jueves, 31 de agosto de 2023

La Ciencia Simple: Ritmos En Cruz // Trampaluz: Paisajes Del Tiempo

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 23 de agosto del 2023.)

Aunque haya aparecido en la veintena de octubre del ‘22, bien puede decirse que con Ritmos En Cruz festeja La Ciencia Simple una década de vida en este 2023 ya inclinado ante su último tercio -pese a que el combo santiaguino fecha el debut Hacia El Mar en el ‘14, éste es registrado el año anterior. Al aniversario arriba la banda de la mano de una descollante madurez, logro no menor toda vez que ha sufrido la baja de uno de sus guitarristas fundadores, Diego Palomino.

Esta lozanía ganada por el hoy cuarteto, además de descollante, ¿es plácida o serena? Excelente pregunta. Cantada, si se considera el carácter instrumental de LCS, y sobre todo el rol medular que han desempeñado las eléctricas en su música. A falta de declaración de parte, estimo que es más indicado hablar de serenidad. Porque aún cuando la ausencia de Palomino presupone un escenario un tanto incómodo, la grácil performance de Rienzi Valencia en la otra guitarra permite a la alineación salir airosa de la contingencia. El bauprés apunta ahora hacia territorios de cielos más tersos, distantes de los giros a veces sobrecogedoramente intempestivos que otrora dictaban en sociedad el bajo de Tomás Cornejo y la teba y programaciones de Gonzalo Valencia.

Es Ritmos En Cruz, ergo, una jornada comparativamente más reposada que las ofrecidas en II III V (‘16) o en III V VII (‘18). Los sampleos, las percusiones, los sintetizadores; se adhieren con mayor naturalidad que antes al coloquio entre soporte rítmico y guitarra -en la medida en que tal diálogo opta por filtrarse y encausarse en cálidas armonías inmateriales, en susurrantes melodías etéreocrepusculares preñadas de un impresionista tratamiento onírico.

Tal vez todo ello se deba al equitativo balance entre instrumentos de que ahora goza el conjunto. No sé. Lo que de todas formas me queda claro es que, si esta reconfiguración responde a la salida de Diego, no se nota en absoluto. De ahí el calificativo de “sereno” antes que el de “plácido”. La placa es igual de punchera, perentoria, poliédrica y estimulante que el background hasta el ‘18 acreditado por los capitalinos. La única diferencia es que el post rock a lo Mogwai que hoy ejecutan prescinde de los rebotes/de las paradas en seco/de los saltos percusivos, en favor de atmósferas sosegadas/reposadas/pacíficas donde la estética del ambient se enseñorea a gusto.

Y no, no es que esta gente haya renunciado a la sorpresa y/o a la contundencia. Desde “Ultramar” hasta “Éter”, pasando por las elogiables “Domingo”, “Cruz Del Sur”, “Magnolia” o el inequívoco homenaje a Richard D. James “Aphex”; se percibe una suerte de lenta/progresiva/sostenida inclinación a soltar con tacto los frenos y a pisar pudorosamente el acelerador. Concentración, mesura y determinación claves en un disco producido y mezclado nada menos que por John McEntire -Tortoise, The Sea And Cake- en su base de Portland (Oregon).

Corto receso editorial de por medio, vuelve Trampaluz a agitar la palestra gracias a un lanzamiento algo inasible de encajonar en parámetros convencionales, aún contando como tales aquellos que el acto chileno acostumbra visitar.

Ocurre que a mediados de junio llega a mis manos la versión física del nuevo título firmado por Fernando Arce, Paisajes Del Tiempo. En formato digipack, el diseño de funda es bastante parco, a contrapelo de otros volúmenes de Trampaluz que he podido consultar. Le había dado ya un par de vueltas a la versión en línea cedida a Chip Musik Records, así que tenía algunas ideas esbozadas sobre el contenido que me esperaba. Cuán grande sería mi sorpresa al constatar que había ni-tan-pequeñas e importantes diferencias entre lo que iba revelando el láser y lo que las neuronas recordaban de las reproducciones online. Frené en seco, para caer en la cuenta de la desigualdad entre portadas, de la minúscula variación en las denominaciones, de la falta de correspondencias en los minutajes...

Paisajes Del Tiempo es el bautizo que recibe la edición en CD. Llena de viejos negativos con que se trabajaban las fotografías antes de la era digital, la carátula abunda en vistas campestres de imprecisa definición y en matices que insinúan predilección por las estaciones en que Deméter sufre la privación de su hija Perséfone, algo que las nueve pistas del opus retratan muy bien sin agotarse en esa instancia. El contraste es patente con la contraparte digital de Chip Musik: Paisajes En El Tiempo no sólo prefiere las fotos antes que a sus negativos, sino que además les insufla de colores algo más vivos, anunciando así un acabado ligeramente distinto para los también nueve canales del álbum -más la toma adicional de “Reflejo Visual En El Espacio”, intervenida por Miyagi Pitcher y subtitulada ‘Vista Aérea Remix’.

La variación más manifiesta, no obstante, se produce en la extensión. Mientras Paisajes En El Tiempo sobrepasa los 106 minutos, Paisajes Del Tiempo apenas si dobla la esquina de los tres cuartos de hora. Revisando info, la disparidad débese a que las sesiones grabadas entre junio y agosto del ‘22 han sido sometidas a determinados procesos de corte y edición en una primera oportunidad, y a otros muy distintos en una segunda. Cabe aquí precisar que esa primera vez -octubre- se dio con ocasión de la publicación en físico, que Arce data en noviembre del año pasado (y que en realidad salió en paralelo a PEET), mientras que la segunda -marzo del calendario en curso- ve la luz vía el BandCamp de la escudería peruana en abril del presente. Es menester tomarlas, pues, por separado.

Respecto de Paisajes Del Tiempo, éste otorga licencia para especular sobre un endurecimiento del camino transitado recientemente por el sureño. El post rock desplegado aquí se inscribe en la tradición latinoamericana de sus cultores más ariscos, aquellos espartanamente reacios a cualquier comodificación. Porciones de magma sonoro informe como engendrado en el caos de resonancias nunca domesticadas, siseantes voces fantasmagóricas del todo ininteligibles (“Un Extenso Terreno”, “Transformación De La Naturaleza”), oscuras dinámicas paroxistas que recuerdan la tosquedad cara a/innata de la estirpe de Slint (“Forma De Ver El Tiempo”, “Lo Imaginario De Un Momento”), mínimas secuencias intransigentemente inalterables de grisácea tesitura (“Reflejo Visual...”).

El perfil invernal de este corpus se agiganta ante la casi total carencia de melodías -si las hay, éstas son desapacibles, prontamente ahogadas por las borrascosas texturas de agreste composición. Sintomáticamente, el efecto generado es el de sentir los motivos centrales de cada surco siempre sugeridos, nunca nítidamente visibles, flotando eclipsados por las sombras que dispensan la constante indefinición y el frío perpetuo. De hecho, son computables en 0 los casi inexistentes pasajes de calma en medio del vendaval que dispara Trampaluz (acaso reunidos en “Todo Lo Que Alcanza La Vista”). Y sin embargo, la radicalidad expuesta en Paisajes Del Tiempo palidece ante la que acribilla a su impar de Chip Musik. Ése, por supuesto, ya es objeto de otra historia.

(PD: Consigno una pieza de la edición ChM, al no existir online alguna de la edición física.)

Hákim de Merv

jueves, 17 de agosto de 2023

Canciones De Verano Y Costa: Un Tributo Del Pop Español A Paraíso Y La Mode

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 9 de agosto del 2023.)

Mi primera vez con La Mode sabiendo que lo que estaba sonando era La Mode, no fue realmente mi primera vez. Como supongo le sucedió a mis demás coetáneos/as, a punto de cumplir nueve recién comenzaba a descubrir la radio, y ésta rara vez emitía el single más exitoso de esos españoles. Curioso, ya que entonces -primera mitad de los 80s- se vivía en Latinoamérica el “boom del rock en castellano”. Me estoy refiriendo, claro está, al 45 rpm “Enfermera De Noche”.

Pasó mucho tiempo antes de que la legendaria formación de Fernando “El Zurdo” Márquez se me revelase en todo su esplendor. Era 1992, y en casa de un amigo que por esos años vivía ilusionado con la “trova latinoamericana” di con un mixtape confeccionado en La Colmena. A la cinta la escoltaba la llana denominación de Post Punk Españoles, e incluía abriendo el lado B “El Único Juego En La Ciudad”. Fue un amor a primera escucha, que se fundió con mi piel en Cuzco durante el verano del ‘94, y el inicio de un culto entre algunos/as de quienes hasta ahora son compas muy cercanos/as. No faltarían, después, más instancias decisivas: el redescubrimiento de “Enfermera De Noche”, la adquisición de la obra íntegra de La Mode registrada junto a Márquez a través de la recopilación triple Todas Sus Grabaciones 1982-1984 (se editaría un LP más sin él, antes de la ineluctable disolución), la certeza de no ser la mía la única colectividad de weirdos que se había enamorado del terceto (Cocó Revilla de Silvania y Ciëlo les reivindica en entrevista concedida a Freak Out!, publicada en el cuarto número), etc.

De manera que, cuando me llegaron nuevas fresquitas relacionadas a la confección de un homenaje doble dedicado a La Mode y a Paraíso -primera experiencia de Fernando posterior a Kaka De Luxe, este último-, me lancé a averiguar de inmediato si las noticias tenían fundamento. Y pues sí. Canciones De Verano Y Costa: Un Tributo Del Pop Español A Paraíso Y La Mode ha sido orquestado desde Valencia por Vicente Ribas, y contiene versiones variopintas de veintidós clásicos pertenecientes a ambas alineaciones. Previsiblemente, la mayoría de participantes es valenciana, aunque también los hay de otras regiones -y hasta uno que otro ilustre contemporáneo del entrañable combo, responsable de las canciones acaso más sofisticadas de su época, producto de su afición por la new wave y la estética new romantic, y de su pasión por el synth pop y el talento de Brian Ferry.

Precisamente es la recordada Casilda Fernández, vocalista de Estación Victoria, quien rompe los fuegos de la primera rodaja con una enérgica relectura de “Aquella Canción De Roxy”. Basándose en la versión LP del tema, cuya contraparte 7’’ era bastante distinta, la madrileña hoy radicada en Jávea -Alicante- cierra flancos reagrupándose con sus excompañeros. Rebautizados para la ocasión como Casilda Y Victoria, su excelente toma prescinde del grueso de la ornamentación filo-electrónica del original, entregándose a una performance mucho más rockera -que flirtea con la letra de uno de los éxitos más memorables de EV (“Cita En La Embajada Francesa En Saigón/Oh, Mon Dieu! C'est La Mousson”).

Muchas de las interpretaciones que encuentran cabida en Canciones De Verano Y Costa... se hallan fundamentadas en un pop/rock atemporal y en las variantes mínimas que de esta asociación se desprenden. Ese rasgo tiende a nimbar al díptico de una impresión de uniformidad, impresión si bien varias veces corroborada, nunca al 100%. En efecto, no son Los Viernes (“Y Al Final Carolina”), Arcanodia (“La Teoría De La Relatividad”), Scrig (“El Eterno Femenino”), Sauna Bytes (“Mi Dulce Geisha”), Última Emoción (“Cita En Hawaii”) o Los Inhumanos (una jubilosa “Las Chicas De La Inter”); lo mismo que Jon Dove (“Amor En Taxi”), Falsa Pasión (“Wild Puppets (We Love You So)”), El Aviador Dro Y Sus Obreros Especializados (“La Estrella De La Radio”), Los Radiadores (“Makoki”), Amiga Mala Suerte (“No Te Equivoques”) o Uve Eme (“Aquella Chica”). Si bien ninguno de ellos consigue poner de vuelta y media las brillantes creaciones de La Mode, los primeros por empeño y ganas no quedan, mientras que los últimos no ensayan mayores variaciones respecto de los modelos (o dan peligrosos pasos en falso). Sorprende, para mal, que sea justo en este segundo grupo donde se sitúan dos históricos de la movida española de hace cuatro décadas: El Aviador Dro... y Falsa Pasión.

Salvo excepciones como la de Casilda Y Victoria, son las versiones que se salen del molde las que mejores resultados obtienen, pese a que ello no comporta una regla. Sí es el caso de Mist3rfly, cuya relectura de “Enfermera De Noche” se vuelca completamente al electro. También es el de Los Detectives, el otro ensamble que nace tras la desintegración de Paraíso, quienes perpetran una ejecución punk de “Sé Una Chica De Hoy” con guiños al fundacional EP de Kaka De Luxe (y menos sutilmente a los Ramones). Y es el de Víctor Eme y SERCH. (sendas fantásticas reinvenciones electrónicas de “La Evolución De Las Costumbres - Radio Edit” y “En Cualquier Fiesta”), así como el de Matamala (lúdica revisión punk de “Para Ti”).

El premio gordo, sin embargo, se lo lleva Juegos Nocturnos. Este proyecto, que une a dos referentes imprescindibles de la movida ibérica (Per Mertanen de Décima Víctima y Jesús Amodia de P.V.P.), deconstruye la magnífica “El Único Juego En La Ciudad”; rearmándola a punta de generosas dosis de espacioso dub y de un tridimensional reggae en clave roots. Quién hubiera pensado que tal cosa sería posible. Ni el mismísimo “Zurdo”, creo, cuyas maravillosas composiciones al lado de Mario Gil y Antonio Zancajo permanecen como uno de los picos a los que llegara la escena independiente ochentera, hija desafiante de la España liberada de la tiranía franquista.

Hákim de Merv

jueves, 10 de agosto de 2023

U.F.O. 1982: Cyber Noir EP // Búho Ermitaño: Implosiones

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 2 de agosto del 2023.)

Mala suerte la de U.F.O. 1982 al subir a BandCamp su puesta de largo el 22 de febrero del ‘20, pocos días antes de decretarse el inicio de la emergencia sanitaria en el Perú a consecuencia del COVID-19. Por ende, Fantasía pasó completamente desapercibida en medio de la crisis pandémica, que condenó a un olvido algo dilatado el esfuerzo de Janis Monja -principal y única fuerza motriz del proyecto- producido por Esteban Loayza.

Tres traslaciones terrestres después, U.F.O. 1982 lanza un extended play temático con todas sus pistas empalmadas. Cyber Noir EP se centra en la figura del T-800, el ominoso e implacable antagonista de Terminator (‘84), joya del cine B y uno de los mitos contemporáneos más destacados que surgiera de la cultura pop ochentera. La decisión no extraña, ya que desde un principio el alias de la peruana ha dejado en claro la devoción que le suscitan los sonidos electrónicos de los primeros 80s -concretamente la new wave y el synth pop, amén de la prole y cruces que ambas corrientes generasen hasta clausurarse el siglo pasado.

Cyber Noir EP luce más como una gran pieza de casi 18 minutos, antes que un conjunto de cuatro tracks. En gran medida, el tema central que signa Brad Fiedel para la banda sonora del aludido film es el motivo inspirador de esos canales, al punto que el “Intro” del extended es una especie de remodelación/rework de aquel, con parlamento sampleado de alguna(s) de las secuelas de la saga Terminator. Pegadizo synth pop de ciencia ficción y musculatura Hi-NRG que, en la práctica, no se diferencia del de “The Future Is Not Set” más que en la programación -mientras éste la tiene, “Intro” carece de aquella. Queda así la sensación de una fosca reelaboración entre futurista y dance, a partes iguales, de la composición original de Fiedel.

En “Tech Noir”, nombre de la discoteca en que Kyle Reese y el T-800 se enfrentan por primera vez, el equilibrio detallado se sostiene lo mismo que la secuencia rítmica. Sin embargo, los principales rasgos identitarios de la obra de Fiedel se han difuminado. Los arreglos vintage/retrofuturistas de robóticos sintetizadores y cristalinos teclados habrán nacido de su simiente, pero ellos ya no están. Tampoco la explosión Hi-NRG de la primera mitad. Para cuando “Skynet” empieza a sonar, bajándole simultáneamente la persiana al EP, Monja termina por sepultar todo vestigio del soundtrack de Terminator: del synth pop ochentero lleno de fulgor hasta grados chillones no sobrevive nada, pues la música se vuelve más reluctante al acercarse a la tradición del synth usamericano de los primeros 90s (tipo Faith Assembly, Seven Red Seven o Cosmicity).

U.F.O. 1982 se presentó el domingo 6 de agosto en el festival Underground Space, autodenominado “el primer evento de vaporwave peruano”. Pese a que ni en Fantasía ni en Cyber Noir EP he podido encontrar siquiera media nota de hard vapour o de future funk, debido a las inclaudicables reminiscencias en la producción del acto se comprenden las razones para haberle programado junto a otros seudónimos que sí califican como vaporwave -Lost Traveller ロスト, Babefake, Blurred Hologram, S O A R E R.

Las historias de todos los circuitos que conforman directa o indirectamente el mosaico de nuestra escena independiente nacional están atestadas de casos en los que tal o cual grupo no logró superar el reto del segundo álbum, tras agotarse el entusiasmo inicial y sobre todo si su estreno fue tan bueno que acabó convirtiéndose en sambenito y obstáculo. Hasta hace unos meses, a este limbo parecía pertenecer la banda Búho Ermitaño, que en el ‘14 debutase con un LP magnífico como Horizonte, a seis años de haberse fundado.

De todas formas, pausas de casi una década suelen ser aquí sinónimos de expiración definitiva. Hasta que se van al tacho, claro. No es ésa la única singularidad que distingue a BE. Cuentan a su favor una existencia que jamás se ha visto interrumpida y la permanencia de los seis individuos que firmasen Horizonte. Estas circunstancias, no obstante, son relegadas a riguroso segundo plano cuando aparece un nuevo documento sonoro a considerar. Y vaya que si el Tiempo no ha transcurrido ni para los capitalinos ni para el novísimo Implosiones.

Editado por Buh Records, el vinilo es mucho más corto que el mazazo de hace nueve calendarios. Pese a ello, la media de sus siete surcos sigue siendo muy elevada, como toca a una alineación que se desliza entre/impregna de todos los subgéneros lisérgicos de vieja escuela -así como de sus coetáneos más próximos, y aún de sus más aplicados descendientes. En la senda de lo mostrado por Horizonte, las nuevas creaciones de Búho Ermitaño se alimentan del espíritu del prog, del delirio del space, de la contundencia del hard, de la turbia viscosidad del heavy, del arrebato del blues, del pasotismo de la psicodelia, del jammeo intuitivo del kraut, del groove tribal de fusión enraizadamente jazzera...

Poco es, entonces, lo que ha cambiado la receta del sexteto en cuanto a ingredientes. Acaso sea el folk el único de éstos del que se ha prescindido. Felizmente, no es correcto utilizar ese adverbio calificativo para describir el aliento que sopla en este puñado de seis instrumentales y un solitario número cantado. Tampoco, para referir la soltura con que ahora los músicos fisionan influencias. O su remarcable desenvolvimiento instrumental, que ha ganado durante todo este tiempo sin editar cotas verdaderamente fabulosas -de inequívoca superioridad a las del primer esfuerzo. Todo esto ha sido posible gracias al disciplinado vigor que ahora ejercen tanto individual como colectivamente: si antes se les podía reclamar a los limeños un poco más de “descontrol”, hoy es evidente que no sólo pueden hacerlo cuando quieran, sino que es consciente decisión propia no abusar de esa coartada.

Así entiendo el milimétrico kraut ácido a lo Guru Guru de “Herbie”, los místicamente laxos efluvios cósmico-uterinos de “Ingravita” y el breve “Preludio”, el ascendente punche ácido de “Explosiones”, las piruetas prog-jazz pro-Birth Control de “Buarabino”, la irrupción de acervos sonoros de la zona altoandina presentes en “Renacer”... También, por supuesto, el indómito crescendo psicodeliblues de orientación space que comporta “Entre Los Cerros” -probablemente, lo más impetuoso/achorado/¿feérico? que han publicado a la fecha Juan Camba (batería, flauta), los hermanos Leo (bajo, guitarra, sintetizadores, theremin) y Diego Pando (bajo, guitarra, voz), Irving Fuentes (charango, bajo, la talk box), Ale Borea (percusión, loops, efectos) y Franz Núñez (guitarra, flauta, sintetizador, bajo). Otra jornada perucha de este 2023 que logra puntaje perfecto -y duro competidor fijo en los recuentos de fin de año.

Hákim de Merv

viernes, 4 de agosto de 2023

Miyagi Pitcher: Gala EP // Kinder: Desastres Naturales Para Niños

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 26 de julio del 2023.)

A manera de antesala para lo que será su nuevo larga duración, sexto desde que en el ‘15 diese sus primeros pasos con el notable Blonde, Miyagi Pitcher pone a consideración del público un breviario de remezclas nombrado Gala EP. Como su denominación indica, se trata de una más-bien-reducida selección de material sometido a reinterpretación digital, con el agregado de dos números a modo de adelanto de cara al próximo estreno.

Indicando de antemano una mirada furtiva antes que un cierto repaso a la obra del proyecto, tres son los remixes de Gala EP. De esa terna de relecturas, dos proceden de originales de Ikigai () (‘22), en tanto la tercera extrae su materia prima de Okuraseru (‘17); rodaja con que MP acentuó la diversificación sonora que ya había empezado Nymph EP (también ‘17). Los tracks del ‘22 han sido remezclados por Siam Liam: “Gala (ねこ)” e “Ikigai (生きがい)”. En ambos casos, el tratamiento es bastante similar: acaso “Ikigai...” no disponga de la opacidad nublada/sobresaturada que da la bienvenida al escucha en “Gala...” y que luego declina, pero sí comparte el trastoque de cadencias basado en una selección de loopeados muestreos de su modelo matriz (como también le sucede a “Gala...”).

A cargo de un tal Atoq, al que no he escuchado previamente, la remezcla de “Midori Iro” despega ahogada por el amperaje extremo de un molesto zumbido. Tras casi dos minutos de anabolizado proto harsh noise y de descuadrantes silencios intempestivos, el cielorraso se despeja un poco y empiezan a oírse rastros del original. Como éste, el remix prescinde tanto de los bpms como de cualquier otra tentativa de secuencia o programación.

Resulta interesante repasar varias veces la dupla de cortes nuevos que incluye Gala EP. Ambos parecen comportar un retorno a los días en que Miyagi Pitcher blasonaba de una pureza vaporwave, que encandilaba ante la casi nula presencia de otros compañeros de trinchera sobre suelo patrio. Y digo “parecen” porque no es la primera vez que me queda la sensación de que el individualista oroíno tienta volver por sus primigenios fueros. Como tantos otros en el pasado, en este caso lo logra, pero vaya uno/a a saber si será ésa la nueva dirección del siguiente capítulo. Por el momento, basta para ilusionarse: mientras el mallsoft de “Wabi-Sabi” nos regresa a las épocas de Blonde y de Honey (’16), con la calidez pastel y el glo-fi de sus teclados, el muzakcore de “Komorebi” subraya jornadas más recientes del unipersonal en que se ha buscado restituir al vaporwave al lugar preponderante que ostentaba en la retórica Pitcher -ambient pop afín a la glosolalia y a la psicodelia, preñado de alusiones directas al específico pasado ochentero en que se recrea el también llamado VHS pop.

Exceptuando la realineación oleada y sacramentada por un reciente tour europeo, nunca me he sentado a averiguar si es que los miembros de Kinder han sido los mismos desde que la banda irrumpiese en la escena indie -allá por el ’05- hasta la segunda mitad de los 10s. Dos son los escenarios posibles: o hubo un recambio de piezas al interior de la agrupación (cuán extenso, también sería motivo de investigación), o se decidieron a practicar un giro bastante radical en sus aspiraciones artísticas (entre 180 y 270 grados). Si fue lo primero o lo segundo, lo cierto es que un Kinder es el que debuta con el escuetamente bautizado Mini EP (Internerds Recors) y otro el que se reinventa en su lanzamiento epónimo del ‘10 (Automatic Entertainment). Es este último el que ha rubricado artefactos tan recomendables como Archipiélago EP (‘12) o Migraciones (‘16).

Lo nuevo de su cosecha, Desastres Naturales Para Niños es el mejor álbum de Kinder a la fecha. Y no precisamente porque se haya implementado otro golpe de timón en la travesía. El sonido es, en esencia, el mismo validado por el precedente Migraciones -uno que jamás se priva del groove hegemónico en los jammings, que pese a ello mantiene control íntegro de cada uno de sus aspectos, que a través de ese delicado balance no sólo se ensambla y cohesiona de maravillas, sino que además ejerce el ilusionismo de la unicidad estilística realizando malabares con los códigos abrazados durante por lo menos trece años.

¿No hay novedades, entonces? Sí, y éstas son cruciales. La más sutil es la asimilación inteligente y consecuente ósmosis de formas depuradas tanto del indie rock como del post rock del nuevo milenio y del math rock. Aunque la velocidad del math, que ya poco o nada se sincroniza con la del drum’n’bass, sea la que dictamine el brioso paso durante casi todo el esférico; ésta no opaca la filia indie marca 90s que domina muchas de las atmósferas elaboradas por guitarras y teclados en Kinder. Es, de hecho, esta conjunción la que permite el símil con el post rock que traspuso el Año del Jubileo: además de acreditar unos envidiables acierto y timing instrumentales, el indie matematizado de “Las Colinas”, el paisajismo metamórfico de “Porque Eso Es Lo Que Somos”, la poliédrica “Tomorrow I’ll Radiate” (acompañándose de La Cueva Del Oso) o la apagada pesadumbre de “Incendios” (el ancla del plástico) son indubitables lecciones del quinteto a este respecto.

La otra novedad, la más evidente, se relaciona con el acabado. No es la electrónica una ilustre desconocida para los limeños, pero en Desastres Naturales... adquiere mayor relevancia que la dispensada en jornadas anteriores del combo. De arranque nomás con “Dream Master”, ese fulgor electro en clave de viejo y arcádico 8BIT se convierte en justo contrapunto al soporte rítmico de Kinder, transformando aquello que toca en puestas de un ludismo fantástico. Aquí se puede mencionar sin ligereza a prácticamente todo el menú: “Magnolias”, “Primeras Horas” (su segunda colaboración con Cristina Valentina), la canción epónima (cuyo bajo ponedor se roba los flashes), el segundo inicio que supone “Winnie Looper”...

Dejándose de prejuicios fofos y de ansiedades momentáneas, me pregunto qué pensarían al audicionar este opus quienes fueron a la hasta-ahora-única presentación de The Cure en Lima y se desvivieron tratando de apurar a los Kinder para que terminasen su set. Si tuviesen dos dedos de frente, se les debería caer la cara de vergüenza. Notorio candidato a disco del ejercicio ‘23, el que han alumbrado Nicolas Gjivanovic, Esteban Rodríguez, Mariano La Torre, Luis Alonso Altamirano y Francisco Borges -los dos últimos, batería y bajo respectivamente, nuevos integrantes de la familia. Ello explica por qué la sección rítmica del alias asoma rejuvenecida y decisiva en este extraordinario esfuerzo.

Hákim de Merv

jueves, 27 de julio de 2023

Humanotone: A Flourishing Fall In A Grain Of Sand // Cel Gris: El Cielo Sobre Nosotros

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 19 de julio del 2023.)

He quedado algo sacudido por el segundo episodio de Humanotone, unipersonal de Jorge Cisternas, oriundo de Coquimbo que ya había hecho gala de no pocas virtudes en la epónima puesta de largo bajo ese marbete. Aparecida ésta en el ‘17, desde entonces poco fue lo que se supo del alias como tal -porque de Cisternas sí que llegaron noticias, gracias a la otra etiqueta que ha utilizado como nom de guerre: Sunvher y un unigénito esfuerzo del mismo nombre (‘20).

A Flourishing Fall In A Grain Of Sand renueva bríos y aires de cualidades ya exhibidas por Humanotone en la jornada precedente. Pese a ser el propio músico quien ejecuta la mayoría de instrumentos que se dejan escuchar en sus composiciones -guitarras, voces, bajo, batería, teclados, efectos-, el pedigrí y la destreza puestos en juego son tan enormes, que la sensación que transmite el esférico es la de estar frente a una banda completa. Y aunque Humanotone acentúa de continuo el ascendente metal de su música, ésta equilibra espontáneamente la balanza con espléndidas cuotas de psicodelia, de heavy psych, de prog rock y de stoner en modalidad sludge. La diversidad permite al chileno probar dos o más cambios de tiempo en una misma canción, con lo que el CD gana en maleabilidad -alejándose, por ende, de un discurso monocorde.

El coquimbano no se ha conformado con dar pie en bola a una versión corregida y aumentada del debut, empero. Como cuenta él mismo en las notas de BandCamp, si bien las ideas para la nueva entrega nacieron entre el ‘17 y el ‘19, éstas son grabadas recién entre mayo y octubre del ‘21. Mezcla y masterización se concretaron en los dos últimos meses de ese mismo almanaque. En cada fase conducente a la realización de AFFIAGOS pesó mucho lo que el propio Cisternas llegó a plasmar como Sunvher: una sublimación atmosférica del normalmente apabullante black metal nórdico, permeado/traspasado por flashbacks de la efectera que apuntan hacia el shoegazing/por una percusión neblinosa reciclada de lo que hoy se cataloga como post rock.

No es de extrañar, por ende, que A Flourishing Fall In A Grain Of Sand guarde ciertas similitudes con Sunvher. La adopción del formato tour de force (con todas las piezas entrelazadas), la descomunal dimensión de los tracks (sólo “Beyond The Machine” no rebasa la barrera de los ocho minutos), la desconcertante polirritmia, el insólito equilibrio de variables estilísticas únicamente hermanadas gracias a densos riffs fuzzeados... Todo ello hace más complicada la tarea de elegir sólo una de las cotas alcanzadas en el nuevo opus -pensar que apenas si son seis temas. Podría apelar a la gravedad instrumental de “Beyond...”, a la titánica épica de “A Flourishing Fall”, al fabuloso despliegue de la eléctrica en “Ephemeral”, al potente e incansable bramido del bajo en “Scrolls For The Blind” o “Light Antilogies”. Iré (otra vez) a lo seguro, apostando por los doce minutazos del ulterior “Even Though” y su naturaleza multipolar: sea rock pesado a secas, prog metal, sludge lisérgico o stoner doom; es de esas canciones -y, por extensión, de esos discos- con los que no te queda de otra que salir expelido/a hacia el espacio.

En circunstancias normales (es decir, no las del presente año), los otoños en Lima y en Santiago De Chile se parecen bastante. El mismo gris alternativamente blanquecino y plomizo cubre ambas capitales, bañándolas con precipitaciones pluviales cuyas temperaturas anuncian el frío que advendrá la siguiente estación. Las únicas diferencias climáticas que las separan entre la veintena de marzo y la veintena de junio son la frecuencia de las lluvias/lloviznas y la claridad del firmamento. Si en Lima las lloviznas rara vez logran despejar el cielo cenizo de la ciudad sumidero-jardín, en Santiago las lluvias ordeñan el colchón de nubes y permiten una razonablemente frecuente salida del sol.

Aún cuando suene pintoresco, el medio ambiente también es instancia a considerar al evaluar las influencias que repercuten sobre la creación artística, especialmente sobre aquellas que más modelan el aspecto ornamental. Así, mientras el húmedo otoño limense nos pone más en sintonía con una obra perfecta como 2106 EP de Maribel Tafur, el santiaguino predispone nuestra sensibilidad hacia un trabajo como El Cielo Sobre Nosotros, el mini-álbum debut de Cel Gris.

Operando tras ese a.k.a. de reciente data Edmundo Toloza, al parecer natural de Concepción pero afincado en Santiago De Chile desde hace algún tiempo, El Cielo... es un artefacto de corto kilometraje, como lo atestiguan sus cinco números y poco más de 26 minutos de duración. Lo primero que puede decirse de acto y rodaja es que la mira está puesta en el ambient -acaso la estética más susceptible al influjo del tiempo y del clima. No es, por fortuna, cualquier ambient el que cultiva Cel Gris. El suyo está polucionado por la Baja Fidelidad, lo que le confiere a su andar visos de correntada más que de tranquilo manantial. Incluso se podría hablar de accesos de harsh noise bien atemperados gracias al manejo ejemplarmente minimal de cintas y efectos varios.

De otro lado, la coartada del audio verité a la que CG se adhiere remite por igual a espacios urbanos y rurales -dependiendo la inclinación hacia unos u otros del apego que Toloza escoja mostrar para con esa variable entre melancólica y nostálgica que circunnavega la melodiosidad de su música. Ésta -la variable- se patentiza en esencia al transcurrir la segunda mitad del mini-LP, en piezas como la preciosa “Aintzira”, “Madrugada” o la diminuta “Gris”. La movida deja en manos de las paisajistas “Lluvia” y “Cel”, pues, la mirada desapasionada, clínica, estoica, serena.

Aunque funciona como agradable carta de presentación, hay en este primer paso algunas cosas que pueden/deben mejorar en un futuro inmediato. Admirador de gente tan disímil como William Basinski, Flying Saucer Attack, The Fall y John Coltrane; contrariamente a lo que el músico señala, no es El Cielo Sobre Nosotros un puñado de miniaturas. Salvo “Gris”, la media no baja de los cinco minutos, lo que pone de relieve una cierta uniformidad que de todas formas es necesario desbancar en el subsiguiente plástico. Conviene recordar a propósito que los procesos creativos pueden ser ciertamente muy distintos entre sí, tanto como que, si los resultados tienden a asemejarse; de poco o nada sirve subrayar el cariz diverso de cada fecundación sonora. Hay talento y ganas, en cualquier caso.

Hákim de Merv

miércoles, 12 de julio de 2023

The Great Old Ones: Mythos Of Cthulhu

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 5 de julio del 2023.)

Menos de un año le bastó a Raffaele Pezzella para gestar y hacer nacer un nuevo disco a inscribir bajo las estrellas de su segundo alias individual (el primero es Sonologyst), The Great Old Ones. De inequívoca ascendencia lovecraftiana, el proyecto consagra este volumen a la entidad summum por antonomasia del monstruoso panteón que ¿imaginase? ¿soñase? el escritor de Providence que la cultura pop más ha reivindicado, así como su antecesor fue ungido con el signo de Yog-Sothoth: me refiero, obviamente, al gran Cthulhu.

En su primera mitad, este Mythos Of Cthulhu es terreno propicio para ilustrar el cambio que TGOO está ensayando parcialmente respecto del debut, sin pasarse a las antípodas. Pezzella prioriza un enfoque más “objetivo”, hasta podría decirse “científico”: la atmósfera malévola y el denso paganismo desbocado que emanaban de Yog-Sothoth han sido como mínimo mitigados. Así, aunque el primer segmento de la placa acredita todas las características para mantener el status del a.k.a. napolitano como cultor del dark ambient minimal, su mirada se distiende hacia construcciones sonoras algo menos tremendistas que las precedentes.

“The World Of Vhoorl”, por ejemplo, no está ni mucho menos anegada de la pánica toxicidad del estreno; aunque la música se arrope de una insistente oscuridad/fotofobia. En lugar de ello, el número parece replicar las tranquilas marejadas de un planeta primordial. Las drónicas figuras ambientales que lo componen flotan en concierto, sin agitarse demasiado, lo que vale también para “Sunken City Of R'lyeh” y sus negros y supermasivos vacíos evocados (perceptibles sin la necesidad de la vista). O para “The Tablets Of Ubbo-Sathla”, cuya mezcla de percusión tribal, voces ¿tibetanas? y sonidos extraterrestres pareciera hablarme de primitivos mundos prehumanos.

Si es tal, la transformación de The Great Old Ones aún está incompleta, no obstante. Esto, porque a partir de la cíclica “The Secret Priests Of Cthulhu” y hasta que termina el CD, con la alucinógena “Dreams Of Rub' Al-Khali Desert” (donde yace incógnita Irem la ciudad de los pilares), la inquietante protervia encriptada en el ciclo mitológico de Lovecraft vuelve a emerger en todo su horro esplendor. Ruidos envueltos en texturas, pitidos ahogados, opresiva superposición de tupidas telarañas de drones, susurros estruendosos, colisiones de bajos tramados en esterillas... Estos rasgos quedan plasmados en el equivalente a la cinemática de una jeroglífica pagana, custodia inmaterial de saberes prohibidos y verdades abominables.

Entonces, ¿permanencia, evolución o mutación? Hay de todo un poco en Mythos Of Cthulhu, pero no siempre se hallan todos esos estadios presentes a lo largo de los ocho temas de los que éste se compone. Habrá que, como suele decirse, esperar un poco más para confirmar si la cosa marcha por aquí, por allá o por acullá. De momento, un track como “Ph’nglui Mglw’nafh Cthulhu R'lyeh Wgah’nagl Fhtagn”, vagamente oriental y de salmodiantes voces ¿humanas?, satisface por igual a los partidarios de cualquiera de esas posibilidades.

Hákim de Merv

jueves, 6 de julio de 2023

Solenoide: Casa De Islandia EP // Prado: Machines EP

(Publicado originalmente en mi cuenta Facebook el 28 de junio del 2023.)

Buen rato ha que esperaba ver a Solenoide pisar el ruedo por cuenta propia. Le había escuchado en el segundo tomo del díptico articulado por Telúrica y Magnético, de la nómina Trilce Discos (‘20), pero si hay una label con la que estos muchachos se han hecho más conocidos, ésa es Chip Musik Records. Para corroborarlo, basta revisar las compilaciones Lego 13: El Final De Una Década (“Centinela”) y Lego 15: Pulsos De Bosques (“Cartaescu”, sic), editadas respectivamente el ‘19 y el ‘22.

La puesta en corto del quinteto se da finalmente en mayo del presente, recuperándose para la ocasión algunas de las canciones que ya habían visto la luz -obligando, de paso, a reconsiderar algunos juicios vertidos en comentarios previos. Esto porque, con una producción impecable como la que ha concretado el gran Mario Silvania (con la asistencia de Juan Esquivel a.k.a. Juan Nolag), firme y sobre todo límpida; queda en evidencia que los limeños nunca han pretendido ni adentrarse en las pantanosas aguas de la Baja Fidelidad, ni situarse en un contexto post baggy a fin de tentar acercamientos al cajón de sastre indie.

No. Lo de Solenoide es, sin reservas ni ambages, shoegazing de constitución química impoluta. Después de mucho audicionarle, no consigo distinguir en Casa De Islandia EP tintes de otras gamas. Ese supuesto matiz lo fi de “Centinela” debe, entonces, atribuirse a desfavorables condiciones de grabación -sería interesante chequear una versión más pulida del tema, que no ha sido motivo de repesca aquí. Puede afirmarse, además, que en el extended se siente la banda a sus anchas con el medio tiempo. No es necesario apresurarse -y cuando sí, como en “Tiananman” y su “tempo de pie quebrado”, la estructura del opus no se resiente. Fuelle de sobra el que poseen los capitalinos, consecuencia -me arriesgo a suponerlo- del aplicado estudio de los principales referentes de época: Slowdive en primer lugar, Chapterhouse, Swallow, el Bowery Electric anterior al Beat (‘96)...

La contribución de Mario también pesa a la hora de hacer las cuentas. Sin distinguir inéditos de difundidos, los números del EP han adquirido un agradable fulgor apagado, una cálida incandescencia declinante. Es como estar escuchando a los primeros Fleeting Joys, si el combo de los hermanos Loring hubieran sido más afecto a los dúos vocales y tenido una batería más orgánica/incisiva, como la de Renzo López. Es de ponderar, ergo, el verde cortado al ras y mantenido en excelentes condiciones para que Solenoide ruede el balón como en una pichanga verdaderamente amistosa: eficaces dosis de melancolía calibradas con la precisión de un boticario de antaño (“Cartarescu”), el feedback acidulado que espera con paciente timing el momento justo para descerrajar la puñalada desarmante (“Casa De Islandia”), la dinámica evocación que propician hermosos pasajes instrumentales (“Macabea”).

El esférico se apaga con la recitación de Laura Rosales, bajista y vocalista, de un fragmento de La Hora De La Estrella (‘77), último libro de la célebre literata pernambucana Clarice Lispector. Valga esta acotación para subrayar la poderosa impronta literaria que domina actualmente el proceso creativo del grupo. Cierto, es tentador pensar que la palabra “solenoide” es una variación del neologismo “solineide”, que inventase Támira Basallo (Salón Dadá/Col Corazón) y que fuese convertido en melodía por Cocó Revilla para el primer capítulo vinílico de Silvania (Miel Nube Hiel EP). Sin embargo, “solenoide” no es sólo una palabra que existe, sino que asimismo titula la que se considera la obra cumbre del escritor rumano Mircea Cărtărescu. De ahí la denominación de otro de sus cortes señeros, que ha sido oído por el propio autor europeo y recibido su aprobación. Auspicioso inicio, editado por Catenaria Discos, el de la mancha que completan Óscar Chávez (guitarra), Héctor Espinoza (bajo, voz) y Óscar Contreras (guitarra).

Puesto a considerar la larga travesía sostenida hasta aquí, encuentro curiosa la mezcla de sensaciones que me produce reseñar trabajos de congéneres que vinieran al mundo cuando ya quemaba mi primera juventud. Generaciones que sucediesen a la mía han habido muchas, y de ellas han surgido multitud de artistas que han perfilado propuestas interesantes. Pero la diferencia no era toda una vida. Por un lado, si ya con creativos/as de la talla de Silvana Tello me siento bruscamente envejecido, con gente como Attaraxis o Reducidos ese sentimiento se triplica. Por otro lado, atestiguar esas nuevas experiencias y dar fe de sus aportes al desarrollo de las escenas independientes peruanas, me permite ver el futuro mediato con optimismo: quedan leguas por andar sin sentir todavía el cansancio de quien ya se sabe próximo/a a concluir el viaje.

Casi puedo aseverar que Nicolás Prado aún no llega al cuarto de siglo. Machines EP, su lanzamiento de noviembre del ‘22, lo presenta como un neto nativo digital. Techno, ambient, EBM abstracto, ruido, IDM espástico, drum’n’bass expresionista, et. al; se fusionan con violencia y efectividad durante los 9 canales que delinean el extended -corpus multiforme que no implosiona gracias a la piel tatuada de estética gamer que le recubre, y que el músico ha bautizado con un término terriblemente buenísimo: webcore. Esa elección simboliza mejor que cualquier otra cosa el saludable arrebato y la genial conchudez que aún se puede permitir un mocoso de veintipocos abriles.

No obstante, esto no es un catálogo de taxonomías, sino una reseña de música. Así que bien podemos pasar a examinar esta entrega de Prado, tercera según fuentes fidedignas, para constatar si el ingenio lingüístico tiene correlato auditivo. Y sí, el hijo mayor de Paloma La Hoz (12 Garras, Mitad Humana, Thank You Lord For Satan) y del jazzista Andrés Prado ha debido tener buenos profesores. No lo digo por su formación de guitarrista que ha experimentado con el jazz y con el rock, ya que ello no se nota en Machines EP. Lo digo por esos dieciocho minutos y pico donde el mozalbete salta del avant garde de octanaje promedio (“Unsafe”) al sonido de la ciencia-ficción Z que se precipita hacia el new beat (“Digital Hell”). O de una tierra de nadie entre el IDM a lo lado-B de Plaid y trip hop de beat espacioso (“Collapsed System”), a cepas benignas del virus aislacionista (“Invasión”). O de la opacidad apocalíptica de un jungle a lo Ed Rush o DJ Gunshot (“Virus”), al 2-step (“Hedeache”, sic). Viñetas pequeñas (“Error”), rotundas (“Fuel”), imparables (“Chemical Waste”)... Jodidamente convulsas.

Hay un cierto acento en el extended, que orienta a éste hacia los predios del drum’n’bass -el neurofunk de Grooverider por aquí, el breakcore de Venetian Snares por allá-. Paja, pero de momento prefiero el insano balance que Prado ha sabido conjurar en este episodio, envuelto en una malla que muestrea sampleos al por mayor lo bastante deformados como para hacer tarea complicada su desciframiento. Quienes quieran seguirle la pista al promisorio joven, pueden buscar los EPs anteriores, publicados en Spotify utilizando el seudónimo de Blxzey: Distorted Reality EP (‘21) y Stuck In Space EP (‘21). Como yo no uso ese (misio) servicio de streaming, no tengo ni puta idea de a qué demonios sonarán.

Hákim de Merv