles, 20 de agosto de 2025

Panchiko: Ginkgo

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 13 de agosto de 2025.)

Más que singular la historia que le ha tocado vivir a Panchiko. Nucleado en Nottingham hacia 1997, el cuarteto llegó demasiado tarde a la resaca que afrontó el primer shoegazing, hibridando éste e indie rock merced a dos títulos de índole promocional que no causaron mayor revuelo en aquellos días: D>E>A>T>H>M>E>T>A>L EP (‘00) y Kicking Cars EP (‘01). Muy poco después de la aparición de este último, el grupo se disolvió sin pena ni gloria. Ése parecía ser su sino definitivo hasta el ‘16, año en que un usuario del site de foros 4Chan colgó el primer extended. La fuente era un CD de época que se había degradado, lo que le dio accidentalmente al upload esa textura entre scratcheada y zumbante -como si los micrófonos hubieran sido filtrados por un ventilador de pie.

Lejos de hacerse repelente, el peculiar sonido “intervenido” de Panchiko entusiasmó a las comunidades online, que avocáronse a la tarea de rastrear a los exintegrantes de la banda. De la formación original, dieron con todos excepto con el batero, de quien sólo se sabe el nombre de pila (John): Andy Wright (guitarra, teclado), Owain Davies (guitarra, voz) y Shaun Ferreday (bajista). Resucitada por aclamación popular, la terna reeditó D>E>A>T>H>M>E>T>A>L en versión extendida (‘20), añadiendo tres cortes inéditos de las sesiones del segundo EP e incluyendo como “agradecimiento”/a modo de epílogo los cuatro temas deteriorados por el Tiempo. Luego, Panchiko retoma la escritura de su crónica allí donde la dejara hace cinco lustros, reclutando al guitarrista Rob Harris y al baterista John Schofield.

Ginkgo sucede a la compilación de demos Ferric Oxide (‘20) y al reentré oficial del ahora quinteto Failed At Math(s) (‘23). Si con éste había  quedado  claro  que Panchiko  seguía  empeñándose  en  la  metamorfosis  que  lleva  del  shoegazing al  indie  rock -desarrollo que por lo demás se produjese masiva y naturalmente durante la segunda mitad de los 90s, vg. Slowdive y Mojave 3-, Ginkgo representa la culminación de este proceso tan relegado en el Tiempo. Las cualidades que reconfirmase el acto británico en Failed..., aditando una nueva guitarra y cambiando la teba, aquí ya son tomadas con la tranquilidad de estarse orientando de lleno al formato indie. Aclaro: indie del nuevo siglo y que desciende del baggy. Así principian, de hecho, “Florida” y “Ginkgo”: pop sofisticado, senescente y agridulce; que destella apagados brillos mate de ascesis ethereal noise.

La crítica especializada ha acusado falta de aire en el segmento final del disco, concretamente a partir de “Subtitles”. Más que reiteración, lo que noto es que la alineación incorpora una cubierta muy fina de baja fidelidad. Quizá sea esa película, sumada a composiciones que al pisar el acelerador a lo más que llegan es al medio tiempo con ínfulas de balada, la responsable de juicio tan severo. Un poco exagerado, para mi gusto. Ginkgo no tiene ninguna obligación de ser Failed At Math(s), porque para ello ya existe esa placa. Con ella, refrendó Panchiko ante medio mundo la vigencia de sus capacidades. Ahora es tiempo de echarse a la cama después de haber criado fama. ¿Para qué desesperarse, entonces?

Melodías envueltas en colores semicálidos, que tan pronto se desarman para aproximarse al pop marca Shelflife (“Honeycomb”, “Mac’s Omelette”) como recuperan ramalazos de distorsión para reverdecer sus días más ruidosos (“Chapel Of Salt”). A veces, ambas jugadas al unísono (“Vinegar”). Evoluciones ataviadas de rock pedestre con que soliviantar apenas el timing enfáticamente melancólico de Ginkgo (“Lifestyle Trainers”, “Shelled And Cooked”), sin abandonar nunca el toldo de que provee un sangriento crepúsculo. Voces ahogadas por la emoción, (mal)contenida a la prepo en letras como “I’ve Been The Break, I’ve Been The Cause/An Excuse We All Implore/I’ve Been The Rise, I’ve Been The Fall/You Can Go, But I Want More” (“Rise & Fall”).

Ginkgo tiene toda la pinta de un álbum inacabado adrede, sin la más leve pretensión de mostrarse como lo que no es. Difícil que sus números peguen lo suficiente como para recordárseles por separado, cosa que no sucede con la imagen grosso modo del largo. No se me ocurre alguna estrategia, de producción o de mezcla, que pudiera modificar ¿exitosamente? esta impresión; pero si acaso el cuarto opus de Panchiko quedaba mejor abortando la participación del rapero usamericano Billy Woods -Super Chron Flight Brothers, The Reavers, Armand Hammer- en “Shandy In The Graveyard”. ¡Qué manera de malograr el potencial de esa canción!

Hákim de Merv

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Seefeel: Everything Squared // Ger Espacial + A:M:W · Viaje Espacial // The Cure: Songs Of A Lost World

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 27 de noviembre de 2024.)

Anunciada la salida de un nuevo opus de Seefeel (30/8), nadie pareció alimentar ingenuas expectativas sobre si el célebre acto conseguiría rubricar una reinvención acorde con su background. Los días de gloria ya habían quedado muy atrás, y ni el epónimo regreso del ‘10 ni el ¿single? del ‘21 -al alimón con KMRU- fueron capaces de la proeza. Tampoco existía la obligación de, aunque tal vez sí el compromiso de ofrecer un puñado de canciones que refinase la brillante fórmula aplicada en Quique (‘93) y metamorfoseada en Succour (‘95).

La prudencia quedó justificada tras escuchar Everything Squared, que al menos oficialmente no figura como EP. El vinilo se queda a poco de rebasar la barrera de la media hora, duración que para compañeros de viaje como Autechre sería insuficiente a fin de considerarle álbum regular, y los capítulos que le vertebran apenas alcanzan la media docena. Pese a ello, ES se afana en sostener la calificación estándar de la agrupación, revisitando las mayores virtudes de ésta al proponer permutaciones interesantes del output que le identifica. Y lo consigue. Quizá de ahí la abstención de añadir el calificativo “extended play”.

Nada más comenzar a desgranarse “Sky Hooks”, el cúmulo de evidencias que avala esa opinión dispara las gráficas. El bruñido aislacionismo hibridado del primer post rock y de la vanguardia electrónica de los aurorales 90s brota embebido en un embriagador flujo de dosificadamente silencioso misterio, aludiendo a la vez a (Ch-Vox) (‘96) y a los maxis de la era Too Pure. Erosionado por la belleza armónica (“Antiskeptic”), rítmico y melodioso (“Multifolds”), arrullado por las voces estranguladas de Sarah Peacock (“Lose The Minus”); el sonido Seefeel se muerde la cola en nuevo intento por reverdecer laureles. Aunque el objetivo ulterior no es satisfecho, la performada simbiosis de visos cristalinos/hipnóticos/dionisíacos obtiene el aprobado con creces.

Hacia el final, la asociación pone el ojo en el tribalismo escuezante de Succour. Atiborrados de acompasadas atmósferas de aspereza ambient, “Hooked Paw” y “End Of Here” son los mejores números de la rodaja, picando hasta caer cerca de los altos registros de abstracción metasónica exhibidos treinta años atrás. Sobre todo “End...”, que culmina echando mano no sé si de cornos digitales o de auténticos elefantes barritando sin cesar. Everything Squared gana así una mención honrosa de la que su predecesor no puede jactarse -ser jornada heredera de los mayores descubrimientos de Seefeel.

El único inconveniente es que esa misma jornada la firma Seefeel -que ha sufrido la baja de Kazuhisa Iida, quedando reducido a trío: los históricos Sarah Peacock y Mark Clifford, acompañados desde el ‘21 por el japonés Shigeru Ishihara.

Amo:Mi:Walkman, Windsurf Holograma, Remis Espacial. Entidades todas pertenecientes a las nuevas camadas de músicos independientes surgidas en Argentina, traspuesto el umbral del segundo decenio del siglo XXI. Aún está por verse si sus pares comparten con ellas la política de un ADN abierto/osmótico, sobre todo en lo que concierne a las dos últimas, si bien la respuesta asoma afirmativa. Otrosí, hay un par de instancias adicionales en que coinciden estos tres nombres: el lugar de residencia (la localidad de Muñiz, en Buenos Aires) y la colaboración de dos de sus militantes en el plástico Vida Espacial.

De Remis Espacial y Windsurf Holograma (que entiendo todavía se halla en activo), Germán Magnaghi es quien se encarga de sintes y secuencias, amén de la guitarra y la voz. Del unipersonal electro Amo:Mi:Walkman, Pablo Morán se ocupa del percutado mástil de cuatro cuerdas, e igualmente de la guitarra. Vida Espacial, acreditado a Ger Espacial + A:M:W, aprovecha la experiencia de ambos artistas en gamas como el dream pop imbuido de Baja Fidelidad, el indie amateur presto a jugar con tecnología casera, el avant pop, la experimentación psico-iterativa. Su metodología intuitiva y su brevedad han concitado en torno a este debut, lanzado a fines de septiembre, cierto interés en los dominios de la escena alternativa gaucha.

Aunque puede parecer confusa la suma y/o interacción de estos códigos, el resultado se acomoda gracias a la actitud lúcida, lúdica y naif que ha sintonizado el tándem Morán-Magnaghi. Vida Espacial es un sucinto compendio de estados de ánimo casi-por-completo sincronizados a las vetas artísticas que atraviesa. La vocación exploratoria se patentiza en el modo cómo se trastea con programaciones y sintetizadores, efectos y filtros -me recuerda un poco la fresca dinámica del unigénito epónimo de Electro-Z, más allá de lo cual no cabe establecer otra comparación. “Sinceridad Invisible”, por ejemplo, pinta como grabada a bordo de una nave espacial de utilería. Otro tanto podría asegurarse de “Estacionado” o esa delicia que es “Una Flor”, lo que además de avalar la inclinación inquisitiva hacia las herramientas digitales de hoy, permite apreciar las inequívocas raíces indies del CD.

Por supuesto, el rock a secas no está excluido. No obstante, sí he de admitir que no cuenta con mucho espacio -por aquí “Sensación”, por allá el hidden track “Eterno”. En todo caso, un dream pop harto tamizado trashuma estos canales lo mismo que otros de hálito minimal pero de bullente inventiva: “Más Y Más”, “Amor, Llévame” (más no fi que lo fi, en realidad), “Pasó El Tiempo”, “Simple”... Un largo de calidez y de proximidad con el/la oyente, como pocos que de entre las nuevas hornadas han florecido en este 2024 que ya se va. Parejo en su cotidianeidad y emotivo en su cercanía.

Sólo la relectura de Charly García me ha dejado algo perplejo. La deconstrucción de “Demoliendo Hoteles” practicada por Magnaghi y Morán cumplimenta el cometido de desmarcarse radicalmente del original, pero el reacomodo de la letra a la nueva melodía termina desorientando al más hincha. Y eso que, del bigote bicolor, nunca lo he sido.

La primera certeza que nace en mi mente tras escuchar muchas veces Songs Of A Lost World es que éste es/será el último trabajo de The Cure. El primero en 16 años, luego de dos entregas asaz discretas (The Cure en el ‘04 y 4:13 Dream en el ‘08), lo nuevo de La Cura cobija diversos humores -el de la reivindicación, el del propósito de enmienda, el de esa “tercera madurez” desde la que lo único que necesitas es despedirte dando todo lo que queda de ti, sin guardar más para el resto del camino. El de quien pone orden en la propia casa, de la mejor manera posible, antes de marcharse definitivamente.

¿Cómo podrían entenderse de otra manera líricas como “This Is The End Of Every Song That We Sing” (la primera línea de “Alone”), “I Lose My Reason Whеn I Fall Through The Door/Endless Black Night Lost In Looking For More/At Least I Know Now How I Lose It Before/One Last Shot At Happiness?” (la estrofa postrer de “Drone: Nodrone”), “It's All Gone, It's All Gone/Nothing Left Of All I Loved/It All Feels Wrong/It's All Gone, It's All Gone, It's All Gone/No Hopes, No Dreams, No World/No, I Don't Belong/I Don't Belong Here Anymore” (parte del coro de “Endsong”)? ¿Cómo interpretar en otro sentido la evidente denominación del acetato? Para cualquier persona nacida antes del cambio de siglo, en más de un modo éste no es el mundo al que vinimos. Las transformaciones se producen demasiado rápido, muchas veces desconcertantemente. En ese contexto, un 33 como el que acaba de publicar The Cure suena en efecto a procedente de un mundo que ya no existe, que se perdió (¡la portada reproduce parte de una escultura reducida a cascajo, por todos los cielos!). SOALW reposa incluso en sus canciones más rockeras (“Drone: Nodrone”, “A Fragile Thing”). Maneja intros que rozan lo interminable, lo infinito. Atesora la majestuosidad imperturbable, el resuello crepuscular, la senescencia elegíaca, la melancolía del adiós (que esta vez sí parece conclusivo). Refuerza la idea el saber que se trata de composiciones que Robert Smith ha ido armando desde hace muchos años -cinco de las cuales, registradas en directo el año pasado, son añadidas como bonus tracks a la versión digital de Songs...

Más allá de eventuales divergencias en el criterio valorativo, la abrumadora cantidad de reseñas ha traído a colación la imponente estela de Disintegration (‘89), señalando que Songs Of A Lost World es el mejor disco de The Cure desde Bloodflowers (‘00), el único otro gran título que ha firmado el legendario grupo británico durante la presente centuria. La referencia es parcialmente correcta: por cuanto Disintegration fue la piedra de toque que ha fijado para siempre esencia y talante de Cure, siendo la proximidad o lejanía de posteriores álbums respecto suyo lo que les avala o descalifica, es claro que Songs... evoca los reflejos del doble del ’89. Pero lo es más que en sus surcos resplandece con mayor fuerza la impronta de Bloodflowers. Si en Disintegration se contrae Smith sobre sí mismo, y cosecha las virtudes señeras del periodo “oscuro” de la banda insuflándolas de sensibilidad pop, en Bloodflowers consigue replicar la faena cambiando de circunstancias, leguaje y dimensiones. Si Bloodflowers es una vivificante transustanciación de Disintegration, Songs... lo es asimismo del LP del ‘00.

(Esto aparte, nadie ha subrayado el ascendiente de cortes como “A Fragile Thing” o “All I Ever Am”, que sutilmente se remonta a los tiempos de The Head On The Door (‘85). El detalle es importante, ya que The Head... inicia la etapa clásica más pop de La Cura, precisamente honrando sus fundaciones dark -algo que luego ensayaría y potenciaría Disintegration, rodeado de fasto y esplendor.)

Songs Of A Lost World no es sólo otra urgente variación azarosa de Disintegration o de Bloodflowers, empero. Este último ayudó a los súbditos de la Rubia Albión a ingresar con buen pie en el nuevo milenio, aupado por el uso de la tecnología que se convirtió en viral hasta en el mundillo del pop mainstream, sin renunciar a la esencia que de Cure codificase Disintegration. Songs... se decide por procedimientos cuasi orquestales. Rara vez el piano deja de estar presente a lo largo de sus casi 50 minutos. Otro tanto se puede decir del acordeón (“Warsong”), de las cuerdas... Todo ello, en funciones complementarias a las del grupo, conformado actualmente por Simon Gallup (bajo), Roger O'Donnell (teclados), Perry Bamonte (guitarra y teclados), Jason Cooper (batería), Reeves Gabrels (guitarra) y Robert Smith (guitarra y voz). La ejecución de cada track se aprecia tanto mejor en la Deluxe Edition, que circula con un segundo compacto enlistando las correspondientes versiones instrumentales.

¿Es entonces Songs Of A Lost World una nueva obra maestra de The Cure, a poco de arribar al medio siglo de existencia (lo hará en 2028)? Conjeturo que sería equivocado pensar en esos términos. Podría ser, pero The Cure no necesita de una “nueva obra maestra” que añadir a las ya consignadas en su palmarés. Lo que necesitaba -y ha hecho- es alzar la voz y los puños gritando “¡Todavía estoy aquí!”, con un “Mad Bob” superlativo a quien los lustros no le han apagado/alterado la voz. Ese tremendo testimonio, que representa a una vieja escuela que se niega a desaparecer sin llamar al orden a la muchachada que ha crecido obliterada por el mito del Fin de la Historia, imparte de paso una lección al basurero en que se ha convertido el pop contemporáneo -hábitat de monetizados exhumadores/recicladores de décadas anteriores, de trapperos, de indietontolones.

Como se ha dicho antes un par de veces, a todo gran campeón le queda siempre una última pelea en su interior, no importa lo añoso que esté. De corazón, espero que sea éste el caso de Robert Smith y collera, pues han arriesgado en este esfuerzo volúmenes fantásticos de integridad, sinceridad, ética -y quién sabe si serán capaces de volverlo a hacer. Ocurre con los verdaderamente grandes, y The Cure tiempo hace que es uno de ellos. Como también se ha dicho ya de otros pocos de sus colegas de armas en el discurrir de la Historia, “nosotros les debemos todo, y ellos no nos deben nada”.

Ya no.

Hákim de Merv

miércoles, 20 de septiembre de 2023

A Certain Ratio: 1982 // Slowdive: Everything Is Alive

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 13 de septiembre del 2023.)

Me toca admitir, antes que nada, que lo último que esperaba testimoniar al despuntarse esta década es el retorno en regla de A Certain Ratio. Formado en 1977 por Peter Terrell (segunda voz y guitarra) y Simon Topping (vocalista principal), habían trascurrido 12 años desde el último de sus esfuerzos (Mind Made Up, ‘08), y el doble desde el penúltimo (Change The Station, ‘96). Era el de este combo, pues, un nombre cuyo lugar permanecía anclado en el pasado.

Con justicia, por supuesto. Su primera incursión, The Graveyard And The Ballroom (‘80), dio mucho de qué hablar en esas aurorales eras posteriores al punk: la consistencia tridimensional de su música, la inmisericorde punción de las cortantes guitarras, la gravedad festiva del bajo, la tornasolada opacidad de los teclados... Originarios de Manchester como Joy Division, e inscritos también en el padrón de Factory Records, el documento antedicho y el subsiguiente To Each... (‘81) habrían tenido mayores ascendencia y difusión, si no hubieran mediado dos circunstancias. Una fue el suicidio del frontman de los Division, el frágil Ian Curtis, que confirió a cantante y compañeros instantáneo-y-merecido status de culto. El otro hecho fue la considerable pérdida de orientación que estragó a los dirigidos por Topping y Terrell a partir de Sextet (‘82). En adelante, no andarían sino a los tumbos...

Hasta el ‘20, cuando deciden regresar con todas las de la ley, si bien prescindiendo de sus fundadores. Del sexteto que debutase en el ‘80, sobreviven el bajista/vocalista Jez Kerr, el guitarrista/trompetista Martin Moscrop y el batero Donald Johnson. El hoy septeto, que completan Tony Quigley (saxo), Viv Griffin (bajo), Ellen Beth Abdi (flauta) y Matt Steele (teclados); reaparece hace tres almanaques gracias a ACR Loco, trabajo que le ha provisto de harta tela por tijeretear, remodelada en un compendio de remixes (‘21) y en otro live (‘22).

Con carátula de inequívoca referencia a los videocassettes en blanco para betamax y/o VHS, y título más que revelador, 1982 plantea una recuperación del tiempo perdido apuntando directamente al año en que A Certain Ratio extraviase el sendero. Aunque Sextet forzó la irrupción de latinismos y de pretensiones seudo-arty como fallida coartada para ahondar en la filiación funk que el grupo siempre había profesado, la idea no era del todo mala. La nueva aventura permite esa convivencia entre la tropicalia sabrosona y el jazz mutante a lo Herbie Hancock, y la tensión urbana/incendiaria creatividad que experimentase el after punk del ‘78 al ‘84. El extraño concubinato encarna desde las primeras notas de “Samo”, bañadas por un dub reluctante que pinta extractado de las teorías del Cuarto Mundo enunciadas por Eno -hay que recordar que el propio alias de ACR es repescado de la letra de “The True Wheel”, que el Prócer del Ambient posiciona en Taking Tiger Mountain (By Strategy) (‘74).

Concedo que tal vez “Ballad Of ACR”, con su insospechado intro meloso que prontamente colapsa ante el surgimiento de espirituosas líneas jazzy, no es el mejor cierre para un esférico de veras sorprendente. Es, si se quiere, la única objeción que oponer a un puñado de canciones que refina la mixtura hasta niveles de desprejuiciado eclecticismo (“Constant Curve”), que no afloja si se trata de entrarle al lounge (“Tombo In M3”), que puede estilizarse (“Tier 3”) o prenderse (“Afro Dizzy”) a voluntad. Que, también, sabe retrotraerse a los días en que New York fue una zona liberada, hábitat de locos/as desopilantes (el lado cool de A Certain Ratio le debe mucho a Talking Heads, como atestigua “A Trip In Hulme”) y de marcianos/as sandungueros/as (Liquid Liquid en “1982”), iluminados/as todos/as por una penumbra rebosante de seducción groovy.

Entonces, si el tiempo vuelve a empezar y todo camino está por recorrer, ¿por qué no?

Incluso cuando ha alcanzado el Cielo, se ha desintegrado casi a renglón seguido y vuelto a juntar tras casi dos décadas, el segundo paso en la nueva vida de una banda es materia complicada. Aunque quizá sea más fácil para las consagradas en el plano internacional, tampoco lo es demasiado. Mucho más sencillo es comenzar a publicar tras la reunión, que apuntalar ese segundo debut con un sucesor que aplome y concorde.

Le ha costado media docena de años a Slowdive dar luz verde a un larga duración tras el epónimo reentré del ‘17. La pandemia del COVID-19 trastocó las previsiones iniciales de empezar a grabar en abril del ‘20, retrasándose el proceso cinco meses. No mucho después, Rachel Goswell -voz, teclados, pandereta- perdería a su madre, y luego acontecería otro tanto con el padre de Simon Scott (batería). Estas pérdidas, que en el caso de la vocalista le empujó al alcoholismo, ralentizaron el desarrollo de la nueva placa; al punto de tomarle dos años y muchos meses ganar forma definitiva en grabación y producción.

Mas a diferencia de lo acaecido con el resplandeciente estreno de Arcade Fire (Funeral, ‘04), gestado bajo coyuntura similar, el quinto álbum en la carrera de los de Reading ha sublimado de manera diametralmente opuesta las luctuosas experiencias. Y acaso no sea ése el único tamiz a considerar. Editado por Dead Oceans, no puede afirmarse de Everything Is Alive que equipare en niveles más o menos esperables las cotas shoegazing que aún podían advertirse en su anterior rodaja. Existen elementos que vinculan a la agrupación al noise etéreo que ella misma contribuyese a forjar durante la primavera supersónica de los primeros 90s (el hercúleo farallón distorsivo de “Shanty”), sí, pero actualmente palpitan junto a otros sonidos que los ingleses han decidido asimilar -consciente o instintivamente.

Abre EIA el sintetizador modular de la alegada “Shanty”, melodía originalmente pensada para un LP en solitario de Neal Halstead (el último de los cuales, Palindrome Hunches, data del ‘12). La argucia no dura mucho, y luego nos enfrentamos a un canal ruidoso y oscuro a partes iguales. Tal es el sino que seguirá casi hasta el final Everything Is Alive: a veces atestado de melancolía, a veces multiplicándose en dilatados segmentos instrumentales que invitan a ser escuchados durante interminables ocasos invernales, a veces proponiendo luengas caminatas de agradable agotamiento... La oscuridad aludida, no obstante, no se traduce en monotonía. Aunque las eléctricas de Halstead y Chris Savill prefieran hoy explorar oquedades, detalle que valida parangonar el nuevo episodio a Pygmalion (‘95, comparación no del todo desacertada), estas cavidades son maravillosamente traslúcidas -pobladas de formaciones coralinas que brillan en la negrura circundante, y que semejan constelaciones alcanzables por ahora sólo con la imaginación. O con el arte.

La nebulosa turbiedad de Everything... es consecuencia de la apertura a otros matices, como decía hace un rato. ¿Es la afluencia de éstos la que le da su peculiar coloración al CD? Esa pregunta sólo puede contestarla el quinteto. Pero es claro que tanto Neil como Rachel han bajado al menos un tercio de octava frente a los micrófonos, acompañando así con más propiedad el incesante accionar tanto de los teclados que ellos mismos manipulan como el del sobrio e incansable bateo de Scott, coprotagonista en las ocho renovadoras composiciones del repertorio de los británicos. También es claro que, estilísticamente, Slowdive no sólo se ha separado en gran medida del shoegazing, sino que además se ha acercado al after punk marinado por la electrónica de unos Cure, lo mismo que al slowcore clásico de insignes precursores como Seam, Galaxie 500 o Bedhead. La íntima evocación procurada por joyas como “Skin In The Game”, “Prayer Remembered” -otro outtake del abortado solista de Halstead- o la magistral “Andalucia Play” inclina a pensar que el conjunto asume de este modo, conscientemente y como se debe, el arribo a la madurez definitiva.

Ahora es la de Slowdive, pues, una alineación bastante afecta a los temas de medio tiempo para abajo, copados de estamina al 100%, que cuajan en preciosos paisajes auditivos de melancolía con que fatigar la orilla de la Vida. A despecho de esto último, dicha saudade no obsta para, de vez en cuando, sacudirse un poco la modorra y virar hacia las épocas en que encendieron todas las antorchas con Just For A Day (‘91)- porque las del todopoderoso Souvlaki (‘93) difícilmente han de combustionar otra vez: “Kisses”, “Alife”, la muy ochentera “Chained To A Cloud”, la briosa “The Slab” -de seguro no el número más veloz de Savill/Chaplin/Goswell/Scott/Halstead, pero sí el más corpulento e imponente.

Nuestros héroes están de vuelta.

Hákim de Merv

jueves, 28 de octubre de 2021

Seefeel: Rupt + Flex 94 - 96

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 20 de octubre del 2021.)

Desde nuestra entonces miope perspectiva tercermundista, en los 90s lucía hasta cierto punto normal que sellos especializados en la vanguardia electrónica más rompe-esquemas del momento librasen auténticas batallas para fichar a los estetas que daban la hora a nivel internacional. Worm Interface (¡¡¡Squarepusher!!! ¡¡¡Solar X!!!), Mille Plateaux (¡¡¡Microstoria!!! ¡¡¡Thomas Köner!!!), Mego (¡¡¡Christian Fennesz!!! ¡¡¡Farmers Manual!!!), R & S (¡¡¡Ken Ishii!!! ¡¡¡Locust!!!), Warp Records (huelgan mayores comentarios aquí)... La descomunal bronca entre estos dos últimos por apropiarse de la rúbrica de Aphex Twin dejó de ser una leyenda urbana, por ejemplo, tras el triunfo de los de Sheffield sobre los belgas. Hoy se oye hasta ridículo, pero en aquellos tiempos -en que muchos llegamos a la primera adultez- le encontrábamos sentido.

Pienso en esa extravagante situación al verificar que Rupt + Flex 94 - 96, el cuádruple box set que Seefeel dispensó este año, ha podido concretarse gracias a la colaboración entre Warp y la ¿resucitada? Rephlex Records. Propiedad del Twin y de Grant Wilson-Claridge, Rephlex había cerrado operaciones a inicios del 2015, como parte de las actividades programadas por el primero para priorizar su carrera. Relanzarla, puntualizaría yo: tras el doble Drukqs (2001), el Gemelo no ha hecho sino recurrir a material almacenado en bóveda para soltar EPs y singles desprovistos de la monumental trascendencia que lograba cada endiablado lanzamiento suyo en la última década del siglo pasado. Un “has-been”, de algún modo, como otros de idéntica estirpe.

También Seefeel puede entenderse de esa guisa. Con la producción de sus mejores épocas desparramada entre Too Pure (Quique), Rephlex ((Ch-Vox)), Warp (Succour) y Astralwerks (Polyfusia, seminal recopilación tempranera de 7’’s y extendeds); el epónimo CD -Warp, 2011- que testimoniaba el rejunte del otrora célebre grupo -adelantado el año anterior con el Faults EP- no consiguió inaugurar nuevas direcciones en el cosmos de la música electrónica, tal cual hiciesen los principales títulos de entre los que he enumerado un par de líneas atrás. Y aunque luego la banda siguió editando uno que otro sencillo interesante, amén de la sesión radial para el finado John Peel (2019), la sensación que exudaba este retorno era la de haber perdido drásticamente el paso del Tiempo. Es más, si no fuera por Rupt + Flex..., ni idea de que Seefeel seguía existiendo como cuarteto -en el que Sarah Peacock y Mark Clifford son los únicos miembros de la formación histórica original, secundados ahora por los nipones Shigeru Ishihara y Kazuhisa Iida.

En las notas del BandCamp oficial, Seefeel afirma que Rupt + Flex 94 - 96 antologa 22 temas rescatados de sus archivos, nunca antes liberados. Sí y no. Los dos primeros volúmenes del box set están reservados para la versión redux del umbroso ambientcore de ciencia-ficción de Succour (1995), mientras que el tercero hace otro tanto con el homólogo de (Ch-Vox) (1996), destinando el cuarto volumen a los EPs Starethrough (1994), Fracture/Tied (1994) y Sp/Ga 19 (2019) -amén de otras piezas de difícil disponibilidad. El caso es que, a diferencia de su par de Quique (1993), que obtuvo luz verde en el 2007, la edición redux de Succour aparece por separado en triple vinilo el mismo día que la caja recopilatoria (14 de mayo). Encima, parte de su repertorio -“As One”, “Burned”- proviene del Reduct, extended eyectado en abril pasado. De esa misma fuente se repesca “Starethrough (Transition Mx)”, añadido al cuarto esférico del box set. De esa misma fuente procede también el magnífico “Evio”, que pasa a engrosar la versión redux de (Ch-Vox) -adivina qué día se pone a la venta el vinilo doble. Poco menos que agiotista esto de sacar reduxes “exclusivos” la misma fecha en que disparas una colección cuádruple que les abarca, ¿no?

Alguna vez los periodistas Víctor Lenore y Jesús Llorente escribieron un canónico dossier sobre el post rock para la excelente revista española Factory (número 10), en el que se decía de Seefeel que practicaba “el sonido de Cocteau Twins para el siglo XXI”. Curioso que ni el trío escocés ni los cuatro de Londres hayan llegado a voltear la esquina del milenio: los triates Cocteau se desintegraron en 1997, sin posibilidades reales de rearmarse a día de hoy, mientras Seefeel empezó a cocinar su reentré con el redux de Quique, hace catorce años y después de diversos proyectos sucedáneos (Scala, Disjecta, Sneakster, January). Igualmente curioso es que no se incorpore ningún LP de Mark Clifford y compañía en la discografía recomendada por el informe de Factory, como si el combo no encajase del todo en el “perfil” post rocker trazado, algo insólito considerando que el reportaje avala la opinión que indica que “detrás de cada grupo de post rock hay una etiqueta diferente por inventar”. Casual o voluntaria, esa omisión confirma un dictamen que casi nunca he visto por escrito: más que post rock, la de Clifford-Fletcher-Peacock-Seymour era una alineación híbrida que partía del shoegazing para saltar del post rock al ambient binario de avanzada, y viceversa.

Moonshake, To Rococo Rot, Laika, Tarwater... Son pesos pesados como éstos, entre quienes más a gusto se siente contado el alias londinense. No obstante, nadie podría siquiera insinuar que alguno de ellos se le parece. Como hiciera My Bloody Valentine, y en modo harto distinto del que encarase Main, Seefeel creó una nueva poética de la guitarra procesando su característico timbre a través de multitud de filtros digitales. Luego de una jornada celestial como la de Quique, el perfecto equilibrio sónico entre júbilo entusiasta, hermosura y noise dio pie al trip mitad tenebroso mitad lúdico de Succour. Imagino que remasterizado en el primer compacto de la tetralogía, su percusión minimal/seca/precisa explota las posibilidades expresivas y rituales de tribus que habitarán futuros incalculablemente lejanos. Sus texturas en cascada y su ambient borrascosamente febril parecen la banda sonora ideal para observar en fast-forward la convulsa y cambiante transformación de la geología de jóvenes planetas rocosos.

De cariz similar se revela la segunda rodaja del compendio, bautizada Succour (+). Observando las excepciones hechas, se nota por su acabado -o la falta de éste- que son outtakes de época. Pese a las ambientaciones oscuras/opacas (“As Track“, “As Well”), los inéditos son en su mayoría tanteos atmosféricos premunidos de la ingrávida placidez del ensueño (“Meol 2”, “Meol 3”). El que permanezca el impulso primitivo pero no el tribal/comunitario/gregario parece señalar que se trata de un Succour en estado larval -uno en que las programaciones recién retumban al paso de los tramos finales, como “Fractions 2”, “Rupt (Cut Mix)” y “Monastic”.

En entrevista concedida para la revista peruana Freak Out! (número 3, ver foto al costado), nos contaba Mark Clifford que (Ch-Vox) de póstumo no tiene sino la fama. Seefeel jamás tuvo una disolución formal (“sólo paramos de grabar”), y la placa saldaba un compromiso de palabra con Rephlex Records, compromiso pactado antes del contrato por cinco discos firmado con Warp. Al comenzar a escindirse la cohesión grupal, Clifford asume conducción y desarrollo del álbum, por lo que definir a (Ch-Vox) más como un ejercicio solista del frontman que como un esfuerzo colectivo no está nada descaminado. De ahí la brevedad de la edición primigenia, computable en 33 minutos. De ahí también acaso ese velo de smog que amortaja no sólo los seis cortes originales, sino además los seis adicionados en la correspondiente versión redux -con la excepción ya enunciada de “Evio”. Lejos de anunciar las aislacionistas vibraciones filo-industriales de la aventura personal de Mark (Disjecta), el desgarbo de (Ch-Vox) es un “todavía más allá” respecto de ese ambient desolado de Succour. Forjada al aire libre en desiertos helados, su intuitiva poiesis ofrece lacónicos tapices de áspero, casi yermo minimalismo electrónico: “Ch-Vox”, “Avatar”, el rework “complete” de “Utreat” (estrenado en Succour), la resonante “Ashime”... Haikus de sonido melódico que de tanto loopearse acaban generando suites apacibles/desapacibles como “E-Hix⁵”, “Net”, “E-Hix²”, “Ashdecon”. (Ch-Vox) guarda incluso espacio, poco eso sí, para números que por su rítmica hubieran podido inscribirse en el catálogo de Warp. Ése es el caso de la hiperkinética “Hive”. Una fascinante obra de perspicaz exploración digital reñida con el pop-como-género, ahora redondeada gracias al material extra.

Finalmente, el cuarto plástico del box set recibe el chaplín de St / Fr / Sp, dizque por recopilar en su totalidad los EPs Starethrough, Fracture/Tied y Sp/Ga 19. La información es correcta en relación a los dos primeros, pero no en lo tocante al tercero, ya que se insertan “extended live versions” de “Sp19” y “Ga19”. Seefeel añade asimismo “Spangle (Autechre Remix)”, que se edita por primera vez en abril del 2003 como single de Polyfusia Records (propiedad de Clifford), y “Starethrough (Transition Mx)”, que ya se dijo fue obtenida del Reduct EP. Si cabe, éste es el plástico más físico, más corporal de Rupt + Flex 94 - 96: música evocadora y eminentemente rítmica, rotunda en su efectividad y de gran capacidad viral. Todo en orden, salvo por el hecho de que bajo un rótulo similar -St/Fr/Sp- apareció un vinilo doble con dos surcos menos... el 14 de mayo del presente.

Para quienes recién se adentran en el bursting-out a cámara lenta de Seefeel, Rupt + Flex... funciona relativamente bien. Construye una imagen fidedigna de lo que hizo la banda a partir de su ingreso en la nómina Warp, con Starethrough EP, pero no ilustra la cristalina fase repleta de enteógeno ambient líquido que surcó en Quique y en los singles precedentes. Para quienes estamos bastante familiarizados con ese universo, la caja tiene sensiblemente menos que ofrecer: el tomo extra de Succour, el mapa total de (Ch-Vox) y la remasterización de rigor. Se echan en falta las tomas originales del Sp/Ga 19 EP, así como el íntegro del Faults EP. Es, con todo, un testimonio de los días en que Seefeel y afines daban una vuelta de tuerca tras otra en el panorama de la música pop contemporánea de avanzada -y un recordatorio de ese futuro a la altura del cual sólo estuvieron muy pocos de los que arribaron después.

Hákim de Merv

miércoles, 5 de mayo de 2021

Japan: La Experiencia De Ser Un Portero De Noche

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 28 de abril del 2021.)

Enchufar el artefacto, prenderlo, seleccionar la entrada USB con el puerto vacío y esperar a que la pantalla se ilumine con el mensaje “no device”. Luego, dejar pasar un rato -siempre superior al cuarto de hora- antes de por fin insertar el USB. A veces, creo que la opción “random” del microcomponente que heredé de mi viejo está medio conflictuada. Sólo tras el proceso descrito, funciona el algoritmo y el equipo randomiza con normalidad. De no llevarse a cabo, el aparato me repite la misma secuencia “aleatoria” del día anterior. Como que lo entendería si fuese Miray, pero es Sony.

Considerando un universo de 900 tracks, que renuevo parcialmente cada cierto tiempo, lo simpático es que por lo menos dos o tres veces a la semana el microcomponente reproduce alguna canción de Japan. Y el número de ellas incluido en esa selección personal no rebasa la media docena. Insólito, si adviertes que las posibles combinaciones entre nueve centenas de elementos son astronómicas.

¿Justicia poética? Es probable. Siempre me ha sabido a menesterosa la suerte que el combo de Mick Karn y David Sylvian ha obtenido en memorabilias y crónicas. Habiendo logrado no poca difusión “en vida”, esa celebridad no bastó para que el legado de Japan quedase grabado en el repertorio popular de todos los tiempos, como sí sucedió con Duran Duran (quienes les plagiaron look y sonido del Quiet Life, 1979), Ultravox o Talking Heads. Desde luego, ese repertorio también incluye gente de ingenio modesto como los llamados “one-hit wonders”, pero, ¿a que no sería fantástico escuchar de repente en el dial “The Art Of Parties” o “European Son”, para variar?

Por otra parte, la crítica especializada tiene en el mejor de los conceptos tanto la discografía del desaparecido grupo como el unigénito álbum de Dalis Car (The Waking Hour, 1984), proyecto en comandita del destroyer bajista Karn y Peter Murphy (Bauhaus); y la extensa carrera solista de Sylvian (quien se ha asociado con Ryuichi Sakamoto, Robert Fripp, Holger Czukay y Christian Fennesz, entre otros). Esa misma crítica especializada no suele enumerar a Japan, sin embargo, entre las bandas señeras del incombustible periodo post punk -quizá porque se forma en 1974, tres años antes del estallido punk, y sus dos primeros volúmenes se agitan bajo la impronta glam de David Bowie y Roxy Music. Afortunadamente, Simon Reynolds dedica a los británicos varias líneas en su categórico Post Punk: Romper Todo Y Empezar De Nuevo (2005), donde además sugiere tácitamente la potencial simbiosis cinematográfica de su música.

En concreto, el genial crítico inglés menciona que la bellísima “Nightporter” está directamente inspirada en una película del mismo nombre (1974). Hace unas semanas, por fin pude dar con ella en la Red (aunque ya bannearon el video subtitulado, conseguí descargarlo antes). Sexto de un total de diecisiete que rodase la ya retirada directora italiana Liliana Cavani (incluyendo cuatro telefilmes), el largometraje relata la historia de un oficial nazi de menor rango que ha escapado a los Juicios de Nuremberg. Refugiado en Viena, Maximilian Theo Aldorfer -ahora sólo “Max”- es todavía en 1957 el conserje nocturno de un lujoso hotel. Sus días transcurren tranquilos hasta que es reconocido por una mujer que llega a alojarse allí: Lucia Atherton, superviviente del holocausto judío -durante el cual, Max estableció una fuerte relación sadomasoquista con ella, transformándola paulatinamente en su sumisa. En tanto sus apetitos fueran satisfechos, el alemán mantenía protegida a la semita (él la manipulaba y Lucia se dejaba manipular con delectación).

Después de la hesitación inicial, el encuentro revive las pasiones e impulsos que ambos compartiesen en esos días del pasado. Por desgracia, Max pertenece a una partida de nazis refugiados, quienes tienen por norma desaparecer cualquier evidencia o testigo que pudiese descubrirles. Enganchado otra vez y sin remedio a la relación de poder y dependencia, el antiguo oficial decide romper filas, acto que arrastrará a la pareja a un trágico final. Lucia y Max son interpretados respectivamente por actores muy competentes, además de famosos en esa época: Charlotte Rampling (La Caduta Degli Dei de Luchino Visconti, Farewell, My Lovely, The Verdict, Swimming Pool) y Dirk Bogarde (Victim, Darling, Accident, la adaptación del clásico de Thomas Mann Morte A Venezia).

(https://ok.ru/video/1206139685616)

Considerando el referente de la película, la letra de “Nightporter” de Japan es más que explícita. “¿Podría Alguna Vez Explicar/Este Sentimiento De Amor?/Simplemente Persiste/El Miedo En Mi Corazón Que Sigue Diciéndome/Qué Camino Tomar”, reza la primera estrofa, y ahora es imposible descifrar si lo que sobrevive es esa peculiar forma de amor o el miedo que yace en el fondo del ser. Dispara el doliente en el coro: “Aquí Estoy Solo Otra Vez/Una Ciudad Tranquila Donde La Vida Capitula/Aquí Estoy, Preguntándome/(A Dónde) Se Van Los Porteros De Noche/(A Donde) Se Escapan Los Porteros De Noche”. Gestor de casi todo el disco (Gentlemen Take Polaroids, 1980), David Sylvian se luce con esta joya de vals deconstruido, cuya maravillosa melancolía cansina -casi crepuscular- es un auténtico tributo a su numen fílmico.

Sorprendentemente, The Night Porter no agota la puntual-y-breve-pero-intensa relación que existe entre la música de Japan y el cine. Mejor aún, si bien Sylvian y compañía recibieron influencia del versátil celuloide, también influenciaron a este último. Prueba de ello es Static (1985), largo que podría entrar en la categoría de “olvidados” de esa década.

Static es el debut de Mark Romanek, quien a día de hoy sólo ha dirigido dos films más, One Hour Photo (2002, de los contados títulos rescatables protagonizados por el finado Robin Williams) y la distópica Never Let Me Go (2010, con la Rampling y los “chiquillos” Keira Knightley, Carey Mulligan y Andrew Garfield). Al momento de su estreno, Romanek contaba 26 abriles, y no tenía la menor idea de que su trayectoria estaría más ligada a los videos de grupos y solistas -de Teenage Fanclub a R.E.M., de David Bowie a Weezer, de Sonic Youth a The The, de Johnny Cash a Jay-Z, de Thirty Seconds To Mars a Beck- que a la gran pantalla.

Static cuenta los avatares de Ernie Blick (cumplidor Keith Gordon, lo recordarás de pelas como Christine del maestro Carpenter y Dressed To Kill del maestro De Palma), weirdo que descubre la manera de ver y comunicarse con las almas que han tenido la ¿dicha? de morar en el Paraíso. El único inconveniente es que su invento sólo funciona para él, ya que el resto sólo percibe estática. Ni la decepción de su primo Frank (el chinche de Bob Gunton) ni las súplicas de su amor platónico Julia Purcell (una joven Amanda Plummer, que se consagraría nueve años después en Pulp Fiction -la “Honey-Bunny” que asalta la cafetería junto a Tim Roth-) alcanzan para hacerle entender a Blick que en realidad su obsesión lo ha desequilibrado un poco, lo que eventualmente le lleva a fingir el secuestro de un bus de transporte interestatal (con resultados devastadores).

(https://ok.ru/video/1384713030345)

Visionado el film, me queda clarísimo que el tono macondesco/onírico de la historia y la fotografía arena/miel de muchos de sus momentos/encuadres fueron concebidos a partir de la reiterada escucha del tema de Japan que suena más de una vez durante el metraje: “The Experience Of Swimming”. Rubrica esa certeza el hecho de ser éste un instrumental editado por primera vez como B-side en el single doble “Gentlemen Take Polaroids”, un mes antes de la salida del LP homónimo. En la segunda mitad del siglo pasado, había que disponer incluso de los 45s originales a fin de acceder a estas rarezas, o cruzar los dedos para que éstas fuesen incluidas en algún recopilatorio de amplia difusión. Gracias al cielo, hoy basta con seleccionar la reedición digital adecuada, que suele aditar los consabidos demos, outtakes y lados B. De manera que la elección de Romanek no sólo indica conocimiento de causa, sino una sensibilidad muy particular para conectar con una de las gemas escondidas del temario Japan.

(Dicho sea de paso, a fines de la década antepasada me sorprendía encontrar cortes no precisamente rankeados de diversidad de bandas que, no obstante esa condición, habían sido subidos a YouTube por iluminados en el otro hemisferio del orbe. Lo que antaño pusiese en duda la condición de “secreto bien guardado” de estas piezas hoy sólo reafirma el hecho de que, estadísticamente, somos pocos los que a veces reparamos en estas melodías obviadas por audiencias masivas -sin duda nos contamos por cientos, y acaso miles, mas a escala planetaria seguimos siendo pocos.)

“The Experience...” hace las veces de leit-motiv en Static -sus notas reverberan en dos pasajes clave. El primero: cuando la cámara incursiona en el mini-apartamento que alquila Ernie, con una pared decorada por los crucifijos malformados que descarta/chorea de la fabrica de cruces en serie donde chambea. El segundo, en el que el instrumental es reproducido completamente: cuando Blick le revela a Julia, en medio de una carretera cercada por el desierto y factorías que parecen abandonadas, que el trabajo por fin ha terminado y su creación “opera a la perfección”.

Lo último que recibió “The Experience Of Swimming”, estoy seguro de ello, fue su nombre. Atiborrado de una poderosamente perturbad(or)a carga de irrealidad, el track es de un cerúleo casi celeste, por lo que difícilmente remite al acto de nadar en el mar/en un lago/en un río. Una piscina luce más pertinente. Muy en la onda del Eno padre del ambient, Richard Barbieri compone una pieza no por minimal menos emotiva, premunido de sus habituales Polymoog, Roland Jupiter 4 y Oberheim OB-X. El complemento perfecto del otro lado B del señalado single doble, “The Width Of A Room”, única composición que firmó Rob Dean para Japan.

A ver si los nuevos autores cinematográficos se atreven a insuflar de nueva vida la sublime, modélica obra de una de las formaciones más personales de la Rubia Albión.

Hákim de Merv

jueves, 2 de abril de 2020

Prophecy + Progress: UK Electronics 1978 - 1990

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 25 de marzo del 2020.)

A propósito del norconeño Habø, la semana pasada mencionaba que a Grauzone se le considera el primer acto minimal synth de la Historia. Tal es el consenso que valida la crítica especializada tras la luz verde que en el 2010 recibiera Grauzone 1980-1982 Remastered, compilación que rescató el homónimo y unigénito legado del trío suizo (1981), sazonado con numeroso material inédito y/o de difícil disponibilidad.

No es menos cierto, sin embargo, que con frecuencia los géneros/subgéneros que se desgajan de la música popular contemporánea les deben la propia identidad a varios progenitores -algunos de los cuales no se enteran sino décadas después-. Y tampoco peca de falaz quien afirme que muchas de estas tendencias sonoras devienen consecuencia del Azar. Ejemplos de una y otra fenomenología, usualmente entrecruzadas, pueden encontrarse varios en los anales del pop de avanzada. Recuérdese que, desde cientos de garajes esparcidos por la Unión Americana a finales de los 60s, surgió la psicodelia beat en el intento de nóveles músicos por emular a The Beatles. También, cómo el fundacional electro-pop de Kraftwerk deslumbró (no sólo) a los jóvenes turcos de fines de los 70s, quienes siguiendo su estela inventaron sin planearlo el synth pop. O la coyuntural travesía del ex Sex Pistols John Lydon a Jamaica, que prefijase coordenadas para el nacimiento y ascenso del flamígero post punk original.

La génesis del minimal synth tiene un poco de esto y otro poco de aquello. Las miras de quienes empezaron a probar suerte con lo que a posteriori se convertiría en estilo, eran menos dar vida a una nueva cepa del synth que ampararse para crear la propia música en la frialdad maquinal y la enajenación robótica de subversivos como Tubeway Army/Gary Numan, O.M.D., The Future/The Human League/Heaven 17, Visage, John Foxx o los Ultravox sin este último. Y aunque esos largo tiempo desconocidos precursores fueran asimismo inspirados en principio por los Robots de Düsseldorf, más les sedujo otro iluminado por los germanos, que en 1978 alborotase el cotarro con el inmortal single “T.V.O.D./Warm Leatherette”: The Normal, identidad de Daniel Miller, fundador de Mute Records en los primeros 80s.

Los helvéticos Grauzone, pues, nunca estuvieron solos -si bien Christian Trüssel, Marco Repetto y Martin Eicher son visiblemente los más reconocidos exponentes del primer minimal synth. En la misma Suiza radicaba Mesh, dueto ginebrino coetáneo de los berneses que recién editaría álbum en 1986 (Claustrophobia) y que debió esperar casi seis lustros para la reedición doble de rigor con abundantes tomas inéditas (Cenotaph, 2015). En la dividida Alemania de la postguerra, existía una pequeña escena occidental identificada con la neue welle que se inclinaba hacia el synth más austero y glacial: Dusk To Dawn, Futurisk, Bal Paré, Das Kabinette... Del lado francés del Canal de la Mancha, nombres como Clair Obscur, End Of Data o los excelentes Moderne coadyuvaban a moldear la coldwave, aporte galo que se ha mantenido vigente hasta nuestros días deparándonos sorpresas como Police Des Moeurs. Del lado británico del brazo de mar, respiraban entidades como Breathing Age y Joy Before The Storm. Incluso el agreste norte de España fue tierra fértil para la fecundación de proyectos afines: El Guerrillero Rojo, Séptimo Sello, T.V. Soviética, Grupo Q...

Ninguno de los combos que en el párrafo anterior he evocado desde el ayer logró notoriedad en su espacio-tiempo de procedencia. Es con los años y mediando mucha paciencia que se vienen armando estoicamente los mapas/mosaicos de esas olvidadas genealogías: a la lentitud con que van recuperándose las piezas para reconstruir estos rompecabezas, hay que sumar la inevitable desaparición de algunas de éstas. Por ello cobra relevancia la publicación de compilaciones que repesquen todos los fragmentos rastreables, a las que como mínimo hay que reconocerles un crucial valor testimonial. La coldwave franchute ya tuvo un primer avatar con el interesantísimo muestrario Synthétique: A French Synthwave Compilation 1982​-​2016 (2017). En esa misma recta arqueológica va Prophecy + Progress: UK Electronics 1978- 1990 (2018), esfuerzo auroral por ilustrar el acaecer histórico del minimal synth en la Rubia Albión.

Como sucede con el antecedente franco, el track list del Prophecy + Progress... sigue un estricto orden cronológico. Pero, a diferencia del Synthétique..., aquí se lucha por omitir los vacíos temporales en la medida de lo posible -graficando más fielmente no sólo la evolución del minimal synth, sino además su permeabilidad. Según qué filones estilísticos, podría postularse que etiquetas como “coldwave”, “synthwave”, “synth punk” o “minimal synth” guardan determinado grado de equivalencia. Incluso se podría decir que ambos panorámicos se complementan, ya que ni siquiera la coldwave es excluyentemente francesa -un ejemplo: los belgas Absolute Body Control.


Levanta el telón la única agrupación conocida de todas las participantes, Clock DVA. “Lomticks Of Time”, outtake perdido de su debut Tape 1 (1978), pone justicieramente en entredicho la categorización tradicional del quinteto de Sheffield encabezado por Adi Newton (miembro del maravilloso experimento The Future junto a quienes después formarían The Human League): plásticos como Thirst (1981) o White Souls In Black Suits (1980) no me suenan en absoluto a industrial, sino a un extraño híbrido abortado en los márgenes de la música electrónica de sus días. La asfixiante acechanza percusiva de “Lomticks...”, que parece extrapolada de una película B de ciencia ficción, traza lineamientos que repiten actos tan antiguos como Vice Versa (semilla de la que naciese ABC, una tribal “Idol”), Konstruktivists (su impericia a los teclados en “Vision Speed” es fantástica) o Colin Potter (una machacantemente oscura “Number 5”).


“Rabies” de Naked Lunch retacea el incipiente canon trazado para prodigarlo hacia distintas direcciones, acercándose a lo que entonces ya había ganado notoriedad como synth pop hasta poner pie en sus proximidades. De paso, se inaugura el segmento más prometedor de Prophecy + Progress... -articulado por la angustiante pulsión proto EBM de Five Times Of Dust (revulsiva “Automation”), el synth de polícromos ribetes pop que facturasen Peter Hope + David Harrow y Attrition (cuyos respectivos “Too Hot” y “Beast Of Burden” tuvieron todo menos suerte para colarse en las programaciones de la FM de la época), o el epatante accionar coldwave de Schleimer K (“Women”) y V-Sor,X (“Conversation With”), quienes se reflejan en el New Order que todavía no dejaba de ser Joy Division.


Con “Total Shutdown” (1986) de John Costello entramos a la recta final del registro y a un período en que se redefinen ideas, se vuelve a las fuentes y se adoptan los postulados que le dan forma definitiva al synth de acabado lacónico y temperatura bajo cero: pertinaces ritmos frígidos destilados desde las drum machines, teclados espartanos, el escarpado bajo dibujando sobrias líneas nocturnales, el/la cantante en plan desafecto/a e imperturbable impersonator de la vocalización dark rock clásica -Ian Curtis en primer lugar. No es que Costello, T.A.G.C. (“Further And Evident Meanings”) o John Avery (“12am Awake & Looking Down (Edit)”) ya suenen como Lebanon Hanover, Doric o She Past Away; sino que abren los surcos y ponen las semillas cuyos frutos, latentes en su aletargamiento, han recogido sus herederos del nuevo milenio. De paso, renuncian de una buena vez al sendero por el que se internasen Depeche Mode, Soft Cell o Pet Shop Boys; y siguiesen sus sucesores naturales -Anything Box, Red Flag, Seven Red Seven...

Disco con que aprender de quienes ahora quedan reivindicados, y que obviamente no hace menos a Grauzone y compañía. La lista de espera no se ha cerrado, empero, y todavía es larga. Poco a poco emergerán grandes porciones de data sónica con que completar el puzzle. Por lo pronto, basta y sobra con este Prophecy + Progress: UK Electronics 1978 - 1990. Puedes escucharlo a través de los links adjuntos a esta reseña, o descargarlo aquí.


Hákim de Merv