(Publicado
originalmente en mi cuenta Facebook el 4 de noviembre del 2020.)
Hace tres lustros
que dejé de seguir las correrías de Moby. Aunque 18 (2002) tenía la pinta de una re-elaboración menos favorecida del
multipremiado Play (1999), todavía
hoy funciona cumplidoramente. Ello no sucede con Hotel (2005), donde el sobrino-bisnieto de Herman Melville resigna
su estancia en las grandes ligas para descender a segunda división. Como ocurre
con la política, en el panorama de la música pop parecer un cadáver no implica
necesariamente serlo. Quizá un día Richard Melville ocupe de nuevo sitial destacado
en los recuentos de la prensa especializada, si bien encuentro altamente
improbable que logre reverdecer los laureles de su época más feliz, inaugurada
por Everything Is Wrong (1995) y que clausurase
Play.
A prima facie, la
música de Vrianch no guarda ninguna semejanza con la de Moby, más allá haber
germinado ambas sobre suelo electrónico. Vaya que hay similitudes entre sus rutas,
sin embargo. Si el artista usamericano se inicia como integrante de la formación
hardcore punk Vatican Commandos, el peruano Víctor Chang comenzó debutando guarecido
tras el alias hip hop de Dr. Crack, y ha ejercido de productor para artistas del
rubro en la calurosa Piura (ciudad norteña en la que fijase residencia hace 15 calendarios).
No olvidar que la bilis, que alimenta por igual tanto al punk y su vástago
hardcore como al primigenio hip hop, tiende un puente entre estos géneros
facilitando esa definición que perfila a este último como “punk para las
caderas".

Pero la
coincidencia esencial está ligada a la inusual versatilidad que testimonian ciertos
títulos del estadounidense (Animal Rights,
Everything Is Wrong) y del connacional
(Solución Atómica, Aliens | Humanos, Teoría EP: A Conspiracy Music).
Y mientras Play fue el canto de cisne
con que Melville decidió prescindir de esa admirable cualidad, decantándola hacia
el folk y el gospel; el potencial de Vrianch aún está presto a seguir rindiendo
frutos por tiempo indefinido. Vale la pena aquí subrayar que el uso del vocablo
“versatilidad” no se vislumbra tan evidente en la propuesta del limeño devenido
piurano. No al principio, al menos: existe una leve uniformidad en la materia
prima que el músico emplea para sus creaciones, más que en los moldes de los
que éstas son extraídas. No obstante, esa materia prima se halla imposibilitada
de calzar en cualquiera de los cajones que las etiquetas predeterminadas
sugieren/idealizan.
Porque el pingüe
caudal sónico que libera Chang con este alias -tiene otro de descorazonado(r) electropop
agridulce, Miquela, junto a Mónika Ruiz- ha sido previamente martilleado a
través de varias instancias decisivas. La primera de ellas: el amancebamiento
de influencias tales como el spoken word, el trip hop en fase downtempo, un IDM
austero, la estética de la Baja Fidelidad, el ambient con ínfulas de
neoclásico, el synth baladesco y la electrónica más llana/sencilla; entre otras
menos cruciales. Notoriamente y a pesar de coincidir en el recurso del
acrisolamiento, Víctor anda lejos del maridaje entre industrial, eurobeat, ambient
trance, new age, house y techno tan caro al Moby más iluminado.
La dialéctica de Vrianch
es, asimismo, fruto de sucesivas intervenciones que el unipersonal ha acometido
contra las diversas herramientas de las que se vale durante los periodos
compositivos. Esto se pone de manifiesto desde In @Vrianch 2003-2008, debut discográfico recopilatorio de temas
primerizos: el linceño sospecha de los sonidos que un sintetizador trae
pre-seteados, prefiriendo por lejos los patches que la interacción entre el
aparato y el propio talento puedan originar. Me lo imagino mitad científico
loco, mitad investigador cachinero -randomizando enchufes y cables, discriminando
módulos después de testearlos al azar, explorando la capacidad de las perillas
enunciada en el manual... Esta canibalización ha transitado progresivamente del
hardware al software, movimiento que empieza a percibirse en el single
“Reverberación De Cielos Sobre El Agua” (septiembre) y en partes del Teoría EP: A Conspiracy Music (julio, guarda con la triptofobia). A diferencia
de sus colegas del avant garde lorcho, Vrianch va virando hacia el
circuit-bending trazándose como meta la procreación de nuevos sonidos antes que
la búsqueda deliberada del Error.

Una tercera
instancia, quizá la que aporta la pieza clave para la identidad constitutiva
del acto, preside la manera en que se aborda la técnica compositiva. En placas
como Erik’s Songs (2019), Aliens | Humanos (2018) o Solución Atómica (2019); se advierte un
Chang que chambea estados de ánimo más que estilos. Mejor aún, en él, los
estados de ánimo son estilos. Las líneas melódicas sobre las que erige sus tracks
tienden a ser minimales. Los sonidos de sintes, quedó dicho, son
cribados/tamizados; en tanto sus envoltorios son moldeados por texturas
rudimentarias o futuristas, armoniosas o disonantes. El secuenciado de los
beats es más complejo, siendo éstos premunidos de sonoridades que se mimetizan
como percusivas. Obviando el precepto de aquello que es accesible y aquello que
no -“Niños Salvajes”, su 7’’ de agosto, es más Miquela que Vrianch-, lo que
llega a plasmarse en los discos es una electrónica melódica, sensitiva,
vagamente conceptual. Algunas veces se deja oír una voz femenina, y algunas
otras, la voz del músico en plan spoken word; pero sus arrebatos más vibrantes
son instrumentales, aquellos en los que la narrativa es asumida por los sonidos
mismos.
Es la de Vrianch, pues,
una música emocional. Trasciende al plano visual evocando animes, videojuegos,
paisajes extrapolados de la filmografía sci-fi... Una música que puede
catalogarse como experimental por su régimen de trabajo más que por la
configuración que abraza al ser burilada. El mejor ejemplo de lo que representa
el a.k.a. es Solución Atómica (qué risa la broma-sampleo de “América”), álbum
que lidió con más de un imponderable -el músico debió recomenzar desde cero.
Los diez temas originales que lo conformaban se extraviaron, obligando al autor
a regresar al partidor. Acabados los ocho nuevos canales para la segunda
versión de SA, completamente
distintos de los que contenía la primera versión del esférico, ésta reapareció.
Sin despeinarse, Víctor publicó el Solución...
enhebrando los 18 temas de que ahora disponía.

Como mencioné de pasada en un texto anterior, 2020 ha sido el almanaque más activo que ha tenido
Vrianch. No sólo ha lanzado las obras antes citadas y dos EPs -Memories Of The Known World y su continuación- en los que el protagonismo se lo roba el peculiar timbre del piano.
Igualmente, ha editado su colaboración con el artista audiovisual Alfredo Chinguel, bajo el rótulo de Normality
& Morality (junio). En la práctica, se trata de cuatro temas enraizados
en una cepa orgánica del deep house, inspirados por el DJ y productor búlgaro Stoyan
Stoyanov (a) Stoto. El detalle es que el “disco” -que excede los parámetros del
CD y aún el de los viejos cassettes de 90 minutos- desmonta cada número en
cuatro pistas, ofreciéndonos la posibilidad de escuchar por separado la
batería, el bajo, la melodía o los pads. La jugada me hace recordar, en sentido
inverso, lo que hizo The Flaming Lips con su cuádruple Zaireeka (1997). Anunciada ya una serie de nuevos esfuerzos que
verán la luz muy posiblemente en lo que queda del año -La Mangachería, Super-Star,
un CD a medias con DJ Locopro y otro 50/50 con Gelatina Magma-, el momento
actual de Víctor Chang asoma imparable.
PD: Ediciones
físicas de algunos de los volúmenes de Vrianch han sido financiadas en Lima por
Dorog Records, sello de Giancarlo Samamé. Si lo tuyo es el formato virtual,
puedes acceder a los discos de largo aliento del individualista desde la cuenta
BandCamp de Dorog, y a su catálogo completo entrando directamente al BandCamp
oficial del proyecto.
UPDATE
A día de hoy, tanto los títulos La
Mangachería como Super-Star ya
han sido colgados en Internet.
Hákim de Merv