(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 18 de mayo del 2022.)
Se ha mostrado asaz diligente José Rodríguez vistiendo
desde hace algunos meses las sedas de sólo uno de sus proyectos personales. En
la veintena de noviembre pasado, Aloysius Acker colgó cuatro pistas en un link
que cumplía la función de lanzamiento, aunque originalmente éste carecía de
nombre (“...agrupadas sin intención de conformar un disco o EP...”, expuso el
músico en su muro). Ya en febrero del ‘22, salió un mini-álbum con la enigmática
denominación de S/T, genérico marbete del que siempre he descreído -a
menos, claro, que realmente lo que se quiera decir es “S/T” y no “Sin Título”. En
la medida en que uno y otro registro no se distancian entre sí, y dada la
brevedad de ambos, reseñarles por separado se hace tarea difícil de encarar
para cualquiera; pero sobre todo fútil.
Si en Vergel (3/21), Rodríguez había
comenzado a maniobrar el timón del excelente unipersonal hacia estéticas electrónicas
favorables a/coincidentes con el refinado shoegazing de sus primeras
referencias, tanto en Otoño / Invierno EP como en S/T el cambio
de curso ha parado en seco. Incluso podría decirse que el viaje inexorable
hacia el ambient digital no sólo no continúa, sino que ha desandado uno o dos
pasos. Para bien, subrayo: Aloysius Acker se echa el clavado sumergiéndose hasta
el fondo en el lagar de un post rock vítreo, cristalino, cuya superficie se
mece tupida por opalescentes vapores. Las delicadas notas de sus composiciones
se derraman sin entrecortarse, como en un ensueño -propiedad que no se arredra ni
siquiera en sus viñetas de mayor apasionamiento, como “Lejanía” o “Recuerdo Que
Eras Como Las Nubes”.
Los tersos tramados oníricos que teje el
limeño reconfortan y cobijan por igual a quienes les escuchan en el mini-LP y
en el extended. No obstante, es en este último que noto una mayor similitud con
el sofisticado muzak neoclásico del fallecido Harold Budd. No sólo por una
mayor presencia del piano -“Pequeña Elegía” y “Un Día En Invierno Muy Temprano”
no serían lo mismo sin esa distintiva sonoridad-, sino también porque en S/T
Aloysius Acker se permite sumar al output programaciones y/o secuencias en
estado embrionario. Las tímidas/elementales figuras que éstas sugieren/bosquejan,
espaciosas y discontinuas, ciñen de una extravagante aureola de voluptuosa
irrealidad a canales como “Nadie En Casa”, “Olvidar” o “El Jardín Por La Tarde”.
Presencia menor en S/T, el lo fi dosificado de “Eguren”, “Hallar Tu Sombra”
y la final “Solitud” acaba por darle al álbum un brillo distinto del que nimba al
EP -el del dream noise.
Dos exquisitas miniaturas con que Rodríguez
nos recuerda algo que a veces solemos olvidar prontamente: en ningún lado está
escrito que es imperativo estar descubriendo la pólvora a cada rato -y aún si
así fuera, hasta puede ser indispensable retroceder dos pasos para poder adelantar
tres.
Intrigante el transitar de Jean Paul Kaiser por
los vericuetos de las escenas independientes nacionales identificadas con el
rock grávido/áspero/iracundo. Ha formado parte de los históricos Kaos General (clásico
perteneciente al movimiento del rock subterráneo ochentero), de la misma forma
en que ha integrado Yiggael, 3AM (otro de los tantos rostros de Miguel Ángel Burga)
y Los Entierros. Su diversidad de registro es, pues, cuando menos encomiable:
hardcore punk, doom metal al mango, garage space, psych drone, meta stoner...
Desde el ‘20, este devoto de la saga The Omen
-Yiggael es el enloquecido monje que pinta los rostros del Anticristo (descubiertos
en la segunda entrega de la franquicia), el primer CD de Los Entierros se llama
Discípulos De La Vigilia (satánica feligresía que ayuda a Damien Thorn a
cumplir sus designios en Omen III: The Final Conflict)- lleva adelante una
travesía solista que debutase a fines de marzo, vía extended eyectado por Tóxico Records (escudería de Gatoebrio, Mazo, Reino Ermitaño y Tortuga). Grabado con
el concurso del bajista Carlos Vidal (Ciudad Veneno, La Ira De Dios) y del
hiperprolífico Herrmann Hamann, quienes vienen secundando al ex KG a partir del
‘21, Cállate, Mira Y Escucha EP ilustra el espinoso/enrevesado crossover
donde se volatilizan muchos de los ingredientes antes listados -además de otros
como la new wave, el post punk y la psicodelia.
El extended se compone de dos piezas, si bien
entrelazadas, diferentes. Rompe los fuegos “Encerrado”, sampleando parte del
diálogo entre Dean Brooks y Jack Nicholson (One Flew Over The Cuckoo’s Nest,
1975). El corte es una contundente demostración de resonante proto-punk
garagero acunado por cavernosas oquedades megalíticas, con una ácida vibra
entre stoner feral y dark necrofílico. Sediciosa combinación la suya, que de
por sí concita rápidamente el interés.
“Autómata” marca vehemente contraste al
tratarse de una canción de revoluciones sensiblemente menores. Preso de un cansino
agobio y de un sentimiento de insondable desasosiego, su espíritu yace en el
mausoleo del dark rock de los 80s, poseído por lúgubres climas de exasperante
tensión y atribuladas atmósferas de teclado (cortesía de Hamann, también a
cargo de mezcla y masterización). Coronan la faena en “Autómata” esa
performance vocal a lo decrépitamente aguardientoso crooner de carretera que Kaiser
escupe, así como la pesada hipnosis cuasi industrial que destilan las eléctricas
de Jean Paul y Herrmann -heredadas tanto de Alien Sex Fiend como de Killing Joke,
influencias capitales para este acto.
Entiendo que ambos temas han sido grabados
entre el ‘20 y el ‘21. Teniendo en cuenta lo mostrado en ellos, el saldo es
alentador, pero asimismo breve. Demasiado, diría yo. Ojalá pronto haya nuevas
noticias de Kaiser, que con este EP -un single, en la práctica- nos deja apenas
con la miel en los labios.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 11 de mayo del 2022.)
Al abrazar la causa de la independencia
artística en la órbita de la música pop, ocurre -más veces de las que te
imaginas- que lograr una razonable consolidación del estilo personal para componer
y tocar es arduo, o como mínimo fatigoso. Incluso se te pueden pasar años pugnando
por alcanzar esa meta -en cuyo caso, la recompensa suele ser doblemente
generosa, al arribar por fin a aquella consecución.
Fernando Arce ha perseverado mucho tiempo en
la ruta, tesón que ha comenzado a rendirle plausibles frutos desde hace algunos
meses. Empezó en el 2000 junto a Daniel Vega y a Rodrigo Gómez, escudados los
tres tras el seudónimo de Chamico. Con elaboración artesanal, para la cual la austeridad
de recursos era una condición antes que un precepto, la terna mapocha grabó a partir
de entonces ingentes cantidades de material -se habla de diez horas en cintas
cromadas, de las que hoy casi todo se ha extraviado. Apenas si queda una impro
de 23 minutos sin título, empacada como Registros Di Inviernos (’21) y
debidamente acreditada a Chamico, para libre descarga en el BandCamp del actual proyecto de Arce: Trampaluz.
Apoyándose inicialmente en Jason Norwood, Trampaluz
despegó en el ‘13, siendo su debut un epónimo registro fechado a principios del
’15. En la actualidad, lleva publicados trece álbums completos, sin contar ni
EPs ni singles; ni tampoco los tres trabajos que han visto la luz al amparo de la
peruana Chip Musik Records entre noviembre y enero últimos (todos en modalidad
free download). Algunos de esos primeros pasos están signados por la liberadora/libertaria
exploración que desde el post punk emprendía Dif Juz, pasos obviamente atenidos
a su contexto tercermundista. Sin embargo, cuando menos con Trampaluz EP
(abril del ’14) y sobre todo con el largo Refracción (junio del mismo almanaque),
el chileno se despoja de muchas de las influencias que aún le marcaban el
imaginario -jazz modal, sonido Canterbury, post punk, primera psicodelia, post
bop- a efectos de instalarse en ese mayo francés del ‘68 que para las vanguardias
sonoras fueron los 90s.
Instalación tumultuosa, por lo demás. Reflejos En Calles Desoladas (11/21) mostraba a Trampaluz tratando de mantener el
equilibrio sin despeinarse, en medio del fuego cruzado entre un bliss pop emotivo
y un post rock proceloso. Valiéndose de(l desfase de) la tecnología vintage para
incrustar grabaciones de campo, loops y digitalizaciones; el músico tentaba
matizar la sañuda borrasca a cámara lenta de “Separando Luces De Fondo”, “En
Algún Ángulo O Una Esquina” o “Habiendo Recorrido Las Calles”. Mejor resuelto
brotaba 45 días después Un Silencio, que cuenta con el plus de una
pedalera inspirada -si bien todavía insuficiente.
Corrigiendo y desbastando las romas salientes
de inmediatos predecesores, puedo arriesgarme a decir que (Im)Pulsos
(25/1/22) es el primer esfuerzo redondo que le audiciono al alias spinettano de
Arce (el inolvidable Flaco bonaerense editó Fuego Gris en 1993, soundtrack
de la película del mismo nombre, donde figura “Trampaluz”). Rotundo y decidido
paso adelante, el disco gana en concisión acaso por la enérgica soltura con que
su timing condensa y tonifica el estilo del individualista santiaguino. Sin poseer
la certeza de un diseño premeditado, pareciera que este plástico tiene dos
mitades idénticas, proporcionando “El Movimiento Habitual” la rugosa/hosca coda
a manera de descanso/bisagra entre ambos hemisferios -generosos en crujientes
artesonados de eléctricas que deslumbran paradójicamente sedantes, en compactos
dédalos seductores de sonido, en imperturbable introversión oceánica...
De otro lado, el soporte rítmico cumplimenta
una discreta presencia constante, pero no siempre íntegra. Mientras que en instrumentales
como “Acentúan Un Tiempo” y el vigoroso “Una Señal Transitoria” puede apreciarse
entera, en temas como ”Incluso Una Forma Regular”, “Tiene Similar Recurrencia”
y ese tratado de texturología que responde al nombre de “Con Una Longitud Común”;
esa presencia se aferra a líneas de bajo que son apenas musitadas/sugeridas.
Los días en que cierta turbiedad hacía presa
de la música de Arce son, pues, cosa del ayer -no es que ésta haya desaparecido,
sino que ahora yace controlada/concentrada, lista para el desembalse cuando es
menester. Ídem la dispersión que atormentaba al acto capitalino en episodios
anteriores -aunque, en el caso de ésta, sí debe subrayarse su prescindencia
absoluta. (Im)Pulsos es Trampaluz en pleno dominio de todas sus
posibilidades -como lo demuestra “En Un Espacio Continuo”, que adapta interesantemente
el patrón polikinético del drum’n’bass a la ebullición bliss. Su primer home
run en ligas mayores, rebosante de post rock ingrávido, beatífico, sin lastres;
que se abrillanta al invocar las imágenes de crepúsculos inacabables.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 27 de abril del 2022.)
Grupos y artistas de primera categoría, que con
caracteres de fuego grabaron en la historia de la música pop la expresión más
acabada de la brillante fórmula estética destilada a través de su música, no
precisamente escasean. Una cuestión más espinosa, empero, es la relacionada a cómo
afrontar la propia carrera tras haber arribado al punto culminante de su
evolución. Algunas bandas no salen airosas de ese predicamento y desaparecen,
mientras que la mayoría prueba suerte tratando de avanzar más allá. De estas
últimas, casi todas toman la inexorable cuesta descendente que las conduce a su
disolución. Pocas alcanzan a refinar exitosamente el sonido de su(s) mejor(es)
jornada(s), y todavía menos son las que consiguen superarse a sí mismas.
De momento, Beach House parece sentirse a
gusto entre aquellos de sus pares capaces de sintetizar las virtudes de sus más
valiosos largos para seguir habitando en las alturas sin girar una y otra vez
la tuerca. Si con Depression Cherry y Thank Your Lucky Stars (ambos
lanzados el ‘15), Alex Scally y Victoria Legrand sacaron chapa de headliners gracias
a una surreal sonorización pop, nacida allí donde el indie post-noventero y el
nügaze del nuevo milenio se daban la mano/se agarraban a trompadas para
fusionarse; con 7 (‘18), ese output adquiría dimensiones majestuosas, augustas,
gracias al protagonismo que el CD confería a la lúdica electrónica seráfica abrazada
por los usamericanos y a la psicodelia reverdecida que impulsó el siglo XX en
sus postrimerías. Así, y hasta ahora, 7 es la valla más alta que los de
Baltimore han impuesto.
¿Dónde queda Once Twice Melody,
entonces? Luego de cuatro años en los cuarteles de invierno, lo nuevo de Beach
House es un imponente álbum doble que en total se aproxima a la hora y media de
duración. Aunque minutajes de idéntica extensión anuncian normalmente volúmenes
de factura irregular, infestados de material de relleno que les hace imposible
soportar intactos la erosión a que el Tiempo somete todo, el binomio ha tenido
el buen tino de dividir el díptico en cuatro capítulos diferenciados unos de otros, como si se tratase de un box set de cuatro EPs -dos para cada rodaja: ‘Pink Funeral’ y ‘New Romance’ en la primera, ‘Masquerade’ y ‘Modern Love Stories’ en
la segunda. Compartimentado OTM de esta guisa, aún el/la más
quisquilloso/a se quedará sin alegatos para criticar dicha amplitud.
De todos los proyectos que alimentó a partir
de los 00s el primigenio shoegazing, contados son los que optaron por enfatizar
el ingrediente pop de esa supersónica aleación. Whirr, el lo fi de Nicholas
Nicholas, los australianos de VHS Dream, los fantásticos Glaare... Ninguno de
ellos se arriesgó antes que Beach House, descontando a modo de antecedentes algunas
canciones de Fleeting Joys o de M83. El grueso de herederos apostó por hermosear
el noise a través de la pedalera -de 93MillionMilesFromTheSun a The Stargazer
Lilies, de Autolux a Tennis System, de Dream Suicides a Catch The Breeze. Con la
discografía de Victoria y Alex, pues, se inaugura en el nügaze una veta donde
la fúlgida melodía de estoque ostenta sobre el ruido una preeminencia que antes
era prorrateada.
De la increíble apertura epónima del disco a
la crepuscular “Modern Love Stories”, cuya segunda mitad se despide en clave
semiacústica, cada maldito minuto invertido en Once Twice Melody ha
reportado generosos réditos. Dado el notorio declive de carga distorsiva (“Through
Me”, “Only You Know”, “Superstar”, “Runaway”), la dupla ha empeñado todo su
talento en una performance instrumental que se agiganta íntegra a lo largo de los
dieciocho temas de la entrega. El placentero, apacible dulzor de las líneas melódicas
guarece en su interior mínimas dosis de pesadumbre y melancolía, suficientes
como para no olvidar ese desconsuelo impersonal que lleva siempre el ser humano
en el alma (incluso en la de quienes se muestran a toda hora joviales). “Many
Nights”, “ESP”, “Finale”, “The Bells”, “Sunset”, “Another Go Round”... La lista
de aciertos codificados en un formato más-pop-que-dream es nutrida. Injertadas en
ese catálogo no sólo aparecen las canciones más identificadas con el baggy líneas
atrás enumeradas, sino también aquellas donde el aditamento electrónico se
exhibe en toda su tórrida intensidad: “Over And Over”, “Once Twice Melody”, “New
Romance”, “Masquerade”.
Circulan verosímiles e insistentes rumores
sobre la pronta disolución de la mancuerna. De confirmarse, este Once Twice
Melody, mezclado por monstruos de la talla de Alan Moulder (Death Cab For
Cutie, The Smashing Pumpkins, Depeche Mode, Nine Inch Nails) y Dave Fridmann
(Mercury Rev, The Flaming Lips, Luna, Elf Power, Mogwai, Low); se convertiría
en el magistral epílogo de una carrera ejemplarmente ajena a las
consideraciones del mercado. El colofón idóneo para el que Beach House ha
preparado escrupulosamente una espectacular contraparte visual -dieciocho videos
en animación por computadora y con las líricas añadidas, disponibles en YouTube
por separado, de un porrazo y/o agrupados de acuerdo a los cuatro capítulos dispuestos
en ambos esféricos. El remate cuyo objetivo nunca fue clavar nuevas banderas en
territorios vírgenes a mayor gloria del dueto, sino sublimar/extractar/condensar
en poco más de ochenta minutos las cualidades y hallazgos que los de Maryland
han acreditado a la vez que ofrecido a la música pop del siglo XXI. Prefiero
centrarme, por ahora, en este bellísimo obsequio para sus fans -dándole vueltas
hasta literalmente levitar. Después habrá tiempo para lamentar su pérdida y
decirles hasta siempre.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 20 de abril del 2022.)
Nueva antología Buh Records, cuyo nombre ya anuncia
intenciones de enderezar la mirada hacia aquellos/as sobre quienes recae el
futuro de las músicas experimentales en nuestra movida independiente. Inicio
con buen pie, que le aparta del sesgo cansino/reiterativo del precedente Territorio
Del Eco: Experimentalismos Y Visiones De Lo Ancestral En El Perú (1975-1989). Valga la
aclaración, algunos comentarios han incidido en cierta unánime condición bisoña
de los/as colaboradores/as. Apreciación algo inexacta: la totalidad de temas no
corresponde a debutantes absolutos/as -pero incluso las trayectorias de quienes
ostentan cierto kilometraje no exceden el lustro de duración.
Mensajes Del Agua: Nuevos Sonidos Desde Perú Vol 1
arranca aludiendo al líquido que nuestra especie ha catalogado como el solvente
universal. Si piensas en la característica más notoria, su dinámica/informe fluidez,
como que el panorámico queda en debe. Es en las propiedades menos evidentes
-veloz propagación del sonido, alta absorción del calor, elevada tensión
superficial- que se revela adecuado el guiño del título. De entrecortada circulación,
el tape resiste con porfía digna de elogio la tentación de asimilar la abrasión
textural del ruidismo, si bien se vale de su yuxtapuesta/acumulativa dialéctica.
La cinta despliega el lado A y despide el
lado B con dos alias reconocibles del underground perucho: Mauricio Moquillaza y
la hiperprolífica artista escudada tras el seudónimo de Grave For Amanda. El
primero trabaja delicadas piezas de melancólico ambient modular, mientras que
la segunda despacha por igual -también usando los noms de guerre de Ojeras De Damita y Everynell- apacibles suites de melodioso post rock y compactas ráfagas
de reluciente ambient glacial. Uno y otra refrendan background en las
respectivas “Carácter Transitorio” y “Grounds Of Negligence”, así como avisan
acerca de la naturaleza unitaria de cada proyecto que estampa su firma en la
presente jornada.
Como advertía en el primer párrafo, aquí
escuchamos por igual a debutantes relativos/as y a pesos wélter camino de
convertirse en medio. Entre los/as primeros/as se encuentran Isabel Otoya (“Ansiedad,
Futurismo & Incertidumbre”, atonal ventisca non-sense de factura
compositiva contemporánea), Michael Magán (“Quick-A” emula las agudas
vibraciones que emitiría una imposible capa de cristal en permanente ondulación),
#DMTh5 (la inclemente desolación post rock de “En Honor A Los Caídos” es sólo
visitada por vientos sobre los que cabalgan fantasmales psicofonías del ayer),
Lucía Beaumont (extirpándole la furia, la breve “Escondite” se inspira en la
primera etapa de Einstürzende Neubauten para retratar el mugido del simún
percutiendo sobre diversas superficies) y Vered Engelhard. Este último merece
un comentario aparte, por ser “Dirty River” el episodio de Mensajes... cuyas
grabaciones de campo utilizadas dejan por fin escuchar la voz del agua -aunque
tampoco logra permearse de su armonioso discurrir. El número acaba siendo
jaloneado por ¿quenas?/¿pincullos?, mientras el trueno brama en el fondo.
Entre quienes acreditan un mayor recorrido se
cuentan el propio Moquillaza, Ayver (“Reconciliación Con La Vida”, muy en el
estilo neoclásico/electroacústico a lo 4AD ‘80-‘87 de José Luis Arango), la
antedicha Grave For Amanda, Vrianch (el de Víctor Chang es el acto más curtido,
como lo prueba la estética polimorfa de su output electrónico, que en “Brief, Cruel
And Anonymous” emite una leve iridiscencia bliss) y S O A R E R. Este último me
ha llamado la atención por introducir en mi vocabulario dos nuevos términos: “phaserwave”
y “slushwave”. Esos microgéneros no son exactas derivaciones del vaporwave, pero
sí provienen del mismo nicho -las comunidades online de músicos de dormitorio, productores
virtuales y melómanos. “Causa Y Efecto” es esencialmente un asalto dreampunk
que, pese a desentenderse de las programaciones percusivas, no prescinde de la
rítmica. Lo suyo es un ambient de veleidosos medios tiempos aupado por multitud
de plugins VST y phasers.
Artefacto concebido como parte de una serie
producida para la nueva plataforma Centro Del Sonido, Mensajes Del Agua:
Nuevos Sonidos Desde Perú Vol 1 también testimonia el quehacer artístico-sonoro
producido fuera de Lima (Huancayo, Cajamarca, Piura, incluso New York).
Igualmente, el cassette visibiliza el papel protagónico de nuestras creadoras,
antes ignorado. Ojalá iniciativas idénticas, promotoras de la participación
igualitaria y de la descentralización geográfica, se sucedan pronto en mayor cantidad.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 13 de abril del 2022.)
Si bien ya avizorada a través de “Girasoles
Tricolor” y de “Spiderdance”, tracks cedidos respectivamente a las
compilaciones de Dorog Records Premoniciones (‘20) y Nuevas Anormalidades (‘21), no deja de sorprender la dramática metamorfosis que
Jucsay ha experimentado durante los años pandémicos. Entre Mutante (marzo
del ‘18), registro colectivo al alimón con los individualistas Pascal y Movan,
y Kuntur Raymi (octubre del ‘21), rebotado hace unas pocas semanas por la independiente de Giancarlo Samamé; ciertamente parecen haber transcurrido
muchos más años de los que ambas acreditaciones alegan.
Acrónimo ideado por el chachapoyano Juan
Carlos Salazar Yalta, autodidacta en las técnicas de inspiración audiovisual y
con una licenciatura en informática, Jucsay dio inicio a sus múltiples
actividades culturales en el ‘04 atravesando trochas muy distintas de las que hoy
recorre. Plasmadas a partir del ’13, las primeras experiencias discográficas que
publicase se encontraban plenamente instaladas en los ámbitos del arte sonoro
puro: composiciones electrónicas cuya retórica del Ruido epata un despiadado
minimalismo -el propio músico describe su estilo como harsh techno. Presiden la
mecánica de esa primera etapa la modelación de frecuencias, el incisivo procesamiento
de sonidos analógicos y digitales. Las grabaciones resultantes retratan hoscas ambientaciones
de distorsión reconvertida, que sutilmente aluden a crispantes sacralidades precristianas
-ahí están como ejemplos “Río Negro” y “Final De Tu Dolor” (mini-álbum Pétalo De Lata, 2014), o la post-humana “NHMDLG” y el inesperado vacío de “Oración”
(mini-álbum Muda, 2013). Esta faceta del artista amazónico continúa
vigente en otras actividades multimedia en las que despliega su talento...
Como músico, empero, Jucsay ha virado hacia
expresiones sónicas muchísimo más cercanas a formatos pop -esto es, imbuidas de
armonía y melodía. A este respecto, los antecedentes de “Girasoles Tricolor”
(ludismo proto IDM) y “Spiderdance” (jubilar electrónica de linaje house) daban
cuenta ya de la nueva topografía en que iba a trabajar nuestro connacional del
oriente. Sobre ella se aposenta resueltamente Kuntur Raymi, producido
gracias al beneficio de las Líneas de Apoyo Económico para el Sector Cultura dispensadas
por el ministerio ad-hoc. El disco, cuya denominación guiña a la Fiesta del Cóndor con que se rememora cómo los pueblos ancestrales del actual departamento
de San Martín recibían el solsticio de invierno (21/06), tiene dos mitades
perfectamente definidas: una empieza en “Río Marañón” y termina en “Aliento De
Tella”, mientras que la otra va de “Puyu” a “Shuka”. Ambos segmentos se
diferencian únicamente en los matices -mientras el primer tramo subraya entusiasta
la síncopa y se descubre favorable para intensas sesiones en las pistas de baile,
el segundo atesora una mayor inclinación no exenta de hedonismo hacia la
escucha no estática/el deleite en horizontal.
Descontando esa distinción, en conjunto lo
nuevo de Jucsay se adjudica suficientes trazas que le categorizan como vigoroso
update de los descubrimientos que los precursores de Detroit y de Chicago hicieran
en el período ’90-’92. Justo antes de la asonada ambient noventera: es
interesante paladear cómo el unipersonal emplea los potentes patrones de
ascendencia electro-funk que sacudieran la Ciudad de los Vientos y los mesmerizantes
graves ofrendados por la Ciudad Motor, para operar en territorios muy cercanos
al intelligent techno con un concepto infinitamente más elástico que el de sus
primeros días.
Golpea trepidante el house en canales como “Huayra”,
la dulzona “Aliento...” o “Allko”, de fuerte flirteo esta última con el canon chill
out. Aflora aplastante el techno otro tanto en “Tingorbamba”, la exquisita “Puyu”
o la enigmática “Duende Azul” (dancefloor neuronal si cabe), confirmando esa
plausible habilidad con que Salazar enhebra contundentes programaciones y melodías
seductoras/adictivas. Alusiones a la tímbrica de la selva peruana y a los imaginarios
de sus etnias mil terminan por darle homogeneidad a este excelente esfuerzo con
que se reinventa el solista. Edita su propia plataforma, Seqes Records.
(Publicado originalmente en mi cuenta
Facebook el 6 de abril del 2022.)
Iba a empezar escribiendo que, hasta poder hablar/chatear
con él, no puedo saber qué había querido hacer Cristian Sánchez en el nuevo opus
de Asunción. Sin embargo, ello presupone que en esta oportunidad el ex tecladista
de El Diablo Es Un Magnífico se revistió de nuevos ropajes y/o se premunió de
nuevas herramientas, accidental o voluntariamente. No es ésa, en definitiva, la
situación -porque cuando menos desde el estreno en regla El Paisaje Interior
(2019), el santiaguino ya tenía definidos los elementos que identificarían a su
faceta solista, y el fino balance de éstos se ha depurado sorteando cambios traumáticos.
Más adecuado es afirmar, entonces, que no sé
qué expectativas esperaba colmar Sánchez con Materiales Y Símbolos. Lo
que sí tengo por seguro es que las ha dejado muy atrás a absolutamente TODAS.
Las propias y las ajenas. En poco menos de una hora, el chileno dosifica los
efluvios de iteración lisérgica que permeaban en abundancia su maremágnum creativo,
canalizándolos de manera que favorezcan evoluciones exponenciales de la otra
gran constante en su música como Asunción: el kraut rock, principal pero no
excluyentemente en fase Berlin school.
Las sibilantes cintas que Sánchez manipula, sus
sidéreos sintes a medio derretir, el estoico chisporroteo que le arranca a la
drum machine; se condensan en tres gemas cuya extensión ya guiña a las
gigantescas suites que el venerable kraut alemán concretó en irrepetibles
sesiones de kosmische musik y perennizó en un puñado de históricos vinilos.
Sobre la deconstruida síncopa motorik de “Los Vestigios Circulares”, por
ejemplo, Asunción desliza la pegadiza placidez embriagadora de unos armónicos
en permanente reverberación futurista. Esa impronta de ascendencia Düsseldorf es
evocada de nuevo, sin llegar a materializarle, en la segunda mitad de “El
Viento Eleva Una Esmeralda” -su primera parte, en cambio, vuelve la cara hacia
insistentes oleajes de proto ambient que titilan/vibran en la misma frecuencia del
track antes mencionado.
Con “Comunión Y Vigilia”, el capitalino me
transporta allende Próxima Centauri, un lugar al que muy pocas experiencias
sónicas me han catapultado. La primera vez que le escuché, quedé como alguna
vez dijo Cerati, “...Flotando Así/Sin Tocar El Suelo...”. “Comunión...
puede abordarse como una sucesión de informes abstracciones sonoras por casi 29
minutos. También, como una epifánica manifestación multimedia: a veces me
parece que el surco trasciende su mera naturaleza auditiva, transformándose en
un haz de luz con que escudriñar/atravesar las realidades de tiempo y espacio.
Impresiones que encuentran su origen en el hecho de encomendarse inequívocamente
Asunción al amparo de Tangerine Dream. La cósmica austeridad de la ambientación
predominante en “Comunión...” se condimenta con una voz filtrada/procesada,
mientras las notas exploran geografías etéreas que se transfiguran
periódicamente en melódicas, atmosféricas, experimentales, disonantes. Se
desplaza el unipersonal entre las telemétricas secuencias de Atem (1973)
y el space noise de Phaedra (1974), hasta que cerca del minuto 11 entra
a tallar la emotiva pulsión de Stratosfear (1976). El último golpe de
timón se produce hacia el minuto 20, cuando Sánchez atraviesa el Rubycon
(1975), rumbo al centro de la Vía Láctea.
Extraordinario logro del pop mapocho de
vanguardia, eyectado por la avispada Poxi Records. Donde quiera que esté, Edgar
Froese seguro dirigirá la mirada hacia la Tierra cuando las notas de este MYS
alcancen sus oídos.
Supe un poco más de Crisis Records a
propósito de un texto que redacté sobre Miradas Y Doncellas (2013), cuyo debut
(1995) se ha visto por fin recuperado en edición digital autorizada (2021). Iniciado
su andar en 1992, la independiente sureña se convirtió durante un quindenio en la
referencia a consultar si querías enterarte de la movida synth chilena. En
efecto, Crisis editó hasta el ‘06 no sólo el epónimo EP de MYD, sino también DIM
de 2CV6, La Última Tierra EP de Arteknnia, el hoy inhallable Olranigaminis
de Halugar-128 Bajo, A La Chuña de Mankacen y Visiones Nocturnas
de Invierno; entre otros trabajos más. Tras un receso de casi tres lustros (interrumpido
por No Lights de Automatique en el ’13), la label ha salido de animación
suspendida el año pasado mediante una seguidilla de singles y reediciones coronada
con el estreno formal de Ciudadano Kane, programado para el postrer día del ‘21.
Extraña historia la de este trío formado a fines
de los 90s con el concurso de Iván Guajardo, Cristián Riquelme y Tonko
Yutronic; procedente el último de Miradas Y Doncellas, y futuro animador de Lesbos
In Love y Astradyne. Ya para el ’01, Ciudadano Kane tenía listo el plástico. Imagino
que por razones circunstanciales, que luego se prolongaron indefinidamente, el
lanzamiento de Límites Deshabitados se ha efectuado veinte años después.
Con el update de rigor, claro: dos decenios de avance tecnológico en materia de
software y hardware no están para desperdiciarse -y sí para reformular/dinamizar/hacer
madurar algunos aspectos de los temas considerados.
Como (casi) todos sus camaradas de
discográfica, la terna concilia darkwave y synth, siendo mixta la naturaleza de
este último componente. Por un lado, la tradición europea se percibe en guiños
al Depeche Mode inmediatamente posterior a la partida de Vince Clarke, a los brillantes
LPs de Pete Shelley, incluso a los germanos de Camouflage. Por el otro, la escuela
usamericana deja sentada su huella en influencias a lo Seven Red Seven, Anything
Box y Red Flag -no por nada los 90s fueron la edad dorada del synth estadounidense.
El crisol vierte sobre Límites Deshabitados un oscuro synth pop de correcta
factura, que se despacha palpitante cuando más membrudo se exhibe: “Sonambulismo”,
“Mirada Ausente”, “Tulipán Amarillo”, “Espiando A Venus”...
Existen, además, otras composiciones que se
ajustan a un perfil predeterminado por la reluctancia y la niebla cegadora del fúnebre
romanticismo inglés. Muchas de las letras rubricadas por Ciudadano Kane y sus
compañeros de trinchera reflejan ese lóbrego tenor. En Límites..., la
pluma lastimera asoma inmaculada en “Antes O Después”, y matizada en semi-baladas
tipo “Hacia El Final”, “1899” (o Gary Numan bajo en serotonina) y la animosa “En
Tus Alas”. Sin necesidad de palabras, pliéganse asimismo a este molde los
instrumentales “Nowhere To Run” y el urgente/denso/tenso “Metrópolis” (ninguna
relación con el clásico de Kraftwerk).
Lo que son las cosas, pues. Si el CD hubiera
salido en su momento, tal vez se le habría catalogado como algo anacrónico
-demasiado tarde para participar del banquete synth latinoamericano o para considerarle
antecedente a subvertir por el electrocläsh. Hoy, que vivimos una desmodernidad
donde las barreras estilísticas son constantemente destruidas para ser
reedificadas, Límites Deshabitados ostenta el fuelle que ya entonces enarbolaba,
y que le sobra para conseguir el aprobado en esta ocasión. Virtudes no le faltan
-todas reunidas con mucho tino y sensatez en el estupendo cierre, “Viuda Negra”.
(Publicado originalmente el 31/12/09 en El Hexágono Carmesí. Una actualización del texto se colgó por primera vez en mi cuenta
Facebook el 23 de marzo del 2022.)
Aunque ninguno de los protagonistas parece
haber guardado memoria de la fecha exacta, por estos días han de cumplirse -si
es que no se han cumplido ya- 25 años desde que diose a conocer el célebre demo
Compilación I de Crisálida Sónica. Era mayo de 1997 y a través de las
páginas de la legendaria revista Caleta (decimoquinta edición), el crítico
Guido Peláez daba cuenta no sólo de la performance en directo de este frente de
bandas cuyo denominador común era una partisana vocación experimental; sino
también del lanzamiento dos meses antes de la maqueta en cuestión. Treinta días
después (junio), aparecía publicado en las mismas páginas el primer comentario
extenso de un registro que desde entonces permanece como la partida de
nacimiento del pop peruano de vanguardia.
Se dice rápido un cuarto de siglo, y no lo es.
En retrospectiva, sin embargo, da la impresión de haber transcurrido siglos
antes de que acaeciera ese memorable hiato. Antecedentes y precursores/as,
cuyas curiosidad e inquietud les empujaron a trajinar órbitas divergentes a las
del mainstream, no han faltado en el background de la música pop perucha. Eran,
con todo, esfuerzos tan espontáneos como esporádicos y aislados -visiones sonoras
que encendían una chispa tras otra, sin que bastase para incendiar la pradera. T De Cobre, Distorsión Desequilibrada o Ácidos Acme en los primeros 90s. Paisaje Electrónico, Yndeseables o el continuum Salón Dadá/Col Corazón en los 80s. La disgregada generación de compositores electroacústicos en los 60s y 70s (que
tan pop tampoco era, pero que participaba del mismo ímpetu avant garde que izaron
sus pares allende el mundo “académico”). Más atrás, quién sabe -lo mismo que
cuántos proyectos afines a los enumerados y por enumerar habrán germinado y desaparecido
sin legar producción artística alguna.
De ahí la significativa trascendencia de la
que se revisten tanto la -corta- existencia de Crisálida Sónica como el
manifiesto que plasmó, bien en el cassette, bien en las tocadas en que se
prodigó conjuntamente y/o sin aglutinar. Puede discutirse si el colectivo
consiguió articular una escena en torno suyo, si fue lo bastante estable como
para adjudicarle categoría de movimiento, o si de veras fue el primer grito de
renovación sonora al interior de una movida cuyas narices no iban más allá del gothic
o del hardcore ad portas del siglo XXI. Lo que no puede ponerse en tela de
juicio es su condición de catalizador de ese impulso trasgresor que latía en
quienes a la postre serían sus descendientes y le reivindicarían. Aún cuando
convengamos en que existían precedentes o coetáneos, CS fue el primer llamado a
la insurgencia en levantar el estandarte músico-experimental y en ser
reconocido por ello.
I
Como muchas de sus equivalentes
latinoamericanas, hasta promediar la última década de la pasada centuria la
escena independiente nacional siempre había visto mucho hacia afuera y poco
hacia dentro, cosa que en principio no asoma (tan) criticable. Increíblemente,
dicha escena mostró muy pocas veces reflejos de lince para el respectivo
update/calco, teniendo casi siempre la celeridad de una tortuga centenaria, lo
que tampoco es a priori (tan) causa de vilipendio. Esto se hizo más notorio
cuando se trató de decodificar la gigantesca supernova de las vanguardias que
implosionó en los 90s. Nuestros créditos nativos tardaron eras geológicas en
desviar su mirada hacia el shoegazing, el post rock, el trip hop, el slowcore,
el IDM, el drum’n’bass, el noise digital... Lo prueba el hecho de que, recién a
partir del año jubilar, estas expresiones underground se hicieron más habituales.
Por otro lado, y ésta debe ser una verdad en
casi todo campo de la creación y la ciencia humanas, las mutaciones son los
momentos claves de cualquier evolución. Dichos acontecimientos permiten progresar
desde formas primitivas/débiles/sencillas hasta formas complejas/fuertes/sofisticadas.
El proceso de estas transformaciones es normalmente lento -pero, cada cierto
tiempo, la evolución da un brinco impredecible... ¿Fue entonces el combinado
Crisálida Sónica, gestado allá por 1994, el salto cualitativo subsecuente de aquella
devoción que artistas locales profesaban hacia las nuevas músicas llegadas
desde los predios subterráneos de las metrópolis más activas en el panorama mundial?
Lo más seguro es que sí, pues no fue la suya una admiración inane, huérfana de
espíritu. Al contrario, ese fervor empataba con la actitud rupturista tatuada
en la piel de muchos de los involucrados. Al ser personas cuyos oídos y corazones
eran remecidos por grupos como Labradford, Disco Inferno, Pram, Insides, Main,
Bark Psychosis, Spacemen 3, Windy & Carl y Silvania; existía la natural
inquietud de difundir estas nacientes lenguas que se abrían promisorias al
porvenir. Un modo de lograrlo fue a través de las extensas sesiones grupales
que les descubrirían los fuegos de Slowdive, los clásicos del viejo kraut rock,
las glorias de Creation y 4AD, la bullente electrónica de culto que en el otro
hemisferio asaltaba los reproductores de audio...
Otro medio para predicar el novísimo evangelio,
no improbable debido a que este colectivo tenía madera para ello, era recrearlo
con las propias manos. Pero esto no se posibilita sólo con reunirse -acaso- unas
tres o cuatro horas a la semana. Aparte de la crucial centrífuga que fueron los
gustos en común, resulta sorprendente que la génesis de Crisálida Sónica
contara con el plus de individuos que también compartían (mal que bien) un
mismo espacio “físico”. Hace un rato mencionaba a Ácidos Acme. Idos los días de
esa experiencia punk-noise y su veintiúnico demo Estados De Ánimo (1993),
Miguel Ángel “Chino” Burga conoce a Wilder Gonzales Agreda en la sala de
Internet de la Universidad De Lima. En esas épocas, la Red era una veleidad
tecnológica, y quiso la suerte que Burga -a la sazón estudiante de ingeniería-
estuviera buscando sites de The Jesus And Mary Chain mientras Wilder se
encontraba cerca de allí. No es que la agrupación de los hermanos Reid fuera precisamente
una caletura por esas fechas, pero sí un símbolo (o mejor, un santo y seña). Un
breve cortocircuito de opiniones y los nuevos amigos pasaron a hablar de My
Bloody Valentine, Flying Saucer Attack, Füxa, Seefeel y un dilatado etcétera.
¿El año? 1994, como ya se dijo.
Wilder había estado participando de un proyecto
repartido entre los distritos de Independencia y Comas, con tintes neopsicodélicos
y apego por la saga post-Spacemen 3: Hipnoascención. Con el tiempo, Gonzales
Agreda deja a los hipnos para alumbrar al lado de Fernando Ponce Avalonia -que
editó póstumamente un epónimo EP en estudio y el en vivo Frutas Del País De Las Manzanas-, antes de crear Fractal junto al tecladista Wilmer Ruiz
(también estudiante este último, como Wilder, de comunicaciones en la De Lima).
Entonces radicado en Monterrico, Wilmer era vecino tanto de Burga como de los
hermanos Reyes, pero éstos no se conocían con aquél. Es después de las
presentaciones de rigor que Pedro, Raúl y Javier -quienes cocinaban la idea de
un combo (Ente) desde principios de los 90s (hoy ya se puede audicionar online
un tape del ’91 con tomas primigenias de “Raros Presentimientos”, “A Caminar” y
“Piedra Dormida”)- comienzan a manyarse con Burga. Con las relaciones amicales
e “ideológicas” afianzadas, se pasa de las palabras a los hechos en 1996. Pese
a traerse a Catervas entre manos, no son los Reyes quienes dan el play de
honor, sino el “Chino”. Tras descartar el seudónimo de Azul En Silencio en favor
del de Claroscuro, el ex Ácidos Acme cede un tema a Bichos Raros,
compilación con que Caleta celebra su primer aniversario. Noise rock y
etéreo en tajadas proporcionales, “Bajo Tus Sueños” concita cierto interés
entre los que llegaron a escuchar la cinta, mutando rápidamente Claroscuro en
Espira.
II
Luego de un concierto de presentación en
enero del ‘97, último que dio Wilder como Avalonia, el colectivo, bautizado
para entonces como Crisálida Sónica; prende la antorcha con el cassette Compilación
I. Harto generoso en ramificaciones sonoro-artísticas, el registro fue más
bien parco en mostrar nuevas caras debido a la insuficiencia de alineaciones
estables: cuando empieza a distribuirse el demo, a CS ya se habían acercado Antonio
Zelada (como grupo, Resplandor estaba en estado embrionario), Carlos Mariño (en
proceso de consolidar Girálea) y Christian Galarreta (grabando solo bajo el
edificante chaplín de DiosMeHaViolado); pero ninguno de ellos tenía todavía
tropa enlistada. Desde el vamos, Compilación I tiene todas las trazas de
una declaración de principios que convulsiona por igual mar y tierra. En sus sesenta
minutos, violenta el aire con resonancias vanguardistas, desafiando (casi)
cualquier predicción de parte del oyente -todo un uneasy listening trip. Para
obtener un sacudón de tales magnitudes, es indispensable el continuo ensayo, el
ajuste preciso, el entendimiento intuitivo, sacar todo el partido posible a los
equipos y efectos de que se dispone; pero también saber captar/aprovechar lo
que el Azar ofrece a cada instante, perennizándolo en el proceso de grabación. Un
axioma metodológico que esbozase por primera Jimi Hendrix, y que ha sido
aprehendido por gente tan dispar y genial como Miles Davis y Brian Eno.
Las dos caras del demo tienen un mismo orden
específico que va -según se mire- en espiral ascendente/descendente, más el
añadido de una coda que (nos) devuelve al mundo real: arranca el sideralismo
bliss de Catervas, luego el lánguido/etéreo discurrir ambiental de Espira, después
el cacofónico modus operandi de Fractal, y por último el simpaticón/cumplidor
output de Hipnoascención; a tema por testa en cada cara.
La anglófila consonancia shoegazing de Catervas
y Espira induce a un estado de tranquilidad en la primera parte de cada lado.
Si bien “A Caminar” ha sido catalogada alguna vez como el “She’s Lost Control”
de Catervas, la pieza no deja de nutrirse de cierta espacialidad atmosférica.
Ídem con “Espiral Mi Alma” de Espira, que está más cerca de su ágil etapa como
Claroscuro. De cualquier modo, sonando angélicos (“b-2ble-p”) o melancólicos
(“Cielo De Azul Ensueño”), ambos lados/grupos sorprenden al escucha por sus
planteamientos heterodoxos, experimentando con el sonido, envolviéndolo en
diáfanas sedas de ruido etéreo.
Fractal, autodefinido en esos años como “la
dinámica del caos”, marca el punto de inflexión -por contraste, es una experiencia
de visos pesadillescos. Moviéndose entre la psicodelia marca Silver Apples/Red
Krayola, el proto-industrial más denso, la música abstracta/concreta, todo presurizado
bajo enfoque aleatorio; Wilder y Wilmer -ayudados por Hugo Medina, de Hipnoascención-
entregan “Oh, Dios!” y los 11 minutos de “Etersónico” colgándose de las teorías
minimalistas/maximalistas de Sonic Boom (ícono indiscutido de WGA). Rebasada
esa cúspide/sima, Hipnoascención no puede apreciarse sino anecdóticamente. Más
tirado para el lado “melódico” de Spacemen 3 (léase Jason Pierce), lo suyo (“Alma
De Neón”, “Mística Creación”) revitaliza al oyente tras el fierrazo que implica
cada lado, sin llegar mucho más allá. A pesar de mis objeciones personales para
con estos “primerizos” Hipnoascención, he de admitir que los cuatro
destacamentos de Compilación I saltaron a la palestra varios cuerpos por
delante de lo que entonces se hacía aquí -con excepciones como las de El Aire o
Insumisión, aunque ése ya es otro rollo.
(Porque, si bien es más estéticamente interesante,
Crisálida Sónica no fue el único manchón que se aproximó entonces al Ruido.
Hubo otro igualmente importante, aupado por Leonardo Bacteria y los músicos
electrónicos abroquelados en derredor de otra interesante cinta de escaso
tiraje, Estudios Embriológicos De Deformaciones: Compilación
Ambient/Industrial/Noise Peruano. Para su justa reivindicación, se deberá esperar
a que el título aludido esté cuando menos disponible en formato digital.)
Las caras A y B no se agotaban en las
participaciones de cada protagonista, sino que eran rematadas con trozos
inacabados, restos de composiciones no finiquitadas, esquirlas de adelantos. El
primer fragmento del lado A, por ejemplo, exhibe una insólita veta de vaporosa
nostalgia en Fractal (“Mis Lágrimas En Tu Rostro”). El segundo fragmento
presenta el despegue -¿en directo?- de “Clave De Ángeles” de Catervas, que
aparecería más tarde en su maqueta del ‘98. El sexto fragmento, de los
desaparecidos Avalonia, se asemeja bastante a “Cíclica” de Catervas (una
extraordinaria toma live de esta última pista se publicó en Audición Radical -1997-, conmemorando el segundo aniversario de Caleta). Mención
aparte merecen el quinto fragmento del lado A, una escarapelante versión alterna
de “Oh, Dios!” de Fractal, y los dos fragmentos del lado B, cortesía de Espira
-un geiser de éter el primero, un océano de ambient enoidal el segundo.
Contrario a lo que pudiera suponerse, aún hoy
la estela de Crisálida Sónica no es mesurable en términos mediáticos, ya que su
propuesta misma dificultaba un acercamiento más -digamos- mayoritario. El guapeo
de su cachetadón debe medirse según las rutas que abrió y que, eventualmente, atravesaron
muchos de sus hijos -directos o indirectos, legítimos o bastardos. Ambos
componentes de su legado -caminos y proles- están indisolublemente ligados a la
movida independiente peruana, que siempre ha tenido cerrado el acceso a los
medios masivos de comunicación.
Compilación I levantó una oleada
independiente de grupos/proyectos que tuvieron mucha actividad en vivo, algunas
veces compartiendo tabladillo con la mancha crisálida, pero poco legado en
estudio. Acabado el sueño de Espira, Raúl Ochoa fundó M.A.R.U.J.A. al lado de
Manuel Rodríguez (homónimo del infame cura lavacocos que aspavientaba a fines
de los 90s por el canal del Estado). Derruida la utopía de Avalonia, Fernando
Ponce se enfrasca en el unipersonal Labioxina, que alcanzó a colar “Are You Foam?” en el recomendable recopilatorio Solutions & Remedies (1998, orquestado
en el exterior por la discográfica Claire Records). Ponce confirma la grabación
de un extended play del que ni siquiera él guarda copia ni archivos, y que
actualmente se considera perdido. De esa época también datan Bosques De Dios,
Gélida (formación más a lo Main, de la que emergería Transparente), Girálea,
Raúl P.R.I.V.A.T., Laiqa, X-Dios-0 (pronúnciese “pordiosero”), DiosMeHaViolado
(que derivase en Evamuss), Lunik y Polaroyd. Otros actos destacables son Ionaxs,
Triplex-B-Magnafusa (cuyo nombre César Alcázar reduciría a Magnafusa) y los
estupendos Jardín del período ’99-’03. De todos ellos, sólo la mitad entró al
estudio a grabar más de un par de canciones.
III
Paradojas de la vida, las virtudes más señera
de Crisálida Sónica fueron también sus mayores enemigos. La convivencia en
armonía no alcanzó a perdurar para unir a los componentes del colectivo por
encima de posiciones estilísticas encontradas. En el corto documental Espira: Una Conversación (2015), Miguel Ángel Burga y Aldo Castillejos coinciden en
señalar un viaje a la zona de Huaraz (Ancash) como punto culminante de la
experiencia en comunidad. A partir de ese episodio, las grietas comenzaron a aflorar
en la superficie. Por otra parte, el cariz inclusivo de la empresa, que le llevó
a moldear elongados tapices minimalistas de cambiante color, obligó a los
participantes a renovarse casi literalmente a diario -circunstancia que abortó
el proyectado Compilación II y disparó los pedazos en direcciones no
siempre coincidentes.
Hacia el 2009 empezó a difundirse en la
blogósfera Bajo Tus Sueños EP, debut de Espira que circuló entre los allegados
a Burga un año antes de Compilación I. Los primeros pasos que pueden
considerarse “oficiales” de Espira, empero, los dio el demo Electr-Om
(inicios de 1998), en una onda dramáticamente distinta a lo antes expuesto.
Kraut, post rock y hasta coqueteos con el prog; envasados al vacío y a
temperatura cero, en una hora que entierra el ensoñador feedback de las
jornadas en el capullo metamórfico (que sí documenta el EP). En años sucesivos,
la cosa se pondría más radical con La Ira De Dios, entente de psicodelia dura
que, de tan agresiva, suena a ratos a Motörhead; amén de declaraciones
estigmatizando la flama shoegazing de Espira como “mariconada jodida” (sic).
Miguel Ángel se ha mantenido activo desde entonces con infinidad de proyectos:
La Garúa, 3AM, Necromongo, Ande...
Fractal unió fuerzas con Evamuss para el
split Alustru(Bla)³ (1998), inquietante coctel de aridez y de punzante dub.
A poco de finalizar el año, Fractal se estrena con un demo epónimo que se
cuenta entre lo mejorcito que jamás se haya hecho en estos lares. Desafortunadamente,
fuera de “Mis Lágrimas En Tu Rostro”, que ya venía anticipada en Compilación
I y que aparece completa en el compilado Las Estrellas Están Tan Lejos
(SuperSpace Records, 2004), contados son los testimonios que dejó Wilder
enfundándose esa piel. La vida después de Fractal trajo a El Conejo De Gaia (3
producciones, de las que prescribimos Esperando Que La Luz Retorne,
2003), cuchumil proyectos/registros (Ultravelvet, Cono Norte 3, Martelenor, La Confitería Es La Mejor De Las Religiones) y a Wilder recuperando su nombre
civil.
Catervas abandonó el rígido encorsetamiento
avant garde para tentar un cómputo más cercano al rock independiente. La jugada,
precedida de un tape epónimo cuyo primer lado no ignoraba los 80s, le dio
copiosos frutos en una puesta de largo “oficial” asimismo epónima. Sin duda, Catervas
seguirá siendo para mis adentros la mejor placa peruana del ejercicio 2001.
Después del baldazo de agua helada de Semáforos (2004), los mandos volvieron
a responder con Hoy Más Que Ayer (2008). Tras Aquella Luz Que Encendimos:
1990-2009, compendio de rarezas, inéditos y “digitalizaciones” que festejaba
sus dos decenios de existencia -y cuyo mayor atractivo es el de repescar varios
temas del demo del ’98-; y el cumplidor Lo Que Brilla En Tu Paisaje (2014),
la aventura de los hermanos Reyes completó del todo la metamorfosis con un
apoteósico Los Cielos Vuelan Otra Vez (2018).
Últimos en acribillar el sueño comunal, los
díscolos Hipnoascención dieron un primer paso que alargaba lo practicado en el
compilatorio del ‘97. A ese epónimo debut (1999), le sucedió una maqueta de
space rock que, sin llegar a logro concluyente, los mostraba depurando la
tutela de Jason Pierce: Mixtura (2000). La conversión a códigos
neopsicodélicos de marca Manchester se produjo -ya bajo formato CD- en UI-SEC/ÚltimaSecuencia (2005), y quedó refrendada con un nuevo epónimo (2008) que a día
de hoy sigue siendo su canto de cisne.
Como puede deducirse, Hipnoascención y
Catervas son los dos únicos grupos de Crisálida Sónica que aún respiran. Mas, a
diferencia de Catervas, que ha hecho meritoria carrera en los terrenos del
indie rock lejos de las coordenadas visitadas por Electro-Z, Abrelatas o
Kinder; el andar taciturno de los longevos Hipnoascención tiene un valor agregado
del que la banda de los Reyes carece: su persistencia los convirtió en el
avatar del psychedelic space rock patrio, inspirando a varios grupos -Leche
Plus, Pastizal, Transparente, Sounds Of Salomón Jedidías & Space Rock, lo
mejor de Les Replicants. Además, en sus filas batalló Danny Caballero, que luego
insuflase Audiogalaxia y Paruro, nombres básicos del ruidismo digital lorcho
más inclemente.
IV
El nuevo milenio ha resarcido la herencia de
Crisálida Sónica, proveyendo combos que apuestan por la más férrea heterodoxia.
De las cenizas de Girálea, Espira y H.A.L., Aldo Castillejos y Carlos Mariño
cuajaron primero Qondor y luego la excitante aventura ácida de Serpentina
Satélite. Qondor, es más, ha conocido una vigorosa segunda vida reconvenido
como Culto Al Qondor (con Miguel Ángel Burga y José Antonio Flores). César
Alcázar guardó en un cajón el marbete de Magnafusa y se reinventó como Las Vacas De Wisconsin en comandita con el ex Espira Renzo Lari, maravilloso
ensamble que nunca pudo concretar rodaja propia (“la banda que nunca fue”,
todavía la llaman algunos/as). Influenciados por la etapa post-Crisálida Sónica
de Espira, Carlos Torres y Ronald Sánchez propulsaron como Altiplano un excelente
La Corte Cósmica (2005). A la par de Altiplano, Sánchez ha desarrollado
una notable carrera como compositor de música para instalaciones/exposiciones
temporales y permanentes de índole cultural. Y Elegante e Ida abrazaron de lleno
los feudos IDM. Eso, para no explayarme con la camada electrónica de La Oroya (Huancayo),
hijos confesos de los pioneros sónicos: Xtredan, Colores En Espiral, Alcaloidë,
Corazones En El Espacio, Invisible Ambiente... -algunos de estos sucesores se trasladaron a Lima y
fundaron Chip Musik Records, principal proveedor de electrónica post rave para el
circuito independiente peruano. O con unidades como The Shego, Pez Plátano, Quilluya,
Piloto Copiloto, La Vie, The Electric Butterflies (primera referencia perucha
nada menos que en la impecable revista británica The Wire), Fiorella16, Nahunoise,
El Divino Juego Del Caos, Registros Akásicos (Castillejos), NRA Ruido, The Peruvian
Red Rockets, Metástasis, Sajjra (Galarreta), Kusama, Parahelio...
En el ocaso de los 00s, alguien habló de la
necesidad de una Crisálida Sónica 2.0. La idea no era descabellada, pero
tampoco instancia imprescindible. Las circunstancias han cambiado: ahora Internet
facilita un efecto viral a escala planetaria, público no falta, cualquiera
puede apertrecharse de equipos como Dios manda... Y si uno/a echa dos o tres
vistas al patio, siempre encontrará, en más de un lugar, a gente en constante
nado contra la corriente. Más que todas las anteriores, quizá sea ésa la mayor
consecuencia que provocó con su verbo y sus actos una estirpe de solitarios hace
25 años. Razón de sobra por la que siempre hemos de estarles agradecidos/as quienes
consideramos a la Música realidad primera y última de nuestras vidas.