Mostrando las entradas con la etiqueta Lounge. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Lounge. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de diciembre de 2019

Dan Mason: Hypnagogia // GrimLake: Memories // Space Funk (Afro Futurist Electro Funk In Space 1976-84) // Nick Cave And The Bad Seeds: Ghosteen

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 30 de diciembre del 2019.)

Aunque ya no el mismo de Sun Bleached (2015), Summer Love (2016) o Void (2018), a Dan Mason todavía le quedan uno o dos trucos bajo la manga. No por nada se considera aún a Florida, estado de la Unión de donde Mason es oriundo, la mayor reserva vaporwave a escala mundial.

Con doce rodajas a cuestas, eyectadas entre el 2013 y el 2018, Mason ha consolidado su estilo empapado de mallsoft y smooth lounge. La cantidad de “hits” que anotase dentro de su escena de extracción es en absoluto desdeñable. Sin embargo, no hay muchos de éstos en Hypnagogia: pese a lo que su nombre postula, el nuevo largo no comporta un giro hacia el subgénero vaporwave obsesionado con los gastados sonidos borrosos de muestreos televisivos cosecha 80s.

El floridano ha ido afianzándose progresivamente en el aprovechamiento de los beats cíclicos, la voz engrosada/engolada, las improvisaciones dilatadas hasta la exasperación, las guitarras ahogadas en glo-fi -ese “update del siglo XXI para la psicodelia” del que habla Simon Reynolds cuando alude al tronco central del árbol del vaporwave... En consecuencia, el brilloso tono pastel que Mason dispensaba en entregas anteriores está presente. El problema radica en que Hypnagogia suena más a oficio que a inspiración o inventiva.

Sampleos extraídos de desgastadas melodías y recontextualizados para una civilización de economía consumista que ya ha quemado todas sus neuronas y energías -“burn-out society”, vienen alertando algunas voces, sin que se les tome mucho en cuenta. Composiciones de cariz “escapista”, en las que sentimientos como la pesadumbre o la nostalgia recrean una realidad distorsionada -suerte de matrix sabida falsa desde un principio, pero asumida justamente como forma de evasión (“Stop Me”, “Melatonin High”). Viñetas que funcionan como respuesta psicológica con qué combatir la tristeza (“Fade”) o la ansiedad (“Good Night”) que produce la creciente deshumanización de nuestro modus vivendi... La cuestión de fondo es que percibo más de piloto automático que de genuina creatividad.

Sospecho que este disco hace las delicias de los fans, tanto de aquellos del ‘género’ como del autor. A mí me hubiera terminado por convencer, si no fuese por esos arrebatos pseudo trap -“Go Away”, “Visions”- que de ninguna manera puedo condonar. Intuyo que debe ser algo temporal, y que Mason se moverá pronto hacia otros destinos: si algo como el vaportrap ya es cosa del ayer, y aún el simpsonwave está por pasar de moda, que no te extrañe lo que el vaporwave puede depararnos en el futuro -mayor virtud y principal defecto de una estética incorpórea que cada cierto tiempo se reinventa cambiando de envase.


A estas alturas una tendencia codificada, status que en su caso provoca las más apasionadas discusiones, el post rock continúa prisionero del dilema que ha seleccionado como lugar de residencia -en exceso formalizado para la escena independiente, aún inasible para el “pop” que ali(m)enta el establishment. Pero qué bien marcha cuando se olvida de estas paltas existenciales.

El francés Mathieu Legros lleva ya algunos años levantando, en plan de hombre-orquesta, la enseña de GrimLake. Con ella ha publicado el mini-álbum Twin Sun (2012) y el LP Atlas Hands (2015), referencias que adscriben su unipersonal a la ola de post rock instrumental impulsada actualmente desde los ghettos indies de distintas partes del globo. Memories, de fatigados tonos entre cenicientos y azulados, consolida la experiencia ganada en esos primeros pasos.

Los detractores de lo que hoy se cataloga como post rock podrían alegar que el de GrimLake maneja la misma fórmula estructural que también empuñan nombres como Paint The Sky Red (Singapur) o Días De Septiembre (Venezuela). Es decir, aquella que destiló Mogwai en Rock Action (2001) y afinó en subsiguientes esfuerzos: una alternancia o equiparación de los segmentos de quietud prescindiendo normalmente de todo pulso rítmico, para tallar vítreos mosaicos de duermevela, y de los explosivos arrebatos en que la eléctrica salta al tope del volumen y el set tarola-bombo-platillos se eriza emotivo, presas de un vigor inexplicable.

Si tienen razón, ¿cuál es, entonces, el mérito de un esquematismo que le hace tan ‘flaco’ favor al ‘género’ que insufló de nueva vida al pop noventero de avanzada? Pues el modo en que cada fragmento es forjado -doy fe de que hasta ahora nunca es el mismo. En GrimLake, a ese absorbente sosiego se llega a través de gráciles figuras al piano, que en más de una vez me remiten a su compatriota Yann Tiersen. Los estallidos en que el multi-instrumentista pisa el acelerador, por otro lado, son modelados por una estrangulación tras otra de atmósferas plácidas -efectos a mansalva que convierten en mesmerizante cualquier pasaje a punta de sobrecarga eléctrica-, y las exultantes cabriolas de las baquetas.

Dado que las posibles variantes no son ilimitadas, llegará el día en que el post rock se convierta en un cadáver, presto a ser devorado por la gigante roja del mainstream. Mientras ese día no llegué, será interesante ver cómo se las ingenian agrupaciones o individualistas como GrimLake para rezagar al máximo la fatal fecha.


Que la música africana está orientada abrumadoramente hacia el Sonido es una aserción que, en nuestra condición de latinoamericanos, rarísima vez podemos comprobar. Mucho más sencillo, por una cuestión de cercanía geográfica, nos resulta maravillarnos ante las músicas que ha producido la Diáspora Negra en Occidente y su ‘intrínseca’ cualidad de “alienígenas” -como suele proclamar siempre Kodwo Eshun.


Así y todo, capítulos de esa saga permanecen esperando sus respectivos rescate y documentación. Soul Jazz Records, extraordinaria escudería londinense especializada en recuperar tales sub-escenas mediante sustanciosas recopilaciones, ha lanzado en noviembre Space Funk (Afro Futurist Electro Funk In Space 1976-84). El panorámico reivindica una serie de grabaciones realizadas por desconocidos músicos estadounidenses vía labels pequeñas durante el período de tiempo especificado. No se trata, pues, de una escena mínimamente articulada; sino de la confluencia en tiempo y espacio de mentes creadoras que desde sus propias trincheras, y siguiendo las enseñanzas de estetas como Herbie Hancock o Parliament/Funkadelic, empujaron al funk a la era electrónica teniendo como motor y horizonte el afrofuturismo.

Siempre me pareció fascinante y divertido cómo el mainstream sonoro de los 70s pensaba que sería el futuro, y cómo esa imagen se reflejaba en la tecnología y efectos “hi-fi” de la época. Mullido sobre un colchón de teclados, este space funk disgregado compartía algunos tics de ese imaginario ‘oficial’, sin que ello se convirtiese en venda que le impidiera vislumbrar en serio el futuro: aspirando a ser cibernética, esta música disfrutaba enormemente de las mutaciones que experimentaban sobre ella gente como Jamie Jupitor (su minimalista “Computer Power” incorpora el electro de las rutinas de breakdance) o Santiago (revelador “Bionic Funk”). Ese deleite se plasmaba en las pistas de baile, ritualizando la abducción sensorial, mientras que la fuerza vital del funk atacaba el mesencéfalo y propulsaba sus propios espacios psicoacústicos hacia el zen.

Una excelente compilación cuyo principal mérito es reivindicar las olvidadas obras de Ramsey 2C-3D (“Fly Guy And The Unemployed”), Frank Cornilius (“Computer Games”), Robotron 4 (“Electro-?”) o The Sonarphonic (“Super Breaker”). Eso, e ilustrar un pathos que no volvió a explorarse hasta el advenimiento del drum’n’bass.


Después de que la Vida lo condenase a vivir un infierno tras la muerte accidental de su adolescente hijo Arthur (2015), Nick Cave, figura mayor en el santoral del pop contemporáneo, regresa con un álbum que se sale de todos los cánones establecidos en la larga carrera del genio australiano.

Desde el doble Abattoir Blues/The Lyre Of Orpheus (2004), Cave ha ido acercándose a formas artísticas más sencillas, tanto en música como en letra e interpretación. Ese proceso se magnifica inusitadamente en el desgarrador Skeleton Tree (2016). Para entonces, ya la tragedia había acaecido: aunque el repertorio del disco había sido compuesto para fines del 2014, las grabaciones culminaron en los primeros meses del 2016, y Skeleton... llega a las tiendas en septiembre. El luctuoso acontecimiento, ergo, de todas maneras dejó su marca en este episodio -el dolor, la angustia, la desesperación de Cave pueden palparse más que verse en la oscuridad insondable que emiten las ocho pistas.

Ghosteen es la obra con que el sexagenario músico despide en regla a su hijo. Como corresponde a la ocasión, el acetato está fondeado por la solemnidad, toda vez que el luto no se halla todavía ausente (ni mucho menos). También se siente el “lastre” de los sintetizadores, que venían cobrando creciente notoriedad desde el ingreso de Warren Ellis (segundo al mando de los Bad Seeds tras la partida de Blixa Bargeld), y que aquí impelen la música del hoy sexteto a un ambient frágil y sedante más de lo que nunca lo ha sido/estado en sus 35 años de trayectoria.

Percusiones letárgicas, teclados árticos, frecuencias subsónicas. Con estos elementos, Nick Cave encara la travesía que lo conducirá a la última fase del duelo, la de la aceptación serena. El final del viaje, con “Hollywood”, es ciertamente liberador; pero el recorrido, del que la bellísima “Spinning Song” es la obertura, no perdona. El cantante honra la memoria del finado púber a través de concisos textos nimbados de una cotidianeidad desarmante, que trocan en melancolía pura -“A Ghosteen Dances In My Hand/Slowly Twirling, Twirling All Around/A Glowing Circle In My Hand/Dancing, Dancing, Dancing All Around/Here We Go”- el pop desvencijado y medio faite al que la banda solía recurrir hasta bien entrada la primera década del nuevo siglo.

Ante un suceso como éste, no mucho más se puede decir. Afrontar la audición del plástico, eso sí es necesario ponerlo por escrito, exige toneladas de empatía y un estado de ánimo similar al de quien ha debido atravesar el peor escenario que puede presentarse en la muerte -el de un padre/una madre enterrando a su vástago, tenga éste la edad que tenga.

Ghosteen es un díptico conceptual, pese a que su minutaje total tranquilamente pudo encajar en un CD. La primera parte, la más onírica, pertenece a los hijos que ya no están: ocho temas entre los que destacan “Sun Forest” y “Ghosteen Speaks” como lo más conmovedor/elegíaco que ha firmado nunca el viejo Nick. La segunda parte, mucho más realista, pertenece a los padres. Son solo tres cortes -“Ghosteen”, “Fireflies”, “Hollywood”-, que suman cerca de treinta minutos, los más cargados de resignación/serenidad/paz que puedes encontrar en el pop actual. A pesar de ello, imagino que la aflicción seguirá haciéndole compañía al australiano durante un tiempo. Quizá sus días aún terminen con el “buenas noches” de un ser querido al lado -un familiar, un amigo de años-, pero Cave responderá para sus adentros “not anymore” hasta que la pena desaparezca obliterada.


Hákim de Merv

jueves, 11 de julio de 2019

Stereolab: Cobra And Phases Group Play Voltage In The Milky Night

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 3 de julio del 2019.)

Algunas lunas han navegado el firmamento desde que se anunciara -febrero del año en curso- la reunión de uno de los más grandes actos aparecidos en los 90s. Ello aunque, valgan verdades, nunca hubo separación oficial. Stereolab, la mítica formación capitaneada por el inglés Tim Gane y la francesa Lætitia Sadier, da por concluido el hiato que observó a partir del 2009; con una serie de presentaciones que ha arrancado el 10 de mayo en Bruselas y terminará los días 18 y 19 de octubre en San Francisco. Si bien de momento no se insinúan intenciones de volver al estudio, ni planes de seguir tocando en vivo más allá de las fechas señaladas, tampoco se ha negado esa posibilidad.

En cambio, se ha anunciado en el site oficial la reedición doble y limitada (250 ejemplares en CD, el doble en vinilo) de siete de sus trabajos en estudio, reedición que ya ha empezado con Transient Random-Noise Burst With Announcements (Elektra, 1993) y Mars Audiac Quintet (Elektra, 1994). Crucemos los dedos, entonces, esperando que alguien se apiade y les proponga tocar a posteriori en Latinoamérica -mientras aprovechamos la buena nueva redactando la memorabilia de rigor: Cobra And Phases Group Play Voltage In The Milky Night (Elektra, 1999), el pico más alto de su seminal tríada noventera, cumplirá en pocas semanas 20 años de editado.


Para quienes nunca tuvieron el gusto, que asumo son los menos, Stereolab se nuclea alboreando la última década de la pasada centuria. En un inicio quinteto, el alias parecía destinado a engrosar el pelotón de alineaciones que, aupadas por la consagración del noise melódico que supuso el espaldarazo del dream pop y del shoegazing; tomaban nota de lo hecho por demiurgos como The Jesus And Mary Chain y My Bloody Valentine a fin de probar suerte con su propia lectura del Ruido. Las primeras escaramuzas del grupo, guarecidas por la égida de Too Pure y repescadas en la compilación Switched On Stereolab (1992), están marcadas por una guitarra cuya presencia insistente durará hasta el debut en regla (Peng!, mismos año y sello). Lo interesante del combo mayoritariamente británico radica en que abandona más o menos rápido el manual de estilo y experimenta amalgamando a éste efluvios de tesitura pop que se llevan bien con la Distorsión siempre que ésta no los devore. El indie que germina entre fines de los 80s y principios de los 90s, por ejemplo, es un elemento en activo desde el nacimiento de Stereolab cuyo peso molecular irá creciendo en sucesivas entregas; permitiendo el ingreso del pop frambuesa a la retórica del conjunto. Mucho más adelante, lo mismo ocurrirá con el binomio easy listening/batchelor pad, paladeado precisamente en el mini-album The Groop Played ‘Spage Age Batchelor Pad Music’ (Duophonic Ultra High Frequency Disks, 1993).


En subsiguientes esfuerzos -Transient Random-Noise Burst With Announcements, Mars Audiac Quintet, Music For The Amorphous Study Body Center (1995)-, la banda simultáneamente asimila y fisiona ecos de Can, el pop hi fi de los 70s, el timing de John Cage para el Silencio, el ubicuo “Hallogallo” de Neu! -materia prima de muchos géneros y miles de composiciones-, el exotismo easy listening de Juan García Esquivel... Placas todas que le reditúan a los cinco residentes de Londres inusual notoriedad en un contexto que empieza a desgarrarse producto de la fractura de aquella dialéctica que ¿Brian Eno?/¿Peter Gabriel? resumiera(n) magistralmente en el aforismo “la vanguardia de hoy es el pop del mañana”. Bancos de pruebas donde ensayar un sinnúmero de ideas sonoras, Stereolab queda fogueado/expedito para las hazañas que le convertirán en una de las sociedades más dúctiles en el panorama pop de fin de siglo.

Y si con Emperor Tomato Ketchup (Elektra, 1996) pasaron de quinteto a sexteto -mismos integrantes desde el Transient... a excepción del bajo, pero a la sazón el line up clásico de Stereolab: Lætitia Sadier y Mary Hansen en voz, Tim Gane (guitarra y sintetizadores, entre otros), Andy Ramsay (batería), Richard Harrison (en reemplazo de Duncan Brown) y el multi-instrumentista Sean O’Hagan (Microdisney, The High Llamas, Turn On)-, reduciendo a mínimos históricos su veta noise gracias al indesmayable funk futurista desplegado por el mugiente bajo acrobático de Harrison...


Y si con Dots And Loops (Duophonic Ultra High Frequency Disks, 1997) giran en redondo hacia la electrónica más exquisita y los soundtracks cosecha 70s, accediendo a que se cuelen de paso el free jazz, el lounge, la bossa nova (influencias con que ya se habían atrevido en el The Groop Played...); variables acrisoladas en un retrofuturismo de primer orden...


...pues con Cobra And Phases Group Play Voltage In The Milky Night, producido 50/50 por dos monstruos de la música contemporánea (John McEntire y Jim O’Rourke, nada menos), la música de la agrupación alcanza su punto culminante en una jornada cuyo lustre todavía refulge veinte años después.

A propósito de The First Of The Microbe Hunters (Elektra, 2000), un año más tarde condensé en el dossier de rigor para la legendaria revista Caleta todo lo que representaba el Cobra And Phases... con la frase “...el morphing como una de las bellas artes”. Dieciocho calendarios después, aquella unidad sintáctica permanece vigente. CAPGPVITMN es en la práctica un lúdico e inmenso tour de force, exquisito, vigorizante, lleno de color y desparpajo. Difícil trazarle una cartografía: bebe tanto del indie como del post pop, del easy listening como de la electrónica (si bien ésta aparece calculadamente racionada), de la tropicalia como del muzak de vanguardia. La apertura “Fuses”, para más señas, se vislumbra concebida por un Esquivel del siglo XXI -bronces que se atropellan tratando de emular la pulsante y deliciosa glosolalia que nos procura Lætitia Sadier.


15 pistas distribuidas en casi 76 minutos. Mientras éstos se desgranan, ésas se suceden cambiando de registro sin concederte reposo. La ambientación de “People Do It All The Time”, segunda parada del esférico, está presidida por un groove trópico-erótico. Acaso “People...” tenga en común con “The Spiracles”, “Infinity Girl”, “Strobo Acceleration” o “Blips Drips And Strips”; una índole pop que les aproxima al oyente mucho más que el resto de tracks, pero cada uno posee su propia sorprendente coloración, para la que cabría aventurar nuevas etiquetas híbridas -el picoteante swing tapatío de “Infinity Girl”, el minimalismo carioca de “Blips...”, el sprinter motorik de “Strobo...”, la bossa exoplanetaria de “The Spiracles”.


La rodaja, pues, fluye en un inacabable morphing de herraje analógico y registro digital; quién sabe si acicateada por un bajo que asciende a medular, convertido en tren-bala negro cual noche sin estrellas. Este proceso no sólo se da de canción en canción, sino incluso dentro de una misma canción. En efecto, determinados números devienen materialmente distintos. Otros no permiten hablar de trasmutación, sino de reemplazo por aquello que venía gestándose en el subsuelo del tema y que de pronto emerge hacia la superficie, haciendo más justo utilizar la palabra “anamorfosis” antes que el vocablo “metamorfosis”. Muestras evidentes de una y otra mecánica hay varias. Los vientos de la samba transdimensional “The Free Design” le convierten en un emotivo guiño a “Dancing Queen” de ABBA. El atmosférico soul al ralentí de “Italian Shoes Continuum” se transforma a los dos minutos y medio, gracias a una efímera descarga noise, en un stonazo reberv mambo que acerca a Stereolab a las trombas rítmicas de epopeya que desatase Laika -otro ‘must’ indiscutible para la genealogía avant pop de los 90s- en su fabuloso Silver Apples Of The Moon (1994). El punzante medio tiempo ultrasónico de la magnífica “Puncture In The Radar Permutation” es eyectado hacia el infinito gracias a masivas inyecciones de dub narcótico, proporcionadas por una coquetona marimba y una seductora sección de cuerdas. El loopeo de lumínica fantasmagoría funk que dispara “Op Hop Detonation” le convierte en una lección de space age pop, a disfrutar mientras se viaja a través de la fibra óptica... Y así podríamos seguir con cada canción de este monumento sónico.


Dos canales me merecen una mención especial. “Blue Milk” fue muy criticada en su día debido a extensión -sobrepasa bastante los 11 minutos- y cariz -capas varias de ruido in crescendo que asfixian paulatinamente los vibrafónicos motivos iniciales, mismos que prometían una suite de pop sofisticado-. Hoy se pondera su semejanza, obviamente salvando las distancias, con las creaciones firmadas por Steve Reich y por los Sonic Youth post Washing Machine (Geffen, 1995). “The Emergency Kisses”, de otro lado, es mi favorita del CD: un tres cuartos de ensoñador clavinet (el equivalente a un clavicordio eléctrico), presto a introducir ingentes dosis de una melancolía como pocas veces se ha visto en la obra de Stereolab. Después de un tiempo hipnotizado por el embeleso francófono de Lætitia Sadier, el track vira hacia el funk de cuatro sobre cuatro, hasta que decide retomar la performance inicial dotándola de una suntuosidad épica, versallesca -genialidad pura.


Como se suele decir en estos casos, ¿qué queda más allá de la cumbre, sino la cuesta abajo? Todavía el sexteto tendría pólvora para dos largos bastante buenos como The First Of The Microbe Hunters y Sound-Dust (Elektra, 2001), aunque en modo alguno comparables a su consagrada trilogía de los 90s. Con menos suerte correrían los eventuales Margerine Eclipse (Elektra, 2004; puesto a la venta tras el lamentable deceso de Mary Hansen), Chemical Chords (4AD, 2008) y Not Music (Duophonic Ultra High Frequency Disks, 2010; lanzado tras la disolución de facto). Sin ser malos, estos últimos son bastante discretos en relación a los mejores discos de la banda. Sin embargo, la magnificencia de la terna ETK-DAL-CAPGPVITMN y el recuerdo de plásticos tan originales como Mars... y Transient Random-Noise... siempre es combustible para una segunda vida. Una en la que el ahora cuarteto -Sadier/Gane/Ramsay/Simon Johns, por fuera les sigue apoyando O’Hagan- pretende reverdecer laureles. Talento y oficio, la mancuerna creativa de Stereolab tiene de sobra: mientras Lætitia ha estrechado lazos artísticos con el italiano Giorgio Tuma (un par de singles brillantes y la colaboración “Maude Hope” inserta en el último disco del peninsular, This Life Denied Me Your Love), Tim ha logrado lo que nadie hasta ahora -llevar el viejo kraut rock al siguiente estadio evolutivo gracias al F-A-N-T-Á-S-T-I-C-O trío binacional Cavern Of Anti-Matter (junto al alemán Holger Zapf y al inglés Joe Dilworth).

POST-DATA

Mes y rotaciones atrás, perdí a mi viejo luego de una penosa y fulminante enfermedad. Para entonces, llevaba casi noventa días sin escribir por voluntad propia. En medio del desconsuelo por su deceso, mi hermano del alma Sebastián Pimentel me ofreció fortaleza y apoyo, y el acicate necesario para salir de mis cuarteles de invierno: “Honra a tu padre con el don de la palabra, que es tuyo”. Estas líneas, escritas tras cuatro meses de ausencia, van dedicadas a la memoria de papá, Edmundo Gárate Terrones (21/01/37 - 09/06/19).

Hákim de Merv

jueves, 15 de junio de 2017

Bitman & Roban: Hurtos

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 20 de mayo del 2016.)

(Le agradezco la oportunidad de haber descubierto grupo y disco a mi buen amigo Orlando Quiróz, quien hiciera lo propio con El Último Día de Fiat600.)

Si eres fan del fútbol y de los videojuegos, y por ende te has amanecido enviciado/a en la versión 2007 de FIFA, habrás escuchado sin duda a DJ Bitman. Su tema “Get On The Floor” fue repescado del tercer y último disco que grabase al lado de Roban: Música Para Después Del Almuerzo (2005). Pero Bitman es mundialmente conocido no sólo por eso, sino también por haber colado composiciones propias en las series norteamericanas Dexter y Nip/Tuck, además de haberse prodigado en remixes para los alocados Beastie Boys.

La asociación entre el ariqueño Bitman (José Antonio Bravo) y el santiaguino Roban (a.k.a. Christian Powditch, integrante del recordado Plan V ceratiano) data de 1999. Pasaría algo de tiempo antes de que la dupla plasmase en físico sus creaciones. Hurtos, en efecto, salió a la venta en el 2001 por Big Sur Records. Posteriormente aparecerían Robar Es Natural (2002) y el mentado Música Para Después Del Almuerzo, antes de sellarse su disolución.

Superadas ya varias escuchas del Hurtos, diría que Bitman & Roban comenzaron su carrera al amparo de una innegable influencia de Dimitri From Paris: ADN más funk que disco, pero reprocesado usando digitales cadenas proteínicas de histología house -que no obliteran subsecuentes acercamientos al hip hop (por lo demás descendiente en primer grado del funk). El lounge y el jazz, por el contrario, son convocados para el acabado final: una cuña aquí, un retoque de cincel allá, una manito de pintura acullá.

Con todo lo que se echan encima B&R, difícil alucinarles solemnes, aunque sí sutiles. Esto se nota sobre todo en los sampleos: es un humor seco el suyo, que no deja adivinar fácilmente cuándo el sample es guiño y cuándo es broma. El sesgo cómico queda en evidencia en “Clásicos A Marte”, donde no sólo se burlan del mamarrachiento refrito de Orlando Netti, sino que descontextualizan el “Shout” de Tears For Fear a través de un sample minúsculo. En cambio, lo de “Chameleon” del maestrazo Herbie Hancock -extraído de su rotundo Head Hunters, 1973- en “Paseo Nocturno” parece más un guiño, cuando no (merecidísimo) tributo.

Precisamente en “Paseo...”, se da la primera de las colaboraciones del disco: Tea Time de Los Tetas. En “Mis Caprichos Son Mis Dichos”, se hace presente Seo2, MC del grupo Makiza. Bitman & Roban cierran el apartado de colaboraciones y asimismo el Hurtos con “Vale Tom” y el lujurioso scratching de DJ Squat, también de Makiza.

B&R llegaron a convertirse en referentes de la escena electrónica chilena durante la década pasada. Una verdadera lástima que no continuasen juntos. Powditch ya se ha retirado de toda actividad ligada a la música. Bravo, felizmente, lleva una carrera que se inició en paralelo a B&R con Sunset Beats (2003), y cuya última incursión hasta ahora es el album Airplane (2015), también en paralelo -esta vez, al proyecto RVSB, que conduce en comandita con DJ Raff; un todoterreno que ha pasado por Chancho En Piedra, Tiro De Gracia, Los Tetas, Los Mismos, La Floripondio y La Pozze Latina.


Hákim de Merv