(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 26 de marzo de 2025.)
No es que Oath sea un disco malo. En absoluto. Si un neófito en estas lides le prestase atención, el knock out sería instantáneo. En esta placa, como no sucedía antes en jornadas del talante de Nowhere Now Here (‘19) o del precedente Pilgrimage Of The Soul (‘21), el paradigma concebido por Sigur Rós o If These Trees Could Talk se enseñorea prácticamente desde el primer minuto hasta el último. Descontando la solitaria excepción de “Hourglass”, solemne hasta grados pesarosos, el nuevo repertorio de Mono yace fundado en la evocación inmediata, en las melodías abstractas in crescendo, en la aparatosa espectacularidad de su sección orquestal de cuerdas, en la implacable pulcritud instrumental de sus ejecutantes.
El problema no sólo radica en que estas características pertenecen a un arquetipo que hace varios años se convirtió en lugar común/modelo a seguir para bandas de idénticas coordenadas, sino en que su cariz es ya tan perfecto que parece una impostación. Si he audicionado cinco minutos de Oath en los que la agrupación nipona se arriesga, es demasiado. Tal vez el timing del gringo Dominic Cipolla, reemplazo en la batería del histórico Yasunori Takada, pueda aún deslumbrar. De pronto cuando a veces consiguen dosificar su intenso dramatismo, las cuerdas de orquesta te dejan en offside gracias a esa contención. No mucho más puede alegarse como argumento a favor del factor sorpresa.
No encuentro condenable que actualmente haya grupos -nuevos o viejos- inspirándose en el post rock de segunda generación, siempre y cuando no se le aborde como libro de texto ad pedem literae. En todos lados han surgido nuevas sangres que le toman como punto de partida para ir agregando ingredientes estilísticos hasta encontrar la propia identidad. Seguirán surgiendo aún más. Sin embargo, en última instancia tampoco se trata de replicar ad infinitum un molde desde la más inmaculada integridad. Primero, porque volúmenes así se tornan aburridos de escuchar y digerir. Y segundo, porque la “excelencia” está reñida con el post rock desde su alumbramiento a inicios de los 90s -cada asociación adscrita a la primera asonada post era difícil de equiparar con las demás, hermanándoles únicamente la vocación rupturista, actitud que por sí sola habla de su repulsa/cuestionamiento para con el concepto mismo de perfección.
Hákim de Merv